Tiempo
de tomar decisiones
Fernando Carlos Sánchez
Aranaz
(Barrundia/Araba/Nabarra Occidental)
Hace unos días, subiendo desde Urdiain hacia Intsusburu,
por el collado de Bernoa, pasé por la ermita de San Pedro, situada en términos
de Altsasu. Grabada sobre el dintel de la puerta pude leer la inscripción
que transcribo: ?AÑO DE SETECIENTOS Y DIECISIETE A VEINTE DE HENERO EN
ESTA IGLLE. DE SAN PEDRO DE LA VALLE DE BVRVNDA FUE ELECTO I VNGIDO POR
PRIMER REI DE NAVARRA, GARCIA XIMENEZ. Y ESTA ELECCIÓN CONFRM. EL MESMO AÑO
EL PAPA GREGORIO SEGVNDO COMO PARECE POR SU BVLA QUE LA TIENE LA DICHA
VALLE EN SV ARCHIVO?.
Estos hechos, históricos o legendarios, tanto da, han estado vigentes
hasta hoy en día en la mentalidad de los descendientes de los vascones,
aquella antigua tribu pirenaica que, en el siglo VIII, tras múltiples
vicisitudes históricas, construyó el embrión de lo que luego sería el
Reino de Navarra, tanto en lo que hoy es la Navarra residual, como en las
llamadas Provincias Vascongadas.
La desmembración y pérdida de independencia de lo que fuera el primitivo
Reino de Navarra fue un proceso gradual, promovido por la rapacidad de los
reyes vecinos, particularmente los de Castilla, y por las ambiciones de
algunos linajes autóctonos, que se extiende desde el año 1054, cuando el
autotitulado rey de Castilla, Fernando, asesina en Atapuerca a su hermano
Sancho, Rey de Pamplona, hasta el 1841, al confirmar el general liberal
Espartero la pérdida de Navarra de su condición de reino, bien fuera que
para entonces ampliamente mermado en su soberanía.
Es un hecho que esta conciencia de pertenecer a una misma entidad política
ha permanecido en el inconsciente colectivo de todo el pueblo vascón,
aunque no así entre sus estamentos gobernantes, resurgiendo esporádicamente
sin que sus debeladores, autóctonos o foráneos, hayan podido
extinguirlo.
Esta conciencia de pertenencia a una unidad previa es claramente
detectable en el carlismo popular, repetidamente traicionado por sus
dirigentes. No así entre los seguidores iniciales de Sabino Arana,
quienes paradójicamente asumirán la historiografía oficial castellana.
Acaso el hecho de que el pueblo fuera mayoritariamente analfabeto le
librara de esa contaminación. La realidad es que el estamento campesino
fue siempre más proclive a la unidad de Vasconia que las élites urbanas,
mayoritariamente procastellanas, luego liberales y después franquistas.
Resulta sorprendente y a la vez asombroso, escribiendo en los albores del
siglo XXI, que ese afán de los vascones por seguir siendo ellos mismos,
en su lengua, su cultura, pero también en su organización social, económica
y política, en su soberanía, haya perdurado hasta nuestros días durante
un largo milenio.
Para acabar, resalto el énfasis puesto por los autores de la inscripción
de San Pedro en
el carácter electivo de su Rey. En aquellos tiempos la elección de Rey
suponía la delegación de la soberanía del pueblo en una persona
concreta, igual a cada elector de uno en uno, pero inferior a su conjunto,
tal como expresaba el Fuero que el rey electo debía respetar. Hoy, como
en aquellas épocas, los navarros, todos los navarros, del este y del
oeste, del norte y del sur, debemos decidir cómo ejercemos nuestra
soberanía cómo pueblo.
Llamo a recordar quién actualmente se intitula Rey de Navarra, dándolo
por hecho al
considerarse Rey de España, y a quién adulan los autodenominados ?navarristas?
concediéndole espúreamente y sin rubor el título de Príncipe de Viana.
Recuerdo también que quien designó a ese señor rey de España fue el
mismo que ostentó el título de presidente de la Diputación de Navarra
durante casi cuarenta años. ¿Cómo podemos seguir soportando esta
situación?