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ISSN 1886-2799

Revista  MLRS
nº 18

(octubre de 2008)

 

>>>>>>>>> poemas

de la guerra de españa

 

 

[Selección para el MLRS a cargo de César de Vicente Hernando]

 

 

NOTA INTRODUCTORIA

 

La Guerra Civil Española constituyó, entre otras muchas cosas, el único momento en la historia de España en el que existió una suspensión efectiva del poder y del dominio de clase, y por tanto, también de la imposición cultural de la burguesía y de la pequeña burguesía sobre el proletariado. Esto significa que se hacía posible la construcción de una sociedad radicalmente distinta. En los más de dos años que duró la contienda existió, también en la literatura, una lucha por el control del poder en los Aparatos de Estado (Ministerios, Revistas, Instituciones educativas, etc.) y un intento de hegemonización de los procesos sociales que se estaban dando. La razón, desde el punto de vista de la literatura y más concretamente en el ámbito de la poesía, fue la eclosión de una poesía popular-tradicional (el romancero fue, con mucho, la forma más difundida) que se convirtió en la forma de expresión del proletariado agrícola e industrial, de los miembros del ejército republicano y de las milicias, y sirvió como narración de hechos, proclama, reflexión y combate. Si lo cotidiano (la lucha en el frente, el miedo, las bajas, el frío, la arenga, los enemigos, los héroes, etc.) limitó en parte las posibilidades de la literatura, por contra lo cotidiano en los poemas se convirtió en historia. Por ello, nunca en la historia de España hubo un diálogo tan estrecho y, también, tan contradictorio entre poesía culta y poesía popular (si se quieren estos términos) como en este tiempo en donde la solidaridad internacional, la lucha por la tierra, el lamento y el trabajo en la retaguardia compusieron algunos de los versos más significativos de lo que fue el largo siglo XX.

 

César de Vicente Hernando

 

 

 

Si queréis ampliar la lectura:

César de Vicente Hernando (ed.):

Poesía de la guerra civil española 1936-1939;

ediciones Akal, Madrid, 1994;

435 págs.

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Primero de Mayo

 

 

I

 

No hay descanso ni paz en esta tierra,

en esta amarga calle señalada,

en estos corazones.

A vosotros, canteros y pastores,

obreros de París, de Londres y del mundo:

¡No hay descanso ni paz en esta tierra!

 

II

 

Hombres, trabajadores lo mismo que vosotros,

con yuntas de bueyes iguales que los vuestros.

Con tomos parecidos

o con rebaños llenos también de polvo y de romero,

por el mismo cielo común y parecidas fábricas,

caminan y trabajan infatigablemente.

 

III

 

Hombres, trabajadores lo mismo que vosotros,

con hijos tan hermosos

y sábanas tan pobres en lechos parecidos,

y tierno pan, tan oloroso como el vuestro,

pelean y triunfan al pie de los olivos,

en los trigales rubios,

sobre la nieve vieja que duerme entre los pinos.

Bajo un cielo varón, hombres varones,

fuertes y alegres como lo sois vosotros,

dejan en el olvido

el incendio de sus dormitorios y abuelos mutilados.

¡No hay descanso ni paz en esta tierra

que para siempre ha de llamarse España!

Porque somos, hemos de ser, los únicos propietarios del día,

dueños de las ciudades y verdaderos amos de los campos.

 

IV

 

Los hombres de las minas.

Los que trabajan en ganados y montes.

Los que hacen el pan y los que lo cultivan.

Los poetas, herreros, leñadores,

el nombre guardan, y la sangre del pueblo

en la quemada tierra de las avanzadillas,

en los talleres.

 

V

 

¡No hay descanso en esta tierra!

Sólo hay flores que viven en tinajas quemadas.

Cartas que terminó la Artillería.

Hombres que no descansan,

despiertos siempre, como están los castaños

hasta que la victoria da los frutos.

 

 

Lorenzo Varela,

Madrid, 1 de mayo de 1937

 

 

 

 

 

 

 

Sabed que hay más

 

 

No es la muerte ni el viento desgarrado,

ni es la vertida sangre lo que clama;

candente pecho en lenguas desangrado

en ascua herido se deshace en llama.

 

Ni la Tierra gloriosa por el Hombre,

cruzada en surco ardiente a golpe duro,

donde cuerpos ya fríos y sin nombre

son claras primaveras sin futuro.

 

Ni los que ascienden con el trigo, lentos.

Ni los que marchan bajo tierra, fríos.

Los que no en luz, sí en mego, violentos

en la guerra se parten como ríos.

 

Ni las ciudades rotas y latentes,

sólo por llanto y soledad cruzadas,

donde la muerte clava helados dientes,

candente plomo en lenguas maniatadas.

 

Ni los que igual que mechas van erguidos

con un temblor de corazón que late

y allanando praderas de gemidos,

pólvora ardiendo saltan al combate.

 

Ni el agua verde y el caballo oscuro.

Ni el viento que golpea la cintura.

Ni el hombre que se parte contra un muro

se hace polvo y sangre en tierra dura.

 

Ni esos cuerpos de tierras y raíces,

que puebla un verde mar de venas rotas

y hundidos en el barro son felices

clavados e indomables en sus botas.

 

Ni los jóvenes rudos, altos, fuertes,

sombras que a la victoria van unidas:

aún golpean la muerte con sus muertos

y hay clamores de pólvora en sus vidas.

 

Hay más. Hay más que las raíces y el espanto.

Más hondo que la sangre y que la sombra.

Más hondo que la Muerte, el agua, el llanto.

¡Sabed que hay más que lo que se oye y nombra!

 

Sabed, oíd, sabed que en pura llama

se cruza un pueblo erguido a golpe duro:

¡la voz de España humedecida clama

y en fuego y sangre se abre hacia el futuro!

 

 

Pascual Pla y Beltrán,

abril de 1938

 

 

 

 

 

 

 

Cercada soledad

 

 

I

 

Tuya sola es la voz nadie más ahora

que una niebla de muertos se extiende por la tierra

y los astros señalan bajo un terrible cielo

nuestro humano destino de infeliz existencia.

 

Volverán vanamente las primaveras límpidas

proclamando en la tierra su perfumado oficio

nuevamente el estío madurara sus oros

acunando un calor hasta otoño abundoso.

 

Con pie nevado invierno pisara los sembrados.

Desdeñoso es el paso de su alternado curso

ante el dolor humano que tiembla en desamparo.

Solitario está el hombre como un planeta inmóvil.

 

Inútil es el tiempo para tejer olvidos

—otoño amarillento que sus ramas desnuda—

si rinde el corazón sus juveniles sueños

la tierra en cambio abonan desengaños lentísimos.

 

Diferente es la voz que conmueve a los hombres

ni la palabra logra expresar nuestro anhelo.

No cabe compartir este recuerdo oscuro

que la sangre estremece o los ojos invade.

 

No les salva a los hombres ni en su inmediato sino

ese dolor común que organiza a las gentes

hacia una estrella izada por numerosos brazos

o una felicidad que no distingue labios,

 

Lamentable es el hombre sometido a destierro

si no es igual la rosa que ven distintos ojos

ni la voz se entrecorta ante entrañables nombres

Únicas son lágrimas que anegan sus pupilas.

 

Solitario conduce el pastor sus rebaños

y las puertas se cierran a las nocturnas sombras.

Así pasea el hombre su soledad terrestre

conduciendo sus penas por los llanos del pecho.

 

Palmas cual tierra muestra ojos como lagunas

señales son purísimas de su común estirpe

No niega sus raíces ni el aire compartido

que como espacio ramas posible su voz hace.

 

II

 

Mas escuchad su duelo.

De recuerdos ternísimos

o indecibles vergüenzas la misteriosa niebla

de su alma se ha formado como un rubor que tiembla

por pronunciar el nombre de la flor que lo tiñe.

 

Si los ríos se buscan para sumar sus cauces

agrándanse las nubes hasta negar sus bordes

y los campos prescinden de sus antiguas lindes

imposible es que el hombre su soledad comparta.

 

Pasará solitario por los duros oficios

ciudades como fábricas y puertos cual barandas

por donde asoma el pecho emigrante del hombre

hacia un país que espera su muerte o su fatiga.

 

No pueden las banderas sustituir la luz

las estrellas no logran mirar como unos ojos

ni el grito de las gentes valer por ese nombre

que los seres pronuncian en medio del delirio.

 

Hay manos sepultadas cual raíces de cuerpos

pupilas en lo oscuro llorando inmensamente

tempranísimos lutos por el odio ordenados

que vence una bandera que despliega la sangre.

 

Decisiva es la lucha que exige nuestro esfuerzo

y golpea nuestras sienes con sombríos mandatos.

Enclavado está en ella nuestro gran desamparo

turbando hasta la sangre de su soledad clara.

 

Mas volverá la voz a la canción tranquila

y el humano concurso a estimular los campos

de nuevo las guirnaldas colgarán viejos troncos

y trabará el amor sus disputas más tiernas.

 

¿Pero está entre nosotros su misterioso nombre?

vivimos en ausencia sin rozar nuestros cuerpos

perdidos entre gentes que viven su destino

Así pasea el hombre su soledad terrestre.

 

No comprende la vida esta pena inmutable.

ni ese lento sollozo que a los hombres aisla

Tal pasan sus estruendos al borde de sus ojos

dejando una amargura indecible y tristísima.

 

 

—Bernardo Clariana,

mayo de 1938

 

 

 

 

 

 

 

Cascos

 

 

Cascos,

piedras de la roca erguida de la raza;

mientras hieran las luces de poniente, eternos

estos cascos de hierro,

arderán las hogueras de la Patria.

 

Piedras fundidas

al corazón que late sin remedio,

abierto en las trincheras,

al campo libre, al cielo libre,

al espacio que marcan las manos redentoras,

 

Mientras vibren los pechos;

mientras surjan las horas sin negruras ni espacios,

los campos luminosos, los valles de esmeralda,

los ríos que se rompen, heridos por espumas,

las ramas retorcidas de arbustos centenarios

dormirán en la paz de soles calcinados,

dormirán en la paz.

 

Correrán por los cauces

de los mundos sin grava

los torrentes de sangre, los torrentes que brotan de los pechos heroicos,

pero fuertes, mientras vivan sin tacha

estos cascos heroicos,

tan duros como rocas clavadas en la cumbre,

arderán las hogueras de la Patria.

 

 

—Roger de Flor,

mayo de 1937

 

 

 

 

 

 

 

Tierra

 

 

De la misma trinchera en que estoy,

yo he cogido un puñado de tierra.

La creía fría,

y en verdad que quema.

Tiene vida la arena, y la arcilla

de la tierra ésta;

tiene vida, porque tiene sangre,

que los hombres con sangre la riegan;

apretarla he querido con mis manos,

mas ella se niega.

 

Ni aun tirarla he podido,

que me pesa en el alma esta tierra.

En su polvo empapóse la vida

de aquellos que un día su vida ofrecieron

por llevarle ¡vida!

a la misma tierra,

que con sed se bebiera su sangre

como savia nueva.

¡Yo quisiera tirarla, tirarla!

¡Cómo pesa en mis manos la tierra!

 

En mis ojos la sombra del llanto,

mis labios hundidos en ella;

sabe a sangre la tierra en mi boca,

que besó la tierra.

 

 

—Práxedes,

octubre de 1937

 

 

 

 

 

 

 

Asturias

 

 

Asturias, si yo pudiera

si yo supiera cantarte...

Asturias verde de montes