Diversas posturas


Autor: Fidel Cordero, un comunero del siglo XXI
26/06/10

 

 

Estos días de junio, con el calor creciente, los días, cada vez más luminosos, parecen cegarnos. Oímos, entre los compañeros, la necesidad de ir a la huelga, para mostrar al gobierno y a la opinión pública que no nos quedaremos parados ante el empeoramiento de nuestras condiciones laborales, ante la evidente injusticia de querer que jubilados y funcionarios paguen la crisis de los especuladores.

Pero, de súbito, otros compañeros plantean que la huelga es dejarles aún más dinero, y que ellos no están dispuestos, que lo que hay que hacer es una huelga salvaje, indefinida, que paralice el país. Según lo dicen –suelen ser viejos luchadores- su gesto desencantado muestra la desconfianza en que los demás, o al menos una parte significativa, les secundemos.

 

Por el contrario, los compañeros más jóvenes plantean acciones más visibles, más pintorescas, más escenificadas (de carteles en la calle hasta atracos simbólicos de bancos por grupos de funcionarios, para devolver al mundo su orden), mientras se quejan de lo demagógico de las posturas de los sindicalistas oficiales.

Mientras, la mayoría desconfía de unos sindicalistas que traicionaron ya su espíritu en los 80, cuando las reconversiones, y de ahí sólo salen dos posturas mayoritarias: o se acepta que manda el capital, aunque no sea ya ese complaciente capitalismo de consumo de las buenas rachas, sino este despiadado, ineficaz e inseguro de la especulación financiera; o se patalea contra él.

Si se acepta, hay que plegarse, y cuanto antes, a esa realidad ‘fáctica’. Y ahí no se entiende por qué este gobierno de España (como otros cuantos, pero éste sin dudarlo) han estado resistiéndose a aceptar las presiones del poder financiero si al final iban a doblegarse a su dictado. Incongruencia, desde el principio, o imprevisión, y al final debilidad. Cierto por tanto el análisis de la derecha social, hasta ahí al menos. La izquierda real les acusa además de cobardía, evidente en esta sumisión final, y en muchos casos de complicidad desde el principio. En cualquier caso se coincide en la incoherencia, engaño o vacilación dañina de estos socialdemócratas. Una vez más. Recientemente demasiado a menudo.

¿Y si se patalea? ¿Hay alternativas? Es fácil limitarse a gruñir contra un poder injusto. Más fácil aún enumerar las injusticias, crecientes o no, de este sistema económico social y político que nos gobierna. Pero, ¿hay valor para oponérsele? Y, si lo hubiera, ¿hay fuerza suficiente?, y sobre todo ¿luego qué? ¿Hay una alternativa clara? Muchos nos oponemos, pero no coincidimos en las soluciones, y casi nadie plantea una solución clara, y sobre todo casi ningún grupo tiene una solución consensuada.

Como en la adolescencia -quizá es esta otra adolescencia de la humanidad- sabemos lo que no queremos, pero no está claro lo que queremos. Y así no convencemos a los suficientes indecisos, que prefieren seguir viviendo de rodillas, o ir tirando sentados, como decía el otro, a morir depié. Pidiendo héroes se atrae a pocos, máxime si las contrapartidas no están claras, porque de héroe se puede pasar a ser un mártir, o directamente un imbécil.

Diversas posturas. Y pocas eficaces. ¿Qué hacer? Yo, desde mi radicalismo comunero, y desde mi gusto por el análisis histórico, no lo veo tan confuso. Pasa lo de tantos periodos prerrevolucionarios. Falta una masa social crítica, suficiente, y bien situada, para que todo salte. Las revoluciones las suele iniciar un sector social limitado, pero que prende en una mayoría dispuesta. Y, por más planes previos que traigan, el resultado es lo que desde abajo surge, lo que ya se podía prever de antemano, lo que el devenir histórico iba anunciando. Hoy, el fin de este sistema, por sus enormes riesgos para el sostenimiento de los recursos, por la enorme violencia política, social y económica que genera, porque en definitiva, este sistema no sirve, entorpece lo que los últimos avances técnicos y sociales han avanzado en bienestar y en libertades en los últimos treinta años. No da más de sí.

Y ¿qué hacer ahora? Mucho, y muy poco a la vez. Yo os propongo: primero, consolidar la percepción creciente entre toda la ciudadanía de que les están engañando en lo económico, de que no gobiernan bien en lo político, ni siquiera mantienen la soberanía nacional mínima, de que lo social no es satisfactorio, de que la administración de justicia no garantiza casi ninguna justicia y de que la relación con el futuro es cuando menos arriesgada en exceso, por lo que en consecuencia vivimos en una tensión personal innecesaria, en la infelicidad en suma.

Después, convencer de nuevo, y coordinar, que es más complejo, una insumisión masiva, ciudadana, en principio -y por principios- pacífica (pero también por principios –ius resistendi- con derecho a la resistencia, a la defensa propia, ante la agresión/ tiranía que intentara forzarnos a la obediencia) para anular el estado de cosas actual. La insumisión es hoy fácil, porque el concepto de autoridad está muy deteriorado socialmente, y porque los que mandan, en todos los sentidos, se han deslegitimado solos. Los que queremos el cambio, por el contrario, no sólo somos más, somos también los mejores. Y esto de nuevo es evidente.

Tercero, y definitivo, por ahora, autoorganización, desde la base, de las comunidades ciudadanas, productivas o de cualquier otro tipo. Para rehacer la sociedad desde esa misma base, y sin perder nunca la soberanía del común, de todos los ciudadanos, participantes en las decisiones comunes. La sociedad que queramos hacer, y las reglas económicas o jurídicas que queramos darnos, las institucionalizaciones en suma, que vayan surgiendo de ahí, de todos, desde el sentido común, desde las reflexiones informadas que en cada territorio y ciudad, en cada sector de actividad productiva hagamos. Información, en esta sociedad del conocimiento, de la de verdad, no propaganda, hay mucha, casi se podría decir que sobrada, como hay sobrados recursos técnicos para vivir muy bien todos. Ese no puede ser hoy el problema. La clave es que las decisiones sean participadas por todos, y para todos.

Y hay que ponerse a ello, ya, entendiendo las diversas posturas, pero evitando la del ahogado o la del muerto social, o la del resignado sumiso. A ello, castellanos de alma, como nos llamaba Miguel Hernández, labrados como la tierra -decía él-, y airosos como las alas. Hoy, a veces, habría que decir más bien ‘castellanos de alma / pisados como la tierra’, pero también seguir de otro modo ‘y airosos como las balas’. Que vuelan también, pero que no se quiebran tan fácilmente. Esperemos que no sean más que metáfora, de decisión, de rapidez, de resistencia.

Adelante

Salud

Toledo, a 26 de junio del 2010