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Durante cinco siglos, los derechos civiles y las libertades políticas
de la población guatemalteca han sido sistemáticamente
conculcados. En, los veinte años anteriores a la llegada
de Vinicio Cerezo (1985) la represión dejó un saldo
de 100.000 ejecuciones extrajudiciales, 40.000 secuestrados-desaparecidos,
1.000.000 de desplazados internos, 200.000 exiliados y refugiados,
440 aldeas destruidas durante operaciones contrainsurgentes, 200.000
huérfanos y viudas. Todo este período se zanjó
con la promulgación del decreto-ley 8-86, que concedía
amnistía a toda persona responsable (directa o indirectamente
de violaciones a los derechos humanos con anterioridad a esa fecha,
en que los militares hacen entrega del poder a los civiles.
La aparición de los secuestrados y desaparecidos es una
de las demandas constantes por parte de amplios sectores del país
y de la comunidad internacional, para una verdadera reconciliación
nacional. El Grupo de Apoyo Mutuo (GAM), desde su creación
en 1984, ha realizado numerosas denuncias de desapariciones y recursos
de habeas corpus sin obtener resultado alguno. La indudable autoría
de estos hechos, que todas las organizaciones internacionales de
derechos humanos y el mismo Gobierno atribuyen al ejército
ya la inteligencia policial, parece imposible de probar. Por su
acción de denuncia, las organizaciones han sufrido amenazas,
secuestros, atentados y asesinatos. Tras el comienzo de los gobiernos
civiles, las matanzas masivas continuaron, como la del Aguacate
(1988) y la de Santiago Atitlán (diciembre de 1989). Todos
los sectores fueron víctimas de la represión. En el
campo fueron los miembros de los movimientos protierra y en lucha
por un salario justo y los campesinos que se negaban a formar parte
de las Patrullas de Autodefensa Civil. Los cementerios clandestinos
son una realidad en diferentes partes del país; las furgonetas
sin matrícula y con los cristales oscuros siguieron secuestrando.
Los «escuadrones de la muerte», de los que desde 1962
han aparecido treinta y tres nombres, siguieron actuando impunemente.
Durante los años de gobierno de Vinicio Cerezo se contabilizaron
más de 1.300 secuestros o desapariciones y más de
4.000 asesinatos. Estas violaciones no cesaron con el gobierno de
Jorge Serrano, sino que aumentaron de forma alarmante. En el momento
del autogolpe protagonizado por Serrano Elías (1993) la situación,
ya bastante grave, empeoró con las medidas de emergencia
dictadas por el entonces presidente. Una vez superados los momentos
de tensión, se produjo una disminución de las violaciones
de los derechos humanos, civiles y políticos.
Sin embargo, en el período de gobierno de Ramiro de León
Carpio, que tantas esperanzas: había suscitado, se incrementaron
las detenciones arbitrarias, los actos de terrorismo en lugares
públicos, las amenazas y constante investigación a
miembros de organizaciones populares y las ejecuciones extrajudiciales,
así como los actos represivos en contra de la prensa. Se
mantuvo el cerco militar a las CPR, y se incumplieron los acuerdos
firmados con los refugiados. Se siguió practicando el reclutamiento
militar forzoso.
La incapacidad de las autoridades para garantizar el derecho a
la vida de los menores desprotegidos se pone de manifiesto con los
asesinatos de niños de la calle.
Por otra parte, el sistema judicial no es independiente: constantemente
se producen traslados y destituciones de jueces comprometidos en
la investigación de violaciones a los derechos humanos, detenciones
improcedentes, amenazas. En agosto de 1994 es asesinado un juez.
El 29 de marzo de 1994 el Gobierno y la URNG firmaron el Acuerdo
Global sobre Derechos Humanos. A los pocos días se producía
un atentado que costaba la vida al presidente del Tribunal Constitucional
y que se atribuyó a los sectores más recalcitrantes
del ejército, contrarios al acuerdo.
El aumento generalizado de la violencia dio pie a la instauración
de un «plan de seguridad», que incrementaba la presencia
de las fuerzas policiales y militares en la calle, y a la creación
de un grupo de acción rápida y un grupo de elite para
la investigación criminológica.
A finales de 1994 se instaló la misión de las Naciones
Unidas para la verificación del cumplimiento de los compromisos
del Acuerdo Global sobre Derechos Humanos (MINUGUA).
En 1995 continúa la situación de violencia generalizada.
Amnistía Internacional, en su informe anual, registra más
de 150 ejecuciones extrajudiciales y decenas de desapariciones (activistas
indígenas, retornados, religiosos, niños de la calle,
sindicalistas y miembros de organizaciones populares), que atribuye
a miembros de las fuerzas armadas, Patrullas de Autodefensa Civil
y patrullas civiles. También denuncia casos de torturas,
malos tratos, amenazas de muerte a defensores de los derechos humanos.
Por otro lado, los avances en el esclarecimiento de casos antiguos
son mínimos.
En Estados Unidos salió a la luz la implicación de
la CIA en casos de torturas y desapariciones de ciudadanos estadounidenses
o sus familiares, como el de Efraín Bámaca (comandante
Everardo), miembro de la URNG desaparecido por el ejército
en 1992.
En octubre de 1995, pocos días antes de las elecciones,
mueren once personas en Xamán (Alta Verapaz) a manos de soldados.
En 1996 la violencia callejera sigue estando a la orden del día:
secuestros rápidos, robos, ataques a fincas por
parte de grupos que se autodefinen como revolucionarios.
Al mismo tiempo, se incrementan los desalojos violentos de fincas
ocupadas por los trabajadores para reclamar mejores condiciones
de trabajo, o bien por campesinos que piden que se resuelva su problema
de tierra.
A principios de 1997, tras la firma de la paz entre el Gobierno
y la URNG, continúan apareciendo cadáveres con el
tiro de gracia, y se siguen denunciando casos de torturas. En febrero
dos fiscales de narcoactividad sufren un atentado. En marzo asesinan
a dos miembros de COPMAGUA (Coordinación de Organizaciones
del Pueblo Maya de Guatemala) y en abril a dos líderes comunales.
En los dos primeros meses del año se han producido 12 linchamientos
de supuestos delincuentes por parte de la población.
Todavía no se conoce el paradero de por lo menos 45.000
detenidos-desaparecidos por los diferentes cuerpos de seguridad
del Estado.
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