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-Hacia una nueva idea de socialismo -

Iosu Perales Arretxe

Resumen

La palabra socialismo plantea hoy bastantes problemas. La izquierda ha empobrecido su horizonte, incluso, duda de su propio proyecto histórico porque hasta el momento no ha podido proponer, de manera exitosa, un paradigma distinto que no sea el que corresponde a la socialdemocracia de la Internacional Socialista. En este sentido, la izquierda debe reconocer que sus rutas son torcidas y reconstruir su proyecto político a partir de una reflexión autónoma y de los datos más que de una ideología.

A lo largo de este siglo que termina, en la izquierda ha predominado la idea de un camino recto, dividido en etapas, hacia el socialismo. Y es que en la izquierda la tentación de situarse en las coordenadas del progreso, como si éste fuera un aliado cómplice de las aspiraciones de liberación, ha tenido un peso mayoritario. Pero ni el progreso puede presentar un balance limpio que demuestre que lo es, ni en todo caso sus coordenadas tienen una simpatía especial por las izquierdas.

El acoso a que se ve sometida la izquierda por los poderes reales del mundo de hoy se une a una crisis discursiva y de propuestas, todo lo cual da como resultado, por primera vez, una seria duda acerca de la marcha de la historia.

En estas circunstancias desconocidas hasta ahora, en la izquierda hay con frecuencia dos tentaciones igualmente arriesgadas: una de ellas es la del quietismo, la otra la de escapar rápidamente en dirección a la derecha en busca de un lugar seguro. El quietismo conduce a la retórica, al revolucionarismo de lenguaje que ignora por completo las reglas del juego al considerarlas trucadas, y que al menospreciarlas queda fuera de toda posibilidad de intervenir con eficacia en el cambio de sociedad. Y, alejarse del campo de batalla con el argumento de que todo, parlamento, prensa, leyes, etc, está infestado de tiburones conservadores, significa quedarse en un escenario imaginario en el que nada se dilucida. En el lado contrario, los movimientos hacia la derecha resultan patéticos, pues parecen buscar el aplauso de las fuerzas económicas y políticas más poderosas, bajo la ingenua creencia de que el porvenir en justicia, sin explotación, puede ser pactado.

En el marco de estos movimientos mutantes se produce una catarsis antes impensable: de pronto el pasado de lucha es un gran equívoco y se empieza a cuestionar si de verdad hay diferencia entre izquierda y derecha. En los movimientos hacia la derecha hay un querer ser como ellos, algo pocas veces reconocido explicítamente, pero que sin duda impulsa en una dirección en la que la izquierda puede terminar, sin más, siendo la otra mano de la derecha. No hay que olvidar que el mayor triunfo de la derecha se da cuando fabrica su propia oposición.

Por alguna maldición parece sumamente complicado que haya una izquierda que entienda y asuma que sus rutas son torcidas, y que debe proceder a una reconstrucción de su proyecto político a partir de una reflexión autónoma y de los datos más que de una ideología, o de la adscripción a una corriente política internacional que cree tener todas las respuestas. En realidad, la izquierda de Occidente está prisionera de una tradición racionalista que desde Platón hasta Marx se ha apoyado en el dogma de que todo problema auténtico sólo puede tener una solución verdadera, así como en la creencia de que todas las soluciones deben formar un todo armónico en un saber omnicomprensivo.

Sin embargo, no es malo empezar por reconocer que hoy la izquierda no tiene una teoría de la revolución; ninguna de las del siglo XIX funciona. Hay que pensar no en una teoría sino en líneas que excluyen cuadros de explicación total. Se trata de repensar numerosas cuestiones desde la conciencia de que las rutas del cambio son necesariamente torcidas.

La palabra socialismo necesita ser desnudada para, superando el mito y la excesiva simplificación del lenguaje, hacer referencia a qué comunidad queremos, qué sociedad queremos, qué mundo habitable queremos. A fin de cuentas, se trata de las grandes interrogantes que deberían mover a la pasión de pensar y actuar. Y, sin embargo, sucede a menudo que en la izquierda se prefiere no aceptar el desafío de encontrar las respuestas por el temor a que resulten ser excesivamente comprometidas.

En cualquier caso, ya no se trata de ofrecer soluciones, sino de aportar ideas y criterios innovadores que ayuden a la izquierda a renovarse desde la crítica a lo existente --que desde luego no es el mejor de los mundos. De manera que entre la renuncia y la renovación elegimos esta última. Puesto que renuncia es también quedarse en la nostalgia viendo pasar el mundo.

1. Una izquierda perpleja

Es difícil evaluar el alcance de la actual conmoción que sufren tantas gentes de izquierda sin hacer referencia a esa psicología que viene del movimiento socialista de principios de siglo. En ella ocupó un lugar principal el rechazo de lo complejo, la búsqueda de verdades sencillas y de líneas de pensamiento armoniosas. La convicción de que la historia avanza inevitablemente en la buena dirección y la creencia de que el progreso técnico lleva consigo el progreso social eran dos principios básicos de su ideología.

La mentalidad de la izquierda ha estado muy impregnada por la seguridad de que los hechos acabarán por darnos la razón. La fe en el triunfo final le otorgaba un mundo seguro, aunque la lucha fuera terrible y en ella perdieran la vida muchas personas. Así, la actividad de la izquierda, por modesta y limitada que fuese, surgía como parte de un curso transcendente.

Las creencias socialistas en el triunfo final han sido durante gran parte de este siglo un factor de cohesión y entusiasmo. Muchas gentes del pueblo, obreros y campesinos, estudiantes, mujeres y jóvenes, se unían a los partidos de izquierda contagiadas por ese ambiente optimista.

En la formación de los grandes movimientos de izquierda tuvo una importancia decisiva la revolución rusa de octubre de 1917. El nuevo régimen brindaba una referencia viva y dio a millones de personas la posibilidad de saborear un éxito que su propia experiencia les negaba. Nació, a gran escala, un movimiento de identificación con un sistema político, en realidad poco conocido y muy idealizado, al que se hizo depositario de los anhelos socialistas.

Las victorias de Cuba y Vietnam favorecieron el desarrollo de movimientos revolucionarios de nuevo tipo, más radicalizados políticamente, más innovadores en las formas de lucha. Pero ello no propició una actitud crítica de fondo al mundo seguro, teóricamente conformista, que estaba instalado en la izquierda. El desmoronamiento de los países del este de Europa a finales de los ochenta suscitó angustia en buena parte de la izquierda. La seguridad se tornó inseguridad. Para millones de personas en el mundo, el desplome de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas supuso un desgarramiento interior, una cruel derrota que golpeó sus vidas. De pronto, una sensación de orfandad se apoderó de la izquierda.

En los últimos años, el descrédito del socialismo como sistema es algo vinculado a la experiencia principalmente soviética. Y, significativamente, la izquierda mundial no ha sabido o podido hasta el momento proponer de manera exitosa un paradigma socialista distinto que no sea el que corresponde a la socialdemocracia de la Internacional Socialista, paradigma que cohabita con el capitalismo. Peor todavía, parece que hablar de socialismo es regresar a lo viejo, a lo inviable.

Ciertamente, la palabra socialismo plantea hoy bastantes problemas. Designa al mismo tiempo a los regímenes de Europa del este y a la socialdemocracia del oeste. No es fácil para el gran público asociar la palabra socialismo a una sociedad nunca realizada, más igualitaria, justa, libre y democrática. Esta dificultad está interiorizada en la propia izquierda al haberse producido una fragmentación en su pensamiento. La visión holística predominante durante más de un siglo hacía posible encajar cada acto, cada sacrificio, cada conquista social, en un proyecto intelectual y político que daba un sentido finalista, una confianza insustituible de estar recorriendo el trayecto correcto. Ahora, cada acto, cada lucha, aparece dislocado de un proyecto final, y la visión atomística tiende a concentrarse en lo concreto, en lo puntual, en lo local.

Así nos encontramos con una izquierda que ha empobrecido su horizonte y que, incluso, duda de su propio proyecto histórico. La duda conduce con frecuencia a dejarlo de lado, sin decirlo expresamente, y a buscar en los movimientos tácticos y las luchas a corto plazo una nueva razón de ser. Sin embargo, la idea de socialismo, por oposición a la de capitalismo, sigue evocando un cambio global de sociedad. Una nueva sociedad no movida por los principios filosóficos e ideológicos del liberalismo, y que esté inspirada por el ideal de la comunidad de bienes aun cuando esta idea esté cargada de problemas.

Reivindicar la palabra socialismo para nombrar una descripción que apunta hacia lo que no existe plantea a la izquierda el desafío de llenarla de nuevo contenido. Desde luego, quitarse de encima la palabra no resuelve el problema de su dificultad; puede dar la comodidad de despojar a la izquierda de un complejo de culpa, muy probablemente al precio de perder su naturaleza y razón de ser.

La palabra nieve tiene para los esquimales cincuenta significados diferentes, y algo de esto pasa con la palabra socialismo. La izquierda con vocación revolucionaria debe encontrarle el sentido que mejor se ajuste a una actitud crítica y no complaciente. En todo caso, la palabra debe corresponder a esa voluntad transformadora de lo global, sin lo cual parece imposible hacer resurgir una conciencia de oposición a lo existente en la sociedad neoliberal.

A las puertas del siglo XXI, como bien dice el pensador italiano Paolo Flores, la izquierda no tiene nuevos objetivos que descubrir. Libertad, igualdad, solidaridad, justicia, propuestas revolucionarias básicas para una nueva sociedad, no resultan obvias. Se trata de pretenderlas en serio, por encima de los avatares tácticos, y de desarrollar e incluso inventar una práctica adecuada que nos acerque a esos propósitos. Son valores en los que late un impulso crítico al capitalismo en cualquiera de sus versiones y una voluntad transformadora.

Para enfrentar los cambios hacia una nueva sociedad se necesita ajustar las ideas, renovarlas en buena parte, teniendo como punto de partida e inspiración los valores de la izquierda nacidos como oposición a toda forma de opresión y explotación, cuya sustancia es primeramente moral.

Es verdad que en el pasado la izquierda hizo una construcción ideológica de la realidad que no se ajustaba a los hechos. También tenía un diseño del poder revolucionario que ahora revisamos y encontramos inviable e incorrecto, sobre todo por sus perfiles excluyentes y autoritarios. Pero la autocrítica en el ámbito de las ideas no debe echar el agua sucia por la cañería y además al niño. Una inclinación frecuente en la izquierda es la de moverse como el péndulo de un reloj, y pasar de unos dogmas a otros de signo opuesto. No debemos dejarnos conducir por un espíritu derrotista de mirar hacia el pasado y ver en él dos o tres décadas perdidas repletas de fracasos; no debemos ceder a la tentación de convertir el pragmatismo en el núcleo de una nueva doctrina que promete el cielo a cambio de aceptar las bases del sistema económico y político dominante. En circunstancias adversas, la tendencia a adaptarse de parte de la izquierda lo conduce a elaborar discursos que resulten simpáticos a los adversarios de la derecha política y económica. Gana terreno la inclinación al pragmatismo como nueva doctrina; el ir resolviendo el día a día y la menor preocupación por la perspectiva y el estudio de los problemas complejos.

Sin embargo, el sentido de la izquierda, su razón de ser descansa en el hecho de que es la esperanza para contribuir al logro de una sociedad no sólo algo mejor a la actual sino distinta. No es, por consiguiente, poco importante que afirme su vocación socialista, su deseo de construir una sociedad con los valores del humanismo. Una sociedad integralmente democrática, plural, de reconciliación, de igualdad entre hombres y mujeres, no racista, respetuosa con todas las creencias religiosas y políticas. El socialismo democrático por el que se lucha no es solamente una idea, una utopía; es también un proyecto posible que se concreta en la lucha política y que pasa por una estrategia de disputa del poder.

El mundo ha cambiado, y han cambiado sobremanera las condiciones subjetivas de fuerza y organización y expectativas de triunfo de la izquierda. Estos cambios han sido interpretados por algunos analistas como el fin de las expectativas revolucionarias y el inicio de un período de colaboración entre derecha e izquierda para conseguir lo posible. Coherentes con este pensamiento, algunos dirigentes de izquierda, ideológicamente huérfanos ante las inaccesibles uvas en la parábola de Esopo, se autoconvencen de que ya no es de su gusto lo que hasta ayer había motivado su lucha, y adoptan como nuevas y apetecibles las viejas ideas del sistema imperante.

Esta no es la manera justa de abordar una más que necesaria renovación conceptual y política. La izquierda nació con una vocación civilizatoria y con esa vocación debe enfrentar el final del siglo, sin que ello signifique dejar a un lado concertaciones y pactos cuando ello convenga a los intereses de las mayorías. De modo que el ejercicio de cambios en lo ideológico nada tiene que ver con desnaturalizar el carácter de izquierda, su actitud atenta revolucionaria, sus convicciones democráticas. En cambio, sí tiene como objeto combatir planteamientos impropios de una izquierda que lucha por el socialismo democrático a finales del siglo XX.

Debemos tomar en cuenta el veredicto de la historia en cuanto a concepciones y políticas que habiendo sido parte del ideario de la izquierda, han demostrado ser erróneas. Hemos de evitar sustituir unos conceptos absolutos por otros igualmente absolutos. Es conveniente identificar el carácter abierto que deben conservar muchas ideas y criterios, en la medida en que la experiencia y el tiempo van asignando lo acertado o erróneo de muchas de ellos. Pero también es verdad que la izquierda requiere de unas inspiraciones y criterios sólidos que constituyen una parte de su razón de ser. El reto es encontrar el necesario equilibrio entre fundamentos e hipótesis, entre principios y criterios relativos.

Sin duda, el momento en que vivimos nos pide una actitud de remover las aguas, el reverso de la comodidad y del remanso intelectual. Nos exige aceptar que el futuro es inseguro, no comprobable, y que lejos de cerrar el círculo hay que abrirlo. Este ejercicio de la razón nos invita a desarrollar una fuerza espiritual e intelectual, una potencia crítica a todo lo existente, una actitud de investigación y debate. Nuestra ventaja es que ahora sabemos más que antes.

Pero más que nunca necesitamos asimismo de algo que reclamaba el peruano José Carlos Mariátegui: la fuerza de la pasión, la ambición de cambiar la vida. Esta es la actitud con la que hemos de reflexionar y discutir una nueva idea del socialismo.

2. Nueva idea del socialismo

Ralph Miliban tenía toda la razón: El socialismo no es inevitable, ni es por consiguiente el resultado seguro de las contradicciones que vive el capitalismo. Es, nada más y nada menos, una posibilidad. Al igual que son una posibilidad futura nuevas regresiones y peores catástrofes. El socialismo surge como lo deseable en medio de la amenaza permanente de situaciones tenebrosas. Baste decir que los socialistas de finales del siglo pasado nunca imaginaron hasta que punto el siglo XX se convertiría en un gran matadero. El holocausto nazi y el gulag estalinista nos dan la medida de una naturaleza humana que invita a dudar seriamente de que la historia camine en el sentido optimista de Kant.

Y no se trata ahora de sustituir una concepción optimista de la historia por otra pesimista de igual peso. De lo que se trata es de concebir la vida como una batalla permanente --en palabras de Norman Geras--, superando todo pensamiento complaciente con el llamado progreso. Durante décadas, partidos comunistas en todo el mundo han vivido de las rentas de creer que serían dueños del futuro como consecuencia de la esperada crisis fatal del sistema capitalista. Esta ideología, conservadora, que predecía el triunfo final es la que se ha venido abajo. En adelante, todo es más incierto y dependerá de nuestra lucha; la historia es una construcción humana, no un movimiento autónomo con final feliz, no una rueda de luces desplegándose luminosa hacia el futuro, afirma Geras.

Tal vez, además, sea deseable apostar por utopías más modestas que por una sociedad armoniosa. Y no porque sea malo pensar en una gran utopía --magnífico ejercicio del imaginario--, sino porque no es necesario saber si será posible para esta humanidad estar convencidos de que debemos luchar para poner remedio a males actuales que lesionan gravemente la condición humana. Luchar por la igualdad y justicia sin saber cuánto podremos lograr, constituye una aventura moral de inspiración netamente revolucionaria.

El desafío de una nueva idea de socialismo no es meramente intelectual. Al contrario, al ser sólo una posibilidad invita a una actitud de lucha sin fin, que es lo que en definitiva es. De manera que la sustitución de una visión armoniosa por utopías más modestas, lejos de ser un factor desmovilizador es exactamente lo opuesto: una rebelión cotidiana frente al espanto del neoliberalismo, en la medida que se proponen cambios estructurales e institucionales, aun a riesgo de ser heterodoxos con el gran discurso ideológico. Basta saber que sin esos cambios las injusticias permanecerán.

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El socialismo está vivo a condición de que se presente como alternativa humanista que propone no tan sólo un mejor reparto de los bienes, sino una nueva civilización,

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Es verdad que en estos momentos de dificultad para la izquierda, en lugar de elegir una actitud de experimentación y búsqueda, hay quienes prefieren refugiarse en un pragmatismo a ultranza y en el posibilismo más acentuado. Semejante refugio ofrece nuevas seguridades, un discurso aparentemente eficaz y algunas victorias parciales. Por lo se que ve hay en la izquierda sectores que no pueden permanecer en un territorio de independencia, tensión y búsqueda; necesitan practicar alguna religión en una nueva iglesia. Pero quienes dan ese paso tal vez no han pensado bien en el hecho de que la socialdemocracia, como encarnación de la adaptación más exitosa de la izquierda, acepta los fundamentos del capitalismo, su funcionamiento, sus valores liberales levemente corregidos. O puede ser que prefieran no saberlo. Al igual que ignoran una verdad: mucho antes de que cayera el muro de Berlín, la socialdemocracia ya fue derrotada en tanto portadora de una nueva idea de sociedad y civilización. Lo cierto es que muchos tránsfugas, tal vez por cansancio, prefieren cerrar nuevamente el círculo en lugar de abrirlo.

Abrir el círculo es incómodo. Lo es por cuanto significa acentuar un sentido crítico, fortalecer la reflexión y el debate, volver a empezar --una y otra vez. Supone precisamente una actitud revolucionaria frente a toda tentación conservadora de la propia izquierda. Abrir el círculo significa, volviendo a los valores de libertad, igualdad, solidaridad y justicia, comprender que los mismos están en permanente colisión. No parece factible, con esta humanidad, conseguir una armonía entre todos ellos; pero debemos aspirar al mejor equilibrio posible. Así, por ejemplo, la libertad e igualdad colisionan si se desarrollan hasta las últimas consecuencias. Isaiah Berlin afirmaba que estamos condenados a elegir y que cada elección puede entrañar una pérdida irreparable. Tal vez su punto de vista sea extremo y demasiado pesimista, pero la consecuencia última de esta comprensión es nuevamente revolucionaria pues nos dice que la historia es conflicto y proyecto inacabado. Habrá quien contemple esta posibilidad desde una conciencia trágica, al descubrir que la especie humana está condenada a la imperfección. Parece más atractiva una ética de la alegría, ya que en la imperfección se encuentra un viaje de la conciencia lleno de incertidumbres que nos invitan a ser constructores verdaderos de la historia humana.

Ahora bien, la incertidumbre presente y futura, el socialismo como posibilidad y la superación de toda visión armónica de la lucha, no debilita para nada la fuerza moral y política del socialismo. Lo que debilitó a la izquierda fue justamente lo contrario: el creerse poseedora del futuro y conocedora de todas las soluciones. Esta creencia fue doblemente dañina: en primer lugar, por ilusoria y, en segundo término, porque desconsideró profundizar sobre problemas de los que, en realidad, sólo sabíamos el enunciado.

El socialismo está vivo a condición de que se presente como alternativa humanista que propone no tan sólo un mejor reparto de los bienes, sino una nueva civilización, unas nuevas relaciones sociales y sentimentales, una nueva estructura política que impulse la participación política ciudadana mucho más allá del voto cada equis años.

Dice bien la nicaragüense Mónica Baltodano al señalar que en la fuerza del capitalismo está su gran debilidad. Ciertamente, el avance totalitario del libre mercado está configurando un mundo básicamente dual: una minoría satisfecha que no entiende de equidad; y una mayoría de hombres y mujeres a merced de esa bomba de la pobreza que es el neoliberalismo. La lógica de este sistema es que no es posible lo primero sin lo segundo, y en ello radica su fragilidad.

Por ello la izquierda no debe arrugarse al escuchar los himnos del capitalismo. El futuro está abierto, también para el socialismo. Lo que hace falta es: no transigir en los principios y saber enriquecerlos a contracorriente, en la confianza de que los malos tiempos ya pasarán.

3. Optimismo infundado del marxismo

Que el futuro está abierto quiere decir que no es posible capturarlo como pensaba el marxismo más extendido. Haciendo analogía con el paso del feudalismo al capitalismo, teóricos e ideólogos marxistas consideraban una ley histórica el paso del capitalismo al socialismo. Se había extendido en la izquierda un optimismo injustificado.

El hilo conductor de la historia, las fuerzas productivas, aseguraba una línea ascendente y señalaba al futuro como un aliado de la emancipación social. Esta concepción aseguraba que el desarrollo acelerado del capitalismo nos acercaba a su fin; que el progreso tecnológico era necesariamente un hecho favorable y que la extensión de la clase obrera lo convertía en una fuerza liberadora. El enfoque predictivo otorgaba una seguridad intelectual y al mismo tiempo sectarismo; contenía una idea unilateral e ingenua del discurrir de la historia en un solo sentido posible.

Ese marxismo suminitró a millones de personas una fe, una conciencia de superioridad en relación con las fuerzas contrarias o competidoras dentro del movimiento obrero. Sirvió para diferenciar el propio campo de los partidos comunistas y alimentar la unidad interna, reforzando un sentido de pertenencia.

Pero una ideología que vive de predecir el triunfo final depende del éxito de sus predicciones. La izquierda esperaba en occidente, desde hace un siglo, una revolución que no ha llegado; la clase obrera que emergió en el siglo pasado como la gran fuerza social revolucionaria, no parece haber estado a la altura de aquellas esperanzas; el sistema capitalista no ha sido derrotado como consecuencia de sus propias contradicciones, al menos todavía; los estados de Europa del este que proclamaron ser la encarnación de los ideales marxistas han resultado ser poco atractivos, han sido represivos, antidemocráticos y poco eficaces. Como consecuencia de todo ello, el socialismo sufre un serio revés, queda desprestigiado ante la gente corriente y aun entre los sectores interesados en una alternativa al capitalismo, y se debilita como paradigma.

La corriente llamada científica, que se popularizó con la revolución soviética, subestimó la cuestión moral y la situó como un simple subproducto de la lucha de clases. La voluntad humana sólo debía dejarse llevar por el río hegeliano de la historia que avanza en el único sentido posible. El socialismo parecía una meta segura.

A finales del siglo XX, la vigencia del socialismo descansa principalmente en otros principios y valores: es deseable y necesario. El fundamento de nuestra aspiración socialista es primero de orden moral porque se apoya en la voluntad de acabar con la injusticia y la desigualdad, en el odio a toda forma de opresión. La investigación científica puede ayudar a la voluntad a encontrar la forma de alcanzar sus propósitos, pero no puede decidir sus fines. La política es el medio del que nos valemos para alcanzar nuestro propósito. La lucha por el socialismo necesita de un cuadro de valores que inspiren la crítica de lo existente y la acción por transformar la realidad.

La vida del socialismo adquiere ahora, a diferencia del pasado, una nueva dimensión más abierta y por ello más difícil de admitir. Veamos lo que dice la socióloga británica Rosemary Crompton. "La ausencia de políticas revolucionarias de la clase obrera refleja que no existe correspondencia necesaria entre la economía y la política; es decir, entre la situación económica de la clase y la acción política".

"No existe una relación privilegiada o necesaria entre la clase y obrera y el socialismo, por lo que el movimiento socialista puede constituirse de forma independiente de la clase, aunque con la clase". "El socialismo entraña metas humanas universales que transcienden el carácter estricto de los intereses materiales de clase, por lo que puede dirigirse a un público más amplio".

Estas tres puntualizaciones de Crompton significan un cambio profundo que supera la idealización de la clase obrera y una lectura sectaria del proyecto socialista.

4. El futuro que ignoramos

No se trata de diseñar el socialismo como un arquitecto diseña un edificio al detalle. La experiencia de los procesos revolucionarios en distintas partes del mundo y, en particular, el fracaso de los regímenes de Europa oriental desaconseja las pretensiones, muy frecuentes en la cultura de la izquierda, de elaborar una formulación teórica, anticipada y de bastante detalle del socialismo. Es bueno imaginar la sociedad deseable, sobre todo porque ayuda a desarrollar el sentido de la crítica a lo que ya existe. Pero si no se tiene conciencia de las profundas limitaciones de ese ejercicio imaginativo, si terminamos creyendo que es posible tener un modelo pormenorizado de la sociedad del futuro, y además pretendemos basarla en fundamentos de orden científico, nos encerraremos en un mundo teórico, abstracto, nada comprobado, que nos suministrará la ilusión de poseer la sociedad ideal. ¿Quién se atrevería hoy a definir cómo tiene que ser la economía en el socialismo, más allá de algunos criterios? La planificación burocrática ha fracasado; la planificación democrática no la conocemos; tampoco sabemos si una organización económica no capitalista puede resolver las tendencias gobernadas por el deseo ilimitado de beneficio particular, algo tan arraigado en los seres humanos y que explica el éxito del capitalismo.

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la ausencia de propiedad privada no resuelve por sí sola todos los problemas. Tampoco es suficiente con expropiar y nacionalizar; ya que tales medidas no implican por sí mismas un control colectivo, democrático, ni una gestión con fines igualitarios.

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Es más acertado plantear la cuestión de la sociedad futura admitiendo que es mucho lo que no sabemos ni podemos saber anticipadamente acerca de ella. Se trata de señalar trazos en lugar del dibujo perfecto, puntos de referencia hacia los cuales interesaría tender. Podemos ir definiendo los materiales para construir el edificio, aun cuando no podamos diseñarlo de una manera acabada. De todo ello pueden surgir alternativas de alcance medio, lo cual no es poca cosa.

Por ejemplo, podemos propugnar un máximo de igualdad social, pero ignoramos por completo cuánta igualdad podrá realizarse en la mejor de las hipótesis. Lo mismo puede decirse de otras aspiraciones. Si tratáramos de definir minuciosamente los objetivos, nos colocaríamos en una posición errada; lo probable es que terminaran revelándose de otro modo. Afortunadamente, el movimiento de la historia es lo suficientemente rico como para hacer variar cualquier hipótesis que pretenda conducir su curso.

El socialismo es una alternativa al capitalismo. Pero para que sea humano y de este mundo necesita deshacerse del mito de la propiedad. Frente al viejo socialismo que quiso hallar un foco universal de los males de la sociedad capitalista (y creyó encontrarlo en la propiedad privada), preferimos una visión apoyada en la crítica multilateral a la civilización actual, no sólo en su vertiente económica.

En este mismo sentido, es reveladora la reflexión de la sandinista Mónica Baltodano: "En la Nicaragua sandinista se llevaron a cabo radicales transformaciones económicas y políticas. En un país esencialmente agrario, haber democratizado la propiedad rural, entregando a los agentes del cambio la mitad de la tierra cultivable del país, no era poca cosa. Sin embargo, ello no pudo evitar que la conciencia del campesino, del ciudadano rural, siguiera empeñada por las cadenas del pasado. El universo subjetivo, el espacio de los valores, el mundo de la cultura, continuó pagando el tributo de los esclavos: la sumisión y la dependencia del pasado. Ello se puso en evidencia en los reveses electorales del sandinismo en los años 90 y 96".

Tradicionalmente en la izquierda, la propiedad privada ha constituido el núcleo de la crítica al capitalismo. Hoy sabemos que la ausencia de propiedad privada no resuelve por sí sola todos los problemas. Tampoco es suficiente con expropiar y nacionalizar; ya que tales medidas no implican por sí mismas un control colectivo, democrático, ni una gestión con fines igualitarios. Sin embargo, como acertadamente sugiere el pensador español Eugenio del Río, "no debemos abandonar la vieja inspiración socialista de la propiedad social de los medios de producción", aun cuando se hace necesaria una reflexión ajena a todo dogmatismo, que recoja las experiencias habidas y nos permita vislumbrar algunos criterios. Pero la propiedad social, precisamente, supone también propiedad privada en distintas formas.

El planteamiento que hacía de la propiedad el foco del cambio social conectaba con la importancia central que dio el marxismo a la economía como factor de arrastre fundamental para el cambio de la sociedad, dándole una dimensión economicista y de idealismo.

El libre mercado ha sido y es la base de un sistema económico explotador. Pero no sabemos si se podrá prescindir del mercado, al menos durante largo tiempo, en la construcción de una sociedad diferente. De la experiencia de algunos países sabemos que una economía estatizada no es eficaz y fuente de democracia. Pero aun cuando tenemos estas dos críticas, no sabemos lo suficiente para definir un modelo superior de organización de la economía. Consideramos útil, en todo caso, estos tres criterios del propio Eugenio del Río, tanto en el orden de las ideas como para la implementación de experiencias económicas de signo popular: democracia en los métodos, en la organización; tendencialmente igualitaria en la distribución; y de resultados eficaces en su funcionamiento.

La experimentación nos podrá dar respuestas a las interrogantes y nos propondrá nuevas dificultades sobre las que habremos de reflexionar. En todo caso sí podemos afirmar que las necesidades de las grandes mayorías son incompatibles con el imperio de las multinacionales y del capital financiero.

En el capitalismo no hay solución para las mayorías. Otra cosa es lo que plantea el siguiente problema: ¿Qué espíritu fuerte puede oponerse al motor económico del capitalismo? Hacer dinero, hacer negocios, es algo que en cinco siglos ha ido destruyendo a la humanidad y a la vez ha resultado muy eficaz. ¿Puede ser la solidaridad --la distribución justa-- un motor económico en una nueva sociedad?

El problema del mercado es complejo. Si escogemos el mercado de los consumidores, y proclamamos el derecho y la libertad de la gente a adquirir los productos que más le interesan, en contra de un consumo dirigido por el Estado, parece obvio que ello determinaría el qué y el cuánto se produce. ¿Este mercado de los consumidores puede ser compatible con un sistema no movido por los principios capitalistas? En ese caso, ¿quién decidiría los precios? Una alternativa podría ser la combinación de la oferta y la demanda con la intervención reguladora del Estado. Sin embargo, ¿no lesionaría el intervencionismo estatal la llegada de productos al mercado?

Por otra parte, el mercado es también el mercado de la fuerza de trabajo. Este mercado de oferta y demanda de fuerza de trabajo es central en el capitalismo, y da lugar a la plusvalía, es decir, a la apropiación sistemática del excedente por parte de la propiedad de los medios de producción. En este hecho se basa la teoría de Marx sobre la explotación. ¿Este mercado de trabajo es compatible con la emancipación social? ¿Hay que revisar la concepción de Marx? Desde luego Marx hizo de la propiedad privada concentrada en una sola clase el reo institucional, el gran acusado, pero hemos visto cómo en sociedades donde la propiedad pasa a título del Estado también se da el hecho de la explotación. Habría entonces que preguntarse lo siguiente: ¿Qué características e instituciones de una economía son esenciales para dar sentido a una concepción de la explotación en la entrada del siglo XXI? ¿Podemos pensar en una teoría de la explotación suficientemente general como para permitir incluso una definición en el caso de variables institucionales?

Al hablar del mercado nuevamente surge ante nosotros el problema de la propiedad, ahora desde un punto de vista del período en que nos encontramos. El analista y sociólogo nicaragüense Orlando Nuñez advierte que la propiedad era el demonio de la izquierda, para indicar que la revolución sandinista ayudó, paradójicamente, a propietarizar la sociedad de Nicaragua, dando a amplios sectores populares, campesinos y urbanos, la posibilidad de hacerse con el control de medios de producción. Nuñez reflexiona sobre la necesidad de superar la vieja dicotomía que hacía creer que la propiedad o bien era negativa o bien tenía que pasar al Estado. Abunda la idea de que si la propiedad es buena para el campesinado, bien sea en forma cooperativa, autogestionada o individual, lo es también para los obreros industriales.

Ciertamente, desde la izquierda se ha de hacer un esfuerzo por diferenciar la propiedad concentrada de terratenientes, monopolios y grandes empresarios, de la propiedad del pueblo, que es mucho más legítima, si es que se puede hablar de gradación.

En este sentido, se abre una línea de debate muy interesante en cuanto a la oportunidad de impulsar la propiedad popular, social, en el escenario del neoliberalismo. La cuestión sería entonces combinar la resistencia al neoliberalismo en todos los planos posibles y, al mismo tiempo, alentar el acceso a la propiedad de sectores del pueblo, campesinos y obreros, que en formas asociativas --vía más adecuada para competir en un escenario económico y de mercado hostil-- pueden ir construyendo nuevos agentes sociales con capacidad productiva para un futuro de gobierno de la izquierda.

Así, pues, consideramos necesario revisar la función de la propiedad. Y junto a ello debemos y podemos señalar aquellas líneas de transformación económica que apuntan en una buena dirección y pueden constituir aspectos del tránsito necesario hacia una sociedad alternativa. Una economía mixta que ponga el acento en la orientación social del mercado, en el adelgazamiento de la gran propiedad privada, y el crecimiento de la propiedad social en sus diferentes formas asociativas, individuales y estatales.

Pero ya decíamos que el socialismo no puede limitarse a un mejor reparto de los recursos y la riqueza. Antes que nada debe erigirse en alegato humanista, en proyecto multilateral.

5. Vindicación del humanismo

Las palabras revolución, patria, socialismo, liberación y comunismo, han tenido en la cultura de la izquierda un componente de abstracción, otro de mito y, en todo caso, una fuerte autonomía que las alejaba paradójicamente de la comprensión consecuente de su finalidad: la emancipación de los seres humanos.

La asunción de los grandes objetivos ha tenido siempre una dosis elevada de politicismo, frente al que el humanismo aparecía como una idea o sentimiento débil, más propio de opciones místicas. El humanismo como filosofía era, además, un