Publicaba hoy Ramón Chao, sin duda una referencia intelectual en el ámbito gallego, del que debemos destacar su alto compromiso social y con la realidad de Galiza, aunque nos diferencien matices, un artículo de opinión en el que con su acostumbrada brillante sencillez sintética aposta "Por otra democracia" como rezaba el título de la columna (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=15415). Ejemplificaba
la contradicción del sistema democrático con la condena al
ostracionismo de uno de los padres de la democracia ateniense, Arístides
"El Justo", promovido por el demagogo Temístocles. Y sirvió
de excelente metáfora del valor del voto y de la responsabilidad que la
participación democrática en la vida política debe exigir por parte
de la ciudadanía. Vale igual el voto de la portera que el de Jean Paul
Sartre, vale igual el voto del convencido militante que el del indeciso
que escoge por sorteo en la aletoriedad de las siglas en papeletas. Vale
igual el voto por principios que por oportunismos. Un
"bug" (como se dice en jerga informática) más de un sistema
claramente imperfecto, que en su vertiente representativa institucional
al modo contemporáneo occidental se parece más a la traición de Temístocles
que a lo promovido por Arístides en la antigüedad. Porque
cuando hablamos de voluntad democrática, democráticamente expresada a
través de la elección, con el voto por instrumento, no podemos obviar
elementos circunstanciales determinantes. Desde una ley electoral, que
instaurando un determinado sistema aritmético de traducción de votos
en representantes de la soberanía limita la representación plural de
la diversidad ideológica, hasta un mass media que aplasta cualquier
resquicio de pensamiento crítico o cuestionador de la realidad, que
uniformiza, y que como bien señala con acierto Ramón está en la mayoría
de los casos aunque alguna excepción razonable hay, entregada a los
intereses de un grupo económico, político... al final a intereses
particulares, que desvirtuan el derecho a la información en un juego de
manipulación plagada en el mejor de los casos de infames sutilezas. La
democracia representativa debe abrirse a la participación real y
efectiva de la ciudadanía, que la situe como actor principal con
derechos a efectos prácticos de intervención, con relativa inmediatez,
en los asuntos más trascendentes, que pueda enmendar y no únicamente
sustituir actores que no siempre la representan; en resumen, aunque
suene a ensoñación utópica, devolver a la ciudadanía su cuota de
soberanía articulando mecanismos que posibiliten su ejercicio
individual en una mecánica colectiva. Quizás eso pase por nuevas fórmulas
democráticas que se alejen del parlamentarismo institucional;
experiencias hay muchas, desde la Venezuela bolivariana o la democracia
participativa de Brasil, pasando por alguna experiencia aislada en
Europa. Pero
también es necesario que se forme ciudadanía consciente, con capacidad
crítica y cuestionadora, que se sienta parte de su realidad, actor
principal de la vida política. Y digo formar que no deformar, moneda
corriente en estos tiempos. Cuanto mayor sea el grado de consciencia
ciudadana, mayor su responsabilidad, mejor el funcionamiento del
sistema. De un sistema que a mi parecer, exige de una progresiva
enmienda a la totalidad, por lo obvio: es una auto-traición, una nueva
traición a Arístides. Es
posible, sólo se necesita voluntad.
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