|
Castellanos
|
|
| Ray
Loriga. (Escritor, director y guionista de cine) |
| Obtenido
de: El País 29/08/04 |
| 04/09/04 |
|
Esto
lo he oído en una terraza de la plaza Mayor. Lo malo de pasarse el día
viendo las olimpiadas es que me doy cuenta de todas las cosas que no sé
hacer. Tan sólo un día antes, viniendo del aeropuerto, un taxista me
dijo: Las mujeres casadas no acaban de tener muy claro lo que pesan las
maletas. En un bar de la calle Segovia, el camarero le sirvió una
cerveza a un tipo estirado que después de probarla le increpó
diciendo: Ésta no es una Heineken, que yo conozco mi cerveza. El
camarero, sin inmutarse, le sirvió otra y después se bebió de un
trago la cerveza despreciada. No se preocupe, le contestó al cliente,
que yo me bebo mis errores. Por alguna razón en Madrid nunca se dice
nada que no tenga al menos un regate. Hay una cierta sorna castellana
que, a pesar del SMS y la prensa deportiva, aún no se ha perdido. Mi
abuelo, que en paz descanse, lo decía todo con segundas. Era seguidor
de Quevedo con la misma devoción con que otra gente es seguidora de Bob
Dylan. Recuerdo larguísimos paseos por el Retiro hablando de Quevedo,
saludando por su nombre a los guardeses que vestían como los últimos
de Filipinas, pero en pana. Hace poco un buen amigo, muy culé pero muy
amigo, me dijo que si los madrileños fuéramos un poco más castellanos
y menos madrileños nos iría mejor.
Puede
que tenga razón. Lo cierto es que los madrileños en general le caemos
mal a todo el mundo. Por no hablar de los madridistas. Si uno tiene la
mala fortuna de ser varón, madridista, blanco y encima heterosexual,
tiene que declararse culpable de todos los crímenes cometidos contra la
humanidad. No hay más remedio. Lo peor de todo es que los madrileños,
e incluso los madridistas, también nos caemos mal entre nosotros.
Cuando vuelve uno a casa después de las vacaciones no se encuentra
precisamente con el abrazo de sus paisanos. En esta ciudad se pelea por
cada metro cuadrado, ya sea de vivienda o de aparcamiento. Aquí no hay
causa común, ni sardana que nos arrime, aquí todo se baila al ritmo de
sálvese quien pueda. Y así nos va. Ni nos queremos ni nos quieren.
Puede que aún estemos a tiempo de empezar a mirar a España de reojo,
incluso con desprecio, y volvernos a cambio más castellanos. Tengo otro
amigo que ha desarrollado todo un plan Ibarretxe que corta el mundo
alrededor de su manzana, de manera que más allá del bar de la esquina,
la tierra se vuelve plana y no hay más que abismos y dragones. Si fuéramos
muy castellanos y nada españoles haríamos más amigos y pasaríamos
mejor el verano. Y es que en esta absurda ciudad sin mar ni ríos no nos
queda más remedio que salir a mendigar un pedacito de costa cada vez
que se disparan esos termómetros fantasma que el Ayuntamiento, sólo
Dios sabe por qué, nos robó de la noche a la mañana.
Si
fuéramos más castellanos, podríamos estar sanamente orgullosos de
algunas de nuestras cosas, de esa mala leche castellana, de ese humor
tan oscuro, de algunas copas de Europa, del niño Torres, del revuelto
Julio Camba de Casa Ciriaco y hasta del barrio de Chueca.
Ahora
que lo provinciano es ser español y lo moderno es ser muy de tu pueblo,
no estaría de más recordar que este Madrid insoportable no es sino un
pueblo muy grande clavado en el centro de un páramo muy viejo. A la
sombra de nuestros pocos árboles se pasan muy bien los días, y al
rencor que se acumula en nuestras playas siempre podremos levantarle los
diques de la historia. Aquí en Madrid se luchó hasta el último
aliento contra ese monstruo que después convirtió el palco del
Santiago Bernabéu en el salón de su casa. No hablo de Aznar,
pobrecito, que al fin y al cabo entró y salió con los votos en la
mano, sino del otro. Aquí mismo, en este suelo, se pintó la raya del
no pasarán, y, joder que si pasaron, pero eso no es culpa nuestra.
Algún
día, yo ya no lo veré, España dejará por fin de dolernos tanto y
Madrid no será más que un lugar en el que pasar, de cuando en cuando,
los inviernos.
|