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El artículo más impopular
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Javier
Marías
Obtenido de: El País Semanal (09/01/05) |
| 16/11/05 |
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Si
hay algo en lo que milagrosa e incomprensiblemente está todo el mundo
de acuerdo es en desearle a Madrid lo peor que podría sucederle en los
próximos años, a saber: ser nombrada sede de los Juegos Olímpicos de
2012. Se lo desean este partido, el otro y el de más allá, el Gobierno
y toda la oposición; este periódico, su rival y su bestia negra; los
cantantes, los arquitectos, los escritores, los cineastas y los
grafistas; y, por supuesto, la inconsciente o masoquista masa de los
ciudadanos. Se lo desea todo cristo sin pararse a pensar, yo creo, en
que los beneficios de tal designación serían sólo para unos pocos
–sobre todo los constructores y las insaciables empresas de obras públicas,
los políticos y los especuladores, los propietarios de viviendas y de
suelo– y el perjuicio para la gran mayoría y durante un mínimo de
siete años, los que transcurrirían entre el anhelado nombramiento, en
2005, y la celebración de dichos Juegos.
¿Por
qué semejante amenaza despierta tantas pasiones en todo el mundo? No
por albergar in situ las pruebas deportivas, desde luego. A nadie se le
escapa que éstas duran menos de un mes; que, tengan lugar donde lo
tengan, hace ya decenios que todos las vemos, con enorme lujo de
detalles y mucho mejor que en los estadios, por las televisiones, que
les dan el rango de acontecimiento máximo; y que, nada más concluir, a
nadie le importan ya nada y se olvidan con asombrosa rapidez. Estoy
convencido de que, sin previa consulta a los archivos, nadie recuerda
ahora mismo quién ganó la última medalla de oro de los cien metros
lisos ni de la maratón, por mencionar dos de las finales que levantan
tradicionalmente mayor expectación. No digamos quién se alzó con el
triunfo en competiciones tan memorables y apasionantes como el tiro con
arco, el K-2 y el K-4 (o como se llamen) y los saltos desde el trampolín.
¿Entonces?
Se
supone que la celebración de las Olimpiadas en un lugar determinado le
atrae en el futuro a numerosos turistas, lo cual, de hecho, depende más
bien de lo que la ciudad en cuestión muestre y ofrezca. Es cierto que
hace doce años Barcelona era menos conocida que ahora a nivel mundial,
y que en su caso los Juegos del 92 sirvieron para que la ciudad quedara,
por así decir, alfombrada. Pero lo que suele olvidarse es que Barcelona
contaba ya con una sociedad muy cívica, orgullosa del lugar, y con una
cierta tradición de Ayuntamientos responsables y no bestialmente
codiciosos y especulativos. No sucede lo mismo en Madrid, que se
distingue y ha distinguido siempre por todo lo contrario.
Hace
no menos de tres lustros que esta ciudad parece enteramente a merced de
las constructoras y las empresas de obras. La impresión es que son
ellas las que, insaciables, inventan y deciden arbitrariamente el
innecesario y permanente destripamiento de todo a la vez. La broma de
que vivir aquí es como hacerlo en Sarajevo o en Beirut en los peores
momentos de sus respectivas guerras ha dejado de ser una broma hace
mucho. Ahora mismo están levantadas o valladas la Gran Vía, Plaza de
España, Princesa, Sol, Ferraz, Marqués de Urquijo, San Bernardo,
Carmen, O’Donnell, la Carrera de los Jerónimos, Cuatro Caminos y
centenares de kilómetros más. Pero no es ahora, es siempre, y lo que
jamás se ven son las mejoras, los resultados ni desde luego la
necesidad. Pues bien, si esto es así sin que haya ningún motivo
especial, ni ningún pretexto verosímil, ¿qué no sería este
desdichado lugar con la coartada de unos Juegos Olímpicos en
perspectiva? Es para no imaginárselo, y, desde luego, para abandonar la
ciudad si finalmente se le concede la maldición incomprensiblemente
deseada por todo dios.
Creer
que, con los políticos locales que tenemos y la avidez arrasadora de
nuestros constructores, al cabo de siete años de más y más obras
demenciales iban a quedarnos unas infraestructuras estupendas y una
ciudad en verdad adecentada o mejorada, es tan ingenuo como pensar que
España ganaría en el cómputo total del medallero.
La
gente no parece pararse a pensar en esto: todo será mucho más caro de
lo que ya lo es aquí, empezando por la ya prohibitiva vivienda y
acabando por la cesta de la compra; con el pretexto “es por las
Olimpiadas”, la ciudad no sería tan invivible como Sarajevo o Beirut,
sino como Dresde tras los bombardeos aliados de la Segunda Guerra
Mundial. Y aquí, donde somos tan imitativos, nadie ha prestado atención
al hecho de que otra de las candidatas, Nueva York, está a punto de
retirarse por la falta de apoyo de la población, que sensatamente ve en
la posible designación muchos más inconvenientes y calamidades que
beneficios y ventajas. Da la impresión de que nuestro país en pleno,
con un orgullo pueril y meramente jaranero, sólo ansía verse
“elegido”, aunque sea para comerse el marrón más indigesto de los
próximos siete años.
Pues
nada, suerte y a devolver.
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