EL MONSTRUO EN CASA.

 

Cuando era niño nunca creí en los monstruos de los que me hablaban mis papás. En parte por ellos mismos, porque siempre fueron tan buenos que no podrían contarme esas cosas de monstruos malos sino para engañarme y hacerme ver la realidad del revés. Sin embargo, tenían razón cuando me decían que había un monstruo grande, muy grande, que se comía a los niñitos y a las mamás de los niñitos, y hasta a los papás que se enfrentaban a él. Ese monstruo lo devoraba todo: las personas, las tierras, el agua, y hasta el cielo si se lo permitían. Decía mi papá que el monstruo adoptaba múltiples formas y cambiaba de nombre a cada rato para que no pudiéramos nombrarlo, para confundirnos. Era un monstruo tan malo que parecía imposible que de tan malo que era no se matara a sí mismo. Yo, por supuesto, nunca le creía esas cosas que decía mi papito, porque miraba alrededor y no veía al monstruo de que me hablaba.

Después me fui haciendo mayor y dando cuenta de lo monstruosa que es la vida. Esas guerras atroces con bombas inmensas que mataban tanta gente como en Hirosima, o de esas otras más pequeñitas que iban matando a fuego lento, impidiendo que los pueblos buscasen su propia identidad, como la de Nicaragua. Me acojonaron, ya de adolescente, las justificaciones que se daban a los embargos a pueblos enteros como el cubano, o el iraquí. Y ya, entonces, cuando un día vi por la tele que todos vestíamos iguales, que todos pensábamos igual, empecé a creer en lo que tan lindo me decía mamasita: que fuera yo mismo sin imitar a los demás. Ese mismo día deje de creer en el séptimo de caballería y empecé a creer que los indios no eran tan malos como los pintaban en las películas. Pensé que quizá las guerrillas luchasen no más que por su gente y su tierra como los inditos aquellos. ¡ Qué gran descubrimiento! Me dispuse a salir a la calle y a contárselo a todo el mundo, pero al abrir el armario me di cuenta de que el gran monstruo estaba en casa. Y de que mis papitos tenían razón, pero el monstruo no más acababa de devorarlos.