«Egiluz es para los colombianos un ejemplo de la lucha por la dignidad» Qué posibilidades existen de cara a establecer la responsabilidad final de la autoría física e intelectual de la muerte de Iñigo Egiluz y Jorge Mazo? Les puedo decir que el caso está actualmente en trámite judicial en Colombia y, paralelamente, se están realizando diversas gestiones de alto calado en una serie de instancias internacionales, como las Naciones Unidas, de la mano del equipo jurídico de la ONG vasca Hirugarren Mundua ta Bakea, a la que pertenecía Iñigo. Nosotros como Diócesis de Quibdó, hemos tenido el convencimiento desde el primer momento de que se trató de un acto premeditado cuyo objetivo final fue intimidar directamente a las comunidades desplazadas y a aquellas que aún resisten en sus tierras a la acción criminal de los paramilitares. La responsabilidad directa de estos grupos es manifiesta así como que estamos ante una acción criminal deliberada. Como cuestión realmente significativa me gustaría señalarles que las muertes de Iñigo y Jorge Luis generaron una conmoción social y una oleada de condolencias llegadas desde todas las partes del mundo. Pero significativamente, en ningún momento recibimos ningún pésame por parte del Gobernador, el alcalde del municipio de Quibdó... Creo que esta falta absoluta de responsabilidad es realmente clarificadora para entender cómo es realmente la clase política colombiana y cuál es el verdadero poder de los grupos paramilitares. ¿A qué cree usted que se debe esta espiral de violencia que se ha extendido por el Chocó? El departamento del Chocó se ubica en una zona geo-estratégica de enorme relevancia para el desarrollo del país: es la única provincia colombiana que tiene fronteras con Panamá y tiene costas en el Pacífico y en el Atlántico por lo que hay planes de establecer aquí un futuro canal interoceánico mucho más poderoso y actualizado que el actualmente existente, es uno de los puntos del mundo con mayor riqueza en biodiversidad del mundo, hay grandes ríos, oro, platino... Estas son las razones que pueden explicar la abierta conquista del territorio propiciada por los sectores detentadores del capital y que el paramilitarismo (auspiciado por estos sectores) haya incursionado en el Chocó. Ellos enmarcan sus acciones en un aparente discurso de lucha contra la insurgencia guerrillera (que realmente siempre ha considerado este Departamento como lugar de paso) pero en la práctica lo que llevan a cabo es una labor de masacre contra las poblaciones locales a las que han tomado como objetivo militar obligándolas a desalojar forzosamente sus tierras y, paralelamente, creando un bloqueo económico en la región mediante el control de alimentos y medicinas estableciendo retenes permanentes en diversos puntos fluviales, única vía de comunicación para las comunidades en esta región. Usted se expresa con absoluta claridad. Imaginamos que su actitud le habrá generado más de un problema. Les puedo señalar que yo no me siento solo. Es cierto que he recibido amenazas de muerte, pero hoy en día ningún colombiano está exento de entregar la vida de una manera violenta. Es verdad que en Colombia ya ha sido asesinado un obispo, Monseñor Jaramillo, o que varios sacerdotes han muerto tiroteados... Pero nosotros corremos el mismo riesgo que el resto de la ciudadanía.Yo he vivido, es absurdo ocultarlo, momentos de dolor, de miedo... Pero predominan más en mí los sentimientos de esperanza, de ser fraterno, solidario... Las vidas están en manos de Dios y mi labor es crear puentes para ir salvando mi comunidad pastoral siempre desde la perspectiva de la justicia social y el respeto a la dignidad. ¿En qué se concreta esa reflexión en su Departamento? Hace 16 años, coincidiendo con el comienzo de mi trabajo como obispo en esta región, establecimos ya un diagnóstico y una serie de objetivos y estrategias. Los equipos evangelizadores trabajamos siempre desde la perspectiva de concebir la fe y las diversas tareas desde una lectura comunitaria, como refleja la doctrina social de la Iglesia. Y creo que, pese a la dureza del momento actual, hemos conseguido algo muy importante: se ha ido sembrando en el pueblo chocoano la importancia del nivel organizativo. Antes, por ejemplo, no existía la organización campesina que a lo largo de estos años ha ido coordinando los movimientos de la comunidad. Pero como aparece meridianamente reflejado en la conocida parábola de Jesús en el Evangelio, uno no hace más que tirar la semilla siendo consciente de que en muchos casos esa semilla no va a fructificar... Yo creo que hoy podemos decir que el pueblo chocoano es mucho más consciente de sus derechos que hace 16 años, mostrando abiertamente que un pueblo unido puede avanzar en la historia... En definitiva, el acompañamiento a la tarea de estas comunidades es mostrarles que ellos mismos pueden desarrollar la autoorganización, poner las denuncias, o que no deben callar porque el silencio es cómplice. Los paramilitares, precisamente, quieren conseguir el silencio mediante el terror colectivo. En definitiva, Monseñor, y pese a sus peculiaridades, la actual situación del Chocó no es ajena a la que vive la totalidad del territorio colombiano... Así es. Hoy una tercera parte de la población tiene el poder en Colombia y día a día crece más la brecha social entre los que más tienen y la gran mayoría social de desposeídos. Este hecho es de por sí violento. La búsqueda de la paz con verdadera justicia tiene su precio, eso es indudable. Se trata de defender la dignidad humana. Colombia necesita una reforma agraria profunda, junto a todo tipo de reformas sociales y económicas que reequilibren las relaciones humanas en este país tan rico y tan bello. En 1968, con motivo de una visita pastoral, Pablo VI lo expresó a la perfección ante miles de campesinos: «Colombianos dijo, hagan las reformas sociales pronto, que son justas, porque más tarde el precio será sumamente alto». Eso es precisamente lo que pasa ahora en este país sembrado de cadáveres y de dolor. Esta reflexión suya, Monseñor, ¿Es compartida por el resto de la jerarquía católica colombiana y por el Vaticano? Respecto a la jerarquía eclesiástica colombiana, yo les diría que indudablemente sí. Esa es precisamente la doctrina social de la Iglesia: llevar la dignidad al ser humano. La cuestión de la paz en Colombia es realmente compleja. No se trata únicamente de que callen las armas sino de que haya una verdadera paz basada en la justicia social y en un equilibrado reparto de las riquezas. Los obispos colombianos coincidimos mayoritariamente en este diagnóstico. Respecto al Vaticano, les diré que su respaldo es manifiesto en momentos puntuales, con motivo de catástrofes naturales, etc... Por lo demás, les puedo señalar que nosotros actuamos y no nos llega ningún tipo de advertencia... El problema, Monseñor, es que además de la trágica situación interior cada día es más activo el papel de actores internacionales en el país. Por ejemplo, ahí están los continuos rumores de una posible intervención directa estadounidense bajo el amparo del combate al narcotráfico... Realmente no sabemos qué pueda ocurrir pero sí les puedo señalar que la presencia norteamericana es hoy un hecho en Colombia a través de armamento, asesores, aviones de altísima tecnología que bombardean «selectivamente» las zonas controladas por la guerrilla... Pero frente a esta realidad, no podemos olvidar que siempre es necesario reivindicar el derecho de un pueblo a vivir en paz y dignidad. Finalmente, Monseñor, nos gustaría conocer su opinión sobre la cooperación vasca y las muestras de solidaridad recibidas en su país a lo largo de todo este tiempo. Para nosotros es realmente un orgullo haber podido conocer y trabajar con un joven comprometido como Iñigo Egiluz y con organizaciones de cooperación real y solidaria como Hirugarren Mundua ta Bakea. Déjenme señalarles que el mejor homenaje que se le puede dar a Iñigo y al sacerdote Jorge Luis Mazo es seguir adelante con el trabajo que ellos hicieron: el acompañamiento, formación y asistencia a toda esa población chocoana contra la que se cometen crímenes de lesa humanidad. Es fundamental que esos puestos no queden vacantes y de una u otra manera podamos continuar su tarea, su compromiso con la dignidad. Todo ello sin olvidar que el esclarecimiento de sus asesinatos nos puede situar en cierta manera ante un caso Pinochet en pequeño, al internacionalizar la verdadera dimensión de la violación sistemática de los Derechos Humanos en Colombia. Ese debe ser nuestro reto: mostrar cómo sufre y se rebela la aldea global ante cualquier masacre cometida en cualquier punto del mundo. Ahí se inscribe precisamente el compromiso de personas como Iñigo y Jorge Luis, un ejemplo de la lucha por la dignidad y la justicia social. Nuria TELLERIA / Joseba MACIAS |