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Manifiesto Gustavito |
Ojos Los vi |
Durito Mempo |
Panzas Cada vez |
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Ni comida, ni salud, ni educación. Los Derechos del Niño son sólo letra muerta y en la calle los pibes se ven obligados a crecer a las patadas. A partir de esta idea, desde La Vieja del Andén, una organización social que camina por el suburbano desde 1993, trabajamos todos los días para arrebatarle pibes a la muerte, para construir juntos un proyecto colectivo de sueños y dignidad. A La Vieja se acercan niños, adolescentes y jóvenes (en la actualidad son casi treinta) que trabajan por monedas en las estaciones de trenes de Temperley hasta Guernica, al sur del Gran Buenos Aires. Andenes donde la indiferencia no ve la injusticia y las balas policiales (y de gendarmería) desean acabar con las jóvenes vidas. Barrios donde la desocupación es la regla y la pobreza la moneda más común. La Vieja cuenta con tres áreas permanentes de trabajo: recorridas diarias por las estaciones y trenes, llegadas periódicas a las casas de los pibes y encuentros semanales en un baldío vecino a la estación de Longchamps, donde además de las distintas actividades propuestas, se comparte fútbol, juegos, apoyo escolar y un almuerzo. Los viejeros –quienes integramos La Vieja- creemos y trabajamos por otro mundo, por prácticas y valores que aún no son mayoritarios, con la herramienta de la solidaridad entendida como resistencia y no como caridad o dádiva. Trabajamos por un futuro digno. En esto estamos y en esto ponemos nuestras vidas. Y lo hacemos con alegría porque, a pesar de todo, ya hace doce años que arrastramos sueños por los andenes. Gustavito Una habitación sin puerta, 1.60 mts. de ancho por 3 mts de largo, baldosas flojas, paredes de madera con el techo muy bajo, botellas de gaseosa cortadas al medio como improvisados floreros, velas de utilería rodeando el cajón. En la pared brilla "vivir siempre rascando la olla" Así vivimos. Expulsados de un sistema que se ofrece el paraíso pero sin oportunidades de acceder a él; primero el sistema se encarga de matar a nuestros pibes de hambre o de enfermedades que son curables, si sobreviven, los matan a palos los sicarios del poder y ahora, el sistema se perfeccionó de tal manera que los mata de tristeza. La empuñadura mostraba signos de un incendio que no llegó a consumirla; había sido lo único que se salvo de la antigua casa. Pasaron cinco años, tal vez más, pero el arma seguía ahí. Hacía calor, un beso a la vieja encendiendo el último pucho. Se metió en la habitación aturdido por el silencio de la casa, tuvo tiempo de mandar un mensaje de texto a sus hermanas, apagó el cigarro y se fue. "Los quiero a todos" gritaba el mensaje. ¿De que se trata esta locura, esta tristeza inmensa que atrapa a nuestros pibes, este silencio que agobia y mata? Un padre vencido por la pena contemplaba la cara de su hijo, ya muerto. Se preguntaba y repetía ¿por qué? ¿por qué? Este sistema, especialista en disfrazar la miseria nos tiene ocupados "rascando la olla", tratando de sobrevivir; mientras tanto nuestro pibes se mueren envueltos en mantas de silencio y soledad. Es hora de decidirse. Hay que hacerse cargo. O miramos impávidos como se mueren, cada día, en silencio, nuestros pibes o empezamos a gritar bien fuerte ¡ya basta! OJOS CLAMANDO AL CIELO María Eugenia tiene 10
años. Me contó que son once hermanos, algunos más grandes, algunos
más chicos. La mayor tiene 16, y un bebé en su panza (su primer
sobrino). María me trata de usted.
"¿Usted cómo se llamo? ¡¿cóooomo?! ¡que feo nombre! Ella sonríe a todo el mundo. Toda esa historia y ella se ríe, juega con algún vendedor y vuelve a mí. María, María es un sol... Ella tiene que hacer diez pesos; van seis y son las diez de la noche. Tiene que parar la olla. Faltan cuatro (¿cuánto tardamos en gastar cuatro pesos?). Mi tren se va. María me manda un beso a través del vidrio de la puerta del Roca. Son las diez de la noche. Espero que no pase esta
noche en Constitución. Espero que mañana nos veamos... María Eugenia tiene diez años. Alguien que la conoció (que tuvo oídos para escuchar su historia) me dijo que, de movida, pensó que podía ser mentira, que parecía una de esas historias que uno no cree porque son demasiado duras para ser ciertas. Y me que quedé pensando... y me quedé pensando en que, tal vez, preferimos creer que son mentiras en busca de unas monedas. Cuesta creer que esto pasa por nuestro lado mientras caminamos hasta el primer vagón, buscando un lugar para viajar sentados. Los vi Los vi con sus pies al aire Estaban ahí en la
calle Estaban ahí en la
calle Los vi cruzando la
plaza Los vi con sus ojos
sonrientes Estaban ahí en la
calle DURITO Y UNA DE LLAVES Y PUERTAS
El objetivo de la historia es entrar a esa habitación, desalojar a los que están ahí y ocupar su lugar. El político llama entonces a luchar por la posesión de la llave de la puerta. Pero, dice Durito, la lucha política no es ya por entrar a esa habitación, sino sólo por la llave de la puerta, es decir, por quitar la llave a quienes la tienen y ocupar su lugar de porteros. "Se ha avanzado mucho en la democracia", dice Durito que dicen los políticos, "ahora ya se puede cambiar de portero". Tener el Poder es tener la llave de la puerta de la historia, no importa que los dueños de la habitación sean siempre los mismos. Dice Durito que los zapatistas son el hazmerreír de todos los políticos modernos, sean de izquierda o de derecha. Dice Durito que es porque los zapatistas cargan a sus espaldas una pesada llave para la que no hay puerta, ni cerradura, ni habitación. "Miren a esos tontos", dice Durito que dicen los políticos modernos, "esa llave, además de que es muy pesada, no sirve para abrir la puerta del Poder y entrar a la culminación de los tiempos". Dice Durito que los zapatistas sólo sonríen y siguen caminando con la pesada llave en sus espaldas y que no se apenan porque no hay puerta ni cerradura que se abra con la llave que cargan. Dice Durito que, ocupados todos en reírse de ellos, nadie repara que la llave que cargan los zapatistas se parece demasiado a un mazo, de ésos que sirven para derribar puertas y paredes. Dice Durito que, mientras los políticos se aglomeran y pelean por la llave frente a la puerta del poder, los zapatistas pasan de largo, se paran frente a una de las paredes del laberinto que, además, no tiene nada qué ver con la habitación del poder y, con un plumín negro, marcan una "X". "Los zapatistas marcan así una incógnita, pero también el punto donde hay que golpear para resolverla. Porque los zapatistas no quieren entrar a la habitación del poder, desalojar a los que están ahí y ocupar su lugar, sino romper las paredes del laberinto de la historia, salir de él y, con todos, hacer otro mundo sin habitaciones reservadas ni exclusivas y sin, ergo, puertas y llaves", dice Durito mientras me pregunta dónde diablos dejé el plumín negro con el que me da clases de teoría política.
Desde las montañas del Sureste Mexicano PANORAMA ESCOLAR CON ALMITAS ROTAS La escuelita, a metros del Paraná, se inunda cada dos o tres años como todo el pueblo. Después se seca y todo recomienza, pero con la gente más pobre que antes del agua. Modesta, típica de cuando la esperanza no era algo ridículo y el peronismo construía una tras otra, la escuelita tiene un hall de entrada, galerías que dan a un patio, una docena de aulas con ventanas a la calle y un jardincito delantero que alguna vez tuvo flores y hoy es un basural. Las tejas rotas subrayan la decadencia. En un altarcito, a un costado de la entrada, hay una Virgen de Itatí de yeso del tamaño de un zapato, y a su lado un Gauchito Gil de plástico y con el poncho colorado ennegrecido como si de hacer tantos favores se le hubiera acabado el brillo. El cuadro se completa con los restos de un cartel de la Alianza en el que De la Rúa y Chacho todavía sonríen y, sobre ellos, y a modo de frontispicio burlón, unos cartelitos azules mantienen la vieja amenaza: "Menem 99". A mitad de cuadra, un
hombre está sentado a la puerta de una casa abandonada. En la
esquina hay dos tipos más. Otro pesca más allá. O mira el río. Sus
expresiones hablan por ellos: están vacíos. En las miradas de esos
hombres no hay luz y es como si llevaran semanas, meses, mirando a
lo lejos, puntos indefinidos en los lapachos, en el lomo del río o
en quién sabe qué galaxias. Son desocupados que habitan esta tierra
en la que se dejaron de cosechar naranjas porque ahora se importan
de California; en la que ahora se come choclo francés y en la que
los pollos mueren desplazados por Anoche vino Marta, una maestra que vive en la otra cuadra: me invitó a visitar la escuelita. Me habló del Plan Nacional de Lectura y me contó que, como no tienen libros, entre cinco colegas juntaron unos pesos y compraron dos en Corrientes: "La sirenita" y otro que no recuerdo. Ocho pesos cada uno, para sortearlos entre todos los grados. Que por favor vaya a la hora del sorteo, como para alentar a los chicos. Después de todo se supone que soy el tipo famoso del pueblo, si salgo de vez en cuando en la tele, ¿no? Me dejó fulminado: dos libritos. Menos de 40 páginas para quince grados y unos cuatrocientos chicos de 6 a 13 años en dos turnos. Dieciséis pesos juntados entre cinco docentes. Me costó dormir. Y hoy, bajo un sol rajante que anticipa el verano, estoy ante ellos, paralizado. Los miro uno por uno y ellos me miran. Centenares de caritas sucias, a muchos se les nota la desnutrición, y, lo peor, esa tristeza infinita en los ojos. Mi casa queda a cuatro cuadras de la escuelita y a muchos los veo pasar cada día. A veces me enojo cuando destruyen los arbolitos con cuyas horquetas hacen sus ondas (gomeras, en porteño). Ahora me parecen adultos de escaso tamaño. Son chicos heridos, almitas rotas. Desolados retazos sobrantes de un país en liquidación. Me crece una rabia profunda mientras miro a estos doscientos pibes formaditos y repitiendo el "Padrenuestro" que reza la directora. No sé qué voy a decirles. El último intendente del
pueblo está prófugo por ladrón, pero el clientelismo político aquí
es realismo mágico: los mismos padres de estos chiquitos acaban de
votar al partido de ese mismo intendente en otro acto de suicidio
colectivo. ¿Será eterno el desconcierto actual de la sociedad
argentina? Mientras tanto, la intervención federal prepara sus
valijas dejando tras de sí otra oportunidad perdida de
modernización. Jamás entendieron a los correntinos y gobernaron
haciendo la plancha a ritmo De pronto evoco la despreciable sonrisa de Menem en los diarios y evoco la sonrisa de plástico de Fernando de la Rúa cuando Bush o Schroeder le daban una palmadita en la espalda. ¿Serán conscientes del daño inferido? ¿Es posible que no se den cuenta de estos resultados de sus genuflexiones? ¿Qué clase de gente son, en esencia, los que conducen este país? Las maestras, de ropas raídas y zapatos gastados, tienen en los ojos una rara mezcla de abnegación y resentimiento. Sé que hacen lo que pueden, y a veces pueden mucho. Entre otras cosas rezar a coro con los chicos, como ahora, aunque ésta es una escuela pública. Pero esto es Corrientes, damas y caballeros, y además, ¿quién se atreve a cuestionar un rezo en estas circunstancias? Evoco aquella idea de Proust sobre el sentimentalismo de los creyentes: los hechos no penetran en el mundo de sus creencias; los hechos desmienten lo que creen, pero ellos siguen creyendo. Padecimientos y desgracias destrozan sus vidas, sus familias, sus ilusiones, pero ellos creen cada vez más en la bondad de Dios. Una ironía ejemplar. Tras el sorteo debo hablar, pero se me quiebra la voz. Agrego unos libros que tomé de mi biblioteca, les prometo más y les pido disculpas, en nombre de nadie, por el país indigno en el que sobreviven. Siento -valga el lugar común- un nudo en la garganta. Y también vergüenza, desesperación, rabia. Todo junto. Regreso pensando que debo escribir lo siguiente: que el que no se siente un hijo de puta ante esto, es porque es, nomás, un hijo de puta. ¿Cuándo se terminará el dolor? CADA VEZ Cada vez que
invites a un chico a crear Cada vez que se
animen a comunicarse Cada vez que un
abrazo los acerque Cada vez que se den
lugar para expresarse y ser vistos y oídos Cada vez que
jueguen Cada vez que
alienten a un chico a soñar |
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