HISTORIA DEL MOVIMIENTO COMUNERO EN CASTILLA
- MORIR POR LA COMUNIDAD -

 

Joseph Pérez
Profesor de la Universidad de Burdeos

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EL MOVIMIENTO COMUNERO EN TOLEDO: Homenaje en Toledo a Mª Pacheco y a todo@s l@s Comuner@s el 07/02/04.

CRONOLOGÍA DEL LEVANTAMIENTO DE LAS COMUNIDADES DE CASTILLA


La protesta comunera estalló en Toledo, en el verano de 1519; hallo en Salamanca, en febrero del año siguiente su programa casi definitivo; tuvo su sede en Ávila  primero, luego en Tordesillas y por fin en Valladolid; murió, después de larga agonía  en Toledo en febrero de 1522. A pesar de los ecos que despertó en importantes sectores del campo, el movimiento comunero encontró, pues, en las grandes urbes castellanas sus focos de predilección, su terreno favorito, sus partidarios más decidios.

 Movimiento castellano, movimiento urbano, fue también en todos los sentidos de la palabra un movimiento popular. Bien lo comprendieron así los que, en Toledo, aclamaban al obispo Acuña como “remediador de los pobres” o los vecinos de Segovia, en aquel día de junio de 1521 en que los restos de Juan Bravo se sacaron de Villalar para ser depositados en el sepulcro de la familia: mientras pasaba la comitiva en medio de una muchedumbre impresionante, estrechamente vigilada por las tropas reales vencedoras, las muchachas del pueblo exclamaban: “Doleos de vos, pobrecitos, que éste murió por la comunidad”. Quizá tengamos en este grito de dolor la más sentida definición de los que quisieron ser las comunidades. Juan Bravo, Padilla, Maldonado, los héroes más conocidos de aquel dramático episodio de la historia de Castilla, fueron considerados en el siglo pasado como “mártires de la libertad”. El anacronismo ha sido muchas veces censurado, y con razón; lo que sí se puede afirmar de ellos es que efectivamente murieron, como se gritó en Segovia, por la comunidad, es decir, por una sociedad más fraternal, más calurosa, más humana.

CAUSAS:

 Las causas, hay que buscarlas en las dificultades que conoce Castilla desde principios del siglo XVI y en los cambios políticos que supone el advenimiento de los Austrias.

 El siglo XVI empieza con una serie de malas cosechas, hambres y epidemias. Los precios suben rápidamente, bajan entre 1510 y 1515 (único período de la centuria en que se da el fenómeno) y vuelven a subir tremendamente hasta alcanzar su punto máximo en 1521. Ante la crisis se rompe el equilibrio que los Reyes Católicos habían logrado mantener entre las regiones del reino. El norte (Burgos, la Montaña) y Andalucía resisten más porque el comercio internacional permite mantener cierta actividad. En cambio, la parte central, en torno a Toledo y Valladolid, parece mucho más afectada: los talleres y comercios de Zamora, Segovia, Toledo, Salamanca, Cuenca... encuentran serias dificultades y empiezan a quejarse de los monopolios (el de los burgaleses y extranjeros, sobre todo genoveses). En sendos memoriales redactados en 1515, Pedro de Burgos, vallisoletano a pesar de su apellido y Rodrigo de Luján, madrileño, denuncian la política económica seguida en Castilla, que lleva al país al subdesarrollo, al convertirlo en exportador de materias primas (principalmente la lana) e importador de productos elaborados en le extranjero (los paños de Flandes, por ejemplo).

 La situación política, caracterizada por una serie de problemas dinásticos desde la muerta de Isabel la Católica en 1504 (incapacidad de doña Juana “la Loca”, heredera del trono; reinado efímero de su marido Fernando, Felipe “el Hermoso”; regencias de Fernando el Católico y del cardenal Cisneros) impide que los gobernantes presten a tales dificultades la debida atención.

 En 1516, don Carlos, nieto de los Reyes Católicos, se proclama rey de Castilla contra el parecer de Cisneros y del Consejo Real (ya que no puede ser rey en vida de su madres, doña Juana, a quienes las Cortes no han querido privar de sus derechos) y en octubre de 1517 llega a la Península para hacerse cargo efectivo del gobierno. El nuevo soberano causa mala impresión: no habla castellano; viene rodeado de una corte de consejeros flamencos (entre ellos, el famoso señor de Chievres, que goza de la confianza del rey) que se reparten los oficios y beneficios sin el menor escrúpulo: el caso más escandaloso fue el nombramiento del sobrino de Chievres, un muchacho de veintiún años, como sucesor de Cisneros en el arzobispado de Toledo.

 Pero hay más: en 1519, con Carlos es elegido emperador y decide marchar cuanto antes a Alemania. El hecho cristaliza el descontento que cunde en Castilla. El regimiento de Toledo toma entonces la iniciativa de una campaña nacional, primero contra los impuestos que la corte pretende subir para sufragar los gastos de la coronación imperial y luego contra la misma política imperial.

 La campaña alcanza mayor relieve a principios de 1520 con motivo del llamamiento a Cortes. De los conventos de Salamanca, sale, en febrero, un documento enviado a todas las ciudades de voz y voto en Cortes y que resume las reivindicaciones de Castilla:

 - Contra los impuestos (el servicio) que el rey quiere exigir antes de su partida.

-  Contra el imperio: Castilla no tiene por qué sufragar los gastos del impero; los recursos de Castilla se deben emplear en la defensa exclusiva de Castilla y no sacrificarse al imperio ni quiere estar sometida al imperio.

-  Concluyen con una amenaza velada: si el rey se niega a atender las justas quejas de su pueblo, las Comunidades tendrían que tomar la defensa del reino.

Don Carlos no hace caso de tales advertencias. Reúne Cortes el 31 de marzo en Santiago y el 22 de abril en La Coruña (con la ausencia de los representantes de Toledo y Salamanca) logrando convencer con dádivas y presiones a una mayoría de procuradores que consienten en votar el servicio y el 20 de mayo se marcha rumbo a Flandes y Alemania, dejando como regente y virrey a su antiguo preceptor, el cardenal Adriano.

El descontento llega entones a su colmo. En muchas ciudades castellanas se producen motines contra los procuradores que han votado el servicio, contra los corregidores, contra los arrendadores de impuestos, contra los cómplices de los flamencos... Toledo que, desde el 15 de abril, está regida por una comunidad revolucionaria, compuesta por representantes de todos los estados (lo que ya empezaba a llamarse “Comunidad”, es decir, el poder popular, insurreccional). Toledo dirige el 8 de junio, una carta circular a las ciudades para que envíen sus procuradores a una Junta a fin de protestar contra el servicio y el nombramiento de un gobernador extranjero. La asamblea se reúne a primeros de agosto en Avila, pero queda reducida a la representación de cuatro ciudades: Toledo, Segovia, Salamanca y Toro. 

Alcázar de Segovia

El alcalde Ronquillo trató de aislar por completo a Segovia impidiendo el aprovisionamiento de la ciudad. Algunas escaramuzas le ganaron el repudio de los ciudadanos que se unieron más que nunca en torno a los jefes de la Comunidad y en especial a Juan Bravo. Este resistencia exasperó a Ronquillo y a las autoridades, quienes a finales de junio enviaron a Segovia a favor de la justicia toda la gente de a pie y de a caballo que fuere menester. A las peticiones de auxilio respondió Toledo poniendo toda una milicia en pie de guerra al mando de Juan de Padilla. Por su parte, la Comunidad de Madrid decidió recaudar un impuesto especial para comprar armas y reclutar soldados, que acudirían también a ayudar a los segovianos bajo el mando de Juan de Zapata. 

Medina del Campo

El Consejo Real trata de reaccionar: encarga a Fonseca, jefe del ejército real, que se apodere de los cañones que están depositados en Media del Campo; la población se resiste a entregar sus armas que cree destinadas para combatir a Segovia; de la refriega nace un gigantesco incendio que en pocas horas destruye una parte importante de la villa.

 

El escándalo provocado por el acontecimiento contribuye a aislar al cardenal Adriano y al Consejo Real. Muchas ciudades, que vacilaban todavía, se unen ahora a Toledo; la Junta se traslada a Tordesillas, donde a la sazón residía la reina doña Juana la Loca, y allí se reúnen, en septiembre, trece de las dieciocho ciudades que tienen voz y voto en las cortes.

 LA GUERRA

 Los comuneros parecen dueños de la situación. Pero durante el otoño de 1520 las cosas evolucionan de otro modo: la aristocracia castellana, hasta entonces más bien neutral, se siente amenazada por el movimiento comunero que se extiende ahora en varios sectores del campo castellano. 

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Tordesillas

En el mismo momento, Carlos V nombra al condestable y al almirante de Castilla, dos de los principales magnates del país, como corregentes al lado del cardenal Adriano y hace algunas concesiones, como la renuncia del servicio votado en las Cortes de Santiago-La Coruña. Por otra parte, la Junta de Tordesillas se constituye en gobierno revolucionario; pretende dictar varias condiciones al rey que tienen a limitar seriamente sus prerrogativas. Todo ello asusta a los elementos moderados de la Junta; Burgos acaba apartándose del movimiento en octubre. El ejército real, reconstituido con la ayuda de los nobles, desaloja a los comuneros de Tordesillas el 5 de diciembre de 1520. 

Castillo de los Comuneros

Castillo de Torrelobatón

 

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 Monumento en Villalar

 

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 Lápida conmemorativa en el obelisco de Villalar

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Fragmento de la picota de la que fueron colgadas las cabezas de los caudillos comuneros

La Junta (de la cual se han separado varias ciudades moderadas, a imitación de Burgos) se traslada entonces a Valladolid. Desde allí desarrolla varias acciones bélicas contra los señorías de la Tierra de Campos y las tropas de los grandes, A fines de febrero de 1521, el ejército comunero se apodera de Torrelobatón, fortaleza del almirante, pero no sabe explotar la victoria y, el 23 de abril 1521 cuando las tropas comuneras se dirigen hacia Toro sufren una derrota total en Villalar y el 24 de abril sin proceso alguno son decapitados de madrugada los jefes militares de la Junta; el Segoviano Juan Bravo y el Toledano Juan de Padilla. Horas después, lo es también el salmantino Francisco Maldonado. Toledo con María Pacheco (esposa de Juan de Padilla) todavía resiste durante meses, pero tiene que someterse definitivamente el 2 de febrero de 1522 y María Pacheco tiene que exiliarse a Portugal. 

Después de 1521 se vuelve a una política favorable a las exportaciones y ya no será fácil crear una industria textil dinámica. Castilla parece condenada al subdesarrollo; prefiere exportar la materia prima y comprar en el extranjero productos manufacturados que bien hubiera podido fabricar y hordas de vagabundos, de mendigos, de parados, se desplazan de una ciudad a otra. Esta situación es la que habían denunciado en 1516 Pedro de Burgos y Rodrigo de Luján: la situación que los comuneros querían remediar.

 

Estos fueron los grandes rasgos de la rebelión comunera. ¿Cómo caracterizarla? Repito: principalmente (aunque no exclusivamente) como un movimiento castellano y urbano.

 

 



AREA GEOGRÁFICA: 

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La rebelión tiene sus focos principales en la Meseta Castellana. Andalucía quedó siempre marginada. Ya el 15 de junio de 1520, Córdoba le escribía a Toledo que su intención era de no hallarse en junta alguna. A pesar de una propaganda intensiva, durante el verano de 1520,  a pesar también de algunas tentativas locales, rápidamente sofocadas, en Sevilla y otros puntos, las ciudades andaluzas no se unen al resto del reino.  Hay más: forman, en febrero de 1521, una liga, la Confederación del la Rambla, para contrarrestar los intentos comuneros al sur de la Sierra Morena.

  En las provincias vascongadas, la situación resulta algo confusa. El conde de Salvatierra aprovecha la oportunidad para saldar cuentas atrasadas con el poder real y otros magnates y aparenta solidarizarse con los comuneros, pero su participación no deja de conservar un carácter táctico y accidental. Galicia y Extremadura no parecen tampoco integrarse dentro de la problemática comunera. El área geográfica de la rebelión queda perfectamente delimitada por uno de los virreyes de Carlos V, el condestable de Castilla, quien lo describe lo siguiente al monarca, en 30 de septiembre de 1520:

 “Todo cuanto hay de aquí [Briviesca] a la sierra Morena, todo está levantado”. En la misma carta pone de relieve la lealtad del país vasco y de la Montaña. Meses después, el 2 de febrero de 1521, cuando la contienda alcanza su punto álgido, el condestable vuelve a insistir en lo mismo: “Todo el daño del reino está en medio del reino. El Andalucía y el reino de Granada y la mayor parte de Extremadura y reino de Galicia y Asturias y estas montañas [Burgos y el norte], todo está bueno a lo que parece”.

 No toda Castilla, sin embargo, se adhiere al movimiento. Durante el verano de 1520, se nota que Burgos mantiene sus reservas; sus procuradores en la Junta protestan siempre contra el tono revolucionario que Toledo y Salamanca pretenden dar a la asamblea reunida en Tordesillas. Por fin, Burgos acaba rompiendo con la Junta; a 19 de octubre, los mercaderes que dirigen la ciudad se ponen de acuerdo con el condestable y, contra la opinión de la masa popular –“los comunes”- se inclinan a favor del campo realista y de los grandes. En Burgos, los partidarios de la comunidad estuvieron siempre sometidos a la influencia de los caballeros y negociantes; allí  “se hacía todo a gusto de los ricos”, escribe el cronista del siglo XVI Maldonado, y los ricos no podían contemplar sin inquietud una situación que amenazaba acabar con su predominio. Por esto prefirieron unirse con la aristocracia en su lucha contra los comuneros.

 En cambio, en Valladolid, la presión de los medios populares de artesanos, tenderos y pueblo menudo impide toda desviación; impone al contrario una mayor radicalización. Valladolid se convierte así en uno de los centros más dinámicos del movimiento comunero, desde el cual se presiona a la Junta para que no ceje en sus propósitos.

 El ámbito geográfico de las Comunidades queda así claramente determinado con sus dos polos, sus dos capitales y centros nerviosos: Toledo y Valladolid. Dentro de este marco, todo que se sitúa entre aquellas dos ciudades es comunero: Segovia, Madrid por ejemplo; lo mismo ocurre con las ciudades en torno al eje Valladolid-Toledo: Salamanca, Zamora, Palencia... Más allá, la influencia de la Junta va disminuyendo hasta llegar a las zonas anticomuneras que, en Castilla, empiezan en la comarca de Burgos.

 No cabe duda de que el movimiento comunero expresa el malestar del centro castellano que se considera como desatendido, sacrificado. Sevilla tiene la Casa de la Contratación, el comercia con América, lleno de promesas. Burgos cuenta con los provechos del Consultado y el negocio con Flandes y la Europa del norte. El centro castellano sufre las consecuencias del desempleo, de la crisis de los primeros años del siglo: las lanas de mejor calidad se exportan al extranjero, privando así a los talleres de Segovia, Zamora, Cuenca... de la materia prima indispensable para el desarrollo de las manufacturas textiles. Las nuevas cargas tributarias impuestas por Carlos V acentúan del malestar. Se tiene la impresión de que Castilla va a convertirse en una colonia del imperio, abastecedora de recursos financieros y humanos para una política que nada tiene que ver con los verdaderos intereses del país.

 De aquella inquietud tenemos dos testimonios fidedignos por ser sus autores hombres que gozaron de la confianza del monarca. Se trata de dos de los virreyes, el condestable de Castilla y el cardenal Adriano. El primero ha logrado, en los primeros días del julio de 1520, restablecer más o menos el orden en la ciudad de Burgos, pero se cree en la obligación de llamar la atención de Carlos V sobre los sentimientos exactos del pueblo. En 7 de julio, le escribe lo siguiente:

“Dicen, muy poderoso Señor, que después que Vuestra Majestad comenzó a reinar, ha mostrado poco amor y poca gana de aprovechar a estos reinos vuestros”.

 En los mismos días, desde Valladolid, el cardenal Adriano, al referir escrupulosamente lo que está pasando en Castilla, señala con acierto una de las principales reivindicaciones de los comuneros, dispuestos a resistir a toda dominación y a toda explotación:

“Dicen expresamente que las pecunias de Castilla se deben gastar al provecho de Castilla, y no de Alemania, Aragón, Nápoles, etcétera, y que Vuestra Majestad ha de gobernar cada una tierra con el dinero que de ella recibe”.

 Quedan así perfectamente aclarados los pensamientos y propósitos de unos rebeldes que pretendían ante todo defender el reino contra el mismo rey, acusado de tener poca simpatía para sus súbditos y de no preocuparse en absoluto de lo que hoy llamaríamos la independencia nacional.

 REVOLUCION URBANA

 El campo también aprovechó las circunstancias para tratar de sacudir en varios puntos el yugo señorial, pero la revolución nació, se desarrolló  y murió en las ciudades, unas ciudades que conocen desde finales del siglo XV un crecimiento demográfico y una vida económica e intelectual incuestionables. Felipe Ruiz Martín las ha clasificado de la siguiente manera, según su actividad preponderante: Burgos (unos 9.000 habitantes), Media del Campo (20.000 habitantes), Toledo (30.000 habitantes) se dedican principalmente al comercio; Segovia (15.000 habitantes) y Cuenca a las manufacturas de pagos y a la ganadería; Salamanca (13.000 habitantes) a la agricultura y a la actividad universitaria; Valladolid (38.000 habitantes), sede de la Chancillería, a las tareas burocráticas, jurídicas y administrativas, al artesanado de lujo también, como lo ha demostrado Bennassar en su libro sobre la villa.

 Aquellas ciudades atraen el exceso de población rural. Del campo acuden a ellas labradores en busca de empleos y de una vida menos miserable. Pero los talleres, las casas señoriales o burguesas, los palacios y oficinas del Estado no siempre bastan a ocupar a los recién llegados; las Cortes celebradas en Valladolid, en 1518, en presencia de don Carlos que acaba de llegar a Castilla, ya han dado un grito de alarma ante la marea de mendigos, maleantes y pícaros que viven en los centros urbanos, atraídos por el lujo, la vida fácil, el dinero que corre...

 Este es, pues, el trasfondo social de las Comunidades: un mundo urbano, caracterizado por grandes concentraciones humanas, por lo menos para la época, por estampas de un lujo soberbio, por tremendos desniveles clasicistas entre ricos y pobres, con sus tentaciones e inquietudes. Este es el ambiente en que se mueven los personajes de La Celestina y de las novelas del ciclo celestinesco, tan de moda entonces, el ambiente del hampa que cobijan las grandes ciudades en aquella época de crecimiento demográfico y de concentración urbana.

 Este es también el telón de fondo en que aparecen las comunidades, con sus esperanzas y sus proyectos que pronto quedarán frustrados, a raíz de la derrota de Villalar.

 En el movimiento comunero cuajaron las ilusiones, las aspiraciones y las inquietudes de aquellas poblaciones urbanas y el afán por reforzar los lazos de solidaridad entre miembros de una misma nación y de una misma ciudad. Lo dice bien a las claras la misma palabra de comunidad que acabará dando su nombre a todo el episodio: se trata de fomentar la participación de todos los vecinas –castellanos y comuneros, en el sentido estricto de la palabra, es decir, hombres del común, del tercer estado- en la vida municipal por medio de juntas locales, de ayuntamientos públicos, de reuniones de barrios, en las cuales todos tienen derecho de intervenir libremente y las decisiones deben conformarse con la voluntad general, sin que los privilegios de sangre o de fortuna tiendan a predominar.

 Estas comunidades locales así entendidas tienen, pues, tendencias marcadamente igualitarias y en ciertas ocasiones republicanas. ¿Se pensó entonces en transformar a Castilla en una federación de ciudades libres como las que existían en Italia?. Hay indicios bastantes para creerlo. De todas formas, el proyecto comunero tendía a una amplia comunión social que uniría todos los sectores de la población –caballeros, pueblo y clerecía-, acabando con las desigualdades anteriores y devolviendo a cada uno su dignidad personal: “En esto principalmente se hace [se trata] de vuestra libertad y de [la de] vuestros hijos y descendientes, y como seais tratados como hombres y súbditos, y no como esclavos”, escribe la Comunidad de Valladolid, en enero de 1521 a los vecinos de Becerril y Santa María del Campo, para animarlos a unirse al movimiento. Se comprende, en estas condiciones, la resistencia de los nobles y de todos los que no quieren renunciar a sus privilegios; éstos se excluyen a sí mismos de la comunidad, que los trata lógicamente como traidores y adversarios.

 Entre las varias comunidades locales se establecen también lazos de hermandad y solidaridad. Porque temían que su artillería se emplease para castigar Segovia, los vecinos de Medina del Campo resistieron hasta que se quemó su vida; y porque se incendió Medina, acudieron los procuradores de casi toda Castilla a Tordesillas y uno de los primeros actos de la Junta allí congregada fue redactar una carta de hermandad en la que cada ciudad se comprometía a defender a cualquier otra que se viera amenazada.

 ¿Cabe hablar ya de un sentimiento nacional? Maravall prefiere emplear el término menos anacrónico de protonacional para caracterizar lo que está naciendo entonces. De todas formas, no cabe duda de que las comunidades desarrollaron una fuerte corriente de solidaridad, primero dentro del recinto de las ciudades y luego entre las distintas ciudades, solidaridad que chocó con la dinastía, acusada de no tener en cuenta los verdaderos intereses de Castilla, y con la aristocracia, sólo preocupada por defender y ampliar sus privilegios muchas veces a expensas del “patrimonio real” es decir, de la colectividad, del bien común. Dentro de esta perspectiva, era lógico que los hombre de necios de Burgos, dominados ya por pruritos aristocráticos, se apartaran del bando comunero y contribuyeran eficazmente a su derrota.

 Así se explica el papel preponderante que desempeñaron las ciudades castellanas en el movimiento comunero. De Toledo, Madrid, Valladolid, Segovia, Salamanca, Palencia, Zamora... salieron los jefes militares (Padilla, Maldonado, Bravo, Zapata) o políticos (don Pedro Laso de la Vega, el licenciado Bernardino, Alonso de Saravia...) del movimiento; de aquellas ciudades sacaron los comuneros sus milicias, sus recursos financieros, sus partidarios más entusiastas en los medios artesanos, tenderos, operarios; allí se forjaron formas nuevas de vida política: asambleas populares (las cuadrillas de Valladolid, las parroquias  de Toledo, las colaciones de Segovia, las vecindades de Burgos...) que se reunían en las iglesias y discutían los problemas candentes; los conventos y universidades (en Salamanca, Valladolid, Alcalá de Henares) dieron al movimiento sus intelectuales (letrados, abogados, escribanos, teólogos, profesores) y sus propagandistas (los frailes dominicos y franciscanos) que explicaban a los vecinos, desde el púlpito, que “el reino no es del rey, sino de la comunidad”.