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Somos
nacionalistas siguiendo la tradición comunera de que el reino mande
sobre el rey y no al revés, de que la nación mande sobre sus
representantes. No como pasa hoy, que nuestros supuestos representantes
actúan de espaldas a los intereses y las opiniones de las naciones que
representan, de los ciudadanos de Castilla en nuestro caso.
Así,
nuestro nacionalismo es un nacionalismo cívico, político, centrado en
la soberanía nacional: que seamos los ciudadanos quienes decidamos por
nosotros mismos nuestro presente y nuestro futuro político, el de
nuestra nación, sin reyes impuestos, sin tutelas imperialistas, desde
las comunidades sociales en las que vivimos y trabajamos,
autogestionando al máximo nuestros propios recursos, los que forman
nuestro patrimonio, los que heredamos de nuestros antepasados y los que
generamos día a día con nuestro trabajo y nuestro ingenio. Debemos ser
soberanos desde abajo: desde el común, desde el barrio y desde la
comarca, defendiendo el entorno en el que vivimos.
Nuestro
nacionalismo implica por tanto una verdadera democracia, participativa,
horizontal, activa, en la que todos los ciudadanos de la nación seamos
políticamente iguales, en la que nadie sea más que nadie. Esta es la
verdadera democracia, la de los ciudadanos, la de las comunidades, la de
los pueblos y las naciones, frente a la democracia formal actual de los
partidos y la prensa, y las instituciones y la burocracia, ese simulacro
de democracia en que unos pocos, los que tienen el poder y manejan los
medios de comunicación, deciden por nosotros, manipulando además
nuestras opiniones, nuestra propia visión de la realidad.
En
el pensamiento comunero, por tanto, defensa de la nación, soberanía
popular, autogestión y perspectiva ecológica son cuatro facetas de una
misma cosa.
¿Y
quiénes forman esa gran comunidad de comunidades que llamamos Castilla?
¿Quiénes consideramos castellanos? Para nosotros, castellano es todo
aquel que trabaje y viva en Castilla, con independencia de su origen,
porque así se forman las comunidades reales en que vivimos, y muy
peculiarmente la nuestra: Castilla nace hace ya un milenio fruto de un
singular mestizaje entre gentes del Norte, repobladoras de la meseta,
habitantes mozárabes y judíos de los territorios centrales e
influencias culturales del ámbito andalusí, como se refleja en nuestro
patrimonio, en nuestras costumbres y en nuestra lengua: el castellano.
Ni
que decir tiene que no consideraremos castellano a quien nos expolia,
por muchas generaciones que sus antepasados lleven en nuestra tierra
haciéndolo, ni a las multinacionales que se aposentan aquí a exprimir
nuestros recursos y a nuestros vecinos.
Por
la misma razón renegamos de los que han querido hacer en el pasado y
quieren hacer hoy de Castilla el centro de un imperio, la tierra
proveedora de la carne de cañón necesaria para la conquista y la
colonización, que hace grandes a los poderosos y arruina a los pueblos.
Esto es lo que ha pasado con la Castilla que se usó como base del
imperio español, como temían los comuneros ya del siglo XVI cuando se
sublevaron.
Y
hoy es el proyecto que los españolistas siguen teniendo para con
nuestra gente: se nos quiere seguir usando para oprimir a otros pueblos
del reino y para explotar de nuevo a las naciones hermanas allende los
mares, o a las que coyunturalmente decida el tío Sam del gran imperio
yanqui que debemos ir a sojuzgar.
Nos
negaremos y nos resistiremos a ello con todas nuestras fuerzas, por el
bien de nuestra nación y porque nuestro nacionalismo nos identifica y
nos hace respetuosos con las luchas nacionales de otros pueblos. Es más,
esa solidaridad con otros pueblos no se puede quedar en un hipócrita
cosmopolitismo que en el mejor de los casos coge de cada nación lo más
pintoresco, lo más consumible en términos folklóricos para añadirlo
a la cesta de la cultura global arrasadora de identidades. No, nuestra
solidaridad debe ser internacionalista, siguiendo la estela del Ché
Guevara y de los nacionalistas más heroicos, que en el pasado siglo XX
lucharon por la independencia de sus pueblos y contra el imperialismo y
la colonización, contra la explotación del hombre.
Empezando
por las naciones del reino de España, siguiendo con las vecinas y
hermanas en la lengua del mundo hispano, nuestro internacionalismo nos
hace sentirnos identificados con sus luchas. La defensa de nuestra nación
contra los que la explotan nos obliga a ayudarles en su defensa contra
quienes les oprimen, vengan de donde vengan.
Esa
es la razón de que tengamos serias objeciones que hacer también al
proyecto europeo tal y como se está construyendo en la Unión Europea,
como un entramado burocrático, financiero y colonizador para la
explotación de los países menos desarrollados del mundo y sus
poblaciones. Si Castilla es europea por razones históricas y geográficas
debe serlo hoy políticamente como parte de una Europa digna, libre,
civilizada, respetuosa, igualitaria, social, una Europa de los pueblos y
para los pueblos, levantada contra la tiranía mundial y no a su
servicio. Por eso, hoy por hoy, no nos podemos sentir ni españoles ni
europeos, sino castellanos comuneros. Y orgullosos de serlo, y con afán
de desarrollarnos así. Y junto a otras naciones.
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