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Una
de las ideas que desde hace varios años se vienen repitiendo en
estudios y propuestas de un parte de la Geografía, que aborda
cuestiones sobre política de desarrollo territorial, y más
concretamente sobre el desarrollo regional, es la introducción de los
“espacios de proximidad”. O lo que es lo mismo la puesta en valor
del concepto de comarca, que en el caso de Castilla es un elemento de
vital importancia. Y en consecuencia, es una cuestión que tampoco puede
escapar de la actualidad política castellana.
La
comarca implica un descenso en la escala de actuación de las políticas
de ordenación del territorio, con el fin de llegar al fondo de los
problemas y a la búsqueda de las soluciones más adecuadas en función
de las características geográficas que definen al territorio. Se hace
necesaria la participación activa en esta tarea de los agentes locales
y de los ciudadanos en general, que de este modo ven afianzada en el
escenario comarcal su propia identidad, en unos momentos donde la
globalización económica trata de borrar cualquier tipo de diversidad
tanto en lo cultural como en lo social. Tal vez aquí resida un valor añadido
de las actuaciones a nivel comarcal, que no puede satisfacer la
provincia.
Se
trata, por tanto, de modificar la visión simplificadora de las regiones
y provincias actuales, basadas en un modelo decimonónico ya caduco,
para ir más allá en el conocimiento y explotación racional del
territorio y sus recursos (naturales, culturales y patrimoniales), y
llegar a captar de forma efectiva su complejidad y variedad interior.
Porque no es lo mismo un área cerealista de llanura que un sector de
montaña cantábrica o un área periurbana de una ciudad media, por no
hablar de la región urbana de Madrid. Cada uno de estos territorios
responden a unos rasgos geográficos distintos, diametralmente opuestos
en algunos casos. Son medios naturales muy contrastados, con unas
características de poblamiento, una actividad económica y una
organización social con rasgos propios. Cada una de estas comarcas
poseen además unos pobladores que son conscientes de su singularidad y
que perciben la comarca como “espacio de vida”, del mismo modo que
los habitantes de una ciudad consideramos al barrio. La vida diaria de
estas personas esta dominada por la singularidad de sus elementos geográficos,
tanto físicos (formas de relieve, clima, aguas, suelos y vegetación)
como humanos (población y estructura demográfica, ordenación del
medio rural, elementos urbanos, actividad económica o realidad social
entre otros), de la comarca en la que se asientan. Si estudiamos y
conocemos estos elementos geográficos, podremos mover todas estas
“piezas” de una manera adecuada y contribuir a la sostenibilidad del
medio y a la mejora de la calidad de vida de todos. El mejor tablero
donde realizar estos “movimientos” es la comarca.
La
comarcal es una escala de gestión más sencilla y a la vez más
precisa, puesto que supone introducir en la ordenación del territorio
una coherencia espacial, social, económica, histórica, paisajística y
en general geográfica mucho mayor que la ha ofrecido tradicionalmente
la provincia. A nivel comarcal las relaciones entre las distintas formas
de vida y el complejo ecológico, el medio natural donde se llevan a
cabo, son mucho más estrechas. Una ligazón que se manifiesta de forma
clara en el paisaje geográfico que vemos en nuestros viajes.
La
cuestión comarcal no es para nada una idea nueva, lo que no quiere
decir que no este de moda su aplicación en las modernas políticas
regionales (destacando los esfuerzos realizados en este sentido en Aragón
y Cataluña). Es el momento de reconocer las amplias posibilidades en la
capacidad de desarrollo endógeno y en las políticas de desarrollo
local, que ofrece la comarca. Y es que la comarca se revela no sólo
como una unidad territorial más (que lo es aunque muchos traten de
negarlo), sino como un potencial marco de actuación al que, por tanto,
se le debe dotar de capacidad de decisión y acción a nivel
institucional, pero que sin embargo se le niega a buena parte de
Castilla, y, más grave aún, se trata de evitar por todos los medios.
Por ello se debe de superar de forma progresiva el actual marco
provincial, dotado en el momento de su creación allá por la primera
mitad del siglo XIX de cierta funcionalidad pero que en la actualidad ha
quedado prácticamente inservible. La provincia supone un gran escollo
al desarrollo y aprovechamiento de las potencialidades de Castilla.
Igualmente es un límite para su conocimiento científico, que se vería
muy reforzado si se lograra profundizar en los estudios comarcales.
La
comarca no debe ser concebida únicamente como un ente para la gestión
territorial, sino como algo vivo, activo y óptimo para el conocimiento
de nuestro país. Al descender en la escala de estudio, profundizaremos
y seremos más precisos en nuestro análisis, contribuyendo al
conocimiento geográfico de Castilla y a partir de éste mejorando en la
racionalización de sus recursos (tanto naturales como humano) y
buscando un desarrollo equilibrado. La comarca en Castilla sin duda es
la escala de actuación más operativa, frente a la región y mucho más
frente a la provincia. Permite afrontar la gestión territorial con
todas las garantías para lograr el reequilibrio territorial y la
coherencia subregional, sobre todo si se tienen en cuenta las características
del espacio rural castellano que parece irremediablemente condenado a la
despoblación y el abandono.
A
la hora de afrontar un proceso de delimitación de comarcas en Castilla
lo primero que se aprecia es su gran número, dada la considerable
extensión de esta tierra (y es que efectivamente “Ancha es
Castilla”). Pero a esta amplitud se le une una acusada complejidad del
medio físico, que da como resultado diversos paisajes naturales en
función de los acusados contrastes que presenta el medio físico
castellano, que partiendo de la simple pero efectiva división entre
llanuras y montañas va configurando diversas comarcas naturales. Por
tanto, la impronta del medio natural en la delimitación de las comarcas
es clara y más aún decisiva, teniendo las comarcas naturales un peso
específico significativo en la comarcalización de Castilla. También
la realidad socioeconómica es muy variada. Son muchos los criterios a
seguir y las filosofías de actuación en un proceso de comarcalización
que, sin embargo, siempre tendrán como base firme e ineludible al rico
y variado medio natural en el que se asienta Castilla.
Por
último cabría señalar que para que las comarcas recobren un papel
decisivo en la organización del territorio castellano, no vale su mera
presencia en la realidad geográfica castellana, es decir, que para que
haya comarcas activas y vivas no basta con que estas existan. Es
necesaria una voluntad clara por parte de las fuerzas políticas y de
los agentes sociales en la puesta en marcha de políticas integrales de
desarrollo regional efectivas basadas en la comarca, para afrontar con
las mejores garantías los diversos problemas que afectan a este país.
Pero a esta voluntad de las fuerzas políticas en un proceso de
comarcalización efectivo, habría que añadir una presión social por
parte de los ciudadanos que alimente todo el proceso. Para ello sería
necesaria una mayor cultura territorial y en general una mayor cultura
geográfica, hacer comprender la vital importancia de la existencia de
un modelo territorial adecuado en Castilla, de lo contrario será difícil
que el ciudadano se identifique con su comarca y aún más complicado
que la valore y la defienda. Habría que llegar a una asimilación del
espacio comarcal por parte de las gentes, hasta equipararlo como el
espacio de vida, cosa que se está empezando a apreciar en algunas
comarcas castellanas que han tomado conciencia de su situación.
Voluntad política, presión social en la calle y conocimiento geográfico
del territorio son los componentes más importantes y necesarios para
que la comarca recupere el sitio que le corresponde en el modelo
territorial castellano.
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