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El nacionalismo agresivo serbio de Slobodan Milosevic
explotó el filón de un antiguo mito teñido
de victimismo y esperanzas de redención: la batalla de Kosova,
en la que las tropas serbias cayeron derrotadas ante el empuje otomano
en 1389. Especie de Covadonga al revés, aniversario de derrota
y no de victoria, seiscientos años después Milosevic
conmemoró el evento como anuncio de su proyecto expansionista
en los Balcanes: en 1989 abolió el estatuto de autonomía
kosovar y en Occidente nadie dijo nada. Las consecuencias no tardarían
en estallar con la guerra de Croacia y Bosnia y, ahora, con el comienzo
del genocidio de la población albanesa kosovar.
“El 28 de junio de 1989 varios cientos de miles de
serbios se reunieron en Gazimestan, en las afueras de la capital
de Kosovo, Pristina, para celebrar el 600 aniversario de la batalla
de Kosovo. Durante muchas semanas un fermento de sentimiento
nacionalista se había desarrollado en el interior de Serbia;
los restos del príncipe Lazar, que murió en la batalla,
habían sido recogidos en una excursión al campo, y
la zona donde fueron encontrados habíase convertido en lugar
de peregrinación. En el patio del monasterio de Gracanica
(al sur de Pristina), mientras la gente guardaba cola para honrar
los restos del príncipe, en los puestos del exterior se vendían
pósteres de estilo icono con las efigies de Jesucristo, el
príncipe Lazar y Slobodan Milosevic todos juntos. En la ceremonia
celebrada en el lugar de la batalla, a Milosevic lo acompañaron
metropolitanos de la iglesia ortodoxa vestidos de negro, cantores
con sus ropas tradicionales serbias y miembros de la policía
de seguridad con sus también tradiconales trajes oscuros
y gafas de sol. Seiscientos años después, declaró
Milosevic ante la multitud, de nuevo estamos envueltos en batallas
y disputas. No son batallas armadas, pero esta posibilidad aun no
puede ser excluida. La multitud rugió su aprobación.”
Noel Malcolm, “Bosnia”, McMillan,
Londres 1994.
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