VIGENCIA DEL PENSAMIENTO COMUNERO

Hablar de la vigencia del pensamiento comunero, hoy, a nosotros, los componentes de Izquierda Comunera (colectivo integrado en Izquierda Castellana), nos resulta de entrada tan difícil como resulta siempre defender algo que crees evidente: parece que en dos frases está dicho todo, nos sentimos como si nos pidieran defender con argumentos la vigencia de los intentos de mejora social, de la necesidad de soñar utopías y de pensar en cómo y en qué medida se pueden traer a la realidad sus soluciones.

Así que vaya por delante nuestra disculpa si damos por sobreentendidas cuestiones en las que estamos inmersos pero que quizá no sean del domino público. Para resolver dudas, nos brindamos a la discusión posterior, siempre más enriquecedora que el discurso, de lo que pudiera no quedar suficientemente claro.

 Y es así de evidente para nosotros la necesidad, casi la urgencia del pensamiento y la construcción comuneras, porque estamos convencidos. Hoy, que las nuevas herramientas informáticas hacen factible la discusión directa y por parte de todos de los asuntos políticos que nos afectan. Hoy, que por medio de estas mismas herramientas se hace más fácil que nunca la posibilidad de elegir representantes directamente, representantes conocidos, sin los límites de las listas cerradas y los partidos herméticos. Hoy, que incluso se acuña el término <cibercomunismo> para referirse a esta posibilidad de apertura a la participación política más amplia con el soporte de las nuevas tecnologías de la información, la apuesta política de los comuneros -la elección directa de representantes desde la asamblea soberana de vecinos- se hace más vigente que nunca. ¿No es esto lo que están desarrollando ahora mismo, hace ya doce años, con éxito, en Porto Alegre, en Brasil, con el presupuesto participativo?

 Y resulta igualmente vigente la propuesta social, casi ética, de los comuneros. La llamada a la participación del común -de todos- en los asuntos públicos. ¿qué decir sobre su vigencia cuando esta participación es un clamor frente a la crisis -ya insoportable para quien mantenga un mínimo de dignidad- del sistema consumista en que languidecen naciones e individuos? No somos hoy sujetos activos en la construcción social, el sistema nos reduce a ser sujetos para la adquisición de mercancías, compulsivamente, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos -y hasta en sueños-, estimulados permanentemente por llamadas a la compra, al consumo de bienes y servicios casi siempre inútiles, que no nos dejan tiempo ni disposición ni energías para dedicarnos a alguna actividad constructiva, alternativa, social, que vaya más allá del mero consumir y acumular, y trabajar para adquirir, y poder así consumir más y acumular más.

 En esta compulsión vacía en que nos adocenamos, en que nos alienamos, en que corremos en pos de posesiones que invariablemente pronto nos frustran y nos aburren, se hace urgente revitalizar la propuesta comunera de participación social activa, frente a la resignación en que estamos sumidos. ¿Nos podemos resignar a seguir así, cada vez más hundidos en esta espiral estúpida, cuando vemos que no lleva a nada bueno, que incluso una parte importante de nuestros semejantes, las mujeres jóvenes, no sólo son reducidas a ser sujetos de este consumismo compulsivo, sino a ser objetos permanentes de esa estimulación incesante al consumo? ¿podemos aceptar tranquilamente que nuestra sexualidad se vea reducida a eso, instrumentalizada así, como nuestra vida, como la tierra misma, en beneficio de pocos, daño de muchos y peligro de todos? No. Debemos decirlo alto: No. No nos resignaremos. Hay que transformar al consumidor en ciudadano. Esa búsqueda de una ciudadanía activa, que quiere ser dueña de sus destinos, que constituyó el movimiento comunero, hoy vuelve a ser una demanda urgente. Por desgracia, no porque se amenace la existencia del ciudadano activo social y políticamente, sino porque ha sido ya sustituido, convertido en un consumidor manipulado, zarandeado por poderes bastardos, intereses ajenos y nada transparentes.   

 Y en tercer lugar, debemos señalar la propuesta económica de los comuneros, la que debe sustentar este enfoque social. ¿No está vigente hoy la defensa comunera de la producción que dignifique al artesano, capaz de elaborar y vender a un precio justo sus producciones, frente al beneficio del especulador, que empobrece a los países productores de materia prima? Entonces era la lana de Castilla, hoy habría que hablar de otros productos, pero el sistema es el mismo. Despojan a las naciones sobre las que pueden ejercer la fuerza, para venderles luego sus productos sofisticados -útiles o inútiles- a precios excesivos, endeudándoles y esclavizándoles cada vez más.

 Y nosotros, los castellanos, estamos en medio, como entonces. Manteniendo una relación también colonial con algunos países del tercer mundo, pero siendo al tiempo colonizados por los más desarrollados. Castilla, empobrecida, sangrada, no puede verse convertida en una reserva turística de los países ricos, ni en un abastecedor de agua, energía, y recursos humanos de otros. El actual sistema económico ha conducido a una Castilla desequilibrada territorialmente, en la que grandes áreas casi desiertas agonizan, mientras la población se hacina alrededor de megalópolis cada vez mayores, más caras y más problemáticas. Y esto es inaceptable.

La demanda comunera de racionalidad y justicia en el orden económico, de permitir el desarrollo digno de las naciones, frente a la explotación por parte de los capitalistas desde los países ricos que controlan el sistema financiero, es hoy más vigente que nunca. Porque además hoy la mecánica egoísta del capitalismo no sólo amenaza la soberanía de las naciones, no sólo supone la esclavitud de los pueblos y la explotación de los productores, supone también una carrera suicida de destrucción del medio en que vivimos.

 Y no hablamos de un futuro apocalíptico: ya sufrimos los efectos de la degradación del medio en que vivimos, de la ausencia de espacios libres, del ruido incesante, de los humos insoportables, del encarecimiento salvaje del suelo y de la vivienda, de la pérdida de horas -y de tranquilidad- a diario, atascados en interminables desplazamientos. Todo esto es no es algo inevitable, fruto del progreso humano. Es consecuencia de un sistema económico irracional, ciego, mal dirigido por los que acaparan el poder y sólo miran al plazo inmediato de sus intereses más miserables, que puede y debe ser cambiado. Por nosotros, por los mismos ciudadanos a los que nos quieren negar el derecho de serlo.

 Es evidente que el turismo, la destrucción del medioambiente o los problemas de la inmigración masiva no estaban en el candelero en 1520, pero es una crítica tan fácil como pobre, que ya estamos acostumbrados a oir, la que nos quiere asimilar, por comuneros, a un modelo de organización política Castellana propio del siglo XV. Es un intento de descalificación de nuestras propuestas tan malintencionado como burdo, romo, y carente de toda credibilidad. ¿Por qué los que hacen estas críticas, si les gusta tanto la legitimación y deslegitimación históricas, se saltan, siguiendo el hilo del tiempo, la continuidad que tuvieron la mentalidad y la acción revolucionaria comuneras en los arbitristas del siglo XVII, perseguidos por apuntar soluciones a la ya evidente crisis? O a comienzos del siglo XIX, cuando en pleno romanticismo la mejor gente, gente como el guerrillero burgalés El Empecinado, el coronel Riego que venció al absolutismo, o el poeta Espronceda fueron y se llamaron comuneros. 

 Contra la ocupación napoleónica, contra el servilismo de los absolutistas, sus principios fueron los mismos, y por ellos dieron la vida, defendiendo la libertad y su nación.

Como después seguían latiendo los principios comuneros en la primera República Española, cuando el pacto federal castellano. Como se investigaron, analizaron y difundieron estos principios en la obra regeneracionista de Joaquín Costa, defensor tan clarividente de la colectivización agraria como elemento consustancial de nuestro progreso y de nuestra tradición al mismo tiempo, que desde entonces su pensamiento sería una referencia obligada tanto desde la izquierda como desde la derecha, para todos aquellos políticos e intelectuales que querían -o al menos decían querer- superar la farsa canovista y el secular atraso de nuestra tierra.

Por cierto, hoy, que tenemos a un presidente de gobierno seguidor de Cánovas, en un sistema político conservador, bajo una monarquía que cada vez se parece más al sistema de la Restauración borbónica, sería hora de que se rescatase contra el neocanovismo a quien más y mejor lo criticó, precisamente desde posiciones comuneras, de defensa de la colectivización de los medios de producción, de la soberanía política de los municipios, siguiendo las tradiciones de defensa del común, de los productores, y además, de la opción republicana entendida como un primer paso contra la oligarquía y el caciquismo, hoy nuevamente imperantes.   

 Y siguiendo el hilo histórico, y cada vez más cerca, ya peligrosamente cerca del presente, ¿no han sido las mejores lecciones de las revoluciones políticas que han agitado al recién cerrado siglo XX, las que comparten los principios comuneros? ¿No están en esta línea de recuperación de la soberanía del común, de la propiedad y la gestión de lo colectivo, de la participación abierta desde las bases, los mejores logros de la revolución mexicana, o de sistemas autogestionarios, de los soviets y del sistema Mir en los primeros momentos de la revolución rusa, o -ya anteayer, extendiéndose hasta hoy mismo- lo mejor, lo más incontestable, de los logros de la revolución cubana del 59?

Que duda cabe de que si algo entusiasmó y movilizó a los pueblos en este siglo fue la oportunidad -más cercana que nunca, casi al alcance de la mano- de que la participación social y la autogestión pasaran de ser una utopía a construirse sobre la realidad, durante los años que en cada caso pudieron resistir defendiéndose de las asechanzas del capital.

Hoy mismo, y con proyección al futuro, la experiencia del presupuesto participativo en Porto Alegre, esa ciudad brasileña de más de un millón de habitantes, donde todos los ciudadanos participan en el gobierno, transmitiendo sus prioridades presupuestarias, desde cada barrio, con éxitos tras doce años reconocidos ya por la ONU, con un espectacular aumento de la calidad de vida, ¿no es una práctica plenamente comunera? Y no es imposible, y no es cosa del pasado, sino una realidad del presente y del futuro ya inmediato.

 Sí, hay continuidad histórica, el pensamiento comunero no ha muerto nunca, y su práctica menos, ha rebrotado en cada ocasión propicia. Las colectividades agrarias durante la guerra civil, aquí en Castilla, e incluso algunos experimentos urbanos e industriales semejantes - que funcionaron, que se demostraron posibles durante casi tres años, que hicieron felices a los que participaron en ellos, y que por eso han permanecido ocultos a la opinión pública no sólo durante el franquismo, sino durante la transición, y sólo ahora empiezan a estudiarse, tímidamente -, ¿no eran organizaciones comuneras? Habían cambiado los términos, sin duda, y seguirán cambiando: se llamaron entonces comunismo libertario, colectivizaciones, luego se ha hablado de asamblearismo y de autogestión, pero los principios son idénticos. Cambian las palabras, como los hombres se renuevan, pero la mentalidad, como las naciones, persisten.

 Qué distinta esa mentalidad comunera, comunal, castellana, de este Estado -Español- de cosas actual, de necios arrogantes, ensoberbecidos por una capacidad de consumo que no es sino una compulsión consumista que nos tiene presos, idiotizados, engordando en la inanidad más depresiva, en la autocomplacencia más vacía. Debemos regenerar la mentalidad de nuestra nación, aletargada en la estupidez más insolidaria, en la mezquindad más alienante. A menudo uno tiene hoy la desagradable impresión de que hay pocos pueblos tan faltos de conciencia social y de capacidad de reacción como el nuestro. Tan domesticados, tan simples, como nuestros compañeros de generación.

Pero al mismo tiempo, uno comprueba con entusiasmo que en nuestro pasado no tan lejano está uno de los modelos sociales alternativos más eficaces y viables hoy. Un tesoro que nosotros debemos desenterrar y dar a la luz, que hay que desempolvar como un arma oxidada cuando tenemos el enemigo en casa, cuando la provocación y la prepotencia de los dominadores les lleva incluso -como en Génova- al crimen directo.

 ¿Cuáles son estos principios? ¿En qué consiste esta mentalidad comunera? Como explicamos en nuestra declaración de principios, disponible para quien tenga la curiosidad de consultarla y debatirla con nosotros, básicamente hay tres principios interconectados:

 - Primero, a nivel político, la defensa de la soberanía del común, esto es, del conjunto de los miembros de una colectividad que directamente conviven y se conocen: sea vecindario, lugar de trabajo, de estudio, o cualquier otro colectivo al que se pertenezca.  Y esta soberanía del común no puede ni debe ser de ningún modo alienada, es una soberanía inalienable. Soberanía inalienable del común supone que nosotros negamos cualquier carácter pretendidamente democrático, y cualquier legitimidad, a las instituciones o personas que se arrogan nuestra representación sin consultarnos su decisiones, en contra de nuestra opinión o ignorándola, so pretexto de un sistema de elección que les da un cheque en blanco por cuatro o más años para hacer y deshacer a su antojo o en función de intereses ajenos. Además, sabemos ya todos hoy, porque lo comprobamos de contínuo, que los votos son otro mecanismo de consumo, y los partidos su fábrica: manipulación informativa, marketing electoral, inversiones publicitarias, presiones mediáticas, y poco más.

Soberanía inalienable del común supone que sólo la asamblea es soberana, y los representantes elegidos por ella se limitan a ser eso: portavoces, representantes, retirables en cualquier momento, y que nunca deben decidir en contra o al margen de lo decidido y discutido asambleariamente.

 - Segundo, y lógicamente como consecuencia de lo anterior, a nivel social, y de ética personal, las acciones de interés común no se espera que se tomen desde arriba, sino que se inician, se proponen, se abordan y se ejecutan desde abajo, extendiendo la autogestión al mayor ámbito posible, por ejemplo:  

-       Intervenciones en defensa del medio ambiente (reciclados, recogida selectiva de resíduos, ahorro energético, etc),

-       Medidas de prevención y cooperación sanitaria y educativa, tanto en salud física como mental, y tanto en información como en formación integral y contínua del ciudadano

-       Organización de fiestas y entretenimientos, recuperando un ocio que cree comunidad, permita el foro crítico y el encuentro gratificantes y genere alternativas constructivas y placenteras no idiotizantes, enlazando con las propias tradiciones nacionales de fiesta en la calle, en la plaza, en la corrala 

-       Prevención y defensa frente a posibles comportamientos antisociales (guardias vecinales, diálogo y amonestación con los asociales, para evitar tener que recurrir a otras instancias), evitando el actual estado policial y judicializado con una población penitenciaria enorme y condenada a la marginalidad,

-       Reparto del trabajo, y los trabajos, que llegue a todos y entre todos se haga llevadero, limitado en el tiempo y en el esfuerzo, y justo, sin que se den los desequilibrios actuales entre el paro y el pluriempleo, o entre los trabajos serviles -destinados sobre todo a la mujer y sobre todo si es de cierta edad o a los ciudadanos de cierta procedencia social- y esos otros trabajos de dirección y de alto status, desequilibrio que se convierte en fuente de insatisfacción y en otra forma de explotación no por cotidiana -incluso familiarmente asumida - menos condenable,

-       Asistencia social, sobre todo para cuidar de los ciudadanos hoy abandonados, relegados por ya improductivos 

-       Y, por supuesto, coordinación con otras comunidades del mismo nivel básico para todo aquello que nos afecte a más de un colectivo, y, subiendo en la red de coordinación, a más de una nación.

Aquí, por cierto, debemos atacar contra un tópico muy extendido en la opinión pública, ya que ha sido difundido y alentado desde los medios de comunicación de masas al servicio del poder: del mismo modo que el asamblearismo y la autogestión no implican caos, sino antes al contrario, siempre que se han practicado han supuesto una organización social más eficaz, más económica y menos represiva para el individuo, es falso que la municipalización o el nacionalismo signifiquen desatender a lo global, a lo internacional, a lo que nos afecta a más de una comunidad y a más de una nación.

 El internacionalismo real, solidario y generoso, en la historia reciente va de la mano con un nacionalismo firme, arraigado, insobornable. El nacionalismo que debe animar contra los intentos colonizadores (llámense globalizadores o imperialistas, que es lo mismo), que nos una, y nos haga comprender que nuestro destino nunca puede ser una engañosa salvación individual a costa de vender a nuestros vecinos o a nuestros compatriotas. Que estamos atados, lo queramos o no, a nuestra nación y a nuestra historia, de la que debemos sacar sus mejores lecciones, en pos de un modelo social en permanente mejora. Y que el  proyecto comunero -aun cuando pueda servir de ejemplo inspirador a otros pueblos- es en principio un modelo propio, no transplantable tal cual a otras naciones, porque cada una debe hallar, desde su personalidad exclusiva, su propio camino.

 Nacionalismo, internacionalismo, socialismo y participación, van así de la mano, inseparables, en contra de lo que una opinión mediática canalla se empeña en decirnos, presentándonos como irreconciliables la libertad y la igualdad, la nación y la solidaridad universal. Acusando de egoísta y cazurro al nacionalismo y de allanador de libertades al socialismo real.

 ¿Qué hay más egoísta y más cazurro que el mundo que nos trae su globalización?; ¿qué hay más falto de libertad real, de posibilidades de participación efectiva en lo social, que sus democracias de pacotilla y sus partidos herméticos?.

 No, Nacionalismo, internacionalismo, socialismo y participación, pueden y deben y de hecho van de la mano.

Y nosotros tenemos en Castilla nuestro propio puño para reunir el ramo: el pensamiento comunero. Y por eso hoy tenemos también la responsabilidad -quizá histórica, porque quizá estemos ante la última oportunidad de salvarnos de la uniformización neoliberal, devastadora de paisajes y de identidades- de hacer realidad este pensamiento, de intentar esta utopía vieja y nuestra.

 - En consecuencia, y como tercer principio, en lo económico debemos defender el comercio justo, la no explotación de unos pueblos por otros, y eso implica la preponderancia de la producción sobre la especulación económica, que debe ser reducida o anulada, y de una racionalidad en esa producción y en su reparto que hagan la vida sostenible en la tierra.

Hoy contamos para ello con mejores medios que nunca, mejores técnicas en nuestras manos, como contamos con más potentes medios de información y de formación, pero es nuestra responsabilidad ponerlos al servicio de la mejora social o dejarlos en manos de este impulso ciego del neoliberalismo avasallador.

Y no somos de un optimismo fácil: sabemos que hoy hay más medios que nunca para poner en pie esta Utopía comunera, pero también hay mayores amenazas contra ella:

 - En lo económico la tan cacareada terciarización que oculta un espacio creciente para la especulación y la actividad improductiva, facilitando ese ocio convertido en un consumo más, embrutecedor y asocial, que fomenta el egoísmo;

 - En las mentalidades, la prevalencia creciente del individualismo cerril e irreflexivo frente a la conciencia sensata de pertenencia a unidades sociales a ser tenidas en cuenta porque afectan, envuelven, forman incluso nuestra vida; del mismo modo es una amenaza, quizá la mayor hoy aquí, para la juventud castellana, la pasividad, la resignación, desde la creencia falsa del fin de las ideologías y la convicción depresiva de que estamos en el mejor de los sistemas posibles;

 - Y en la realidad social que se va imponiendo, la mayor amenaza, sin duda es la globalización neoliberal, que no es la del internacionalismo entre los pueblos, ni la de la información útil que fluye mejor de unos a otros, es la globalización que ataca nuestras identidades nacionales o de comunidad en aras de una uniformización acorde con el modelo preferentemente estadounidense, de formas de vida, modas, usos, costumbres y mentalidades, hasta lograr la alienación cultural mayor que haya conocido nunca la historia.

 Sin ponernos apocalípticos, porque no hace falta desgraciadamente, podemos salir a la calle y comprobar como las culturas se extinguen a velocidades nunca vistas, como la diversidad cultural desaparece y con ella la posibilidad de contar con herramientas distintas de adaptación a distintos y cambiantes medios, de supervivencia y de enriquecimiento artístico, en suma de acceso a la felicidad.

 - Además, a nivel político la globalización neoliberal es la de los manejos oscuros, desde arriba, desde cúpulas ocultas del poder financiero, rigurosamente antidemocráticas, no transparentes, que usan sin embargo el discurso de la defensa de la democracia, para mantener el poder apuntalado en la creencia tan ingénua como extendida de que los sistemas de partidos, esa filfa que insulta desde cualquier punto de vista a un planteamiento mínimamente democrático, son los garantes de la libertad y el progreso.

 - Y por si lo anterior fuera poca amenaza, vemos y sentimos ya la marcha atrás en cuanto a conquistas sociales del <estado del bienestar>, como otra de las hazañas de este neoliberalismo globalizante: sin hablar, como han señalado expertos en el tema, del rebrote en los últimos 20 años de epidemias que se habían erradicado ya gracias a la implantación generalizada de sistemas de sanidad pública, las protecciones sociales se ven paulatinamente sustituídas por sistemas de pago para los ricos, dejando para los pobres la beneficiencia, hoy camuflada de ONGs altruístas, para absorber los pocos y equívocos sentimientos de generosidad que un sistema basado en el egoísmo más ruin y más ciego deja a veces brotar.

 Pero insistamos mejor en lo positivo, deshaciendo errores: nacionalismo no es derecha, como se empeñan en identificar los medios, ni regionalismo cerril, ni caciquismo. Eos defectos son fruto, precisamente, de sus enfoques estatalistas y partidistas. El nacionalismo real, como el pensamiento comunero auténtico, implica que la soberanía está en la nación, en todos, y no en los de arriba, y es por tanto, como lo fue en su origen, profundamente de izquierdas. Lo de la derecha es el patrioterismo con que contraatacó, con que alimenta de nuevo malos sentimientos, buscando identificaciones excluyentes  que legitiman el imperialismo y el militarismo, bajo la sombra del racismo y el fascismo planeando sobre ellos.

 Lo que realmente está contra el internacionalismo hoy no son los nacionalismos de los pueblos que defienden su identidad y su soberanía, sino la globalización neoliberal.

Y esto lo muestra a las claras el caso actual de la emigración masiva de trabajadores de los países del tercer mundo al mundo desarrollado. El problema, de base, no se daría si un internacionalismo que se ha perdido en los movimientos sindicales mayoritarios garantizase las mismas condiciones económicas y sociales al trabajador de allí que al de aquí. Pero lo que se internacionaliza con la globalización es el capital, exclusivamente. Y al capital le resulta más cómodo -y más barato, sobre todo- contratar trabajadores en condiciones de inferioridad. Ya ni se molestan en ir ellos a invertir a aquellos países donde la mano de obra se abarata hasta la indignidad: se quedan esperando a que el inmigrante, arrastrando penalidades, mafias y engaños, venga, atraído por el señuelo de una propaganda falaz que le muestra el paraíso consumista en el mundo occidental, y lo adoctrina al tiempo en un modelo individualista de comportamiento en el que se abandona toda responsabilidad, todo compromiso con la mejora del propio país, llegando incluso a dejar a los propios compatriotas -parientes incluso, los más débiles siempre- abandonados a su triste suerte.

 Sólo un internacionalismo real que haga equiparar las condiciones y exigencias laborales entre todas las naciones hará imposible este tráfico inhumano de personas. Sólo un nacionalismo que vincule a cada individuo con la lucha por defender su tierra acabará con el abuso y la explotación. Sólo internacionalismo y nacionalismo de la mano, como una misma forma con dos rostros, permitirán controlar la delirante natalidad de los países subdesarrollados y frenarán su explotación, permitiendo su desarrollo equilibrado.

 Y del mismo modo que el nacionalismo comunero es internacionalismo, nuestro comunitarismo no implica pasividad. Siempre se ha acusado a todos los intentos alternativos de organización social y económica: el socialismo real, los intentos comunistas, de fomentar la pasividad del ciudadano, ocultando las experiencias autogestionarias, comunales y cooperativas, que han funcionado en sentido contrario: la defensa del común implica, se construye desde la participación y la iniciativa personal. Exige y fomenta al mismo tiempo esa iniciativa individual.

 En el fondo, esta falacia de los líderes de opinión oficiales es el otro lado de la propia paradoja del pensamiento único. Se nos quiere negar la posibilidad de sistemas alternativos ya experimentados, comunitarios, argumentando que negarían la iniciativa individual, mientras que un sistema pretendidamente basado en la iniciativa personal está transformando a millones de personas en seres pasivos, sumisos y nada creativos, cuando no idiotizados.

Ayer se trataba de idiotizar a las masas por el trabajo brutal, hoy es la trampa más sutil: es el ocio lo que más nos idiotiza. Porque el liberalismo económico actual maneja el ocio y nos lo ofrece como algo residual, como basura, literalmente. Es un insulto a la dignidad humana y sobre todo a la de aquellos que como los jóvenes más tiempo dedican al ocio. Un ocio embrutecedor es la pieza que cierra la insatisfacción del hombre actual. Como parte del mismo despropósito.

 Abramos los ojos. Es la primera necesidad, el primer mensaje comunero hoy. Despertemos, y la acción vendrá casi sola, la exigirá la dignidad recobrada. Y en esto seguimos también el ejemplo de los primeros comuneros: despertar a un pueblo, a una nación. Alertar del peligro de ser colonizados y dominados, negados nuestros derechos políticos, nuestra participación en gestionar nuestros propios asuntos públicos. Hoy más que nunca debemos buscar una Castilla, libre y comunera.

 Como señalamos al final de nuestra declaración fundacional:

Sabemos que la propuesta que resumen nuestros tres principios es ambiciosa, incluso utópica, pero su utopismo es pragmático, no basado en pensamientos teóricos totalizantes, ni en una mera evocación romántica del pasado, reducida a salas de museo, sino en las mejoras que urgen a nuestros conciudadanos, a nosotros mismos, las mejoras posibles y necesarias, la mejora radical que puede marcar un camino nuevo y entusiasta a la acción política de los castellanos de hoy. Con una interrogante final: A propósito de utopías, frente a tanto realismo y tanto posibilismo rastreros, ¿no es hora ya de que los comuneros nos enfrentemos de nuevo a los realistas?