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RELACIONES Y CONFUSIONES
Somos
de izquierda. Y nacionalistas. ¿Contradicción?. Ninguna. Ser
nacionalista es querer que mande la nación, desde abajo. Resistirnos a
que nos dirijan, desde arriba, los caciques y oligarcas de los partidos
regionalistas o estatalistas. ¿Hay algo más de izquierda -de izquierda
real-?. Que no nos confundan.
Porque
tanto como defendemos que en nuestra nación mandemos, desde abajo,
todos los ciudadanos, deseamos que esto mismo suceda con los demás
pueblos del mundo. Por eso somos internacionalistas. Por eso lo son los
movimientos realmente nacionalistas. Por eso es innegociable la
autodeterminación de todos los pueblos, sin imposiciones ni amenazas
exteriores. Por eso hoy estamos también contra los imperios que quieren
imponer a la fuerza su voluntad a las naciones más débiles, para
explotarlas -o aniquilarlas si se resisten-. Por eso estamos hoy en
contra de la agresión imperialista brutal, que estamos viviendo.
Pero
la nación en la que se apoya el imperio -hoy los Estados Unidos-
tampoco es un paraíso. Sus ciudadanos viven en un estado fascistizado,
cada vez de forma más descarada: sus ciudadanos, armados cada vez más,
cada vez más desconfiados del vecino, reclaman -y sufren luego- más
policía, y una policía más represiva. El estado cada vez se gasta más
en armamento, se militariza más. Mientras, los ciudadanos se denuncian
unos a otros, llevados de sus sospechas casi paranoides, viendo enemigos
alrededor, sobre todo en los de otro color de piel, y terroristas por
doquier, y el presidente -elegido por apenas el 25% de los votantes, no
lo olvidemos- acumula más y más poderes, suspendiendo las seguridades
y libertades de su propia constitución. No ha hecho falta un partido
nazi.
No
erraban quienes decían que los fascistas habían vencido ideológicamente
la segunda guerra mundial. Desde dentro de los vencedores. Estados
Unidos es ya hoy un estado militarista, policial, violento, donde la
libertad y la seguridad se han reducido a extremos que ya hubiera
querido Goebbels. Y la sociedad así regida cada vez está más
uniformizada. Por eso somos antiimperialistas, y antifascistas. No sólo
por los resíduos dolorosos -y aún vivos- del pasado. Por las heridas
que ayer dejaron en nuestras carnes. Sino sobre todo porque hoy, a través
de la globalización capitalista, se nos quiere imponer un modelo que
mata nuestra identidad cultural y que además es fascistoide. Y eso es
lo que pretenden leyes como la LOU. A poco que se analize, se
transparenta en ella el modelo de estudios superiores de la sociedad
estadounidense. Eso no es una Universidad crítica, libre, autónoma.
Eso no es una Universidad. Es una escuela de oficios para dirigentes, y
para ricos. Para perpetuar la hegemonía exterior del imperio, y su
peligrosa uniformización cultural, y su aplastamiento mental interior.
La reducción de la ciudadanía a ser meros consumidores pasivos.
Si
queremos evitarlo, debemos ser nacionalistas, y por supuesto de
izquierda. El resto son matices a discutir. Pero estos dos principios
son hoy lo mínimo, lo urgente, lo necesario. Y ante lo necesario, no
sirven las llamadas a lo posible. A ese posible en el marco del
capitalismo de consumo, precisamente el marco que hay que romper antes
de que nos rompa a nosotros. Como castellanos, como humanos, debemos
resistirnos, porque hoy el marco amenaza con romper al mundo entero.
Pensadlo. Pensadlo bien, hallaréis relaciones interesantes, y aclararéis
algunas confusiones -interesadas, no cabe duda, beneficiosas para los
que nos asustan-.
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