Estos son los relatos que se han presentado por el momento al III Certamen. Aunque el plazo esté terminado se admitirán los relatos que lleguen hasta la entrega de premios.

RELATOS PRESENTADOS

ACABABAN DE SERVIRLES EL CAFÉ Christian Gómez Carlos
BARBARIDADES
  Periko Escribano
BIBLIOTECA
  León Molina Pantiga
CASA DE LA ERMITA Domingo Henares Garijo
CATÁLOGO DE BESOS. Javier Sánchez Gutierrez
CLASE MEDIA QUE VIVE A MEDIAS El niño de la corbata verde fosforito
CON LAS LETRAS DE TU NOMBRE.  Leo Macías
CONTROL POSESIVO.
Paco Sánchez Córcoles
DIARIO DE UN INSOMNE. Armando Talavera
DON JULIÁN DE A PIE, EL CAPITOLIO Y ALGO OCURRIDO CON UNAS GALLETAS. Óptimo Máximo
ECHAME UN VISTAZO. Miguel Angel Aguilar Avilés
EL DINOSAURIO. León Molina Pantiga
ELEGIA A CARLO GIULIANI. Salvador Cobo Marcos
¿ENTONCES PA' QUÉ PREGUNTAS, IMBÉCIL?.  a.Cordero
ENTRE LA CIUDAD SÍ Y LA CIUDAD NO. Diego Martinez Juncos
ETERNO. Mónica Silvestri
FOTOS. Cesar Castro Orosa
HUIR DE LA NADA. Alejandro López. (México)
INTENTEMOS ACABAR CON ELLOS  Gregor Samsa
LA TIENDA QUE TENÍA DE TODO.
Francisco Alfaro
LA MATRICULA.
Un sainete para tomar a la hora del té. Francisco Barrachina Pastor
LLÁMALO TESIS. Leni Elenano
LOCOS DE ATAR. Lucía García Casas
LO INFLABLE. César Castro Orosa
LO TERRIBLE. Agustín Romero Barroso
MAL PRESENTIMIENTO. Janfry Bogar
MIENTRAS PENSABA.  Nieves Jurado Martínez
MORFEO 2983. Segismundo Froy
MOSQUITO. A.
NO EXISTE LA GENTE NORMAL. Niño Zombie
NOVIOS. Francisco Alfaro
PISO PILOTO.  Lucía Plaza
¿POR QUÉ LAS MOSCAS PREFIEREN LA MIERDA AL AMOR?  a.Cordero
PUERTA SIN BISAGRAS. Cifra
QUIERO. Miguel Angel Aguilar Avilés
ROMANCE QUE PUDO SER... DE UNA NINFA Y UN DONCEL. Manuel Nicolás
TARDE DE CULEBRONES. Halcón Maltés
UNA MERIENDA. Bérmano
UN DEDO PELIGROSO EN LA FERIA. Marina Sánchez Parrilla
YENDO A POR VOLUNTARIO. Rebecca
15 MICRORELATOS MU CORTOS. Alejandro Torres
SIN TÍTULO El Terrorista Ilustrado

 

ACABABAN DE SERVIRLES EL CAFÉ


  
Acababan de servirles el café. Juan estaba visiblemente nervioso. Tenía en la frente, a parte de las arrugas marcadas por su edad, gotitas de sudor que cada vez se hacían más grandes y se multiplicaban más, a pesar de que el ventilador de arriba giraba y giraba ofreciendo aire fresco. Por la garganta parecía existir una situación contraria. Estaba completamente seca, hasta tal punto que casi no podía hablar. La saliva que tragaba era como alambres. Su mano llena de grietas por tanto trabajo realizado, no dejaba de golpear, con un ritmo exageradísimo,  encima de la mesa redonda en la que les había tocado ponerse. Sus pies se movían también, más rápidos que los de cualquier bailarín de primera fila, y también más acompasados.

   Cuándo cogió el café que la camarera les había servido, su temblor en la mano aumentó hasta tal punto, que se vertió el café encima de la cara camisa y la cara corbata que su hijo le había comprado recientemente. Para el hijo, eso ya fue el colmo. Se levantó de la mesa y lo señaló, acusándolo de no haberle escuchado y  de haberse tirado el café encima de esa lujos ropa a propósito, pues estaba claro que un padre como el suyo, tan anarquista, no disfrutaba viendo que su hijo hubiera llegado tan alto en la escalera social de la comunidad.

   Un ta-ta-ta constante con sus extremidades era el único sonido que Juan se veía capaz de hacer. El hijo, una vez deshinchada su yugular, se sentó y calló. Fue en ese momento en el cual intervino la mujer del hijo de Juan. Empezó a acusarle también, pero ella se mostraba algo más relajada y permanecía sentada. Le criticaba el hecho de que los paseos con su nieto, por más bien que le hicieran en su enfermedad mental, eran perjudiciales para el crío, pues además de inculcarle tan alocadas ideas, le estaba haciendo coger miedo a los automóviles, a las alturas y a las cosas altas que rodaran. Se quejaba de que el niño ya no quería ir a escuela en coche sino andando, de que no podían llevarlo a la nieve ni a las montañas y que todo eso que rueda, como por ejemplo el carrusel que viene siempre a la ciudad en motivo de las fiestas, le atemorizaban. “Así no hay manera de que esté con otros niños, ya sólo quiere estar con su abuelo”, decía la nuera. Y le acusó de haberlo manipulado y robado a su nieto. El abuelo, al oír eso, intento recordarles que el niño no necesitaba tutores que le dijeran que hacer. “¿Cómo dices?” le preguntó el hijo de Juan. “Creo que ha dicho que el niño no necesita padres”, ayudo la mujer del hijo.

   Todas las venas del cuerpo del hijo de Juan empezaron a hervir. Se puso de pie, dejando caer, ante tan brusco movimiento, la silla en la que se sentaba. Juan intentó mirar a los ojos de su hijo, para así parecer que podía escuchar lo que éste decía, pero le era imposible. A ojos de Juan, su hijo empezaba a estirar la cara, a deformarse. Cambiaba el color, la expresión era claramente amenazadora y eso hizo que el anciano aún viera más deformidades en la expresión de su hijo. Intentó buscar alivio en esas alucinaciones que era consciente que estaba sintiendo (aunque el rostro del hijo de Juan asustaba a cualquiera), dirigiendo su mirada hacia el rostro de su nuera. A esta la vio sonriendo, quizá encantada con la hombría que demostraba su marido, y ya no quiso encontrar ni alivio en las demás gentes que miraban la escena en ese bar, pues seguro que también reían. Al final, tuvo que buscar auxilio en el ventilador, y arriba fue dónde miro.

   No pudo sostener más esa situación, y decidió cortarla drásticamente. Cogió dos cuchillos que reposaban encima de la mesa y los levantó por encima de sus hombros.

-Voy a acabar con todxs de una vez por todas.- dijo Juan.

   El hijo se quedo blanco, al igual que la mujer de éste, no esperaban esa reacción, al fin y al cabo, después de tantas discusiones más fuertes que esa, Juan ya debería haberse acostumbrado a ellas. El anciano miro con cara angustiada y frunciendo el ceño a su hijo y a su nuera, clavó los dos cuchillos encima de la mesa con gran fuerza, se ayudó de ellos para subir encima de ella, se apretó con fuerza el nudo de la corbata para que pudiera sobrarle un trozo de esta. Puso la mano entre hélice y hélice del ventilador hasta lograr pararlo, con el trozo largo que restaba de corbata hizo un nudo en una de esas hélices y lanzó una patada contra los cuchillos que gobernaban la mesa, esta cayó al suelo, y Juan quedó rodando colgado del ventilador.

   El niño, que aguardaba fuera para no escuchar gritos, se dio cuenta de lo que había hecho su abuelo. De sus manos resbaló la genial colección de cromos con la que estaba negociando junto a otro crío y fue corriendo al lugar dónde estaba su abuelo. Llorando, lo cogió por las piernas y empezó a rodar por el impulso del ventilador. Le cayó una gota en la mano, que venía del rostro de Juan. Éste tenía la frente seca. El sabor de esa gota, comprobó el niño, era igual que las que algunas tardes recogía de los ojos de su abuelo cuándo él miraba a la gente y le explicaba cuentos.

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BARBARIDADES


Piedras, cieno, estiércol.
Barbaridades naturales de un mundo.
Religión, política, esclavitud.
Barbaridades artificiales de un hombre.

Caerán mil, dos mil, o tres mil.
Sobre un lecho de flores azules,
perderán la vida de mierda
pero ganaran un futuro de libertad.

Nunca han ganado los callados,
los inmóviles, los conformistas.
Solo han penado, miseria y miseria,
hambre, rabia, dolor, impotencia.

No hay animal más sumiso ke el hombre.
Solo el hombre tiene miedo a morir solo.
No hay vedad que invente el hombre
más mortal que su suicidio.

Buscamos ideas, pensamientos, vidas.
Buscamos caminos limpios de piedras.
Buscamos mares limpios de cieno.
Buscamos campos limpios de estiércol.

Pero encontramos:
Religiones opresoras dirigiendo la vida.
Políticos tirando y encogiendo los hilos.
Esclavitud; en una mísera palabra.

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BIBLIOTECA

         
           En la fresca penumbra del recóndito cuarto de una casa perdida en la lejana Mali, un hombre lee por enésima vez comentarios de Aristóteles en un libro que hace siglos reposaba en los anaqueles de un palacio de Almería. Es el mismo libro. El mismo olor a humedad. El mismo silencio.

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CASA DE LA ERMITA

 
          
Era el primer día de primavera, ese que siempre se tuerce, cuando el frío quema las naves en un último y vano intento. Habíamos oído tu nombre varias veces e incluso te vimos desde la atalaya desdentada de los molinos de viento que sobrevuelan Los Pocicos. No estaba clara la senda y acortamos a través de los rastrojos, que poco te valoran que nada te guía y nadie asfaltó ni cuido los caminos que en ti desembocan. Dicen que hay agua en Marte, también dicen que no, y que no tanta, y que hubo más, y que habrá y cada hipótesis gasta millones de billetes, de tiempo y de cerebros. Pero ninguno de ellos  vio tu aljibe centenario, nadie contabilizó los cientos que bebieron tu agua ayer fresca y limpia y hoy viscosa y lúgubre, a nadie le importa que unieran el cielo y la tierra aquellos hombres que de tanto mirarlos, supieron como guardar el fruto de las nubes en el fondo de las piedras resecas. Trazaron sus caminos y te quedaste fuera del reparto, las carreteras se te asoman pero ninguna te llega, carreteras que se desdoblan, se triplican, se mejoran y hasta se hacen de pago, pero ninguna quiere ver tus huellas.

            Llegamos al principio de la tarde, solo cuatro personas que nos ven desde un par de kilómetros, solo un perro que nació para la compañía y nos ladra sin comprender que faltan meses para que alguien  nuevo vuelva por allí. Nada como el sentido del humor define a un pueblo, una de las tres ancianas nos recibe diciendo : “¿Qué buscáis los bares y las Discotecas?”. Después las otras dos se incorporan a la conversación y del humor se pasa a la nostalgia sin rodeos: “ya no vivimos aquí” “yo hasta los veintitrés pero me casé en Pozohondo”  “antes vivían muchas familias pero ya no viene nadie...”. A una de ellas se le llenan los ojos de lágrimas y quiere vomitar todos los recuerdos de hambre, de posguerra y de señoritos de poder absoluto, pero las otras dos le  hacen desistir como si no quisieran hablar mal de un muerto en su velatorio. Nosotros no hurgamos en la herida aunque sabemos bien esas historias de tanto oírlas, sabemos que la aldea de al lado se llamaba El Campillo del Hambre, y que Franco en una de sus frecuentes cacerías acompañado por toda la recua de millonarios holgazanes de la zona, hizo que se lo cambiaran por el de Campillo de la Virgen, alegando que en España no había hambre, conocemos las fincas de ilustres propietarios que rodean la aldea donde generaciones de desheredados trabajaron de sol a sol desde la infancia hasta su último aliento. Por fin el único hombre entra en el breve debate para zanjarlo: “aquí el único listo fue San Ildefonso que se marchó justo antes de que se hundiera  su Ermita”. Las mujeres ríen  a coro relajando el ambiente y nos explican que cuando el pueblo se quedó sin gente trasladaron la imagen de San Ildefonso al Campillo y que esa misma noche la ermita se vino abajo, dejando el mismo día sin sentido al nombre de la aldea y sin Santo a los menesterosos que aguantaron allí.

            Las mujeres se despiden por que van a coger collejas, no sin advertirnos que no entremos en las casas abandonadas por que ha llovido y se pueden hundir, el hombre se sienta en una piedra de alisar las eras, el perro sigue ladrándonos como si hubiera algo que proteger. Pedregal que lapida la memoria sin retorno posible, el más selectivo de los bombardeos, con explosivo de olvido y metralla de viento, ha reducido a ruinas las casas donde nacieron y murieron tantos, las calles, con sus nombres y sus números, los corrales ahora silenciosos, los llantos de los niños, el jaleo de las fiestas, los nombres, los motes. Qué absurdas son las puertas de las casas a las que les faltan paredes, las aldabas para llamar a nadie, los tejados que no guarecen, los bancos de piedra donde ninguno sale al fresco. El perro ya no nos ladra, el viejo no se despide y mira absorto el horizonte sembrado de molinetas, ahora solo se oye el viento que pronto descarnará otro muro u otra teja, antes de perderlo de vista vuelvo la cabeza y te canto aquello de Yupanqui: “..no necesita silencio ya no tiene en quien pensar...”

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CATÁLOGO DE BESOS


Regalen besos, señores:

Los tenemos de todas clases: desde los sencillos bilabiales simples, que rozan suavemente la mejilla o se rompen discretamente en el aire como una burbuja, hasta los más sofisticados que requieren la intervención de todos los dispositivos bucales.

Muy socorrido es el bilabial compuesto, en el que los labios chocan frontalmente sin reclamar una atención excesiva o tediosa; resulta adecuadísimo para personas que disponen bien de poco tiempo, bien de un interés limitado.

           El labiodental exige una posición afectiva más intensa entre los intervinientes, y se recomienda como preámbulo de placeres mayores. Para esos momentos tan especiales (y a decir verdad, a veces tan escasos), ustedes disponen de una amplia selección de besos linguales, bilinguales, palatares y alveolares, que se sirven con mayor o menor volumen de saliva, y más o menos aparato de sonidos oclusivos, implosivos, sonoros o sordos, dependiendo tanto de los gustos del cliente como de sus rasgos maxilofaciales.

No malgasten su dinero esta Navidad.

Regalen besos, señores, señoras, y sorprendan agradablemente a sus parejas, amigos y familiares. El mayor surtido mundial de besos está ahora a su alcance. Venga y compruebe personalmente  la calidad y variedad de nuestros productos; no le quepa duda que encontrará el beso que mejor se ajusta a sus necesidades, inclinaciones o estado civil.

Precios a convenir.

Absténganse degenerados.

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CLASE MEDIA QUE VIVE A MEDIAS

    
 
    - ¿seguro que no le interesan nuestros seguros de deceso*?
    
- no, ya se lo he dicho.
     - muy bien, no le molesto más, aquí le dejo mi tarjeta por si acaso cambia de opinión.

            Ya hay que pagar hasta para morirse, y además tienen la desfachatez de venir a decírtelo a tu casa. Después de otro monótono, aburrido y alienador día de trabajo, y del molesto, pesado y extenso graznar del vendedor de seguros, que tanto me ha hecho acordarme de mi inevitable final, nada me viene mejor que bajar al bar a tomarme unas cervezas y fumarme un cigarrito para inhibirme de este agotador día que se repite diariamente.

Llego tarde al bar,  los ánimos allí están calmados. Hoy poca gente, como siempre, y mientras algunos discuten, y algún otro está apoyado con la cabeza en la barra ausente de todo su entorno, yo miro atento un reportaje sobre como las drogas matan el cuerpo y la mente de las personas. El camarero (camello de alcohol, como dicen “the kagas”) no tarda en cambiar de canal, pero lo poco que he visto y la automática relación que surge entre el modo de matar de las drogas y el modo en el que muero día a día me hace reflexionar (pues hoy es un día extraño, ¡estoy pensando más de lo habitual! :

            ¡¡¡Cómo tenemos montado el mundo!!! No solo matamos nuestra mente según pasamos los días trabajando en cadena o estudiando en batería, (sin tener en cuenta que trabajando también podemos someter el cuerpo hasta su destrucción) para poder ganar un puñado de dinero e ir viviendo a medias. Sino que además, ¡¡¡gastamos ese mismo dinero en cosas que aceleran nuestra muerte  -mental y física-!!!: drogas para salir de fiesta, medicamentos que nos manda el psiquiatra para aceptar este mundo, comida basura, alimentos transgénicos, armas, productos que acaban con la vida de este planeta, artículos inútiles varios.....

            Intentamos evitar la realidad evadiéndonos de ella a toda costa y cuanto más tiempo mejor. Resulta que si nos gastamos el dinero en cosas que nos matan, encima vivimos en la sociedad más consumista que jamás ha conocido la historia. Pasamos todo el día muriendo... (¿o suicidándonos?)

            Poco a poco somos nosotr@s l@s que nos precipitamos a la muerte, asimismo la gente tiene miedo de la muerte (más que nada a la muerte física) como si fuera algo horrible. Si el tonto teme a la muerte; el loco la busca y el sabio la espera ¿a dónde hemos llegado?

            Parece mentira poder pensar todo esto en un antro como éste, ahora solo pienso en pagar lo que me queda por pagar y escapar cuanto antes aquí.

            Reflexión final: ¿será por eso que cuando somos niñ@s  y menos nos preocupamos de cómo ganar y gastar dinero, es cuando más felices somos?

*: en términos populares, “seguros pa l@s muert@s”

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CON LAS LETRAS DE TU NOMBRE


Aunque no te lo diga
las casetas del paseo
escriben libros
con tu nombre y tu historia
pero sin apellidos

Aunque no te lo cuente
cuento contigo siempre que andas
camuflado en el sabor del cortado
que ayer pagaste tú

Aunque no te lo diga
el disco que ahora suena
lleva escrito el guión de esa película
que podría ser tu victoria,
aunque la guerra la ganaron los otros

Me pides que te quiera
y sólo alcanzo a titubear
algo parecido a este poema
por tacharlo de algo
para hacerte sonreír
aunque hoy la vida
no te lo pida.

Porque estás en mil detalles
que se escapan a esta mente
madura y senil
que te reencarna en postal
-a portes debidos-
con letra de mi puño

Porque te aprecio y te quiero
aunque no te lo diga

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CONTROL POSESIVO

      
     
Parece que va a ser una noche cualquiera, pero todo puede cambiar en cualquier momento, y es que esas palabras de Alberto eran bastante sobrecogedoras, pero tampoco era como para alarmarse, ¿o si? Bueno, la verdad es que estoy hecho un lío. Espero que Ana venga pronto y nos vayamos a esa estúpida fiesta de sus amigas, pero que al menos me dejará fuera de esta “comida de olla”. Mientras tanto lo único que se me ocurre es escribir todo lo que se me pasa por la cabeza, todo lo que pienso, pero  ¿qué es lo que pienso?, o  ¿qué es lo que creo?. Quizás sea un miedo que ni siquiera exista, pero  ¿y si existe?;  ¡maldita sea¡ me estoy volviendo loco, y por tanto me veo obligado a seguir escribiendo todas estas chorradas, pero al menos sigo vivo,   ¿y por qué no debería seguir vivo?.

            Ana no viene y me dijo que llegaría antes de las ocho, por lo que me estoy empezando a preocupar; la llamaré al móvil. (...)

            No me contesta, me sale el buzón de voz y es raro que a estas horas no tenga el teléfono encendido. Tengo que hacer algo, y es que no me puedo quedar quieto sin hacer nada, pero  ¿qué hago? pues nada, no puedo hacer absolutamente nada solo dejar pasar el tiempo y esperar, no sé para qué pero esperar es lo único que puedo hacer. Conforme estoy escribiendo noto como mis dedos tiemblan al pulsar cada tecla del ordenador será porque... llaman a la puerta. (...)

            He abierto la puerta y no había nadie, a lo mejor a sido mi imaginación, probablemente nadie haya llamado, serán mis ganas de escuchar ese maldito timbre, porque empiezo a no soportar esta inquietante soledad. Lo que voy a hacer es llamar a Alberto que al fin y a la postre es quien me ha metido en esta historia, pero  ¿qué historia?, bueno voy a llamarlo. (...).

            Su madre me ha dicho que estará fuera un par de días, mientras que él a mí me dijo esta mañana que estaría toda la tarde en casa, además su madre no ha sabido decirme donde iba a ir exactamente, y eso si que es raro, ya que sus padres le tienen muy controlado. ¿Dónde ha podido ir sin decirme nada?.

            Estoy intentando ordenar todas las cosas extrañas que me están ocurriendo para buscarles alguna relación y un significado lógico, pero no obtengo ninguna respuesta.

            Posiblemente todos estos hechos sean  fruto de la casualidad de forma que todo esto está tomando una rara concordancia de situaciones que consiguen preocuparme pero ¿y si no es casual?; nada, nada me voy, pero  ¿dónde voy?, no mejor me quedo por si me llama Ana aquí, ya que mi teléfono móvil se me ha estropeado. Y es que siempre igual, hay que depender de las tías y esto si que es un mal rollo; en fin, seguiré esperando.

            Para calmar mis nervios me voy a beber un buen whisky, cosa que no suelo hacer cuando estoy solo, y para romper este silencio pondré algo de música, pero en este momento llaman al teléfono (...).

            Ahora si que ya no me aclaro, ya que ha llamado la madre de Alberto preguntándome si yo estaba con él, me he quedado mudo durante unos segundos y le he dicho que por qué me preguntaba sobre Alberto, cuando apenas 5 minutos antes le había llamado yo para preguntar por él. A la señora no le ha sentado muy bien esta respuesta y me ha contestado que yo no había llamado en toda la tarde, que me dejase de tonterías y que se pusiera Alberto al teléfono, yo algo cabreado y subiendo el tono de voz le he respondido que no sabía nada de su hijo, y sin más me ha colgado. Pero esto no es todo sin llegar a dejar el teléfono he llamado de nuevo a Ana al móvil, y esta vez ni siquiera me ha salido el buzón de voz, sino un mensaje indicándome que el número marcado no existía, he marcado tres veces más y lo mismo; pero en ese momento vuelve a sonar el teléfono, era Ana desde Torrevieja, diciéndome que por qué la había dejado allí sola y me había venido a Albacete, le he dicho que no entendía nada, y que yo no había ido con ella a Torrevieja después de mi inocente respuesta, me ha dicho que era un cerdo y que no quiere volverme a ver.

            Las cosas extrañas no cesan esta noche, pero en este momento algo me dice que lo único que puedo hacer es seguir escribiendo todo lo que pienso y es que noto una fuerza dentro de mi que me obliga a escribirlo todo. Llaman a la puerta y ahora no son imaginaciones mías, han vuelto a llamar, voy a abrir (...).

INFORME DE CONTROL DE POSESIÓN CLÍNICA (Evaluación final):

El experimento no ha salido como teníamos previsto, ya que aunque el paciente ha ido escribiendo lo que hacía y pensaba, ha mostrado síntomas de contradicción en su personalidad, y además ha sufrido alucinaciones y paranoias, por lo que ha escrito cosas que no le han ocurrido. Pero lo peor de todo es que incluso ha ido notando los efectos de posesión en su cuerpo y lo ha ido desvelando cada vez de forma más rotunda; por lo que nos hemos visto obligados a suspender la operación.

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DIARIO DE UN INSOMNE


La vida y los sueños son hojas de un mismo libro, leerlas en orden es vivir; hojearlas, soñar.

                       SCHOPENHAUER.

     Daniel sube despacio las escaleras, los escalones le parecen kilométricos, se apoya levemente en el pasamanos. Aunque sólo emplea dos minutos en este ejercicio, a él le parece toda una eternidad. Sin lugar a dudas debe sentirse cansado o envejecido.

     Se acuesta tarde, muy tarde, en realidad teme que llegue este crítico momento, pero aún lo afronta con claro y determinante estoicismo.

     Una vez en la cama, enciende la radio, a la par que la luz de la mesita de noche, ambas – la  luz y la radio – le hacen compañía, porque la tenue luz con sus sensuales tonalidades también acompaña, es el vehículo transmisor de los ojos de tu cara que te transportan en un decir “ya” a la inmóvil y siempre infinita imagen de un cuadro o al vuelo irrelevante e irreverente de un mosquito, que siempre te molesta o te pica y nunca atrapas con tus torpes manos, por más que lo persigas en la nada del aire nocturno. La luz es el antagonista del silencio, tiene vida la luz, solapa los instantes, desmenuza los minutos eternos.

     Daniel lee, siempre lee, está leyendo “Fervor de Buenos Aires”, si su autor no fuera Jorge Luis Borges, le impactaría doblemente, pero Borges no impacta, sobrecoge;  Fabula e idea de una manera desnaturalizada, es decir: no natural, de forma natural lo hacen el resto de los escritores, él no es el resto, ni tan siquiera uno más, es absolutamente único y brillante; ¿ Cómo entender si no estos renglones?, “......pero soñé que yo era las monedas que custodiaba un grifo”.

     Daniel cree o intuye que es muy tarde, las 2´15 h., aún así, continúa leyendo, pero no se concentra, lo intenta de nuevo, lee tres páginas más, después constata que no sabe lo que ha leído, para, las 2´30 h., definitivamente apaga la luz,  acomoda ligeramente la almohada debajo de su cabeza y adopta la postura fetal. ¿Y ahora? – se pregunta en la oscuridad, perplejo -. Y  su subconsciente se atreve a entrar en el juego y le responde “¿Cómo qué y ahora?”, “¡a dormir se ha dicho!”.

     Ahora ya no hay luz, también porque cierra los ojos, claro, pero su mente continúa sola, su particular viaje. Al cabo un día más, ¿hasta cuándo?, ¿estás bien?, más bien jodido, ¿no?, no lo sé, mañana será otro día; “Si, eso crees, pero ahora no puedes dormir”; Me giro a la derecha, calor, tengo calor, la boca reseca, debe ser el tabaco. Daniel se reincorpora, enciende la luz, bebe agua, las 2´55h., apaga la luz, la música del reloj-despertador se apaga sola, ha pasado ya una hora. “¡Piensa en algo!, ¡coge el ritmo!”.

     La oreja izquierda de su cara se queja porque lleva veinte minutos doblada, “joder que bruto eres”. Una pierna (cualquiera) está colocada sobre la otra y pesa un montón, de día, esta situación tan sumamente banal, no la notamos, pero es porque de día, una pierna (cualquiera) no está sobre la otra, sino al lado, normalmente en posición vertical.

     Ahora cierra los ojos y transcurre la inacabable y complicada película de tus ideas en tu mente: Imaginas, crees, creas, piensas, juntas, pero no sale nada.

     Igual Daniel es un poco masoquista, y en el fondo le viene bien su victimismo, su autocompasión.

     No, no, no quiero ser nada que termine en “ista”, ciertamente me importa un bledo, pero, sí me gustaría ser como todo el mundo, meterme en la cama y dormir, sin más. “¿Has probado a tomar un vaso de leche caliente?” No, claro que no, si andara, o mejor si corriera quince kilómetros, seguro que caería fulminado, pero la leche caliente o una ducha no creo que tengan, entre ambas, el mismo efecto. Las 3´20h. . La pierna que sacaste hace un momento se está quedando helada, ¡adentro!, de nuevo, giro a la izquierda. ¿Y si me levanto y veo una película? Con la tele, seguro que me duermo, lo hace todo el mundo; no, no, es muy tarde, si   me bajo ahora, apenas voy a dormir tres horas, mañana estaré hecho polvo y tendré un montón de sueño. Continúo dando vueltas, definitivamente creo, me falta vocación de felicidad. Pienso: Me preocupan especialmente los presos de conciencia, los indios aimaras, mi propia evolución como persona -¿ y si me vuelvo majara?-, y el tenue e impenitente goteo del bidé del aseo de abajo, se derrocha mucho agua.

     No pretendo saber qué cosa es el tiempo, ni siquiera si es una “cosa”, pero continúa sucediéndose y yo no me duermo, pero sí, la mano derecha, se ha dormido, ¡ pobrecita!, ¡ es tan tarde!, la despierto, la tengo acartonada, ¡ que asco!, pareciera que no son míos los dedos, los extraño. Ya, ya vuelven en sí, claro, como estaban dormidos, (los dedos, los cinco dedos), ¡pobrecitos! Las 3´45h., voy al lavabo, “¡vaya cara tienes!”, claro, ¿qué quieres?, a estas horas todo el mundo tiene la misma cara. “¡Venga hombre, duérmete!”. No puedo respirar por las narices, las tengo taponadas, así, debo con toda lógica respirar por la boca y entonces se me seca, pareciera que tengo una piedra en la garganta. Me gustaría dejar de fumar; “Si, claro, ¿y de vivir?”, a ratos, también. Le doy tres o cuatro golpes a la almohada – está caliente –, me  pica la rodilla, a partir de mañana no voy a tomar café, “¡no es el café, hombre!, estás completamente alterado, nervioso, necesitas tranquilizarte”. ¿Y media pastilla “dormidine”?, no, ahora por supuesto que no, antes, tal vez, son las 4´35h., si ahora me tomo una pastilla, mañana no va haber quien me despierte. “¡Haberlo pensado antes!, ahora aguántate, no pienses más en esa mujer, no merece la pena”. ¿Cuál merece la pena?, vaya preguntas me hago, claro que no lo sé, igual ninguna. “¿Estás solo, eh?, ¿cómo se siente uno así?, ahí, todo tirado en una cama tan grande”. Hombre, se puede uno dar mejor la vuelta y tienes la clara ventaja de que no te entra frío por el cogote. ¡Vale, vale!, para ti toda.

     Las 5´10h. . Me estoy poniendo bastante nervioso, mañana voy a estar de muy mal humor. “Claro, si te hubieras dormido ya”.

     Ya sé, debo pensar, concentrarme en algo concreto; Dormir, al cabo, es distraerse del universo. Ahora cierro los ojos, empiezo a ver círculos concéntricos, imagino de todos los colores, espacios cósmicos vacíos, vetas de nieve, figuras geométricas, sólo debo pensar en esto, sombras oblicuas, la modificación del espacio, eléctricos movimientos pausados, el aire los envuelve en el subconsciente del techo, reflejos de luces en la nada, no se oye absolutamente nada. “Tú en medio de la nada, el vacío. No pares, no, sonidos, giros, colores, las esquinas del vacío, álgebra de los sentidos, calidoscopio de sensaciones, el abismo, lo verosímil, lo incierto, el naufragio, no pares, continúa......”.

     A fuerza de fatigar las horas vencidas, Daniel se ha dormido. Las 6´45h. . Empieza a amanecer. El claro día escupe sus sobras en las calles mojadas de la ciudad, los coches de nadie vuelan a través del silencio. Ya es otro nuevo día. En la calle, una mujer, dentro de un abrigo, va a no sé dónde, probablemente a misa –todavía hay gente que va a misa –, ¡qué  le vamos a hacer!

     Las 8´50h. Riiiing, riiiiiiing, riiiiiiiiiiing, rii., Daniel abre un ojo, apaga el despertador, abre el ojo que, aún, permanecía cerrado, se sienta en la cama con desgana, mira a través de la ventana – está lloviendo –, los  perros vagabundos mordisquean las bolsas de basura.

     Daniel tiene que ir al trabajo, pero hoy, al menos hoy, se quiere morir, mañana, tal vez haya cambiado de opinión, pero hoy, definitivamente, quiere morirse.

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DON JULIAN DE A PIE


           Entre truenos, relámpagos, y mil cantares de tantos más pájaros que anunciaban diluvio, despertóse Don Julián, atónitamente sorprendido de este sin par y extraño día de verano. Embotado y vacilante, rápido y sagaz, en descamarse de las sábanas el afable sorprendido, alzó las persianas, corrió el cortinaje. Ensimismado delante de tan tremendo aguacero, dejó de mirarse el ombligo para desayunar tranquilamente  en el salón mientras se bañaba los tímpanos con el rítmico recital que deambulaba por las calles y avenidas de todo el capitolio. No se hubo aún atenuado el día cuando Don Julián gozaba de aquella otrora dulce mañana, degustaba el amargo del café y saciaba el apetito con lo poco que quedaba de pan seco en una amarilleante y no demasiada limpia cocina. Se le ocurrió a este contento y feliz ser una bonita idea para aquel maravilloso y encapotado despertar.

 Así que no tardo mucho en vestirse y lanzarse para las calles para darle bonanza y alegría a aquel aleatorio ciclón que a todos parecía haber cogido por sorpresa. Y entró en una conocida pastelería, y esperó su turno felizmente callado para después romper el silencio.
           -Muy buenos días señor pastelero.
           -Muy buenos días -respondiendo a la sonrisa replicó el dependiente.
           -¿Que va a querer venderme gran cantidad de las más buenas galletas que ha preparado para hoy?
           -Con mucho gusto, mire usted, estas son las que más agradan a los clientes, ¡acabadas de hacer!
           -¡Pues, mire usted, póngamelas todas!, que, porque tal soy yo hombre de recursos, voy a ofrecérselas a todo buenandante que conmigo se cruce, para agradecer este apaciguante día despistado del verano celebrándolo con todo el que quiera y pueda.
           -¡Qué gracioso está tan temprano! -dijo feliz y soltadamente el pastelero¾ ¡Pues mire usted, tantos van y tantos fueron!

Y don Julián salió del establecimiento con un montón de galletas sobre una bandeja de cartón. Rebosaba sus pareceres a manos salvas con todos aquellos a los que alcanzaba su libre albedrío; empezó a caminar con perdido y pautado rumbo por doquier que anduviera un transeúnte, diciéndoles a uno y a otro qué apetecibles eran las galletas y cómo acompañarían esa borrasca insólita que encapotaba de los más lindo el cielo. Ni uno ni otro se detuvo para agradecer el detalle y admirar los cielos, que tan cargados estaban.

Extrañamente aturdido, completamente parado sobre sus pies, con la bandeja intacta sobre las manos, se encontraba en el justo medio de una calle peatonal, cuando dos jóvenes que por ahí andaban cogieron un par de galletas sin reposar su paso.
           -Gracias -dijo uno de ellos.
           -¡Por el tan precioso día! -exclamó contundente Don Julián.

Pero algo más contundentes resultaron ser los argumentos del joven contiguo, que desdeñó la ofrenda en la papelera que un su recto paso se encontraba. No obstante, se percató de la jugada Don Julián, que estalló en carcajadas, más loco aún de lo que aparentaba; por cuando serenándose, se le apareció al lado una anciana sepultada bajo el peso de sus mantas, y le preguntó:
           -¿Á qué se debe tan generoso el caballero esta mañana?
           -¡A que hace un día espléndido! Sírvase señora y contemple cuán diferentes e iguales son cada bulto, cada tonalidad, ¡cada teja del tejado insostenido...!
           -¡Tenga usted mucha suerte! -dijo la anciana, y desapareció de entre la multitud.

Tantos más pasaron sin inmutarse, sin ni siquiera mirarlo, adelantando los pasos y acelerando el tempo de la indiferencia que exhalaban.

A un niño que intentaba seguir las largas zancadas de su madre lo atrajo “la gracia de aquel humilde gracioso hombre de mediana edad que tan graciosamente regala dulces, amontonaditos todos en la bandeja”; la misma bandeja que Don Julián agarraba con tantísimo empero; y se acercó a convidarse a una de aquellas vistosas e irresistibles galletas. Don Julián tomó un par y se las entregó al chiquillo, dando tiempo a la madre, protectora desconfiada,  para venir con esto que las madres regurgitan cuando niegan la oportunidad y la mucha lógica que hay en querer conocer a un desconocido. Al respecto de cuán tanta hipocresía, sonriendo le dijo Don Julián:
           -Señorita, son riquísimas galletas del más honorable pastelero, que me ha dado consentimiento y visto bueno a esta idea mía de regalar dulces en pos de tan bonito e impredecible día. ¡Mire usted el cielo, mire qué lindo!
           -Hijo -la madre sin mirarlo-, devuélvele las galletas al señor. Y usted, despiadado, maldito, loco... ¡ que me cago en tu madre, en el pastelero y en el chaparrón que nos espera!
           -Nunca pensé que una galleta iba a inspirar tanta mierda -sonrió de memoria, como por inercia, y se despidió del niño a escondidas de su madre antes de que también desaparecieran uniéndose a la orquesta-pantomima que, estaba empezando a asimilar Don Julián, parecía marchar por las calles en lenta estampida.

Don Julián quedó rumiando qué hacer con toda aquella bandeja, quería él decir a la gente que hoy se repartían galletas, por tan bonito día, para que ellos respondieran agradecidos y le dedicaran unas palabras al buen tiempo y se saludaran cordialmente. Pero sólo topó con reproches y burlas. Más aún, se sentía ya decepcionado, pero se le apareció en la quijotera la forma más sencilla de repartir las galletas sin tener que intimidar o apelar al sentido de la obligación de nadie: sin detenerse mucho, se acercó a unos jóvenes que tendían la mano con esos periódicos gratuitos que furrulan por las ciudades. Plantándose enfrente, empezó a explicar el plan que había urdido ipso facto: acompañar la letra impresa con galletas, lo de siempre con lo nuevo, lo creíble con lo irreal. Reacios ellos a las peticiones de él, le obligaron a insistir, hasta tal punto que tuvo que dejarles el número del carné identificativo, que es garantía de confianza. Se empeñó muchísimo Don Julián en que al adelantar una galleta dijeran: «¡Tenga!, por el tan agradable día». Los chicos, atónitamente sorprendidos, se resignaron a la misión que encomendaba Don Julián de a pie, hombre de corazón sencillo.

           Observa cómo se reparten las galletas, y cómo la gente las coge de buen grado, regresará a su guarida, omnubilado por el cielo encapotado y por las gotas que resbalan y las hazañas que ha hecho y recibido, en ella rumiará algunas nuevas mirando por la ventana. Cuán graciosa y extraña mañana de verano.

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ECHAME UN VISTAZO


Quien crea en la igualdad del Hombre
es que es de otro planeta
porque no son lo mismo los ojos de mi vecino
que tus cejas de
sorpresa
o de vergüenza, o de sinvergüenza:
porque nadie conoce tus ojos
como tu y yo cuando nos miramos,
ni siquiera dios, que está en los cielos,
y por eso todo lo ve nublado. (Y luego está el Papa
algo sordo,
y al final hasta el pescado es pecado). Ya ves.
Es posible que hoy tengas un buen día
(o que ya lo estés teniendo)
bueno o malo,
porque la alegría nada en la tristeza
y hasta la tristeza navega hacia el abrazo.
Te apuesto lo que quieras a que aún sabes llorar,
incluso te apuesto a que aún sabes llorar
de alegría
con lo cara que se ha puesto la alegría
con la mala cara que le hemos puesto a la sonrisa
con la máscara que le hemos puesto a la sonrisa
con lo baratas que están las risas enlatadas y en conserva;
peces muertos para la cena de un payaso triste.
Y aunque a veces seamos payasos, y muchas más tristes,
te apuesto lo que quieras
a que te sabes reír
y a que te sabes llorar,
y a que el maquillaje se te corre -qué demonios-
de alegría
cuando te miran unos ojos.
Y si pierdo, te prometo mi mirada
de premio de consolación
porque mi primer premio es la tuya ya.
Muchas gracias.

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EL DINOSAURIO


CAPÍTULO I

- Escucha Augusto: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí".
- Es muy bueno, pero no pico. Eso no es tuyo. Eso lo escribió un tal Álvaro Mutis.

CAPÍTULO II

De: amutis@teleline.es
para: Monterroso
asunto: dinosaurio

¡Augusto, por Dios, despierta!

CAPÍTULO III

- ¿Y dices que eso te llegó por internet?

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ELEGÍA A CARLO GIULIANI

 


La vida, tan fugaz a veces
pasó como un susurro delante tuyo
te acarició la frente
viajó por tu espalda y recorrió tu espina dorsal
hasta llegar a tu memoria:
en apenas lo que dura un lirio
te balanceó tu madre en la cuna
tu padre te llevó a hombros
jugaste con otros niños a la pelota
besaste a tu primera chica
te ardió en el corazón un sueño
y mientras lo defendías
amenazaste a un carabinieri con un extintor.
Fue solo un momento
porque la muerte es eso
es cerrar los ojos   sin previo aviso
sin darte cuenta un parpadeo más
un breve momento de oscuridad como otro cualquiera
y sin embargo
ya no volverás a luchar por ese sueño
ni tu madre mecerá a su nieto en la cuna
ni tu padre lo llevará a hombros
no conocerás a la chica a la que dediques
para siempre tus besos...
porque la muerte es eso
una ráfaga de viento que arrastra
sin más
la
vi
da.

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¿ENTONCES PA' QUÉ PREGUNTAS, IMBÉCIL?


¿Me podrías decir, –dijo– algún libro bueno
Para que me lea? Estoy ávido de literatura.
¿Poesía o novela? –le pregunté–
Novela, claro... la poesía me aburre un poco.
–Será que no sabes leerla, pensé–
Pues mira, te puedes leer cualquier libro
De Bukowski o de John Fante...
Pero... Es que...
¿No les has leído? No
¿Entonces? ¿No me has pedido algo bueno?
Pero... Es que...
¿Te has leído 1984? Es que es muy gordo...
Estoy buscando algo fácil de leer.
–Pues más fácil que eso... Yo me lo leí en nada–
“De sobremesa”, de José Asunción Silva.
¿Y quién es ese? –con cara de agonía lo dice–
Mira, déjalo... ¿Qué cojones importa quién sea?
¿No me has pedido algo bueno?
Pero... Es que...
¿Boris Vian? ¿Huxley, “Los escándalos de Chrome”?
Pero es que...
¿”El buscón” de Quevedo? ¿Oscar wilde?
Muy viejos.
–Como tu padre, ¿no te jode? –
Mira, por qué no me dejas en paz...
Y te lees el “Código Da Vinci” o a “Harry Potter”,
O los putos “Pilares de la tierra”.
Es que esos ya me los he leído...
¡Joder, haber empezado por ahí!
Si quieres leer lo que todos leen no me preguntes a mí,
Sino a todos;
Y si lo que quieres es el libro perfecto para ti,
Escríbelo tú, pero no me jodas.
Es que... no sé...
Si no sabes qué coño quieres
Deberías empezar
Por la puta poesía.
¿Qué tal un poco de lo mío?
Pero... Es que...
Pues anda y que te follen, gris.

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ENTRE LA CIUDAD SÍ Y LA CIUDAD NO

                No calles jamás aunque te maten,
porque quien calla otorga compañero,
y es muy triste que otros queden
tendidos en la calle por tu pan.
(Anónimo)

   José Maria Gil Carbonell, se había levantado despacio y se vestía con tranquilidad y silencio. Se había ajustado la faja de planchas de explosivo perfectamente distribuidas, de casi dos kilos de peso, alrededor de su cuerpo. A las once y cinco pasaría al reino de Állah por el camino del martirio. Saludó al sol, se lavó pulcramente y rezó sus oraciones por ultima vez. Hoy 11 de Agosto era su día elegido. Bajó por las escaleras con lentitud ritualistica dejando dormitar al ascensor, quería ser consciente de todos los movimientos de su cuerpo y de su alma y dirigir, por fin, su mirada a Él, al Espíritu, a Állah, el Clemente, el Misericordioso,.... Bendito sea siempre. La conciencia de sus pies fue desapareciendo de su mente y entró en una especie de relajación que le proporcionaba un calorcito agradable invitándole a abandonarse más y más, perdiendo progresivamente la conciencia de sus piernas, su cuerpo y su cabeza. Todo su mundo estaba en paz.

  Había subido al autobús casi sin darse cuenta, ocupado su lugar de forma elegante y altiva, sus ropas limpias y bien planchadas denotaban la actitud de un europeo políticamente correcto. Una niña de ojos azules le miraba con detenimiento, más o menos tendría la edad que ahora tendría su hermanita Nadia, también iba a morir como ella victima de una explosión terrible, que nada tiene que ver con ella ni, seguramente con ninguna persona del autobús. Pero seguramente también sus televidentes padres han visto como todos, mientras cenaban o comían, en los telediarios, cómo desde un Harrier nuestros aliados bombardeaban una nave que albergaba a mas de cien personas cuando la OTAN bombardeaba Yugoslavia, cómo desaparecía un mercado entero en Bagdad o como ametrallaban los sionistas Belén o Ramala, sin pestañear! Cuantas veces cien, cuantas veces doscientos, cuantas trescientos!! Cuantas veces medio millón de muertos y medio millón de desplazados! ¿Cuantas veces Occidente? ¿Cuantas veces América? ¿Cuantas veces Europa? ¡Cuánto nos queda más!

  Ya había contabilizado cinco paradas, faltaban dos y a la siguiente accionaría el dispositivo y se pondría en pie. La inercia de la frenada activaría el mecanismo de alivio de tensión y su cabeza se apagaría para siempre y sería Uno en la visión de Allah. El autobús continuaba firme y confiado a la altura de Cibeles, miró a su alrededor y pudo adivinar la expresión de dolor y sorpresa de los heridos. Por un momento se puso tenso al presentir el inminente frenazo del autobús ante el semáforo cambiante ya. Un sudor frío recorrió su cuerpo, una tremenda tensión interior se apoderó de él y una desgarradora angustia invadió su alma, miles de recuerdos se hacían presentes, juntos e intemporales....

   Despertó sobresaltado, se vio sentado en la cama sudando, detrás de sí adivinó el cuerpo de su mujer, eso lo tranquilizó. ¡Qué horrible pesadilla! Las siete menos cuarto, hoy se levantaría antes.

  Se duchó despacio, puso la radio y recordó que hacía tiempo que sólo veía la televisión y había perdido aquel hábito de estudiante. Hoy se vestiría bien y haría un día especial, un día de nacimiento, había sentido la muerte cercana de alguna manera.

  Llegó desahogadamente hasta la parada del autobús, hoy no compraría el periódico para leer otra vez hechos de destrucción y de guerra, había decidido no utilizar ni siquiera el coche ese día, tomaría el autobús y después caminaría lentamente degustando los diez minutos escasos que le separaban de la oficina. El autobús llegó en punto, un vehículo entrearticulado de dos cuerpos cubrió la parada y los viajeros se movieron hacia dentro y hacia fuera, en escasos treinta segundos inició el movimiento. Una niña de ojos azules le miraba con detenimiento, apenas tendría la edad de su hijita Laura que dormía aún. Una chica que leía nerviosamente cerró el libro y se levantó cediendo el asiento a una señora mayor que se movió con torpeza agradeciendo su acción. De pronto el autobús comenzó a decelerar su marcha y el suave frenazo consecutivo le sacudió y le hizo entrar de pronto en un estado de confusión mental dejando su visión expuesta a una fuerte radiación roja, brillante hasta hacerse blanca, se sintió sumido en un tubo de luz que lo absorbió entregándolo a una sensación de paz infinita y profunda.

   La deflagración había incendiado totalmente el autobús, con estruendo se oyó el ruido de cristales rotos que caían en tropel desde los pisos superiores de los edificios colindantes. El ulular de las sirenas invadió poco a poco las calles limítrofes y a los cinco minutos el lugar se convirtió en la escena obligada y terrible de una historia más de guerra.

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ETERNO


¿ Te acuerdas cuando hablabas con Otros?
¿Cuándo escribías para Otros? ¿Recuerdas lo hermosos que eran algunos de los lenguajes que usabas? ¿Algunos de los que tu mismo diseñaste?
- Isbaniol,  Anguelez, Confederal, Estanadar, Milko...

¿Qué lengua usas ahora? No tengo ni idea. A estas alturas no sé qué forma tienen mis pensamientos. Seguro que, quizá, he regresado a la Lengua Madre, sea la que sea.

¿ Te acuerdas de la desesperación que tenias por conservar las cosas? ¿ Cuándo buscabas complicadas formas para almacenar tus recuerdos?
- discos magnéticos, ópticos, enzimabits, redes metaneurales (joder, ha habido tantas)

Cada mil años cambiabas de soporte, luchando a lo tonto, de forma inútil contra la entropía, la lenta, pero imparable degradación de la materia que te rodea, como si pudieses compartir con Otros la carga de tus recuerdos.

¿Recuerdas los mapas detallados que hacías sobre continentes que hace millones de años que desaparecieron? Los recorrías a pie, por completo, anotando la posición de cada piedra, cada cochino río, cada puta montaña.
- Aún deletreo, como caramelos, sus nombres exóticos -los que les fueron dados o los que yo mismo les puse en los años en que no había nadie que pudiera dárselos: Amírika, Uraisia, Aferika, Titsuulga, Nariondaar... -

¿Por qué coño nadie me avisó que la memoria pesa tanto? Imágenes borrosas de rostros, especies inteligentes, criaturas de todas las formas, de todos los colores, de todos los tamaños. Los delicados bestiarios que dibujé no son mas que polvo perdido, arrastrado por el viento y mezclado con todos los libros que leí, que me aprendí de memoria para nada. (Xéxpiir, Cerevantesh, Tolkien, Ner-Uda, Digolas, Indeele, Betoben (¿o este era de los que hacían armonías? Tanto da. Era todo muy bonito, pero ya no está). Joder, incluso las rocas, los basaltos y los diamantes sobre los que tallaba la cuenta de los siglos que iban pasando (al principio eran los años, así de ingenuo era yo) hace mucho tiempo que se hicieron arena, arena que fue arrastrada al fondo sedimentario de los océanos, fondo que se elevó de nuevo a montañas, convertida otra vez en piedra, en el baile de las placas tectónicas.

¿Te acuerdas de cuando jugabas a Creador, a Guardián? ¿A traer la luz y la inteligencia, pastoreando especies prometedoras de animales, plantas, hongos, minerales.., vigilando día a día su camino en la evolución, cruzando los ejemplares más capaces, seleccionando las razas para transmitirles el legado del arte, del conocimiento, de la tecnología de las miles de civilizaciones que fueron primero, brillaron y nunca más han vuelto? ¿A crear especies absurdas (¿te acuerdas de las babosas-calzón? ¿del urzón de veinte patas?) solo para ver qué pasaba?

-Ya me cansé de ese juego. Me aburrí de verlos crecer, multiplicarse, poblar la tierra, saltar entre las estrellas, colonizar las galaxias, sabiendo que a mis ojos no eran mas que espuma. Espumarajos desaparecidos antes de ser. Recuerdo que me quedaba absorto contemplando sus ascensos y caídas, la forma en que inventaban sus guerras, su comercio, sus religiones (aún no sé por qué casi todos pensaban en lo divino), sus redes de comunicación, sus hábitos procreadores que luego se iban. Lo miraba igual que, al principio (eso lo recuerdo con claridad) miraba el oleaje estrellándose contra las rocas, cada ola igual y totalmente distinta de la anterior. Hacía apuestas conmigo mismo sobre qué montaña sería barrida antes por la erosión. Primero miré el mar. Luego miré las inteligencias. Luego el ir y venir de las montañas y las rocas. Ahora me entretengo contemplando el oleaje de los soles. Los veo crecer y morir, perderse en un cosmos cada vez más grande y más frío. Más apagado. Lleno de ceniza tenue, tan aislada que apenas puede arremolinarse para formar de nuevo una estrella.

¿Te acuerdas de los humanos, tu propia especie, desaparecida en la noche de los tiempos? Me sigo viendo todos los días. Por eso hablo conmigo mismo. Me he convertido en mi única referencia. En lo único que apenas cambia. Sigo teniendo dos ojos. Sigo teniendo pelo. Dos manos. Mi polla sigue levantándose por las noches, desaforada, exigente, llamando a gritos a una hembra de mi especie, a una hembra de cualquier especie, a cualquier sexo de cualquier especie, a cualquier criatura mínimamente consciente que pueda ser una compañía. (¿cuándo dejaste de follar?). Hace mil seiscientos millones de años que dejé de fumar (de hecho, ni siquiera recuerdo qué era exactamente “fumar”). Hace novecientos veintiséis millones de años que, en realidad, no hablo con nadie. Hace seiscientos treinta y dos millones de años que dejé de comer. Hace quinientos sesenta millones de años que dejé de vestirme. Pero aun duermo. Aún sueño por las noches. Aún me caigo de sueño y tengo visiones de cuerpos abrazados, besos, bocas cálidas, caras borrosas que casi recuerdo, orgasmos tristes de los que me despierto empapado, sudoroso y tan triste que quisiera borrarme a mí mismo de la existencia (¡qué imbécil!). He intentado dedicarme únicamente a dormir, pero es absurdo. Mecánicamente, cada ocho horas, despierto de nuevo. Salgo de los sueños que me salvan y estoy otra vez en el mundo real, jugando a bautizar constelaciones (hace cincuenta millones de años que los Artexidales se extinguieron. Ahora es una de esas etapas en las que no hay nadie capaz de poner nombres a las cosas)...
Mejor así.

Apenas me acuerdo de nada más.
Ni siquiera de porqué narices quise ser inmortal.
Ni de cómo cojones lo conseguí.

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FOTOS


           Nada contribuye a ayudarme en tu recuerdo. Volví a la última playa pero no quedaba nada ya de nuestros cuerpos en la arena. El viento, el mar y otras huellas mentían, gritándome que nunca habíamos sido felices en ese lugar, quizá en ninguno, nunca, susurrando que quizá estaba loco y sólo eras un producto de mi imaginación, de mi hambre de escapar a la soledad. Tú y yo sabemos que no es cierto. Lástima que siempre te negaras a salir en las fotos.

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HUIR DE LA NADA

   
Caridad trataba de quitarse el velo de el rostro al salir de la iglesia… Corrió escuchando a lo lejos; los murmullos provocados por las voces de la gente que gritaba su nombre en forma atona; vulgar; simple y llana. Trató de tapar sus oídos con las manos. Trató de ocultar su llanto entre los brazos de una golondrina imaginaria.

   Que tonto se escuchaba: “el día más feliz de mi vida” absurdo… absurdo… absurdo…
Dedicaba la mayoría de su tiempo en dibujar durante horas imágenes que le venían a la mente. Castillos en las nubes, dragones de fantasía, un mundo tan suyo; tan real… casi tan real como Carcosa… Casi tan bello como Sarnath en toda la magnificencia de su apogeo. Imaginaba Tronos y Potestades bailando alrededor de un alma nueva… La tristeza de la madre al ver caer a su hijo. La belleza del reflejo de la luz contra el espejo. La vanidad del vacío… Dibujaba tantas y tantas cosas.

   Pero eso hoy se había terminado. Sólo música falsamente alegre; creada para tratar de ocultar cual un meñique al sol, todas las lágrimas vertidas en las mejillas de Caridad. Su mirada perdida trataba de encontrar un refugio en medio de imágenes de santos que gozaban sus martirios con abnegación. Corrió y corrió tratando de escapar de todo aquello que la perseguía y dañaba. Huyo de todas las fantasías que pueden enturbiar la mente de alguien que sólo cree en sí misma; de alguien que trata de conservar una semilla de inocencia y de esperanza, piedad, ternura, belleza; todos esos sentimientos que resultan inútiles en este mundo vano.

   Era la segunda de tres hermanas, la única sobreviviente de tres hermanas… La mayor murió diezmada por la peste. La tercera ni siquiera tuvo tiempo de respirar… murió junto con su madre el día del parto. Su libertad; la vivió con su padre en medio de una hacienda apenas autosuficiente. Apenas y recibió educación; pero tenia aquella chispa de curiosidad que hace que todos los sueños traten de traspasar los muros de la falsedad. Aprendió a leer con una cocinera solitaria; casi tanto como ella misma, que leía poemas para acompañarse en las tardes de llovizna fría. Buscaba comprender los ciclos vitales que rigen al mundo leyendo cuanto tratado caía en sus manos. Eso se convirtió en su segunda pasión pero sin llegar siquiera a superar aquella por crear imágenes sobre el papel.

   Apenas trataba de dormir y era asaltada por sueños que la volcaban sobre el piso… Besos falsos y tiernos. Labios aferrándose a los suyos. Amantes ojos posándose sobre su cuerpo enhiesto y desnudo. Cuchillas que cortaban su busto por la mitad. Todo era siempre una sucesión de imágenes sin sentido. Intento todo… desde infusiones de yerbas exóticas hasta rezar un rosario antes de dormir… sus dibujos eran un contrapeso a todo lo que existía en medio de su inestable conciencia. Su mirada saltaba algunas veces sin distinguir la realidad de la fantasía. Perdida en el vacio de la nada.

   Eliseo pensó que su hija estaba enferma, o algo así, recurrió a un alópata y a otro. Incluso una vez estuvo a punto de consentir que un sacerdote la exorcizara a causa de unas manos cortadas y atravesadas por un clavo adornando una hoja en blanco hallada dentro de un libro. Falta de atención dijo cierto hombrecillo de mirada fija y vacía. Opinión tras opinión, chocantes algunas, exasperantes las más.

   La abuela había hablado…

   La encontró escribiendo con un punzón, sobre el maltrecho tapiz abigarrado de flores de su recamara una y otra vez; en forma cíclica: LAS LAGRIMAS NO CEDEN NUNCA.

-Mira Eliseo- parpadeo – tu hija esta enamorada –  agregó con tono sarcástico - ¿pero de quien será?-
-Tu hija necesita casarse para quitarse todas esas ideas tontas de la cabeza acerca de sus hadas y sus duendes-
-necesita sentar cabeza.
-tiene que pensar en formar un hogar-
-tiene que…
-tiene que…
-tiene que…

   Había que buscar un hombre ideal. Formal, trabajador, honesto, responsable; y sobre todo serio. El indicado era Don Manuel. Un eminente medico que trabajaba en un pueblo cercano. De conducta irreprochable y lo mejor de todo: apenas le llevaba 23 años de edad a Caridad. Un buen Esposo, un buen Marido, una buena pareja; para alejar todas esas estúpidas ideas pueriles de la cabeza de la niña.

   No hubo platica, no hubo anuncio, no hubo discurso – Don Manuel va a casarse contigo-. Apenas la expresión de desconcierto. Una mirada de extrañeza algo perturbada. Asimilando lentamente que la vida se le iba en una promesa jamás deseada por ella; apenas alzando los hombros. y bajando la cabeza para aceptar.

   Al siguiente día solo fue llevar un vestido, unas zapatillas y un velo… un mes… solo un mes… Y dejaría de ser niña…

  Le llevaron el traje usado por su madre el día de su boda. Apenas lo miró con desprecio. Su abuela gruñó con odio ante el gesto.

Y el hogar se nutrió con los sueños de la hija de Don Eliseo aquella noche.

   La fecha esperada y aborrecida se cumplió en medio de fiestas y celebraciones vacías, sonrisas huecas y bailes enfermos, regalos indeseables y consejos no requeridos. Fiesta, fiesta y más fiesta. La iglesia fue cubierta con rosas rojas, amarillas y blancas. El altar quedo engalanado con terciopelo púrpura. Sobre los que se rezaba en letras de oro: Nadie viene al padre si no es por mí. Desconocidos sonrientes, amigos inesperados, familiares nuevos; todos juntos y a la espera.

   La mitra dorada relumbra con un rayo que penetra por un vitral que representa el sacrificio de un hombre. Te corresponde ser su esclava; por el resto de tus días; parirás a sus hijos con dolor, no tendrás a otros dioses delante del, serás un escalón para que el te aplaste hasta que la muerte los separe. 

-Puede besar a la novia-
El beso no existe.
O quizás lo que no existe es la novia…
Acerca el rostro y muerde los labios hasta arrancarlos…
Escupe la carne vil sobre el piso.
Y escapa.
Rasgándose el vestido y el velo.
Tratando de ocultar su llanto entre las alas de un ave imaginaria.

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INTENTEMOS ACABAR CON ELLOS

 


Al caballo no le llaméis tantra,
No le llaméis tantra al caballo.
Es este estado de  conciencia,
De celo,
De opacidad bruta...
La marca del jinete
son abcesos en las venas,
manchitas en el pulmón,
resumen de una vida
que hizo jirones el resto.

¡Porque yo escupo a los yonkis
y alabo a los suicidas!

Me acuerdo de mis amigos
-si es que se puede ser amigo de un yonki-
y sólo siento haber perdido
a los suicidas.

La pérdida de un yonki es alivio
Pues es cansancio conocerle
Y es desidia hasta mirarle.
Con ellos todo es pérdida:
El cariño, el rencor, la heroína.
Con ellos el mañana es una apuesta
Y el presente sufrimiento.

¡Yo sí, yo escupo a los yonkis
y alabo a los suicidas!
Sin embargo, hace tiempo ya
Que perdí a mis suicidas,
Mientras que los yonkis
Siguen cerca
Husmeando,
Como cerdos en cachera,
el despojo que he de darles.
Extraño a mis amigos.
Están muertos.
El devenir, sólo me ha dejado
Rodeado de estos yonkis 
A los que quiero odiar.

Vale, vivos están.
Hay que asumirlo.
Vivos y dolorosos.
Hay que asumirlos.
Lentos y eternos
Basureros humanos.
Cadencia, regla,
Uniforme, miradas de soslayo.
Armazón de piel
Y escamas...
Hay que asumirlo
para odiarlos.

¡Escupo, escupiré a los yonkis!
¡Acabaré con ellos –llámales flema-¡
son la portada del inconsciente.
La editorial del asco
que repite asco.
Haré un mañana que al yonki
Le resulte insoportable.
Le haré que extrañe sus monos
Como yo extraño a mis muertos.
Le ataré al deseo con aquello
Que él mismo despreció.
¡Serás deseo, siempre deseo,
es tu camino, pesada losa...!
¡Obviarás lo simple
para abrazar lo complejo
y seguir así siendo
deseo!

 

 

 

(Os hecho de menos,
lo digo,
os echo de menos.
Me duele
Pensaros distantes,
Perdidos,
Me duele veros recordados
Y distorsionados.
Te he creado suicida.
Te has creado yonki)

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LA MATRICULA


¡toc, toc, toc! (llaman a la puerta)

LA FUNCIONARIA: Adelante!
ROMUALDO: Buenos días señoras, o señoritas.
F: Buenos días caballero, siéntese ahí  y dígame lo que quería.
R: Pues mire, venia matricularme en el curso de holandés.
F: ¿Me da su nombre?
R: Romualdo Tinienza.
F: ¿Con D de “Derogate” o con T de Taperware?
R: Perdone no entiendo.
F: Pues ya podía ir entendiendo, que esta usted en la Escuela Oficial de Idiomas.
R: Si, si ya se que es oficial, pero a mi me suena con acento de gato.
F: Le digo ¿qué si su nombre se escribe con D de “Derogate” o con T de “Taperware”? vamos ¿qué  si es usted de la familia Tinienza o de la Dinienza?
R: ¡No, no! yo  soy de la Tinienza con la T de la Tapa del “Taperware”.
F: Así que Tinienza ¿eh?
R: Correcto.
F: Vamos a ver que hacemos con el señor o señoriíto Tinienza .  T, I , N, I,… ¡uy, uy, uy! Aquí en el ordenador me sale una cosa muy rarita  ¡uy, uy, uy! ¡mira tu, qué pequeñito me sale el nombrecito de este señoriíto!. ¡Brigitte!, ¡Brigitte! (dirigiéndose a una compañera) ¡Ven corre! Mira lo finito que es el nombre de este señoriíto.
BRIGITTE: ¡Ay, que gracia! es verdad , mira la “n”que finita, son dos palitos de nada, son dos palitos “de rien”, ¡que gracia! que finitos tiene los palitos este senoriiitiito.
F: Si esta lleno de palitos “de rien”, los palitos de este senoriitito no sirven para nada. ¡Que inutilidad! ¡ja, ja!
R: ¿Pero de que me están ustedes hablando? ¡Son ustedes una pareja de falsarias quimeristas!. Déjense las dos de tanto finito y tanto chiquitito y amplíen la fuente del ordenador y lo verán mas grande.
F: ¡Qué no!, ¡qué te calles! Qué ese no es el problema. Mira,  si quieres la pongo al 16 y al 20 y sigue igual, todo lleno de palitos finitos. El problema es que es usted  muy poca cosa. Tan poquita que me temo que no voy a poderle matricular. Lo imprimo ¿y ves lo que sale? Un papelito de fumar. ¡Mira Brigitte! ¡Mira que papelito “de rien” le sale al señoriíto cuando lo imprimo!.
R: Hombre por favor no se rían ustedes así, que no es cosa mía.
F:¡mentiroso! cosa mía será, además lleva usted bigote.
R: Si es ese el problema me lo afeito, me lo quito ahora mismo, mire me arranco los pelos con las manos, así, así, ¿le parece bien?.
F: No, ese no es el único problema , ya le digo que tiene usted un nombre muy pequeñito y es usted así..., en fin poca cosa. Además tiene usted pinta de haber aprovechado muy malamente el bachillerato ¿A que no me equivoco? Yo en estas condiciones no puedo hacer nada, “me lavo las manos” como Copérnico. Sinceramente no creo que pueda usted matricularse en ningún curso de nada que tenga que ver con nada, y menos aun en centros que dependan del estado. Tendrá usted que intentarlo en algún centro privado , pero algo muy, muy, muy privado , algo que tenga al menos cuarto o quinto grado de privacidad.
R: Y donde puedo yo encontrar un tal grado.
F: Pues lejos, muy lejos, desde luego. Tendrá que irse a las afueras de Barcelona, a las montañas. Pasados los túneles de Vallvidrera, por ejemplo, hay una escuela, con un alto grado de privacidad y uno muy bajo de efectividad, destinada precisamente a las gentes petisas de Cataluña que quieren aprender holandés.
R: Y cree usted que allá me aceptarán.
F: Inténtelo
R: Y no podría usted recomendarme
F: ¡No, no! Eso es imposible, hace muchos años  que la Escuela Oficial de Idiomas perdió todo contacto con la Escuela Holandesa de los Túneles de Vallvidrera.
R: Si por lo menos me dijera usted su nombre, quizá  podría ir de su parte.
F:  Brooddeminckhh...
R: ¿Cómo ha dicho?, es que discúlpeme pero habla usted con acento de gato.
F: Bodiiggil.
R: ¿Ha dicho usted Boliche?
F: ¡Si, exacto! ¡esa soy yo! La señora Boliche y ahora salga de este edificio y no diga a nadie que ha estado aquí.
R: ¡Qué así sea! , y muchas gracias  señora Boliche.

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LA TIENDA QUE TENÍA DE TODO

 
          
Yo la conocí, un día estuve en ella, aquella tienda tenía de todo: Cápsulas para la Felicidad, Píldoras para la Esperanza, Infusiones para hacer cumplir los sueños, Dulces para amar, Conservas para el Olvido, Manzanas contra el Odio, Fresas para la Amistad, Cerezas para la Risa, Almíbar contra el Llanto.. . y hasta un Caviar ruso, un poco caro, para conseguir la Paz.

Aquella tienda tenía de todo, estaba en una plaza céntrica de la Ciudad. El dueño era don Ismael, un entrañable anciano de voz dulce y pelo y barba blancos.

Don Ismael sabía que su tienda contaba con un pequeño secreto sin el cual sus productos nunca habrían tenido efecto. La gente iba a ella para charlar, para contar recuerdos, sueños, historias, para comentar libros..., para estar juntos.

La Ciudad tenía una luz especial, nunca hacía frío y nunca hacía demasiado calor.

Me contaron que así vivieron muchos años, hasta que un buen día un grupo de personas cerró la Tienda, primero llegaron unos hombres vestidos con traje, corbata y unos zapatos muy limpios y brillantes, después otro grupo vestidos con uniforme, grandes botas y armados hasta los dientes, tras ellos, y para finalizar, iban dos personas vestidas con hábitos negros.

Venían con una orden judicial. No se pudo hacer nada.

A partir de ese momento todo cambió en la Ciudad, los amigos que siempre se habían llevado bien comenzaron a pelearse, las parejas se separaban, los niños dejaron de jugar, los vecinos no se saludaban, todo el mundo estaba de mal humor. Los cines cerraron porque ya nadie entraba en ellos, los bares y los restaurantes también cerraron, ya nadie quería salir de casa, pero, en ella, las familias no se hablaban, sólo veían la televisión. Una televisión donde solía salir aquel señor con traje y corbata que había estado en la Ciudad para cerrar la Tienda. Hablaba de las mejoras que se estaban realizando en el País, de los grandes avances económicos, de las ventajas que nos traería a todos la nueva guerra que iba a comenzar con el Estado vecino, de los grandes logros conseguidos por el Gobierno. En aquel país existían muchas cadenas de televisión, pero en todas decían y hacían cosas parecidas, en todas aparecía con frecuencia aquel señor de traje diciendo las mismas cosas.

            Los años fueron pasando en la Ciudad y los días eran cada vez más tristes. El tiempo había cambiado, ahora los días eran casi siempre grises y lluviosos. Solía hacer frío.

            La Ciudad ya no tenía ese aspecto agradable que tuvo un día, los parques se habían abandonado, las fachadas de las casas estaban descuidadas, las calles muy sucias.. .Nadie se preocupaba ya por su Ciudad. No significaba nada para ellos. Mientras tanto, continuaban acudiendo a su trabajo de mal humor y, en casa, viendo la tele.

            Hoy he vuelto a ver a don Ismael, estaba muy mayor y muy triste, me dijo que después de cerrar la tienda se habían llevado todos sus productos y que la tienda la habían cerrado porque en aquella ciudad la gente era demasiado Feliz y habla perdido el Miedo. Ya no tenían necesidad de jefes, militares o sacerdotes, era una Ciudad muy peligrosa para el SISTEMA.

            Nunca he vuelto a visitar esa ciudad, porque, como ha dicho don Ismael, se había vuelto amarga y gris, como tantas otras ciudades en las que he estado.

            Lo curioso de esta historia es que la gente nunca supo que los productos de aquella tienda no tenían nada de particular y eran ellos quienes los hacían especiales con sus encuentros y con sus relatos. Don Ismael intentó explicarlo en algunas ocasiones, pero los habitantes de aquella Ciudad no quisieron oírle. Hoy me ha contado que había vivido solo junto al mar durante todos estos años, él tampoco había regresado nunca, no lo hubiera soportado.

            Hemos hablado, nos hemos contado historias, recuerdos, sueños..., nos hemos reído, cosa que don Ismael llevaba años sin hacer y, por fin, cuando nos íbamos a despedir, don Ismael me ha dicho:

-¡Oye!, ¿Por qué no montamos una tienda parecida a aquélla?, si tenemos un poco de cuidado podemos lograr que no nos la cierren, o, con el tiempo, conseguir que ni siquiera se necesiten nuestros productos para que en una ciudad la gente sea feliz.

            La idea me ha parecido magnífica, mañana comenzaremos a buscar el lugar adecuado.

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LLÁMALO TESIS

 

 
           Una tesis por empezar. Como una vida. Y con ella un miedo que empuja a la dispersión. Sensación de incapacidad. Visualización de un futuro que se ve borroso. Momento para hacer balance inconsciente, casi mecánico de los triunfos y fracasos que figuran en nuestro propio expediente irracional, ése que llevamos grabado entre el corazón y el ego, anudado a la garganta, como tarjeta de identificación, de justificación propia.

            Creyendo que dejamos todo esto a un lado, pero sosteniéndolo como base de todo proyecto, nos metemos de lleno en la aventura de descubrir cual es nuestra parte en el reparto del destino, vinculándonos de tal forma que asumimos como propios objetivos, desarrollos y conclusiones venideras.

            Y llega el silencio, y con él nos sorprendemos, paradójicamente, al sentir que nuestra pequeña obra ya está terminada, aceptándolo de manera más instintiva que mental. Una tesis por acabar. Así vuelve el miedo. Pero un miedo diferente del experimentado al comienzo. Éste nuevo, es uno que ensordece, que no escucha a razones, ni propias ni ajenas. El miedo desesperanzado del que se sabe sin futuro, del que se enfrenta a algo que ya no podrá cambiar. Es el miedo que nació para extinguirse, que contrariamente a la mayoría de los procesos, va difuminándose de dentro para fuera, hasta que desaparece, como efecto inexorable de su causa, porque la rueda ha de girar sin cambiar de dinámica, y no hay sitio para dos miedos en un alma.

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LOCOS DE ATAR


¡Saludos hermanos de la locura!