JURRAMENDI
'85
Iruñea, a 4 de Mayo de 1985
El Partido Carlista,
como protagonista durante muchos años de la historia de España y parte
esencial de la del Pueblo Vasco, ante la cada vez mayor confusión ideológica
en la que está inmersa Euskal Herria y la utilización interesada y fraudulenta
de la historia y hasta del propio Carlismo para justificación de las más
dispares posiciones
políticas y la consecuente falta de proyectos políticos coherentes, hace público
el siguiente comunicado:
LA HISTORIA
1.– Fue el Carlismo el pionero -y durante mucho tiempo en solitario- en la
lucha por la defensa de la libertad y la personalidad de los Pueblos que
componen el Estado Español, frente al centralismo uniformista.
2.– Nuestra lucha tuvo como sustento ideológico -al margen de la más o menos
fuerte componente dinástica que lo
representaba- la reivindicación de lo que bajo el término de
"Fueros" significaban las facultades propias de regirse y
autogobernarse las distintas Comunidades de España, así como sus signos
propios de identidad.
3.- Tal iniciativa, desde la fuerte componente vasca del Carlismo, no se dirigió
contra ningún pueblo de España -que
tamhién eran victima del mismo centralismo- ni contra la unidad del Estado Español,
(nuestra bandera precisamente era la española y se contemplaba todo el Estado
bajo una misma forma de gobierno) y, por lo tanto, nunca supuso un intento
separador e independentista de unos pueblos respecto del Estado. La defensa de
esos mismos ideales se llevó a toda España.
4.– Resultan, pues, incoherentes y faltan a la realidad histórica quienes se
autoproclaman sucesores y herederos
del Carlismo -como en determinados momentos reivindican pensadores (PNV)
peneuvistas o de (HB) Herri Batasuna- para justificar posturas independentistas
que no responden al patrimonio legado por nuestro Partido,aunque, por otro lado, sí es exacta la apreciación de quienes, analizando la
evolución del pensamiento político
vasco, ven el nacimiento del nacionalismo independentista como una rebeldía y
forma íntima de venganza política ante lo que fue una derrota militar y un no
reconocimiento de los derechos y libertades reivindicadas por el Carlismo; de la
misma forma que tamhién ETA surgió del rencor y odio nacidos de la derrota en
el 36 del Nacionalismo Vasco y la continuidad en el no respeto a aquellas
libertades.
El independentismo nunca podrá ser justificado en base al Carlismo y la
historia del pueblo vasco, que, en todo
caso, conduce al federalismo del Estado Español, propugnado por los Carlistas y
que llevó a Carlos VII a definirse como "El Rey de las Repúblicas españolas".
LA VIOLENCIA
Menos justificación existe todavía para quienes califican las acciones
violentas de ETA como continuación histórica
de la practicada por los ejércitos Carlistas, y ello:
EN PRIMER LUGAR.– Porque el justificar la violencia, en razón de la
existencia de la misma en el pasado, supone
trasladar la mente y la realidad social a los tiempos en que aquella se dio, y
en ese caso, la no superación humana y
su enquistamiento mental.
EN SEGUNDO LUGAR.– Porque puede que la mayoría de un pueblo -como el Carlismo
supuso en la zona vasca- hubiera optado por decisiones de este tipo, pero nunca
estará legitimada para adoptarlas una minoría del mismo, cuando se irroga una
representación que no les ha sido otorgada y marginando instituciones que libre
y democráticamente ese mismo pueblo ha adoptado.
EN TERCER LUGAR.– La violencia practicada en nombre de un pueblo exigiría,
además de su representación mayoritaria, unos mínimos condicionantes éticos
y un acusado respeto al propio pueblo, todo lo cual, por supuesto,
no existe cuando se está hundiendo a éste en la miseria y cuando se atenta
contra personas caprichosamente elegidas, incluso entre miembros representativos
del pueblo vasco, y las acciones de "guerra" consisten en asesinatos,
extorsiones, secuestros y torturas vilmente efectuadas contra víctimas
indefensas y con toda suerte
de agravantes que degradan cada acción a la más baja de las condiciones.
EN CUARTO LUGAR.– Menos justificación tiene la violencia, por haberse dado ya
una democracia que, aunque imperfecta -como toda alternativa política- ha
permitido el inicio del autogobierno de los pueblos y su acomodación a formas
acordadas por el voto mayoritario y que no coincide ni en forma de gobierno ni
en representantes con los
que, clandestina o públicamente, sostienen la violencia.
EN QUINTO LUGAR.– No tiene justificación la violencia, porque cualquiera que
fuese la causa que hubiera explicado
el movimiento de la misma, -que no justificado- y cualquiera que hubiera sido el
delito encausado, se dio una
"amnistía total y sin reservas" que anulaba dichas causas. Máxime,
cuando quienes optan por la violencia lo hacen
contra gentes que se rigen por normas de derecho, en las que no es posible
aplicar la pena de muerte. Y más paradójicamente, cuando lucharon en la
consecución de ese objetivo activa y solidariamente junto con la mayoría del
pueblo español, aquellos que ahora por sus intereses defienden el asesinato.
EL INDEPENDENTISMO
Fl Partido Carlista, no obstante, su oposición a los nacionalismos
independentistas, no encuentra, al margen del
legítimo derecho a la crítica y diversidad política, fundamento alguno para
los escándalos y denuncias formuladas
por personas de corte democrático contra quienes legítimamente se declaran
independentistas. Es evidente que
todo español y todo grupo político tiene perfecto derecho a declararse
independentista al amparo del principio de
libertad de pensamiento y conciencia que reconoce la Constitución, sin
incurrir, por lo tanto, en violación de dicha
Norma básica por el hecho de que ésta establezca la unidad del Estado. Esto es
así, de la misma forma que puede
defenderse la catolicidad del Estado, cuando el texto constitucional declara a
éste laico; o la Repúhlica, a pesar de
ser monárquica la forma política del Estado establecida en el mismo, o
propugnarse el marxismo-leninismo, cuando la Constitución defiende la economía
social de mercado. La Constitución ampara a quienes se declaran
independentistas y sólo exige el sometimiento a sus normas y el utilizar los
medios previstos en ella para su
modificación. Todo los demás es pura demagogia partidista, atentatoria contra
la libertad y perjudicial en grado
sumo para la normalización del País Vasco, sobre todo, si tales denuncias
provienen de miembros del Gobierno. Debe tenerse muy en cuenta que dándose en
los partidos nacionalistas vascos (abertzales) unos componentes de adhesión que
responden más a estímulos sentimentales y externos que a ideologías
concretas, definidas y
determinadas, al haber sido asumidos por el Estado parte de esos estímulos, sus
signos de identidad se difuminan e incluso dentro de ellos surgen las crisis lógicas
derivadas de las diferencias que aparecen a la hora de tener que aplicar políticas
concretas que previamente no se habían definido. En esta situación, su
indefinición pretende
contrarrestarse con la proclamación independentista, ya que, en la medida en
que no sea asumido con normalidad por los no abertzales como un pensamiento legítimo
y admisible, seguirá sirviendo de aglutinante, las más de las veces demagógico,
a quienes temen aterrizar en ideologías concretas. El Partido carlista estima,
con suficiente
conocimiento de causa, que el verdadero sentimiento independentista, serenamente
adquirido y racional en su planteamiento, existe en muy contadas personas de los
propios partidos que lo proclaman. En la mayoría, responde a un visceralismo
opositor, que sube o baja en función de determinadas circunstancias, o a
maniobras utilizadas por los líderes de las diversas corrientes de partidos con
crisis internas, que les permiten ir incorporando
adhesiones a sus posturas sin que desde la corriente enfrentada se les pueda
tachar de traidores, innovadores o heterodoxos. A mayor crisis de un partido,
mayor será el verbalismo independentista.
EL PRINCIPIO DE AUTODETERMINACION
El Partido Carlista reconoce asimismo, el derecho de autodeterminación de los
pueblos que componen el Estado Español; pero evidentemente sujeto su ejercicio
a las lógicas normas que mantengan dicho derecho en cauces operativos y de
equidad y no en demagogias verbalistas y anarquía. UNA DE ESAS NORMAS es su
limitación en el
tiempo; de forma que -aunque existan momentos sucesivos o periódicos para su
ejercicio- no cabe la viabilidad de
un Estado bajo la amenaza de continuas e inesperadas consultas populares sobre
la continuidad o no en la incorporación al Estado. En SEGUNDO LUGAR, el
ejercicio de tal derecho debe partir de una clara identidad como pueblo. EN
TERCER LUGAR, con referencia expresa al pueblo vasco -con historia,
peculiaridades y derechos
propios- el ejercicio de su derecho debe previamente obtener el "plácet"
o reconocimiento de cada una de las
distintas sub-comunidades que integran dicho pueblo. EN CUARTO LUGAR, como norma
básica para el ejercicio de cualquier derecho, la autodeterminación para
ejercitarla, debe partir de la inexistencia de toda práctica de violencia
intimidatoria o coaccionante.
EL ESTADO FEDERAL Y LOS FUEROS
En el ejercicio de nuestro derecho a mantener la ideología propia, el Partido
Carlista defiende -como inherente al
derecho de los puehlos, como fórmula coherente de perfeccionar el transitorio
Estado de las Autonomías y como
medio más operativo- la consecución del ESTADO FEDERAL ESPAÑOL, que supondrá
la expresión máxima de la voluntad unitaria y a la vez compaginada con el
respeto a las peculiaridades y al derecho de autogobierno de los Pueblos que lo
integran. Un Estado federal, el que propugnamos, que debe llevar el derecho al
autogobierno a todos
los niveles en los que se organiza la sociedad: barrios, localidades, comarcas,
provincias y regiones o nacionalidades. Es contraria al auténtico espíritu
foral la construcción de la sociedad en base a pueblos (federados) con una
organización propia centralista, absorbente, que no permita ejercitar sus
propias libertades autonómicas a las instituciones inferiores. No es la
sustitución del nacionalismo español por otros nacionalismos regionales lo que
defendemos, sino una sociedad construida de abajo a arriba -del barrio al
Estado- que distribuya el poder político
reconociendo a cada uno de los niveles de organización territorial las máximas
competencias racionalmente exigibles, lo que hará posible una participación
eficaz de los ciudadanos comprometidos directamente con los
problemas sociales que les afectan. No es el foralismo un fósil que algunos románticos
o trasnochados queremos resucitar, como pretenden presentarlo a la sociedad
vasca los grupos nacionalistas, ya que no tratamos de trasladar a nuestros
tiempos formas ni instituciones caducas de antaño, sino el respeto a las
libertades de todas
las comunidades a autogobernarse y la formulación viva de la forma de
realizarlo; es en definitiva, el principio más
progresista, humano y racional para organizar territorialmente la sociedad.
LA CUESTIÓN DE NAVARRA
Ese mismo espíritu puede aconsejar la confederación de pueblos dentro del
Estado, cediendo éstos libremente a las nuevas instituciones las competencias o
atribuciones que estimen precisas para hacer más operativas o eficaces la
defensa de valores culturales, económicos o históricos comunes y suponer las
diferencias que, por sus distinta dimensión y potencialidad, existen hoy entre
Comunidades Autónomas. Es en este marco en el que deben
establecerse las relaciones de Navarra con la Comunidad Autónoma Vasca;
avanzando paulatinamente hacia la confederación que permita la integración de
ambas en una unidad superior, con la garantía de que tanto Navarracomo el resto
de los Territorios históricos de la Comunidad Autónoma conservarán su propia
personalidad e
identidad y sus instituciones políticas peculiares, con las competencias no
cedidas a las instituciones comunes, y
sin que ésto suponga cuestionar la existencia del Estado Español, ni por
encima de él, lograr otras formas de
asociación o unidad de los Estados europeos.No obstante, esta unión
confederada ni ninguna otra será posible, sino
por el contrario se producirá un mayor alejamiento de ambas Comunidades, si se
sigue manifestando el verbalismo
independentista y sobre todo, si no cesa el terrorismo y la violencia. Es
preciso acabar con las utopías disolventes y
la marginación de los iluminados que pretenden salvar a su pueblo por el
terrorismo asesino, para iniciar un camino
que conduzca a unas relaciones fraternales y a un clima de cooperación que
hagan finalmente posible la confederación. Es urgente sustituir el mesianismo y
la demagogia por el respeto y la racionalidad para que desaparezcan apariencias
de imposición y temores ahsorcionistas. Es necesaria la descentralización de
la
Comunidad Autónoma Vasca – la aplicación del vituperado foralismo- para que
podamos apreciar la validez de la confederación y la firme decisión de
llevarla a cabo. Paralelamente, es preciso que desde fuera del País Vasco se
eviten toda suerte de análisis superficiales, y actividades partidistas o de
confrontación en busca de electoralismos fáciles que contribuyan a acrecentar
una tensión existente en grado sumo y de difícil y lenta corrección. Es por
la vía de la convergencia de los partidos, en el actuar ante los problemas
esenciales que afectan a esa Sociedad y también en la generosa interpretación
y aplicación del Estatuto de Autonomía, como se irá alcanzando paulatinamente
la normalización de una zona crispada desde hace más de 150 años y que
propició la aparición de nuestro pensamiento político, el Carlismo
