NACIONALISMO, INTERNACIONALISMO Y COSMOPOLITISMO

  Hartos de escuchar descalificaciones contra el nacionalismo de parte de aquellos que se escudan en ser ‘ciudadanos del mundo’ para negarse a implicarse en la defensa directa de lo suyo, es decir, para justificar su desclasamiento, su desarraigo y su insolidaridad, creemos que debemos pasar a la ofensiva, y disponer de argumentos no sólo para defender el nacionalismo, sino para atacar ese cosmopolitismo de moda entre los bien pensantes.

 Y de paso, tendremos argumentos para aclarar a algunos de nuestros compañeros de viaje, aún recelosos de que nuestro nacionalismo sea enemigo del internacionalismo, que el internacionalismo, o solidaridad entre (‘inter’) naciones, parte necesariamente de la existencia, reconocimiento y defensa de estas naciones, empezando por aquella en la que uno vive, de la que uno vive, y para la que uno también debe hacer algo más que buscar como exprimirla en beneficio propio.

Nos diréis, con razón, que el mejor argumento es la acción, la acción cotidiana que nos muestra entre los más comprometidos con las demás naciones, entre los más internacionalistas, entre los claramente solidarios de hecho, a los que tienen como lema el ‘patria o muerte’ o a los que a sí mismos se denominan patriotas (abertzales, creemos que se dice en vasco). Estamos de acuerdo con vosotros, pero nunca está de más tener argumentos racionales, y hasta históricos, para defender nuestras posturas. Y eso es lo que queremos ofreceros ahora, aquí, simplemente, algunos argumentos que a nosotros nos han servido para hacer reflexionar a algún desorientado, y para callar a más de un insidioso o desinformador al servicio o mero eco del poder.

 El punto de partida más sencillo es rastrear el origen del asunto, del propio nacionalismo y del cosmopolitismo en sus versiones contemporáneas, tal y como aparecieron entre gente que hablaba ya nuestro lenguaje y que vivía una situación relativamente pareja a la nuestra, lo suficientemente cercana como para que no sospechemos que estaban hablando de otra cosa cuando decían nación, ciudadano o cosmopolitismo.

Y hete aquí que metido a ello nos encontramos los dos términos a la vez, y en la misma boca. ¡Qué casualidad!. Resulta que un pensador suizo, Rousseau, uno de los padres de las revoluciones contemporáneas y de las ideologías que las apoyan, ya cayó en la cuenta, y así lo denunció, que los ‘filósofos’ de su época, los intelectuales a la moda que presumían ya en el siglo XVIII de ser ‘ciudadanos del mundo’, no hacían más que utilizar este pretencioso calificativo para presumir de su presunta superioridad cultural –ya que podían viajar y aprender idiomas cuando nadie podía- y, sobre todo, lo utilizaban como una máscara para esconder su egoísmo. Aquí hay un argumento de peso: si no te comprometes con tus conciudadanos y los problemas políticos de tu entorno, si no participas ni intentas participar en lo social en lo que estás inmerso, ¿cómo puede ser creíble tu compromiso con una abstracta humanidad o ciudadanía universal? 

Empezamos así a toparnos con lo que es el nacionalismo en sus orígenes, el nacionalismo tal y como nosotros lo entendemos, fuera de las adherencias posteriores de romanticismo, idealismo, fe en la superioridad de la propia cultura, de la raza pura, y en último término, imperialismo y  xenofobia. 

Porque el nacionalismo que desde sus orígenes interesa, el que ha hecho daño al poder, el auténtico nacionalismo, es algo tan directo y tan simple como la reivindicación de la soberanía nacional; algo tan sencillo y tan poco respetado como pensar que toda la nación, el conjunto de los ciudadanos, es el sujeto de la soberanía, del poder político, es quien debe decidir en todo momento lo que quiere hacer de su ser social y político, de ellos mismos. En términos comuneros, que el reino mande sobre el rey y no el rey sobre el reino. Esto, extendido a todos los gobernantes, legisladores, jueces y detentadores del poder en general, y a todo momento, es lo que hoy defendemos los comuneros del siglo XXI, lo que llamamos la soberanía no alienada: que nadie, ni por un voto cada cuatro años, ni de ninguna otra forma violenta o fraudulenta, usurpe al común su soberanía, la capacidad de decidir sobre sus propios destinos contínuamente. Así de simple. Y eso es lo que hace de un pueblo una nación, esa participación política que convierte a los súbditos en ciudadanos. Así lo defendió ya Rousseau y los que iniciaron en el XVIII los procesos revolucionarios que aún no han acabado. 

Por eso se nos teme. Por eso aquí mismo los carlistas, los partidarios del absolutismo, gritaban al entrar a las poblaciones que saqueaban: abajo la nación, porque no querían milicias populares, ni ayuntamientos soberanos ni con poder económico. Y entonces los nacionales eran los liberales, los negros, los que luchaban por la libertad y contra la servidumbre, los comuneros entre ellos. 

Por eso ahora molesta tanto este nacionalismo político, aunque se escuden en atacar al nacionalismo étnico, al de la reivindicación de los valores folklóricos y culturales, al que puede inflar la propia identidad hasta degenerar en racismo o en imperialismo. Curiosamente, muchos de los que se dicen antinacionalistas no tienen empacho en alabar o fomentar las manifestaciones más empobrecidas de esa vanidad patriotera de sentirse más que el vecino, o de aseverar que no hay gastronomía, música, artistas o equipo de fútbol como los de tu tierra. Ese amor a los colores de la bandera, especialmente en la competición deportiva comercializada, es todo lo que les queda del amor patrio. Y eso lo alaban, lo estimulan y educan en ello a sus hijos. Lamentable. Lamentable e interesado. A ese patriotismo le sacan réditos.

Pero, volviendo a lo nuestro, al nacionalismo auténtico, y a Rousseau, creemos que es interesante retomar hoy para nuestros argumentos tres precisiones más que él ya hacía y hoy son bien relevantes para no confundir el nacionalismo con sus sucedáneos:  

-   La primera, que es la ciudadanía, y no el origen ni lo que se ha heredado de los padres, lo que convierte una patria en una nación, y que por tanto cuando el apoliticismo aleja a los ciudadanos de la participación política, porque comienzan a interesarse más por la seguridad y por su propiedad, por el confort, que por la libertad, se corre el riesgo de caer de nuevo en la servidumbre. Tanto disgusto le producía esto a Rousseau, al ver el aburguesamiento de sus compatriotas ginebrinos, que llegó a renunciar a su ciudadanía, considerando que él no formaba parte de esa nación por su nacimiento, por destino o por azar, sino por compromiso, consciente y voluntario, con su modelo de participación política, y en tanto que éste se mantuviera. Si sus conciudadanos preferían caer en el confort adocenado y en el apoliticismo aburguesado, él no se sentía ya más parte de esa comunidad. Esa no era la Suiza de las libertades, la confederación de pueblos y ciudades libres contra la amenaza de los imperios circundantes. Esa era la de los relojeros cómodos, la que luego sería de los banqueros corruptos. En definitiva, que la ciudadanía, la pertenencia a una nación es voluntaria, y exige la participación, el compromiso, la implicación en su gobierno y mejora, la atención a sus libertades. 

 -   La segunda precisión que consideramos relevante es la que hizo del extremo opuesto, cuando dijo que la tiranía, la falta de soberanía nacional, el que esa soberanía popular esté en manos ajenas al propio pueblo, hace el término patria odioso o ridículo.  

         Esto es lo que ha pasado y seguirá pasando con el patriotismo español. España, intento de construir una nación desde la injusticia y la opresión, desde la tiranía, ha resultado un elemento odioso para aquellos pueblos que tenían una conciencia nacional desarrollada, y que por tanto se sentían sojuzgados por esta entelequia de lo español, inventada para intentar justificar, dándole un supuesto apoyo popular, lo que no era sino un entramado monárquico imperialista, de defensa de los intereses de unas oligarquías mínimas, de una aristocracia corrupta, de un clero inmoral, a costa de explotar a varios pueblos a éste y al otro lado del mar, comenzando por el propio pueblo castellano, esquilmado para el servicio de una corte de sanguijuelas ociosas, intrigantes, innobles, pacatas y embrutecidas por el fanatismo religioso. 

         Al mismo tiempo aquí, en Castilla, y en otros territorios del imperio con una conciencia nacional menos desarrollada, el término resultó ridículo, y los intentos de exaltación de lo español quedaron asociados a lo cutre, a un patrioterismo hueco y fascista. 

         Por eso es un fracaso anunciado el intento actual de Aznar y los suyos de construir un ‘patriotismo constitucional’ español a imitación de lo que se intentó en la República Federal alemana de la posguerra mundial. Porque si en Alemania ha fracasado ante la realidad nacional, aquí no puede tener sentido de verdadero nacionalismo el español, dado que se basa en una constitución que arrebata la soberanía a la nación, a los ciudadanos, para ponerla en manos de un rey impuesto por el dictador Franco, de unos símbolos heredados del mismo franquismo, y de unos supuestos representantes del pueblo que son en unos casos continuación de aquellos, y en otros fruto de lo que el poder del capital financia a través de unos partidos y unos medios de comunicación que no son sino meras maquinarias de propaganda y marketing electoral. 

         Por eso el nacionalismo español se sitúa y se manifiesta como un claro antinacionalismo, un mero frente contra los nacionalismos que levanten la cabeza y cuestionen un estado no participado, no democrático, no popular. 

         España no sólo tiene un pasado imperialista, opresor, tiránico, explotador y fracasado dentro y fuera de sus fronteras, tiene también un presente imposible porque quienes lo defienden parten de no aceptar la soberanía nacional, la de las naciones que la compondrían, colocando en su lugar una base de arenas tan movedizas como las de la defensa del poder de los de siempre que la actual constitución monárquica consagra. Luego no tiene futuro, su futuro no puede ser otro que el de construir un patriotismo odioso o ridículo. 

 -   Finalmente, nos gustaría recordar una tercera precisión relevante hoy para nosotros del mismo Rousseau, cuando dijo, de nuevo llamando la participación ciudadana comunal para construir verdaderas naciones dignas de ese nombre, que ‘el mundo ha tenido demasiados héroes; nunca ha tenido suficientes ciudadanos’. Ciudadanos, gente partícipe de lo común, eso es lo que hace una nación, lo que hará la nuestra, la castellana, no el sacrificio puntual y heroico por una bandera. El heroísmo, como el nacionalismo étnico, hacen falta para la resistencia, cuando el riesgo de ser disueltos como cultura y como pueblo están presentes como amenaza, y me diréis que probablemente hoy vivimos uno de esos momentos. Sí, pero no olvidemos que además de resistencia hace falta construcción, y que la construcción de una nación, incluso de un mero proyecto de nación, alternativa y viable, exige de la ciudadanía, de ser ciudadanos de una nación, eso sí, no ‘del mundo’, como primer requisito.