CONFLUENCIA ENTRE SOCIALISMO Y
ECOLOGISMO
Rosa Barahona
3 febrero 2010
Si consideramos seriamente la historia debemos admitir que el
socialismo, desde sus difusos orígenes entre los siglos XVIII y XIX, ha estado
preocupado y ha hecho múltiples propuestas sobre el problema ecológico generado
por el modo de producción capitalista. No puedo tratar aquí detalladamente este
tema, pero si recordar como la búsqueda de la armonía entre el hombre y
El socialismo no es una escuela filosófica ni una marca política, el socialismo, en su realidad concreta, es el arma ideológica de los trabajadores, de todos los que vivimos de vender nuestra fuerza de trabajo. Plantear esto claramente fue uno de los grandes logros de Marx, al menos desde el Manifiesto comunista (1848). La lucha de clases en el capitalismo, como modo de producción dominante, determina no solamente la lucha económica sino también la política y la ideológica. Los trabajadores deben crear sus propias organizaciones y deben dotarse de sus propias ideas para superar al capitalismo, para empezar a producir el socialismo.
El hecho de que Marx fuera el primer teórico socialista que explicara el verdadero carácter del capitalismo (de un modo claro con el libro primero de El capital, 1867) y de que fuera un organizador imprescindible para el primer movimiento socialista internacional (Asociación Internacional de Trabajadores, 1864), no significa que se pueda ni se deba obviar otras tradiciones y tendencias que son también plenamente socialistas porque luchan contra el capitalismo y aspiran a una sociedad superior, en definitiva a una nueva civilización. Y evidentemente estoy señalando al anarquismo.
En la obra de Marx y de Engels, una obra compleja, realizada en el
corazón de las durísimas luchas sociales de su época, hay pasajes que nos
muestran su preocupación por los problemas ecológicos, especialmente algunas
páginas del libro primero de El capital,
por ejemplo el siguiente pasaje del capítulo octavo:
En su impulso desmedidamente ciego, en su hambre de plus-trabajo, hambre feroz, hambre propia de fiera corrupta, el capital derriba no solo los límites extremos morales de la jornada de trabajo, sino también los meramente físicos. Usurpa el tiempo necesario para el crecimiento, el desarrollo y la conservación sana del cuerpo, se apodera del tiempo requerido para consumir aire libre y luz del sol, araña roñosamente el tiempo de comer y, si puede, lo incorpora al proceso de producción mismo, de modo que las comidas se administren al trabajador como mero medio de producción, como el carbón a la caldera de vapor y sebo y aceite a la maquinaria.
Podríamos rastrear muchas otras citas de El capital, de los Grundrisse y de algunas otras obras donde Marx se muestra muy alejado del “productivismo” del que tantas veces se le ha acusado. También citas de Engels en Contribución al problema de la vivienda (1870) y en otros textos.
En definitiva Marx consideraba al capitalismo destructor tanto de los hombres y mujeres como de la naturaleza física y de la relación “ecológica” entre ellos. Hay que recordar que en El capital insiste en que toda fuerza productiva en el capitalismo es también una fuerza destructiva. Bien es cierto que ni él ni Engels pudieron profundizar más en toda la problemática ecológica, al igual que en muchos otros temas, dado que estaban imbuidos de la aspiración de dotar al movimiento obrero de un instrumento de análisis científico de la sociedad, de una dialéctica concreta y de un programa político.
Pero sin duda la agresión contra
William Morris escribió páginas desgarradoras sobre la destrucción de
Las idea de armonía y retorno
a
En todas estas ideas se encuentra el origen del Ecologismo, a partir de los años 60 del siglo XX, y así ha sido reconocido por destacados activistas. El ecologismo hunde sus propias raíces en el origen del socialismo, pero la desunión de unos y otros (comunistas, anarquistas y ecologistas, entre ellos y dentro de sus propias organizaciones) ha facilitado el camino al enemigo común, no solo el avance destructivo del capitalismo global sino el surgimiento de sectas que se reclaman “ecologistas” sin cuestionar en ningún momento al capitalismo, sino con el objetivo inconfeso de justificarlo y preservarlo. Este ecologismo vulgar e hipócrita es el que informa los programas de los partidos políticos, tanto del P.P. como, lamentablemente del P.S.O.E. En este sentido es en el que plenamente se puede hablar de un pseudo-ecologismo burgués.
La formación de partidos políticos ecologistas, los famosos verdes de los años 80 y 90, quienes llegaron a jugar un papel parlamentario tan importante en Alemania, ha resultado un verdadero fiasco, una versión embellecida, o enverdecida, del hipócrita reformismo de toda la vida. Y Manuel Sacristán, un marxista que se acercó sincera y fraternalmente al ecologismo, ya lo predijo claramente (léanse sus artículos en la revista Mientras Tanto de la primera mitad de los 80.)
Pero ya está bien, ya no podemos aguantar más, ni
Como se ha repetido en diversos lugares el capitalismo productivista ha muerto, pero también con él el
socialismo productivista que se le parecía como un hermano gemelo. La
experiencia de
La confluencia entre socialismo y ecologismo no es solo urgente sino inevitable, pero inevitable desde un punto de vista dialéctico, es decir algo que no queda más remedio que se produzca pero que quizá no llegue a darse. Como la propia Revolución cuya previsión nunca Marx dio por infalible (no era adivino ni jugó a ello), también el habló de la posibilidad de la derrota total, del caos social, de la permanente subsunción real de los trabajadores en el capital…
No soy utópica en este sentido, los obstáculos, las barreras
interpuestas subjetivamente entre nosotros pueden llegar a parecernos
infranqueables, pero de lo que si estoy convencida es de que los dirigentes del
capitalismo (económico, político e ideológico) no van a dar ningún paso real.
Solamente la confluencia entre socialismo y ecologismo, confluencia de sus
fuerzas sociales reales, podría ser un acto que impusiera un salto de fase
dialéctico en el proceso de destrucción de