JUVENTUDES  CARLISTAS

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IDEOLOGÍA CARLISTA Y COMUNERA

  -Castilla Carlista-


Las antiguas comunidades, verdaderas repúblicas populares dentro del reino de Castilla, poseían todos los caracteres de los estados autónomos dentro de una federación. Abarcaban territorios de extensión muy variable que comprendían a varios pueblos (a veces más de cien y aún de doscientos), municipios con vida propia y autogobierno dentro de la comunidad. Tenían soberanía en todo su territorio, libre de todo poder señorial; y autoridad sobre pueblos y villas, entra las cuales ejercían el "medianeto" (arbitraje paran dirimir contiendas).

El poder de la comunidad emanaba del pueblo y se ejercía por los consejos comuneros. La sede permanente del gobierno era la ciudad o villa cabeza de la comunidad que llevaba su nombre. Los bosques y pastos (que ocupaban un lugar muy importante en la economía castellana) pertenecían a la comunidad; las aguas y el subsuelo (salinas, yacimientos metalíferos,...) eran igualmente propiedad del municipio. Con la propiedad comunal y popular de los municipios coexistía la propiedad privada de las casas y tierras de labor.

Los órganos de gobierno de las instituciones populares castellanas (comunidades municipios) eran los concejos. La palabra castellana concejo equivale a la alemana rat y a la rusa soviet. El régimen político y administrativo del reino, pues, el gobierno de los concejos. Estos eran elegidos por todos los vecinos de casa puesta (...) sin distingos de privilegios por nobleza o situación económica, pues todos eran iguales ante la ley. Lo que el fuero de Sepúlveda expresa claramente en el precepto que manda que todas las casas también del rico, como del alto; también del pobre, como del bajo; todas hayan un fuero y un coto (es decir, una sola ley y una sola jurisdicción para todos); y en aquel que ordena que; "si algunos ricos hombres, condes o potestades, caballeros e infanzones, de mio regno o de otro, vinieren a plobar a Sepúlveda, tales colomnas hayan como los otros pobladores"

 Esto es lo que escribió Anselmo Carretero en 1960, en el libro "La personalidad de Castilla en el conjunto de los pueblos hispánicos", y como podemos ver en el medievo se desarrollo un sistema de libertades populares, que se plasmo jurídicamente en los FUEROS. Estos fueron pisoteados por la monarquía centralista desde el siglo XV, especialmente durante el Antiguo Régimen, y lo que quedaba de ellos fue abolido por la burguesía liberal.

El Carlismo como movimiento de masas primero y como grupo ideológico organizado después, nació como un clamor popular espoleado por la crisis agraria y el ataque a las Libertades Forales iniciada ya la primera guerra carlista, si bien es cierto que ese desencadenante concreto se dio sobre un substrato social que en las tres centurias anteriores había ido acumulando los fundamentos de sus reivindicaciones que eran transmitidos en la memoria histórica de los Pueblos y cuyos hitos podrían enlazarse directamente desde el movimiento de los Comuneros de Castilla, la resistencia que provocó la taimada conquista del Reino de Navarra y los innumerables intentos de reducirlo a provincia, así como la mutilación de los Fueros de Castilla y Aragón o el Decreto de Nueva Planta y tantas otras tropelías cometidas por el Estado Imperial Central contra los derechos de los Pueblos que formaban LAS ESPAÑAS                               

Castilla comunera y carlista

Extracto de “La personalidad de Castilla en el conjunto de los pueblos hispánicos” de Anselmo Carretero y Jiménez. 1960


Hecho este rápido recorrido por el devenir histórico del pueblo castellano, desde sus briosos orígenes medioevales hasta el actual oscurecimiento de su personalidad nacional, no queremos terminar la conferencia, que ya va resultando demasiado larga, sin hacer algunas reflexiones sobre el presente con la mirada puesta en el futuro.
Muchos datos para la explicación de acontecimientos y procesos colectivos a primera vista demasiado confusos o desconcertantes, muchas enseñanzas y muchos motivos de esperanza en un porvenir mejor podríamos sacar de la historia de Castilla y sus viejas instituciones populares quienes ansiamos una nueva España. Nos limitaremos por ahora a presentar un par de ejemplos.

La distribución geográfica del carlismo en las guerras civiles del siglo XIX no fue un accidente casual, ni fueron éstas –sin más- luchas entre “campesinos reaccionarios” y ciudadanos progresistas, como con harto simplismo se dice no pocas veces, sino fenómenos políticos y sociales muy complejos en los que los antecedentes históricos adquieren gran importancia. El “carlismo” tuvo sus principales baluartes populares en tierras de Cataluña, Valencia, Aragón, Navarra, el País vascongado y Castilla: precisamente los seis países de mayor tradición federalista y de autogobierno de la Península, y los cuatro de mayor tradición comunera.

El centralismo liberal no podía levantar entusiasmos en aquellos pueblos encariñados, en mayor o menos grado, con sus viejas libertades regionales: no por liberal –que en estas tierras la libertad tenia viejo arraigo-, sino por centralista –centralismo y libertad son en cierta medida opuestos-; como tenía que causar disgusto la expropiación de los bienes llamados de “manos muertas”; no porque afectara a la Iglesia –que en otras partes de España eran mucho mayores-, sino por la expoliación del patrimonio comunero de los pueblos. Las gentes de estos países sabían por vieja experiencia cuán perjudicados salían sus intereses y mermadas sus verdaderas libertades cada vez que el poder central, con grandilocuentes pretextos, modificaba los viejos fueros, usos y costumbres. (...)

Suele motejarse a los vascos de “clericales”, y también a los castellanos; cuando en realidad han sido pueblos sencillamente religiosos que han tenido a los sacerdotes laicalmente apartados del gobierno del estado. Por esta no intromisión tradicional en el gobierno político, y por su carencia de grandes propiedades, la Iglesia y sus sacerdotes han gozado en el País vascongado y en Castilla de un respeto en general superior al que se les ha tenido en aquellas regiones en que, por haber ejercido un poder temporal y haber sido dueños de extensos latifundios y recursos económicos, el pueblo, en sus luchas sociales, los ha encontrado siempre del lado de los privilegiados.(...)
Las izquierdas españolas –emplearemos, para abreviar, esta denominación un tanto confusa-, y en general los elementos progresistas de nuestra patria, han heredado el privilegio de poder estimular las transformaciones sociales más avanzadas en nombre de la tradición, y han ignorado por lo común hasta la fecha tan formidable herencia. Lo que a otros pueblos se ha planteado o plantea como ruptura revolucionaria con el pasado, puede en muchos casos presentarse al español como proyección hacia el futuro de nuestra mejor tradición nacional.

No tratamos de mantener “casticismos engañosos” –como decía Unamuno-, sino de buscar la “tradición eterna”, “sustancia del progreso”. La cuestión está en descubrir y mostrar la verdadera tradición de nuestro pueblo (y no en falsearla y desnaturalizarla, como se ha hecho con la tradición castellana), combatirla en cuanto resulte nociva, y utilizarla como factor de progreso cuando sea aprovechable como tal.
Debemos acercarnos cordialmente y con propósitos de ilustración a la historia de las demás naciones, y recibir sus enseñanzas sin alimentar artificiosos tradicionalismos ni estúpidas patrioterías; pero no imitar servilmente a nadie; ni aceptar como invenciones extranjeras, porque están en el seno de nuestra tradición –la española en general y particularmente la de Castilla- cosas tales como los afanes de libertad y de justicia, el principio de igualdad ante la ley, la organización federal del estado, la separación entre el poder civil y la Iglesia, y el imperio del interés público sobre la codicia de la propiedad privada.

 


 

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