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Estos son los relatos que se han presentado por el momento al III Certamen. Aunque el plazo esté terminado se admitirán los relatos que lleguen hasta la entrega de premios. RELATOS
PRESENTADOS
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Cuándo cogió el café
que la camarera les había servido, su temblor en la mano aumentó hasta
tal punto, que se vertió el café encima de la cara camisa y la cara
corbata que su hijo le había comprado recientemente. Para el hijo, eso
ya fue el colmo. Se levantó de la mesa y lo señaló, acusándolo de no
haberle escuchado y de
haberse tirado el café encima de esa lujos ropa a propósito, pues
estaba claro que un padre como el suyo, tan anarquista, no disfrutaba
viendo que su hijo hubiera llegado tan alto en la escalera social de la
comunidad. Un ta-ta-ta constante
con sus extremidades era el único sonido que Juan se veía capaz de
hacer. El hijo, una vez deshinchada su yugular, se sentó y calló. Fue
en ese momento en el cual intervino la mujer del hijo de Juan. Empezó a
acusarle también, pero ella se mostraba algo más relajada y permanecía
sentada. Le criticaba el hecho de que los paseos con su nieto, por más
bien que le hicieran en su enfermedad mental, eran perjudiciales para el
crío, pues además de inculcarle tan alocadas ideas, le estaba haciendo
coger miedo a los automóviles, a las alturas y a las cosas altas que
rodaran. Se quejaba de que el niño ya no quería ir a escuela en coche
sino andando, de que no podían llevarlo a la nieve ni a las montañas y
que todo eso que rueda, como por ejemplo el carrusel que viene siempre a
la ciudad en motivo de las fiestas, le atemorizaban. “Así no hay
manera de que esté con otros niños, ya sólo quiere estar con su
abuelo”, decía la nuera. Y le acusó de haberlo manipulado y robado a
su nieto. El abuelo, al oír eso, intento recordarles que el niño no
necesitaba tutores que le dijeran que hacer. “¿Cómo dices?” le
preguntó el hijo de Juan. “Creo que ha dicho que el niño no necesita
padres”, ayudo la mujer del hijo. Todas las venas del
cuerpo del hijo de Juan empezaron a hervir. Se puso de pie, dejando
caer, ante tan brusco movimiento, la silla en la que se sentaba. Juan
intentó mirar a los ojos de su hijo, para así parecer que podía
escuchar lo que éste decía, pero le era imposible. A ojos de Juan, su
hijo empezaba a estirar la cara, a deformarse. Cambiaba el color, la
expresión era claramente amenazadora y eso hizo que el anciano aún
viera más deformidades en la expresión de su hijo. Intentó buscar
alivio en esas alucinaciones que era consciente que estaba sintiendo
(aunque el rostro del hijo de Juan asustaba a cualquiera), dirigiendo su
mirada hacia el rostro de su nuera. A esta la vio sonriendo, quizá
encantada con la hombría que demostraba su marido, y ya no quiso
encontrar ni alivio en las demás gentes que miraban la escena en ese
bar, pues seguro que también reían. Al final, tuvo que buscar auxilio
en el ventilador, y arriba fue dónde miro. No pudo sostener más
esa situación, y decidió cortarla drásticamente. Cogió dos cuchillos
que reposaban encima de la mesa y los levantó por encima de sus
hombros. -Voy a acabar con todxs de una vez por todas.- dijo Juan. El hijo se quedo blanco,
al igual que la mujer de éste, no esperaban esa reacción, al fin y al
cabo, después de tantas discusiones más fuertes que esa, Juan ya debería
haberse acostumbrado a ellas. El anciano miro con cara angustiada y
frunciendo el ceño a su hijo y a su nuera, clavó los dos cuchillos
encima de la mesa con gran fuerza, se ayudó de ellos para subir encima
de ella, se apretó con fuerza el nudo de la corbata para que pudiera
sobrarle un trozo de esta. Puso la mano entre hélice y hélice del
ventilador hasta lograr pararlo, con el trozo largo que restaba de
corbata hizo un nudo en una de esas hélices y lanzó una patada contra
los cuchillos que gobernaban la mesa, esta cayó al suelo, y Juan quedó
rodando colgado del ventilador. |
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Piedras, cieno, estiércol. Barbaridades naturales de un mundo. Religión, política, esclavitud. Barbaridades artificiales de un hombre. Caerán mil, dos mil, o tres mil. Sobre un lecho de flores azules, perderán la vida de mierda pero ganaran un futuro de libertad. Nunca han ganado los callados, los inmóviles, los conformistas. Solo han penado, miseria y miseria, hambre, rabia, dolor, impotencia. No hay animal más sumiso ke el hombre. Solo el hombre tiene miedo a morir solo. No hay vedad que invente el hombre más mortal que su suicidio. Buscamos ideas, pensamientos, vidas. Buscamos caminos limpios de piedras. Buscamos mares limpios de cieno. Buscamos campos limpios de estiércol. Pero encontramos: Religiones opresoras dirigiendo la vida. Políticos tirando y encogiendo los hilos. Esclavitud; en una mísera palabra. |
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En la fresca penumbra del recóndito cuarto de una casa perdida en la lejana Mali, un hombre lee por enésima vez comentarios de Aristóteles en un libro que hace siglos reposaba en los anaqueles de un palacio de Almería. Es el mismo libro. El mismo olor a humedad. El mismo silencio. |
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Llegamos al principio de la tarde, solo cuatro personas que nos
ven desde un par de kilómetros, solo un perro que nació para la compañía
y nos ladra sin comprender que faltan meses para que alguien
nuevo vuelva por allí. Nada como el sentido del humor define a
un pueblo, una de las tres ancianas nos recibe diciendo : “¿Qué buscáis
los bares y las Discotecas?”. Después las otras dos se incorporan a
la conversación y del humor se pasa a la nostalgia sin rodeos: “ya no
vivimos aquí” “yo hasta los veintitrés pero me casé en Pozohondo”
“antes vivían muchas familias pero ya no viene nadie...”. A
una de ellas se le llenan los ojos de lágrimas y quiere vomitar todos
los recuerdos de hambre, de posguerra y de señoritos de poder absoluto,
pero las otras dos le hacen desistir como si no quisieran hablar mal de un muerto
en su velatorio. Nosotros no hurgamos en la herida aunque sabemos bien
esas historias de tanto oírlas, sabemos que la aldea de al lado se
llamaba El Campillo del Hambre, y que Franco en una de sus frecuentes
cacerías acompañado por toda la recua de millonarios holgazanes de la
zona, hizo que se lo cambiaran por el de Campillo de la Virgen, alegando
que en España no había hambre, conocemos las fincas de ilustres
propietarios que rodean la aldea donde generaciones de desheredados
trabajaron de sol a sol desde la infancia hasta su último aliento. Por
fin el único hombre entra en el breve debate para zanjarlo: “aquí el
único listo fue San Ildefonso que se marchó justo antes de que se
hundiera su Ermita”. Las
mujeres ríen a coro
relajando el ambiente y nos explican que cuando el pueblo se quedó sin
gente trasladaron la imagen de San Ildefonso al Campillo y que esa misma
noche la ermita se vino abajo, dejando el mismo día sin sentido al
nombre de la aldea y sin Santo a los menesterosos que aguantaron allí.
Las mujeres se despiden por que van a coger collejas, no sin
advertirnos que no entremos en las casas abandonadas por que ha llovido
y se pueden hundir, el hombre se sienta en una piedra de alisar las
eras, el perro sigue ladrándonos como si hubiera algo que proteger.
Pedregal que lapida la memoria sin retorno posible, el más selectivo de
los bombardeos, con explosivo de olvido y metralla de viento, ha
reducido a ruinas las casas donde nacieron y murieron tantos, las
calles, con sus nombres y sus números, los corrales ahora silenciosos,
los llantos de los niños, el jaleo de las fiestas, los nombres, los
motes. Qué absurdas son las puertas de las casas a las que les faltan
paredes, las aldabas para llamar a nadie, los tejados que no guarecen,
los bancos de piedra donde ninguno sale al fresco. El perro ya no nos
ladra, el viejo no se despide y mira absorto el horizonte sembrado de
molinetas, ahora solo se oye el viento que pronto descarnará otro muro
u otra teja, antes de perderlo de vista vuelvo la cabeza y te canto
aquello de Yupanqui: “..no necesita silencio ya no tiene en quien
pensar...” |
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Los
tenemos de todas clases: desde los sencillos bilabiales simples, que
rozan suavemente la mejilla o se rompen discretamente en el aire como
una burbuja, hasta los más sofisticados que requieren la intervención
de todos los dispositivos bucales. Muy
socorrido es el bilabial compuesto, en el que los labios chocan
frontalmente sin reclamar una atención excesiva o tediosa; resulta
adecuadísimo para personas que disponen bien de poco tiempo, bien de un
interés limitado.
El labiodental exige una posición afectiva más intensa entre los
intervinientes, y se recomienda como preámbulo de placeres mayores.
Para esos momentos tan especiales (y a decir verdad, a veces tan
escasos), ustedes disponen de una amplia selección de besos linguales,
bilinguales, palatares y alveolares, que se sirven con mayor o menor
volumen de saliva, y más o menos aparato de sonidos oclusivos,
implosivos, sonoros o sordos, dependiendo tanto de los gustos del
cliente como de sus rasgos maxilofaciales. No
malgasten su dinero esta Navidad. Regalen
besos, señores, señoras, y sorprendan agradablemente a sus parejas,
amigos y familiares. El mayor surtido mundial de besos está ahora a su
alcance. Venga y compruebe personalmente
la calidad y variedad de nuestros productos; no le quepa duda que
encontrará el beso que mejor se ajusta a sus necesidades, inclinaciones
o estado civil. Precios
a convenir. |
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Ya hay que pagar hasta para morirse, y además tienen la
desfachatez de venir a decírtelo a tu casa. Después de otro monótono,
aburrido y alienador día de trabajo, y del molesto, pesado y extenso
graznar del vendedor de seguros, que tanto me ha hecho acordarme de mi
inevitable final, nada me viene mejor que bajar al bar a tomarme unas
cervezas y fumarme un cigarrito para inhibirme de este agotador día que
se repite diariamente. Llego tarde al bar,
los ánimos allí están calmados. Hoy poca gente, como siempre,
y mientras algunos discuten, y algún otro está apoyado con la cabeza
en la barra ausente de todo su entorno, yo miro atento un reportaje
sobre como las drogas matan el cuerpo y la mente de las personas. El
camarero (camello de alcohol, como dicen “the kagas”) no tarda en
cambiar de canal, pero lo poco que he visto y la automática relación
que surge entre el modo de matar de las drogas y el modo en el que muero
día a día me hace reflexionar (pues hoy es un día extraño, ¡estoy
pensando más de lo habitual! :
¡¡¡Cómo tenemos montado el mundo!!! No solo matamos nuestra
mente según pasamos los días trabajando en cadena o estudiando en
batería, (sin tener en cuenta que trabajando también podemos someter
el cuerpo hasta su destrucción) para poder ganar un puñado de dinero e
ir viviendo a medias. Sino que además, ¡¡¡gastamos ese mismo dinero
en cosas que aceleran nuestra muerte -mental y física-!!!: drogas para salir de fiesta,
medicamentos que nos manda el psiquiatra para aceptar este mundo, comida
basura, alimentos transgénicos, armas, productos que acaban con la vida
de este planeta, artículos inútiles varios.....
Intentamos evitar la realidad evadiéndonos de ella a toda costa
y cuanto más tiempo mejor. Resulta que si nos gastamos el dinero en
cosas que nos matan, encima vivimos en la sociedad más consumista que
jamás ha conocido la historia. Pasamos todo el día muriendo... (¿o
suicidándonos?)
Poco a poco somos nosotr@s l@s que nos precipitamos a la muerte,
asimismo la gente tiene miedo de la muerte (más que nada a la muerte física)
como si fuera algo horrible. Si el tonto teme a la muerte; el loco la
busca y el sabio la espera ¿a dónde hemos llegado?
Parece mentira poder pensar todo esto en un antro como éste,
ahora solo pienso en pagar lo que me queda por pagar y escapar cuanto
antes aquí.
Reflexión final: ¿será por eso que cuando somos niñ@s
y menos nos preocupamos de cómo ganar y gastar dinero, es cuando
más felices somos? |
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Aunque no te lo diga las casetas del paseo escriben libros con tu nombre y tu historia pero sin apellidos Aunque no te lo cuente cuento contigo siempre que andas camuflado en el sabor del cortado que ayer pagaste tú Aunque no te lo diga el disco que ahora suena lleva escrito el guión de esa película que podría ser tu victoria, aunque la guerra la ganaron los otros Me pides que te quiera y sólo alcanzo a titubear algo parecido a este poema por tacharlo de algo para hacerte sonreír aunque hoy la vida no te lo pida. Porque estás en mil detalles que se escapan a esta mente madura y senil que te reencarna en postal -a portes debidos- con letra de mi puño Porque te aprecio y te quiero aunque no te lo diga |
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Ana no viene y me dijo que llegaría antes de las ocho, por lo
que me estoy empezando a preocupar; la llamaré al móvil. (...)
No me contesta, me sale el buzón de voz y es raro que a estas
horas no tenga el teléfono encendido. Tengo que hacer algo, y es que no
me puedo quedar quieto sin hacer nada, pero
¿qué hago? pues nada, no puedo hacer absolutamente nada solo
dejar pasar el tiempo y esperar, no sé para qué pero esperar es lo único
que puedo hacer. Conforme estoy escribiendo noto como mis dedos tiemblan
al pulsar cada tecla del ordenador será porque... llaman a la puerta.
(...)
He abierto la puerta y no había nadie, a lo mejor a sido mi
imaginación, probablemente nadie haya llamado, serán mis ganas de
escuchar ese maldito timbre, porque empiezo a no soportar esta
inquietante soledad. Lo que voy a hacer es llamar a Alberto que al fin y
a la postre es quien me ha metido en esta historia, pero
¿qué historia?, bueno voy a llamarlo. (...).
Su madre me ha dicho que estará fuera un par de días, mientras
que él a mí me dijo esta mañana que estaría toda la tarde en casa,
además su madre no ha sabido decirme donde iba a ir exactamente, y eso
si que es raro, ya que sus padres le tienen muy controlado. ¿Dónde ha
podido ir sin decirme nada?.
Estoy intentando ordenar todas las cosas extrañas que me están
ocurriendo para buscarles alguna relación y un significado lógico,
pero no obtengo ninguna respuesta.
Posiblemente todos estos hechos sean
fruto de la casualidad de forma que todo esto está tomando una
rara concordancia de situaciones que consiguen preocuparme pero ¿y si
no es casual?; nada, nada me voy, pero
¿dónde voy?, no mejor me quedo por si me llama Ana aquí, ya
que mi teléfono móvil se me ha estropeado. Y es que siempre igual, hay
que depender de las tías y esto si que es un mal rollo; en fin, seguiré
esperando.
Para calmar mis nervios me voy a beber un buen whisky, cosa que
no suelo hacer cuando estoy solo, y para romper este silencio pondré
algo de música, pero en este momento llaman al teléfono (...).
Ahora si que ya no me aclaro, ya que ha llamado la madre de
Alberto preguntándome si yo estaba con él, me he quedado mudo durante
unos segundos y le he dicho que por qué me preguntaba sobre Alberto,
cuando apenas 5 minutos antes le había llamado yo para preguntar por él.
A la señora no le ha sentado muy bien esta respuesta y me ha contestado
que yo no había llamado en toda la tarde, que me dejase de tonterías y
que se pusiera Alberto al teléfono, yo algo cabreado y subiendo el tono
de voz le he respondido que no sabía nada de su hijo, y sin más me ha
colgado. Pero esto no es todo sin llegar a dejar el teléfono he llamado
de nuevo a Ana al móvil, y esta vez ni siquiera me ha salido el buzón
de voz, sino un mensaje indicándome que el número marcado no existía,
he marcado tres veces más y lo mismo; pero en ese momento vuelve a
sonar el teléfono, era Ana desde Torrevieja, diciéndome que por qué
la había dejado allí sola y me había venido a Albacete, le he dicho
que no entendía nada, y que yo no había ido con ella a Torrevieja
después de mi inocente respuesta, me ha dicho que era un cerdo y que no
quiere volverme a ver.
Las cosas extrañas no cesan esta noche, pero en este momento
algo me dice que lo único que puedo hacer es seguir escribiendo todo lo
que pienso y es que noto una fuerza dentro de mi que me obliga a
escribirlo todo. Llaman a la puerta y ahora no son imaginaciones mías,
han vuelto a llamar, voy a abrir (...). INFORME
DE CONTROL DE POSESIÓN CLÍNICA (Evaluación final): El experimento
no ha salido como teníamos previsto, ya que aunque el paciente ha ido
escribiendo lo que hacía y pensaba, ha mostrado síntomas de
contradicción en su personalidad, y además ha sufrido alucinaciones y
paranoias, por lo que ha escrito cosas que no le han ocurrido. Pero lo
peor de todo es que incluso ha ido notando los efectos de posesión en
su cuerpo y lo ha ido desvelando cada vez de forma más rotunda; por lo
que nos hemos visto obligados a suspender la operación. |
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SCHOPENHAUER. Daniel sube despacio las escaleras, los escalones le parecen kilométricos, se apoya levemente en el pasamanos. Aunque sólo emplea dos minutos en este ejercicio, a él le parece toda una eternidad. Sin lugar a dudas debe sentirse cansado o envejecido. Se acuesta tarde, muy tarde, en realidad teme que llegue este crítico momento, pero aún lo afronta con claro y determinante estoicismo. Una vez en la cama, enciende la radio, a la par que la luz de la mesita de noche, ambas – la luz y la radio – le hacen compañía, porque la tenue luz con sus sensuales tonalidades también acompaña, es el vehículo transmisor de los ojos de tu cara que te transportan en un decir “ya” a la inmóvil y siempre infinita imagen de un cuadro o al vuelo irrelevante e irreverente de un mosquito, que siempre te molesta o te pica y nunca atrapas con tus torpes manos, por más que lo persigas en la nada del aire nocturno. La luz es el antagonista del silencio, tiene vida la luz, solapa los instantes, desmenuza los minutos eternos. Daniel lee, siempre lee, está leyendo “Fervor de Buenos Aires”, si su autor no fuera Jorge Luis Borges, le impactaría doblemente, pero Borges no impacta, sobrecoge; Fabula e idea de una manera desnaturalizada, es decir: no natural, de forma natural lo hacen el resto de los escritores, él no es el resto, ni tan siquiera uno más, es absolutamente único y brillante; ¿ Cómo entender si no estos renglones?, “......pero soñé que yo era las monedas que custodiaba un grifo”. Daniel cree o intuye que es muy tarde, las 2´15 h., aún así, continúa leyendo, pero no se concentra, lo intenta de nuevo, lee tres páginas más, después constata que no sabe lo que ha leído, para, las 2´30 h., definitivamente apaga la luz, acomoda ligeramente la almohada debajo de su cabeza y adopta la postura fetal. ¿Y ahora? – se pregunta en la oscuridad, perplejo -. Y su subconsciente se atreve a entrar en el juego y le responde “¿Cómo qué y ahora?”, “¡a dormir se ha dicho!”. Ahora ya no hay luz, también porque cierra los ojos, claro, pero su mente continúa sola, su particular viaje. Al cabo un día más, ¿hasta cuándo?, ¿estás bien?, más bien jodido, ¿no?, no lo sé, mañana será otro día; “Si, eso crees, pero ahora no puedes dormir”; Me giro a la derecha, calor, tengo calor, la boca reseca, debe ser el tabaco. Daniel se reincorpora, enciende la luz, bebe agua, las 2´55h., apaga la luz, la música del reloj-despertador se apaga sola, ha pasado ya una hora. “¡Piensa en algo!, ¡coge el ritmo!”. La oreja izquierda de su cara se queja porque lleva veinte minutos doblada, “joder que bruto eres”. Una pierna (cualquiera) está colocada sobre la otra y pesa un montón, de día, esta situación tan sumamente banal, no la notamos, pero es porque de día, una pierna (cualquiera) no está sobre la otra, sino al lado, normalmente en posición vertical. Ahora cierra los ojos y transcurre la inacabable y complicada película de tus ideas en tu mente: Imaginas, crees, creas, piensas, juntas, pero no sale nada. Igual Daniel es un poco masoquista, y en el fondo le viene bien su victimismo, su autocompasión. No, no, no quiero ser nada que termine en “ista”, ciertamente me importa un bledo, pero, sí me gustaría ser como todo el mundo, meterme en la cama y dormir, sin más. “¿Has probado a tomar un vaso de leche caliente?” No, claro que no, si andara, o mejor si corriera quince kilómetros, seguro que caería fulminado, pero la leche caliente o una ducha no creo que tengan, entre ambas, el mismo efecto. Las 3´20h. . La pierna que sacaste hace un momento se está quedando helada, ¡adentro!, de nuevo, giro a la izquierda. ¿Y si me levanto y veo una película? Con la tele, seguro que me duermo, lo hace todo el mundo; no, no, es muy tarde, si me bajo ahora, apenas voy a dormir tres horas, mañana estaré hecho polvo y tendré un montón de sueño. Continúo dando vueltas, definitivamente creo, me falta vocación de felicidad. Pienso: Me preocupan especialmente los presos de conciencia, los indios aimaras, mi propia evolución como persona -¿ y si me vuelvo majara?-, y el tenue e impenitente goteo del bidé del aseo de abajo, se derrocha mucho agua. No pretendo saber qué cosa es el tiempo, ni siquiera si es una “cosa”, pero continúa sucediéndose y yo no me duermo, pero sí, la mano derecha, se ha dormido, ¡ pobrecita!, ¡ es tan tarde!, la despierto, la tengo acartonada, ¡ que asco!, pareciera que no son míos los dedos, los extraño. Ya, ya vuelven en sí, claro, como estaban dormidos, (los dedos, los cinco dedos), ¡pobrecitos! Las 3´45h., voy al lavabo, “¡vaya cara tienes!”, claro, ¿qué quieres?, a estas horas todo el mundo tiene la misma cara. “¡Venga hombre, duérmete!”. No puedo respirar por las narices, las tengo taponadas, así, debo con toda lógica respirar por la boca y entonces se me seca, pareciera que tengo una piedra en la garganta. Me gustaría dejar de fumar; “Si, claro, ¿y de vivir?”, a ratos, también. Le doy tres o cuatro golpes a la almohada – está caliente –, me pica la rodilla, a partir de mañana no voy a tomar café, “¡no es el café, hombre!, estás completamente alterado, nervioso, necesitas tranquilizarte”. ¿Y media pastilla “dormidine”?, no, ahora por supuesto que no, antes, tal vez, son las 4´35h., si ahora me tomo una pastilla, mañana no va haber quien me despierte. “¡Haberlo pensado antes!, ahora aguántate, no pienses más en esa mujer, no merece la pena”. ¿Cuál merece la pena?, vaya preguntas me hago, claro que no lo sé, igual ninguna. “¿Estás solo, eh?, ¿cómo se siente uno así?, ahí, todo tirado en una cama tan grande”. Hombre, se puede uno dar mejor la vuelta y tienes la clara ventaja de que no te entra frío por el cogote. ¡Vale, vale!, para ti toda. Las 5´10h. . Me estoy poniendo bastante nervioso, mañana voy a estar de muy mal humor. “Claro, si te hubieras dormido ya”. Ya sé, debo pensar, concentrarme en algo concreto; Dormir, al cabo, es distraerse del universo. Ahora cierro los ojos, empiezo a ver círculos concéntricos, imagino de todos los colores, espacios cósmicos vacíos, vetas de nieve, figuras geométricas, sólo debo pensar en esto, sombras oblicuas, la modificación del espacio, eléctricos movimientos pausados, el aire los envuelve en el subconsciente del techo, reflejos de luces en la nada, no se oye absolutamente nada. “Tú en medio de la nada, el vacío. No pares, no, sonidos, giros, colores, las esquinas del vacío, álgebra de los sentidos, calidoscopio de sensaciones, el abismo, lo verosímil, lo incierto, el naufragio, no pares, continúa......”. A fuerza de fatigar las horas vencidas, Daniel se ha dormido. Las 6´45h. . Empieza a amanecer. El claro día escupe sus sobras en las calles mojadas de la ciudad, los coches de nadie vuelan a través del silencio. Ya es otro nuevo día. En la calle, una mujer, dentro de un abrigo, va a no sé dónde, probablemente a misa –todavía hay gente que va a misa –, ¡qué le vamos a hacer! Las 8´50h. Riiiing, riiiiiiing, riiiiiiiiiiing, rii., Daniel abre un ojo, apaga el despertador, abre el ojo que, aún, permanecía cerrado, se sienta en la cama con desgana, mira a través de la ventana – está lloviendo –, los perros vagabundos mordisquean las bolsas de basura. Daniel tiene que ir al trabajo, pero hoy, al menos hoy, se quiere morir, mañana, tal vez haya cambiado de opinión, pero hoy, definitivamente, quiere morirse. |
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Así que no tardo mucho en vestirse y lanzarse para las calles
para darle bonanza y alegría a aquel aleatorio ciclón que a todos
parecía haber cogido por sorpresa. Y entró en una conocida pastelería,
y esperó su turno felizmente callado para después romper el silencio. Y
don Julián salió del establecimiento con un montón de galletas sobre
una bandeja de cartón. Rebosaba sus pareceres a manos salvas con todos
aquellos a los que alcanzaba su libre albedrío; empezó a caminar con
perdido y pautado rumbo por doquier que anduviera un transeúnte, diciéndoles
a uno y a otro qué apetecibles eran las galletas y cómo acompañarían
esa borrasca insólita que encapotaba de los más lindo el cielo. Ni uno
ni otro se detuvo para agradecer el detalle y admirar los cielos, que
tan cargados estaban. Extrañamente
aturdido, completamente parado sobre sus pies, con la bandeja intacta
sobre las manos, se encontraba en el justo medio de una calle peatonal,
cuando dos jóvenes que por ahí andaban cogieron un par de galletas sin
reposar su paso. Pero
algo más contundentes resultaron ser los argumentos del joven contiguo,
que desdeñó la ofrenda en la papelera que un su recto paso se
encontraba. No obstante, se percató de la jugada Don Julián, que
estalló en carcajadas, más loco aún de lo que aparentaba; por
cuando serenándose, se le apareció al lado una anciana sepultada
bajo el peso de sus mantas, y le preguntó: Tantos
más pasaron sin inmutarse, sin ni siquiera mirarlo, adelantando los
pasos y acelerando el tempo de la indiferencia que exhalaban. A
un niño que intentaba seguir las largas zancadas de su madre lo atrajo
“la gracia de aquel humilde gracioso hombre de mediana edad que tan
graciosamente regala dulces, amontonaditos todos en la bandeja”; la
misma bandeja que Don Julián agarraba con tantísimo empero; y se acercó
a convidarse a una de aquellas vistosas e irresistibles galletas. Don
Julián tomó un par y se las entregó al chiquillo, dando tiempo a la
madre, protectora desconfiada, para venir con esto que las madres regurgitan cuando niegan
la oportunidad y la mucha lógica que hay en querer conocer a un
desconocido. Al respecto de cuán tanta hipocresía, sonriendo le
dijo Don Julián: Don
Julián quedó rumiando qué hacer con toda aquella bandeja, quería él
decir a la gente que hoy se repartían galletas, por tan bonito día,
para que ellos respondieran agradecidos y le dedicaran unas palabras al
buen tiempo y se saludaran cordialmente. Pero sólo topó con reproches
y burlas. Más aún, se sentía ya decepcionado, pero se le apareció en
la quijotera la forma más sencilla de repartir las galletas sin tener
que intimidar o apelar al sentido de la obligación de nadie: sin
detenerse mucho, se acercó a unos jóvenes que tendían la mano con
esos periódicos gratuitos que furrulan por las ciudades. Plantándose
enfrente, empezó a explicar el plan que había urdido ipso facto:
acompañar la letra impresa con galletas, lo de siempre con lo nuevo, lo
creíble con lo irreal. Reacios ellos a las peticiones de él, le
obligaron a insistir, hasta tal punto que tuvo que dejarles el número
del carné identificativo, que es garantía de confianza. Se empeñó
muchísimo Don Julián en que al adelantar una galleta dijeran: «¡Tenga!,
por el tan agradable día». Los chicos, atónitamente sorprendidos, se
resignaron a la misión que encomendaba Don Julián de a pie, hombre de
corazón sencillo. |
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- Escucha
Augusto: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". CAPÍTULO II De: amutis@teleline.es ¡Augusto, por Dios, despierta! CAPÍTULO III - ¿Y dices que eso te llegó por internet? |
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No calles jamás aunque te maten, José Maria Gil Carbonell, se había levantado despacio y se vestía con tranquilidad y silencio. Se había ajustado la faja de planchas de explosivo perfectamente distribuidas, de casi dos kilos de peso, alrededor de su cuerpo. A las once y cinco pasaría al reino de Állah por el camino del martirio. Saludó al sol, se lavó pulcramente y rezó sus oraciones por ultima vez. Hoy 11 de Agosto era su día elegido. Bajó por las escaleras con lentitud ritualistica dejando dormitar al ascensor, quería ser consciente de todos los movimientos de su cuerpo y de su alma y dirigir, por fin, su mirada a Él, al Espíritu, a Állah, el Clemente, el Misericordioso,.... Bendito sea siempre. La conciencia de sus pies fue desapareciendo de su mente y entró en una especie de relajación que le proporcionaba un calorcito agradable invitándole a abandonarse más y más, perdiendo progresivamente la conciencia de sus piernas, su cuerpo y su cabeza. Todo su mundo estaba en paz. Había subido al autobús casi sin darse cuenta, ocupado su lugar de forma elegante y altiva, sus ropas limpias y bien planchadas denotaban la actitud de un europeo políticamente correcto. Una niña de ojos azules le miraba con detenimiento, más o menos tendría la edad que ahora tendría su hermanita Nadia, también iba a morir como ella victima de una explosión terrible, que nada tiene que ver con ella ni, seguramente con ninguna persona del autobús. Pero seguramente también sus televidentes padres han visto como todos, mientras cenaban o comían, en los telediarios, cómo desde un Harrier nuestros aliados bombardeaban una nave que albergaba a mas de cien personas cuando la OTAN bombardeaba Yugoslavia, cómo desaparecía un mercado entero en Bagdad o como ametrallaban los sionistas Belén o Ramala, sin pestañear! Cuantas veces cien, cuantas veces doscientos, cuantas trescientos!! Cuantas veces medio millón de muertos y medio millón de desplazados! ¿Cuantas veces Occidente? ¿Cuantas veces América? ¿Cuantas veces Europa? ¡Cuánto nos queda más! Ya había contabilizado cinco paradas, faltaban dos y a la siguiente accionaría el dispositivo y se pondría en pie. La inercia de la frenada activaría el mecanismo de alivio de tensión y su cabeza se apagaría para siempre y sería Uno en la visión de Allah. El autobús continuaba firme y confiado a la altura de Cibeles, miró a su alrededor y pudo adivinar la expresión de dolor y sorpresa de los heridos. Por un momento se puso tenso al presentir el inminente frenazo del autobús ante el semáforo cambiante ya. Un sudor frío recorrió su cuerpo, una tremenda tensión interior se apoderó de él y una desgarradora angustia invadió su alma, miles de recuerdos se hacían presentes, juntos e intemporales.... Despertó sobresaltado, se vio sentado en la cama sudando, detrás de sí adivinó el cuerpo de su mujer, eso lo tranquilizó. ¡Qué horrible pesadilla! Las siete menos cuarto, hoy se levantaría antes. Se duchó despacio, puso la radio y recordó que hacía tiempo que sólo veía la televisión y había perdido aquel hábito de estudiante. Hoy se vestiría bien y haría un día especial, un día de nacimiento, había sentido la muerte cercana de alguna manera. Llegó desahogadamente hasta la parada del autobús, hoy no compraría el periódico para leer otra vez hechos de destrucción y de guerra, había decidido no utilizar ni siquiera el coche ese día, tomaría el autobús y después caminaría lentamente degustando los diez minutos escasos que le separaban de la oficina. El autobús llegó en punto, un vehículo entrearticulado de dos cuerpos cubrió la parada y los viajeros se movieron hacia dentro y hacia fuera, en escasos treinta segundos inició el movimiento. Una niña de ojos azules le miraba con detenimiento, apenas tendría la edad de su hijita Laura que dormía aún. Una chica que leía nerviosamente cerró el libro y se levantó cediendo el asiento a una señora mayor que se movió con torpeza agradeciendo su acción. De pronto el autobús comenzó a decelerar su marcha y el suave frenazo consecutivo le sacudió y le hizo entrar de pronto en un estado de confusión mental dejando su visión expuesta a una fuerte radiación roja, brillante hasta hacerse blanca, se sintió sumido en un tubo de luz que lo absorbió entregándolo a una sensación de paz infinita y profunda. La deflagración había incendiado totalmente el autobús, con estruendo se oyó el ruido de cristales rotos que caían en tropel desde los pisos superiores de los edificios colindantes. El ulular de las sirenas invadió poco a poco las calles limítrofes y a los cinco minutos el lugar se convirtió en la escena obligada y terrible de una historia más de guerra. |
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¿Qué lengua usas
ahora? No
tengo ni idea. A estas alturas no sé qué forma tienen mis
pensamientos. Seguro que, quizá, he regresado a la Lengua Madre, sea la
que sea. ¿ Te acuerdas de la
desesperación que tenias por conservar las cosas? ¿ Cuándo buscabas
complicadas formas para almacenar tus recuerdos? Cada
mil años cambiabas de soporte, luchando a lo tonto, de forma inútil
contra la entropía, la lenta, pero imparable degradación de la materia
que te rodea, como si pudieses compartir con Otros la carga de tus
recuerdos. ¿Recuerdas los mapas
detallados que hacías sobre continentes que hace millones de años que
desaparecieron? Los
recorrías a pie, por completo, anotando la posición de cada piedra,
cada cochino río, cada puta montaña. ¿Por
qué coño nadie me avisó que la memoria pesa tanto? Imágenes borrosas
de rostros, especies inteligentes, criaturas de todas las formas, de
todos los colores, de todos los tamaños. Los delicados bestiarios que
dibujé no son mas que polvo perdido, arrastrado por el viento y
mezclado con todos los libros que leí, que me aprendí de memoria para
nada. (Xéxpiir, Cerevantesh, Tolkien, Ner-Uda, Digolas, Indeele,
Betoben (¿o este era de los que hacían armonías? Tanto da. Era todo
muy bonito, pero ya no está). Joder, incluso las rocas, los basaltos y
los diamantes sobre los que tallaba la cuenta de los siglos que iban
pasando (al principio eran los años, así de ingenuo era yo) hace mucho
tiempo que se hicieron arena, arena que fue arrastrada al fondo
sedimentario de los océanos, fondo que se elevó de nuevo a montañas,
convertida otra vez en piedra, en el baile de las placas tectónicas. ¿Te acuerdas de
cuando jugabas a Creador, a Guardián? ¿A traer la luz y la
inteligencia, pastoreando especies prometedoras de animales, plantas,
hongos, minerales.., vigilando día a día su camino en la evolución,
cruzando los ejemplares más capaces, seleccionando las razas para
transmitirles el legado del arte, del conocimiento, de la tecnología de
las miles de civilizaciones que fueron primero, brillaron y nunca más
han vuelto? ¿A crear especies absurdas (¿te acuerdas de las
babosas-calzón? ¿del urzón de veinte patas?) solo para ver qué
pasaba? -Ya
me cansé de ese juego. Me aburrí de verlos crecer, multiplicarse,
poblar la tierra, saltar entre las estrellas, colonizar las galaxias,
sabiendo que a mis ojos no eran mas que espuma. Espumarajos
desaparecidos antes de ser. Recuerdo que me quedaba absorto contemplando
sus ascensos y caídas, la forma en que inventaban sus guerras, su
comercio, sus religiones (aún no sé por qué casi todos pensaban en lo
divino), sus redes de comunicación, sus hábitos procreadores que luego
se iban. Lo miraba igual que, al principio (eso lo recuerdo con
claridad) miraba el oleaje estrellándose contra las rocas, cada ola
igual y totalmente distinta de la anterior. Hacía apuestas conmigo
mismo sobre qué montaña sería barrida antes por la erosión. Primero
miré el mar. Luego miré las inteligencias. Luego el ir y venir de las
montañas y las rocas. Ahora me entretengo contemplando el oleaje de los
soles. Los veo crecer y morir, perderse en un cosmos cada vez más
grande y más frío. Más apagado. Lleno de ceniza tenue, tan aislada
que apenas puede arremolinarse para formar de nuevo una estrella. ¿Te acuerdas de los
humanos, tu propia especie, desaparecida en la noche de los tiempos? Me
sigo viendo todos los días. Por eso hablo conmigo mismo. Me he
convertido en mi única referencia. En lo único que apenas cambia. Sigo
teniendo dos ojos. Sigo teniendo pelo. Dos manos. Mi polla sigue levantándose
por las noches, desaforada, exigente, llamando a gritos a una hembra de
mi especie, a una hembra de cualquier especie, a cualquier sexo de
cualquier especie, a cualquier criatura mínimamente consciente que
pueda ser una compañía. (¿cuándo dejaste de follar?). Hace mil
seiscientos millones de años que dejé de fumar (de hecho, ni siquiera
recuerdo qué era exactamente “fumar”). Hace novecientos veintiséis
millones de años que, en realidad, no hablo con nadie. Hace seiscientos
treinta y dos millones de años que dejé de comer. Hace quinientos
sesenta millones de años que dejé de vestirme. Pero aun duermo. Aún
sueño por las noches. Aún me caigo de sueño y tengo visiones de
cuerpos abrazados, besos, bocas cálidas, caras borrosas que casi
recuerdo, orgasmos tristes de los que me despierto empapado, sudoroso y
tan triste que quisiera borrarme a mí mismo de la existencia (¡qué
imbécil!). He intentado dedicarme únicamente a dormir, pero es
absurdo. Mecánicamente, cada ocho horas, despierto de nuevo. Salgo de
los sueños que me salvan y estoy otra vez en el mundo real, jugando a
bautizar constelaciones (hace cincuenta millones de años que los
Artexidales se extinguieron. Ahora es una de esas etapas en las que no
hay nadie capaz de poner nombres a las cosas)... Apenas
me acuerdo de nada más. |
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Que tonto se escuchaba: “el día más feliz de mi vida”
absurdo… absurdo… absurdo… Pero eso hoy se había terminado. Sólo música falsamente alegre; creada para tratar de ocultar cual un meñique al sol, todas las lágrimas vertidas en las mejillas de Caridad. Su mirada perdida trataba de encontrar un refugio en medio de imágenes de santos que gozaban sus martirios con abnegación. Corrió y corrió tratando de escapar de todo aquello que la perseguía y dañaba. Huyo de todas las fantasías que pueden enturbiar la mente de alguien que sólo cree en sí misma; de alguien que trata de conservar una semilla de inocencia y de esperanza, piedad, ternura, belleza; todos esos sentimientos que resultan inútiles en este mundo vano. Era la segunda de tres hermanas, la única sobreviviente de tres hermanas… La mayor murió diezmada por la peste. La tercera ni siquiera tuvo tiempo de respirar… murió junto con su madre el día del parto. Su libertad; la vivió con su padre en medio de una hacienda apenas autosuficiente. Apenas y recibió educación; pero tenia aquella chispa de curiosidad que hace que todos los sueños traten de traspasar los muros de la falsedad. Aprendió a leer con una cocinera solitaria; casi tanto como ella misma, que leía poemas para acompañarse en las tardes de llovizna fría. Buscaba comprender los ciclos vitales que rigen al mundo leyendo cuanto tratado caía en sus manos. Eso se convirtió en su segunda pasión pero sin llegar siquiera a superar aquella por crear imágenes sobre el papel. Apenas trataba de dormir y era asaltada por sueños que la volcaban sobre el piso… Besos falsos y tiernos. Labios aferrándose a los suyos. Amantes ojos posándose sobre su cuerpo enhiesto y desnudo. Cuchillas que cortaban su busto por la mitad. Todo era siempre una sucesión de imágenes sin sentido. Intento todo… desde infusiones de yerbas exóticas hasta rezar un rosario antes de dormir… sus dibujos eran un contrapeso a todo lo que existía en medio de su inestable conciencia. Su mirada saltaba algunas veces sin distinguir la realidad de la fantasía. Perdida en el vacio de la nada. Eliseo pensó que su hija estaba enferma, o algo así, recurrió a un alópata y a otro. Incluso una vez estuvo a punto de consentir que un sacerdote la exorcizara a causa de unas manos cortadas y atravesadas por un clavo adornando una hoja en blanco hallada dentro de un libro. Falta de atención dijo cierto hombrecillo de mirada fija y vacía. Opinión tras opinión, chocantes algunas, exasperantes las más. La abuela había hablado… La encontró escribiendo con un punzón, sobre el maltrecho tapiz abigarrado de flores de su recamara una y otra vez; en forma cíclica: LAS LAGRIMAS NO CEDEN NUNCA. -Mira
Eliseo- parpadeo – tu hija esta enamorada –
agregó con tono sarcástico - ¿pero de quien será?-
Había que buscar un hombre ideal. Formal, trabajador, honesto,
responsable; y sobre todo serio. El indicado era Don Manuel. Un eminente
medico que trabajaba en un pueblo cercano. De conducta irreprochable y
lo mejor de todo: apenas le llevaba 23 años de edad a Caridad. Un buen
Esposo, un buen Marido, una buena pareja; para alejar todas esas estúpidas
ideas pueriles de la cabeza de la niña.
No hubo platica, no hubo anuncio, no hubo discurso – Don Manuel
va a casarse contigo-. Apenas la expresión de desconcierto. Una mirada
de extrañeza algo perturbada. Asimilando lentamente que la vida se le
iba en una promesa jamás deseada por ella; apenas alzando los hombros.
y bajando la cabeza para aceptar.
Al siguiente día solo fue llevar un vestido, unas zapatillas y
un velo… un mes… solo un mes… Y dejaría de ser niña… Le llevaron el traje usado por su madre el día de su boda. Apenas lo miró con desprecio. Su abuela gruñó con odio ante el gesto. Y el
hogar se nutrió con los sueños de la hija de Don Eliseo aquella noche.
La fecha esperada y aborrecida se cumplió en medio de fiestas y
celebraciones vacías, sonrisas huecas y bailes enfermos, regalos
indeseables y consejos no requeridos. Fiesta, fiesta y más fiesta. La
iglesia fue cubierta con rosas rojas, amarillas y blancas. El altar
quedo engalanado con terciopelo púrpura. Sobre los que se rezaba en
letras de oro: Nadie viene al padre si no es por mí. Desconocidos
sonrientes, amigos inesperados, familiares nuevos; todos juntos y a la
espera.
La mitra dorada relumbra con un rayo que penetra por un vitral
que representa el sacrificio de un hombre. Te corresponde ser su
esclava; por el resto de tus días; parirás a sus hijos con dolor, no
tendrás a otros dioses delante del, serás un escalón para que el te
aplaste hasta que la muerte los separe. -Puede
besar a la novia- |
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¡Porque yo
escupo a los yonkis Me acuerdo
de mis amigos La pérdida
de un yonki es alivio ¡Yo sí, yo
escupo a los yonkis Vale,
vivos están. ¡Escupo,
escupiré a los yonkis!
(Os hecho
de menos, |
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LA FUNCIONARIA: Adelante! |
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Aquella tienda tenía de todo, estaba en una plaza céntrica de la Ciudad. El dueño era don Ismael, un entrañable anciano de voz dulce y pelo y barba blancos. Don
Ismael sabía que su tienda contaba con un pequeño secreto sin el cual
sus productos nunca habrían tenido efecto. La gente iba a ella para
charlar, para contar recuerdos, sueños, historias, para comentar
libros..., para estar juntos. La
Ciudad tenía una luz especial, nunca hacía frío y nunca hacía
demasiado calor. Me
contaron que así vivieron muchos años, hasta que un buen día un grupo
de personas cerró la Tienda, primero llegaron unos hombres vestidos con
traje, corbata y unos zapatos muy limpios y brillantes, después otro
grupo vestidos con uniforme, grandes botas y armados hasta los dientes,
tras ellos, y para finalizar, iban dos personas vestidas con hábitos
negros. Venían
con una orden judicial. No se pudo hacer nada. A
partir de ese momento todo cambió en la Ciudad, los amigos que siempre
se habían llevado bien comenzaron a pelearse, las parejas se separaban,
los niños dejaron de jugar, los vecinos no se saludaban, todo el mundo
estaba de mal humor. Los cines cerraron porque ya nadie entraba en
ellos, los bares y los restaurantes también cerraron, ya nadie quería
salir de casa, pero, en ella, las familias no se hablaban, sólo veían
la televisión. Una televisión donde solía salir aquel señor con
traje y corbata que había estado en la Ciudad para cerrar la Tienda.
Hablaba de las mejoras que se estaban realizando en el País, de los
grandes avances económicos, de las ventajas que nos traería a todos la
nueva guerra que iba a comenzar con el Estado vecino, de los grandes
logros conseguidos por el Gobierno. En aquel país existían muchas
cadenas de televisión, pero en todas decían y hacían cosas parecidas,
en todas aparecía con frecuencia aquel señor de traje diciendo las
mismas cosas.
Los años fueron pasando en la Ciudad y los días eran cada vez más
tristes. El tiempo había cambiado, ahora los días eran casi siempre
grises y lluviosos. Solía hacer frío.
La Ciudad ya no tenía ese aspecto agradable que tuvo un día,
los parques se habían abandonado, las fachadas de las casas estaban
descuidadas, las calles muy sucias.. .Nadie se preocupaba ya por su
Ciudad. No significaba nada para ellos. Mientras tanto, continuaban
acudiendo a su trabajo de mal humor y, en casa, viendo la tele.
Hoy he vuelto a ver a don Ismael, estaba muy mayor y muy triste,
me dijo que después de cerrar la tienda se habían llevado todos sus
productos y que la tienda la habían cerrado porque en aquella ciudad la
gente era demasiado Feliz y habla perdido el Miedo. Ya no tenían
necesidad de jefes, militares o sacerdotes, era una Ciudad muy peligrosa
para el SISTEMA.
Nunca he vuelto a visitar esa ciudad, porque, como ha dicho don
Ismael, se había vuelto amarga y gris, como tantas otras ciudades en
las que he estado.
Lo curioso de esta historia es que la gente nunca supo que los
productos de aquella tienda no tenían nada de particular y eran ellos
quienes los hacían especiales con sus encuentros y con sus relatos. Don
Ismael intentó explicarlo en algunas ocasiones, pero los habitantes de
aquella Ciudad no quisieron oírle. Hoy me ha contado que había vivido
solo junto al mar durante todos estos años, él tampoco había
regresado nunca, no lo hubiera soportado.
Hemos hablado, nos hemos contado historias, recuerdos, sueños...,
nos hemos reído, cosa que don Ismael llevaba años sin hacer y, por
fin, cuando nos íbamos a despedir, don Ismael me ha dicho: -¡Oye!,
¿Por qué no montamos una tienda parecida a aquélla?, si tenemos un
poco de cuidado podemos lograr que no nos la cierren, o, con el tiempo,
conseguir que ni siquiera se necesiten nuestros productos para que en
una ciudad la gente sea feliz.
La idea me ha parecido magnífica, mañana comenzaremos a buscar
el lugar adecuado. |
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Creyendo que dejamos todo esto a un lado, pero sosteniéndolo como base de todo proyecto, nos metemos de lleno en la aventura de descubrir cual es nuestra parte en el reparto del destino, vinculándonos de tal forma que asumimos como propios objetivos, desarrollos y conclusiones venideras. Y llega el silencio, y con él nos sorprendemos, paradójicamente, al sentir que nuestra pequeña obra ya está terminada, aceptándolo de manera más instintiva que mental. Una tesis por acabar. Así vuelve el miedo. Pero un miedo diferente del experimentado al comienzo. Éste nuevo, es uno que ensordece, que no escucha a razones, ni propias ni ajenas. El miedo desesperanzado del que se sabe sin futuro, del que se enfrenta a algo que ya no podrá cambiar. Es el miedo que nació para extinguirse, que contrariamente a la mayoría de los procesos, va difuminándose de dentro para fuera, hasta que desaparece, como efecto inexorable de su causa, porque la rueda ha de girar sin cambiar de dinámica, y no hay sitio para dos miedos en un alma. |
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