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Jotamar (El Adelanto, 9 - 08 - 2008)
La ciudad, nuestra ciudad, la Salamanca que enhechiza, es patrimonio de todos, es el aliento de los pasos de todo aquel que es y se siente salmantino; es también el regalo que debemos hacer a cuantos nos visitan, sin escatimar esfuerzos en su conservación, presentando su mejor imagen, cumpliendo las normas cívicas. Más de una vez me han mirado con extrañeza y me he sentido como un tonto al agacharme a recoger un papel, al arrancar un panfleto de la pared o al cerrar la tapa de un contenedor, y no soy perfecto ni lo pretendo; de igual modo, pese a pequeños achaques de la edad, no he perdido la costumbre de ceder el asiento en el autobús, abrirle la puerta a una dama y ofrecer el taburete de la cafetería... Ni pretendo serlo, aunque suene cursi. La ciudad, la Salamanca en la que se goza de apacibilidad, tiene el sello inconfundible de sus ciudadanos, incluidos los pintamonas de paredes, el fitipaldi que amenaza, el quema recipientes, el vocinglero, el destroza bancos, el que atruena las calles con su cacharro de dos ruedas, y el que protesta en octavillas por una ordenanza municipal. Y hacerla mejor o peor, más habitable, más hermosa para el turista, depende única y exclusivamente de los salmantinos de toda condición, sin que puedan valer excusas ni sea justo echar pelotas fuera o al tejado del ayuntamiento, el recurrente pretexto para evadir nuestra responsabilidad. De todas formas, cierto es que los gobernantes juegan un papel primordial en esa imagen de la urbe, ponen su sello también y, en ocasiones, su urbanismo, su particular forma de ver las calles y rincones, las plazas y jardines, le confieren un aspecto con el que no todos están de acuerdo. Pongamos dos ejemplos solamente. Cuando se trazó y se realizó el parque de Würzburg y se abrió después al público con la presencia de representantes del consistorio alemán con el que nos hermanamos, muchos, entre los que me encuentro, protestamos y mostramos nuestro desacuerdo con un proyecto francamente feo y poco atractivo, como se ha demostrado palmariamente a lo largo de los años. Se lo ofreció a los salmantinos como regalo un alcalde socialista, el señor Málaga, cuyos primeros ocho años de alcaldía fueron realmente magníficos. En la actualidad, un alcalde popular, el señor Lanzarote, con infinidad de buenas obras en su largo mandato, se empecina en hacerle "otro regalo" a la ciudad, el subterráneo de Los Bandos, con el que miles de salmantinos no estamos de acuerdo -él mismo tampoco lo estaba y me atrevo a decir que no lo está-. Un agujero que a lo largo de los años se demostrará que fue un error y que nada va a suponer como solución a los graves problemas de aparcamiento que tiene la ciudad, propiciando que el tráfico se multiplique en las calles del centro, entre otras cosas, sin entrar en disquisiciones de restos, árboles centenarios e iglesias en el subsuelo. Pero existe una diferencia importante en estos dos casos. En el primero, en el jardín germano inaugurado a bombo y platillo, el error es subsanable, con un poco de imaginación y de dinero se podría convertir en un espacio público bonito, cómodo y utilizable. El buraco, que dicen los portugueses, de la plaza de María la Brava y GarciGrande no podrá cerrarse en el futuro, no podremos impedir que los carros se aventuren en largas colas por las calles de los condes de Crespo Rascón, de la Peña o Santa Teresa. Es una obra para la posteridad y ella le juzgará, señor regidor mayor. Más de un automovilista despistado o pasota, predigo como agorero, se irá en busca de la puerta de entrada por la calle de Zamora, o por las de los rectores magníficos Lucena y Tovar. Finalmente, buen amigo, le pregunto sin acritud si le gustaría que, al igual que le cambió usted por un capricho el nombre a la calle Gibraltar, a este aparcacoches otro alcalde le bautizara como el de El Empecinado. |
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