JUVENTUDES  CARLISTAS

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Los carlistas al servicio de Su Británica Majestad
 

El embajador de Londres ante Franco, sir Samuel Hoare, sentía, como gran parte de la clase política conservadora, simpatía por los vascos. Pero era un parlamentario de primera fila –un antiguo ministro de Exteriores y de Interior a quien Churchill había mandado a España con la misión de evitar la guerra– y en su actuación la simpatía personal valía un comino. Nunca haría nada que pudiese provocar una crisis con Franco.

La Sección Ibérica del MI-5 estaba dirigida eficazmente por Tomás Harris Rodríguez, mientras que el MI-6 funcionaba peor. Su jefe en España era Harold Kim Philby, en realidad un infiltrado del NKVD. Típico miembro de la clase aristocrática de entreguerras, lo había tenido muy fácil en la vida. Todo se reducía a asistir al college adecuado y vivir posteriormente de las relaciones. 

En la península gran parte del espionaje se realizaba mediante medios electrónicos, el “servicio Comint”, que pinchaba los telegramas, telefonemas y radiogramas de las embajadas. El músculo de los servicios secretos británicos era el SOE, que se encargaba de las acciones violentas. Entre sus 7.000 miembros había bastantes republicanos y algunos vascos, como Bittor Lekunberri, que todavía guarda en su casa el diploma de agradecimiento que cursó Londres por conseguirles una mina magnética alemana. Diploma que no le evitó pasar muchos años en el penal de Burgos. Pero el SOE tenía prohibida cualquier implicación en acciones violentas y sabotajes en España. Por ello, frente a sus importantes pérdidas en Francia –91 hombres y 13 mujeres– no existe lista oficial de bajas en la península.

Hoare, que repartía libras a espuertas entre informadores y anglófilos –dos de ellos eran los heroicos generales Aranda y Varela–, prefería utilizar acólitos sin ideología: periodistas, contrabandistas y guardias civiles que no causaban complicaciones políticas. Ante la escasez de agentes hizo una primera excepción con los carlistas. Durante los Sanfermines de 1941 se desplazó cuatro días a Iruñea, hospedándose en la casa de Joaquín Baleztena, el jefe carlista más respetado. Por razones de discreción política, declinó asistir a la exhibición que los dantzaris de Muthiko Alaiak pretendían ofrecerle y al brindis de un toro. 

Quedó encantado con sus patilludos anfitriones, escribiendo: «Cuando salí de Pamplona, lo hice con la convicción de que los navarros se hallaban todavía dispuestos a morir por su fe y de que si en cualquier momento se extendía la guerra a la península, los tendríamos de nuestra parte».
El embajador puso e

En marcha la Operación Azor, la creación de una organización secreta que cerrase los pasos fronterizos en caso de invasión nazi. Su cónsul en Donostia enlazó con José Garmendia, miembro de la Junta Carlista de Guerra, quien confió la dirección de las milicias clandestinas a Fermín Erice, párroco de Añorbe. En el restaurante Las Pocholas de Iruñea se reunieron Erice, Garmendia y Bernard Malley, segundo de Hoare. Allí se produjo una semirruptura, pues Erice dijo que «hasta que devolviesen Gibraltar, no colaboraría con ellos». A lo largo de 1942, Malley montó su organización con Garmendia y Antonio Moscoso, de la Dirección General de Seguridad (DGS). Londres proporcionó dos radios con sus operadores, que se instalaron en Estella y Berriozar. 

Bajo la cobertura de la agencia de viajes Aralar, realizaron un completo informe sobre la red de comunicaciones y los posibles campos de aterrizaje de Nafarroa, Gipuzkoa, Araba y Burgos. Diez antiguos capellanes del requeté se mostraron dispuestos a dirigir las tropas si se producía una invasión alemana. Pero la Policía, que andaba tras la pista de uno de los operadores de radio, descubrió en 1943 la organización. Las autoridades no se atrevieron a dar un verdadero escarmiento y el juicio en la Capitanía de Burgos se saldó con una condena de unos pocos meses en sus parroquias a tres de los sacerdotes implicados.

Respecto a la posición de los carlistas contra el régimen, he aquí algunas anécdotas representativas:

Los carlistas fueron calmando su furor hasta llegar a posturas de abierta crítica al Régimen. Multitud de anécdotas ilustran la desmovilización ideológica de los excombatientes. Por ser referente al maquis, es representativo el caso de un antiguo comandante, entonces párroco de Castilblanco, Ambrosio Eransus Iribarren. En su pueblo se presentó Manuel Gómez Cantos, teniente de la Guardia Civil encargado de la persecución de huidos rojos en Extremadura. 

El teniente, tristemente famoso por fusilar a sus propios hombres acusados de cobardía, acababa de ejecutar a treinta personas escogidas al azar –¡entre ellos había hasta falangistas!- en el vecino pueblo de Alia. Eransus ordenó ocultarse a sus parroquianos, se encaró con Gómez y le dijo: ¡Oye, tú! ¡Si se te ocurre molestar a algún vecino de este pueblo, o repetir lo de Alia, yo te busco y te pego un tiro! ¡Porque si tú eres teniente coronel, yo también soy comandante del ejército! Manuel Gómez se fue y no volvió. Las tensiones entre carlistas y las autoridades desembocaron incluso en enfrentamientos violentos, como los sucesos de Begoña en 1942 o la manifestación de diciembre de 1945 en Pamplona, que finalizó con seis policías heridos de bala y doscientos detenidos. En esta situación algunas personas cobraron los ánimos necesarios para actuar.

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