|
VIGENCIA
DEL PENSAMIENTO COMUNERO
Hablar
de la vigencia del pensamiento comunero, hoy, a nosotros, los
componentes de Izquierda Comunera (colectivo integrado en Izquierda
Castellana), nos resulta de entrada tan difícil como resulta siempre
defender algo que crees evidente: parece que en dos frases está dicho
todo, nos sentimos como si nos pidieran defender con argumentos la
vigencia de los intentos de mejora social, de la necesidad de soñar
utopías y de pensar en cómo y en qué medida se pueden traer a la
realidad sus soluciones.
Así
que vaya por delante nuestra disculpa si damos por sobreentendidas
cuestiones en las que estamos inmersos pero que quizá no sean del
domino público. Para resolver dudas, nos brindamos a la discusión
posterior, siempre más enriquecedora que el discurso, de lo que pudiera
no quedar suficientemente claro.
Y
es así de evidente para nosotros la necesidad, casi la urgencia del
pensamiento y la construcción comuneras, porque estamos convencidos.
Hoy, que las nuevas herramientas informáticas hacen factible la discusión
directa y por parte de todos de los asuntos políticos que nos afectan.
Hoy, que por medio de estas mismas herramientas se hace más fácil que
nunca la posibilidad de elegir representantes directamente,
representantes conocidos, sin los límites de las listas cerradas y los
partidos herméticos. Hoy, que incluso se acuña el término <cibercomunismo>
para referirse a esta posibilidad de apertura a la participación política
más amplia con el soporte de las nuevas tecnologías de la información,
la apuesta política de los comuneros -la elección directa de
representantes desde la asamblea soberana de vecinos- se hace más
vigente que nunca. ¿No es esto lo que están desarrollando ahora mismo,
hace ya doce años, con éxito, en Porto Alegre, en Brasil, con el
presupuesto participativo?
Y
resulta igualmente vigente la propuesta social, casi ética, de los
comuneros. La llamada a la participación del común -de todos- en los
asuntos públicos. ¿qué decir sobre su vigencia cuando esta
participación es un clamor frente a la crisis -ya insoportable para
quien mantenga un mínimo de dignidad- del sistema consumista en que
languidecen naciones e individuos? No somos hoy sujetos activos en la
construcción social, el sistema nos reduce a ser sujetos para la
adquisición de mercancías, compulsivamente, desde que nos levantamos
hasta que nos acostamos -y hasta en sueños-, estimulados
permanentemente por llamadas a la compra, al consumo de bienes y
servicios casi siempre inútiles, que no nos dejan tiempo ni disposición
ni energías para dedicarnos a alguna actividad constructiva,
alternativa, social, que vaya más allá del mero consumir y acumular, y
trabajar para adquirir, y poder así consumir más y acumular más.
En
esta compulsión vacía en que nos adocenamos, en que nos alienamos, en
que corremos en pos de posesiones que invariablemente pronto nos
frustran y nos aburren, se hace urgente revitalizar la propuesta
comunera de participación social activa, frente a la resignación en
que estamos sumidos. ¿Nos podemos resignar a seguir así, cada vez más
hundidos en esta espiral estúpida, cuando vemos que no lleva a nada
bueno, que incluso una parte importante de nuestros semejantes, las
mujeres jóvenes, no sólo son reducidas a ser sujetos de este
consumismo compulsivo, sino a ser objetos permanentes de esa estimulación
incesante al consumo? ¿podemos aceptar tranquilamente que nuestra
sexualidad se vea reducida a eso, instrumentalizada así, como nuestra
vida, como la tierra misma, en beneficio de pocos, daño de muchos y
peligro de todos? No. Debemos decirlo alto: No. No nos resignaremos. Hay
que transformar al consumidor en ciudadano. Esa búsqueda de una
ciudadanía activa, que quiere ser dueña de sus destinos, que constituyó
el movimiento comunero, hoy vuelve a ser una demanda urgente. Por
desgracia, no porque se amenace la existencia del ciudadano activo
social y políticamente, sino porque ha sido ya sustituido, convertido
en un consumidor manipulado, zarandeado por poderes bastardos, intereses
ajenos y nada transparentes.
Y
en tercer lugar, debemos señalar la propuesta económica de los
comuneros, la que debe sustentar este enfoque social. ¿No está vigente
hoy la defensa comunera de la producción que dignifique al artesano,
capaz de elaborar y vender a un precio justo sus producciones, frente al
beneficio del especulador, que empobrece a los países productores de
materia prima? Entonces era la lana de Castilla, hoy habría que hablar
de otros productos, pero el sistema es el mismo. Despojan a las naciones
sobre las que pueden ejercer la fuerza, para venderles luego sus
productos sofisticados -útiles o inútiles- a precios excesivos, endeudándoles
y esclavizándoles cada vez más.
Y
nosotros, los castellanos, estamos en medio, como entonces. Manteniendo
una relación también colonial con algunos países del tercer mundo,
pero siendo al tiempo colonizados por los más desarrollados. Castilla,
empobrecida, sangrada, no puede verse convertida en una reserva turística
de los países ricos, ni en un abastecedor de agua, energía, y recursos
humanos de otros. El actual sistema económico ha conducido a una
Castilla desequilibrada territorialmente, en la que grandes áreas casi
desiertas agonizan, mientras la población se hacina alrededor de megalópolis
cada vez mayores, más caras y más problemáticas. Y esto es
inaceptable.
La
demanda comunera de racionalidad y justicia en el orden económico, de
permitir el desarrollo digno de las naciones, frente a la explotación
por parte de los capitalistas desde los países ricos que controlan el
sistema financiero, es hoy más vigente que nunca. Porque además hoy la
mecánica egoísta del capitalismo no sólo amenaza la soberanía de las
naciones, no sólo supone la esclavitud de los pueblos y la explotación
de los productores, supone también una carrera suicida de destrucción
del medio en que vivimos.
Y
no hablamos de un futuro apocalíptico: ya sufrimos los efectos de la
degradación del medio en que vivimos, de la ausencia de espacios
libres, del ruido incesante, de los humos insoportables, del
encarecimiento salvaje del suelo y de la vivienda, de la pérdida de
horas -y de tranquilidad- a diario, atascados en interminables
desplazamientos. Todo esto es no es algo inevitable, fruto del progreso
humano. Es consecuencia de un sistema económico irracional, ciego, mal
dirigido por los que acaparan el poder y sólo miran al plazo inmediato
de sus intereses más miserables, que puede y debe ser cambiado. Por
nosotros, por los mismos ciudadanos a los que nos quieren negar el
derecho de serlo.
Es
evidente que el turismo, la destrucción del medioambiente o los
problemas de la inmigración masiva no estaban en el candelero en 1520,
pero es una crítica tan fácil como pobre, que ya estamos acostumbrados
a oir, la que nos quiere asimilar, por comuneros, a un modelo de
organización política Castellana propio del siglo XV. Es un intento de
descalificación de nuestras propuestas tan malintencionado como burdo,
romo, y carente de toda credibilidad. ¿Por qué los que hacen estas críticas,
si les gusta tanto la legitimación y deslegitimación históricas, se
saltan, siguiendo el hilo del tiempo, la continuidad que tuvieron la
mentalidad y la acción revolucionaria comuneras en los arbitristas del
siglo XVII, perseguidos por apuntar soluciones a la ya evidente crisis?
O a comienzos del siglo XIX, cuando en pleno romanticismo la mejor
gente, gente como el guerrillero burgalés El Empecinado, el coronel
Riego que venció al absolutismo, o el poeta Espronceda fueron y se
llamaron comuneros.
Contra
la ocupación napoleónica, contra el servilismo de los absolutistas,
sus principios fueron los mismos, y por ellos dieron la vida,
defendiendo la libertad y su nación.
Como
después seguían latiendo los principios comuneros en la primera República
Española, cuando el pacto federal castellano. Como se investigaron,
analizaron y difundieron estos principios en la obra regeneracionista de
Joaquín Costa, defensor tan clarividente de la colectivización agraria
como elemento consustancial de nuestro progreso y de nuestra tradición
al mismo tiempo, que desde entonces su pensamiento sería una referencia
obligada tanto desde la izquierda como desde la derecha, para todos
aquellos políticos e intelectuales que querían -o al menos decían
querer- superar la farsa canovista y el secular atraso de nuestra
tierra.
Por
cierto, hoy, que tenemos a un presidente de gobierno seguidor de Cánovas,
en un sistema político conservador, bajo una monarquía que cada vez se
parece más al sistema de la Restauración borbónica, sería hora de
que se rescatase contra el neocanovismo a quien más y mejor lo criticó,
precisamente desde posiciones comuneras, de defensa de la colectivización
de los medios de producción, de la soberanía política de los
municipios, siguiendo las tradiciones de defensa del común, de los
productores, y además, de la opción republicana entendida como un
primer paso contra la oligarquía y el caciquismo, hoy nuevamente
imperantes.
Y
siguiendo el hilo histórico, y cada vez más cerca, ya peligrosamente
cerca del presente, ¿no han sido las mejores lecciones de las
revoluciones políticas que han agitado al recién cerrado siglo XX, las
que comparten los principios comuneros? ¿No están en esta línea de
recuperación de la soberanía del común, de la propiedad y la gestión
de lo colectivo, de la participación abierta desde las bases, los
mejores logros de la revolución mexicana, o de sistemas
autogestionarios, de los soviets y del sistema Mir en los primeros
momentos de la revolución rusa, o -ya anteayer, extendiéndose hasta
hoy mismo- lo mejor, lo más incontestable, de los logros de la revolución
cubana del 59?
Que
duda cabe de que si algo entusiasmó y movilizó a los pueblos en este
siglo fue la oportunidad -más cercana que nunca, casi al alcance de la
mano- de que la participación social y la autogestión pasaran de ser
una utopía a construirse sobre la realidad, durante los años que en
cada caso pudieron resistir defendiéndose de las asechanzas del
capital.
Hoy
mismo, y con proyección al futuro, la experiencia del presupuesto
participativo en Porto Alegre, esa ciudad brasileña de más de un millón
de habitantes, donde todos los ciudadanos participan en el gobierno,
transmitiendo sus prioridades presupuestarias, desde cada barrio, con éxitos
tras doce años reconocidos ya por la ONU, con un espectacular aumento
de la calidad de vida, ¿no es una práctica plenamente comunera? Y no
es imposible, y no es cosa del pasado, sino una realidad del presente y
del futuro ya inmediato.
Sí,
hay continuidad histórica, el pensamiento comunero no ha muerto nunca,
y su práctica menos, ha rebrotado en cada ocasión propicia. Las
colectividades agrarias durante la guerra civil, aquí en Castilla, e
incluso algunos experimentos urbanos e industriales semejantes - que
funcionaron, que se demostraron posibles durante casi tres años, que
hicieron felices a los que participaron en ellos, y que por eso han
permanecido ocultos a la opinión pública no sólo durante el
franquismo, sino durante la transición, y sólo ahora empiezan a
estudiarse, tímidamente -, ¿no eran organizaciones comuneras? Habían
cambiado los términos, sin duda, y seguirán cambiando: se llamaron
entonces comunismo libertario, colectivizaciones, luego se ha hablado de
asamblearismo y de autogestión, pero los principios son idénticos.
Cambian las palabras, como los hombres se renuevan, pero la mentalidad,
como las naciones, persisten.
Qué distinta esa mentalidad comunera,
comunal, castellana, de este Estado -Español- de cosas actual, de
necios arrogantes, ensoberbecidos por una capacidad de consumo que no es
sino una compulsión consumista que nos tiene presos, idiotizados,
engordando en la inanidad más depresiva, en la autocomplacencia más
vacía. Debemos regenerar la mentalidad de nuestra nación, aletargada
en la estupidez más insolidaria, en la mezquindad más alienante. A
menudo uno tiene hoy la desagradable impresión de que hay pocos pueblos
tan faltos de conciencia social y de capacidad de reacción como el
nuestro. Tan domesticados, tan simples, como nuestros compañeros de
generación.
Pero al mismo tiempo, uno comprueba con
entusiasmo que en nuestro pasado no tan lejano está uno de los modelos
sociales alternativos más eficaces y viables hoy. Un tesoro que
nosotros debemos desenterrar y dar a la luz, que hay que desempolvar
como un arma oxidada cuando tenemos el enemigo en casa, cuando la
provocación y la prepotencia de los dominadores les lleva incluso -como
en Génova- al crimen directo.
¿Cuáles son estos principios? ¿En
qué consiste esta mentalidad comunera? Como explicamos en nuestra
declaración de principios, disponible para quien tenga la curiosidad de
consultarla y debatirla con nosotros, básicamente hay tres principios
interconectados:
- Primero,
a nivel político, la defensa de la soberanía del común, esto es, del
conjunto de los miembros de una colectividad que directamente conviven y
se conocen: sea vecindario, lugar de trabajo, de estudio, o cualquier
otro colectivo al que se pertenezca.
Y esta soberanía del común no puede ni debe ser de ningún modo
alienada, es una soberanía inalienable. Soberanía inalienable del común
supone que nosotros negamos cualquier carácter pretendidamente democrático,
y cualquier legitimidad, a las instituciones o personas que se arrogan
nuestra representación sin consultarnos su decisiones, en contra de
nuestra opinión o ignorándola, so pretexto de un sistema de elección
que les da un cheque en blanco por cuatro o más años para hacer y
deshacer a su antojo o en función de intereses ajenos. Además, sabemos
ya todos hoy, porque lo comprobamos de contínuo, que los votos son otro
mecanismo de consumo, y los partidos su fábrica: manipulación
informativa, marketing electoral, inversiones publicitarias, presiones
mediáticas, y poco más.
Soberanía inalienable del común supone
que sólo la asamblea es soberana, y los representantes elegidos por
ella se limitan a ser eso: portavoces, representantes, retirables en
cualquier momento, y que nunca deben decidir en contra o al margen de lo
decidido y discutido asambleariamente.
- Segundo, y lógicamente como consecuencia de lo anterior,
a nivel social, y de ética personal, las acciones de interés común no
se espera que se tomen desde arriba, sino que se inician, se proponen,
se abordan y se ejecutan desde abajo, extendiendo la autogestión al
mayor ámbito posible, por ejemplo:
-
Intervenciones en defensa del medio ambiente
(reciclados, recogida selectiva de resíduos, ahorro energético, etc),
-
Medidas de prevención y cooperación sanitaria y
educativa, tanto en salud física como mental, y tanto en información
como en formación integral y contínua del ciudadano
-
Organización de fiestas y entretenimientos,
recuperando un ocio que cree comunidad, permita el foro crítico y el
encuentro gratificantes y genere alternativas constructivas y
placenteras no idiotizantes, enlazando con las propias tradiciones
nacionales de fiesta en la calle, en la plaza, en la corrala
-
Prevención
y defensa frente a posibles comportamientos antisociales (guardias
vecinales, diálogo y amonestación con los asociales, para evitar tener
que recurrir a otras instancias), evitando el actual estado policial y
judicializado con una población penitenciaria enorme y condenada a la
marginalidad,
-
Reparto
del trabajo, y los trabajos, que llegue a todos y entre todos se haga
llevadero, limitado en el tiempo y en el esfuerzo, y justo, sin que se
den los desequilibrios actuales entre el paro y el pluriempleo, o entre
los trabajos serviles -destinados sobre todo a la mujer y sobre todo si
es de cierta edad o a los ciudadanos de cierta procedencia social- y
esos otros trabajos de dirección y de alto status, desequilibrio que se
convierte en fuente de insatisfacción y en otra forma de explotación
no por cotidiana -incluso familiarmente asumida - menos condenable,
-
Asistencia
social, sobre todo para cuidar de los ciudadanos hoy abandonados,
relegados por ya improductivos
-
Y,
por supuesto, coordinación con otras comunidades del mismo nivel básico
para todo aquello que nos afecte a más de un colectivo, y, subiendo en
la red de coordinación, a más de una nación.
Aquí,
por cierto, debemos atacar contra un tópico muy extendido en la opinión
pública, ya que ha sido difundido y alentado desde los medios de
comunicación de masas al servicio del poder: del mismo modo que el
asamblearismo y la autogestión no implican caos, sino antes al
contrario, siempre que se han practicado han supuesto una organización
social más eficaz, más económica y menos represiva para el individuo,
es falso que la municipalización o el nacionalismo signifiquen
desatender a lo global, a lo internacional, a lo que nos afecta a más
de una comunidad y a más de una nación.
El internacionalismo real,
solidario y generoso, en la historia reciente va de la mano con un
nacionalismo firme, arraigado, insobornable. El nacionalismo que debe
animar contra los intentos colonizadores (llámense globalizadores o
imperialistas, que es lo mismo), que nos una, y nos haga comprender que
nuestro destino nunca puede ser una engañosa salvación individual a
costa de vender a nuestros vecinos o a nuestros compatriotas. Que
estamos atados, lo queramos o no, a nuestra nación y a nuestra
historia, de la que debemos sacar sus mejores lecciones, en pos de un
modelo social en permanente mejora. Y que el
proyecto comunero -aun cuando pueda servir de ejemplo inspirador
a otros pueblos- es en principio un modelo propio, no transplantable tal
cual a otras naciones, porque cada una debe hallar, desde su
personalidad exclusiva, su propio camino.
Nacionalismo, internacionalismo,
socialismo y participación, van así de la mano, inseparables, en
contra de lo que una opinión mediática canalla se empeña en decirnos,
presentándonos como irreconciliables la libertad y la igualdad, la nación
y la solidaridad universal. Acusando de egoísta y cazurro al
nacionalismo y de allanador de libertades al socialismo real.
¿Qué hay más egoísta y más
cazurro que el mundo que nos trae su globalización?; ¿qué hay más
falto de libertad real, de posibilidades de participación efectiva en
lo social, que sus democracias de pacotilla y sus partidos herméticos?.
No, Nacionalismo,
internacionalismo, socialismo y participación, pueden y deben y de
hecho van de la mano.
Y nosotros tenemos en Castilla nuestro
propio puño para reunir el ramo: el pensamiento comunero. Y por eso hoy
tenemos también la responsabilidad -quizá histórica, porque quizá
estemos ante la última oportunidad de salvarnos de la uniformización
neoliberal, devastadora de paisajes y de identidades- de hacer realidad
este pensamiento, de intentar esta utopía vieja y nuestra.
- En consecuencia, y como
tercer
principio, en lo económico debemos defender el comercio justo, la no
explotación de unos pueblos por otros, y eso implica la preponderancia
de la producción sobre la especulación económica, que debe ser
reducida o anulada, y de una racionalidad en esa producción y en su
reparto que hagan la vida sostenible en la tierra.
Hoy contamos para ello con mejores medios
que nunca, mejores técnicas en nuestras manos, como contamos con más
potentes medios de información y de formación, pero es nuestra
responsabilidad ponerlos al servicio de la mejora social o dejarlos en
manos de este impulso ciego del neoliberalismo avasallador.
Y no somos de un optimismo fácil: sabemos que hoy
hay más medios que nunca para poner en pie esta Utopía comunera, pero
también hay mayores amenazas contra ella:
- En lo económico la tan cacareada
terciarización que oculta un espacio creciente para la especulación y
la actividad improductiva, facilitando ese ocio convertido en un consumo
más, embrutecedor y asocial, que fomenta el egoísmo;
- En las mentalidades, la prevalencia creciente
del individualismo cerril e irreflexivo frente a la conciencia sensata
de pertenencia a unidades sociales a ser tenidas en cuenta porque
afectan, envuelven, forman incluso nuestra vida; del mismo modo es una
amenaza, quizá la mayor hoy aquí, para la juventud castellana, la
pasividad, la resignación, desde la creencia falsa del fin de las
ideologías y la convicción depresiva de que estamos en el mejor de los
sistemas posibles;
- Y en la realidad social que se va imponiendo,
la mayor amenaza, sin duda es la globalización neoliberal, que no es la
del internacionalismo entre los pueblos, ni la de la información útil
que fluye mejor de unos a otros, es la globalización que ataca nuestras
identidades nacionales o de comunidad en aras de una uniformización
acorde con el modelo preferentemente estadounidense, de formas de vida,
modas, usos, costumbres y mentalidades, hasta lograr la alienación
cultural mayor que haya conocido nunca la historia.
Sin ponernos apocalípticos, porque no hace
falta desgraciadamente, podemos salir a la calle y comprobar como las
culturas se extinguen a velocidades nunca vistas, como la diversidad
cultural desaparece y con ella la posibilidad de contar con herramientas
distintas de adaptación a distintos y cambiantes medios, de
supervivencia y de enriquecimiento artístico, en suma de acceso a la
felicidad.
- Además, a nivel político la globalización
neoliberal es la de los manejos oscuros, desde arriba, desde cúpulas
ocultas del poder financiero, rigurosamente antidemocráticas, no
transparentes, que usan sin embargo el discurso de la defensa de la
democracia, para mantener el poder apuntalado en la creencia tan ingénua
como extendida de que los sistemas de partidos, esa filfa que insulta
desde cualquier punto de vista a un planteamiento mínimamente democrático,
son los garantes de la libertad y el progreso.
- Y por si lo anterior fuera poca amenaza,
vemos y sentimos ya la marcha atrás en cuanto a conquistas sociales del
<estado del bienestar>, como otra de las hazañas de este
neoliberalismo globalizante: sin hablar, como han señalado expertos en
el tema, del rebrote en los últimos 20 años de epidemias que se habían
erradicado ya gracias a la implantación generalizada de sistemas de
sanidad pública, las protecciones sociales se ven paulatinamente
sustituídas por sistemas de pago para los ricos, dejando para los
pobres la beneficiencia, hoy camuflada de ONGs altruístas, para
absorber los pocos y equívocos sentimientos de generosidad que un
sistema basado en el egoísmo más ruin y más ciego deja a veces
brotar.
Pero insistamos mejor en lo positivo, deshaciendo
errores: nacionalismo no es derecha, como se empeñan en identificar los
medios, ni regionalismo cerril, ni caciquismo. Eos defectos son fruto,
precisamente, de sus enfoques estatalistas y partidistas. El
nacionalismo real, como el pensamiento comunero auténtico, implica que
la soberanía está en la nación, en todos, y no en los de arriba, y es
por tanto, como lo fue en su origen, profundamente de izquierdas. Lo de
la derecha es el patrioterismo con que contraatacó, con que alimenta de
nuevo malos sentimientos, buscando identificaciones excluyentes
que legitiman el imperialismo y el militarismo, bajo la sombra
del racismo y el fascismo planeando sobre ellos.
Lo que realmente está contra el
internacionalismo hoy no son los nacionalismos de los pueblos que
defienden su identidad y su soberanía, sino la globalización
neoliberal.
Y esto lo muestra a las claras el caso actual de la
emigración masiva de trabajadores de los países del tercer mundo al
mundo desarrollado. El problema, de base, no se daría si un
internacionalismo que se ha perdido en los movimientos sindicales
mayoritarios garantizase las mismas condiciones económicas y sociales
al trabajador de allí que al de aquí. Pero lo que se internacionaliza
con la globalización es el capital, exclusivamente. Y al capital le
resulta más cómodo -y más barato, sobre todo- contratar trabajadores
en condiciones de inferioridad. Ya ni se molestan en ir ellos a invertir
a aquellos países donde la mano de obra se abarata hasta la indignidad:
se quedan esperando a que el inmigrante, arrastrando penalidades, mafias
y engaños, venga, atraído por el señuelo de una propaganda falaz que
le muestra el paraíso consumista en el mundo occidental, y lo adoctrina
al tiempo en un modelo individualista de comportamiento en el que se
abandona toda responsabilidad, todo compromiso con la mejora del propio
país, llegando incluso a dejar a los propios compatriotas -parientes
incluso, los más débiles siempre- abandonados a su triste suerte.
Sólo un internacionalismo real que haga
equiparar las condiciones y exigencias laborales entre todas las
naciones hará imposible este tráfico inhumano de personas. Sólo un
nacionalismo que vincule a cada individuo con la lucha por defender su
tierra acabará con el abuso y la explotación. Sólo internacionalismo
y nacionalismo de la mano, como una misma forma con dos rostros,
permitirán controlar la delirante natalidad de los países
subdesarrollados y frenarán su explotación, permitiendo su desarrollo
equilibrado.
Y del mismo modo que el nacionalismo comunero
es internacionalismo, nuestro comunitarismo no implica pasividad.
Siempre se ha acusado a todos los intentos alternativos de organización
social y económica: el socialismo real, los intentos comunistas, de
fomentar la pasividad del ciudadano, ocultando las experiencias
autogestionarias, comunales y cooperativas, que han funcionado en
sentido contrario: la defensa del común implica, se construye desde la
participación y la iniciativa personal. Exige y fomenta al mismo tiempo
esa iniciativa individual.
En el fondo, esta falacia de los líderes de
opinión oficiales es el otro lado de la propia paradoja del pensamiento
único. Se nos quiere negar la posibilidad de sistemas alternativos ya
experimentados, comunitarios, argumentando que negarían la iniciativa
individual, mientras que un sistema pretendidamente basado en la
iniciativa personal está transformando a millones de personas en seres
pasivos, sumisos y nada creativos, cuando no idiotizados.
Ayer se trataba de idiotizar a las masas por el
trabajo brutal, hoy es la trampa más sutil: es el ocio lo que más nos
idiotiza. Porque el liberalismo económico actual maneja el ocio
y nos lo ofrece como algo residual, como basura, literalmente. Es un
insulto a la dignidad humana y sobre todo a la de aquellos que como los
jóvenes más tiempo dedican al ocio. Un ocio embrutecedor es la pieza
que cierra la insatisfacción del hombre actual. Como parte del mismo
despropósito.
Abramos
los ojos. Es la primera necesidad, el primer mensaje comunero hoy.
Despertemos, y la acción vendrá casi sola, la exigirá la dignidad
recobrada. Y en esto seguimos también el ejemplo de los primeros
comuneros: despertar a un pueblo, a una nación. Alertar del peligro de
ser colonizados y dominados, negados nuestros derechos políticos,
nuestra participación en gestionar nuestros propios asuntos públicos.
Hoy más que nunca debemos buscar una Castilla, libre y comunera.
Como señalamos al final de nuestra declaración
fundacional:
Sabemos
que la propuesta que resumen nuestros tres principios es ambiciosa,
incluso utópica, pero su utopismo es pragmático, no basado en
pensamientos teóricos totalizantes, ni en una mera evocación romántica
del pasado, reducida a salas de museo, sino en las mejoras que urgen a
nuestros conciudadanos, a nosotros mismos, las mejoras posibles y
necesarias, la mejora radical que puede marcar un camino nuevo y
entusiasta a la acción política de los castellanos de hoy. Con una
interrogante final: A propósito de utopías, frente a tanto realismo y
tanto posibilismo rastreros, ¿no es hora ya de que los comuneros nos
enfrentemos de nuevo a los realistas?
|