- Libres
contra nuestra historia-
Amaia Arrieta. Iruñea/Pamplona/Pampelune.
Recogiendo el pañuelo lanzado en estas páginas por Mitxel Urriza, quisiera apuntar
mi nombre al de aquellas personas que consideran que la Historia no legitima de por sí
ninguna reivindicación de soberanía política. Que la vida histórica del Reino o
Estado de Navarra como estructura jurídico-política de Vasconia no es el argumento
fundamental de los deseos de liberación de este pueblo. Que su conquista e invasión
en diversas fases históricas por los países vecinos no debe ser la única base
sobre la que asentar discurso político alguno.
Es más, siguiendo a Urriza, si jamás hubiese existido unidad política a la que
referirse, yo seguiría defendiendo la necesidad de constituir nuestro propio Estado
soberano. Porque considero que no hay reivindicación más legítima que la de
sobrevivir. Tal y como reclama en su escrito Mitxel Urriza, escribo también estas líneas
desde una sensibilidad de “izquierda” y “abertzale”, siempre y cuando este
segundo concepto no se confunda con la acepción desarrollada a partir del imaginario
colectivo que ha alimentado el discurso de las diversas estructuras que se vienen
reclamando “nacionalistas vascas” en los últimos 100 años.
En sintonía con un guión escrito en su día por Koldo Izagirre, creo que no nos
quedaría otro remedio que ser libres, aunque fuera contra nuestra historia.
Concepto
cultural y concepto político
Parafraseando a Urriza, anuncio que el país a cuya soberanía yo aspiro se llama
Nafarroa en euskara, Navarre en francés e inglés y Navarra en castellano; y que,
aunque creo que la forma sí importa, no tengo mayor inconveniente en utilizar en
ocasiones el sinónimo Euskal Herria en euskara, Pays Basque en francés, Basque
Country en inglés, y Vasconia o País Vasco en castellano. Sin embargo, debo
reconocer que ni los diversos autores independentistas de los últimos 100 años, ni
ninguna de las personas que yo conozca han utilizado el término “Euskal Herria”
para referirse políticamente a este país hasta hace escasamente tres lustros. Es más,
dicho concepto ha venido definiendo a una comunidad cultural y lingüística, más o
menos homogénea, desde sus primeras publicaciones por escrito (Leizarraga en el XVI
y Axular en el XVII), con la acepción de comunidad de vascoparlantes o territorios
de la lengua vasca. De hecho, los primeros impulsores de lo que convenimos en llamar
“nacionalismo vasco” del siglo XX, se inventaron un término nuevo -Euskadi- para
denominar políticamente a ese país que, efectivamente, consideraban, debían
construir o crear. Yo mismo he utilizado en ocasiones ese término para referirme al
conjunto de Navarra hasta hace algo más de una década.
Sin embargo, no creo que Navarra, como concepto político-territorial, sea una simple
parte de Euskal Herria. Entiendo, al contrario, que se trata de dos conceptos que
reflejan una misma realidad: el hecho cultural y lingüístico (Euskal Herria), y el
hecho jurídico-político (Nafarroa). De la misma forma que resultaría un tanto
chocante que una lusitana no fuera portuguesa o una nipona japonesa, yo, como
euskaldun, me reclamo políticamente navarra.
Parece ser que en los últimos 15 años el concepto “Euskadi” ha caído en desuso
para buena parte del mencionado “nacionalismo vasco” como consecuencia,
fundamentalmente, de la patrimonialización que del mismo ha hecho la Comunidad Autónoma
española formada por los territorios occidentales de Navarra. Ello ha supuesto el
inicio del uso del concepto Euskal Herria con carácter político. Sin embargo, no
podemos obviar que también el concepto “Euskal Herria” está siendo
patrimonializado por la señalada Comunidad Autónoma española con carácter
privativo (por poner un solo ejemplo, el Boletín Oficial de la C.A.V. se denomina en
euskara Euskal Herriko Aldizkari Ofíciala -sic-). Dicha patrimonialización suele
ser defendida desde supuestos argumentos demográficos que, dicho sea de paso, me
parecen sumamente endebles.
También el concepto de Navarra está siendo utilizado, en general, para denominar a
la Comunidad Autónoma española en la que han integrado a los territorios Sud-Orientales
de nuestro país. Y ello bajo la argucia de reducir, menospreciar y minimizar la
acepción política real de un término que, en realidad, ha sido el único en
representar políticamente a todos los vascos. Pero bueno, como eso de lo que haya
sido nos da igual, nos ceñiremos al argumento de Urriza para señalar que, en opinión
de la que suscribe, el concepto político de Navarra es el más apropiado para
definir al conjunto de los territorios que, a nuestro entender, conforman nuestro país.
Y el concepto de navarro es el gentilicio político que mejor define a sus
habitantes, todos ellos. Por pura efectividad política.
Cimientos
Cuando hablamos de efectividad política, nos estamos refiriendo al discurso y
estrategia de liberación que se basa en el imaginario colectivo con el que los
habitantes de este país se pueden sentir representados; es decir, un imaginario
colectivo cuyos referentes jurídicos, lingüísticos, paisajísticos, arquitectónicos,
históricos -lo siento-, etcétera, sean capaces de aglutinar la voluntad mayoritaria
de las ciudadanas y ciudadanos de este rincón de Europa en aras a su recreación
como sujeto de derecho internacional a todos los efectos: como Estado.
Unos cimientos, al fin y al cabo, que han sido ignorados por el discurso e imaginario
colectivo socializado por el “nacionalismo vasco” en general durante el siglo XX.
El problema pues, no es tal o cual estrategia, ni siquiera, utilizando el símil
arquitectónico, cómo y cuándo vamos a levantar los pilares de la casa política de
los vascos. El problema es que los cimientos sobre los que se ha pretendido proyectar
la obra son falsos, reduccionistas, incapaces de aglutinar en la práctica las
voluntades mayoritarias en todo el país.
Y lo curioso del caso es que los cimientos son reconocibles en cuanto descubramos que
una cepa de vid de Laguardia o un olivo de Valtierra son tanto o más parte del
cuadro que un roble de Gernika o un caserío baztanés. Son los cimientos de nuestra
cultura política, la gran ignorada, aquella que garantiza nuestra supervivencia
cultural y lingüística en el mundo.
Símbolo
político
En cuanto al símbolo, no hay mucho más que añadir. La ikurriña representará para
cada cual lo que dicha bandera le sugiera. A mi sólo me interesa el símbolo político
que sea capaz de aglutinar voluntades en pos de los objetivos mencionados más
arriba. Estoy convencida de que dicho símbolo es aquel que más se identifica con el
concepto Navarra, esto es, cualquiera de las expresiones gráficas -históricas o
futuras- del actual escudo de la Navarra reducida. (Desde los 8 brazos radiales
vascones, pasando por el carbunclo abierto o cerrado, pomelado o no, y llegando, si
es menester, al escudo encadenado fruto de la historia cristiana novelada de las
Navas de Tolosa, o cualquier expresión reconocible futura). Lo prefiero sin corona,
pero no le hago ascos a nada. Lo importante es el fondo.
Y mira por dónde, sin quererlo ni beberlo, llego a la conclusión de que lo más
efectivo para alcanzar mis objetivos es el imaginario colectivo, el discurso político
y los símbolos que acompañan al devenir histórico de ese mismo concepto. Y repito:
lo más importante es su efectividad política. Aunque cuando dicha efectividad política
tiene además el aval de la cultura política nacional y de la memoria histórica
aletargada en la conciencia colectiva, entonces, no tengo porqué abjurar de la
utilización de estos argumentos. Y por eso prefiero hablar de la recreación de
nuestro Estado en lugar de la creación de uno nuevo.
Por último, una pregunta: si tan fundamentales han sido las aportaciones de diversos
autores e historiadores en los últimos años (Urzainqui, Olaizola, Sorauren, Esarte,
Oria Osés, Urtasun o Petxarroman, por citar algunos), sin olvidar a sus, en cierta
medida, precedentes (Iturralde y Suit, Campión, Olave, Ortueta, Gurrutxaga, Jimeno
Jurío, o Clavería, por mencionar a otros), ¿Por qué no sacamos lecciones o
conclusiones de las mismas? Si creyésemos que esos trabajos no tienen proyección
política actual y futura estaríamos traicionando, estoy seguro, el objetivo de sus
autores; y resultaría contradictorio considerarlas fundamentales.
Un fuerte abrazo soberanista a Mitxel Urriza.