| Carlos Fernández Liria, Un ejemplo de pereza y comunismo |
![]() PAUL LAFARGUE:
¿POR QUÉ CREE EN DIOS LA BURGUESÍA? 1904 Aunque haya podido adaptarse a otras formas sociales, el cristianismo es, por excelencia, la religión de las sociedades que descansan sobre las bases de la propiedad individual y de la explotación del trabajo asalariado; por eso ha sido, es y será, dígase y hágase cuanto se quiera, la religión de la burguesía. Después de más de diez siglos, todos sus movimientos, realizados ya para organizarse, para emanciparse o para elevar al poder a uno de los suyos, han ido acompañados de crisis religiosas, habiendo puesto siempre los intereses materiales cuyo triunfo le importaba bajo la protección del cristianismo, que declaraba querer reformar y conducir a la pura doctrina del divino maestro. |
![]() PAUL LAFARGUE EL DERECHO A LA PEREZA 1883 Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las naciones donde domina la civilización capitalista. Esta locura trae como resultado las miserias individuales y sociales que, desde hace siglos, torturan a la triste humanidad. Esta locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda por el trabajo, llevada hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de sus hijos. En vez de reaccionar contra esta aberración mental, los curas, los economistas y los moralistas han sacralizado el trabajo. Hombres ciegos y de escaso talento, quisieron ser más sabios que su dios; hombres débiles y despreciables, quisieron rehabilitar lo que su dios había maldecido. Yo, que no me declaro cristiano, economista ni moralista, planteo frente a su juicio, el de su Dios; frente a las predicaciones de su moral religiosa, económica y libre pensadora, las espantosas consecuencias del trabajo en la sociedad capitalista. En la sociedad capitalista, el trabajo es la causa de toda degeneración intelectual, de toda deformación orgánica. Comparen, por ejemplo, el pura sangre de las caballerizas de Rothschild, atendido por una turba de lacayos bimanos, con la tosca bestia de los arrendamientos normandos, que trabaja la tierra, recoge el estiércol y cosecha. Observen al noble salvaje que los misioneros del comercio y los comerciantes de la religión no corrompieron todavía con el cristianismo, la sífilis y el dogma del trabajo, y observen luego a nuestros miserables sirvientes de máquinas.
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EL
ESTADO |
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"La clase obrera en las sociedades industriales" Hace ya algunos años que, bajo la influencia de la sociología empírica norteamericana, cierto número de investigadores, sociólogos, políticos y periodistas empezaron a poner en entredicho la visión tradicional que teníamos de la clase trabajadora en un país económicamente desarrolla |
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La
nación es una condición objetiva y no una preferencia subjetiva, es producto de
un largo desarrollo histórico condicionado por circunstancias preexistentes
diversas. |
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El nacionalismo es el credo de la burguesía. Si
creemos a esta clase, existe por encima de los seres humanos, de los individuos,
una comunidad que se designa con palabras tales como nación, pueblo, patria,
Estado y que ocultan con matices la misma cosa. |
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Todos los partidos que están ya creados o en formación liberales, reaccionarios, o de izquierdas se ven forzados a adoptar en su programa una u otra actitud frente a la cuestión nacional, cuestión íntimamente ligada al conjunto de la política exterior e interior del Estado |
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CRITICA
DE LA CONSIGNA DE “CULTURAL NACIONAL” |
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Hace diez años, incluso seis o siete años atrás, los partidarios de la escuela sociológica subjetiva rusa (los “socialistas revolucionarios”) hubieran podido utilizar con éxito para su causa el último folleto del filosofo austriaco Max Adler. Pero en los últimos cinco o seis años hemos vivido una “escuela sociológica” tan sólidamente objetiva, sus lecciones han dejado en nuestro cuerpo cicatrices tan expresivas, que ni la más elocuente exaltación de la intelectualidad, aunque venga de la pluma “marxista” de Max Adler, puede salvar al subjetivismo ruso. Al contrario: el destino de los mismos subjetivistas rusos es un serio argumento contra los argumentos y las conclusiones de Max Adler. |