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Autodeterminación
para el Sáhara Sentencia de la Audiencia Nacional. Asesinatos de Montejurra-76.
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y Poemas
Carlistas Frases, ideas y ocurrencias graciosas
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-Hacia
una nueva idea de socialismo Iosu
Perales Arretxe Resumen
La palabra
socialismo plantea hoy bastantes problemas. La izquierda ha empobrecido su
horizonte, incluso, duda de su propio proyecto histórico porque hasta el momento
no ha podido proponer, de manera exitosa, un paradigma distinto que no sea el que
corresponde a la socialdemocracia de la Internacional Socialista. En este
sentido, la izquierda debe reconocer que sus rutas son torcidas y reconstruir su
proyecto político a partir de una reflexión autónoma y de los datos más que
de una ideología.
A lo largo de
este siglo que termina, en la izquierda ha predominado la idea de un camino
recto, dividido en etapas, hacia el socialismo. Y es que en la izquierda la
tentación de situarse en las coordenadas del progreso, como si éste fuera un
aliado cómplice de las aspiraciones de liberación, ha tenido un peso
mayoritario. Pero ni el progreso puede presentar un balance limpio que demuestre
que lo es, ni en todo caso sus coordenadas tienen una simpatía especial por las
izquierdas.
El acoso a que
se ve sometida la izquierda por los poderes reales del mundo de hoy se une a una
crisis discursiva y de propuestas, todo lo cual da como resultado, por primera
vez, una seria duda acerca de la marcha de la historia.
En estas
circunstancias desconocidas hasta ahora, en la izquierda hay con frecuencia dos
tentaciones igualmente arriesgadas: una de ellas es la del quietismo, la otra la
de escapar rápidamente en dirección a la derecha en busca de un lugar seguro.
El quietismo conduce a la retórica, al revolucionarismo de lenguaje que ignora
por completo las reglas del juego al considerarlas trucadas, y que al
menospreciarlas queda fuera de toda posibilidad de intervenir con eficacia en el
cambio de sociedad. Y, alejarse del campo de batalla con el argumento de que
todo, parlamento, prensa, leyes, etc, está infestado de tiburones conservadores,
significa quedarse en un escenario imaginario en el que nada se dilucida. En el
lado contrario, los movimientos hacia la derecha resultan patéticos, pues
parecen buscar el aplauso de las fuerzas económicas y políticas más poderosas,
bajo la ingenua creencia de que el porvenir en justicia, sin explotación, puede
ser pactado.
En el marco de
estos movimientos mutantes se produce una catarsis antes impensable: de pronto el
pasado de lucha es un gran equívoco y se empieza a cuestionar si de verdad hay
diferencia entre izquierda y derecha. En los movimientos hacia la derecha hay un
querer ser como ellos, algo pocas veces
reconocido explicítamente, pero que sin duda impulsa en una dirección en la que
la izquierda puede terminar, sin más, siendo la otra mano de la derecha. No hay
que olvidar que el mayor triunfo de la derecha se da cuando fabrica su propia
oposición.
Por alguna
maldición parece sumamente complicado que haya una izquierda que entienda y
asuma que sus rutas son torcidas, y que debe proceder a una reconstrucción de su
proyecto político a partir de una reflexión autónoma y de los datos más que
de una ideología, o de la adscripción a una corriente política internacional
que cree tener todas las respuestas. En realidad, la izquierda de Occidente está
prisionera de una tradición racionalista que desde Platón hasta Marx se ha
apoyado en el dogma de que todo problema auténtico sólo puede tener una solución
verdadera, así como en la creencia de que todas las soluciones deben formar un
todo armónico en un saber omnicomprensivo.
Sin embargo,
no es malo empezar por reconocer que hoy la izquierda no tiene una teoría de la
revolución; ninguna de las del siglo XIX funciona. Hay que pensar no en una teoría
sino en líneas que excluyen cuadros de explicación total. Se trata de repensar
numerosas cuestiones desde la conciencia de que las rutas del cambio son
necesariamente torcidas.
La palabra
socialismo necesita ser desnudada para, superando el mito y la excesiva
simplificación del lenguaje, hacer referencia a qué comunidad queremos, qué
sociedad queremos, qué mundo habitable queremos. A fin de cuentas, se trata de
las grandes interrogantes que deberían mover a la pasión de pensar y actuar. Y,
sin embargo, sucede a menudo que en la izquierda se prefiere no aceptar el desafío
de encontrar las respuestas por el temor a que resulten ser excesivamente
comprometidas.
En cualquier
caso, ya no se trata de ofrecer soluciones, sino de aportar ideas y criterios
innovadores que ayuden a la izquierda a renovarse desde la crítica a lo
existente --que desde luego no es el mejor de los mundos. De manera que entre la
renuncia y la renovación elegimos esta última. Puesto que renuncia es también
quedarse en la nostalgia viendo pasar el mundo.
1. Una
izquierda perpleja
Es difícil
evaluar el alcance de la actual conmoción que sufren tantas gentes de izquierda
sin hacer referencia a esa psicología que viene del movimiento socialista de
principios de siglo. En ella ocupó un lugar principal el rechazo de lo complejo,
la búsqueda de verdades sencillas y de líneas de pensamiento armoniosas. La
convicción de que la historia avanza inevitablemente en la buena dirección y la
creencia de que el progreso técnico lleva consigo el progreso social eran dos
principios básicos de su ideología.
La mentalidad
de la izquierda ha estado muy impregnada por la seguridad de que los hechos acabarán
por darnos la razón. La fe en el triunfo final le otorgaba un mundo seguro,
aunque la lucha fuera terrible y en ella perdieran la vida muchas personas. Así,
la actividad de la izquierda, por modesta y limitada que fuese, surgía como
parte de un curso transcendente.
Las creencias
socialistas en el triunfo final han sido durante gran parte de este siglo un
factor de cohesión y entusiasmo. Muchas gentes del pueblo, obreros y campesinos,
estudiantes, mujeres y jóvenes, se unían a los partidos de izquierda
contagiadas por ese ambiente optimista.
En la formación
de los grandes movimientos de izquierda tuvo una importancia decisiva la revolución
rusa de octubre de 1917. El nuevo régimen brindaba una referencia viva y dio a
millones de personas la posibilidad de saborear un éxito que su propia
experiencia les negaba. Nació, a gran escala, un movimiento de identificación
con un sistema político, en realidad poco conocido y muy idealizado, al que se
hizo depositario de los anhelos socialistas.
Las victorias
de Cuba y Vietnam favorecieron el desarrollo de movimientos revolucionarios de
nuevo tipo, más radicalizados políticamente, más innovadores en las formas de
lucha. Pero ello no propició una actitud crítica de fondo al mundo
seguro, teóricamente conformista, que estaba instalado en la izquierda. El
desmoronamiento de los países del este de Europa a finales de los ochenta suscitó
angustia en buena parte de la izquierda. La seguridad se tornó inseguridad. Para
millones de personas en el mundo, el desplome de la Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas supuso un desgarramiento interior, una cruel derrota que
golpeó sus vidas. De pronto, una sensación de orfandad se apoderó de la
izquierda.
En los últimos
años, el descrédito del socialismo como sistema es algo vinculado a la
experiencia principalmente soviética. Y, significativamente, la izquierda
mundial no ha sabido o podido hasta el momento proponer de manera exitosa un
paradigma socialista distinto que no sea el que corresponde a la socialdemocracia
de la Internacional Socialista, paradigma que cohabita con el capitalismo. Peor
todavía, parece que hablar de socialismo es regresar a lo viejo, a lo inviable.
Ciertamente,
la palabra socialismo plantea hoy bastantes problemas. Designa al mismo tiempo a
los regímenes de Europa del este y a la socialdemocracia del oeste. No es fácil
para el gran público asociar la palabra socialismo a una sociedad nunca
realizada, más igualitaria, justa, libre y democrática. Esta dificultad está
interiorizada en la propia izquierda al haberse producido una fragmentación en
su pensamiento. La visión holística predominante durante más de un siglo hacía
posible encajar cada acto, cada sacrificio, cada conquista social, en un proyecto
intelectual y político que daba un sentido finalista, una confianza
insustituible de estar recorriendo el trayecto correcto. Ahora, cada acto, cada
lucha, aparece dislocado de un proyecto final, y la visión atomística tiende a
concentrarse en lo concreto, en lo puntual, en lo local.
Así nos
encontramos con una izquierda que ha empobrecido su horizonte y que, incluso,
duda de su propio proyecto histórico. La duda conduce con frecuencia a dejarlo
de lado, sin decirlo expresamente, y a buscar en los movimientos tácticos y las
luchas a corto plazo una nueva razón de ser. Sin embargo, la idea de socialismo,
por oposición a la de capitalismo, sigue evocando un cambio global de sociedad.
Una nueva sociedad no movida por los principios filosóficos e ideológicos del
liberalismo, y que esté inspirada por el ideal de la comunidad de bienes aun
cuando esta idea esté cargada de problemas.
Reivindicar la
palabra socialismo para nombrar una descripción que apunta hacia lo que no
existe plantea a la izquierda el desafío de llenarla de nuevo contenido. Desde
luego, quitarse de encima la palabra no resuelve el problema de su dificultad;
puede dar la comodidad de despojar a la izquierda de un complejo de culpa, muy
probablemente al precio de perder su naturaleza y razón de ser.
La palabra
nieve tiene para los esquimales cincuenta significados diferentes, y algo de esto
pasa con la palabra socialismo. La izquierda con vocación revolucionaria debe
encontrarle el sentido que mejor se ajuste a una actitud crítica y no
complaciente. En todo caso, la palabra debe corresponder a esa voluntad
transformadora de lo global, sin lo cual parece imposible hacer resurgir una
conciencia de oposición a lo existente en la sociedad neoliberal.
A las puertas
del siglo XXI, como bien dice el pensador italiano Paolo Flores, la izquierda no
tiene nuevos objetivos que descubrir. Libertad, igualdad, solidaridad, justicia, propuestas revolucionarias básicas
para una nueva sociedad, no resultan obvias. Se trata de pretenderlas en serio,
por encima de los avatares tácticos, y de desarrollar e incluso inventar una práctica
adecuada que nos acerque a esos propósitos. Son valores en los que late un
impulso crítico al capitalismo en cualquiera de sus versiones y una voluntad
transformadora.
Para enfrentar
los cambios hacia una nueva sociedad se necesita ajustar las ideas, renovarlas en
buena parte, teniendo como punto de partida e inspiración los valores de la
izquierda nacidos como oposición a toda forma de opresión y explotación, cuya
sustancia es primeramente moral.
Es verdad que
en el pasado la izquierda hizo una construcción ideológica de la realidad que
no se ajustaba a los hechos. También tenía un diseño del poder revolucionario
que ahora revisamos y encontramos inviable e incorrecto, sobre todo por sus
perfiles excluyentes y autoritarios. Pero la autocrítica en el ámbito de las
ideas no debe echar el agua sucia por la cañería y además al niño. Una
inclinación frecuente en la izquierda es la de moverse como el péndulo de un
reloj, y pasar de unos dogmas a otros de signo opuesto. No debemos dejarnos
conducir por un espíritu derrotista de mirar hacia el pasado y ver en él dos o
tres décadas perdidas repletas de fracasos; no debemos ceder a la tentación de
convertir el pragmatismo en el núcleo de una nueva doctrina que promete el cielo
a cambio de aceptar las bases del sistema económico y político dominante. En
circunstancias adversas, la tendencia a adaptarse de parte de la izquierda lo
conduce a elaborar discursos que resulten simpáticos a los adversarios de la
derecha política y económica. Gana terreno la inclinación al pragmatismo como
nueva doctrina; el ir resolviendo el día a día y la menor preocupación por la
perspectiva y el estudio de los problemas complejos.
Sin embargo,
el sentido de la izquierda, su razón de ser descansa en el hecho de que es la
esperanza para contribuir al logro de una sociedad no sólo algo mejor a la
actual sino distinta. No es, por consiguiente, poco importante que afirme su
vocación socialista, su deseo de construir una sociedad con los valores del
humanismo. Una sociedad integralmente democrática, plural, de reconciliación,
de igualdad entre hombres y mujeres, no racista, respetuosa con todas las
creencias religiosas y políticas. El socialismo democrático por el que se lucha
no es solamente una idea, una utopía; es también un proyecto posible que se
concreta en la lucha política y que pasa por una estrategia de disputa del
poder.
El mundo ha
cambiado, y han cambiado sobremanera las condiciones subjetivas de fuerza y
organización y expectativas de triunfo de la izquierda. Estos cambios han sido
interpretados por algunos analistas como el fin de las expectativas
revolucionarias y el inicio de un período de colaboración entre derecha e
izquierda para conseguir lo posible. Coherentes con este pensamiento, algunos
dirigentes de izquierda, ideológicamente huérfanos ante las inaccesibles uvas
en la parábola de Esopo, se autoconvencen de que ya no es de su gusto lo que
hasta ayer había motivado su lucha, y adoptan como nuevas y apetecibles las
viejas ideas del sistema imperante.
Esta no es la
manera justa de abordar una más que necesaria renovación conceptual y política.
La izquierda nació con una vocación civilizatoria y con esa vocación debe
enfrentar el final del siglo, sin que ello signifique dejar a un lado
concertaciones y pactos cuando ello convenga a los intereses de las mayorías. De
modo que el ejercicio de cambios en lo ideológico nada tiene que ver con
desnaturalizar el carácter de izquierda, su actitud atenta revolucionaria, sus
convicciones democráticas. En cambio, sí tiene como objeto combatir
planteamientos impropios de una izquierda que lucha por el socialismo democrático
a finales del siglo XX.
Debemos tomar
en cuenta el veredicto de la historia en cuanto a concepciones y políticas que
habiendo sido parte del ideario de la izquierda, han demostrado ser erróneas.
Hemos de evitar sustituir unos conceptos absolutos por otros igualmente
absolutos. Es conveniente identificar el carácter abierto que deben conservar
muchas ideas y criterios, en la medida en que la experiencia y el tiempo van
asignando lo acertado o erróneo de muchas de ellos. Pero también es verdad que
la izquierda requiere de unas inspiraciones y criterios sólidos que constituyen
una parte de su razón de ser. El reto es encontrar el necesario equilibrio entre
fundamentos e hipótesis, entre principios y criterios relativos.
Sin duda, el
momento en que vivimos nos pide una actitud de remover las aguas, el reverso de
la comodidad y del remanso intelectual. Nos exige aceptar que el futuro es
inseguro, no comprobable, y que lejos de cerrar el círculo hay que abrirlo. Este
ejercicio de la razón nos invita a desarrollar una fuerza espiritual e
intelectual, una potencia crítica a todo lo existente, una actitud de
investigación y debate. Nuestra ventaja es que ahora sabemos más que antes.
Pero más que
nunca necesitamos asimismo de algo que reclamaba el peruano José Carlos Mariátegui:
la fuerza de la pasión, la ambición de cambiar la vida. Esta es la actitud con
la que hemos de reflexionar y discutir una nueva idea del socialismo.
2. Nueva idea
del socialismo
Ralph Miliban
tenía toda la razón: El socialismo no es inevitable, ni es por consiguiente el
resultado seguro de las contradicciones que vive el capitalismo. Es, nada más y
nada menos, una posibilidad. Al igual que son una posibilidad futura nuevas
regresiones y peores catástrofes. El socialismo surge como lo deseable en medio
de la amenaza permanente de situaciones tenebrosas. Baste decir que los
socialistas de finales del siglo pasado nunca imaginaron hasta que punto el siglo
XX se convertiría en un gran matadero. El holocausto nazi y el gulag estalinista
nos dan la medida de una naturaleza humana que invita a dudar seriamente de que
la historia camine en el sentido optimista de Kant.
Y no se trata
ahora de sustituir una concepción optimista de la historia por otra pesimista de
igual peso. De lo que se trata es de concebir la vida como una batalla permanente
--en palabras de Norman Geras--, superando todo pensamiento complaciente con el
llamado progreso. Durante décadas, partidos comunistas en todo el mundo han
vivido de las rentas de creer que serían dueños del futuro como consecuencia de
la esperada crisis fatal del sistema capitalista. Esta ideología, conservadora,
que predecía el triunfo final es la que se ha venido abajo. En adelante, todo es
más incierto y dependerá de nuestra lucha; la historia es una construcción
humana, no un movimiento autónomo con final feliz, no una rueda de luces desplegándose
luminosa hacia el futuro, afirma Geras.
Tal vez, además,
sea deseable apostar por utopías más modestas que por una sociedad armoniosa. Y
no porque sea malo pensar en una gran utopía --magnífico ejercicio del
imaginario--, sino porque no es necesario saber si será posible para esta
humanidad estar convencidos de que debemos luchar para poner remedio a males
actuales que lesionan gravemente la condición humana. Luchar por la igualdad y
justicia sin saber cuánto podremos lograr, constituye una aventura moral de
inspiración netamente revolucionaria.
El desafío de
una nueva idea de socialismo no es meramente intelectual. Al contrario, al ser sólo
una posibilidad invita a una actitud de lucha sin fin, que es lo que en
definitiva es. De manera que la sustitución de una visión armoniosa por utopías
más modestas, lejos de ser un factor desmovilizador es exactamente lo opuesto:
una rebelión cotidiana frente al espanto del neoliberalismo, en la medida que se
proponen cambios estructurales e institucionales, aun a riesgo de ser heterodoxos
con el gran discurso ideológico. Basta saber que sin esos cambios las
injusticias permanecerán.
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El socialismo
está vivo a condición de que se presente como alternativa humanista que propone
no tan sólo un mejor reparto de los bienes, sino una nueva civilización,
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Es verdad que
en estos momentos de dificultad para la izquierda, en lugar de elegir una actitud
de experimentación y búsqueda, hay quienes prefieren refugiarse en un
pragmatismo a ultranza y en el posibilismo más acentuado. Semejante refugio
ofrece nuevas seguridades, un discurso aparentemente eficaz y algunas victorias
parciales. Por lo se que ve hay en la izquierda sectores que no pueden permanecer
en un territorio de independencia, tensión y búsqueda; necesitan practicar
alguna religión en una nueva iglesia. Pero quienes dan ese paso tal vez no han
pensado bien en el hecho de que la socialdemocracia, como encarnación de la
adaptación más exitosa de la izquierda, acepta los fundamentos del capitalismo,
su funcionamiento, sus valores liberales levemente corregidos. O puede ser que
prefieran no saberlo. Al igual que ignoran una verdad: mucho antes de que cayera
el muro de Berlín, la socialdemocracia ya fue derrotada en tanto portadora de
una nueva idea de sociedad y civilización. Lo cierto es que muchos tránsfugas,
tal vez por cansancio, prefieren cerrar nuevamente el círculo en lugar de
abrirlo.
Abrir el círculo
es incómodo. Lo es por cuanto significa acentuar un sentido crítico, fortalecer
la reflexión y el debate, volver a empezar --una y otra vez. Supone precisamente
una actitud revolucionaria frente a toda tentación conservadora de la propia
izquierda. Abrir el círculo significa, volviendo a los valores de libertad,
igualdad, solidaridad y justicia, comprender que los mismos están en permanente
colisión. No parece factible, con esta humanidad, conseguir una armonía entre
todos ellos; pero debemos aspirar al mejor equilibrio posible. Así, por ejemplo,
la libertad e igualdad colisionan si se desarrollan hasta las últimas
consecuencias. Isaiah Berlin afirmaba que estamos condenados a elegir y que cada
elección puede entrañar una pérdida irreparable. Tal vez su punto de vista sea
extremo y demasiado pesimista, pero la consecuencia última de esta comprensión
es nuevamente revolucionaria pues nos dice que la historia es conflicto y
proyecto inacabado. Habrá quien contemple esta posibilidad desde una conciencia
trágica, al descubrir que la especie humana está condenada a la imperfección.
Parece más atractiva una ética de la alegría, ya que en la imperfección se
encuentra un viaje de la conciencia lleno de incertidumbres que nos invitan a ser
constructores verdaderos de la historia humana.
Ahora bien, la
incertidumbre presente y futura, el socialismo como posibilidad y la superación
de toda visión armónica de la lucha, no debilita para nada la fuerza moral y
política del socialismo. Lo que debilitó a la izquierda fue justamente lo
contrario: el creerse poseedora del futuro y conocedora de todas las soluciones.
Esta creencia fue doblemente dañina: en primer lugar, por ilusoria y, en segundo
término, porque desconsideró profundizar sobre problemas de los que, en
realidad, sólo sabíamos el enunciado.
El socialismo
está vivo a condición de que se presente como alternativa humanista que propone
no tan sólo un mejor reparto de los bienes, sino una nueva civilización, unas
nuevas relaciones sociales y sentimentales, una nueva estructura política que
impulse la participación política ciudadana mucho más allá del voto cada
equis años.
Dice bien la
nicaragüense Mónica Baltodano al señalar que en la fuerza del capitalismo está
su gran debilidad. Ciertamente, el avance totalitario del libre mercado está
configurando un mundo básicamente dual: una minoría satisfecha que no entiende
de equidad; y una mayoría de hombres y mujeres a merced de esa bomba de la
pobreza que es el neoliberalismo. La lógica de este sistema es que no es posible
lo primero sin lo segundo, y en ello radica su fragilidad.
Por ello la
izquierda no debe arrugarse al escuchar los himnos del capitalismo. El futuro está
abierto, también para el socialismo. Lo que hace falta es: no transigir en los
principios y saber enriquecerlos a contracorriente, en la confianza de que los
malos tiempos ya pasarán.
3. Optimismo
infundado del marxismo
Que el futuro
está abierto quiere decir que no es posible capturarlo como pensaba el marxismo
más extendido. Haciendo analogía con el paso del feudalismo al capitalismo, teóricos
e ideólogos marxistas consideraban una ley histórica el paso del capitalismo al
socialismo. Se había extendido en la izquierda un optimismo injustificado.
El hilo
conductor de la historia, las fuerzas productivas, aseguraba una línea
ascendente y señalaba al futuro como un aliado de la emancipación social. Esta
concepción aseguraba que el desarrollo acelerado del capitalismo nos acercaba a
su fin; que el progreso tecnológico era necesariamente un hecho favorable y que
la extensión de la clase obrera lo convertía en una fuerza liberadora. El
enfoque predictivo otorgaba una seguridad intelectual y al mismo tiempo
sectarismo; contenía una idea unilateral e ingenua del discurrir de la historia
en un solo sentido posible.
Ese marxismo
suminitró a millones de personas una fe, una conciencia de superioridad en
relación con las fuerzas contrarias o competidoras dentro del movimiento obrero.
Sirvió para diferenciar el propio campo de los partidos comunistas y alimentar
la unidad interna, reforzando un sentido de pertenencia.
Pero una
ideología que vive de predecir el triunfo final depende del éxito de sus
predicciones. La izquierda esperaba en occidente, desde hace un siglo, una
revolución que no ha llegado; la clase obrera que emergió en el siglo pasado
como la gran fuerza social revolucionaria, no parece haber estado a la altura de
aquellas esperanzas; el sistema capitalista no ha sido derrotado como
consecuencia de sus propias contradicciones, al menos todavía; los estados de
Europa del este que proclamaron ser la encarnación de los ideales marxistas han
resultado ser poco atractivos, han sido represivos, antidemocráticos y poco
eficaces. Como consecuencia de todo ello, el socialismo sufre un serio revés,
queda desprestigiado ante la gente corriente y aun entre los sectores interesados
en una alternativa al capitalismo, y se debilita como paradigma.
La corriente
llamada científica, que se popularizó con la revolución soviética, subestimó
la cuestión moral y la situó como un simple subproducto de la lucha de clases.
La voluntad humana sólo debía dejarse llevar por el río hegeliano de la
historia que avanza en el único sentido posible. El socialismo parecía una meta
segura.
A finales del
siglo XX, la vigencia del socialismo descansa principalmente en otros principios
y valores: es deseable y necesario. El
fundamento de nuestra aspiración socialista es primero de orden moral porque se
apoya en la voluntad de acabar con la injusticia y la desigualdad, en el odio a
toda forma de opresión. La investigación científica puede ayudar a la voluntad
a encontrar la forma de alcanzar sus propósitos, pero no puede decidir sus
fines. La política es el medio del que nos valemos para alcanzar nuestro propósito.
La lucha por el socialismo necesita de un cuadro de valores que inspiren la crítica
de lo existente y la acción por transformar la realidad.
La vida del
socialismo adquiere ahora, a diferencia del pasado, una nueva dimensión más
abierta y por ello más difícil de admitir. Veamos lo que dice la socióloga
británica Rosemary Crompton. "La ausencia de políticas revolucionarias de
la clase obrera refleja que no existe correspondencia necesaria entre la economía
y la política; es decir, entre la situación económica de la clase y la acción
política".
"No
existe una relación privilegiada o necesaria entre la clase y obrera y el
socialismo, por lo que el movimiento socialista puede constituirse de forma
independiente de la clase, aunque con la clase". "El socialismo entraña
metas humanas universales que transcienden el carácter estricto de los intereses
materiales de clase, por lo que puede dirigirse a un público más amplio".
Estas tres
puntualizaciones de Crompton significan un cambio profundo que supera la
idealización de la clase obrera y una lectura sectaria del proyecto socialista.
4. El futuro
que ignoramos
No se trata de
diseñar el socialismo como un arquitecto diseña un edificio al detalle. La
experiencia de los procesos revolucionarios en distintas partes del mundo y, en
particular, el fracaso de los regímenes de Europa oriental desaconseja las
pretensiones, muy frecuentes en la cultura de la izquierda, de elaborar una
formulación teórica, anticipada y de bastante detalle del socialismo. Es bueno
imaginar la sociedad deseable, sobre todo porque ayuda a desarrollar el sentido
de la crítica a lo que ya existe. Pero si no se tiene conciencia de las
profundas limitaciones de ese ejercicio imaginativo, si terminamos creyendo que
es posible tener un modelo pormenorizado de la sociedad del futuro, y además
pretendemos basarla en fundamentos de orden científico, nos encerraremos en un
mundo teórico, abstracto, nada comprobado, que nos suministrará la ilusión de
poseer la sociedad ideal. ¿Quién se atrevería hoy a definir cómo tiene que
ser la economía en el socialismo, más allá de algunos criterios? La
planificación burocrática ha fracasado; la planificación democrática no la
conocemos; tampoco sabemos si una organización económica no capitalista puede
resolver las tendencias gobernadas por el deseo ilimitado de beneficio
particular, algo tan arraigado en los seres humanos y que explica el éxito del
capitalismo.
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la ausencia de
propiedad privada no resuelve por sí sola todos los problemas. Tampoco es
suficiente con expropiar y nacionalizar; ya que tales medidas no implican por sí
mismas un control colectivo, democrático, ni una gestión con fines
igualitarios.
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Es más
acertado plantear la cuestión de la sociedad futura admitiendo que es mucho lo
que no sabemos ni podemos saber anticipadamente acerca de ella. Se trata de señalar
trazos en lugar del dibujo perfecto, puntos de referencia hacia los cuales
interesaría tender. Podemos ir definiendo los materiales para construir el
edificio, aun cuando no podamos diseñarlo de una manera acabada. De todo ello
pueden surgir alternativas de alcance medio, lo cual no es poca cosa.
Por ejemplo,
podemos propugnar un máximo de igualdad social, pero ignoramos por completo cuánta
igualdad podrá realizarse en la mejor de las hipótesis. Lo mismo puede decirse
de otras aspiraciones. Si tratáramos de definir minuciosamente los objetivos,
nos colocaríamos en una posición errada; lo probable es que terminaran revelándose
de otro modo. Afortunadamente, el movimiento de la historia es lo suficientemente
rico como para hacer variar cualquier hipótesis que pretenda conducir su curso.
El socialismo
es una alternativa al capitalismo. Pero para que sea humano y de este mundo
necesita deshacerse del mito de la propiedad. Frente al viejo socialismo que
quiso hallar un foco universal de los males de la sociedad capitalista (y creyó
encontrarlo en la propiedad privada), preferimos una visión apoyada en la crítica
multilateral a la civilización actual, no sólo en su vertiente económica.
En este mismo
sentido, es reveladora la reflexión de la sandinista Mónica Baltodano: "En
la Nicaragua sandinista se llevaron a cabo radicales transformaciones económicas
y políticas. En un país esencialmente agrario, haber democratizado la propiedad
rural, entregando a los agentes del cambio la mitad de la tierra cultivable del
país, no era poca cosa. Sin embargo, ello no pudo evitar que la conciencia del
campesino, del ciudadano rural, siguiera empeñada por las cadenas del pasado. El
universo subjetivo, el espacio de los valores, el mundo de la cultura, continuó
pagando el tributo de los esclavos: la sumisión y la dependencia del pasado.
Ello se puso en evidencia en los reveses electorales del sandinismo en los años
90 y 96".
Tradicionalmente
en la izquierda, la propiedad privada ha constituido el núcleo de la crítica al
capitalismo. Hoy sabemos que la ausencia de propiedad privada no resuelve por sí
sola todos los problemas. Tampoco es suficiente con expropiar y nacionalizar; ya
que tales medidas no implican por sí mismas un control colectivo, democrático,
ni una gestión con fines igualitarios. Sin embargo, como acertadamente sugiere
el pensador español Eugenio del Río, "no debemos abandonar la vieja
inspiración socialista de la propiedad social de los medios de producción",
aun cuando se hace necesaria una reflexión ajena a todo dogmatismo, que recoja
las experiencias habidas y nos permita vislumbrar algunos criterios. Pero la
propiedad social, precisamente, supone también propiedad privada en distintas
formas.
El
planteamiento que hacía de la propiedad el foco del cambio social conectaba con
la importancia central que dio el marxismo a la economía como factor de arrastre
fundamental para el cambio de la sociedad, dándole una dimensión economicista y
de idealismo.
El libre
mercado ha sido y es la base de un sistema económico explotador. Pero no sabemos
si se podrá prescindir del mercado, al menos durante largo tiempo, en la
construcción de una sociedad diferente. De la experiencia de algunos países
sabemos que una economía estatizada no es eficaz y fuente de democracia. Pero
aun cuando tenemos estas dos críticas, no sabemos lo suficiente para definir un
modelo superior de organización de la economía. Consideramos útil, en todo
caso, estos tres criterios del propio Eugenio del Río, tanto en el orden de las
ideas como para la implementación de experiencias económicas de signo popular:
democracia en los métodos, en la organización; tendencialmente igualitaria en
la distribución; y de resultados eficaces en su funcionamiento.
La
experimentación nos podrá dar respuestas a las interrogantes y nos propondrá
nuevas dificultades sobre las que habremos de reflexionar. En todo caso sí
podemos afirmar que las necesidades de las grandes mayorías son incompatibles
con el imperio de las multinacionales y del capital financiero.
En el
capitalismo no hay solución para las mayorías. Otra cosa es lo que plantea el
siguiente problema: ¿Qué espíritu fuerte puede oponerse al motor económico
del capitalismo? Hacer dinero, hacer negocios, es algo que en cinco siglos ha ido
destruyendo a la humanidad y a la vez ha resultado muy eficaz. ¿Puede ser la
solidaridad --la distribución justa-- un motor económico en una nueva sociedad?
El problema
del mercado es complejo. Si escogemos el mercado de los consumidores, y
proclamamos el derecho y la libertad de la gente a adquirir los productos que más
le interesan, en contra de un consumo dirigido por el Estado, parece obvio que
ello determinaría el qué y el cuánto se produce. ¿Este mercado de los
consumidores puede ser compatible con un sistema no movido por los principios
capitalistas? En ese caso, ¿quién decidiría los precios? Una alternativa podría
ser la combinación de la oferta y la demanda con la intervención reguladora del
Estado. Sin embargo, ¿no lesionaría el intervencionismo estatal la llegada de
productos al mercado?
Por otra
parte, el mercado es también el mercado de la fuerza de trabajo. Este mercado de
oferta y demanda de fuerza de trabajo es central en el capitalismo, y da lugar a
la plusvalía, es decir, a la apropiación sistemática del excedente por parte
de la propiedad de los medios de producción. En este hecho se basa la teoría de
Marx sobre la explotación. ¿Este mercado de trabajo es compatible con la
emancipación social? ¿Hay que revisar la concepción de Marx? Desde luego Marx
hizo de la propiedad privada concentrada en una sola clase el reo institucional,
el gran acusado, pero hemos visto cómo en sociedades donde la propiedad pasa a título
del Estado también se da el hecho de la explotación. Habría entonces que
preguntarse lo siguiente: ¿Qué características e instituciones de una economía
son esenciales para dar sentido a una concepción de la explotación en la
entrada del siglo XXI? ¿Podemos pensar en una teoría de la explotación
suficientemente general como para permitir incluso una definición en el caso de
variables institucionales?
Al hablar del
mercado nuevamente surge ante nosotros el problema de la propiedad, ahora desde
un punto de vista del período en que nos encontramos. El analista y sociólogo
nicaragüense Orlando Nuñez advierte que la propiedad era el demonio de la
izquierda, para indicar que la revolución sandinista ayudó, paradójicamente, a
propietarizar la sociedad de Nicaragua, dando a amplios sectores populares,
campesinos y urbanos, la posibilidad de hacerse con el control de medios de
producción. Nuñez reflexiona sobre la necesidad de superar la vieja dicotomía
que hacía creer que la propiedad o bien era negativa o bien tenía que pasar al
Estado. Abunda la idea de que si la propiedad es buena para el campesinado, bien
sea en forma cooperativa, autogestionada o individual, lo es también para los
obreros industriales.
Ciertamente,
desde la izquierda se ha de hacer un esfuerzo por diferenciar la propiedad
concentrada de terratenientes, monopolios y grandes empresarios, de la propiedad
del pueblo, que es mucho más legítima, si es que se puede hablar de gradación.
En este
sentido, se abre una línea de debate muy interesante en cuanto a la oportunidad
de impulsar la propiedad popular, social, en el escenario del neoliberalismo. La
cuestión sería entonces combinar la resistencia al neoliberalismo en todos los
planos posibles y, al mismo tiempo, alentar el acceso a la propiedad de sectores
del pueblo, campesinos y obreros, que en formas asociativas --vía más adecuada
para competir en un escenario económico y de mercado hostil-- pueden ir
construyendo nuevos agentes sociales con capacidad productiva para un futuro de
gobierno de la izquierda.
Así, pues,
consideramos necesario revisar la función de la propiedad. Y junto a ello
debemos y podemos señalar aquellas líneas de transformación económica que
apuntan en una buena dirección y pueden constituir aspectos del tránsito
necesario hacia una sociedad alternativa. Una economía mixta que ponga el acento
en la orientación social del mercado, en el adelgazamiento de la gran propiedad
privada, y el crecimiento de la propiedad social en sus diferentes formas
asociativas, individuales y estatales.
Pero ya decíamos
que el socialismo no puede limitarse a un mejor reparto de los recursos y la
riqueza. Antes que nada debe erigirse en alegato humanista, en proyecto
multilateral.
5. Vindicación
del humanismo
Las palabras
revolución, patria, socialismo, liberación y comunismo, han tenido en la
cultura de la izquierda un componente de abstracción, otro de mito y, en todo
caso, una fuerte autonomía que las alejaba paradójicamente de la comprensión
consecuente de su finalidad: la emancipación de los seres humanos. La asunción de los grandes objetivos ha tenido siempre una dosis elevada de politicismo, frente al que el humanismo aparecía como una idea o sentimiento débil, más propio de opciones místicas. El humanismo como filosofía era, además, un | |||