DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS DE IZQUIERDA COMUNERA

- IZQUIERDA COMUNERA (Izco), como colectivo integrado en IZQUIERDA CASTELLANA, asume los estatutos y programa básico de esta formación, que desarrollan con claridad meridiana cuál es el concepto de Izquierda y de Castilla del que participamos

- Pero además, como Colectivo explícitamente COMUNERO, debemos dejar igualmente claro qué es hoy para nosotros ser comunero, evitando que este término quede como mero recurso de marketing político aprovechándose de sus evocaciones legendarias para olvidar lo que hoy hay de vivo en el proyecto comunero, vigente y por desarrollar.

Así, en IZQUIERDA COMUNERA creemos que hoy no basta ya con adscribirse a la ideología de los movimientos sociales más dinámicos y prestigiosos -admitidos en el pensamiento oficial, aunque sea hipócritamente- (ecologismo, pacifismo, solidaridad, y ese largo etcétera)-. Debemos además, marcar distancias con todos aquellos que se limitan a ese decir equívoco o vacío de contenidos. El Republicanismo, o el antifascismo militante, recogidos en los planteamientos de IZQUIERDA CASTELLANA, ya dejan clara esta voluntad de defender algo más que palabras o leyendas.

Y nosotros, como comuneros declarados, debemos hacer una propuesta constructiva propia, diferenciada y relevante, articulada en lo ideológico y articuladora de lo político, establecida en torno a tres principios tan históricos como vigentes, claves de nuestro discurso. Estos tres planteamientos pueden así dar respuesta a la lógica cuestión de qué significa hoy ser comunero -además de la obvia reivindicación castellanista-:

Primero, significa defender la Soberanía no alienada, que reside en el común, y que por tanto no puede ni debe ser depositada como hoy sucede en una clase política con intereses propios corporativos, que acumula y gestiona el poder buscando su legitimación en unas consultas periódicas entendidas como un cheque en blanco obtenido además mediante la manipulación informativa. Esto no es democracia. La democracia auténtica, que nosotros defendemos, la única digna de tal nombre, como la practicaron los comuneros, es la que situándose del lado de los que desde abajo constituyen el cuerpo social evita que desde ninguna instancia superior se sustraiga y acumule ese poder político.

Esto supone que la soberanía sólo está en las naciones libremente constituídas, y en las asambleas de ciudadanos, que de forma continua participen en las decisiones políticas que les afectan, decidiendo, y eligiendo representantes que se limiten a ser eso, meros transmisores de la voluntad popular. Por supuesto, estos representantes deben ser en cualquier momento revocables, y jamás deben decidir sin contar con el apoyo de los ciudadanos, de los que -insistimos- son solamente portavoces.

Hoy que tanto se habla de las autopistas de la información, y que es un hecho evidente la posibilidad de debate permanente en foros abiertos en soporte informático, hoy que se acuña así ya el término de cibercomunismo para referirse a esta factible apertura de la participación de toda la población a dirigir su propio funcionamiento social, es esencial que esta defensa de la soberanía no alienada ni alienable, la primera y esencial de los comuneros, se lleve a la práctica, trastocando radicalmente el sistema político, hoy a todas luces ineficiente, para construir uno nuevo, posible y deseable, asambleario, comunero.

Ser comunero significa por tanto, de entrada, defender la democracia abierta, participativa, desde los barrios, concejos, instituciones productivas, educativas o cualesquier otro colectivo con entidad social efectiva. No se puede alienar la soberanía ni siquiera por un período limitado en el tiempo. Los elegidos para dirigir los asuntos públicos han de serlo desde abajo, a propuesta de los propios ciudadanos, y han de estar constantemente sujetos a revocación y obligados a consultar y debatir los asuntos públicos -que en todos repercuten- con esos mismos todos que deben decidir sobre ellos.

En segundo lugar, y también recogiendo una lección histórica vigente, defender el común es defender la producción equilibrada, frente a sistemas económicos que sostienen o necesitan clases muertas, pasivas, con la excusa de la terciarización, la competencia internacional o la conveniencia para extensas partes de Castilla de convertirse en una reserva turística para el resto de Europa. Defender la producción es defender -contra la especulación y el clientelismo de las subvenciones-, la viabilidad de ser y sentirse útil ejerciendo un trabajo que enriquezca y no esclavize. Un trabajo que enriquezca personalmente y que dé a la comunidad una utilidad, un trabajo en unas condiciones que garantizen el reparto justo del esfuerzo, la racionalidad de las jornadas de trabajo, la formación permanente, el ocio digno y constructivo y la solidaridad internacional.

Recogemos así también de la tradición comunera el aspecto económico, siempre uña y carne (más carne que uña) con la política. La enseñanza de los comuneros fue la defensa de la producción frente a la especulación comercial. Igual que defendieron entonces promocionar la industria lanera propia, evitando que toda se fuera a Flandes dejando a Castilla atrasada y empobrecida; hoy nos cumple evitar de nuevo que Castilla se convierta -con la excusa de que el sector servicios es el más boyante hoy y será el predominante en el futuro-, en un yermo rural alrededor de unas pocas megalópolis inhabitables, desequilibrado poblacionalmente, mientras sus recursos humanos y materiales se le escapan sin cesar.

Y aquí de nuevo se trata no sólo de defender lo nuestro, como buenos nacionalistas, se trata de proponer un modelo válido de organización económica, que parta de las necesidades y los deseos del ciudadano consumidor y productor, frente a un sistema económico ciego que huye hacia delante devorando el planeta y haciendo infelices a sus habitantes. Hay que partir de las necesidades y los deseos de la gente analizados desde la vida real cotidiana, desde el trabajo y el ocio que nos la estructuran.

¿Qué hay más vigente ni más urgente que la organización del trabajo en nuestra sociedad, cuando es una experiencia diaria la insatisfacción a nuestro alrededor, tanto del joven que entra a trabajar 10 años más tarde de lo que querría, como del prejubilado al que sacan de trabajar también 10 ó más años antes de lo que querría, o del parado que no trabaja lo que querría y necesita; conviviendo al mismo tiempo con la insatisfacción también del pluriocupado adulto que trabaja 12 ó 13 horas, sin duda mucho más de lo que querría, sin tiempo para vivir ni siquiera para formarse con una cierta calma?

¿Y qué hay ante eso más evidente que una necesidad apremiante de reparto laboral? Si Tomás Moro –no un visionario, sino el canciller de Inglaterra en una de sus épocas más prósperas- calculaba cuatro horas de trabajo si el trabajo se repartía, ¿qué no se podría conseguir con la tecnología actual? Desde luego, tiempo para superar el clásico esquema de las 8 horas para el trabajo, 8 para el descanso y 8 para la formación. Tiempo para que en un mundo donde la formación es necesariamente contínua, se puedan dedicarle al menos 2 ó 3 horas diarias, sin que el resto del tiempo dedicado a la obligación supere las 4 ó 5 horas que suman un total razonable. Tiempo para vivir y para disfrutar de un ocio cuya oferta requiere una revisión igualmente profunda, incluso radical, que luego trataremos.

Con en liberalismo económico actual, la explotación del trabajador en amplias regiones del mundo está premiada además económicamente, al hundir en el juego de la manipulada competencia a las industrias de los pueblos que han llegado a un cierto nivel de exigencia en sus condiciones laborales. Es inaceptable que después se rechaze con xenofobia y se margine a las poblaciones más pobres. Pero no nos dejemos engañar por las buenas intenciones: es también inaceptable que se tome con naturalidad un flujo migratorio masivo, que trae mano de obra barata, a menudo casi esclava, a los países más desarrollados, que tienen así siervos y prostitutas baratos, mientras los países de origen de estos ciudadanos se empobrecen irremisiblemente.

Es inaceptable que se asuma que algunos países o naciones se conviertan en los bufones o directamente en los prostíbulos de los países ricos, como hoy sucede con la excusa de la industria turística, y esta situación debe cesar.

Es inaceptable el nivel de riesgo y destrucción del medio ambiente al que lleva el actual sistema económico, con su crecimiento descontrolado y desequilibrado, y debe cesar.

Es inaceptable que sectores improductivos, parasitarios o directamente dañinos, como la mayoría de los financieros, crezcan ahogando a los productores y creando crisis especulativas artificiales que amenazan permanentemente el bienestar conseguido por algunas naciones, hundiendo aún más a la mayoría de los seres humanos, y sirviendo a la postre como herramienta de presión para contener las reivindicaciones de las clases trabajadoras, acallando la rebeldía e induciendo en las nuevas generaciones un conformismo deprimente y degradante, y esto debe cesar.

Las tecnologías actuales pueden proporcionarnos reducciones sensibles de la jornada laboral, respeto al medio ambiente, y solidaridad internacional. Ser comunero debe ser también luchar porque estas tecnologías, herencia común del pasado y del presente, obra del talento y del esfuerzo de los creadores con los que nunca dejaremos de estar en deuda (y no de los financieros que se aprovecharon y se aprovechan de este talento para explotarlo en su beneficio exclusivo), se usen en bien del común, mundialmente, y no en daño de muchos, peligro de todos, y beneficio de unos pocos.

Defendamos la producción solidaria e inteligente, contra la especulación y la servidumbre que la terciarización y la globalización están creando.

Y, en tercer lugar, a un nivel más emocional, pero no menos necesario, porque articula el resto, ser comunero es participar de una propuesta ética: entroncar con una memoria colectiva compartible y no excluyente, de defender lo propio y lo de todos, oponiéndose heroicamente al imperialismo y a la manipulación del poder financiero extranjero. La gesta romántica de los héroes comuneros, tantas veces luego reeditada. Lo que hoy por hoy se conoce de los comuneros, tiene connotaciones positivas tanto para muchos de los que se sienten de izquierdas como incluso para algunos de los que se sienten de derechas.

Hoy la pseudodemocracia tal como se ha formulado y desarrollado, secuestrada por el liberalismo económico, hace aguas. No hay confianza en un sistema donde abiertamente los lobbies presionan para sus intereses y los grandes partidos son oficinas de marketing electoral, con cenas pagadas a los candidatos por empresarios eminentes, ya se supone para qué. Se percibe que la política se hace desde arriba, que el ciudadano consumidor es sólo un votante que cada cuatro años elige entre Málaga y Malagón. Contra este modelo descendente de decisiones, de arriba abajo, que en el mejor de los casos se parece al viejo: <todo para el pueblo, pero sin el pueblo>, la filosofía democrática de los comuneros era y debe ser la que hoy se reclama: una participación mayor de la ciudadanía, canales permanentemente abiertos de comunicación ascendente, para poder quitar a los representantes que fallan o traicionan la voluntad popular, y posibilidad de intervenir directamente en las decisiones relevantes. El concejo abierto es uno de los modelos, quizá el más conocido. Frente a la democracia de los lobbies anglosajona, la tradición sin élites castellana. Elecciones directas en barrios de grandes ciudades, en pequeños pueblos, y también en las universidades, o en las empresas en las que se trabaja; elección de delegados que elijan a nivel provincial otros que luego formen a nivel nacional una junta de gobierno, que pueda tener como aquella tuvo una capitalidad itinerante, y sin necesidad de que este gobierno sea presidido por un presidente o un jefe, con los riesgos del cesarismo; una junta de gobierno compatible con otras instituciones legislativas y judiciales igualmente democráticas y participativas; y por supuesto respetuosa con las autonomías locales.

En fin, la articulación sería objeto de un estudio más detallado y variable localmente, pero lo importante a mantener y reivindicar es el espíritu, el principio de democracia ascendente y participativa antes que representativa, que despierte al ciudadano.

En una democracia así el debate será permanente, dando al cuerpo social un dinamismo del que hoy tristemente carece. Hoy vemos al ciudadano dormido en una apatía resignada que no sólo afecta a la política oficial, sino que afecta a la propia convivencia, a la alegría de construir juntos, a la confianza en el otro. Nuestro mundo vive uno de los momentos de discurso social dominante más empobrecido, ajeno a la vitalidad que ha caracterizado a los períodos revolucionarios. No se habla ni del tiempo. Sólo de nuevos instrumentos para poder hablar mejor, ¿de qué?

Desde este tercer principio, más allá de la política y de la economía, pero imprescindible para cohesionarlas, porque en él señalamos a dónde queremos ir con estos cambios, ser comunero es una propuesta ética: defender la dignidad de la persona entendida como ser que recupera su soberanía política, que participa y produce, para disfrutar comunitaria y creativamente de una existencia propia. Evitar que como hoy sucede la mujer y el hombre sean considerados una mercancía más, sujeta a los vaivenes  de la oferta y la demanda, en lo laboral y hasta en lo más personal.

Es inaceptable el ocio -también mercancía de consumo- que nos arrojan a la pocilga.

Es inaceptable esta sobrestimulación fácil con el recurso permanente a una violencia que se aprende, y a una sexualidad que frustra al hombre y a la mujer y condena a la mujer y al hombre a ser cuerpos convertidos en objetos consumibles. Esto, paulatina, pero inexorablemente, nos aliena más y más cada día. Es inaceptable que el tiempo de que ahora disfrutamos en los países desarrollados nos lo ocupen así, mientras se ven cercenadas las posibilidades de desarrollar un ocio creativo y no digamos crítico, o que simplemente cree comunidad.

Como comuneros, debemos defender la recuperación de un ocio que cree comunidad, permita el foro crítico y el encuentro gratificantes y genere alternativas constructivas y placenteras no idiotizantes.  

El liberalismo económico actual concibe el ocio y nos lo ofrece como algo residual, como basura, literalmente. Es un insulto a la dignidad humana y sobre todo a la de aquellos que como los jóvenes más tiempo dedican al ocio. Un ocio embrutecedor es la pieza que cierra la insatisfacción del hombre actual. Como parte del mismo despropósito. Aún en esto los comuneros primitivos -aunque no sufrieron la globalidad alienante, que sepamos, de la telebasura y el vídeojuego- dejaron sugerencias indirectas en la defensa de la propia tradición y de la propia peculiaridad, que se desarrollan día a día, como bases para evitar ser colonizados.

Sabemos que la propuesta que resumen estos tres principios es ambiciosa, incluso utópica, pero su utopismo es pragmático, no basado en pensamientos teóricos totalizantes, ni en una mera evocación romántica del pasado, reducida a salas de museo, sino en las mejoras que urgen a nuestros conciudadanos, a nosotros mismos, las mejoras posibles y necesarias, las mejoras que puede marcar un camino nuevo e ilusionante a la acción política de los castellanos de hoy.

Y a propósito de utopías, y frente a tanto realismo y tanto posibilismo rastrero, una interrogante final: ¿no es hora ya de que los comuneros nos enfrentemos de nuevo a los realistas?