Cuando estamos vivos,
cuando estamos vivos,
sólo cuando estamos vivos
con el plomo de la belleza
derramado en los ojos,
sabemos aún que la vida
bulle
con su magnífica confusión.
Viajamos entre golpes,
esquivamos a los viajeros golpeados,
recogemos despertando
las migas de pan ahogadas en sangre,
y sin embargo
rogamos que el camino sea largo
para que a cada paso un paisaje o una emoción o una contrariedad
nos reconcilien con la vida pequeña y su pequeña muerte.
Porque no nos importa el estar ya
sino el ir yendo.
Porque no olvidamos de qué está hecho el camino,
no olvidamos.
El tiempo abre la boca
y (no sé bien)
perfila un bostezo
un mordisco
una sonrisa.
Volver al mismo lugar
para descubrir, sin embargo,
que el lodo del invierno
fue polvo en el verano.
Uno nunca vuelve del todo.
Uno nunca termina de irse.
El resto tampoco es exactamente nuestro.
No, nosotras las personas
no cruzamos las fronteras:
las fronteras nos cruzaron
la cara de lado a lado.
¿Y vamos a ofrecer ahora
la otra orilla?
“Más peligroso que un chileno trazando fronteras” – un taxista en Usuhaia. La réplica chilena, que imagino inversa pero casi idéntica. Estos pueblos y ciudades en la vastedad del territorio nacional: pueblos y cárceles fronterizos de ocupación. Las calles bonaerenses a tiralíneas: ese orden sobre el plano que se desvanece apenas levantas la cabeza. La autovía que separa San Telmo de Boca. Las arrugas de las sábanas como una nueva categoría de límite. En fin, este viaje saturado de fronteras (tan prácticas y estúpidas, las pobres). Y de pronto, la clara conciencia de que precisamente la frontera, la costura y la cicatriz es lo que une los cuerpos que intenta separar. ¿A qué, a qué quedaré, pues, unido?
Los inmigrantes y los exiliados fueron inventados por las fronteras, pero algún día acabaran con ellas. Con todas ellas.
El pájaro se desampara en su
vuelo / quiere olvidar las alas /
subir de la nada al vacío donde será materia y se acuesta
Juan Gelman (Incompletamente)
el pájaro se ha comido su propia jaula
ya no vuela
en los animales que somos
clones de clownes / máquinas
domésticas
no vuela el pájaro entre los cuatro puntos
cardinales / las brújulas
indicando el pasaje
por las cuatro estaciones:
tiempo oeste
tiempo sur tiempo norte
tiempo este
tiempo
en que no vuela el pájaro adentro de la jaula
la jaula adentro de su pecho
su pecho de cantor analógico durante
los veinticuatro puntos cardinales
en la hora de nuestro código genético
en la estación abandonada de tranvías
en el bosque de perennes transparentes
no vuela el pájaro atorado
de su propio cautiverio / el aire
angostado del mundo le es
completamente
ajeno
Ligera de equipaje,
cada día nací.
Yo no hice el viaje:
el viaje me hizo a mí.
La vida que nos vive
y el mundo que pisamos
metáfora de un libro
resultan para el Santo
No viajar, quedarse es fácil, seguro:
consiste en leer siempre
la misma vieja página
Para componer un remedo parcial y aproximado de la totalidad, necesitaría captar mil, un millón de fotografías de containers, centenares de brazos articulados y de kilométricos barcos cargueros, decenas de refinerías, dársenas, dragas, puentes, naves industriales, torres y tuberías y antenas y radares y muelles componiendo la ciclópea escala del puerto de Rotterdam retratado contra el cielo gris.
Y aún así no sería suficiente.
No podéis verlos, pero las barcazas y los cargueros tienen ventanas y puertas que anuncian hombres y mujeres trabajando. Y ahí están: apenas visibles descargan una montaña de chatarra, con manos microscópicas manejan grúas colosales y arrastran innúmeros containers mientras que desentrañan sus pequeñas angustias y deseos, sus particulares melancolías, inquietudes y felicidades, sus pasiones turbias y sus mentiras piadosas, oculto todo muy adentro (dios sabrá dónde) por lo que la imagen vuelve de nuevo a intrincarse en un remedo parcial y aproximado de la totalidad en la escala de lo infinitamente pequeño.
En las intricadas calles del zoco, donde se mezclan los olores, una muchedumbre hacendosa se cruza insistentemente, interseccionan constantes miradas, se intercambian chismes y trapicheos.
Nada está quieto o solo.
Y aunque, nosotros, caminando sin rumbo, no somos más que un hilo del tapiz resultante, logramos vislumbrar por un solo segundo su fondo, su figura, su motivo.
Seguir por la mañana tu rastro como un cable rojo enredado en los árboles de la vereda. Imaginar tu paso enredado en el tránsito y los colectivos. Adivinar tu vida enredada en la de todos. Encontrarme por la noche enredado en tu abrazo. Reconocerme en tu mano enredada en la mía en cualquier rincón de Buenos Aires.
YA HACE TIEMPO que es un tópico afirmar que se ha hecho imposible el viaje. No, desde luego, el gran turismo de tarjeta de crédito y lujo blindado o ese otro pequeño de toalla de piscina y traje de baño, sino el doloroso, gozoso y siempre vivificante viaje. Y ya no se puede viajar porque, simplemente, no quedan terrae incognitae, porque hace muchos años que se terminó el mapa completo del mundo y ya sabemos todo lo que debemos saber: National Geographic y buen cúmulo de enciclopedias y empresas transnacionales lo refrendan. Desde nuestra casa, podemos conocer cómo son las jirafas de Laos o cómo se cazan marsupiales en New York y allá donde vayamos podremos tomarnos la misma hamburguesa y la misma Coca-Cola. Nuestro tour operator nos ofrece, listas para su consumo, las fotografías de los grandes acontecimientos culturales o paisajísticos que han de llenarnos de asombro. Así las cosas, ya no es necesario viajar para descubrir por uno mismo ese asombro, sino más bien desplazarse para comprobar, simplemente, que la foto del folleto publicitario posee un correlato real en la parte del mundo que le corresponda. El viaje (siempre abierto a múltiples posibilidades y variantes) convertido en desplazamiento (programado, cerrado y autosatisfactorio) sería un disparate, sino fuera un horror. Error especialmente horroroso cuando se aplica al paisanaje en lugar de al paisaje.
Como hemos visto tanta televisión, hemos leído tanto y hemos recibido tantísima (in)formación inútil, viajar ya sólo puede servirnos para olvidar. Olvidar nuestros idiomas, nuestras nacionalidades, nuestras culturas, nuestros prejuicios, nuestros juicios y nuestros postjuicios, olvidar todo lo que creíamos saber, que se vuelve inservible para vivir cuanto el viaje se nos pone por delante. El viaje no nos ayuda a aprender, sino a desaprender, no refuerza nuestras personalidades, sino que las vacía. El viaje desenmascara la fatal obsesión por el propio equipaje vital, porque nos demuestra no sólo que es simple casualidad que seamos lo que somos, sino que, además, estamos inevitablemente convocados a ser otros distintos, a transformarnos mientras nos movemos por la superficie irregular de la vida. Cuando volvemos de viaje, inevitablemente somos más ligeros.
Hace ya tiempo que los secuaces situacionistas lo supieron: el viajero no se desplaza en la línea recta de Madrid-Ámsterdam-Madrid, ni en la mucho más uniforme recta del ayer al mañana, ni siquiera cuando en el bolsillo tenemos el billete de ida y también el de vuelta con sus fechas bien delimitadas (por mucho que este detalle sea siempre insidioso). El viaje posee múltiples dimensiones y, en realidad, uno nunca vuelve del todo. Por lo pronto, el viaje transcurre simultáneamente en los pies, el estómago, la pituitaria, los genitales, el cerebro y los dedos, además de en tal ciudad y en no sé qué año. Viajar es un estado mental y una disposición corporal. Viajar es comprobar que lo otro desconocido existe y que, frente a ello, de nada sirven los mapas.
Por todo ello, odiamos al turista que tras diez días de estancia en Andorra vuelve para contar todo lo que aprendió sobre la nieve y los esquís. Repudiamos visceralmente a quien con su pequeño tesoro de experiencias es capaz de elaborar una teoría sobre la forma de ser de los marroquíes o sobre cómo sale el sol en Estocolmo. Es decir, que a ratos nos repugnamos. El viaje se sitúa siempre en lo abierto, lo indeterminado, lo múltiple. Tanto es así que al viajero le debería costar expresar una visión de conjunto, una regla que explique todo lo que le está ocurriendo.
En la medida en que fuera verdad que se ha hecho imposible el viaje, se habría vuelto imposible vivir. Pero, lo sabemos, simplemente se ha vuelto mucho más difícil. La vida, ese otro viaje, es también, incluso cuando se la da la espalda, dolorosa y feliz, abierta a lo múltiple, atenta al detalle y al grano. Por ello, sentimos que escribir sobre todo esto la traiciona. Esperamos, por tanto, que sepan perdonar esta contradicción que tienen entre manos. Ya imaginarán que contradecirnos también forma parte de nuestro viaje.
CONGREGACIÓN TELEPOIÉTICA DE PATAFÍSICA.
Vicesatrapía de vueltas y revueltas, subsección de valijas perdidas.