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JUVENTUDES |
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REFLEXIONES
BAJO LOS PORCHES DE BAYONA
Bayona en general y sus porches en particular, tanto los de rue Port Neuf como
los que soportan las casas que bordean La Nive (Errobia) han tenido siempre para
mí un encanto muy especial. Desde muy pequeño, la excursión a Bayona constituía
una experiencia placentera, casi mágica, sólo superada por el embrujo que
ejercía sobre mi padre, y que tan bien supo transmitírmelo, la capital del
Bearne: Pau. Es en ambas capitales, además de Pamplona y otros lugares al sur
de la muga artificial que separa, en una de las tantas divisiones existentes,
nuestro País, donde se desarrolla la última novela de Miguel Sánchez Ostiz,
“En Bayona, bajo los porches”. Por la rememoración de ese encanto comencé
su lectura. En ella quedé pronto Las Armas del Tiempo: un ciclo literario
El actual proyecto literario de Sánchez Ostiz lleva por lema “Las Armas del
Tiempo”. Es el Tiempo ese algo inasible donde fluyen los quehaceres a través
de los que algunas de las divisiones hieren nuestra sociedad. Si bien las
discordias son algo inherente a cualquier organización social, el conflicto trágico
se produce cuando son provocadas por factores externos que intentan fagocitarla
y aniquilarla. Las “Armas del Tiempo” no son inocentes.
Pueden luchar contra nosotros si nos dejamos llevar, si somos un elemento pasivo
en sus manos. Entonces el Tiempo –Cronos, Saturno- nos devora. Pero pueden
favorecernos siempre que seamos capaces de recuperar nuestra memoria, de
reconstruir lo que fue, ha sido y es en un flujo continuo, sustentado en la
intencionalidad de lo que queremos ser. Nuestra Historia y nuestro Patrimonio,
no serán nuestros si, pasivamente, dejamos que quienes los han tomado para
ocultarlos, manipularlos y apropiárselos, una vez reconstruidos a su
conveniencia, los utilizan en nuestra contra. Las Armas que nos da el Tiempo
consisten en recuperarlos con toda su firmeza, nervio y proyección de futuro.
La primera novela de la serie, “El Corazón de la Niebla”, es una reflexión
sobre el desarraigo personal y el intento de urdir un tejido vital nuevo en un
medio extraño del que se desconocen sus raíces. Es el fracaso que acompaña un
proyecto bienintencionado, pero fruto de la irreflexión. La segunda, “En
Bayona bajo los Porches”, tiene, desde mi punto de vista, más enjundia social
y, sobre todo, política. En ambas el protagonista es el narrador omnipresente,
y casi omnisciente, quien, en primera persona, escenifica el tinglado. En la
primera es un personaje ajeno al drama central de la novela; en la segunda cobra
un protagonismo más Su ubicación se va modificando con el desarrollo de la trama. De ser un espectador pasivo en “El Corazón de la Niebla” pasa a una implicación activa en la que intervienen todo tipo de factores: amistad, curiosidad investigadora, compromiso social y político, amor... El Carlismo como protagonista
“En Bayona bajo los Porches” imbrica dos historias relacionadas con el
Carlismo. En la primera se manifiesta, a través de encuentros casuales del
protagonista con dibujos, fotografías, documentos de un personaje de la Segunda
(para nuestra cronología más próxima) Guerra Carlista, un legendario héroe,
galán, histrión y en ocasiones travestido, llamado Tristán de Barraute. Mitad
vasco, mitad bearnés. Navarro por los cuatro costados. Y, según desde que óptica,
mitad español, mitad francés. Una vez más nos sorprenden en el camino las
divisiones que desgarran nuestro País.
La obra consiste en una búsqueda que comienza como pura curiosidad por el aroma
literarionovelesco que desprende el personaje en el primer encuentro con su
retrato en el Marché aux Puces de Paris y que a lo largo de la trama
investigadora a través de múltiples encuentros con personas variopintas pero
reales, o cuando menos verosímiles, van perfilando su personalidad.
La investigación sobre Tristan de Barraute conduce
inesperadamente a uno de los episodios más turbios de nuestra historia
reciente: Montejurra de 1976. Una parte muy importante de la narración, desde la
perspectiva del protagonista, se desarrolla, precisamente, en Bayona “bajo los
porches”, con su reencuentro con el amor. Y es la que, en una especie de
retroalimentación positiva, posibilita su mayor implicación en una realidad en
la que, en cierto modo de manera casual, el protagonista se ha visto atrapado.
Intentar destripar la historia de los dos últimos
siglos de Vasconia sin un análisis medianamente serio del Carlismo es una
condena cantada al naufragio en los procelosos y oscuros mares de la
historiografía hispana. Las dos guerras Carlistas en la Euskal Herria del siglo
XIX son la explosión de un conflicto que venía larvándose muchos siglos.
Antecedentes: Carlismo y Aranismo El reino navarro
configura en la Edad Media la estructuración política del pueblo vasco como Estado. A partir de finales del siglo XII, en sucesivos
conflictos internacionales, va perdiendo su vigor inicial por la fuerte presión
de sus poderosos vecinos: Castilla, la corona Catalano- Aragonesa, el poder que
representa el dominio británico sobre Gascuña y la monarquía francesa. Desde
la ocupación castellana de La Rioja, La Bureba y Vizcaya principalmente, a
mediados del siglo XII, hasta la conquista en los inicios del XVI y la
incorporación a la monarquía francesa a comienzos del XVII de los últimos
restos del Estado independiente de Navarra, se da un proceso continuo de
desgaste del Estado pirenaico. Se culmina en la suplantación institucional que
tiene lugar al Norte con la llamada Revolución francesa en 1789 y al Sur después
de la derrota, precisamente, de la Primera Guerra Carlista, también conocidcomo
“Guerra de Navarra”, en 1841.
Tras las guerras de la Convención y Napoleónica, los
intentos de abolir el Sistema Foral, la forma de organización política que,
dentro de la monarquía española, mantenía el país vasconavarro, condujeron a
una situación insostenible. El pretexto que hizo de chispa para inflamar
nuestra tierra con un incendio de enormes proporciones fue el conflicto dinástico
de la monarquía española a la muerte del rey Fernando VII. Podía haber sido
cualquier otro. Si la Guerra de 1833-39 fue para Euskal Herria una tragedia en
todos los sentidos (suplantación institucional, muertes y exilio con la
consiguiente pérdida demográfica, retroceso acelerado del euskara, pobreza,
inestabilidad social...), la guerra de 1872-76 tuvo componentes más complejos.
Para el país vasconavarro fue una continuación de la primera. Su imaginario
colectivo era muy semejante en ambas guerras, aunque más mediatizado por la
causa religiosa. Aquí es donde intervinieron con fuerza los elementos españoles
más conservadores que, asustados por la revolución de 1868 y la Primera
República, corrieron a refugiarse bajo el paraguas protector del Carlismo; son
conocidos como neos (de neocatólicos). Pronto lo abandonaron. Cuando sus
“fuerzas vivas” proclamaron rey en Sagunto a Alfonso XII, hijo de Isabel II,
pasaron en tropel a engrosar las bases sociales de la Restauración (1876).
Ya en el siglo XX tuvo lugar una escenificación que,
aunque trágica por sus resultados a nivel de todo el Estado español, fue una
burla grotesca para el Carlismo: la Guerra de 1936-39 en la que participó con
toda su parafernalia decimonónica, folklórica en el peor sentido del término,
para apoyar al fascismo hispano y que, perdida toda orientación y sentido histórico,
fue el final de su vida política efectiva.
A finales del siglo XIX, como respuesta nueva al problema de la nacionalidad
vasca, no
Por el contrario, el aranismo basó su imaginario más en un paisaje, una
raza, una lengua; con la grave dificultad de que ni el paisaje, ni la lengua son
los mismos en todos los territorios de Vasconia; la “raza” la dejaremos para
otro momento en el que convendrá contextualizar el supuesto “racismo” de
los Arana Goiri con el de sus contemporáneos hispano-franceses o europeos en
general. La Vasconia de población concentrada, de secano y regadío, sin prados
ni caseríos blancos y relucientes, sin bravos arrantzales; con más ocre
y amarillo que verde, más dulzaina que txistu y más vino que sidra, es decir
la Vasconia de las llamadas zonas medias y riberas, no entró en su mensaje.
Quedó, en cierto modo, huérfana, aunque un Carlismo, cada vez más
desorientado y anacrónico siguiera ejerciendo su guía y control sobre ella.
Este es el Carlismo que condujo a buena parte de Navarra y Álava a la
colaboración con la
...Y consecuentes Durante la posguerra el Carlismo fue maltratado por
Franco, pero al constituir uno de los soportes prácticos y, por supuesto teóricos,
de su victoria no podía ser perseguido del mismo modo que las organizaciones
políticas del bando contrario. Al margen de opiniones personales, no cabe duda
de que el Carlismo que orientó Carlos Hugo de Borbón Parma en los años 60 del
¿Podían estos actos asustar al Régimen? No lo creo.
Pero, no obstante, hay que reconocer que algo temían los esbirros y sucesores
del Caudillo, cuando legalizaron antes al Partido Comunista que al
Carlista. Los inconfesables manejos que, desde las cloacas de un Estado tan
inmundo como el español, organizaron la encerrona de Montejurra del 76,
encabezados por el inefable “rey del galipot”, vendiéndolos a la opinión pública
como “conflicto entre facciones” o “querella entre hermanos”,
consiguieron derrumbar un aparente gigante que, a buen seguro tras su
participación en el conflicto de 1936, tenía ya los pies de barro.
Así se cierra el trayecto que Sánchez Ostiz, con
bastante coherencia, conduce en su última obra desde la guerra de Tristán de
Barraute hasta Montejurra de 1976, con parada obligada en 1936. Esta obra
constituye un recorrido sobre el Carlismo, protagonista muy importante de esos
cien años de historia de Euskal Herria. No el único, evidentemente, pero sí
uno que en los comienzos del periodo indicado era hegemónico y en su última
etapa, puramente testimonial.
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