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Ahora que la amenaza de una intervención de
la OTAN en Kosovo se antoja más o menos desactivada, hora
es de evaluar el contenido concreto del acuerdo que, para evitarla,
han concluido el llamado grupo de contacto y el presidente yugoslavo
Milosevic.
Por lo pronto, parece difícil negar que el
acuerdo ha tenido algunas consecuencias positivas. A su amparo,
y sin ir más lejos, se han revelado dos datos saludables:
si por un lado se ha puesto freno a la aguda confrontación
de los últimos meses, por el otro se ha abierto el camino
a la ayuda humanitaria al tiempo que se han sentado las bases de
un eventual retorno de los refugiados.
Los más optimistas sentirán, sin duda,
la tentación de agregar que el acuerdo que nos ocupa lleva
aparejados sólidos mecanismos de verificación. Sin
negar que ello sea así, uno está obligado a preguntarse
si la seriedad de esos mecanismos no contrasta con el corto aliento
de las medidas sobre las que habrán de aplicarse, toda vez
que la comunidad internacional -como sucedió en Bosnia en
1995- parece contentarse con reenderezar la situación, sin
alentar ninguna fórmula de resolución efectiva del
conflicto a medio y a largo plazo.
De la afirmación anterior dan buena cuenta
varios hechos. El primero no es otro que la decisión de reducir
las exigencias relativas a la retirada de unidades policiales y
militares serbias. El asiento argumental de esta toma de posición
es, por lo demás, sencillo: junto con el gobierno ruso, son
muchos los gobiernos occidentales que estiman que deben permanecer
sobre el terreno instrumentos represivos sólidos que permitan
encarar eventuales acciones de la guerrilla kosovar. A ellos se
suma, por cierto, el designio de no desplegar en la región
contingentes militares internacionales.
Un segundo dato de relieve lo aporta la etérea
condición de las negociaciones que, sobre el papel, deben
verificarse en los próximos meses. La comunidad internacional
se ha inclinado al respecto por lo que llamaré el modelo
checheno, en cuyo frontispicio se encuentra el designio de conseguir
que las partes se avengan a aplazar unos cuantos años las
discusiones sobre el fondo del problema. Claro que las lecturas
más maliciosas sugieren que, aunque en alguna retórica
declaración se hayan apuntado otros horizontes,, nuestros
países rechazarán de plano cualquier proyecto que
vaya más allá de la restauración de la autonomía
kosovar abolida en 1989. Es fácil certificar, por otra parte,
que en lo que a esta cuestión se refiere no han sido consultados
los dirigentes albaneses.
Un tercer elemento que merece ser considerado no afecta tanto al
contenido técnico del acuerdo como a su entorno, en la forma
ahora de una visible erradicación, como presunta parte negociadora,
de los radicales albaneses representados en el Ejército de
Liberación de Kosovo. Y en este punto tanto es menester recordar
que la marginación de los radicales es, en una de sus dimensiones,
una jugada maestra de la comunidad internacional -en los últimos
meses se le ha dado alas a Milosevic para que actúe en consonancia-
como obligado resulta subrayar que la jugada parece llamada a tener
escasa rentabilidad, toda vez que incluso los albaneses moderados
representados por Rugova consideran irrenunciable el derecho de
autodeterminación.
El último dato importante es la ambigüedad
con que el acuerdo suscrito se ocupa del castigo a presuntos criminales
de guerra. A la luz de lo ocurrido en Bosnia, donde la mayor parte
de los serbobosnios encausados por el Tribunal de la Haya campan
por sus respetos, es irrelevante que Milosevic haya aceptado la
adopción de medidas que apuntan a procesamientos de resultas
de lo ocurrido en Kosovo en los últimos meses. Esto aparte,
y de nuevo como en Bosnia, nadie habla -como sin duda se debiera-
de procesar al propio presidente yugoslavo, que a la hora de recurrir
a triquiñuelas tendría en el caso de Kosovo muchas
más dificultades que las que sorteó en Bosnia.
Todos los datos invocados se resumen en uno: hay
que darle poco crédito a un acuerdo en el que un personaje
llamado Slobodan Milosevic aparece como garante. Y hay que dárselo,
entre otras razones, porque ese personaje es responsable central
de todos los desafueros acaecidos en Kosovo en los diez últimos
años. Nada es más ilustrativo al respecto, en estos
días, que su enésima artimaña en la doble forma
de nuevas acciones contra los medios de comunicación independientes
y de un mensaje, el transmitido a sus conciudadanos, en el que,
una vez más, ha presentado como un triunfo el acuerdo alcanzado
con Holbrooke. Claro que, por desgracia, y al menos en cuanto a
esto último a lo mejor no le falta razón.
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