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JUVENTUDES |
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Creer en algo que no produce ventaja inmediata alguna es una gran cosa
La
nueva etapa narrativa de Miguel Sánchez-Ostiz que inició con su El
corazón de la niebla, tras su vuelta a Seix Barral, tras el largo
periodo pasado en Anagrama, se ve ahora continuada con esta excelente En
Bayona, bajo los porches, obra dotada de una serenidad y lirismo que ya se
apuntaba en El corazón... y que ahora se revela en plena madurez. Hemos de ver la anteúltima novela, La flecha del miedo como un cierto anacronismo dentro de su continuum narrativo, algo a lo que nos tiene acostumbrados este autor, sin duda por los lógicos desacoples temporales entre lo que supone la redacción de una obra, los compromisos con las editoriales, etc. Ya sucedió algo parecido con La caja china, que apareció muchos años después de ser escrita, etc. Ilustrada, como la anterior, con una de esos deliciosos dibujos coloreados del añorado Julio Caro Baroja (que tenía un estilo demodée, a lo Antequera Azpiri, colorista, ingenuo, encantador), siempre referido al País del Bidasoa que tanto idealizaron aposta los Baroja (un país sin curas, sin carabineros y sin moscas) esta es una novela sobre el carlismo. Pero, a diferencia de las referencias a este movimiento político que aparecen por doquier en las anteriores obras de Ostiz, negativas, con recuerdos de la guerra civil y sus excesos, un muro ideológico estricto y castrante que se levanta siempre contra las ansias vitalistas de sus personajes, lo cierto es que está aquí tratado con cariño. El autor ha partido de varios materiales narrativos (básicamente una quète sobre el aristócrata carlista del XVII Tristán de Barraute, que sirvió de modelo para la estatua ecuestre de Enrique IV en Pau, y de una investigación contemporánea sobre los famosos sucesos de Montejurra en 1976) pero ha desistido de elaborar una novela histórica, cosa que ya hizo con su excelente Travesía de la Luna. Ya don Julio Caro escribió en algún lugar sobre los peligros de la novela histórica, género pantanoso y vidrioso donde los haya si se pretende, claro, hacer algo dotado de cierta autenticidad, no un descarado pastiche comercial, en lo que hay maestros. La clave nos la da el mismo autor, o mejor sería su alter ego, el protagonista de la novela, el abogado madrileño amigo de Arróniz (el protagonista de El corazón de la niebla, que terminó, por cierto, suicidándose). Cuenta que en un encuentro fugaz con Carmen Martín Gaite (pág. 85) (1), a quien le consulta sus dudas, esta le aconseja orientar su libro en el sentido en el que está orientado este, es decir, contar las cosas en primera persona, entreveradas con la realidad contemporánea y cotidiana, a modo de encuesta. El resultado es feliz. Le permite al autor hablar del pasado remoto (las guerras carlistas del XIX), de uno mucho más reciente (Montejurra 76), pontificar sobre lo divino y lo humano y a la vez demorarse por una serie de personajes interesantes muchos de los cuales nos parecen familiares, pues recuerdan muy directamente, aunque con otros nombres, a los de libros anteriores. Lo que da unidad a los diferentes materiales es el discurso personal e intransferible de este abogado que evidentemente es-y-no-es Ostiz. Los ambientes, los lugares por los que deambula este abogado madrileño son la zona navarra del Bidaosa y el País Vasco francés (Bayona), Pamplona (aquí con su nombre verdadero, olvidado queda Umbría) y Madrid. El protagonista y narrador, que aparecía brevemente en la novela anterior, amigo y albacea de Arróniz, está en la cincuentena, ha tenido varias decepciones (y, lo más gordo, la muerte en accidente de su mujer y su hija), duda entre su profesión –la abogacía- y su vocación –la literatura-, es un comedor y bebedor suculento, aunque sin los excesos de novelas anteriores (aunque haya alguna que otra andada, pero sin el desgarro de antaño), y en esta novela recupera una antigua relación (Geneviéve) que se intuye puede funcionar, si el personaje termina por decidirse entre las opciones vitales por las que brujulea. A mí esta encuesta sobre el pasado me ha recordado bastante la que Marichalar emprende sobre su antepasado en Riesgo y ventura del Duque de Osuna, y el mundillo de ires y venires de generales y contrabandistas por las mugas me habla en un lenguaje felizmente parecido al de Marc Legassé (otro, como el personaje Aguirre –ver más adelante- carlista a fuerza de libertario) y sus excelentes Carabinas de Gastibeltza. El abogado se mete en esta senda del desescombro del pasado a través de otro personaje curioso que tiene para él un atractivo ambiguo, que es el de la ultraderecha, el marido de su tía Carmiña, Joaquín José Labairu. Por diversas razones tiene que tomar contacto con otros muchos fascistas o neonazis, algunos bastante estrafalarios. Pero, en conjunto, el autor distingue claramente entre los vocacionales, ideológicos y los mercenarios. En la tragedia de Montejurra 76 confluyen ambos, pero se nota el respeto por quienes creyeron que actuaban para defender unas ideas (la mayoría escaparon por la tangente justo antes de la masacre, para no participar en ella) y los que lo hicieron por dinero (por bastante dinero, según parece). La relación extraña que se establece entre esos dinosaurios del franquismo como Labairu (hay algunos más) y el abogado vagamente progresista no cuaja en simpatía pero sí en respeto y consideración hacia unas figuras históricas, con todas sus contradicciones. Hay como un intento –no mucho más- de comprender sus razones, los impulsos que les motivaron en aquel momento. Es el morbazo de la ultraderecha, cuando es auténtica y no secuaz del capital. Por eso por aquí aparece un vasco nazi como Jan Mirande. Labairu, por ejemplo, lega sus archivos al narrador, pero sus herederos terminan por vender casi todo a un ropavejero (con lo que queda y algunas cosas más se va muñendo la trama de la novela). El letrado pleitea, con poca convicción, los testigos se le echan atrás y aunque alguien le recomienda que se los busque falsos (que siempre funcionan mucho mejor), tema este recurrente de las novelas de Ostiz, que debe saber de lo que va el tema, "cocinero antes que fraile", él desiste. De lo que se lleva en un primer momento del despacho de Labairu va sacando cosas interesantes, como una colección de fotos, donde encuentra una de Rafael Sánchez Mazas con esta inscripción en su dorso "Me jode, y no sé por que". También hay agendas. Las agendas, dice "son portentosas. La policía del franquismo es lo primero que buscaba". Recuerdo yo la llamada acongojante del Servicio de Información de la Guardia Civil a mi padre por el hecho escueto de aparecer en la agenda de Alfonso Sastre, cuando fue detenido tras el atentado de la calle del Correo. Labairu, un personaje, organizó una expedición a los campos de Viana (o a Mendavia, no queda muy claro) en busca de la tumba del César Borgia. Y finalmente encuentran una caja de plomo que pudo haber contenido los restos del finado. Que se lo pregunten a Vázquez Montalbán... En esta novela donde hay tantas cosas, cierta crítica ha destacado tan sólo lo que tiene (que lo tiene) de denuncia de la violencia etarroide. Pero también incluye fuertes críticas al PP, como cuando habla de uno de sus parientes, que estuvo metido –aunque de rondón- en lo de Montejurra y ahora es un lobito del PP, un aplaudidor del aznarismo de peor rostro, pero que no es capaz de hacer carrera ni ahí, ni en ninguna otra parte. Aparte de seguir poniendo a parir a Jon Juaristi (aquí Juanito Basterrica), arremete contra otros bastante identificables: uno de esos exploradores de la bohemia y de los habitantes de las puertas de la noche, y biógrafo de Nerval, que fue Francis Carco y también de Claude Debussy. Uno de tantos que les gustan a esta gente que en España está amorrada a los pesebres, más o menos oficiales y lleva en la albarda un pienso poco apetitoso hecho de cien mil datos y ni una idea. De Bastarrica/Juaristi, dice lo siguiente: Hay para reírse, como hace Juanito Basterrica en su ya famoso "Yo fui de la ETA porque el mundo me hizo así". Por cierto que páginas adelante habla de un intercambio de pentrita por tres pistolas checas llevado a cabo por Basterrica y los carlistas (pág. 282).(2) Hay un personaje verdaderamente solar, Martín Aguirre, un hombre de acción, de energía hiperbólica, un poco un arquetipo, pero que no es el sempiterno macho dominante de casi todas las novelas de Ostiz, sino un individuo verdaderamente generoso, atractivo. Aguirre estuvo en Montejurra, en el lado de las víctimas, militó en el carlismo y lo abandonó cuando todo aquello acabó (no recuerdo ahora si Ostiz lo dice pero lo que pasó es que a Carlos Hugo le ofrecieron un puesto en la Unesco y salió de España tras disolver el partido, los militantes que quedaban tuvieron que afrontar las deudas, etc., una historia un poco sórdida). Años después Aguirre (Aguirre habría podido ser carlista, lo que seguía siendo de corazón, pero era también un libertario genuino a quien las leyes comunes le estorbaban) atraca, en Lérida, una empresa propiedad de la viuda de Franco para, con el botín, editar el folleto Montejurra 76, hoy inencontrable. Aquellos sucesos, que se achacan a Fraga, Suárez, Martín Villa, Arias Navarro, etc., fueron el primer episodio de la Guerra Sucia (pág. 129), que, "una vez hecha gimnasia" desembocaría en el GAL. Un hilo conductor de aquél oca a oca pudo ser perfectamente Barrionuevo. Aletea por el libro la decepción por una Transición Pactada. Entonces todavía se pensaba –se dice en la página 148- todos lo pensaban, que vendrían tiempos propicios, de justicia para unos, de revancha para otros. No vino nada. Vino otra cosa. Hay historietas que no son de Y los tiempos actuales tampoco son para tirar cohetes: Nada es como lo hemos vivido, como creemos haberlo vivido. Depende mucho de quién sea el amo del periódico que leemos. La libertad de prensa es filfa pura, una convención más. La prensa es poder y a veces sólo eso. No nos engañemos. (pág. 149). Con la prensa oficialista es poco compasivo y hay referencias directas al polanquismo. De Gómez de Liaño, por ejemplo, dice Yo dudo mucho, muchísimo, que Javier Gómez de Liaño haya cometido prevaricación, así me lo certifique no ya una corte suprema sino la corte celestial al completo. También habla de Pedro J. Ramírez (pág. 420 y ss.) Cuando en un país se pierde por completo la vergüenza, y se está convencido de que a más poder más te está permitido, sucede lo del vídeo de Pedro Jota. Las partes que dedica a Montejurra, que son intermitentes, pues mientras tanto va viajando, intercala la bellísima aventura de Tristán de Barraute, tienen el mismo tono que películas como JFK, de Oliver Stone, a decir verdad sólo falta el fondo musical de redoble de tambor (redoble, por cierto, que usó –no sabemos si con permiso- la lamentable Victoria Prego en sus fementidos documentales, más falsos y pactados que una escopeta de feria, sobre la Transición, como no deja de recordar el autor en la página 129, calificándola de "indecente". Qué bella palabra, tan mal utilizada generalmente). Aquella trama espesa, completamente olvidada... Recuerdo dónde me enteré yo. Estaba en el C.I.R. de Colmenar Viejo y salía a comprar, de matute, prensa "libre" (Cambio 16, EL PAIS o D16 todavía no existían), así me enteré, pero la interpretación que hice fue la clásica, la que nos quisieron vender: carlistas mal avenidos. Y recuerdo que por aquel tiempo me escribió una carta Luis Castro (del PCE), explicándome lo que había pasado y la verdad es que no me interesó en absoluto, lo reconozco, así son las cosas. En fin, veo que llevo siete folios y apenas estoy entrando en lo que és el libro. Es de esos que no se pueden resumir ni reducir a un esquema Hay que leerlo de pe a pa. Como escribió una vez Jimenez Losantos de un libro de Labordeta "si les gusta a ustedes la mitad de lo que me ha gustado a mí, ya les gustará muchísimo". Aunque describiéramos concienzudamente lo que es el libro, lo que dice y cómo está escrito, siempre estaríamos fuera. Si este autor me interesa, y me interesa mucho, es por algo más, por algo indefinible que queda fuera, que apenas se entrevé, aromas, lugares, recuerdos, situaciones. Eso es lo que nos retiene en este libro y lo que, una vez terminado, hace añorarlo, desear regresar a sus páginas y aprehender cosas dispersas, esos porches en Bayona, las calles de Pamplona, el cuchitril madrileño del croata Marko Marcic… Méndez Ferrín, en su excelente novela Bretaña, Esmeraldina, habla de los nacionalistas bretones que, durante la IIGM simpatizaron con el nazismo, que les prometía un lugar en la futura Europa de los Pueblos que las SS "vendieron" cuando la guerra iba ya perdiéndose irremediablemente. Pues bien, Ostiz habla de colaboracionistas vascos con los nazis, imaginamos que en Iparralde. Lo cierto es que hubo un ministro vasco en el gobierno de Vichy. Un País Vasco medio libre, bajo la tutela de los nazis. Una nueva versión de la Nueva Fenicia que le ofreció Garat a Napoleón. De hecho lo consiguieron plenamente. Ciento cincuenta años de guerras, sangre, ruinas, deportaciones, exilios, emigración y sobre todo dolor, y en una mañana todo eso se esfuma o cuando menos recibe un golpe mortal, una herida a la larga de imposible sutura por la que se fue desangrando, para quedar relegado para siempre a la sentina de la historia, al pasado, a las catacumbas de los irredentos, a los márgenes adonde no quiere mirar ya nadie. Y no solamente el carlismo se lleva una puntilla, sino también queda tocado del ala el integrismo, la extrema derecha, aunque ésta tardaría aún unos años en desaparecer del todo. A los resultados de las urnas hay que remitirse. Aquí habría que pronunciar el clásico ¿Qui prodest? Y para terminar: En
tiempos de progresiva uniformización de ideas y de vidas, de esa globalización
que es una auténtica cama de Procusto, una utopía de pesebristas
profesionales, esa gente que es capaz de vivirlas a contrapelo tiene para mí
un atractivo enorme. Vivir a contrapelo, en los márgenes, de manera distinta y
digna, no es fácil en tiempos de uniformización feroz. Ya sé que son
residuos de un romanticismo literario, pero tal vez merezca la pena echar mano
de alguno de ellos, aunque sólo sea por no dejarse arrastrar
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