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LA ASIGNATURA DE RELIGIÓN
Y LA LEY DE CALIDAD ¿Se imagina la lectora o el lector que algún día, las y los comunistas, invocando algún pretendido derecho, procurasen que el gobierno legislase el modo de tratar las asignaturas de Historia Universal o la de Historia de España, de tal modo que a la hora de estas clases el alumnado se desdoblase en dos grupos, y que uno de ellos recibiese estas clases desde la perspectiva comunista, y el otro desde otro punto de vista más ecuánime y no tan definido? ¿Y que para evitar agravios comparativos, por lo menos en principio, se extendiese el derecho a recibir esas clases desde perspectivas concretas también al alumnado cuyas familias profesasen otras opiniones políticas siempre y cuando fuesen un número considerable de alumnas o alumnos? Incluso a mí que me considero comunista me parece una idea absurda y estúpida. Pues bien, mutatis mutandi, esto es lo que ha venido a hacer el Partido Popular con la asignatura de religión y su alternativa en la nueva Ley de Calidad de la Enseñanza (LOCE): se crea un área llamada Sociedad, Cultura y Religión, que se supone se ocupa del hecho religioso y se imparte de dos modos diferentes, uno desde una perspectiva confesional (que puede ser la católica u otra si hay alumnado suficiente –protestante, judío o musulmán-) y el otro desde un punto de vista laico para el resto de chicas y chicos (sin distinción entre el ateísmo, agnosticismo u otras confesiones minoritarias que puedan tener las familias de este alumnado). Y además, estas asignaturas pasan de no ser evaluables ni computables para la nota media, a serlo, equiparándose al resto de asignaturas con contenidos científicos. Ciertamente hay que reconocer que el tema de la enseñanza de contenidos confesionales en la Educación pública, no lo olvidemos, pública, es muy complejo. Más que nada por las susceptibilidades y pareceres que se pueden ofender al opinar en este tema. Sin embargo, callarse una opinión no es la mejor manera de respetar a otras. Por eso me creo en el derecho (y obligación en conciencia) de expresar ésta mi opinión: que la asignatura de religión en sentido confesional debe desaparecer ipso facto de los centros docentes públicos. Y es que aquí se están confundiendo las cosas cuando se debate de este tema. Cierto es que las familias tienen el derecho de educar a sus hijos e hijas en las creencias que consideren más adecuadas, por extravangantes que sean (y extravagante es, a mi modo de ver, que una virgen dé a luz o que Jesús de Nazaret convierta agua en vino o que resucite después de morir), siempre y cuando se respeten los derechos humanos y de la infancia. Pero también debe quedar claro que este derecho de las familias no tiene porqué realizarse en los centros educativos públicos con una asignatura exclusiva para ello. Porque digo yo que, si no me equivoco, todavía existen parroquias, mezquitas, sinagogas, salones del reino y otros recintos así en los que con total libertad se puede enseñar cualquier doctrina religiosa y donde las familias también pueden llevar a sus hijos e hijas a que se les eduque como quieran. ¿O no es así? Y por esto mismo no entiendo porqué el empeño de las confesiones mayoritarias en ejercer su labor “educativa” en los centros públicos. Pues miren ustedes, cada cosa en su sitio: en los centros docentes públicos se debe educar y formar al alumnado en contenidos, habilidades y valores que les capaciten para insertarse y desenvolverse en nuestra sociedad democrática y pluralista como ciudadanas y ciudadanos de pleno derecho. Y para ello deben recibir una educación científica, humanística y tecnológica comprensiva e integral, con contenidos pertinentes y propios para estos objetivos (todo lo contrario de lo que se va a lograr con los dichosos itinerarios de la mencionada LOCE, dicho sea de paso). Y no acierto yo a ver porqué en este modelo de educación debe haber un hueco para que determinadas confesiones religiosas inculquen sus puntos de vista sobre la religión a una parte del alumnado. Que el hecho religioso es una realidad histórica y aún actual, que ha determinado la historia y en buena parte a la humanidad, para bien o para mal (pues tan históricos y cristianos fueron la madre Teresa de Calcuta como el inquisidor Torquemada), no lo puede negar nadie, de ahí que estemos de acuerdo en la necesidad de que el alumnado estudie y analice el hecho religioso, pero en su pluralidad de manifestaciones y complejidad, y no sólo desde una determinada visión confesional. De aquí que lo más lógico (justo y racional, además), fuese que desapareciese la asignatura de religión y se universalizase la asignatura de Sociedad, Cultura y Religión para todo el alumnado, explicada de acuerdo a la metodología científica propia de las ciencias sociales, y que garantiza la neutralidad y el laicismo de la enseñanza. Claro que, a lo peor, lo que pasa en el fondo es que es precisamente esto lo que tratan de evitar las diferentes confesiones religiosas: que el alumnado conozca la versión científica de eso que llaman “fe”. Andrés Carmona Campo, portavoz del Grupo Municipal de IU-ICAM y profesor de Ética y Filosofía.
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