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Estos son los relatos que se han presentado por el momento al III Certamen. Aunque el plazo esté terminado se admitirán los relatos que lleguen hasta la entrega de premios. RELATOS
PRESENTADOS
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Cuándo cogió el café
que la camarera les había servido, su temblor en la mano aumentó hasta
tal punto, que se vertió el café encima de la cara camisa y la cara
corbata que su hijo le había comprado recientemente. Para el hijo, eso
ya fue el colmo. Se levantó de la mesa y lo señaló, acusándolo de no
haberle escuchado y de
haberse tirado el café encima de esa lujos ropa a propósito, pues
estaba claro que un padre como el suyo, tan anarquista, no disfrutaba
viendo que su hijo hubiera llegado tan alto en la escalera social de la
comunidad. Un ta-ta-ta constante
con sus extremidades era el único sonido que Juan se veía capaz de
hacer. El hijo, una vez deshinchada su yugular, se sentó y calló. Fue
en ese momento en el cual intervino la mujer del hijo de Juan. Empezó a
acusarle también, pero ella se mostraba algo más relajada y permanecía
sentada. Le criticaba el hecho de que los paseos con su nieto, por más
bien que le hicieran en su enfermedad mental, eran perjudiciales para el
crío, pues además de inculcarle tan alocadas ideas, le estaba haciendo
coger miedo a los automóviles, a las alturas y a las cosas altas que
rodaran. Se quejaba de que el niño ya no quería ir a escuela en coche
sino andando, de que no podían llevarlo a la nieve ni a las montañas y
que todo eso que rueda, como por ejemplo el carrusel que viene siempre a
la ciudad en motivo de las fiestas, le atemorizaban. “Así no hay
manera de que esté con otros niños, ya sólo quiere estar con su
abuelo”, decía la nuera. Y le acusó de haberlo manipulado y robado a
su nieto. El abuelo, al oír eso, intento recordarles que el niño no
necesitaba tutores que le dijeran que hacer. “¿Cómo dices?” le
preguntó el hijo de Juan. “Creo que ha dicho que el niño no necesita
padres”, ayudo la mujer del hijo. Todas las venas del
cuerpo del hijo de Juan empezaron a hervir. Se puso de pie, dejando
caer, ante tan brusco movimiento, la silla en la que se sentaba. Juan
intentó mirar a los ojos de su hijo, para así parecer que podía
escuchar lo que éste decía, pero le era imposible. A ojos de Juan, su
hijo empezaba a estirar la cara, a deformarse. Cambiaba el color, la
expresión era claramente amenazadora y eso hizo que el anciano aún
viera más deformidades en la expresión de su hijo. Intentó buscar
alivio en esas alucinaciones que era consciente que estaba sintiendo
(aunque el rostro del hijo de Juan asustaba a cualquiera), dirigiendo su
mirada hacia el rostro de su nuera. A esta la vio sonriendo, quizá
encantada con la hombría que demostraba su marido, y ya no quiso
encontrar ni alivio en las demás gentes que miraban la escena en ese
bar, pues seguro que también reían. Al final, tuvo que buscar auxilio
en el ventilador, y arriba fue dónde miro. No pudo sostener más
esa situación, y decidió cortarla drásticamente. Cogió dos cuchillos
que reposaban encima de la mesa y los levantó por encima de sus
hombros. -Voy a acabar con todxs de una vez por todas.- dijo Juan. El hijo se quedo blanco,
al igual que la mujer de éste, no esperaban esa reacción, al fin y al
cabo, después de tantas discusiones más fuertes que esa, Juan ya debería
haberse acostumbrado a ellas. El anciano miro con cara angustiada y
frunciendo el ceño a su hijo y a su nuera, clavó los dos cuchillos
encima de la mesa con gran fuerza, se ayudó de ellos para subir encima
de ella, se apretó con fuerza el nudo de la corbata para que pudiera
sobrarle un trozo de esta. Puso la mano entre hélice y hélice del
ventilador hasta lograr pararlo, con el trozo largo que restaba de
corbata hizo un nudo en una de esas hélices y lanzó una patada contra
los cuchillos que gobernaban la mesa, esta cayó al suelo, y Juan quedó
rodando colgado del ventilador. |
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Piedras, cieno, estiércol. Barbaridades naturales de un mundo. Religión, política, esclavitud. Barbaridades artificiales de un hombre. Caerán mil, dos mil, o tres mil. Sobre un lecho de flores azules, perderán la vida de mierda pero ganaran un futuro de libertad. Nunca han ganado los callados, los inmóviles, los conformistas. Solo han penado, miseria y miseria, hambre, rabia, dolor, impotencia. No hay animal más sumiso ke el hombre. Solo el hombre tiene miedo a morir solo. No hay vedad que invente el hombre más mortal que su suicidio. Buscamos ideas, pensamientos, vidas. Buscamos caminos limpios de piedras. Buscamos mares limpios de cieno. Buscamos campos limpios de estiércol. Pero encontramos: Religiones opresoras dirigiendo la vida. Políticos tirando y encogiendo los hilos. Esclavitud; en una mísera palabra. |
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En la fresca penumbra del recóndito cuarto de una casa perdida en la lejana Mali, un hombre lee por enésima vez comentarios de Aristóteles en un libro que hace siglos reposaba en los anaqueles de un palacio de Almería. Es el mismo libro. El mismo olor a humedad. El mismo silencio. |
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Llegamos al principio de la tarde, solo cuatro personas que nos
ven desde un par de kilómetros, solo un perro que nació para la compañía
y nos ladra sin comprender que faltan meses para que alguien
nuevo vuelva por allí. Nada como el sentido del humor define a
un pueblo, una de las tres ancianas nos recibe diciendo : “¿Qué buscáis
los bares y las Discotecas?”. Después las otras dos se incorporan a
la conversación y del humor se pasa a la nostalgia sin rodeos: “ya no
vivimos aquí” “yo hasta los veintitrés pero me casé en Pozohondo”
“antes vivían muchas familias pero ya no viene nadie...”. A
una de ellas se le llenan los ojos de lágrimas y quiere vomitar todos
los recuerdos de hambre, de posguerra y de señoritos de poder absoluto,
pero las otras dos le hacen desistir como si no quisieran hablar mal de un muerto
en su velatorio. Nosotros no hurgamos en la herida aunque sabemos bien
esas historias de tanto oírlas, sabemos que la aldea de al lado se
llamaba El Campillo del Hambre, y que Franco en una de sus frecuentes
cacerías acompañado por toda la recua de millonarios holgazanes de la
zona, hizo que se lo cambiaran por el de Campillo de la Virgen, alegando
que en España no había hambre, conocemos las fincas de ilustres
propietarios que rodean la aldea donde generaciones de desheredados
trabajaron de sol a sol desde la infancia hasta su último aliento. Por
fin el único hombre entra en el breve debate para zanjarlo: “aquí el
único listo fue San Ildefonso que se marchó justo antes de que se
hundiera su Ermita”. Las
mujeres ríen a coro
relajando el ambiente y nos explican que cuando el pueblo se quedó sin
gente trasladaron la imagen de San Ildefonso al Campillo y que esa misma
noche la ermita se vino abajo, dejando el mismo día sin sentido al
nombre de la aldea y sin Santo a los menesterosos que aguantaron allí.
Las mujeres se despiden por que van a coger collejas, no sin
advertirnos que no entremos en las casas abandonadas por que ha llovido
y se pueden hundir, el hombre se sienta en una piedra de alisar las
eras, el perro sigue ladrándonos como si hubiera algo que proteger.
Pedregal que lapida la memoria sin retorno posible, el más selectivo de
los bombardeos, con explosivo de olvido y metralla de viento, ha
reducido a ruinas las casas donde nacieron y murieron tantos, las
calles, con sus nombres y sus números, los corrales ahora silenciosos,
los llantos de los niños, el jaleo de las fiestas, los nombres, los
motes. Qué absurdas son las puertas de las casas a las que les faltan
paredes, las aldabas para llamar a nadie, los tejados que no guarecen,
los bancos de piedra donde ninguno sale al fresco. El perro ya no nos
ladra, el viejo no se despide y mira absorto el horizonte sembrado de
molinetas, ahora solo se oye el viento que pronto descarnará otro muro
u otra teja, antes de perderlo de vista vuelvo la cabeza y te canto
aquello de Yupanqui: “..no necesita silencio ya no tiene en quien
pensar...” |
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Los
tenemos de todas clases: desde los sencillos bilabiales simples, que
rozan suavemente la mejilla o se rompen discretamente en el aire como
una burbuja, hasta los más sofisticados que requieren la intervención
de todos los dispositivos bucales. Muy
socorrido es el bilabial compuesto, en el que los labios chocan
frontalmente sin reclamar una atención excesiva o tediosa; resulta
adecuadísimo para personas que disponen bien de poco tiempo, bien de un
interés limitado.
El labiodental exige una posición afectiva más intensa entre los
intervinientes, y se recomienda como preámbulo de placeres mayores.
Para esos momentos tan especiales (y a decir verdad, a veces tan
escasos), ustedes disponen de una amplia selección de besos linguales,
bilinguales, palatares y alveolares, que se sirven con mayor o menor
volumen de saliva, y más o menos aparato de sonidos oclusivos,
implosivos, sonoros o sordos, dependiendo tanto de los gustos del
cliente como de sus rasgos maxilofaciales. No
malgasten su dinero esta Navidad. Regalen
besos, señores, señoras, y sorprendan agradablemente a sus parejas,
amigos y familiares. El mayor surtido mundial de besos está ahora a su
alcance. Venga y compruebe personalmente
la calidad y variedad de nuestros productos; no le quepa duda que
encontrará el beso que mejor se ajusta a sus necesidades, inclinaciones
o estado civil. Precios
a convenir. |
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Ya hay que pagar hasta para morirse, y además tienen la
desfachatez de venir a decírtelo a tu casa. Después de otro monótono,
aburrido y alienador día de trabajo, y del molesto, pesado y extenso
graznar del vendedor de seguros, que tanto me ha hecho acordarme de mi
inevitable final, nada me viene mejor que bajar al bar a tomarme unas
cervezas y fumarme un cigarrito para inhibirme de este agotador día que
se repite diariamente. Llego tarde al bar,
los ánimos allí están calmados. Hoy poca gente, como siempre,
y mientras algunos discuten, y algún otro está apoyado con la cabeza
en la barra ausente de todo su entorno, yo miro atento un reportaje
sobre como las drogas matan el cuerpo y la mente de las personas. El
camarero (camello de alcohol, como dicen “the kagas”) no tarda en
cambiar de canal, pero lo poco que he visto y la automática relación
que surge entre el modo de matar de las drogas y el modo en el que muero
día a día me hace reflexionar (pues hoy es un día extraño, ¡estoy
pensando más de lo habitual! :
¡¡¡Cómo tenemos montado el mundo!!! No solo matamos nuestra
mente según pasamos los días trabajando en cadena o estudiando en
batería, (sin tener en cuenta que trabajando también podemos someter
el cuerpo hasta su destrucción) para poder ganar un puñado de dinero e
ir viviendo a medias. Sino que además, ¡¡¡gastamos ese mismo dinero
en cosas que aceleran nuestra muerte -mental y física-!!!: drogas para salir de fiesta,
medicamentos que nos manda el psiquiatra para aceptar este mundo, comida
basura, alimentos transgénicos, armas, productos que acaban con la vida
de este planeta, artículos inútiles varios.....
Intentamos evitar la realidad evadiéndonos de ella a toda costa
y cuanto más tiempo mejor. Resulta que si nos gastamos el dinero en
cosas que nos matan, encima vivimos en la sociedad más consumista que
jamás ha conocido la historia. Pasamos todo el día muriendo... (¿o
suicidándonos?)
Poco a poco somos nosotr@s l@s que nos precipitamos a la muerte,
asimismo la gente tiene miedo de la muerte (más que nada a la muerte física)
como si fuera algo horrible. Si el tonto teme a la muerte; el loco la
busca y el sabio la espera ¿a dónde hemos llegado?
Parece mentira poder pensar todo esto en un antro como éste,
ahora solo pienso en pagar lo que me queda por pagar y escapar cuanto
antes aquí.
Reflexión final: ¿será por eso que cuando somos niñ@s
y menos nos preocupamos de cómo ganar y gastar dinero, es cuando
más felices somos? |
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Aunque no te lo diga las casetas del paseo escriben libros con tu nombre y tu historia pero sin apellidos Aunque no te lo cuente cuento contigo siempre que andas camuflado en el sabor del cortado que ayer pagaste tú Aunque no te lo diga el disco que ahora suena lleva escrito el guión de esa película que podría ser tu victoria, aunque la guerra la ganaron los otros Me pides que te quiera y sólo alcanzo a titubear algo parecido a este poema por tacharlo de algo para hacerte sonreír aunque hoy la vida no te lo pida. Porque estás en mil detalles que se escapan a esta mente madura y senil que te reencarna en postal -a portes debidos- con letra de mi puño Porque te aprecio y te quiero aunque no te lo diga |
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Ana no viene y me dijo que llegaría antes de las ocho, por lo
que me estoy empezando a preocupar; la llamaré al móvil. (...)
No me contesta, me sale el buzón de voz y es raro que a estas
horas no tenga el teléfono encendido. Tengo que hacer algo, y es que no
me puedo quedar quieto sin hacer nada, pero
¿qué hago? pues nada, no puedo hacer absolutamente nada solo
dejar pasar el tiempo y esperar, no sé para qué pero esperar es lo único
que puedo hacer. Conforme estoy escribiendo noto como mis dedos tiemblan
al pulsar cada tecla del ordenador será porque... llaman a la puerta.
(...)
He abierto la puerta y no había nadie, a lo mejor a sido mi
imaginación, probablemente nadie haya llamado, serán mis ganas de
escuchar ese maldito timbre, porque empiezo a no soportar esta
inquietante soledad. Lo que voy a hacer es llamar a Alberto que al fin y
a la postre es quien me ha metido en esta historia, pero
¿qué historia?, bueno voy a llamarlo. (...).
Su madre me ha dicho que estará fuera un par de días, mientras
que él a mí me dijo esta mañana que estaría toda la tarde en casa,
además su madre no ha sabido decirme donde iba a ir exactamente, y eso
si que es raro, ya que sus padres le tienen muy controlado. ¿Dónde ha
podido ir sin decirme nada?.
Estoy intentando ordenar todas las cosas extrañas que me están
ocurriendo para buscarles alguna relación y un significado lógico,
pero no obtengo ninguna respuesta.
Posiblemente todos estos hechos sean
fruto de la casualidad de forma que todo esto está tomando una
rara concordancia de situaciones que consiguen preocuparme pero ¿y si
no es casual?; nada, nada me voy, pero
¿dónde voy?, no mejor me quedo por si me llama Ana aquí, ya
que mi teléfono móvil se me ha estropeado. Y es que siempre igual, hay
que depender de las tías y esto si que es un mal rollo; en fin, seguiré
esperando.
Para calmar mis nervios me voy a beber un buen whisky, cosa que
no suelo hacer cuando estoy solo, y para romper este silencio pondré
algo de música, pero en este momento llaman al teléfono (...).
Ahora si que ya no me aclaro, ya que ha llamado la madre de
Alberto preguntándome si yo estaba con él, me he quedado mudo durante
unos segundos y le he dicho que por qué me preguntaba sobre Alberto,
cuando apenas 5 minutos antes le había llamado yo para preguntar por él.
A la señora no le ha sentado muy bien esta respuesta y me ha contestado
que yo no había llamado en toda la tarde, que me dejase de tonterías y
que se pusiera Alberto al teléfono, yo algo cabreado y subiendo el tono
de voz le he respondido que no sabía nada de su hijo, y sin más me ha
colgado. Pero esto no es todo sin llegar a dejar el teléfono he llamado
de nuevo a Ana al móvil, y esta vez ni siquiera me ha salido el buzón
de voz, sino un mensaje indicándome que el número marcado no existía,
he marcado tres veces más y lo mismo; pero en ese momento vuelve a
sonar el teléfono, era Ana desde Torrevieja, diciéndome que por qué
la había dejado allí sola y me había venido a Albacete, le he dicho
que no entendía nada, y que yo no había ido con ella a Torrevieja
después de mi inocente respuesta, me ha dicho que era un cerdo y que no
quiere volverme a ver.
Las cosas extrañas no cesan esta noche, pero en este momento
algo me dice que lo único que puedo hacer es seguir escribiendo todo lo
que pienso y es que noto una fuerza dentro de mi que me obliga a
escribirlo todo. Llaman a la puerta y ahora no son imaginaciones mías,
han vuelto a llamar, voy a abrir (...). INFORME
DE CONTROL DE POSESIÓN CLÍNICA (Evaluación final): El experimento
no ha salido como teníamos previsto, ya que aunque el paciente ha ido
escribiendo lo que hacía y pensaba, ha mostrado síntomas de
contradicción en su personalidad, y además ha sufrido alucinaciones y
paranoias, por lo que ha escrito cosas que no le han ocurrido. Pero lo
peor de todo es que incluso ha ido notando los efectos de posesión en
su cuerpo y lo ha ido desvelando cada vez de forma más rotunda; por lo
que nos hemos visto obligados a suspender la operación. |
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SCHOPENHAUER. Daniel sube despacio las escaleras, los escalones le parecen kilométricos, se apoya levemente en el pasamanos. Aunque sólo emplea dos minutos en este ejercicio, a él le parece toda una eternidad. Sin lugar a dudas debe sentirse cansado o envejecido. Se acuesta tarde, muy tarde, en realidad teme que llegue este crítico momento, pero aún lo afronta con claro y determinante estoicismo. Una vez en la cama, enciende la radio, a la par que la luz de la mesita de noche, ambas – la luz y la radio – le hacen compañía, porque la tenue luz con sus sensuales tonalidades también acompaña, es el vehículo transmisor de los ojos de tu cara que te transportan en un decir “ya” a la inmóvil y siempre infinita imagen de un cuadro o al vuelo irrelevante e irreverente de un mosquito, que siempre te molesta o te pica y nunca atrapas con tus torpes manos, por más que lo persigas en la nada del aire nocturno. La luz es el antagonista del silencio, tiene vida la luz, solapa los instantes, desmenuza los minutos eternos. Daniel lee, siempre lee, está leyendo “Fervor de Buenos Aires”, si su autor no fuera Jorge Luis Borges, le impactaría doblemente, pero Borges no impacta, sobrecoge; Fabula e idea de una manera desnaturalizada, es decir: no natural, de forma natural lo hacen el resto de los escritores, él no es el resto, ni tan siquiera uno más, es absolutamente único y brillante; ¿ Cómo entender si no estos renglones?, “......pero soñé que yo era las monedas que custodiaba un grifo”. Daniel cree o intuye que es muy tarde, las 2´15 h., aún así, continúa leyendo, pero no se concentra, lo intenta de nuevo, lee tres páginas más, después constata que no sabe lo que ha leído, para, las 2´30 h., definitivamente apaga la luz, acomoda ligeramente la almohada debajo de su cabeza y adopta la postura fetal. ¿Y ahora? – se pregunta en la oscuridad, perplejo -. Y su subconsciente se atreve a entrar en el juego y le responde “¿Cómo qué y ahora?”, “¡a dormir se ha dicho!”. Ahora ya no hay luz, también porque cierra los ojos, claro, pero su mente continúa sola, su particular viaje. Al cabo un día más, ¿hasta cuándo?, ¿estás bien?, más bien jodido, ¿no?, no lo sé, mañana será otro día; “Si, eso crees, pero ahora no puedes dormir”; Me giro a la derecha, calor, tengo calor, la boca reseca, debe ser el tabaco. Daniel se reincorpora, enciende la luz, bebe agua, las 2´55h., apaga la luz, la música del reloj-despertador se apaga sola, ha pasado ya una hora. “¡Piensa en algo!, ¡coge el ritmo!”. La oreja izquierda de su cara se queja porque lleva veinte minutos doblada, “joder que bruto eres”. Una pierna (cualquiera) está colocada sobre la otra y pesa un montón, de día, esta situación tan sumamente banal, no la notamos, pero es porque de día, una pierna (cualquiera) no está sobre la otra, sino al lado, normalmente en posición vertical. Ahora cierra los ojos y transcurre la inacabable y complicada película de tus ideas en tu mente: Imaginas, crees, creas, piensas, juntas, pero no sale nada. Igual Daniel es un poco masoquista, y en el fondo le viene bien su victimismo, su autocompasión. No, no, no quiero ser nada que termine en “ista”, ciertamente me importa un bledo, pero, sí me gustaría ser como todo el mundo, meterme en la cama y dormir, sin más. “¿Has probado a tomar un vaso de leche caliente?” No, claro que no, si andara, o mejor si corriera quince kilómetros, seguro que caería fulminado, pero la leche caliente o una ducha no creo que tengan, entre ambas, el mismo efecto. Las 3´20h. . La pierna que sacaste hace un momento se está quedando helada, ¡adentro!, de nuevo, giro a la izquierda. ¿Y si me levanto y veo una película? Con la tele, seguro que me duermo, lo hace todo el mundo; no, no, es muy tarde, si me bajo ahora, apenas voy a dormir tres horas, mañana estaré hecho polvo y tendré un montón de sueño. Continúo dando vueltas, definitivamente creo, me falta vocación de felicidad. Pienso: Me preocupan especialmente los presos de conciencia, los indios aimaras, mi propia evolución como persona -¿ y si me vuelvo majara?-, y el tenue e impenitente goteo del bidé del aseo de abajo, se derrocha mucho agua. No pretendo saber qué cosa es el tiempo, ni siquiera si es una “cosa”, pero continúa sucediéndose y yo no me duermo, pero sí, la mano derecha, se ha dormido, ¡ pobrecita!, ¡ es tan tarde!, la despierto, la tengo acartonada, ¡ que asco!, pareciera que no son míos los dedos, los extraño. Ya, ya vuelven en sí, claro, como estaban dormidos, (los dedos, los cinco dedos), ¡pobrecitos! Las 3´45h., voy al lavabo, “¡vaya cara tienes!”, claro, ¿qué quieres?, a estas horas todo el mundo tiene la misma cara. “¡Venga hombre, duérmete!”. No puedo respirar por las narices, las tengo taponadas, así, debo con toda lógica respirar por la boca y entonces se me seca, pareciera que tengo una piedra en la garganta. Me gustaría dejar de fumar; “Si, claro, ¿y de vivir?”, a ratos, también. Le doy tres o cuatro golpes a la almohada – está caliente –, me pica la rodilla, a partir de mañana no voy a tomar café, “¡no es el café, hombre!, estás completamente alterado, nervioso, necesitas tranquilizarte”. ¿Y media pastilla “dormidine”?, no, ahora por supuesto que no, antes, tal vez, son las 4´35h., si ahora me tomo una pastilla, mañana no va haber quien me despierte. “¡Haberlo pensado antes!, ahora aguántate, no pienses más en esa mujer, no merece la pena”. ¿Cuál merece la pena?, vaya preguntas me hago, claro que no lo sé, igual ninguna. “¿Estás solo, eh?, ¿cómo se siente uno así?, ahí, todo tirado en una cama tan grande”. Hombre, se puede uno dar mejor la vuelta y tienes la clara ventaja de que no te entra frío por el cogote. ¡Vale, vale!, para ti toda. Las 5´10h. . Me estoy poniendo bastante nervioso, mañana voy a estar de muy mal humor. “Claro, si te hubieras dormido ya”. Ya sé, debo pensar, concentrarme en algo concreto; Dormir, al cabo, es distraerse del universo. Ahora cierro los ojos, empiezo a ver círculos concéntricos, imagino de todos los colores, espacios cósmicos vacíos, vetas de nieve, figuras geométricas, sólo debo pensar en esto, sombras oblicuas, la modificación del espacio, eléctricos movimientos pausados, el aire los envuelve en el subconsciente del techo, reflejos de luces en la nada, no se oye absolutamente nada. “Tú en medio de la nada, el vacío. No pares, no, sonidos, giros, colores, las esquinas del vacío, álgebra de los sentidos, calidoscopio de sensaciones, el abismo, lo verosímil, lo incierto, el naufragio, no pares, continúa......”. A fuerza de fatigar las horas vencidas, Daniel se ha dormido. Las 6´45h. . Empieza a amanecer. El claro día escupe sus sobras en las calles mojadas de la ciudad, los coches de nadie vuelan a través del silencio. Ya es otro nuevo día. En la calle, una mujer, dentro de un abrigo, va a no sé dónde, probablemente a misa –todavía hay gente que va a misa –, ¡qué le vamos a hacer! Las 8´50h. Riiiing, riiiiiiing, riiiiiiiiiiing, rii., Daniel abre un ojo, apaga el despertador, abre el ojo que, aún, permanecía cerrado, se sienta en la cama con desgana, mira a través de la ventana – está lloviendo –, los perros vagabundos mordisquean las bolsas de basura. Daniel tiene que ir al trabajo, pero hoy, al menos hoy, se quiere morir, mañana, tal vez haya cambiado de opinión, pero hoy, definitivamente, quiere morirse. |
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Así que no tardo mucho en vestirse y lanzarse para las calles
para darle bonanza y alegría a aquel aleatorio ciclón que a todos
parecía haber cogido por sorpresa. Y entró en una conocida pastelería,
y esperó su turno felizmente callado para después romper el silencio. Y
don Julián salió del establecimiento con un montón de galletas sobre
una bandeja de cartón. Rebosaba sus pareceres a manos salvas con todos
aquellos a los que alcanzaba su libre albedrío; empezó a caminar con
perdido y pautado rumbo por doquier que anduviera un transeúnte, diciéndoles
a uno y a otro qué apetecibles eran las galletas y cómo acompañarían
esa borrasca insólita que encapotaba de los más lindo el cielo. Ni uno
ni otro se detuvo para agradecer el detalle y admirar los cielos, que
tan cargados estaban. Extrañamente
aturdido, completamente parado sobre sus pies, con la bandeja intacta
sobre las manos, se encontraba en el justo medio de una calle peatonal,
cuando dos jóvenes que por ahí andaban cogieron un par de galletas sin
reposar su paso. Pero
algo más contundentes resultaron ser los argumentos del joven contiguo,
que desdeñó la ofrenda en la papelera que un su recto paso se
encontraba. No obstante, se percató de la jugada Don Julián, que
estalló en carcajadas, más loco aún de lo que aparentaba; por
cuando serenándose, se le apareció al lado una anciana sepultada
bajo el peso de sus mantas, y le preguntó: Tantos
más pasaron sin inmutarse, sin ni siquiera mirarlo, adelantando los
pasos y acelerando el tempo de la indiferencia que exhalaban. A
un niño que intentaba seguir las largas zancadas de su madre lo atrajo
“la gracia de aquel humilde gracioso hombre de mediana edad que tan
graciosamente regala dulces, amontonaditos todos en la bandeja”; la
misma bandeja que Don Julián agarraba con tantísimo empero; y se acercó
a convidarse a una de aquellas vistosas e irresistibles galletas. Don
Julián tomó un par y se las entregó al chiquillo, dando tiempo a la
madre, protectora desconfiada, para venir con esto que las madres regurgitan cuando niegan
la oportunidad y la mucha lógica que hay en querer conocer a un
desconocido. Al respecto de cuán tanta hipocresía, sonriendo le
dijo Don Julián: Don
Julián quedó rumiando qué hacer con toda aquella bandeja, quería él
decir a la gente que hoy se repartían galletas, por tan bonito día,
para que ellos respondieran agradecidos y le dedicaran unas palabras al
buen tiempo y se saludaran cordialmente. Pero sólo topó con reproches
y burlas. Más aún, se sentía ya decepcionado, pero se le apareció en
la quijotera la forma más sencilla de repartir las galletas sin tener
que intimidar o apelar al sentido de la obligación de nadie: sin
detenerse mucho, se acercó a unos jóvenes que tendían la mano con
esos periódicos gratuitos que furrulan por las ciudades. Plantándose
enfrente, empezó a explicar el plan que había urdido ipso facto:
acompañar la letra impresa con galletas, lo de siempre con lo nuevo, lo
creíble con lo irreal. Reacios ellos a las peticiones de él, le
obligaron a insistir, hasta tal punto que tuvo que dejarles el número
del carné identificativo, que es garantía de confianza. Se empeñó
muchísimo Don Julián en que al adelantar una galleta dijeran: «¡Tenga!,
por el tan agradable día». Los chicos, atónitamente sorprendidos, se
resignaron a la misión que encomendaba Don Julián de a pie, hombre de
corazón sencillo. |
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- Escucha
Augusto: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". CAPÍTULO II De: amutis@teleline.es ¡Augusto, por Dios, despierta! CAPÍTULO III - ¿Y dices que eso te llegó por internet? |
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No calles jamás aunque te maten, José Maria Gil Carbonell, se había levantado despacio y se vestía con tranquilidad y silencio. Se había ajustado la faja de planchas de explosivo perfectamente distribuidas, de casi dos kilos de peso, alrededor de su cuerpo. A las once y cinco pasaría al reino de Állah por el camino del martirio. Saludó al sol, se lavó pulcramente y rezó sus oraciones por ultima vez. Hoy 11 de Agosto era su día elegido. Bajó por las escaleras con lentitud ritualistica dejando dormitar al ascensor, quería ser consciente de todos los movimientos de su cuerpo y de su alma y dirigir, por fin, su mirada a Él, al Espíritu, a Állah, el Clemente, el Misericordioso,.... Bendito sea siempre. La conciencia de sus pies fue desapareciendo de su mente y entró en una especie de relajación que le proporcionaba un calorcito agradable invitándole a abandonarse más y más, perdiendo progresivamente la conciencia de sus piernas, su cuerpo y su cabeza. Todo su mundo estaba en paz. Había subido al autobús casi sin darse cuenta, ocupado su lugar de forma elegante y altiva, sus ropas limpias y bien planchadas denotaban la actitud de un europeo políticamente correcto. Una niña de ojos azules le miraba con detenimiento, más o menos tendría la edad que ahora tendría su hermanita Nadia, también iba a morir como ella victima de una explosión terrible, que nada tiene que ver con ella ni, seguramente con ninguna persona del autobús. Pero seguramente también sus televidentes padres han visto como todos, mientras cenaban o comían, en los telediarios, cómo desde un Harrier nuestros aliados bombardeaban una nave que albergaba a mas de cien personas cuando la OTAN bombardeaba Yugoslavia, cómo desaparecía un mercado entero en Bagdad o como ametrallaban los sionistas Belén o Ramala, sin pestañear! Cuantas veces cien, cuantas veces doscientos, cuantas trescientos!! Cuantas veces medio millón de muertos y medio millón de desplazados! ¿Cuantas veces Occidente? ¿Cuantas veces América? ¿Cuantas veces Europa? ¡Cuánto nos queda más! Ya había contabilizado cinco paradas, faltaban dos y a la siguiente accionaría el dispositivo y se pondría en pie. La inercia de la frenada activaría el mecanismo de alivio de tensión y su cabeza se apagaría para siempre y sería Uno en la visión de Allah. El autobús continuaba firme y confiado a la altura de Cibeles, miró a su alrededor y pudo adivinar la expresión de dolor y sorpresa de los heridos. Por un momento se puso tenso al presentir el inminente frenazo del autobús ante el semáforo cambiante ya. Un sudor frío recorrió su cuerpo, una tremenda tensión interior se apoderó de él y una desgarradora angustia invadió su alma, miles de recuerdos se hacían presentes, juntos e intemporales.... Despertó sobresaltado, se vio sentado en la cama sudando, detrás de sí adivinó el cuerpo de su mujer, eso lo tranquilizó. ¡Qué horrible pesadilla! Las siete menos cuarto, hoy se levantaría antes. Se duchó despacio, puso la radio y recordó que hacía tiempo que sólo veía la televisión y había perdido aquel hábito de estudiante. Hoy se vestiría bien y haría un día especial, un día de nacimiento, había sentido la muerte cercana de alguna manera. Llegó desahogadamente hasta la parada del autobús, hoy no compraría el periódico para leer otra vez hechos de destrucción y de guerra, había decidido no utilizar ni siquiera el coche ese día, tomaría el autobús y después caminaría lentamente degustando los diez minutos escasos que le separaban de la oficina. El autobús llegó en punto, un vehículo entrearticulado de dos cuerpos cubrió la parada y los viajeros se movieron hacia dentro y hacia fuera, en escasos treinta segundos inició el movimiento. Una niña de ojos azules le miraba con detenimiento, apenas tendría la edad de su hijita Laura que dormía aún. Una chica que leía nerviosamente cerró el libro y se levantó cediendo el asiento a una señora mayor que se movió con torpeza agradeciendo su acción. De pronto el autobús comenzó a decelerar su marcha y el suave frenazo consecutivo le sacudió y le hizo entrar de pronto en un estado de confusión mental dejando su visión expuesta a una fuerte radiación roja, brillante hasta hacerse blanca, se sintió sumido en un tubo de luz que lo absorbió entregándolo a una sensación de paz infinita y profunda. La deflagración había incendiado totalmente el autobús, con estruendo se oyó el ruido de cristales rotos que caían en tropel desde los pisos superiores de los edificios colindantes. El ulular de las sirenas invadió poco a poco las calles limítrofes y a los cinco minutos el lugar se convirtió en la escena obligada y terrible de una historia más de guerra. |
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¿Qué lengua usas
ahora? No
tengo ni idea. A estas alturas no sé qué forma tienen mis
pensamientos. Seguro que, quizá, he regresado a la Lengua Madre, sea la
que sea. ¿ Te acuerdas de la
desesperación que tenias por conservar las cosas? ¿ Cuándo buscabas
complicadas formas para almacenar tus recuerdos? Cada
mil años cambiabas de soporte, luchando a lo tonto, de forma inútil
contra la entropía, la lenta, pero imparable degradación de la materia
que te rodea, como si pudieses compartir con Otros la carga de tus
recuerdos. ¿Recuerdas los mapas
detallados que hacías sobre continentes que hace millones de años que
desaparecieron? Los
recorrías a pie, por completo, anotando la posición de cada piedra,
cada cochino río, cada puta montaña. ¿Por
qué coño nadie me avisó que la memoria pesa tanto? Imágenes borrosas
de rostros, especies inteligentes, criaturas de todas las formas, de
todos los colores, de todos los tamaños. Los delicados bestiarios que
dibujé no son mas que polvo perdido, arrastrado por el viento y
mezclado con todos los libros que leí, que me aprendí de memoria para
nada. (Xéxpiir, Cerevantesh, Tolkien, Ner-Uda, Digolas, Indeele,
Betoben (¿o este era de los que hacían armonías? Tanto da. Era todo
muy bonito, pero ya no está). Joder, incluso las rocas, los basaltos y
los diamantes sobre los que tallaba la cuenta de los siglos que iban
pasando (al principio eran los años, así de ingenuo era yo) hace mucho
tiempo que se hicieron arena, arena que fue arrastrada al fondo
sedimentario de los océanos, fondo que se elevó de nuevo a montañas,
convertida otra vez en piedra, en el baile de las placas tectónicas. ¿Te acuerdas de
cuando jugabas a Creador, a Guardián? ¿A traer la luz y la
inteligencia, pastoreando especies prometedoras de animales, plantas,
hongos, minerales.., vigilando día a día su camino en la evolución,
cruzando los ejemplares más capaces, seleccionando las razas para
transmitirles el legado del arte, del conocimiento, de la tecnología de
las miles de civilizaciones que fueron primero, brillaron y nunca más
han vuelto? ¿A crear especies absurdas (¿te acuerdas de las
babosas-calzón? ¿del urzón de veinte patas?) solo para ver qué
pasaba? -Ya
me cansé de ese juego. Me aburrí de verlos crecer, multiplicarse,
poblar la tierra, saltar entre las estrellas, colonizar las galaxias,
sabiendo que a mis ojos no eran mas que espuma. Espumarajos
desaparecidos antes de ser. Recuerdo que me quedaba absorto contemplando
sus ascensos y caídas, la forma en que inventaban sus guerras, su
comercio, sus religiones (aún no sé por qué casi todos pensaban en lo
divino), sus redes de comunicación, sus hábitos procreadores que luego
se iban. Lo miraba igual que, al principio (eso lo recuerdo con
claridad) miraba el oleaje estrellándose contra las rocas, cada ola
igual y totalmente distinta de la anterior. Hacía apuestas conmigo
mismo sobre qué montaña sería barrida antes por la erosión. Primero
miré el mar. Luego miré las inteligencias. Luego el ir y venir de las
montañas y las rocas. Ahora me entretengo contemplando el oleaje de los
soles. Los veo crecer y morir, perderse en un cosmos cada vez más
grande y más frío. Más apagado. Lleno de ceniza tenue, tan aislada
que apenas puede arremolinarse para formar de nuevo una estrella. ¿Te acuerdas de los
humanos, tu propia especie, desaparecida en la noche de los tiempos? Me
sigo viendo todos los días. Por eso hablo conmigo mismo. Me he
convertido en mi única referencia. En lo único que apenas cambia. Sigo
teniendo dos ojos. Sigo teniendo pelo. Dos manos. Mi polla sigue levantándose
por las noches, desaforada, exigente, llamando a gritos a una hembra de
mi especie, a una hembra de cualquier especie, a cualquier sexo de
cualquier especie, a cualquier criatura mínimamente consciente que
pueda ser una compañía. (¿cuándo dejaste de follar?). Hace mil
seiscientos millones de años que dejé de fumar (de hecho, ni siquiera
recuerdo qué era exactamente “fumar”). Hace novecientos veintiséis
millones de años que, en realidad, no hablo con nadie. Hace seiscientos
treinta y dos millones de años que dejé de comer. Hace quinientos
sesenta millones de años que dejé de vestirme. Pero aun duermo. Aún
sueño por las noches. Aún me caigo de sueño y tengo visiones de
cuerpos abrazados, besos, bocas cálidas, caras borrosas que casi
recuerdo, orgasmos tristes de los que me despierto empapado, sudoroso y
tan triste que quisiera borrarme a mí mismo de la existencia (¡qué
imbécil!). He intentado dedicarme únicamente a dormir, pero es
absurdo. Mecánicamente, cada ocho horas, despierto de nuevo. Salgo de
los sueños que me salvan y estoy otra vez en el mundo real, jugando a
bautizar constelaciones (hace cincuenta millones de años que los
Artexidales se extinguieron. Ahora es una de esas etapas en las que no
hay nadie capaz de poner nombres a las cosas)... Apenas
me acuerdo de nada más. |
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Que tonto se escuchaba: “el día más feliz de mi vida”
absurdo… absurdo… absurdo… Pero eso hoy se había terminado. Sólo música falsamente alegre; creada para tratar de ocultar cual un meñique al sol, todas las lágrimas vertidas en las mejillas de Caridad. Su mirada perdida trataba de encontrar un refugio en medio de imágenes de santos que gozaban sus martirios con abnegación. Corrió y corrió tratando de escapar de todo aquello que la perseguía y dañaba. Huyo de todas las fantasías que pueden enturbiar la mente de alguien que sólo cree en sí misma; de alguien que trata de conservar una semilla de inocencia y de esperanza, piedad, ternura, belleza; todos esos sentimientos que resultan inútiles en este mundo vano. Era la segunda de tres hermanas, la única sobreviviente de tres hermanas… La mayor murió diezmada por la peste. La tercera ni siquiera tuvo tiempo de respirar… murió junto con su madre el día del parto. Su libertad; la vivió con su padre en medio de una hacienda apenas autosuficiente. Apenas y recibió educación; pero tenia aquella chispa de curiosidad que hace que todos los sueños traten de traspasar los muros de la falsedad. Aprendió a leer con una cocinera solitaria; casi tanto como ella misma, que leía poemas para acompañarse en las tardes de llovizna fría. Buscaba comprender los ciclos vitales que rigen al mundo leyendo cuanto tratado caía en sus manos. Eso se convirtió en su segunda pasión pero sin llegar siquiera a superar aquella por crear imágenes sobre el papel. Apenas trataba de dormir y era asaltada por sueños que la volcaban sobre el piso… Besos falsos y tiernos. Labios aferrándose a los suyos. Amantes ojos posándose sobre su cuerpo enhiesto y desnudo. Cuchillas que cortaban su busto por la mitad. Todo era siempre una sucesión de imágenes sin sentido. Intento todo… desde infusiones de yerbas exóticas hasta rezar un rosario antes de dormir… sus dibujos eran un contrapeso a todo lo que existía en medio de su inestable conciencia. Su mirada saltaba algunas veces sin distinguir la realidad de la fantasía. Perdida en el vacio de la nada. Eliseo pensó que su hija estaba enferma, o algo así, recurrió a un alópata y a otro. Incluso una vez estuvo a punto de consentir que un sacerdote la exorcizara a causa de unas manos cortadas y atravesadas por un clavo adornando una hoja en blanco hallada dentro de un libro. Falta de atención dijo cierto hombrecillo de mirada fija y vacía. Opinión tras opinión, chocantes algunas, exasperantes las más. La abuela había hablado… La encontró escribiendo con un punzón, sobre el maltrecho tapiz abigarrado de flores de su recamara una y otra vez; en forma cíclica: LAS LAGRIMAS NO CEDEN NUNCA. -Mira
Eliseo- parpadeo – tu hija esta enamorada –
agregó con tono sarcástico - ¿pero de quien será?-
Había que buscar un hombre ideal. Formal, trabajador, honesto,
responsable; y sobre todo serio. El indicado era Don Manuel. Un eminente
medico que trabajaba en un pueblo cercano. De conducta irreprochable y
lo mejor de todo: apenas le llevaba 23 años de edad a Caridad. Un buen
Esposo, un buen Marido, una buena pareja; para alejar todas esas estúpidas
ideas pueriles de la cabeza de la niña.
No hubo platica, no hubo anuncio, no hubo discurso – Don Manuel
va a casarse contigo-. Apenas la expresión de desconcierto. Una mirada
de extrañeza algo perturbada. Asimilando lentamente que la vida se le
iba en una promesa jamás deseada por ella; apenas alzando los hombros.
y bajando la cabeza para aceptar.
Al siguiente día solo fue llevar un vestido, unas zapatillas y
un velo… un mes… solo un mes… Y dejaría de ser niña… Le llevaron el traje usado por su madre el día de su boda. Apenas lo miró con desprecio. Su abuela gruñó con odio ante el gesto. Y el
hogar se nutrió con los sueños de la hija de Don Eliseo aquella noche.
La fecha esperada y aborrecida se cumplió en medio de fiestas y
celebraciones vacías, sonrisas huecas y bailes enfermos, regalos
indeseables y consejos no requeridos. Fiesta, fiesta y más fiesta. La
iglesia fue cubierta con rosas rojas, amarillas y blancas. El altar
quedo engalanado con terciopelo púrpura. Sobre los que se rezaba en
letras de oro: Nadie viene al padre si no es por mí. Desconocidos
sonrientes, amigos inesperados, familiares nuevos; todos juntos y a la
espera.
La mitra dorada relumbra con un rayo que penetra por un vitral
que representa el sacrificio de un hombre. Te corresponde ser su
esclava; por el resto de tus días; parirás a sus hijos con dolor, no
tendrás a otros dioses delante del, serás un escalón para que el te
aplaste hasta que la muerte los separe. -Puede
besar a la novia- |
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¡Porque yo
escupo a los yonkis Me acuerdo
de mis amigos La pérdida
de un yonki es alivio ¡Yo sí, yo
escupo a los yonkis Vale,
vivos están. ¡Escupo,
escupiré a los yonkis!
(Os hecho
de menos, |
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LA FUNCIONARIA: Adelante! |
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Aquella tienda tenía de todo, estaba en una plaza céntrica de la Ciudad. El dueño era don Ismael, un entrañable anciano de voz dulce y pelo y barba blancos. Don
Ismael sabía que su tienda contaba con un pequeño secreto sin el cual
sus productos nunca habrían tenido efecto. La gente iba a ella para
charlar, para contar recuerdos, sueños, historias, para comentar
libros..., para estar juntos. La
Ciudad tenía una luz especial, nunca hacía frío y nunca hacía
demasiado calor. Me
contaron que así vivieron muchos años, hasta que un buen día un grupo
de personas cerró la Tienda, primero llegaron unos hombres vestidos con
traje, corbata y unos zapatos muy limpios y brillantes, después otro
grupo vestidos con uniforme, grandes botas y armados hasta los dientes,
tras ellos, y para finalizar, iban dos personas vestidas con hábitos
negros. Venían
con una orden judicial. No se pudo hacer nada. A
partir de ese momento todo cambió en la Ciudad, los amigos que siempre
se habían llevado bien comenzaron a pelearse, las parejas se separaban,
los niños dejaron de jugar, los vecinos no se saludaban, todo el mundo
estaba de mal humor. Los cines cerraron porque ya nadie entraba en
ellos, los bares y los restaurantes también cerraron, ya nadie quería
salir de casa, pero, en ella, las familias no se hablaban, sólo veían
la televisión. Una televisión donde solía salir aquel señor con
traje y corbata que había estado en la Ciudad para cerrar la Tienda.
Hablaba de las mejoras que se estaban realizando en el País, de los
grandes avances económicos, de las ventajas que nos traería a todos la
nueva guerra que iba a comenzar con el Estado vecino, de los grandes
logros conseguidos por el Gobierno. En aquel país existían muchas
cadenas de televisión, pero en todas decían y hacían cosas parecidas,
en todas aparecía con frecuencia aquel señor de traje diciendo las
mismas cosas.
Los años fueron pasando en la Ciudad y los días eran cada vez más
tristes. El tiempo había cambiado, ahora los días eran casi siempre
grises y lluviosos. Solía hacer frío.
La Ciudad ya no tenía ese aspecto agradable que tuvo un día,
los parques se habían abandonado, las fachadas de las casas estaban
descuidadas, las calles muy sucias.. .Nadie se preocupaba ya por su
Ciudad. No significaba nada para ellos. Mientras tanto, continuaban
acudiendo a su trabajo de mal humor y, en casa, viendo la tele.
Hoy he vuelto a ver a don Ismael, estaba muy mayor y muy triste,
me dijo que después de cerrar la tienda se habían llevado todos sus
productos y que la tienda la habían cerrado porque en aquella ciudad la
gente era demasiado Feliz y habla perdido el Miedo. Ya no tenían
necesidad de jefes, militares o sacerdotes, era una Ciudad muy peligrosa
para el SISTEMA.
Nunca he vuelto a visitar esa ciudad, porque, como ha dicho don
Ismael, se había vuelto amarga y gris, como tantas otras ciudades en
las que he estado.
Lo curioso de esta historia es que la gente nunca supo que los
productos de aquella tienda no tenían nada de particular y eran ellos
quienes los hacían especiales con sus encuentros y con sus relatos. Don
Ismael intentó explicarlo en algunas ocasiones, pero los habitantes de
aquella Ciudad no quisieron oírle. Hoy me ha contado que había vivido
solo junto al mar durante todos estos años, él tampoco había
regresado nunca, no lo hubiera soportado.
Hemos hablado, nos hemos contado historias, recuerdos, sueños...,
nos hemos reído, cosa que don Ismael llevaba años sin hacer y, por
fin, cuando nos íbamos a despedir, don Ismael me ha dicho: -¡Oye!,
¿Por qué no montamos una tienda parecida a aquélla?, si tenemos un
poco de cuidado podemos lograr que no nos la cierren, o, con el tiempo,
conseguir que ni siquiera se necesiten nuestros productos para que en
una ciudad la gente sea feliz.
La idea me ha parecido magnífica, mañana comenzaremos a buscar
el lugar adecuado. |
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Creyendo que dejamos todo esto a un lado, pero sosteniéndolo como base de todo proyecto, nos metemos de lleno en la aventura de descubrir cual es nuestra parte en el reparto del destino, vinculándonos de tal forma que asumimos como propios objetivos, desarrollos y conclusiones venideras. Y llega el silencio, y con él nos sorprendemos, paradójicamente, al sentir que nuestra pequeña obra ya está terminada, aceptándolo de manera más instintiva que mental. Una tesis por acabar. Así vuelve el miedo. Pero un miedo diferente del experimentado al comienzo. Éste nuevo, es uno que ensordece, que no escucha a razones, ni propias ni ajenas. El miedo desesperanzado del que se sabe sin futuro, del que se enfrenta a algo que ya no podrá cambiar. Es el miedo que nació para extinguirse, que contrariamente a la mayoría de los procesos, va difuminándose de dentro para fuera, hasta que desaparece, como efecto inexorable de su causa, porque la rueda ha de girar sin cambiar de dinámica, y no hay sitio para dos miedos en un alma. |
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Me llamo Yupai y soy un indio yanomami, de esos que vosotros conocéis por los documentales de “la 2”. La historia que os voy a contar sucedió hace algún tiempo... Selva Amazónica 9:30 a.m. Me encontraba practicando uno de mis pasatiempos favoritos, la caza de la araña mona (manjar de dioses para nuestra civilización), cuando de repente sentí un enorme picotazo en el cuello, comencé a perder la visión y, finalmente, caí al suelo perdiendo el sentido. Cuando desperté no daba crédito a lo que veían mis ojos; unos tipos muy extraños me observaban con una profunda atención. Pasados los primeros momentos de confusión, uno de ellos dirigió hacia mí un curioso aparato que había en el fondo del habitáculo, posó su mano sobre él y un torbellino de colores salió disparado de aquel cachibache de mil demonios. Me sobrepuse del tremendo impacto que significaba aquello para mis neuronas y fijé mis ojos en las imágenes que salían de su interior...¡Me estaba viendo a mí mismo en la selva! Un dardo se clavaba en mi cuello y caía desmayado al suelo; tres personas me recogían, me subían en un grande y misterioso pájaro y éste comenzaba a volar alejándose de la selva. -“¿Te sorprende lo que ves?”-La voz de uno de ellos, que parecía ser su jefe, resonó en la estancia. -“Hola, soy el Doctor Moreau. Aprendí tu lengua en una de mis expediciones por el Amazonas. El motivo de que estés con nosotros es un experimento para averiguar cómo un ser primitivo como tú es capaz de comprender, aceptar y adaptarse a la civilización del siglo XXI” A partir de ese momento, comenzó una carrera frenética para intentar explicarme el por qué de la evolución de la raza humana a través de la historia. En lo que ellos llamaban una pantalla de televisión me fueron mostrando los diferentes pasos que había seguido la humanidad hasta llegar al momento actual, ¡Joder, qué alucine!...de estar viviendo plácidamente en la selva pasé al estado de confusión más tremendo de mi vida. Por más que le daba vueltas a mi cabeza, todo carecía de sentido. ¡¿Cómo podéis vivir en un mundo tan cruel, donde no respetáis la naturaleza, principio básico para vivir en libertad?!. ¡Quiero volver a mi mundo! Podré enyoparme sin necesidad de pagar por ello y sin miedo a que me detengan por cometer un delito o que algún camello sin escrúpulos adultere la droga y me mande al otro barrio. No quiero fichar en ninguno de esos denigrantes trabajos que ofrecéis en vuestra civilización. ¿De qué vale eso que llamáis “status social”? ¿Qué valores tienen vuestros gobernantes corruptos? ¿Por qué los bancos, que son la usura legal establecida, controlan vuestro ritmo de vida?¿Dónde están esos avances sociales tan cacareados? ¿En las favelas de Río? ¿En Las Barranquillas? Quiero vivir libre sin crearme necesidades que no vienen a cuento. Sois una sociedad enferma y no quiero estar ni un minuto más en ella. ¡Devolvedme a la selva!. Al final, y después de unos días en los que continuaron haciendo diferentes estudios, me devolvieron a mi poblado en el Amazonas, de donde nunca deberían haberme sacado. Poco a poco, fui recuperando mi ritmo de vida, eso sí, sin dejar de pensar en esa horrible sociedad que habéis creado en torno al becerro del oro. Os compadezco urbanitas...estáis locos de atar. |
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Cuando abrió la ventana el dinosaurio estaba allí todavía. La cerró y corrió al cuarto de baño, donde encontró al elefante en la bañera. Decidió meterse en el agua sólo con el paquidermo, que flotaba tranquilamente, entre las espumas, con su color azul y su eterna sonrisa. |
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La mano derecha de
Don Vincenzo Battaglia no acostumbraba a realizar personalmente este
tipo de gestiones y cualquier excepción a esta regla, implicaba una
orden directa del Gran Jefe. Por ello, no me molesté en explicarle que
llevaba dos años retirado, pues La Familia Battaglia sólo contempla la
jubilación, en caso de invalidez permanente o algo peor. Así
que sin rechistar, hice el petate y cogí el primer tren con destino a
la ciudad. Dos maromos,
grandes como la voluntad de nuestro Señor, me estaban esperando. Me
subieron a un coche negro como una noche sin luna y me condujeron a gran
velocidad hacia un parque de las afueras. Frankie me recibió con el
acostumbrado ceremonial de besos y abrazos, y sin mas preámbulo, me
preguntó con su voz aguardentosa: “¿Conoces
a Jimmy LaPaglia?” Podría haber
contestado “Claro Frankie, ¿no
es ese pedazo de cabrón al que todos llaman “Almorrana”, porque
hasta para su tío Don Vincenzo, resulta tan molesto como un grano en
pleno ojete?”. Pero, como hombre
prudente que soy, sólo respondí “Vagamente”.
Entonces Frankie
soltó la bomba: “El Don quiere
que te encargues de él” Hopa! Eso si que
era bueno. Jimmy llevaba años tocándole las pelotas al viejo, pero
este sentía debilidad por la madre del aquel botarate, su hermana
Luciana y se había jurado no herirla, despachando a nadie que hubiese
mamado de sus pechos. Frankie debió leer la sorpresa en mi cara porque
continuó diciendo: “Enterramos a la vieja el viernes pasado, Dios la tenga en su Gloria.
El Don ha pensado que no es bueno separarlos, teniendo en cuenta lo
unidos que estaban”. ¡Qué gran
corazón! pensé, mientras Frankie reía a gusto su chiste. Cuando hubo
recuperado el resuello, me explicó la verdadera razón de mi encargo. “Verás,
hace unos meses mandamos a Jimmy al Sur, a Robinsonville. Los dos
malnacidos que se encargan allí de nuestros asuntos, Vinnie Pippiolo y
Gino “El Cantante”, se estaban retrasando en los pagos. El Don quiso
darle a Jimmy la oportunidad de redimirse metiéndolos en cintura. El
muy cabrón no tardó ni tres semanas en ponerse al frente del tinglado
y nosotros seguimos si ver un pavo. Eso no es bueno para el negocio.
Podría cundir el ejemplo. Por cierto, los otros dos fulanos también
entran en tu lote. ¿Alguna pregunta?” ¡Maldita suerte la
mía! Yo retirado y de golpe me caen tres encargos. Contrariado como
estaba, me atreví a preguntar: “¿Por
qué yo, Frankie?, hace años que no...” “Vamos”
me interrumpió, y mirándome con sus ojos fríos como losas
del cementerio, añadió: “no irás
a decirme que te has jubilado ¿eh?”. Y con eso, contestó
a mi pregunta. Los dos armarios
roperos me llevaron de vuelta a la estación y me facturaron en el
primer tren para Robinsonville, no sin antes proporcionarme una maleta
que contenía todo lo necesario para mi tarea: varias armas blancas y de
fuego, un buen fajo de billetes para los gastos, las llaves de un coche
aparcado en mi destino e incluso, explosivos. Hay que reconocer
que los Battaglia hacían las cosas a conciencia. Don Vincenzo se había
cuidado de que su sobrino se mantuviera ignorante sobre su recién
adquirida condición de huérfano. Así que me bastó con divulgar, en
los foros adecuados, que el Don había enviado un emisario a la ciudad
con una propuesta negociadora para Jimmy LaPaglia, para que fuese este
quien diera conmigo. Me
recibió en uno de sus garitos, tan confiado y pagado de si mismo como
siempre. Yo había tomado la precaución de coger del maletín el mayor
pistolón que había (una automática del calibre 45, cromada para mas
señas) para que quien me cacheara, no tuviera que esmerarse mucho en
encontrarla. Aquellos palurdos
se tragaron el anzuelo con caña y todo. Una vez desarmado,
Jimmy me hizo pasar a su despacho, para tratar a solas la cuestión.
Todo iba a pedir de boca. Me ofreció una copa y se la acepté. Mientras
la preparaba, me dio la espalda sin dejar de parlotear sobre los lazos
de sangre que le unían al Don y lo conveniente que sería llegar a un
acuerdo satisfactorio para todos. Cuando se giró,
tenía las manos ocupadas con las bebidas y vi el momento de actuar. Lancé mis noventa
kilos contra sus escasos setenta, le tapé la boca con la mano izquierda
y con la derecha le hundí entre las costillas la navaja automática de
labrada empuñadura, que había escondido en mis calzones. Me miró
sorprendido, soltó los vasos y la mullida moqueta los recibió sin
ruido. Sin aflojar mi
abrazo y antes de que expirase, le susurre al oído: “La mala noticia es que tu mamá murió. La buena, que te espera para
cenar en el Infierno” Este tipo de
detalles, son los que dan prestigio en mi trabajo Lo dejé ensartado
como a un aperitivo sobre la tupida alfombra, le libré de la artillería
(un 38 mas de mi gusto que el aparatoso 45) y tras recoger su
agenda de la mesa, salí por la ventana, bajé al callejón por la
escalera de incendios y me alejé de allí, sin prisa pero sin pausa. Me llegue al coche
que había dejado a un par de manzanas. Sabía por mis informes que
Vinnie Pippiolo regentaba una casa de juego ilegal a las afueras de la
ciudad. Si conseguía reunirlo allí con su socio “El Cantante”,
podría liquidarlos a los dos en el mismo viaje y estar de vuelta en
casa para la hora del desayuno. La agenda me dio una idea. Busqué el número
de Gino y entré en la primera cabina que encontré. “Gino Bonardi al aparato” contestó una voz
de tenor que me hizo comprender el por qué de su alias. “Soy Vinnie. Han liquidado a Jimmy LaPaglia. Reúnete conmigo en mi
local” le dije lo
suficientemente rápido como para que no reconociese la voz, y colgué. Si Gino hubiera
devuelto la llamada, mi estrategia se habría ido al garete. Pero si
llamaba a Jimmy y le confirmaban que este era un pincho de fiambre, no
dudaría y saldría cagando leches para reunirse con Pippiolo. Todo parece indicar
que hizo lo segundo. Llegue donde
Pippiolo antes de que abriese el garito. Sólo dos coches en la entrada
y nadie vigilando. Era lógico, puesto que no sabían lo ocurrido y nada
tenían que temer. Dejé mi automóvil
discretamente aparcado en una alameda y preparé dos paquetes sorpresa
con la dinamita que había en la maleta. Me acerqué sigiloso a aquel
tugurio y coloqué los regalos bajo los vehículos, de forma que no
fuese difícil acertarles. Busqué un escondite entre unos arbustos y
esperé. El “Cantante” y
5 hombres de su orquesta, llegaron en un Buick color crema a los 20
minutos. Imaginé la sorpresa de Pippiolo cuando Gino le dijera que acudía
en respuesta a su llamada. Tras 10 minutos
salieron y subieron a los coches. Estaba claro que se olían la tostada
y corrían a atrincherarse con el resto de la banda. Sin dar crédito a
mi suerte, Gino y Vinnie montaron en el mismo coche, pero no en el de
color crema, que fue el primero en salir escopetado con 6 fulanos a
bordo, armados con metralletas Thomson. Antes de que
pudieran seguirles, disparé a los paquetes. Dos explosiones casi simultáneas
levantaron por los aires ambos vehículos envueltos en llamas. Salí de
mi escondite para comprobar que el encargo estaba hecho. Entre el
amasijo de hierros sólo un cuerpo se arrastraba penosamente. Era Gino
“El Cantante”, aunque me costó reconocerlo, ya que tenía la cara
desfigurada por el fuego. No
me gusta ver sufrir a la gente, así que me acerqué y le endosé un
pildorazo del calibre 38 en la cabeza, a una distancia no superior a un
metro. Fue un error. La parte de sus sesos que no se desparramó por los
suelos, vino a posarse en mis pantalones de 200 pavos. Sin tiempo para
lamentarme, salí pitando de allí antes de que regresasen los del Buick. Cuando llegué a la
alameda, ya casi había oscurecido. Limpié mis huellas del 38 propiedad
del difunto “Almorrana” y lo lancé con fuerza hacia unos setos,
para darle que pensar a la pasma. Una voz
aguardentosa sonó tras de mí y la sangre se heló en mis venas: “Buen trabajo, digno de un profesional como tú. Lástima
lo de los pantalones” Me di la vuelta
despacio. Frankie Bettegga me apuntaba con una escopeta de cañones
recortados, lo suficientemente cerca como para no errar el tiro aunque
Dios lo dejase ciego en ese mismo momento, cosa que no sucedió. “Don Vincenzo te manda saludos y quiere que sepas que
esto no es personal. Simplemente no podemos dejar impune la muerte de su
querido sobrino en una disputa entre bandas. Sería malo para el
negocio”
Y dicho esto, vació el contenido de la boquinegra sobre mi
vientre. Dicen que la vida
pasa ante tus ojos como en una película cuando estas a punto de morir.
No es cierto. Yo sólo veo como mis tripas intentan salir de paseo, a
través del amplio boquete que Frankie me acaba de practicar. Eso, y
todo lo sucedido desde que descolgué el teléfono hace un par de días
y tuve ese mal presentimiento. |
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Tras unos minutos sintiendo cómo el agua mitigaba el dolor de la última paliza, tomó la decisión más importante de su vida: escapar. Sí, escapar lejos, donde nadie la encontrase nunca, donde poder empezar de nuevo. ¿Por qué no?, se acabó la mujer sumisa y aterrorizada, la que siempre calla mientras se ahoga en sus propias lágrimas. Una segunda oportunidad, eso deseaba y eso se merecía. Se iría esa misma mañana, antes de que se hiciera tarde y él regresara a casa borracho como siempre. Dispuesta a huir e ilusionada con su insólito coraje, cerró la ducha. Pero al intentar alcanzar la toalla resbaló y su cabeza golpeó violentamente contra el grifo, salpicando de sangre la bañera. |
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Al día siguiente apenas recordaba nada y no le di mayor importancia. El sueño se repitió dos noches más. Comencé a preocuparme. Intenté
convencerme de que alguna historia percibida de forma inconsciente
durante los días pasados, había tocado algún resorte oculto en mi
mente y desatado el miedo a la propia muerte que todos llevamos dentro,
y que este se manifestaba en forma de pesadilla. Eso me tranquilizó. Pero tras una semana soñando todas las noches lo mismo, ya no sé que
pensar. A fuerza de repetirse, los detalles del sueño son cada vez más
nítidos y me asaltan incluso estando despierto. “Conduzco por una carretera que si bien no identifico, no me resulta
del todo desconocida. Transcurre por las inmediaciones de una sierra,
por lo que sin ser excesivamente sinuosa, tampoco es recta. En su
trazado abundad subidas y bajadas poco pronunciadas. El día es plomizo y el cielo tiene un tono azul antracita que augura
una inminente tormenta, pero todavía no llueve. Los campos son verdes y
de hito en hito se ven algunos árboles solitarios de gruesos troncos.
Encinas o Robles, no estoy seguro. De repente, en uno de los muchos cambios de rasante y saliendo de una
zona de curvas no demasiado cerradas, me encuentro un coche de frente.
Es un todo-terreno verde oliva con defensas metálicas en su frontal y
matrícula 2983 MRF. Su conductor, un hombre rubio de unos cuarenta y
tantos años, probablemente cansado de ir tras un destartalado furgón
que frenaba su marcha, se ha lanzado a adelantarlo entre dos zonas de línea
continua. No le da tiempo y se me echa encima. Intento esquivarlo dando un volantazo, pero al invadir la cuneta pierdo
el control de mi vehículo y este sale despedido dando vueltas de
campana. El cinturón de seguridad se me clava en el pecho y me mantiene
unido al asiento mientras todo a mi alrededor gira y gira.
Instintivamente me llevo las manos a la cabeza para protegerme de los
golpes. Uno de los solitarios árboles me frena en seco, oigo el crujido
de mi cuello al fracturarse y todo se vuelve negro. Estoy muerto.” Le he contado mi sueño a varias personas cercanas. Como es lógico me
han dicho que no me preocupe, que probablemente sea debido al estrés.
No obstante también me recomiendan que quizá, para mayor tranquilidad,
debería visitar a un especialista. Lo cierto es que no confío en los loqueros. Son demasiado aficionados
a solucionarlo todo con sedantes y narcóticos. Pero es una posibilidad
que no descarto. He de salir de viaje por motivos de trabajo. A un pueblo de la Sierra,
precisamente. Un sueño no va a alterar mi ritmo de vida. Además conozco al dedillo
la carretera y aunque hay un par de tramos que se parecen vagamente a
los de mi sueño, la semejanza es muy ligera y yo nunca he creído en
premoniciones. Salgo temprano, el sol luce con fuerza y eso me conforta, pero conforme
me aproximo a mi destino, las nubes van cubriendo el cielo.
Probablemente haya tormenta a causa del calor. Casi llegando, el indicador de combustible me señala que he de
repostar. Una vez me quedé sin gasolina en plena Autovía y no fue agradable.
Además me multaron. Así que decido parar en la primera estación de
servicio que encuentro. Detengo el coche y le pido al encargado de la gasolinera que llene el
depósito. El mío está a rebosar, por lo que me dirijo al WC a
desaguar. Cuando vuelvo, un todo-terreno verde oliva, con defensas metálicas,
está parado junto al surtidor de diesel. El gasolinero habla con un
hombre de unos cuarenta y tantos años y el pelo pajizo. Una arcada sube
por mi esófago cuando veo la matrícula: 2983 MRF. No me da tiempo a
llegar al water y vomito hasta la primera papilla sobre unos romeros.
Por suerte nadie me ve. -
¿Se encuentra bien?, está usted muy pálido
– me pregunta el encargado mientras le pago apresuradamente la
gasolina. -
Si, si. No es nada, creo que algo que comí no
me ha sentado bien – le contesto atropelladamente. Lo cierto es que sólo
quiero salir cortando de allí. De nuevo en la carretera, intento sosegarme.
“Vamos a ver” – me digo en voz alta – “Ese cabrón iba en
dirección contraria, luego ya te lo has cruzado. Será una casualidad y
además, tu no eres de los que compran lotería cuando sueñan con números.
Lo que tienes que intentar es llegar al pueblo, hacer lo que tienes que
hacer y volverte por donde has venido” Pero una voz en mi interior me dice “No, por donde has venido no. Ese
podría hacer el mismo viaje que tu, pero a la inversa, y te lo cruzarías
de nuevo a la vuelta.” Esto es de locos, lo reconozco. He despachado mis asuntos y el cielo es ahora plomizo, pero aún no
llueve. No me gusta un pelo todo esto. Por un momento dudo; podría
demorarme un rato y esperar a que caiga la noche. En mi sueño nunca es
de noche. Pero entonces podría cogerme la tormenta y sería peor. No,
no voy a modificar mis planes por una puta pesadilla. No estoy tan
grillado. Subo al coche. Arranco y enfilo hacia la salida del pueblo, pero voy
tan ensimismado en mis pensamientos que al llegar a la primera
encrucijada, no tomo el camino de la derecha, por el que vine,
sino que sigo recto en dirección al pueblo vecino. Esto me supondrá
hacer 30 Km más por una carretera que no conozco, pero algo en mi
interior me impide dar la vuelta. Me alejo de la Sierra entre verdes campos, salpicados aquí y allá por
frondosos árboles solitarios. Son encinas centenarias. No veo a nadie más
en la carretera, que sin ser muy sinuosa, tampoco es recta. Cada vez que
llego a lo alto de las pequeñas cuestas que se suceden en mi trayecto,
el corazón me golpea el pecho como queriendo salirse. “Tranquilo –
me digo – es sólo un sueño. En cuanto llegues, llamarás a un
profesional y él lo espantará, seguro”. Súbitamente, a la salida de una curva en
pendiente, todo lo que veo me resulta tan familiar como mi imagen en el
espejo: el furgón destartalado, las defensas metálicas sobre el fondo
verde oliva, el pelo pajizo del conductor, 2983 MRF... ¡¡ Joder, joder
!! Volantazo, vueltas y vueltas, arriba es abajo y abajo es arriba,
crujir de huesos... Oscuridad. A veces sueño, que sueño que muero y al final de
ese sueño, muero... >> |
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Se acercó a mí, yo escudriñaba (o eso me creía
yo), me olió, pensó en posarse, me sedujo, guardó las distancias. Volvió a su importado vuelo, con sus diminutos
ojos apuntándome, era evidente, se fijaba en mi, volaba y me
miraba hacia atrás, como un ciclista escapado. |
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Yo no suelo escribir. Es algo que, la verdad, nunca me ha llamado la atención, pero hoy, hoy me apetece hacerlo. Quizás sea por inspiración, quizás sea por que los astros se han alineado, quien sabe… Escribo por que pienso que es una manera de abrir el corazón, aunque sea solo a un simple folio en blanco, y ¿quien dice que un folio en blanco no puede ser profundo? ¿Lo dices tú? En fin, puede que mañana no este aquí, si, es duro viajar sin parar, sin ninguna meta concreta, si pudiera volver atrás, ¿me preguntarías si quería estar sola? Tú mismo tomaste la decisión, tu te llevaste la única familia que me quedaba, ¿egoísta? ¿Yo? Quizás si o quizás no, no es fácil estar sola…. Espero que donde quiera que estés, te llegue esta pequeña carta sin remitente ni dirección, yo continuare con mi viaje, en busca de… Quien sabe, algo nuevo, algo diferente… Hasta siempre Papa. Inés. Y sellando la carta la dejo bajo aquel árbol solitario e Inés emprendió su gran viaje en busca de ella misma… |
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Estaban
juntos, después de haberse vuelto a encontrar, desde hacia muy poco
tiempo, dos o tres años, como mucho. Para los dos había sido un nuevo
comienzo. Se hicieron novios, y, desde entonces, se veían a diario y
paseaban de la mano por la ciudad. Nuestra calle, el Parque, el
Centro... Te los podías
encontrar en cualquier lugar de esta pequeña localidad. Cuando
llegaba la noche, a eso de las nueve o las diez, le daría un beso en la
mejilla y la dejaría en el portal de casa. Después se marcharía a la
suya contento de esa nueva felicidad. Ella, Laura, venía de un matrimonio roto, de años de insultos, vejaciones, palizas. Había llegado a la separación después de más de treinta años de sufrimiento, soledad y tristezas. Sus tres hijos y la presión familiar le habían hecho tolerar más de lo que hubiera debido. Él, Javier,
había tenido un matrimonio tranquilo y se podría decir que feliz.
Treinta y cinco años casado y dos hijos. Era un hombre sosegado y en
paz. Se
conocían desde la infancia, de la calle, de su calle, los dos vivían
en la misma. A Javier le gustaba Laura desde entonces, cuando ella era
todavía una niña y él era un joven que pronto se casaría. Después
habían pasado muchas cosas, el trabajo en Barcelona y Francia, los niños,
el tiempo... Cuando
volvió a su ciudad, a su calle, Laura estaba allí, seguía viviendo en
el mismo lugar. La veía a menudo, con cara triste y una gran palidez. A
los pocos años, ella, agotada y harta, se atrevió a separarse. No fue
su marido quien peor se lo tomó. Su familia, la de ella, la acusó de
todo. La culparon de esos años de dolor y rabia soportados junto a
alguien a quien había llegado a temer. Laura
y Javier se encontraban a menudo y comenzaron a desayunar juntos, a
hablar, a comer juntos, a hablar, a pasear juntos, a hablar.... Laura
sentía que por primera vez, después de tantos años, alguien la
escuchaba y ponía interés en lo que ella contaba. Comenzó
a arreglarse, a maquillarse, y, pronto, le cambió ese gesto de tristeza
que había arrastrado durante más de treinta años. No estaba segura,
pero aquello era algo parecido a la Felicidad. Se
hicieron novios, pero los hijos y la familia, de ella, no le permitieron
que se fuera a vivir con Javier o que se volviera a casar. A
Laura no le importó, saldría con Javier cada día y pasearían de la
mano por toda la ciudad. Ella se pondría su mejor ropa y se arreglaría
para él. Por la noche se despedirían con una sonrisa y un beso en la
mejilla. Hoy
es el cumpleaños de Javier y ella está nerviosa porque no sabe qué
regalarle. Cumple setenta y tres, doce más que Laura. |
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4 O algunos abrazos de emergencia |
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3 Tu trinchera: el dormitorio La mía: la cocina El salón: Los dos ejércitos más poderosos Las armas: sentimientos que se clavan |
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2 Mirar por la ventana |
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1 Pones un pie en el primer peldaño Y ya empiezas a notar en el estómago Las diez mil mariposas asociadas A esta caída libre hacia arriba Demasiado pronto para hacer cualquier cosa Con la intuición de un compromiso Sin más futuro que la carencia de pasado |
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Eran
muy alegres todos los colores de la ropa que exponían para la venta en
la sucursal local de la famosa cadena de confección gallega, además
habían cientos de modelos de faldas, pantalones, camisetas, blusas y
del resto de nombres que sólo saben nombrar los estilistas y la gente
que sale en los programas de televisión. La
cosa era sencilla, el típico intercambio de bienes y servicios por
cantidades variables de capital, tú pagabas en metálico o con la
tarjeta de crédito y te llevabas la cantidad que quisieras. Entonces
sucedió algo curioso, la aparición de una tendencia que era hacerte
los diseños y la confección de tu propia ropa. Al cabo del tiempo eso
siguió manteniéndose porque había llegao a bastante gente y ya era
bastante costoso darle colores y cortes distintos a la ropa que me hacía, con lo que opté por hacer un diseño único de falda con
chaqueta de color gris claro para toda la ropa que salía de mi pequeño
taller. Lo
asimilé como algo natural al comprender lo que cuesta realizar
cualquier prenda, y al tenerlo ya interiorizado lo seguí haciendo sin
problemas ni disgustos. Supongo que si algún sistema tipo soviético
nos hubiera puesto en esta situación se hubiera rechazado con toda
seguridad y es que esta mujer tiene una cosa clara...tenemos lo que
queremos y lo que nos merecemos. Tras
haber ido a los conciertos que dio La Polla Records en Tobarra y Almansa
en agosto, había llegado el día del histórico concierto en Albacete
en la feria 2003, era increíble y no me lo podía creer, por fin algo
que me apetecía que pasara. Era fantástico: el entertaiment merecía
la pena, Albacete por fin merecía la pena, todo era maravilloso. La vie
en rose. |
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Quiero Y espero ( Sentaito en la cama |
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“Era
una fría mañana de Noviembre...
-(Hablando para sí mismo). Joder, este comienzo es demasiado típico.
Pensemos en un comienzo más original, a ver... (Desde
el salón) “María
Eugenia, escúchame por favor, nezezito saber quien es el padre del hijo
que esperas, nezezito saber si mi hermano es el padre de esa
criatura...”
-(Gritando). ¡ Begoña, cierra la puerta hostias! ¿No ves que
estoy intentando escribir un relato corto para un concurso? Begoña:
(Acercándose al umbral de la puerta y sosteniendo el picaporte con una
mano. Actitud amenazante).
-¿Otro concurso? Si nos dieran un euro por cada concurso
literario al que te has presentado ya, podríamos poner el aire
acondicionado en nuestra casa y a todo el edificio también. Javi:
Ya empezamos con el aire acondicionado de los cojo... Begoña:
(Señalando amenazante con el abanico cerrado y borrando de repente la
sonrisa irónica que dibujaba su cara.)
-Más vale que estuvieras buscando trabajo, que nos quedan sólo
dos meses de ayuda familiar. Y deja la puerta abierta (dando un empujón
a la puerta para abrirla aún más) que, ya que no tenemos aire
acondicionado, que corra el aire chaval. Javi:
(Dejando el bolígrafo y dándose media vuelta malhumorado)
-Bego, por Dios, si tienes puesta la telenovela con el volumen a
toda leche. ¿Cómo quieres que deje la puerta abierta? Begoña:
Bueno Javi, vale, déjame tranquila, prefiero asfixiarme de calor a
seguir escuchándote. ¡Plaffl (portazo) Javi:
(Hablando sólo)
-Anda tira.., a ver tu culebrón, pesada, que eres más pesada..
.Bueno, vamos allá. “Era
una fría mañana de Otoño, Maria observaba plácidamente las
tonalidades ocres de las copas de los chopos que saludaban a través de
su ventana... -Joder,
esto empieza bien. ¿O queda muy cursi...? (Desde
la televisión de la sala) “Pedro
Alfonso, te digo que el niño que llevo en mis entrañas es tuyo, sólo
tuyo mi amorr (Ahora
soltando el bolígrafo con brusquedad)
-Me cago en... ¡Begooo! ¡Baja la tele, coño! (Abriendo la
puerta de nuevo y en un tono más flojo) Baja la tele un poco, tía. Si
no por mí por los vecinos. Vas a acabar sorda como tu madre. Además,
no entiendo cómo puedes tragarte esa bazofia. Begoña:
(Recostándose en el sofá y abanicándose en actitud indiferente)
-Que me dejes niño! Sigue escribiendo tonterias y no me des la
tarde; yo veo lo que me sale del... Plaff (portazo de la puerta que
interrumpe la frase) Javi:
(Soltando el picaporte de la puerta con furia)
-¡Que te den! Begoña:
(Gritando desde el salón a través de la puerta)
-Si no te hubieras comprado el puto ordenador ya podríamos tener
aire acondicionado y nos ahorraríamos estos problemas. Javi:
(Para sus adentros)
-Ya empezamos con que la abuela fuma. (Respondiendo
también a través de la puerta, ya sentado sobre su escritorio
-Sabes de sobra que mi padre me dio ese dinero para el ordenador,
que es más importante para mi. Begoña:
Tu padre es igual que tú, un calzonazos y un flipao que le gusta ir de
intelectual por la vida. Javi:
(Abriendo la puerta furioso)
-Bego, no te metas con mi padre que... Begoña:
¡Que. . .qué! ¿Eh...? ¡Qué! (incorporándose en el sofá y cerrando
el abanico violentamente). Gracias a que tu madre se ha pasado media
vida trabajando en el hospital, habéis podido salir vosotros adelante,
porque si por tu padre fuera... Javi:
No te soporto esta tarde tía, a veces pareces un loro de feria
y... Los
vecinos de abajo: (En el sofá viendo la televisión) |
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Esa historia que puede ser común, que cuenta que viven en un barrio de los que te encuentras esas tiendas pequeñas que venden un poco de todo y donde se discuten los céntimos de euro de los precios, de esos donde los muros de ladrillo se inundan de pintadas. En este escenario Macarena descubrió que con diecinueve años llevaba una vida dentro y que estaba sola, su novio y ella cortaron la relación antes siquiera de sospechar ella que su vida cambiaria tanto. Allí esta, en el parque. Gisela esta asustada por las cámaras y por descubrir que su casa esta invadida por unos extraños que no hacen mas que llenarla de cables, pero no pasa nada, ahora ya en la cocina su madre le da un petit-suisse y ella se tranquiliza paladeando algo conocido de todas las tardes después del parque. Su madre cuenta a los extraños ahora como es su vida de joven madre soltera, dice que a veces siente envidia de las parejas que ve todos los días, pero sabe que no cambiaria a Gisela por nada del mundo, que esta feliz con su situación y que su ex novio no entra en su vida. Ese ex novio que el tono de la piel de Gisela dice que es moreno y probablemente extranjero. Seguramente Macarena ya no podrá hacer muchas cosas, y ella lo sabe y lo dice, y cuando lo hace mira a Gisela y su cara es iluminada por una sonrisa, se la ve feliz y fuerte en su cariño, sabedora de que ella dará a Gisela una vida feliz en el parque y la merienda de todos los días, y mas tarde en los suspiros de amor infantil hacia algún cantante de moda, y cuando le diga que le gusta un chico de clase. Su poca diferencia de edad será su cómplice en su entendimiento cuando Gisela crezca y Macarena también, ya que ella no hace muchos años también iba al parque a tirarse del tobogán. No pasa nada, los extraños se iran y ellas juntas volverán mañana a repetir sus tardes, y las veras en el parque. Si no las conoces podrás pensar que son hermanas, ellas dos se reirán conocedoras de su unión cuando Macarena le da a Gisela un beso de buenas noches. |
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En la feria hay muchos peligros y precisamente empecé a ir a la feria 3 días después de su apertura. ¡Un sábado! Era de locos; y más de locos si vas con el coche: una hora para aparcar. Fuimos lo primero a ver a un amigo que tiene un chiringuito, yo me puse a atrapar moscas con un vaso (¡el vaso era gratis, qué chollo!). Volví a la barra de mi campaña contra las moscas sin ningún prisionero (ea), y de repente un dedo asesino fue contra mi ojo (por cierto, el dedo asesino incontrolable era de mi madre, ¡lo que hay que ver!). Me llevaron al hospital, donde me hicieron una sopa en el ojo(no sé si me metieron cien o doscientos líquidos diferentes), salí con el ojo vendado y todo el mundo me miraba (¿me habrían confundido con la terrible pirata Morgan de la isla de las cabezas cortadas?). Estoy segura de que el dedo peligroso sigue suelto, ¡cuidado! ¿A que eso sólo pasa en la feria? |
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Oscurecía
cuando salíamos de la placeta, calle abajo. Íbamos más allá de la
gasolinera, en los rastrojos aquellos había dejado el abuelo el mulo, a
Voluntario. Y allí lo encontrábamos pastando tranquilo y lento, que así
había también que acercársele para que no se asustara. Voluntario era
eso, voluntarioso y apacible, huesudo y tripón a la vez, que nunca
entendí que se le notara tanto la columna vertebral y que tuviera una
tripa tan grande a la vez. Yo ya le conocí mulo viejo, pero ahora que
me veo en el tiempo, no lo concebía de otra manera. Tratándose del
“caballo” de mi abuelo, tenía que ser tan viejo como mis abuelos,
por fuerza. Cuando
le traíamos por el borde de la carretera, de vuelta al pueblo, al
corral, había que tener cuidado con los coches, le asustaban las luces
y el ruido que hacían al pasar. Mis abuelos siempre estaban pendientes
de que no me retrasara y me pusiera detrás de él. Si se asustaba podía
dar coces, y eso era muy peligroso si estabas detrás de él. Había
noches en las que íbamos la abuela y yo solas a por Voluntario, otros días
íbamos los tres; el abuelo, la abuela y yo. Los menos me iba yo sola
con el señor Precioso, y las más se iba él sólo. A mí me gustaba el
olor a arena y paja seca de los rastrojos, el olor a verano, y ver cómo
se iba haciendo de noche mientras llegábamos a dónde estaba Voluntario
y cómo volvíamos para el pueblo ya de noche. Mientras
salíamos preguntaba dónde habían dejado ese día a Voluntario
pastando. Cada día el abuelo lo ponía en un sitio. Casi siempre donde
os decía antes, pero otras lo dejaba por el “desmonte” cuando allí
no había ni merenderos ni corrales. Y cuando ya nos llegábamos al
margen de la carretera miraba a lo lejos los rastrojos para contar los
mulos que, como el nuestro, habían dejado comiendo paja de rastrojos. Les
dejaban con el arnés sujeto a una cuerda que se ataba a un clavo de
hierro muy grande, o a mi me lo parecía entonces, que se clavaba en la
tierra a poca distancia de dónde estaba el animal. Así el se podía
mover alrededor del clavo, comiendo toda la paja que estuviera a su
alcance. Ya se aseguraba el dueño de poner al mulo en un sitio donde
hubiera bastante que comer. Eran
los paseos nocturnos que yo aprovechaba para ir midiendo lo que me
quedaba para se más alta que la abuela y para no dejar de asombrarme de
lo silencioso y serio que podía ser mi abuelo. Voluntario
dejó la cuadra vacía hace tiempo, y mis abuelos dejaron la suya, su
casa, también vacía hace unos años. Yo
sigo yendo a por Voluntario, en compañía de mis abuelos, cada vez que
me llega el olor a verano. |
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---la barra de pan I--- harina. ------------------------------------------------ ---cuando de repente alguien en un momento dado va, y llama a tu puerta---- ya vooooooy!!! ----------------------------------------------- ---la barra de pan II--- sal. ------------------------------------------------ ---el flechazo--- Iba un chaval andando (chandal azul no me preguntes por qué), cuando de repente...,un flechazo!!!. Murió desangrado. Pobre. ------------------------------------------------ ---la barra de pan III--- agua. ------------------------------------------------ ---la banda sonora (original, eh?)--- Niiiiiiiiiaaaaaaaaaaaaaaa noniiiiiiaaaaaaaaaa, ninonieeeeeeeeeroooooooooo, niiinoniaaaaaaaa. chiiiin poooooon!!!!. ------------------------------------------------ ---la barra de pan (el desenlace)--- Veinte minutos de cocción. ------------------------------------------------ ---En un ascensor (el dilema I)--- Me lo tiro. No me lo tiro. ------------------------------------------------- ---el consejo--- me dijo una vez mi abuelo: "lo bueno si es breve, es sexo" y murió de amor. ------------------------------------------------ ---Obra de teatro--- CULO: La belleza está en el interior. NARIZ: 'Pos' estamos 'apañaos'. (aplause) ------------------------------------------------ ---En la primera cita (el dilema II)--- Me la tiro. No me la tiro. -------------------------------------------------- ---Crónica de un arrastrado--- Lágrimas de cocodrilo de tus ojos de serpiente provocadas por una lagarta. (lengüetazo al aire) -------------------------------------------------- ---la prima fea (No hay dilema que valga)--- No me la tiro. --------------------------------------------------- ---un chicle en mi zapato--- De qué sabor será?. ----------------------------------------------------------- ---la paella--- 'Pos' una cosa te 'via' decir... hay que tener encanto para estar llena de granos y que lo mismo te coman el conejo que te coman el mejillón. |
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El roacutan no es ningún estupefaciente, ojalá mi problema hubiera estado relacionado con sustancias altamente adictivas que únicamente hubieran destrozado mis neuronas. El roacutan es un medicamento contra el acne, que bajo la apariencia de una inocente pastillita esconde el más peligroso de los efectos secundarios, la ¡SOBRIEDAD!. En clave de archivo de texto, van a desfilar ante vuestros ojos un sinfín de despropósitos, la falta total de cualquier tipo de valor y escala moral, en definitiva la destrucción de la sociedad occidental, no exagero ni un ápice. Si yo he tenido agallas para escribir mi pesadilla personal, os pido que no flaqueéis en vuestra voluntad por leer este texto por muy duras y patéticas que puedan resultar estas líneas. Antes del tratamiento yo era un muchacho normal, bebedor, mal deportista, nunca había destacado en nada, pero todo esto se iba a truncar, los tiempos felices iban a volar y todo por el mil veces maldito roacutan. Yo era un chaval con granos, un problemilla en una sociedad superficial donde el físico prima, así por una cuestión más de vanidad que de salud decidí ir al dermatólogo, fue el principio del fin, allí el doctor me hablo de un medicamento en fase experimental, que solo se había probado en monos suizos ( por el chocolate que ingieren) y que por el parecido físico podría valerme. Agradecido no entendía que la firma de esa receta iba a suponer en realidad la firma de mi sentencia de muerte, cuando me disponía a salir de la consulta y justo cuando di la espalda al doctor, este aprovechando el descuido y en un acto de cobardía me disparó a quemarropa con las siguientes palabras ( léanse en cámara lenta para una mayor dramatización) “Nada de alcohol durante el tratamiento”, mis piernas fallaron mi garganta se secó, balbuceé unas palabras “ h`i#j¬o p8u]ta “ y huí. A partir de ese momento mi vida perdió cualquier tipo de sentido, entré en una vorágine de autodestrucción progresiva, un estado caótico que se adueñaba de mi razón, ya no era yo, era otra persona. Mis padres y mis amigos estaban asustados “¿que te ocurre bonico?” era lo único que alcanzaban a decir, los pobres no podían soportar la idea pero la realidad estaba allí: me había convertido en un hombre amable, tranquilo y cariñoso, mi vida se derrumbaba. Mis amigos intentaban reanimarme, intentaban que volviera a ser ese ser alcohólico, pasional y violento, pero todo estaba perdido, el circulo se cerraba y no conseguía escapar. Mi enfermedad se agravaba y se desarrollo hasta extremos insospechados, me convertía poco a poco (y lo más triste es que no me daba cuenta) en un hombre sano, y aunque suene duro reconocerlo, en todo un deportista. Mi caída no tenia freno y el punto álgido llego cuando me presenté al campeonato de España de atletismo, en ese momento mi achaque parecía incurable pero ocurrió el milagro, llegue el último por detrás incluso de los minusválidos, no todo estaba perdido y el apellido de mi familia todavía no estaba mancillado. Poco a poco con el apoyo incondicional de mi familia y las drogas blandas pude ir saliendo del bache, las mujeres dejaron de prestarme atención, la gente dejo de señalarme por la calle y parecía que a nadie ya le importaba mi oscuro pasado. Así y casi sin darme cuenta termino la medicación. A día de hoy se puede decir que estoy totalmente recuperado ante el alcohol y ante la sociedad, vuelvo a ser ese ser anodino, insulso y vulgar que nunca debí dejar de ser, y todo ello se lo debo al alcohol. |
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