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Revista MLRS (octubre de 2008)
de la guerra de españa
[Selección para el MLRS a cargo de César de Vicente Hernando]
NOTA
INTRODUCTORIA La Guerra Civil Española constituyó, entre otras muchas cosas, el único momento en la historia de España en el que existió una suspensión efectiva del poder y del dominio de clase, y por tanto, también de la imposición cultural de la burguesía y de la pequeña burguesía sobre el proletariado. Esto significa que se hacía posible la construcción de una sociedad radicalmente distinta. En los más de dos años que duró la contienda existió, también en la literatura, una lucha por el control del poder en los Aparatos de Estado (Ministerios, Revistas, Instituciones educativas, etc.) y un intento de hegemonización de los procesos sociales que se estaban dando. La razón, desde el punto de vista de la literatura y más concretamente en el ámbito de la poesía, fue la eclosión de una poesía popular-tradicional (el romancero fue, con mucho, la forma más difundida) que se convirtió en la forma de expresión del proletariado agrícola e industrial, de los miembros del ejército republicano y de las milicias, y sirvió como narración de hechos, proclama, reflexión y combate. Si lo cotidiano (la lucha en el frente, el miedo, las bajas, el frío, la arenga, los enemigos, los héroes, etc.) limitó en parte las posibilidades de la literatura, por contra lo cotidiano en los poemas se convirtió en historia. Por ello, nunca en la historia de España hubo un diálogo tan estrecho y, también, tan contradictorio entre poesía culta y poesía popular (si se quieren estos términos) como en este tiempo en donde la solidaridad internacional, la lucha por la tierra, el lamento y el trabajo en la retaguardia compusieron algunos de los versos más significativos de lo que fue el largo siglo XX.
César de Vicente Hernando
Si
queréis ampliar la lectura: César
de Vicente Hernando (ed.): Poesía
de la guerra civil española 1936-1939; ediciones
Akal, Madrid, 1994; 435
págs. <<<<<<<<
Primero
de Mayo I No
hay descanso ni paz en esta tierra, en
esta amarga calle señalada, en
estos corazones. A
vosotros, canteros y pastores, obreros
de París, de Londres y del mundo: ¡No hay descanso ni paz en esta tierra! II Hombres,
trabajadores lo mismo que vosotros, con
yuntas de bueyes iguales que los vuestros. Con tomos parecidos o con rebaños llenos también de polvo
y de romero, por el mismo cielo común y parecidas fábricas, caminan y trabajan infatigablemente. III Hombres, trabajadores lo mismo que
vosotros, con hijos tan hermosos y sábanas tan pobres en lechos
parecidos, y tierno pan, tan oloroso como el
vuestro, pelean y triunfan al pie de los olivos, en los trigales rubios, sobre la nieve vieja que duerme entre
los pinos. Bajo un cielo varón, hombres varones, fuertes y alegres como lo sois vosotros, dejan en el olvido el incendio de sus dormitorios y abuelos
mutilados. ¡No hay descanso ni paz en esta tierra que para siempre ha de llamarse España! Porque somos, hemos de ser, los únicos
propietarios del día, dueños de las ciudades y verdaderos
amos de los campos. IV Los hombres de las minas. Los que trabajan en ganados y montes. Los que hacen el pan y los que lo
cultivan. Los poetas, herreros, leñadores, el nombre guardan, y la sangre del
pueblo en la quemada tierra de las
avanzadillas, en los talleres. V ¡No hay descanso en esta tierra! Sólo hay flores que viven en tinajas
quemadas. Cartas que terminó la Artillería. Hombres que no descansan, despiertos siempre, como están los
castaños hasta que la victoria da los frutos. —Lorenzo Varela, Madrid, 1 de mayo de 1937 Sabed
que hay más No
es la muerte ni el viento desgarrado, ni
es la vertida sangre lo que clama; candente
pecho en lenguas desangrado en
ascua herido se deshace en llama. Ni
la Tierra gloriosa por el Hombre, cruzada
en surco ardiente a golpe duro, donde
cuerpos ya fríos y sin nombre son
claras primaveras sin futuro. Ni
los que ascienden con el trigo, lentos. Ni
los que marchan bajo tierra, fríos. Los
que no en luz, sí en mego, violentos en
la guerra se parten como ríos. Ni
las ciudades rotas y latentes, sólo
por llanto y soledad cruzadas, donde
la muerte clava helados dientes, candente
plomo en lenguas maniatadas. Ni
los que igual que mechas van erguidos con
un temblor de corazón que late y
allanando praderas de gemidos, pólvora
ardiendo saltan al combate. Ni
el agua verde y el caballo oscuro. Ni
el viento que golpea la cintura. Ni
el hombre que se parte contra un muro se
hace polvo y sangre en tierra dura. Ni
esos cuerpos de tierras y raíces, que
puebla un verde mar de venas rotas y
hundidos en el barro son felices clavados
e indomables en sus botas. Ni los jóvenes rudos, altos, fuertes, sombras que a la victoria van unidas: aún golpean la muerte con sus muertos y hay clamores de pólvora en sus vidas. Hay más. Hay más que las raíces y el
espanto. Más hondo que la sangre y que la
sombra. Más hondo que la Muerte, el agua, el
llanto. ¡Sabed que hay más que lo que se oye y
nombra! Sabed, oíd, sabed que en pura llama se cruza un pueblo erguido a golpe duro: ¡la voz de España humedecida clama y en fuego y sangre se abre hacia el
futuro! —Pascual Pla y Beltrán, abril de 1938 Cercada
soledad I Tuya sola es la voz nadie más ahora que una niebla de muertos se extiende
por la tierra y los astros señalan bajo un terrible
cielo nuestro humano destino de infeliz
existencia. Volverán vanamente las primaveras límpidas proclamando en la tierra su perfumado
oficio nuevamente el estío madurara sus oros acunando un calor hasta otoño abundoso. Con pie nevado invierno pisara los
sembrados. Desdeñoso es el paso de su alternado
curso ante el dolor humano que tiembla en
desamparo. Solitario está el hombre como un
planeta inmóvil. Inútil
es el tiempo para tejer olvidos —otoño
amarillento que sus ramas desnuda— si
rinde el corazón sus juveniles sueños la
tierra en cambio abonan desengaños lentísimos. Diferente
es la voz que conmueve a los hombres ni
la palabra logra expresar nuestro anhelo. No
cabe compartir este recuerdo oscuro que
la sangre estremece o los ojos invade. No
les salva a los hombres ni en su inmediato sino ese
dolor común que organiza a las gentes hacia
una estrella izada por numerosos brazos o
una felicidad que no distingue labios, Lamentable
es el hombre sometido a destierro si
no es igual la rosa que ven distintos ojos ni
la voz se entrecorta ante entrañables nombres Únicas
son lágrimas que anegan sus pupilas. Solitario
conduce el pastor sus rebaños y
las puertas se cierran a las nocturnas sombras. Así
pasea el hombre su soledad terrestre conduciendo
sus penas por los llanos del pecho. Palmas
cual tierra muestra ojos como lagunas señales
son purísimas de su común estirpe No
niega sus raíces ni el aire compartido que
como espacio ramas posible su voz hace. II Mas
escuchad su duelo. De
recuerdos ternísimos o
indecibles vergüenzas la misteriosa niebla de
su alma se ha formado como un rubor que tiembla por
pronunciar el nombre de la flor que lo tiñe. Si
los ríos se buscan para sumar sus cauces agrándanse
las nubes hasta negar sus bordes y
los campos prescinden de sus antiguas lindes imposible
es que el hombre su soledad comparta. Pasará
solitario por los duros oficios ciudades
como fábricas y puertos cual barandas por
donde asoma el pecho emigrante del hombre hacia
un país que espera su muerte o su fatiga. No
pueden las banderas sustituir la luz las
estrellas no logran mirar como unos ojos ni
el grito de las gentes valer por ese nombre que
los seres pronuncian en medio del delirio. Hay
manos sepultadas cual raíces de cuerpos pupilas
en lo oscuro llorando inmensamente tempranísimos
lutos por el odio ordenados que
vence una bandera que despliega la sangre. Decisiva
es la lucha que exige nuestro esfuerzo y
golpea nuestras sienes con sombríos mandatos. Enclavado
está en ella nuestro gran desamparo turbando
hasta la sangre de su soledad clara. Mas
volverá la voz a la canción tranquila y
el humano concurso a estimular los campos de
nuevo las guirnaldas colgarán viejos troncos y
trabará el amor sus disputas más tiernas. ¿Pero
está entre nosotros su misterioso nombre? vivimos
en ausencia sin rozar nuestros cuerpos perdidos
entre gentes que viven su destino Así
pasea el hombre su soledad terrestre. No
comprende la vida esta pena inmutable. ni
ese lento sollozo que a los hombres aisla Tal
pasan sus estruendos al borde de sus ojos dejando
una amargura indecible y tristísima. —Bernardo Clariana, mayo de 1938 Cascos Cascos, piedras
de la roca erguida de la raza; mientras
hieran las luces de poniente, eternos estos
cascos de hierro, arderán
las hogueras de la Patria. Piedras
fundidas al
corazón que late sin remedio, abierto
en las trincheras, al
campo libre, al cielo libre, al
espacio que marcan las manos redentoras, Mientras
vibren los pechos; mientras
surjan las horas sin negruras ni espacios, los
campos luminosos, los valles de esmeralda, los
ríos que se rompen, heridos por espumas, las
ramas retorcidas de arbustos centenarios dormirán
en la paz de soles calcinados, dormirán
en la paz. Correrán
por los cauces de
los mundos sin grava los
torrentes de sangre, los torrentes que brotan de los pechos heroicos, pero
fuertes, mientras vivan sin tacha estos
cascos heroicos, tan
duros como rocas clavadas en la cumbre, arderán
las hogueras de la Patria. —Roger de Flor, mayo de 1937 Tierra De
la misma trinchera en que estoy, yo
he cogido un puñado de tierra. La
creía fría, y
en verdad que quema. Tiene
vida la arena, y la arcilla de
la tierra ésta; tiene
vida, porque tiene sangre, que
los hombres con sangre la riegan; apretarla
he querido con mis manos, mas
ella se niega. Ni
aun tirarla he podido, que
me pesa en el alma esta tierra. En
su polvo empapóse la vida de
aquellos que un día su vida ofrecieron por
llevarle ¡vida! a
la misma tierra, que
con sed se bebiera su sangre como
savia nueva. ¡Yo
quisiera tirarla, tirarla! ¡Cómo
pesa en mis manos la tierra! En
mis ojos la sombra del llanto, mis
labios hundidos en ella; sabe
a sangre la tierra en mi boca, que
besó la tierra. —Práxedes, octubre
de 1937 Asturias Asturias,
si yo pudiera si
yo supiera cantarte... Asturias
verde de montes |