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Carlistas
con banderas” en Etxarri-Aranatz. Las impresiones del
voluntario inglés Frederick Henningsen (I de II)
Raul Guillermo ROSAS VON RITTERSTEIN
A mis antepasados de Etxarri, que en sus tiempos cantaron
con honor el Oriamendi, y a todos los caídos de ambos
bandos por causa de promesas vanas y malentendidos.
“Stand afresh, to cut from nations hearts their pound of
flesh!”1
Estos versos de Byron son prácticamente
la dedicatoria que hace Henningsen a quienes considera los
verdaderos causantes de las guerras europeas de sus tiempos
en general y particularmente de aquella en la que participó
como voluntario, la Primera Carlista.

Frederick Henningsen.
La especial personalidad de este testigo participante,
nacido en Inglaterra en 1815, cuando el país era conmovido
por los ecos de los cañones de Waterloo, le llevó a una
larga vida aventurera, terminada como general y héroe
nacional de los EEUU, vida de la cual sería dura inauguración2,
a la edad de 19 años, la Guerra Carlista de los Siete Años,
en la que revistó bajo la conducción del famoso Tomás
Zumalakarregi, el “tío Tomás”3. El sin duda profundo
desprecio que anidaba en el corazón de Henningsen ante los
desarrollos reaccionarios de la Europa post-napoleónica,
para describir a los cuales utiliza los duros versos
byronianos de “The Age of Bronze”, le llevaría a
enrolarse en variadas aventuras, por la libertad y de las
otras, en diferentes sitios de Europa primero, luego de América.
El carácter arrojado, evidenciado a lo largo de toda su
vida, matizado además con muy marcados rasgos de
romanticismo, precisamente à la Byron, no en vano tomaría
sus versos para encabezar esas memorias de la campaña
carlista que tituló “Twelve Months Campaign with
Zumalacarregui”4, fue una constante de la vida de Charles
Frederick Henningsen.
Lo temprano de su integración a las filas carlistas, y sin
duda los ideales juveniles que debieron guiarlo por aquella
época, hacen de sus opiniones una materia especialmente
digna de análisis. En tal sentido, toda su obra, editada en
castellano bajo el lacónico título de “Zumalacárregui”5,
merece ser leída con ojos nuevos, como parte imprescindible
de la historia vasca contemporánea. Es otra vez la pluma de
un testigo extranjero, con sus aciertos y errores, la
encargada de dejar una impresión particular y motivadora de
cómo se vivió aquella época, particularmente en la
Nafarroa rural.
Henningsen se unió a las tropas carlistas operando en
Nafarroa tras un romántico cruce, con contrabandistas
incluídos,
propio de la pluma de Loti o Hugo, desde la Euskal Herria
Continental, comenzado en Baiona y, pese a que su intención
original consistía en incorporarse a la Corte del
pretendiente, la atracción marcada que sobre él ejerció
la personalidad del general Zumalakarregi desde su primera
entrevista, aunada con su simpatía por la población
campesina vasca en armas6, le llevaría a dejar de lado tal
idea y permanecer con las fuerzas de aquel hasta el
fallecimiento del “Lobo de las Amescoas” durante el
fallido sitio puesto sobre Bilbo. Condecorado por su valor
en el encuentro de Segura con la Cruz de San Fernando,
siempre con las tropas carlistas, seguiría la campaña
hasta el desgraciado final.

Tomás Zumalakarregi.
Para el momento del primer encuentro entre el voluntario
inglés y su futuro jefe, la Guerra llevaba ya un tiempo de
desarrollo, y en sus idas y venidas, tanto las tropas de don
Carlos como las cristinas habían llevado a cabo diversas
incursiones a lo largo de toda la Burunda. Al respecto, la
primera descripción que nos ofrece Henningsen de los
sucesos en torno del dominio de Etxarri-Aranatz es en
realidad un relato de oídas, puesto que él aún no se había
incorporado a los combatientes.
La ubicación geográfica de Etxarri y otras villas, como es
el caso principal de sus vecinas Altsasu y Huarte-Arakil,
hizo desde siempre necesario su control para cualquier
fuerza militar que operara en la línea Vitoria/Gasteiz-Pamplona/Iruña,
de la Llanada Alavesa a la Navarra. Precisamente al alto
significado en términos militares del dominio del valle de
la Burunda, obedeció la historia primigenia de tales
pueblos, fundados por los reyes navarros mediante el
sencillo recurso de agrupar por la fuerza poblaciones
dispersas en las estribaciones de Aralar, cosa que se hizo
no sin resistencias entre los siglos XIII y XIV7. El fin lógico
era, a la par con el control territorial, proveer de bases a
las tropas encargadas de conservar segura la difícil
“Frontera de Malhechores”, como lo demuestra, entre
tantos otros acontecimientos, la historia de la batalla de
Beotibar del 19/IX/1.321, de resultado tan poco feliz para
el viejo Reino.
El paso de los tiempos no alteraría en nada el valor
militar de las fundaciones, y en la Guerra de Siete Años el
aserto volvería a demostrarse. En efecto, iniciada la misma
se registran ya operaciones de asedio contra Altsasu,
dirigidas por Zumalakarregi. Poco antes, las diputaciones
carlistas vizcaínas y guipuzcoanas juntamente con los jefes
alaveses, habían rendido acatamiento al caudillo
precisamente en Etxarri-Aranatz, el 7 de Diciembre de 1.833.
Más tarde, y ya con su cuartel general en dicha villa,
firmaría allí Zumalakarregi la trágica orden de
fusilamiento del coronel O’Donnel, conde de La Bisbal y
otros prisioneros, en represalia por similares actos de
parte de las fuerzas de Quesada.
Al principio de las operaciones, y en tanto se fuera
formando una tropa medianamente regular y entrenada, el
carlismo actuó normalmente con el conocido sistema de
partidas8 (más adelante, dadas las peculiares características
del terreno9, el comandante habría de introducir la novedad
táctica de operar por batallones y no regimientos, sistema
que facilitaba la movilidad y disminuía los efectos de un
posible contraste.) Uno de los más acuciantes problemas lo
constituía en ese momento la falta de material pesado,
capaz de batir con éxito las fortificaciones de las
diversas plazas ocupadas por las fuerzas cristinas10, cosa
que ponía a los pueblos más importantes fuera de las
posibilidades del esfuerzo militar carlista, y de ese modo,
el inicio de la guerra está señalado solamente por las
actividades de hostigamiento y recolección de materiales11.
Algo más equilibradas las cosas, el 2 de Mayo de 1834, las
fuerzas de Zumalakarregi derrotarán a Quesada en el cruento
combate de Altsasu. La descripción escueta que de dicho
pueblo hace Henningsen nos adentra ya en las impresiones de
la campaña: “…Alsasua, el mayor pueblo o aldea de
Navarra; está situado a la izquierda de la carretera, a
unos cien metros al otro lado del río, sobre el cual hay un
viejo puente de madera. Al viajero le queda grabado este
pueblo por el detalle de una enorme venta o posada rústica
al borde de la carretera, la que es suficientemente grande
para contener fácilmente escuadrón y medio de caballería.
El pueblo está en la ladera, y detrás de él empiezan los
bosques que se extienden hacia Guipúzcoa.”
Como decíamos más arriba, cuando tuvo lugar el primer
ataque a la Etxarri-Aranatz fortificada por Rodil,
Henningsen no se había incorporado todavía a las fuerzas
carlistas; con todo, dada su impresión posterior, no duda
en calificar a la villa como “…la plaza más fuerte
entre Pamplona y Salvatierra.” Su impresionante relato
proviene de conversaciones mantenidas durante la campaña
con participantes y testigos directos de la fallida
intentona. La explicación de los motivos del ataque que da
nuestro autor, ya la hemos expuesto en párrafos anteriores:
si algo creaba verdaderos problemas a Zumalakarregi era la
falta de material de artillería. En palabras de Henningsen:
“…por carecer de hasta la más pequeña pieza de campaña,
los carlistas se veían obligados a huir aún de meras casas
aspilleradas y se encontraban en la misma situación que los
guerreros primitivos… para los que las paredes de piedra
de cualquier edificio o castillo constituían una barrera
infranqueable.”

Etxarri-Aranatz.
Se había intentado con diverso éxito forjar cañones y
morteros, bajo la dirección de un oficial técnico de
artillería, Tomás Reina, pero de cualquier manera, en ese
mes de Agosto de 1.835 la acuciante necesidad de obtener al
menos una pieza llevó a los carlistas a intentar la seducción
de algún oficial enemigo a cuyo cargo corriera la seguridad
de una guarnición importante, con vistas a que entregara la
posición y con élla las armas. Eso precisamente sucedió
en Etxarri-Aranatz.
La descripción que nos hace Henningsen del pueblo, al que
conocería poco después, indica el grado de dificultad al
cual se enfrentaban las tropas de don Carlos: “Echarri
Aranaz es un pueblo grande, dividido por una calle ancha12,
que parte en ángulo recto del camino real, del cual queda
oculta por una posada y un grupo de seis o siete casas. Éstas
habían sido aspilleradas y se habían construído tambores
a su alrededor, y el conjunto de los edificios estaba
rodeado por una fosa profunda; estaba, además, todo ello
reforzado por una empalizada fuerte y doble, y cada uno de
los lados se hallaba defendido por un cañón de cuatro u
ocho libras.”
Había en total en Etxarri aproximadamente 500 soldados, con
cuatro mil fusiles, seis cañones y nutrido equipamiento y
provisiones.
La captura de ese recinto fortificado sería imposible para
las débiles formaciones carlistas puesto que, a más de
otras consideraciones, la operación debería ser
necesariamente muy rápida, ante el riesgo de una segura
llegada del auxilio de otras fuerzas cristinas acantonadas
en las cercanías, y la resistencia sería por descontado
encarnizada, de modo tal que la única opción viable era
que las puertas fueran franqueadas desde adentro y hacer
pesar el factor sorpresa. A tal efecto, los espías de
Zumalakarregi obtuvieron la aquiescencia de dos hermanos de
apellido Manzano, jóvenes oficiales del regimiento de
Valladolid de guarnición en la plaza, personas cuyas simpatías
al parecer se inclinaban más por el pretendiente que por
sus jefes. La trama de la traición diseñada por los
complotados era sencilla y consistía en aprovechar una
noche obscura en la cual se encontraran de guardia, para
abrir las puertas y dejar vía libre a los carlistas. Dos
compañías del Tercer Batallón de Navarra y dos de Guías,
la fuerza selecta de Zumalakarregi, estacionadas con el
grueso entre Arbizu y Etxarri, serían las encargadas de
tomar a la bayoneta el reducto. La nerviosidad del momento y
la natural falta de confianza de los navarros en la buena fe
de los dos tenientes comprometidos, llevó al fracaso de la
intentona. En la obscurísima noche, los atacantes, por lo
visto olvidados de la presencia del foso defensivo, se
precipitaron en él en número de unos veinte, el
consiguiente estruendo alertó a la guarnición y en el
tiroteo desatado inmediatamente murió uno de los dos
tenientes conjurados, el otro, junto con algunos soldados de
su confianza, logró reingresar en la plaza, sobre las armas
ya en ese punto, y disparando en todas direcciones.
Todas las fuerzas carlistas debieron huir precipitadamente
para no ser cogidas en una pinza entre las tropas de la
guarnición de Etxarri-Aranatz y las de los sitios cercanos.
Los desgraciados miembros del grupo que debía tomar la
plaza recibieron un castigo muy severo, siendo echado a la
suerte un fusilado de cada compañía, en tanto que los
oficiales y suboficiales resultaron todos degradados aunque,
como lo aclara Henningsen, su inocencia y el hecho de que se
retiraran los últimos y en relativo buen orden, llevó a
que los demás oficiales intermedios les permitieran, lejos
de la vista -gorda-, del comandante, volver subrepticiamente
al servicio.
Este fiasco, que llevó huyendo a las tropas carlistas hasta
Santa Cruz de Campezu, sitio alcanzado el 3 de Septiembre
siguiente, sería luego compensado en ocasión de la batalla
de Viana. Poco después de ésta, que tuvo lugar el 14 de
Septiembre de 1.834, nuestro voluntario inglés se presentaría
por primera vez ante el “Tío Tomás”, a quien por su
actitud cayó inmediatamente en gracia. A partir de ese
momento, Henningsen actuaría en diversas oportunidades,
siempre con las fuerzas de Zumalakarregi y en una relación
bastante directa con este jefe.
1 “Siempre listos para cortar su libra de carne de los
corazones de las naciones”.
2 Como él mismo relata, las escaramuzas en torno a la
guarnición cristina de Lekaroz fueron “…la primera vez
que yo había visto disparar en guerra y oído el silbido de
una bala.”
3 El apodo amable por el cual los soldados llamaban a
Zumalakarregi, “Tío Tomás”, que también cita
Henningsen, fue hecho circular en Europa por el francés
Alexis Sabatier, teniente coronel de la infantería
carlista, como nuestro autor caballero de la Real y Militar
Orden de San Fernando, en su libro “Tío Tomás: Souvenirs
d’un soldat de Charles V”, editado en Bordeaux en 1.836.
4 Al modo de la época, el título completo es: “The most
striking events of a twelvemonth’s campaign with
Zumalacarregui in Navarre and the Basque Provinces. / By C.
F. Henningsen, captain of lancers in the service of Don
Carlos.”, dedicado a Lord Edward Granville Eliot, luego
conde de St. Germans, editado en Londres por John Murray en
1.836.
5 Edición en un volumen de la “Colección Austral” de
Espasa Calpe, con prólogo y traducción de Román Oyarzun,
Buenos Aires, 1.947.
6 “El campesino, o más bien el agricultor,
particularmente en las provincias del norte -y de éstos
hablo principalmente-, es no sólo fiel a su antiguo modo de
gobierno y línea de monarcas, a consecuencia de su recelo
hacia todo lo que viene de fuera, sino también por sus
costumbres, sentimientos y tradiciones. No habiendo nunca
sufrido del abuso de la monarquía, sucediera lo que
sucediere al cortesano y al ciudadano; habiendo siempre
gozado un alto grado de independencia personal, aún en los
tiempos de mayor arbitrariedad, mantiene los derechos de su
soberano con la misma tenacidad con que defendería sus
propios privilegios si fueran atacados.”
7 En el caso específico de Etxarri-Aranatz, originariamente
una bastida abandonada y vuelta a poblar, que recibió Fuero
de Franquicia en 1.351, el mismo año en que se renovaron
sus defensas militares.
8 Ese tipo de guerra tan atractiva para el carácter del
vasco de la montaña, y que con pluma maestra señala Baroja
para poco más adelante en el tiempo en su “Zalacaín el
aventurero”, cuando habla de los anhelos de sus héroes
enrolados a favor de Carlos VII: “Y los dos vascos
especificaron lo que ellos consideraban como hermosura.
Ambos guardaban en el fondo de su alma un sueño cándido y
heroico, infantil y brutal. Se veían los dos por los montes
de Navarra y de Guipúzcoa al frente de una partida,
viviendo siempre en acecho, en una continua elasticidad de
la voluntad, atacando, huyendo, escondiéndose entre las
matas, haciendo marchas forzadas, incendiando el caserío
enemigo… ¡Y qué alegrías! ¡Qué triunfos! Entrar en
las aldeas a caballo, el sable al cinto, mientras las
campanas tocan en la iglesia. Ver, al huir de una fuerza
mayor, cómo aparece entre el verde de las heredades el
campanario de la aldea donde se tiene el asilo; defender una
trinchera heroicamente y plantar la bandera entre las balas
que silban; conservar la serenidad mientras la granadas
caen, estallando a pocos pasos, y caracolear en el caballo
delante de la partida, marchando todos al compás del
tambor… ¡Qué emociones debían ser aquéllas! Y Bautista
y Martín soñaban con el placer de atacar y de huir, de
bailar en las fiestas de los pueblos y de robar en los
Ayuntamientos, de acechar y de escapar por los senderos húmedos
y dormir en una borda sobre una cama de hierba seca…”
9 Henningsen coincide con muchos otros extranjeros en la
descripción asombrada del Mendialde navarro: “…no es
otra cosa que una sucesión de montañas donde el forastero
se encuentra perdido y desorientado en aquel laberinto de
largos y estrechos valles, profundas cañadas y salvajes y
gigantescas rocas.”
10 Esta estrategia de fortificar todas las posiciones
favorables, había sido ideada por Rodil ante el constante
riesgo representado por el dominio carlista en las zonas
rurales, exacerbado tal vez por su forma de tratar a la
población civil.
11 Como el mismo Henningsen aclara, al principio de la campaña,
el ejército de don Carlos contaba con 800 infantes armados
con mosquetes y escopetas de caza, 14 jinetes, 1 oficial de
artillería y un tren de batir integrado por dos piezas, por
el momento enterradas en Vizcaya; la caja de dicho “ejército”
sumaba 200 libras.
12 El esquema original de la planta urbana de Etxarri-Aranatz,
obviando las extensiones modernas, es claramente perceptible
en las fotos aéreas adjuntas del SITNa, y coincide
naturalmente con muchas otras fundaciones medievales en
Nafarroa.
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“Carlistas
con banderas” en Etxarri-Aranatz. Las impresiones del
voluntario inglés Frederick Henningsen. (II de II)
Tras la derrota de los carlistas en Larraga, que les llevó
a retirarse a Ziraurki y Mañeru, las fuerzas de Mina de
guarnición en Pamplona aprovecharon para acudir en socorro
de sus compañeros sitiados en Elizondo en el Baztán.
Sabedor de esa intención, Zumalakarregi merced a esos rápidos
desplazamientos que le hicieran famoso, se transladó al
valle de Ollo mientras Mina ascendía por la cuenca del
Ulzama hasta Elizaburu1, sitio a partir del cual el
constante hostigamiento sufrido por parte de las tropas de
don Carlos le llevaría finalmente, tras los combates en la
zona por Illarregi y Larrainzar, a retirarse hacia el Baztán
por Legasa y Gaztelu. Las bajas sufridas por los cristinos
proveyeron a los carlistas de la oportunidad que necesitaban
para poner sitio a Etxarri-Aranatz con la seguridad de tener
las espaldas cubiertas por un tiempo con respecto a las
salidas de la guarnición de Iruñea y a un posible retorno
de los aventurados en el Baztán.
Así, esta vez algo más pertrechados de material de sitio,
los carlistas vuelven a rodear Etxarri. Es el 14 de Mayo de
1.835. Oigamos hablar a Henningsen, esta vez de primera
mano: “…cortando los puentes de Erro e Izurdiaza,
situados sobre el río Araquil y a su retaguardia,
Zumalacárregui,
con una fuerza considerable, llegó al valle de la Burunda.
Hacia las doce del mediodía, nos encontrábamos delante del
fuerte de Echarri-Aranaz, el más poderoso de dicho valle.
Todo el tren de batir que llevábamos era un mortero de
siete pulgadas y el viejo cañón de dieciocho libras de
Vizcaya, el que por su aspecto deteriorado y viejo era
llamado por los soldados ‘el Abuelo’. Fue colocado al
final de la calle y pronto empezó a disparar sobre la
posada fortificada, alrededor de la cual construyó reductos
el enemigo. En España2, las paredes de las casas están
construídas con tal solidez, que constituyen otras tantas
fortalezas, dispuestas a ser defendidas por quien a ello se
decida.”

Etxarri-Aranatz.
Como indicábamos en el título, nuevamente los carlistas,
con sus banderas, rodean a Etxarri-Aranatz; esta vez sí
obtendrán el éxito, tras cinco días de combate y
sufrimientos, en especial de parte de los pobladores de la
villa, dado que la lucha se extendería más allá del
fuerte, dentro mismo del corazón de la población. Frente a
ellos se ubicaba un batallón de unos 500 hombres de las
fuerzas cristinas, comandado por el navarro Joaquín Mezquínez3,
divididos en cuatro compañías del Regimiento de
Provinciales de Valladolid, ya conocidos desde los días del
frustrado ataque anterior, y una de artillería de la
Guardia. Las cosas habían cambiado para entonces, y la
presencia de un mortero entre las fuerzas atacantes tendría
no poco que ver con su triunfo final, porque el tiro elevado
de esta pieza determinaría la demolición de muchas de las
casas en las que se habían hecho fuertes los
vallisoletanos, en función de caer las bombas a través de
los tejados, la parte más débil de las construcciones. La
estrategia adoptada por los ocupantes para paliar el efecto
destructor de las granadas consistió en ordenar a los
soldados “…que permanecieran tumbados en el suelo en el
primer piso de las casas, de tal modo, que las granadas, al
chocar con la tierra, explotasen en el piso bajo, y de esta
manera el riesgo principal les venía de las tejas o vigas,
salvo los raros casos en que estas granadas explotaban antes
de alcanzar la tierra o caían directamente sobre ellos.”
Cabe figurarse la tensión de los soldados y civiles
sometidos al bombardeo sin más protección que ese no muy
prometedor recurso…
Cruzando el cinturón de tropas carlistas que a modo de
seguridad rodeaba a la asediada Etxarri en un radio de más
o menos cuatro kilómetros, los habitantes de las cercanías
se acercaban a contemplar el espectáculo que parecía
colmar sus ansias de ver finalmente aniquilados a los
enemigos: “…la multitud de aldeanos que venían desde
varias millas a la redonda a presenciar la destrucción
‘de sus tiranos’, pues como tales eran considerados en
todas partes. Generalmente, gritaban llenos de alegría
cuando se veía el polvo rojo que se desprendía al caer las
granadas sobre los tejados. En todas las localidades que más
tarde sitiamos ocurría lo mismo: así como los gorriones se
reúnen alrededor de la lechuza durante el día, así miles
de habitantes, hombres y mujeres, ancianos y niños, todos
vestidos con sus mejores trajes, como en los días de
fiesta, cubrían todas las montañas alrededor de nosotros,
expresando sus deseos de que tomáramos el fuerte, o sus
temores de que las ‘columnas’, como denominaban al ejército
cristino, nos obligaran a levantar el sitio. Cada vez que yo
pasaba adelante y atrás, cientos me hacían la misma
pregunta: ‘¿cómo va el sitio, señor oficial?’. La única
manera de complacerles era decirles que se rendiría antes
de la mañana siguiente.”
La furia y la frustración de estos baserritarras que
menciona Henningsen les impedía seguramente el ver que la
destrucción incluía los bienes y las vidas de muchos
carlistas de la villa, pero hay aquí que introducir un
matiz que el oficial inglés no deja de resaltar en otra
parte de su obra, y es el que le lleva a considerar la
sorprendente capacidad de los navarros para reponerse de los
desastres de la guerra: “…aunque sus tropas [las de
Napoleón], quemaron y destruyeron poblaciones enteras en
las montañas, un año o dos después, con gran sorpresa,
encontraron otras floreciendo en su lugar”.
Recuerda también el autor como una de las escenas
“divertidas” del sitio los esfuerzos de unos ancianos
por rescatar a su cerdo de la lluvia de balas que cruzaba la
calle principal de Etxarri, “…completamente despejada,
pues quedaba barrida por el fuego de cañón y fusilería
del fuerte… Pero lo que principalmente me divirtió fue el
observar los apuros de un anciano matrimonio cuyo cerdo corría
a lo largo de la ancha calle, donde los esqueletos de más
de uno de su clase demostraban el placer delicioso de que
disfrutaron los cristinos al convertir los cerdos en rico
manjar. Ambos ancianos, y con mucha razón, temían salir de
las puertas de sus casas, y solamente interrumpían los
insultos mutuos cuando querían atraer al cerdo; en vano le
echaban maíz y nabos; el desorientado animal resistía toda
la elocuencia de sus insinuaciones, como si se gozara en
atormentarles y parecía preferir la gloria de corretear por
el lugar prohibido a todo lo que pudieran ofrecerle, y
volviendo la cola hacia ellos, continuó corriendo por la
calle…lo llamaban ‘mi querido’ y otras frases que yo
no recuerdo. Nunca me enteré si, por fin, tuvieron que
llorar la muerte de este interesante animal.” Sin lugar a
dudas, el aspecto trágico del asunto primaba sobre el cómico,
pese a la incapacidad de Henningsen para notarlo, y en esa
desesperada pareja de ancianos luchando por salvar
seguramente al único cerdo que les quedaba de sus bienes,
podemos ver reflejado el drama de toda la población civil
del País, cogida más literalmente que nunca entre dos
fuegos.

Frederick Henningsen.
La resistencia de las fuerzas ocupantes se debía sin lugar
a dudas a la esperanza de recibir un pronto socorro desde
Iruña. Precisamente ese esfuerzo desesperado por alargar en
lo posible la caída de la villa, llevó a que al bombardeo
se sumara el cavado de una mina destinada a hacer volar las
defensas del reducto fortificado. De tal manera, mientras el
mortero y el viejo cañón “el Abuelo” batían en la
medida de sus escasas posibilidades4 la posición cristina,
contribuían a la vez a distraer a los defensores en cuanto
al progreso de la operación de minado. Trescientas granadas
de siete pulgadas cayeron sobre Etxarri lanzadas por el
mortero carlista fabricado por Tomás Reina, junto con
doscientos cañonazos. Estos proyectiles empero, fabricados
por artilleros inexpertos en el arte, no tenían sus
espoletas bien reguladas, y en más de una ocasión mataron
a los mismos servidores de las piezas, inclusive una vez en
la proximidad de Zumalakarregi, quien según Henningsen, al
contemplar a los sirvientes destrozados a sus pies se limitó
a decir: “¡Qué majaderos son estos artilleros!”.
En esas escenas tan propias de los combates, los voluntarios
carlistas enfrentaban con atrevimiento una defensa tan
extrema de parte de los sitiados, que el mismo viejo cañón
y los encargados de manejarlo se veían paralizados por
momentos ante el fuego de granadas y fusilería de la
defensa, hasta el punto de no poder ser utilizados. A todo
esto, los infantes “…se divertían colocando sus boinas
en palos que sacaban de las ventanas de las casas o de los
ángulos de las callejas, para engañar al enemigo, que en
el acto hacía fuego.”
Como se iban encaminando las cosas, toda la suerte de
Etxarri-Aranatz dependía del éxito de la obra de mina que
iban practicando los sitiadores, y pese a que los defensores
sabían de ese intento e inclusive habían iniciado trabajos
de contramina, los carlistas obtuvieron lo que buscaban.
Como señala Henningsen, un cálculo errado de parte de las
fuerzas cristinas les llevó a subvalorar la capacidad del
explosivo puesto por los carlistas, sobrevalorando al mismo
tiempo la capacidad de su propia chimenea para diluir el
efecto expansivo de los gases, y así, al ocurrir la explosión,
a las diez de la noche del 18 de Marzo de 1.835, su efecto
“…lanzó al aire la empalizada, el muro y tres casas;
cubrió de tierra el foso y abrió una brecha que era
practicable y dejó el fuerte a nuestra merced, con sólo
decidirnos a sufrir pequeñas pérdidas.”
Con todo, no se emprendió el ataque, dado que había una
segunda galería de mina en progreso, casi a punto de
terminarse, y sus efectos habrían debilitado todavía más
a las fuerzas defensoras. Con el objeto de evitar más
desgracias, los carlistas propusieron entonces en un
parlamento la rendición incondicional al comandante Mezquínez,
y éste, tras una infructuosa contrapropuesta de capitulación,
aceptó por último, a la mañana siguiente. Como buena
muestra del grado de odio imperante entre los combatientes,
valen las siguientes palabras de Henningsen: “Cuando
nuestros soldados supieron que había sido enviado al fuerte
un oficial con bandera de parlamento, sospechando que se
efectuaría alguna capitulación, comenzaron a protestar y,
gritando que ni una sola vida debía perdonarse, pidieron
permiso para atacar el fuerte en aquel instante.”
Pese a todo, el indudable valor del comandante, que entregó
la villa solamente cuando ya sus propios soldados comenzaron
a pasar a las fuerzas carlistas, herido además en el pecho
poco antes, obtuvo el digno reconocimiento de Zumalakarregi.
Henningsen nos recuerda al respecto que: “Ocho de la
guarnición, deslizándose sobre las ruinas producidas por
la brecha que se había abierto, corrieron hacia nosotros, y
aunque pasaron por entre una lluvia de balas disparadas por
sus compañeros, sólo dos fueron heridos. Nos informaron
que los soldados que se hallaban dentro estaban reducidos a
la última miseria. Sin embargo, se hubieran mantenido
firmes, de no haber sido por la mina, que hizo volar a
cuarenta hombres que se encontraban en las casas. Al
gritarles nuestros soldados que iba a volarse otra mina, se
apoderó de ellos la mayor consternación. Poco después,
otros veinte escaparon por otro lado y vinieron a
entregarse. Antes que el comandante del fuerte hubiera dado
su respuesta, sus hombres salían en todas direcciones, de
tal modo que no le quedó opción alguna.” El temor a la
mala fama que se había construído en torno a la figura de
Tomás Zumalakarregi debió contribuir asimismo a exacerbar
la resistencia de los sitiados. Por suerte para todos, en
ese caso no hubo represalias5, por el contrario, los
vencedores permitieron a los oficiales sobrevivientes de la
guarnición marchar hasta reencontrarse con sus fuerzas en
la capital navarra.
El panorama de esa parte de Etxarri-Aranatz tras la
victoria, sobrecogedor aún para soldados ya de sobra
familiarizados con los rigores de la campaña, queda
suficientemente expresado en el texto de Henningsen: “Esto
[la entrega del fuerte], ocurrió alrededor de las siete y
media de la mañana. Yo fui uno de los primeros que
visitaron la fortificación. Una de las casas, cuyo frente
había sido todo él desgarrado por la mina, ofrecía el
espectáculo de muchos cuerpos mutilados, muertos dentro de
élla. A un soldado le habían volado las dos piernas; se veía
otro cadáver colgando y sostenido solamente por la viga del
tejado, que había caído sobre su pierna; había también
varias masas negruzcas y ensangrentadas, las que era difícil
imaginarse fueran los troncos y extremidades de cuerpos
humanos. En el interior, todo había sido reducido a polvo
por las granadas... Todos los tejados habían sido tan
completamente destruídos, que durante la lluvia que cayó
incesante en dos días, la mayor parte de los soldados
quedaron totalmente empapados en agua: sus fusiles se
hallaban roñosos, y a causa del número de soldados que vivían
amontonados en los sitios más resguardados, ofrecían
aquellos un aspecto misérrimo.”
438 militares de las fuerzas cristinas sobrevivieron a los
cinco días que duró el sitio. Estos efectivos, formados en
la calle principal del pueblo, aguardaban tras la
formalización de la rendición, un destino bastante
incierto, a juzgar por los antecedentes de comportamiento de
ambos bandos en toda la guerra -el oficial inglés habla al
respecto de la “horrible ansiedad” de los prisioneros-.
Pese a éllo, y como no podía ser de otro modo, la
confraternización entre carlistas y cristinos ya había
comenzado antes de que fuera leída la orden de perdón
dictada por Zumalakarregi, y la misma calle mayor que apenas
una hora antes era campo libre para las balas y esquirlas
dispersadas por la artillería, se transformó muy rápidamente
en sitio de festejos: “…nuestros hombres, los que,
aunque unos minutos antes pedían venganza y la sangre de
sus enemigos, ahora, ansiosamente, y pasando a través de la
guardia, se les acercaban para repartir con ellos la carne,
el pan y el vino. Fue tan diferente el trato que encontraron
del que esperaban, que todos contestaban con grandes gritos
de ‘viva CarlosV’ y pedían armas para luchar en sus
filas.”
Los carlistas lograron al fin obtener tres cañones, uno de
ocho libras y dos de seis, y muchos otros elementos útiles
para proseguir la campaña, además del factor inmaterial
pero tan valioso que representó la caída de Etxarri-Aranatz
para acrecentar su fama. Lamentablemente, la escolta
asignada para acompañar hasta Iruña a los oficiales
derrotados, comandada por el capitán jefe de la partida de
Etxarri-Aranatz, resultó atacada y encarcelada en la
capital por lanceros de las fuerzas cristinas, y solamente
la intervención de la diplomacia inglesa de Eliot6 obtuvo
su liberación. En ese ataque perdió la vida un soldado
carlista y quedó herido su jefe.
La campaña de Zumalakarregi continuó en un fulmíneo
crescendo de éxitos hasta el sitio de Bilbo, donde una
simple herida mal atendida acabaría con la vida del mejor y
más famoso comandante de toda la Guerra, fallecido en
Zegama el 25/V/1.835. Henningsen por su parte, una vez
concluída aquella, proseguiría su vida aventurera
combatiendo en el Cáucaso contra los rusos con las fuerzas
del famoso imán Shamyl y luego, con los nacionalistas húngaros
en 1.848, antes de emigrar a los EEUU, en donde moriría ya
viejo7, con el grado de general alcanzado en las fuerzas
confederadas durante la Guerra Civil de ese país.

Zumalakarregi herido de muerte en Bilbao.
Etxarri-Aranatz y sus gentes verían y sufrirían en carne
propia varias guerras más a lo largo de la historia, como
ya lo habían hecho antes de ser visitadas por este peculiar
militar escritor. Hoy, siguiendo las ideas que Henningsen
desarrolla en su libro, podemos reconocer que, sin la menor
duda, el pueblo vasco es demasiado fuerte para rendirse ante
los efectos destructores de conflictos que nadie quiere.
Dejamos entonces este relato tal como lo comenzamos, con
unas palabras que, escritas por un extranjero hace ya casi
170 años, no han perdido actualidad: “En común con sus
vecinos de las Provincias vascas, Álava, Guipúzcoa y
Vizcaya, el navarro forma parte de los restos de un antiguo
pueblo cuyo origen se pierde en la obscuridad de los
tiempos; pero en tanto en cuanto puede descubrirse desde que
la Historia existe, él ha sido independiente, inconquistado,
y conserva hasta el día de hoy su propia lengua, una lengua
que no tiene afinidad con ninguna otra de las que yo
conozco. Acaso puede ser la de los galos, antes de que
fueran dominados por los latinos y los francos. Es dura de
pronunciación, pero rica y expresiva, y si se me permite
opinar, creo que no fue formada para fluir de los suaves
labios de un meridional. En español se la denomina
vascuence, o lengua vascongada.”
Bibliografía
Carles Clemente, Josep: “Las guerras carlistas”, Sarpe,
Madrid, 1.986.
Extramiana, José: “Historia de las guerras carlistas”,
Vol I, Haranburu, Donosti, 1.980.
Henningsen, Charles F.: “Zumalacárregui”, Espasa-Calpe
Argentina, Buenos Aires, 1.947.
Idem: “The most striking events of a twelvemonth’s
campaign with Zumalacarregui, in Navarre and the Basque
Provinces./By C. F. Henningsen, captain of lancers in the
service of Don Carlos.”, Murray, London, 1.836.
Sabatier, Alexis: “Tío Tomás: Souvenirs d’un soldat de
Charles V”, Bordeaux, Granet, 1.836.
1834/5. “Carlistas con banderas” en Etxarri-Aranatz. Las
impresiones del voluntario inglés Frederick Henningsen. (I
de II)
1 “…[Mina] fue derrotado, y hubiera perecido con toda su
división a no ser por una de esas circunstancias contra las
cuales nada puede la previsión humana: el deshielo
repentino, que evitó llegasen a tiempo los batallones
esperados. Antes que pudiera levantar cabeza tras estas
derrotas, fue tomado Echarri-Aranaz.”
2 En este punto, el traductor Roman Oyarzun aclara con mayor
precisión que Henningsen que: “Esto ocurre especialmente
en el País Vasco.”, cosa con la cual debemos naturalmente
concordar.
3 “El comandante Mezquínez, con el cual trabé conversación,
hablaba muy bien el francés. Era natural de Pamplona y
pariente lejano de Mina… Parecía un hombre muy
caballeroso y muy instruído, alto y delgado, entre los
cincuenta y sesenta años; pero con un aspecto de los más
horribles; asemejábase más bien a un orangután que a un
ser humano.”
4 “El viejo cañón fue acortado como un pie; pero reventó
por segunda vez por la boca. Aún se le cortó de nuevo, y
aunque podía apreciarse en él una resquebrajadura muy
visible, fue atado fuertemente con una cuerda muy gruesa y
comenzó de nuevo a hacer fuego.” Los soldados carlistas
bromeaban, según Henningsen, sosteniendo que al paso de los
recortes del cañón, cuando se terminara de sitiar todas
las guarniciones cristinas de la Burunda, “el Abuelo”
tendría el largo de una pistola.
5 “La manera como Mina había respondido a la benevolencia
con que él trató a los prisioneros de Los Arcos, no era,
ciertamente, para animarle a proceder de nuevo en forma
parecida. Persuadido, sin embargo, de que, contando ahora
con alguna artillería y con un ejército que había
aumentado considerablemente, sería imposible para él el
continuar el sistema de fusilar, aunque fuera en justa
represalia, a todos los que caían en sus manos, o movido
por alguno de aquellos impulsos repentinos de generosidad
que en la hora del éxito parecían regir sus
determinaciones, resolvió, no sólo respetar la vida de
todos, sino también concederles la libertad y el perdón
sin condiciones, autorizándoles a ir donde les
pluguiera.”
6 El Convenio Eliot del 27/IV/1.835, puso bajo normas
legales toda la cuestión relativa al trato dado a los
prisioneros de guerra, juicios militares y demás pormenores
hasta ese momento muy poco respetados por ambos
beligerantes.
7 “…The deceased was a man of striking appearance, being
tall, erect and soldier-like in his bearing. He was
gentleman of scholarly attainments, and spoke theFfrench,
Spanish, Russian, German and Italian languages with the
fluency of a native…” “The Evening Star”,
Washington, Thursday, June 14th, 1.877. Es destacable que
todos los artículos y notas acerca de Henningsen remarcan
su forma correctísima de ser soldado.
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Raul
Guillermo ROSAS VON RITTERSTEIN(Universidad de Luján
Buenos Aires Argentina)

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