Primero, significa
defender la Soberanía no
alienada, que reside en el común, y que por tanto no puede ni debe
ser depositada como hoy sucede en una clase política con intereses
propios corporativos, que acumula y gestiona el poder buscando su
legitimación en unas consultas periódicas entendidas como un cheque en
blanco obtenido además mediante la manipulación informativa. Esto no
es democracia. La democracia auténtica, que nosotros defendemos, la única
digna de tal nombre, como la practicaron los comuneros, es la que situándose
del lado de los que desde abajo constituyen el cuerpo social evita que
desde ninguna instancia superior se sustraiga y acumule ese poder político.
Esto
supone que la soberanía sólo
está en las naciones libremente constituídas, y en las asambleas de
ciudadanos, que de forma continua participen en las decisiones políticas
que les afectan, decidiendo, y eligiendo representantes que se limiten a
ser eso, meros transmisores de la voluntad popular. Por supuesto, estos representantes deben ser en cualquier momento revocables, y jamás deben decidir sin contar con el apoyo de los
ciudadanos, de los que -insistimos- son solamente
portavoces.
Hoy
que tanto se habla de las autopistas de la información, y que es un
hecho evidente la posibilidad de debate permanente en foros abiertos en
soporte informático, hoy que se acuña así ya el término de cibercomunismo para referirse a esta factible apertura de la
participación de toda la población a dirigir su propio funcionamiento
social, es esencial que esta defensa
de la soberanía no alienada ni alienable, la primera y esencial de los
comuneros, se lleve a la práctica, trastocando radicalmente el sistema
político, hoy a todas luces ineficiente, para construir uno nuevo,
posible y deseable, asambleario, comunero.
Ser
comunero significa por tanto, de entrada, defender la democracia abierta, participativa, desde los barrios, concejos,
instituciones productivas, educativas o cualesquier otro colectivo con
entidad social efectiva. No se puede alienar la soberanía ni siquiera
por un período limitado en el tiempo. Los elegidos para dirigir los
asuntos públicos han de serlo desde abajo, a propuesta de los propios
ciudadanos, y han de estar constantemente sujetos a revocación y
obligados a consultar y debatir los asuntos públicos -que en todos
repercuten- con esos mismos todos que deben decidir sobre ellos.
En
segundo
lugar, y también recogiendo una lección histórica vigente,
defender el común es defender la producción
equilibrada, frente a sistemas económicos que sostienen o necesitan
clases muertas, pasivas, con la excusa de la terciarización, la
competencia internacional o la conveniencia para extensas partes de
Castilla de convertirse en una reserva turística para el resto de
Europa. Defender la producción es defender -contra la especulación y
el clientelismo de las subvenciones-, la viabilidad
de ser y sentirse útil ejerciendo un trabajo que enriquezca y no
esclavize. Un trabajo que enriquezca personalmente y que dé a la
comunidad una utilidad, un trabajo en unas condiciones que garantizen el
reparto justo del esfuerzo, la racionalidad de las jornadas de trabajo,
la formación permanente, el ocio digno y constructivo y la solidaridad
internacional.
Recogemos
así también de la tradición comunera el aspecto económico, siempre uña
y carne (más carne que uña) con la política. La enseñanza de los
comuneros fue la defensa de la producción frente a la especulación
comercial. Igual que defendieron entonces promocionar la industria
lanera propia, evitando que toda se fuera a Flandes dejando a Castilla
atrasada y empobrecida; hoy nos cumple evitar
de nuevo que Castilla se convierta -con la excusa de que el sector
servicios es el más boyante hoy y será el predominante en el futuro-,
en un yermo rural alrededor de unas pocas megalópolis inhabitables,
desequilibrado poblacionalmente, mientras sus recursos humanos y
materiales se le escapan sin cesar.
Y
aquí de nuevo se trata no sólo de defender lo nuestro, como buenos
nacionalistas, se trata de proponer un modelo válido de organización
económica, que parta de las necesidades y los deseos del ciudadano
consumidor y productor, frente a
un sistema económico ciego que
huye hacia delante devorando el planeta y
haciendo infelices a sus habitantes. Hay que partir de las
necesidades y los deseos de la gente analizados desde la vida real
cotidiana, desde el trabajo y el ocio que nos la estructuran.
¿Qué
hay más vigente ni más urgente que la organización del trabajo en
nuestra sociedad, cuando es una experiencia diaria la insatisfacción a
nuestro alrededor, tanto del joven que entra a trabajar 10 años más
tarde de lo que querría, como del prejubilado al que sacan de trabajar
también 10 ó más años antes de lo que querría, o del parado que no
trabaja lo que querría y necesita; conviviendo al mismo tiempo con la
insatisfacción también del pluriocupado adulto que trabaja 12 ó 13
horas, sin duda mucho más de lo que querría, sin tiempo para vivir ni
siquiera para formarse con una cierta calma?
¿Y
qué hay ante eso más evidente que una necesidad apremiante de reparto
laboral? Si Tomás Moro –no un visionario, sino el canciller de
Inglaterra en una de sus épocas más prósperas- calculaba cuatro horas
de trabajo si el trabajo se repartía, ¿qué no se podría conseguir
con la tecnología actual? Desde luego, tiempo para superar el clásico
esquema de las 8 horas para el trabajo, 8 para el descanso y 8 para la
formación. Tiempo para que en un mundo donde la formación es
necesariamente contínua, se puedan dedicarle al menos 2 ó 3 horas
diarias, sin que el resto del tiempo dedicado a la obligación supere
las 4 ó 5 horas que suman un total razonable. Tiempo para vivir y para
disfrutar de un ocio cuya oferta requiere una revisión igualmente
profunda, incluso radical, que luego trataremos.
Con
en liberalismo económico actual, la explotación del trabajador en
amplias regiones del mundo está premiada además económicamente, al
hundir en el juego de la manipulada competencia a las industrias de los
pueblos que han llegado a un cierto nivel de exigencia en sus
condiciones laborales. Es inaceptable que después se rechaze con
xenofobia y se margine a las poblaciones más pobres. Pero no nos
dejemos engañar por las buenas intenciones: es también inaceptable que
se tome con naturalidad un flujo migratorio masivo, que trae mano de
obra barata, a menudo casi esclava, a los países más desarrollados,
que tienen así siervos y prostitutas baratos, mientras los países de
origen de estos ciudadanos se empobrecen irremisiblemente.
Es
inaceptable que se asuma que algunos países o naciones se conviertan en
los bufones o directamente en los prostíbulos de los países ricos,
como hoy sucede con la excusa de la industria turística, y esta situación
debe cesar.
Es
inaceptable el nivel de riesgo y destrucción del medio ambiente al que
lleva el actual sistema económico, con su crecimiento descontrolado y
desequilibrado, y debe cesar.
Es
inaceptable que sectores improductivos, parasitarios o directamente dañinos,
como la mayoría de los financieros, crezcan ahogando a los productores
y creando crisis especulativas artificiales que amenazan permanentemente
el bienestar conseguido por algunas naciones, hundiendo aún más a la
mayoría de los seres humanos, y sirviendo a la postre como herramienta
de presión para contener las reivindicaciones de las clases
trabajadoras, acallando la rebeldía e induciendo en las nuevas
generaciones un conformismo deprimente y degradante, y esto debe cesar.
Las
tecnologías actuales pueden proporcionarnos reducciones sensibles de la
jornada laboral, respeto al medio ambiente, y solidaridad internacional.
Ser comunero debe ser también
luchar porque estas tecnologías, herencia común del pasado y del
presente, obra del talento y del esfuerzo de los creadores con los que
nunca dejaremos de estar en deuda (y no de los financieros que se
aprovecharon y se aprovechan de este talento para explotarlo en su
beneficio exclusivo), se usen en bien del común, mundialmente, y no en
daño de muchos, peligro de todos, y beneficio de unos pocos.
Defendamos
la producción solidaria e inteligente, contra la especulación y la
servidumbre que la terciarización y la globalización están creando.
Y, en
tercer
lugar, a un nivel más emocional, pero no menos necesario,
porque articula el resto, ser comunero es participar de una propuesta
ética: entroncar con una memoria colectiva compartible y no excluyente,
de defender lo propio y lo de todos, oponiéndose heroicamente al
imperialismo y a la manipulación del poder financiero extranjero.
La gesta romántica de los héroes comuneros, tantas veces luego
reeditada. Lo que hoy por hoy se conoce de los comuneros, tiene
connotaciones positivas tanto para muchos de los que se sienten de
izquierdas como incluso para algunos de los que se sienten de derechas.
Hoy
la pseudodemocracia tal como se
ha formulado y desarrollado, secuestrada por el liberalismo económico,
hace aguas. No hay confianza en un sistema donde abiertamente los
lobbies presionan para sus intereses y los grandes partidos son oficinas
de marketing electoral, con cenas pagadas a los candidatos por
empresarios eminentes, ya se supone para qué. Se percibe que la política
se hace desde arriba, que el ciudadano consumidor es sólo un votante
que cada cuatro años elige entre Málaga y Malagón. Contra este modelo
descendente de decisiones, de arriba abajo, que en el mejor de los casos
se parece al viejo: <todo para el pueblo, pero sin el pueblo>, la
filosofía democrática de los comuneros era y debe ser la que hoy se
reclama: una participación mayor de la ciudadanía, canales
permanentemente abiertos de comunicación ascendente, para poder quitar
a los representantes que fallan o traicionan la voluntad popular, y
posibilidad de intervenir directamente en las decisiones relevantes. El
concejo abierto es uno de los modelos, quizá el más conocido. Frente a
la democracia de los lobbies anglosajona, la tradición sin élites
castellana. Elecciones directas en barrios de grandes ciudades, en pequeños
pueblos, y también en las universidades, o en las empresas en las que
se trabaja; elección de delegados que elijan a nivel provincial otros
que luego formen a nivel nacional una junta de gobierno, que pueda tener
como aquella tuvo una capitalidad itinerante, y sin necesidad de que
este gobierno sea presidido por un presidente o un jefe, con los riesgos
del cesarismo; una junta de gobierno compatible con otras instituciones
legislativas y judiciales igualmente democráticas y participativas; y
por supuesto respetuosa con las autonomías locales.
En
fin, la articulación sería objeto de un estudio más detallado y
variable localmente, pero lo importante a mantener y reivindicar es
el espíritu, el principio de democracia ascendente y participativa antes que representativa, que despierte al ciudadano.
En
una democracia así el debate será permanente, dando al cuerpo social
un dinamismo del que hoy tristemente carece. Hoy vemos
al ciudadano dormido en una apatía resignada que no sólo afecta a la
política oficial, sino que afecta a la propia convivencia, a la alegría
de construir juntos, a la confianza en el otro. Nuestro
mundo vive uno de los momentos de discurso social dominante más
empobrecido, ajeno a la vitalidad que ha caracterizado a los períodos
revolucionarios. No se habla ni del tiempo. Sólo de nuevos instrumentos
para poder hablar mejor, ¿de qué?
Desde
este tercer principio, más allá de la política y de la economía,
pero imprescindible para cohesionarlas, porque en él señalamos a dónde
queremos ir con estos cambios, ser comunero es una propuesta ética: defender la dignidad de la
persona entendida como ser que
recupera su soberanía política, que participa y produce, para
disfrutar comunitaria y creativamente de una existencia propia.
Evitar que como hoy sucede la mujer y el hombre sean considerados una
mercancía más, sujeta a los vaivenes
de la oferta y la demanda, en lo laboral y hasta en lo más
personal.
Es
inaceptable el ocio -también mercancía de consumo- que nos arrojan a
la pocilga.
Es
inaceptable esta sobrestimulación fácil con el recurso permanente a
una violencia que se aprende, y a una sexualidad que frustra al hombre y
a la mujer y condena a la mujer y al hombre a ser cuerpos convertidos en
objetos consumibles. Esto, paulatina, pero inexorablemente, nos aliena más
y más cada día. Es inaceptable que el tiempo de que ahora disfrutamos
en los países desarrollados nos lo ocupen así, mientras se ven
cercenadas las posibilidades de desarrollar un ocio creativo y no
digamos crítico, o que simplemente cree comunidad.
Como
comuneros, debemos defender la
recuperación de un ocio que cree comunidad, permita el foro crítico y
el encuentro gratificantes y genere alternativas constructivas y
placenteras no idiotizantes.
El
liberalismo económico actual concibe el ocio y nos lo ofrece como algo
residual, como basura, literalmente. Es un insulto a la dignidad humana
y sobre todo a la de aquellos que como los jóvenes más tiempo dedican
al ocio. Un ocio embrutecedor es la pieza que cierra la insatisfacción
del hombre actual. Como parte del mismo despropósito. Aún en esto los
comuneros primitivos -aunque no sufrieron la globalidad alienante, que
sepamos, de la telebasura y el vídeojuego- dejaron sugerencias
indirectas en la defensa de la propia tradición y de la propia
peculiaridad, que se desarrollan día a día, como bases para evitar ser
colonizados.