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¿En qué se basa la ‘pacificación’ de Iraq? Carlos Varea*
El Viejo Topo
(www.elviejotopo.com), n. 256, mayo de 2009
“Por todo el país, milicianos desheredados, cada vez más jóvenes, tornan su violencia contra sus propios correligionarios, imponiéndose como mafias locales y guardianes de la ortodoxia religiosa, sirviendo a nuevos amos regionales o transnacionales. Este proceso de fragmentación territorial, de homogenización sectaria y de sometimiento de una población exánime al poder de las nuevas oligarquías gansteriles es lo que debería determinar el completo rechazo internacional de la idea de que Iraq ha entrando en una fase de normalización y democratización, la última mentira del presidente George W. Bush que todo el mundo repite.”
iraquíes —tan solo sectas y tribus mal amalgamadas— hacia la masacre y el latrocinio. que “se asocie a valores sociales [iraquíes]”. La respuesta a la pregunta inmediatas de ¿qué es entonces lo que ha ocurrido en Iraq desde 2003? puede encontrase en otro resultado de esta misma encuesta: el 59,2 por ciento la pérdida de la independencia nacional”, el 13,1 por ciento “el incontenible hundimiento en la marginación y en la exclusión” sociales, y el 11,2 por ciento a milicia confesional gane más dinero que un profesional cualificado. manu militari El exilio y la muerte
Las causas de la diáspora iraquí han ido sucediéndose, entrelazándose y retroalimentándose: los operativos militares de los ocupantes y la destrucción sistemática de las infraestructuras; el deterioro de las condiciones básicas de vida debido al colapso del Estado, la inseguridad, la rampante corrupción y el afianzamiento de mafias locales; y, finalmente, la violencia, genéricamente calificada como “confesional” pero que responde a claves políticas de control del territorio y que esencialmente desencadenaron los nuevos servicios de seguridad, milicias y escuadrones de la muerte vinculados a las formaciones del gobierno iraquí de Nuri al-Maliki. El balance de muertos desde el inicio de la ocupación es, asimismo, aterrador. Si se opta por el cálculo oficial, la cifra es de 150 personas asesinadas al día; si se opta por el establecido por reputadas instancias internacionales [2] la cifra anterior habría que multiplicarla al menos por 10, y el número final total superaría el millón de muertos. En Bagdad más del 40 por ciento de los hogares de la capital ha perdido al menos un familiar violentamente. El 65 por ciento de los refugiados y el 40 por ciento de los desplazados abandonaron sus hogares por amenazas directas de muerte; otro 30 por ciento, en ambos colectivos, por la inseguridad general y el terror [3]. Según Naciones Unidas, menos de un cinco por ciento de los refugiados retornaron a Iraq en 2008; pese a la publicitada reducción de la violencia: ningún indicador socioeconómico ha mejorado y nadie sabe, —ni tan siquiera los estadounidenses— a dónde van a parar los ingresos del petróleo iraquí: De los 180 países evaluados por la organización Transparency International sobre su nivel de corrupción, Iraq es el tercer país más corrupto del mundo, sólo superado por Myanmar y Somalia. Pero ese dato es incluso incierto: este limitado retorno viene forzado por el endurecimiento de las condiciones de vida en los países de acogida y, en muchas ocasiones, determina, al llegar a casa un segundo desplazamiento forzado: el miedo sigue manteniendo el país “en paz”. Terror y resistencia Dos han sido las afirmaciones falsas repetidas por el gobierno de Bush y reproducidas mediáticamente hasta la saciedad: la primera, que la violencia en Iraq se debía esencialmente a Al-Qaeda; la segunda, que la comunidad chií legítimamente se estaba defendiendo frente a los atentados masivos e indiscriminados de los yihadistas sunníes. Este ha sido el falso cliché de la llamada “guerra civil” iraquí, bien sustentada mediáticamente con las imágenes recurrentes de los atentados de Al-Qaeda en Bagdad, brutales y siempre condenables. A nadie se le escapa que con esta escenificación fraudulenta los ocupantes han ganado la batalla mediática. En primer lugar, se ha identificado a la legítima resistencia iraquí con Al-Qaeda y sus métodos terroristas, anulando así internacionalmente un fenómeno genuinamente popular e interno, que había logrado a lo largo de 2006 y 2007 la proeza —inigualada en ninguna otra intervención reciente estadounidense— de dar muerte en combate a una media diaria de hasta cuatro soldados de ocupación en más de 1.250 “ataques significativos” semanales. Asociado a lo anterior, los ocupantes legitimaron como un acto de autodefensa de la comunidad chií la o kurda la oleada de terror perpetrada contra la base social de la resistencia primero por los nuevos cuerpos de seguridad (dominados por la milicia Badr del Consejo Supremo de la Revolución Islámica en Iraq y los peshmerga de los partidos colaboracionistas kurdos) y después por la milicia Ejército del Mahdi del clérigo Muqtada as-Sáder, por entonces con seis carteras en el gobierno de al-Maliki. No es casual que la oleada de terror de los paramilitares, cuerpos de seguridad y escuadrones de la muerte asociados al gobierno colaboracionista se produjera en el momento de mayor y más eficaz actuación de la resistencia, cuando el Pentágono estaba perdiendo la batalla por el control de la capital y de la mitad de las provincias del país. Este será el período de máxima generación de refugiados y desplazados. Y tampoco es casual que la mayor violencia tuviera por escenario Bagdad y su periferia, de donde provienen al menos el 60 por ciento de los refugiados y desplazados. Estos hechos explicarían el descenso de la actividad armada anti-ocupación, al que ha contribuido la promoción entre la comunidad sunní de los llamados “Consejo del Despertar”, una nueva milicia financiada por el Pentágono y compuesta —se afirma— por 100.000 milicianos. Atrapada entre los paramilitares gubernamentales y las tropelías de Al-Qaeda, la comunidad sunní se ha visto abocada, también ella, a una solución sectaria. Erradicado Al-Qaeda y debilitada la resistencia iraquí en su feudos, el Pentágono deja ahora en manos del gobierno iraquí el desmantelamiento militar de los Consejos del Despertar [4]. Muy clarificador resulta recordar también que el inicio de actuación de los paramilitares se produjo antes de la voladura de la cúpula de la mezquita chií de al-Askari en Samarra, un oscuro suceso atribuido a la red Al-Qaeda en Iraq y que se considera detonante de la legítima respuesta chií a las matanzas de Al-Qaeda. Citando a un alto responsable de Naciones Unidas, los periodistas británicos Andrew Buncombe y Patrick Cockburn relataban en el diario The Independent la actuación de los escuadrones de la muerte ya desde mediados 2005 [5]: “Cientos de iraquíes son torturados hasta la muerte o ejecutados sumariamente todos los meses en Bagdad sólo a manos de los escuadrones de la muerte que trabajan para el Ministerio [iraquí] del Interior, según ha revelado John Pace, el responsable saliente de Naciones Unidas para los Derechos Humanos”. Según la Agencia de Naciones Unidas para Iraq (UNAMI, en sus siglas en inglés), en el verano de 2006 el número de civiles muertos en todo el país alcanzó la cifra récord de 100 diarios, una cifra seguramente inferior a la real. De ellos, al menos 60 al día eran hallados en Bagdad, en un 90 por ciento de los casos con signos de haber sido torturados antes de ser ejecutados. Zalmay Jalilzad, por entonces embajador estadounidense en Bagdad, calculó que el 77 por ciento de los asesinatos de civiles cometidos en Bagdad a lo largo de 2006 había sido perpetrado por escuadrones de la muerte vinculados a partidos del gobierno iraquí [6]. A mediados de 2006, mandos militares estadounidenses en Iraq reconocían que la violencia sectaria y social desarrollada por los paramilitares de filiación confesional chií estaba causando nueve veces más víctimas que los atentados con coches-bomba atribuidos a la red de Al-Qaeda en Iraq [7]. Pero la el gobierno de Bush nada hizo. Es más, esta escalada de terror paragubernamental a lo largo de 2005 y 2006 fue de tal magnitud que no pudo llevarse a cabo sin el apoyo o la aceptación de las fuerzas de ocupación de EEUU. Las autoridades de ocupación prohibieron por entonces que los hospitales iraquíes proporcionaran datos sobre el número de cadáveres abandonados y hallados en las calles de la ciudad o recuperados del Tigris. El perfil predominante entre los refugiados y desplazados es el del árabe sunní, profesional, proveniente de Bagdad [8], pero el terror paragubernamental que ha asolado Iraq ha tenido como objetivo a otras comunidades minoritarias (como la cristiana o la turcomana), a los sectores secularizados (intelectuales y profesionales [9]), a colectivos específicos (mujeres y homosexuales) y a grupos concretos (palestinos). Sistemáticamente han sido asesinados o forzados al exilio los miembros de las muy numerosas y activas asociaciones de todo tipo, un denso tejido cívico que expresaba las expectativas democráticas del campo anti-ocupación. La dimensión de la actuación de los paramilitares vinculados al gobierno iraquí e indirectamente a las tropas de ocupación ha sido, por tanto, de gran calado estratégico y limita, quizás de manera irreversible, la capacidad interna de reconstrucción y normalización de Iraq, algo que 13 años de sanciones económicas no habían logrado.
Territorio y recursos Este escenario de “guerra civil” fue el que permitió al presidente Bush justificar a finales de 2006 un nuevo incremento de tropas en Iraq de hasta 170.000 efectivos, la cifra más alta desde el inicio de la ocupación del país. El despliegue de los nuevos contingentes de tropas de EEUU en Bagdad fue acompañado del anuncio del fin de las operaciones armadas en la capital por parte de la milicia de as-Sáder, el Ejército del Mahdi, responsable de la escalada final de asesinatos durante el anterior año y medio en la ciudad. Oficialmente, el incremento de tropas tenía como objetivo poner punto final a la violencia sectaria. Pero el objetivo real era culminar la tarea sucia desarrollada por los paramilitares contra la base civil de la resistencia. “La lucha [en Bagdad] ha cesado simplemente porque ya no hay literalmente más sunníes a los que asesinar”, escribía un corresponsal estadounidense a finales de 2007. Hoy Bagdad está controlado, en sus tres cuartas partes, por fuerzas de filiación confesional chií y ha podido llegar a perder la mitad de sus habitantes. Controlar la capital, centro geográfico, demográfico, de comunicaciones y político de Iraq, era vital. Para el Pentágono, la estrategia de terror de las milicias paragubernamentales facilitó el aislamiento de Bagdad de su periferia, bajo control de la resistencia; a los nuevos dirigentes iraquíes erradicar el campo anti-ocupación les permitió avanzar en la imposición de un nuevo modelo económico y territorial, esbozado en la nueva Constitución de 2005. Gravemente regresiva en derechos civiles y económicos, la nueva Constitución iraquí anticipaba a su vez la nueva Ley de Hidrocarburos [10], aprobada por el gobierno en enero de 2007 y aún pendiente de ratificación por el parlamento. La riqueza energética de Iraq puede ser mayor de la imaginada: hasta 350 mil millones de barriles, el triple de lo hasta ahora estimado, es decir, 100 mil millones de barriles más que Arabia Saudí. La Ley de Hidrocarburos confirma la ruptura del marco jurídico del Estado iraquí y contempla la gestión local de los recursos aún no explotados (el 78 por ciento de todas las reservas [11]), abriendo la puerta a la privatización del sector treinta años después de su nacionalización. Emerge así nítida la lógica encubierta de una fragmentación no formal de Iraq (soft, según el término anglosajón) y, con ella, la explicación de la extrema violencia vivida en Iraq. Más que una gestión descentralizada y equitativa de estos recursos, el resultado es el surgimiento de nuevas oligarquías locales, asociadas a los ocupantes o a países vecinos (a Irán e Israel esencialmente), ansiosas por acceder al petróleo. Así, en contra de la consideración de que el conflicto interno iraquí se desarrolla entre la comunidad chií y la sunní, cabe recordar que en las zonas de mayoría kurda y chií la violencia ha provocado igualmente la muerte y el desplazamiento de cientos de miles de personas. La lucha por el dominio de la riqueza petrolífera de la región de Kirkuk ha adquirido los mismos perfiles de limpieza étnica y social que en Bagdad, esta vez a mos de los peshmerga. De igual manera, en Basora y en las otras seis provincias meridionales la violencia y la destrucción es el resultado de los enfrentamientos entre milicias, todas ellas caracterizadas como “chiíes” y todas ellas vinculadas al gobierno central: la guerra recurrente es lo es por el control gansteril del tráfico ilegal de crudo hacia Irán. Por todo el país, milicianos desheredados, cada vez más jóvenes, tornan su violencia contra sus propios correligionarios, imponiéndose como mafias locales y guardianes de la ortodoxia religiosa, sirviendo a nuevos amos regionales o transnacionales. Este proceso de fragmentación territorial, de homogenización sectaria y de sometimiento de una población exánime al poder de las nuevas oligarquías gansteriles es lo que debería determinar el completo rechazo internacional de la idea de que Iraq ha entrando en una fase de normalización y democratización, la última mentira del presidente George W. Bush que todo el mundo repite. Iraq remeda a la Europa medieval. El principal beneficiario de esta deriva no será EEUU. Lo que el nuevo gobierno de Obama podrá hacer para sacar algún rédito de la invasión y la ocupación de este país será de muy limitada eficacia. Tan solo le resta pactar, no con el gobierno de Bagdad, sino con Irán, su verdadero patrón, un acuerdo regional amplio que permute quizás la derrota en Iraq por una pírrica victoria en Afganistán [12]. De ello hablaron unos y otros en la Conferencia sobre Afganistán celebrada en La Haya en los últimos días de marzo. E Iraq, olvidado.
Notas del autor y de IraqSolidaridad:
1. UNHCR, 2008. 2007 Global Trends: Refugees,
Asylum-seekers, Returnees, Internally Displaced and Stateless Persons,
UNHCR, junio de 2008.
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* Carlos los Varea es miembro de la CEOSI y coeditor y coautor del libro Iraq bajo ocupación. Destrucción de la identidad y la memoria, editado en 2009 por Ediciones de Oriente y del Mediterráneo. Este texto fue publicado en ‘El Viejo Topo’ en su edición 256 de mayo de 2009 con el título ¿En qué se basa la ‘pacificación’ de Iraq?
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