Estos últimos días, estimulado por la lectura de un, para mí por lo
menos, muy interesante libro he recordado una temprana mañana, soleada
supongo, de un domingo de agosto de 1970. En aquella época yo estudiaba
en Madrid y me encontraba en Iruñea compaginando el estudio de
asignaturas pendientes para la convocatoria de septiembre, varias clases
impartidas a estudiantes de bachiller para obtener algún pequeño
beneficio y el ocio propio de las vacaciones.
En esa mañana, se oyó desde mi casa de la avenida de Carlos III, frente
a Capuchinos, sobre el "Garaje Unsain" y muy próxima a la calle Leire en
la que se ubicaba el periódico, un ruido tremendo, una detonación. Mi
padre, sin apenas duda, exclamó: "¡el Pensamiento Navarro!". Y tenía
razón. Una enorme explosión se llevó por delante los restos materiales
de un periódico que otros, previamente, ya habían liquidado y vaciado de
contenido expulsando a su valiente director, Javier María Pascual y
rompiendo cualquier lazo con los propietarios morales del periódico: los
carlistas.
Había seguido muy de cerca las tribulaciones de Javier María Pascual
como director de un medio de comunicación que él mismo había convertido,
sin apenas más medios que su capacidad, voluntad y relaciones
personales, en pionero de una prensa que pugnaba por salir del agujero
de más de treinta años de franquismo, plantar cara al régimen y servir
de altavoz de unas reivindicaciones hasta entonces silenciadas.
La época lo propiciaba. Por el mundo corría un amplio espíritu
libertario y reivindicativo, cuyo exponente simbólico más importante
fueron los movimientos en pro de los derechos civiles en Estados Unidos,
la liberación de las trabas generacionales, la libertad sexual; resumido
en un símbolo: "mayo del 68". Hasta la encorsetada Iglesia Católica
generó, con Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, un potente movimiento
de renovación.
En el Estado español el franquismo daba síntomas de agotamiento, no
tanto por la capacidad de la autodenominada "oposición democrática",
sino por el final del modelo autárquico y el comienzo de los movimientos
paneuropeos y globalizadores. La tímida "Ley de Prensa" de Manuel Fraga,
en 1964, fue un pequeño movimiento del régimen en tal sentido.
El carlismo, como movimiento político decisivo en la consecución de la
victoria de los sublevados el 18 de julio de 1936 contra el gobierno de
la 2ª República española y alejado, por otra parte, de los circuitos de
poder del régimen, se encontraba en una situación de abatimiento total.
A lo cual había contribuido poderosamente el propio régimen propiciando
divisiones y querellas internas. En resumen, el carlismo estaba mal
visto por la escasa "oposición democrática", por haber colaborado
decisivamente con el ejército y resto de sublevados el 18 de julio de
1936 y por el propio régimen, por ser un protagonista muy crítico con su
acción política y al que no podía desautorizar públicamente sin
desautorizarse a sí mismo.
Al carlismo también le llegaron aires de renovación de la mano de un
grupo de personas como el propio Carlos Hugo de Borbón y su Secretaría
Particular (Ramón Massó, Víctor Perea y otros, de los que luego solo
continuó José María Zavala). A este grupo se unieron otras, como Pedro
José Zabala y el propio Javier María Pascual. Los aires del Concilio
reavivaron las cenizas del carlismo que, mediante la hábil maniobra de
sustitución del viejo Francisco López Sanz en la dirección del único
periódico que consiguieron salvar de la "quema unificatoria" de Franco y
Serrano Súñer, por el joven entusiasta, bien preparado y excelente
escritor que fue Pascual, y propiciaron un importante cambio cualitativo
en su línea informativa y editorial.
Javier María renovó totalmente la perspectiva del periódico, lo
modernizó y, lo que es más importante, le dio aire fresco, afrontando
con valentía y dentro de los escasos límites que le imponía el régimen,
los principales retos políticos, sociales y económicos que tenían
planteados Navarra, el Estado español y Europa.
Este sueño fue breve. De 1966 al verano de 1970 se respiraron esos aires
en El Pensamiento Navarro y lo percibieron claramente sus muchos
lectores, tanto carlistas como de la "oposición democrática" y del
propio régimen. En efecto era el único periódico de "provincias", según
la despectiva terminología imperial, que se recibía en todos los
ministerios del Gobierno español. La historia de esta etapa ha sido
contada de forma muy amena, en mi opinión, en el libro escrito por Rosa
Marina Errea Iribas aparecido en Navarra en 2007 y editado por Eunate.
Su título, "Javier María Pascual y El Pensamiento Navarro. 'Con él llegó
el escándalo' (1966-1970)" es bastante explícito al respecto.
La obra se sustenta en la Tesis Doctoral de presentó su autora en la
Universidad de Navarra bajo la tutela del profesor don Francisco Javier
Caspistegui. Resulta muy interesante como friso de una etapa decisiva
para la sociedad de aquella parte de Navarra que entonces acababa de
salir de su versión agropecuaria y encaraba un rápido proceso de
industrialización y enfrentamiento a los problemas, hasta entonces
soterrados, propios (de identidad) y del mundo (de ubicación).
Da la casualidad que quien aquella luminosa (supongo) mañana dijo
lacónicamente, tras oír la explosión, "¡el Pensamiento Navarro!", es
decir mi padre, era Luis Martínez Erro, consejero del mismo y la única
persona de su Consejo de Administración que se opuso, por un lado, a la
destitución de Pascual como director y, por otro, que acató las órdenes
del carlismo para poner sus acciones, de las que nunca se consideró
titular sino sencillamente fideicomiso, a la disposición de su
organización.
Aunque en esa etapa yo vivía en Madrid, estaba suscrito al "Pensamiento"
y mantenía un fluida relación con mi padre que incluía, cotidianamente,
los pesares y cuitas de ambos (de Javier María y de mi propio padre que
en tantas ocasiones le sirvió de "paño de lágrimas" ante la postura
cerril, integrista y destructora del resto del Consejo).
Cuando el pasado sábado, 16 de febrero de 2008, me tropecé casualmente,
en las calles de Iruñea con Juan Indave Nuin, sustituto de Javier María
en la dirección del diario y que tan activamente colaboró en la campaña
para su desprestigio, sentí pena. Por él y por todos los que
posibilitaron que ese proyecto se hundiera, arrastrando el periódico a
la quiebra y ruina. No creo que Indave me reconociera.
Sobre el libro de Errea Iribas opino que es clarificador, aunque su
autora manifieste una clara toma de partido a favor de Javier María
Pascual a la que me adhiero cumplidamente, sobre todo para la
comprensión de esos años cruciales en Navarra y en todo el Estado
español, tal como ya he indicado anteriormente.
En el aspecto formal, pienso que la conversión de tesis a libro se podía
haber mejorado, haciendo su lectura más amena, ya que en ocasiones peca
de repetitiva. Los documentos que aporta son muy interesantes y muchos
de ellos inéditos (los del propio fondo de Javier María Pascual). Alguna
de las fotos que aparecen, como por ejemplo la de Pascual con don Javier
con Montejurra como fondo, fueron tomadas por mi padre.
Siempre me quedará el interrogante: su inequívoca expresión ¿fue simple
intuición de Luis Martínez Erro, a la vista del encono y violencia a la
que se había llegado en el asunto del periódico?, ¿sabía algo? Supongo
que nunca lo sabremos.
Mi padre falleció en 1995 y Javier María Pascual en 1998.
Sirvan estas líneas de homenaje a ambos navarros que, desde su carlismo
militante, procuraron servir a su pueblo del mejor modo al que
imaginaron tenían acceso, en aquellos tiempos y en sus respectivas
situaciones.
