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El
poder judicial (I): Releyendo a Montesquieu
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| Autor:
fidel cordero, un comunero del siglo XXI |
| 11/05/10
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De
entre las muchas descalificaciones malintencionadas que sobre el
pensamiento radical se vierten a menudo, me llama la atención una.
Aquella que, pasando por alto la necesidad de que el pensamiento
político (como todos los demás pensamientos, por cierto) vaya hasta la
raíz (de ahí radical) de las cosas, da por hecho que los radicales
extremamos nuestro discurso desde posturas irracionales opuestas al
sistema actual, sin intentar antes analizar, en positivo, la
funcionalidad, la utilidad, la racionalidad en suma, de la parte del
sistema que estemos criticando en cada caso.
En otras palabras, es como
calificarnos de extremistas, para así negarnos cualquier posibilidad de
representar la opinión del hombre medio. Olvidando que el hombre medio,
el ciudadano del común, suele aún en esta tierra nuestra, y pese a
todos los intentos de alienación mediática, mantener esa sensatez
común que no cede a chantajes (ni al de la moderación, siquiera). Y
que no tiembla ante extremos y rigores lógicos si a ellos le lleva el
buen pensar. Y que hace que se oigan en la calle los pensamientos más
lúcidos y más independientes. Y que nos hace estar tan orgullosos de
nuestra cultura popular castellana, vieja y nueva, tan socarrona y tan
insobornable, tan irreverente y tan sabia. Y que nos hace estar, hasta
en la lógica, orgullosos de sentirnos comuneros, hoy, como siempre,
ante los ídolos que se nos pongan por delante. En este caso, en
nuestros días, el poder judicial. Sin miedo, una vez más, a ‘aquellos
que firmaron la sentencia’.
Mientras, los que defienden el
Poder a secas han dado últimamente en considerar radicales a todos los
que cuestionan el poder judicial. Y a acercar así la opinión del
común con las más radicales. Y a falta de argumentos de peso para
defender lo indefendible, o para acallar el clamor social contra los
abusos de toda índole de los que detentan este poder, estos defensores
a ultranza de la judicatura española nos vuelven a recordar la lección
fundacional, según la cual hubo unos ilustrados sabios –el ilustre ya
para tanto ilustrísimo, barón de Montesquieu- que pensaron que era
mejor dividir el poder, para que si el ejecutivo, el legislativo y el
judicial se separaban en distintas manos, la probabilidad de que alguien
acumulara demasiado poder se redujese. Por eso sería bueno que hubiera
un poder judicial independiente, lo más independiente posible, de lo
que deducen que lo más viciado del sistema judicial español estaría
en lo poco que cambió la actual ‘democracia’ ‘representativa’:
la influencia de los partidos políticos –o del legislativo y el
ejecutivo, en términos de poderes- en el poder judicial, vía fiscalía
y consejo general del poder judicial. Falacias múltiples, y graves
errores y engaños aún más graves. Veamos poco a poco:
Primero, se ignora –deliberadamente-
la realidad. La social, la única pertinente para hablar de política.
La que conocemos todos, y sufrimos bastantes, de unos funcionarios –que
eso son los Jueces, por la forma en que adquieren su puesto- que no
actúan como tales, más que cuando se trata de eludir responsabilidades
apelando a la obediencia debida, o a la excusa pueril de la falta de
medios. No actúan como funcionarios, no quieren reducirse a eso.
Actúan como un poder soberano, y reivindican serlo cuando se intenta
controlar su poder despótico. Pero no les he visto plantearse nunca de
dónde viene la legitimidad de ese poder. Porque en un estado
democrático debería venir de la nación, la única soberana, como
pretenden los del poder ejecutivo o legislativo cuando recuerdan que se
les ha votado. Discutible, sí. Mejorable, y mucho. Pero a estos ni se
les ha votado, ni quieren que se introduzca la opinión de la nación en
sus nombramientos, ni en el control de sus actuaciones, porque rechazan
rabiosamente cualquier principio que recuerde el de la soberanía
nacional o que cuestione su poder omnímodo.
Por contra, ellos se aferran
con todo su poder a que sólo ellos mismos puedan revisar sus sentencias
y procedimientos, convirtiéndose así en un poder autocrático, es
decir, fuera de control, y por ello potencialmente tiránico. No hablo
en abstracto, es práctica cotidiana en todos los juzgados del estado
tener que soportar de continuo la soberbia, los malos modos y las
arbitrariedades de unos funcionarios que se sitúan más allá del bien
y del mal, conculcando sin rubor los principios más elementales del
orden jurídico, comenzando por la presunción de inocencia, por
ejemplo. Los mismos principios de los que ellos debieran ser guardianes
celosos. Y esto se repite en todas las instancias a las que se recurra.
Y ahí viene entonces mi
segunda cuestión, básica también: ¿de qué son los jueces entonces
guardianes celosos, aparte de su propio poder político y social? ¿a
quién defienden?
Si revisamos las sentencias
trascendentales, o las más mínimas cotidianas, vemos que van en un
sentido inequívoco: en el peor sentido del término conservador: no se
trata sólo de preservar el orden social imperante, sino de aplastar
sistemáticamente cualquier actitud crítica, cualquier ejercicio del
derecho a disentir, cualquier asomo de sentirse ciudadano igual en
derechos a ellos, a los sacerdotes que tienen el monopolio de
interpretar el derecho. Aunque sean unos ignorantes deliberados en
cualquier fundamento de ciencia social, o de las bases éticas más
elementales. No importa. Aunque desprecien a sus conciudadanos, aunque
se burlen en privado y en público de la democracia, aunque no renieguen
ni de su pasado a favor de la dictadura.
El Derecho, como el sábado de
los evangelios, se habrá hecho para el hombre, para la convivencia,
pero ellos siguen viéndolo al revés, como los antiguos fariseos, y es
el hombre, la sociedad, los que tenemos que acomodarnos al derecho. A su
derecho. A su arbitraria, contradictoria y nunca profunda
interpretación de las tablas de la ley. Que curiosamente se suele
alinear con los que tienen ya el poder económico y social dominante.
¿Qué función de reparto de
poderes hacen entonces? ¿En qué atenúan los posibles abusos de los
legisladores o del poder ejecutivo? ¿En aplastar los pocos intentos
reformistas que surjan entre estos? Parece que así lo han entendido
¿No hay que releer a Montesquieu?
Porque el ilustre ilustrado
francés valoraba el sistema inglés de su época por su oposición al
absolutismo, y desde la visión que nos dan los casi tres siglos
transcurridos más parece que al absolutismo le habían cortado las alas
en Inglaterra los revolucionarios del común, y no las consideraciones
del barón francés. Los comuners que pararon con sus costillas de acero
a la nobleza y al rey absoluto, a los que arrebataron la arbitrariedad
del mismo modo que los compatriotas de Montesquieu harían pocos años
después. De un tajo. Las revoluciones atenuaron el abuso de poder del
despotismo, y los magistrados y los juristas que encabezaron esas dos
revoluciones –esos sí merecían de verdad llamarse así- se opusieron
en nombre del Común a la tiranía.
Que no nos quieran engañar tan
burdamente: si hay que atenuar poderes excesivos, que haya jurados,
procuradores del común, juntas arbitrales e instituciones democráticas
que representen en lo judicial esa voluntad de todos democrática. Y
estudios serios de la opinión pública, para escucharla, no para
manipularla. Y no campañas sistemáticas para ridiculizarla –como
lleva haciéndose hace ya más de veinte años en los medios de
comunicación, cada vez que la participación popular se escenifica con
masas embrutecidas de figurantes zafios que abuchean o vitorean a sus
partidarios, o con la presencia de los que en vez de debatir se gritan,
se insultan o se amenazan-. ¿No os resulta sospechoso que de una
ciudadanía cada vez más consciente los supuestos ejemplos que aparecen
en televisión sean progresivamente más impresentables? ¿No se trata
de desacreditar deliberadamente lo popular?
Y desde luego, que se
inspeccione, como se inspecciona a otros funcionarios, las actuaciones
judiciales cada vez que atentan contra el bien común. Sólo una
justicia así, desde la aplicación social del sentido común, y con el
objetivo del bien común, es decir, una justicia comunera, podrá
llamarse justicia. Si no, una vez más, tendremos al enemigo en casa. Y
pagado por nosotros, y contra nosotros. Como en las antiguas caricaturas
decimonónicas, en que se veía a los funcionarios del gobierno liberal
como pagaban al clero que movía, con ese mismo dinero y a escondidas,
guerra contra la misma sociedad que les estaba manteniendo. Vamos, más
o menos como ahora.
Y yo me pregunto lo de siempre
también, lo que es ya opinión común: ¿es que no hay más remedio en
nuestras naciones que optar entre los liberales que permanecen inactivos
ante lo que va mal, y los reaccionarios que están dispuestos a actuar
con energía, pero para cargar el peso del esfuerzo sobre el común y
castigar a los más débiles, reforzando una vez más a los poderosos?
¿Es que no hay ni siquiera unos reformistas enérgicos?
Despertemos, hermanos del
común, para ser capaces de cohesionarnos, porque somos más y mejores,
y llevamos razón, y otros pueblos, y el paso del tiempo nos la dan. Hay
que cohesionar ese común y parar ya los pies a los que abusan, a los
que especulan, a los que causan las crisis y se benefician luego de
ellas, y a los que desde la irónicamente denominada
Entre
un pueblo y una ciudad castellanos, a 11 de Mayo del 2010
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