Estos son los relatos que se han presentado por el momento al III Certamen. Aunque el plazo esté terminado se admitirán los relatos que lleguen hasta la entrega de premios.

RELATOS PRESENTADOS

ACABABAN DE SERVIRLES EL CAFÉ Christian Gómez Carlos
BARBARIDADES
  Periko Escribano
BIBLIOTECA
  León Molina Pantiga
CASA DE LA ERMITA Domingo Henares Garijo
CATÁLOGO DE BESOS. Javier Sánchez Gutierrez
CLASE MEDIA QUE VIVE A MEDIAS El niño de la corbata verde fosforito
CON LAS LETRAS DE TU NOMBRE.  Leo Macías
CONTROL POSESIVO.
Paco Sánchez Córcoles
DIARIO DE UN INSOMNE. Armando Talavera
DON JULIÁN DE A PIE, EL CAPITOLIO Y ALGO OCURRIDO CON UNAS GALLETAS. Óptimo Máximo
ECHAME UN VISTAZO. Miguel Angel Aguilar Avilés
EL DINOSAURIO. León Molina Pantiga
ELEGIA A CARLO GIULIANI. Salvador Cobo Marcos
¿ENTONCES PA' QUÉ PREGUNTAS, IMBÉCIL?.  a.Cordero
ENTRE LA CIUDAD SÍ Y LA CIUDAD NO. Diego Martinez Juncos
ETERNO. Mónica Silvestri
FOTOS. Cesar Castro Orosa
HUIR DE LA NADA. Alejandro López. (México)
INTENTEMOS ACABAR CON ELLOS  Gregor Samsa
LA TIENDA QUE TENÍA DE TODO.
Francisco Alfaro
LA MATRICULA.
Un sainete para tomar a la hora del té. Francisco Barrachina Pastor
LLÁMALO TESIS. Leni Elenano
LOCOS DE ATAR. Lucía García Casas
LO INFLABLE. César Castro Orosa
LO TERRIBLE. Agustín Romero Barroso
MAL PRESENTIMIENTO. Janfry Bogar
MIENTRAS PENSABA.  Nieves Jurado Martínez
MORFEO 2983. Segismundo Froy
MOSQUITO. A.
NO EXISTE LA GENTE NORMAL. Niño Zombie
NOVIOS. Francisco Alfaro
PISO PILOTO.  Lucía Plaza
¿POR QUÉ LAS MOSCAS PREFIEREN LA MIERDA AL AMOR?  a.Cordero
PUERTA SIN BISAGRAS. Cifra
QUIERO. Miguel Angel Aguilar Avilés
ROMANCE QUE PUDO SER... DE UNA NINFA Y UN DONCEL. Manuel Nicolás
TARDE DE CULEBRONES. Halcón Maltés
UNA MERIENDA. Bérmano
UN DEDO PELIGROSO EN LA FERIA. Marina Sánchez Parrilla
YENDO A POR VOLUNTARIO. Rebecca
15 MICRORELATOS MU CORTOS. Alejandro Torres
SIN TÍTULO El Terrorista Ilustrado

 

ACABABAN DE SERVIRLES EL CAFÉ


  
Acababan de servirles el café. Juan estaba visiblemente nervioso. Tenía en la frente, a parte de las arrugas marcadas por su edad, gotitas de sudor que cada vez se hacían más grandes y se multiplicaban más, a pesar de que el ventilador de arriba giraba y giraba ofreciendo aire fresco. Por la garganta parecía existir una situación contraria. Estaba completamente seca, hasta tal punto que casi no podía hablar. La saliva que tragaba era como alambres. Su mano llena de grietas por tanto trabajo realizado, no dejaba de golpear, con un ritmo exageradísimo,  encima de la mesa redonda en la que les había tocado ponerse. Sus pies se movían también, más rápidos que los de cualquier bailarín de primera fila, y también más acompasados.

   Cuándo cogió el café que la camarera les había servido, su temblor en la mano aumentó hasta tal punto, que se vertió el café encima de la cara camisa y la cara corbata que su hijo le había comprado recientemente. Para el hijo, eso ya fue el colmo. Se levantó de la mesa y lo señaló, acusándolo de no haberle escuchado y  de haberse tirado el café encima de esa lujos ropa a propósito, pues estaba claro que un padre como el suyo, tan anarquista, no disfrutaba viendo que su hijo hubiera llegado tan alto en la escalera social de la comunidad.

   Un ta-ta-ta constante con sus extremidades era el único sonido que Juan se veía capaz de hacer. El hijo, una vez deshinchada su yugular, se sentó y calló. Fue en ese momento en el cual intervino la mujer del hijo de Juan. Empezó a acusarle también, pero ella se mostraba algo más relajada y permanecía sentada. Le criticaba el hecho de que los paseos con su nieto, por más bien que le hicieran en su enfermedad mental, eran perjudiciales para el crío, pues además de inculcarle tan alocadas ideas, le estaba haciendo coger miedo a los automóviles, a las alturas y a las cosas altas que rodaran. Se quejaba de que el niño ya no quería ir a escuela en coche sino andando, de que no podían llevarlo a la nieve ni a las montañas y que todo eso que rueda, como por ejemplo el carrusel que viene siempre a la ciudad en motivo de las fiestas, le atemorizaban. “Así no hay manera de que esté con otros niños, ya sólo quiere estar con su abuelo”, decía la nuera. Y le acusó de haberlo manipulado y robado a su nieto. El abuelo, al oír eso, intento recordarles que el niño no necesitaba tutores que le dijeran que hacer. “¿Cómo dices?” le preguntó el hijo de Juan. “Creo que ha dicho que el niño no necesita padres”, ayudo la mujer del hijo.

   Todas las venas del cuerpo del hijo de Juan empezaron a hervir. Se puso de pie, dejando caer, ante tan brusco movimiento, la silla en la que se sentaba. Juan intentó mirar a los ojos de su hijo, para así parecer que podía escuchar lo que éste decía, pero le era imposible. A ojos de Juan, su hijo empezaba a estirar la cara, a deformarse. Cambiaba el color, la expresión era claramente amenazadora y eso hizo que el anciano aún viera más deformidades en la expresión de su hijo. Intentó buscar alivio en esas alucinaciones que era consciente que estaba sintiendo (aunque el rostro del hijo de Juan asustaba a cualquiera), dirigiendo su mirada hacia el rostro de su nuera. A esta la vio sonriendo, quizá encantada con la hombría que demostraba su marido, y ya no quiso encontrar ni alivio en las demás gentes que miraban la escena en ese bar, pues seguro que también reían. Al final, tuvo que buscar auxilio en el ventilador, y arriba fue dónde miro.

   No pudo sostener más esa situación, y decidió cortarla drásticamente. Cogió dos cuchillos que reposaban encima de la mesa y los levantó por encima de sus hombros.

-Voy a acabar con todxs de una vez por todas.- dijo Juan.

   El hijo se quedo blanco, al igual que la mujer de éste, no esperaban esa reacción, al fin y al cabo, después de tantas discusiones más fuertes que esa, Juan ya debería haberse acostumbrado a ellas. El anciano miro con cara angustiada y frunciendo el ceño a su hijo y a su nuera, clavó los dos cuchillos encima de la mesa con gran fuerza, se ayudó de ellos para subir encima de ella, se apretó con fuerza el nudo de la corbata para que pudiera sobrarle un trozo de esta. Puso la mano entre hélice y hélice del ventilador hasta lograr pararlo, con el trozo largo que restaba de corbata hizo un nudo en una de esas hélices y lanzó una patada contra los cuchillos que gobernaban la mesa, esta cayó al suelo, y Juan quedó rodando colgado del ventilador.

   El niño, que aguardaba fuera para no escuchar gritos, se dio cuenta de lo que había hecho su abuelo. De sus manos resbaló la genial colección de cromos con la que estaba negociando junto a otro crío y fue corriendo al lugar dónde estaba su abuelo. Llorando, lo cogió por las piernas y empezó a rodar por el impulso del ventilador. Le cayó una gota en la mano, que venía del rostro de Juan. Éste tenía la frente seca. El sabor de esa gota, comprobó el niño, era igual que las que algunas tardes recogía de los ojos de su abuelo cuándo él miraba a la gente y le explicaba cuentos.

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BARBARIDADES


Piedras, cieno, estiércol.
Barbaridades naturales de un mundo.
Religión, política, esclavitud.
Barbaridades artificiales de un hombre.

Caerán mil, dos mil, o tres mil.
Sobre un lecho de flores azules,
perderán la vida de mierda
pero ganaran un futuro de libertad.

Nunca han ganado los callados,
los inmóviles, los conformistas.
Solo han penado, miseria y miseria,
hambre, rabia, dolor, impotencia.

No hay animal más sumiso ke el hombre.
Solo el hombre tiene miedo a morir solo.
No hay vedad que invente el hombre
más mortal que su suicidio.

Buscamos ideas, pensamientos, vidas.
Buscamos caminos limpios de piedras.
Buscamos mares limpios de cieno.
Buscamos campos limpios de estiércol.

Pero encontramos:
Religiones opresoras dirigiendo la vida.
Políticos tirando y encogiendo los hilos.
Esclavitud; en una mísera palabra.

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BIBLIOTECA

         
           En la fresca penumbra del recóndito cuarto de una casa perdida en la lejana Mali, un hombre lee por enésima vez comentarios de Aristóteles en un libro que hace siglos reposaba en los anaqueles de un palacio de Almería. Es el mismo libro. El mismo olor a humedad. El mismo silencio.

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CASA DE LA ERMITA

 
          
Era el primer día de primavera, ese que siempre se tuerce, cuando el frío quema las naves en un último y vano intento. Habíamos oído tu nombre varias veces e incluso te vimos desde la atalaya desdentada de los molinos de viento que sobrevuelan Los Pocicos. No estaba clara la senda y acortamos a través de los rastrojos, que poco te valoran que nada te guía y nadie asfaltó ni cuido los caminos que en ti desembocan. Dicen que hay agua en Marte, también dicen que no, y que no tanta, y que hubo más, y que habrá y cada hipótesis gasta millones de billetes, de tiempo y de cerebros. Pero ninguno de ellos  vio tu aljibe centenario, nadie contabilizó los cientos que bebieron tu agua ayer fresca y limpia y hoy viscosa y lúgubre, a nadie le importa que unieran el cielo y la tierra aquellos hombres que de tanto mirarlos, supieron como guardar el fruto de las nubes en el fondo de las piedras resecas. Trazaron sus caminos y te quedaste fuera del reparto, las carreteras se te asoman pero ninguna te llega, carreteras que se desdoblan, se triplican, se mejoran y hasta se hacen de pago, pero ninguna quiere ver tus huellas.

            Llegamos al principio de la tarde, solo cuatro personas que nos ven desde un par de kilómetros, solo un perro que nació para la compañía y nos ladra sin comprender que faltan meses para que alguien  nuevo vuelva por allí. Nada como el sentido del humor define a un pueblo, una de las tres ancianas nos recibe diciendo : “¿Qué buscáis los bares y las Discotecas?”. Después las otras dos se incorporan a la conversación y del humor se pasa a la nostalgia sin rodeos: “ya no vivimos aquí” “yo hasta los veintitrés pero me casé en Pozohondo”  “antes vivían muchas familias pero ya no viene nadie...”. A una de ellas se le llenan los ojos de lágrimas y quiere vomitar todos los recuerdos de hambre, de posguerra y de señoritos de poder absoluto, pero las otras dos le  hacen desistir como si no quisieran hablar mal de un muerto en su velatorio. Nosotros no hurgamos en la herida aunque sabemos bien esas historias de tanto oírlas, sabemos que la aldea de al lado se llamaba El Campillo del Hambre, y que Franco en una de sus frecuentes cacerías acompañado por toda la recua de millonarios holgazanes de la zona, hizo que se lo cambiaran por el de Campillo de la Virgen, alegando que en España no había hambre, conocemos las fincas de ilustres propietarios que rodean la aldea donde generaciones de desheredados trabajaron de sol a sol desde la infancia hasta su último aliento. Por fin el único hombre entra en el breve debate para zanjarlo: “aquí el único listo fue San Ildefonso que se marchó justo antes de que se hundiera  su Ermita”. Las mujeres ríen  a coro relajando el ambiente y nos explican que cuando el pueblo se quedó sin gente trasladaron la imagen de San Ildefonso al Campillo y que esa misma noche la ermita se vino abajo, dejando el mismo día sin sentido al nombre de la aldea y sin Santo a los menesterosos que aguantaron allí.

            Las mujeres se despiden por que van a coger collejas, no sin advertirnos que no entremos en las casas abandonadas por que ha llovido y se pueden hundir, el hombre se sienta en una piedra de alisar las eras, el perro sigue ladrándonos como si hubiera algo que proteger. Pedregal que lapida la memoria sin retorno posible, el más selectivo de los bombardeos, con explosivo de olvido y metralla de viento, ha reducido a ruinas las casas donde nacieron y murieron tantos, las calles, con sus nombres y sus números, los corrales ahora silenciosos, los llantos de los niños, el jaleo de las fiestas, los nombres, los motes. Qué absurdas son las puertas de las casas a las que les faltan paredes, las aldabas para llamar a nadie, los tejados que no guarecen, los bancos de piedra donde ninguno sale al fresco. El perro ya no nos ladra, el viejo no se despide y mira absorto el horizonte sembrado de molinetas, ahora solo se oye el viento que pronto descarnará otro muro u otra teja, antes de perderlo de vista vuelvo la cabeza y te canto aquello de Yupanqui: “..no necesita silencio ya no tiene en quien pensar...”

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CATÁLOGO DE BESOS


Regalen besos, señores:

Los tenemos de todas clases: desde los sencillos bilabiales simples, que rozan suavemente la mejilla o se rompen discretamente en el aire como una burbuja, hasta los más sofisticados que requieren la intervención de todos los dispositivos bucales.

Muy socorrido es el bilabial compuesto, en el que los labios chocan frontalmente sin reclamar una atención excesiva o tediosa; resulta adecuadísimo para personas que disponen bien de poco tiempo, bien de un interés limitado.

           El labiodental exige una posición afectiva más intensa entre los intervinientes, y se recomienda como preámbulo de placeres mayores. Para esos momentos tan especiales (y a decir verdad, a veces tan escasos), ustedes disponen de una amplia selección de besos linguales, bilinguales, palatares y alveolares, que se sirven con mayor o menor volumen de saliva, y más o menos aparato de sonidos oclusivos, implosivos, sonoros o sordos, dependiendo tanto de los gustos del cliente como de sus rasgos maxilofaciales.

No malgasten su dinero esta Navidad.

Regalen besos, señores, señoras, y sorprendan agradablemente a sus parejas, amigos y familiares. El mayor surtido mundial de besos está ahora a su alcance. Venga y compruebe personalmente  la calidad y variedad de nuestros productos; no le quepa duda que encontrará el beso que mejor se ajusta a sus necesidades, inclinaciones o estado civil.

Precios a convenir.

Absténganse degenerados.

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CLASE MEDIA QUE VIVE A MEDIAS

    
 
    - ¿seguro que no le interesan nuestros seguros de deceso*?
    
- no, ya se lo he dicho.
     - muy bien, no le molesto más, aquí le dejo mi tarjeta por si acaso cambia de opinión.

            Ya hay que pagar hasta para morirse, y además tienen la desfachatez de venir a decírtelo a tu casa. Después de otro monótono, aburrido y alienador día de trabajo, y del molesto, pesado y extenso graznar del vendedor de seguros, que tanto me ha hecho acordarme de mi inevitable final, nada me viene mejor que bajar al bar a tomarme unas cervezas y fumarme un cigarrito para inhibirme de este agotador día que se repite diariamente.

Llego tarde al bar,  los ánimos allí están calmados. Hoy poca gente, como siempre, y mientras algunos discuten, y algún otro está apoyado con la cabeza en la barra ausente de todo su entorno, yo miro atento un reportaje sobre como las drogas matan el cuerpo y la mente de las personas. El camarero (camello de alcohol, como dicen “the kagas”) no tarda en cambiar de canal, pero lo poco que he visto y la automática relación que surge entre el modo de matar de las drogas y el modo en el que muero día a día me hace reflexionar (pues hoy es un día extraño, ¡estoy pensando más de lo habitual! :

            ¡¡¡Cómo tenemos montado el mundo!!! No solo matamos nuestra mente según pasamos los días trabajando en cadena o estudiando en batería, (sin tener en cuenta que trabajando también podemos someter el cuerpo hasta su destrucción) para poder ganar un puñado de dinero e ir viviendo a medias. Sino que además, ¡¡¡gastamos ese mismo dinero en cosas que aceleran nuestra muerte  -mental y física-!!!: drogas para salir de fiesta, medicamentos que nos manda el psiquiatra para aceptar este mundo, comida basura, alimentos transgénicos, armas, productos que acaban con la vida de este planeta, artículos inútiles varios.....

            Intentamos evitar la realidad evadiéndonos de ella a toda costa y cuanto más tiempo mejor. Resulta que si nos gastamos el dinero en cosas que nos matan, encima vivimos en la sociedad más consumista que jamás ha conocido la historia. Pasamos todo el día muriendo... (¿o suicidándonos?)

            Poco a poco somos nosotr@s l@s que nos precipitamos a la muerte, asimismo la gente tiene miedo de la muerte (más que nada a la muerte física) como si fuera algo horrible. Si el tonto teme a la muerte; el loco la busca y el sabio la espera ¿a dónde hemos llegado?

            Parece mentira poder pensar todo esto en un antro como éste, ahora solo pienso en pagar lo que me queda por pagar y escapar cuanto antes aquí.

            Reflexión final: ¿será por eso que cuando somos niñ@s  y menos nos preocupamos de cómo ganar y gastar dinero, es cuando más felices somos?

*: en términos populares, “seguros pa l@s muert@s”

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CON LAS LETRAS DE TU NOMBRE


Aunque no te lo diga
las casetas del paseo
escriben libros
con tu nombre y tu historia
pero sin apellidos

Aunque no te lo cuente
cuento contigo siempre que andas
camuflado en el sabor del cortado
que ayer pagaste tú

Aunque no te lo diga
el disco que ahora suena
lleva escrito el guión de esa película
que podría ser tu victoria,
aunque la guerra la ganaron los otros

Me pides que te quiera
y sólo alcanzo a titubear
algo parecido a este poema
por tacharlo de algo
para hacerte sonreír
aunque hoy la vida
no te lo pida.

Porque estás en mil detalles
que se escapan a esta mente
madura y senil
que te reencarna en postal
-a portes debidos-
con letra de mi puño

Porque te aprecio y te quiero
aunque no te lo diga

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CONTROL POSESIVO

      
     
Parece que va a ser una noche cualquiera, pero todo puede cambiar en cualquier momento, y es que esas palabras de Alberto eran bastante sobrecogedoras, pero tampoco era como para alarmarse, ¿o si? Bueno, la verdad es que estoy hecho un lío. Espero que Ana venga pronto y nos vayamos a esa estúpida fiesta de sus amigas, pero que al menos me dejará fuera de esta “comida de olla”. Mientras tanto lo único que se me ocurre es escribir todo lo que se me pasa por la cabeza, todo lo que pienso, pero  ¿qué es lo que pienso?, o  ¿qué es lo que creo?. Quizás sea un miedo que ni siquiera exista, pero  ¿y si existe?;  ¡maldita sea¡ me estoy volviendo loco, y por tanto me veo obligado a seguir escribiendo todas estas chorradas, pero al menos sigo vivo,   ¿y por qué no debería seguir vivo?.

            Ana no viene y me dijo que llegaría antes de las ocho, por lo que me estoy empezando a preocupar; la llamaré al móvil. (...)

            No me contesta, me sale el buzón de voz y es raro que a estas horas no tenga el teléfono encendido. Tengo que hacer algo, y es que no me puedo quedar quieto sin hacer nada, pero  ¿qué hago? pues nada, no puedo hacer absolutamente nada solo dejar pasar el tiempo y esperar, no sé para qué pero esperar es lo único que puedo hacer. Conforme estoy escribiendo noto como mis dedos tiemblan al pulsar cada tecla del ordenador será porque... llaman a la puerta. (...)

            He abierto la puerta y no había nadie, a lo mejor a sido mi imaginación, probablemente nadie haya llamado, serán mis ganas de escuchar ese maldito timbre, porque empiezo a no soportar esta inquietante soledad. Lo que voy a hacer es llamar a Alberto que al fin y a la postre es quien me ha metido en esta historia, pero  ¿qué historia?, bueno voy a llamarlo. (...).

            Su madre me ha dicho que estará fuera un par de días, mientras que él a mí me dijo esta mañana que estaría toda la tarde en casa, además su madre no ha sabido decirme donde iba a ir exactamente, y eso si que es raro, ya que sus padres le tienen muy controlado. ¿Dónde ha podido ir sin decirme nada?.

            Estoy intentando ordenar todas las cosas extrañas que me están ocurriendo para buscarles alguna relación y un significado lógico, pero no obtengo ninguna respuesta.

            Posiblemente todos estos hechos sean  fruto de la casualidad de forma que todo esto está tomando una rara concordancia de situaciones que consiguen preocuparme pero ¿y si no es casual?; nada, nada me voy, pero  ¿dónde voy?, no mejor me quedo por si me llama Ana aquí, ya que mi teléfono móvil se me ha estropeado. Y es que siempre igual, hay que depender de las tías y esto si que es un mal rollo; en fin, seguiré esperando.

            Para calmar mis nervios me voy a beber un buen whisky, cosa que no suelo hacer cuando estoy solo, y para romper este silencio pondré algo de música, pero en este momento llaman al teléfono (...).

            Ahora si que ya no me aclaro, ya que ha llamado la madre de Alberto preguntándome si yo estaba con él, me he quedado mudo durante unos segundos y le he dicho que por qué me preguntaba sobre Alberto, cuando apenas 5 minutos antes le había llamado yo para preguntar por él. A la señora no le ha sentado muy bien esta respuesta y me ha contestado que yo no había llamado en toda la tarde, que me dejase de tonterías y que se pusiera Alberto al teléfono, yo algo cabreado y subiendo el tono de voz le he respondido que no sabía nada de su hijo, y sin más me ha colgado. Pero esto no es todo sin llegar a dejar el teléfono he llamado de nuevo a Ana al móvil, y esta vez ni siquiera me ha salido el buzón de voz, sino un mensaje indicándome que el número marcado no existía, he marcado tres veces más y lo mismo; pero en ese momento vuelve a sonar el teléfono, era Ana desde Torrevieja, diciéndome que por qué la había dejado allí sola y me había venido a Albacete, le he dicho que no entendía nada, y que yo no había ido con ella a Torrevieja después de mi inocente respuesta, me ha dicho que era un cerdo y que no quiere volverme a ver.

            Las cosas extrañas no cesan esta noche, pero en este momento algo me dice que lo único que puedo hacer es seguir escribiendo todo lo que pienso y es que noto una fuerza dentro de mi que me obliga a escribirlo todo. Llaman a la puerta y ahora no son imaginaciones mías, han vuelto a llamar, voy a abrir (...).

INFORME DE CONTROL DE POSESIÓN CLÍNICA (Evaluación final):

El experimento no ha salido como teníamos previsto, ya que aunque el paciente ha ido escribiendo lo que hacía y pensaba, ha mostrado síntomas de contradicción en su personalidad, y además ha sufrido alucinaciones y paranoias, por lo que ha escrito cosas que no le han ocurrido. Pero lo peor de todo es que incluso ha ido notando los efectos de posesión en su cuerpo y lo ha ido desvelando cada vez de forma más rotunda; por lo que nos hemos visto obligados a suspender la operación.

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DIARIO DE UN INSOMNE


La vida y los sueños son hojas de un mismo libro, leerlas en orden es vivir; hojearlas, soñar.

                       SCHOPENHAUER.

     Daniel sube despacio las escaleras, los escalones le parecen kilométricos, se apoya levemente en el pasamanos. Aunque sólo emplea dos minutos en este ejercicio, a él le parece toda una eternidad. Sin lugar a dudas debe sentirse cansado o envejecido.

     Se acuesta tarde, muy tarde, en realidad teme que llegue este crítico momento, pero aún lo afronta con claro y determinante estoicismo.

     Una vez en la cama, enciende la radio, a la par que la luz de la mesita de noche, ambas – la  luz y la radio – le hacen compañía, porque la tenue luz con sus sensuales tonalidades también acompaña, es el vehículo transmisor de los ojos de tu cara que te transportan en un decir “ya” a la inmóvil y siempre infinita imagen de un cuadro o al vuelo irrelevante e irreverente de un mosquito, que siempre te molesta o te pica y nunca atrapas con tus torpes manos, por más que lo persigas en la nada del aire nocturno. La luz es el antagonista del silencio, tiene vida la luz, solapa los instantes, desmenuza los minutos eternos.

     Daniel lee, siempre lee, está leyendo “Fervor de Buenos Aires”, si su autor no fuera Jorge Luis Borges, le impactaría doblemente, pero Borges no impacta, sobrecoge;  Fabula e idea de una manera desnaturalizada, es decir: no natural, de forma natural lo hacen el resto de los escritores, él no es el resto, ni tan siquiera uno más, es absolutamente único y brillante; ¿ Cómo entender si no estos renglones?, “......pero soñé que yo era las monedas que custodiaba un grifo”.

     Daniel cree o intuye que es muy tarde, las 2´15 h., aún así, continúa leyendo, pero no se concentra, lo intenta de nuevo, lee tres páginas más, después constata que no sabe lo que ha leído, para, las 2´30 h., definitivamente apaga la luz,  acomoda ligeramente la almohada debajo de su cabeza y adopta la postura fetal. ¿Y ahora? – se pregunta en la oscuridad, perplejo -. Y  su subconsciente se atreve a entrar en el juego y le responde “¿Cómo qué y ahora?”, “¡a dormir se ha dicho!”.

     Ahora ya no hay luz, también porque cierra los ojos, claro, pero su mente continúa sola, su particular viaje. Al cabo un día más, ¿hasta cuándo?, ¿estás bien?, más bien jodido, ¿no?, no lo sé, mañana será otro día; “Si, eso crees, pero ahora no puedes dormir”; Me giro a la derecha, calor, tengo calor, la boca reseca, debe ser el tabaco. Daniel se reincorpora, enciende la luz, bebe agua, las 2´55h., apaga la luz, la música del reloj-despertador se apaga sola, ha pasado ya una hora. “¡Piensa en algo!, ¡coge el ritmo!”.

     La oreja izquierda de su cara se queja porque lleva veinte minutos doblada, “joder que bruto eres”. Una pierna (cualquiera) está colocada sobre la otra y pesa un montón, de día, esta situación tan sumamente banal, no la notamos, pero es porque de día, una pierna (cualquiera) no está sobre la otra, sino al lado, normalmente en posición vertical.

     Ahora cierra los ojos y transcurre la inacabable y complicada película de tus ideas en tu mente: Imaginas, crees, creas, piensas, juntas, pero no sale nada.

     Igual Daniel es un poco masoquista, y en el fondo le viene bien su victimismo, su autocompasión.

     No, no, no quiero ser nada que termine en “ista”, ciertamente me importa un bledo, pero, sí me gustaría ser como todo el mundo, meterme en la cama y dormir, sin más. “¿Has probado a tomar un vaso de leche caliente?” No, claro que no, si andara, o mejor si corriera quince kilómetros, seguro que caería fulminado, pero la leche caliente o una ducha no creo que tengan, entre ambas, el mismo efecto. Las 3´20h. . La pierna que sacaste hace un momento se está quedando helada, ¡adentro!, de nuevo, giro a la izquierda. ¿Y si me levanto y veo una película? Con la tele, seguro que me duermo, lo hace todo el mundo; no, no, es muy tarde, si   me bajo ahora, apenas voy a dormir tres horas, mañana estaré hecho polvo y tendré un montón de sueño. Continúo dando vueltas, definitivamente creo, me falta vocación de felicidad. Pienso: Me preocupan especialmente los presos de conciencia, los indios aimaras, mi propia evolución como persona -¿ y si me vuelvo majara?-, y el tenue e impenitente goteo del bidé del aseo de abajo, se derrocha mucho agua.

     No pretendo saber qué cosa es el tiempo, ni siquiera si es una “cosa”, pero continúa sucediéndose y yo no me duermo, pero sí, la mano derecha, se ha dormido, ¡ pobrecita!, ¡ es tan tarde!, la despierto, la tengo acartonada, ¡ que asco!, pareciera que no son míos los dedos, los extraño. Ya, ya vuelven en sí, claro, como estaban dormidos, (los dedos, los cinco dedos), ¡pobrecitos! Las 3´45h., voy al lavabo, “¡vaya cara tienes!”, claro, ¿qué quieres?, a estas horas todo el mundo tiene la misma cara. “¡Venga hombre, duérmete!”. No puedo respirar por las narices, las tengo taponadas, así, debo con toda lógica respirar por la boca y entonces se me seca, pareciera que tengo una piedra en la garganta. Me gustaría dejar de fumar; “Si, claro, ¿y de vivir?”, a ratos, también. Le doy tres o cuatro golpes a la almohada – está caliente –, me  pica la rodilla, a partir de mañana no voy a tomar café, “¡no es el café, hombre!, estás completamente alterado, nervioso, necesitas tranquilizarte”. ¿Y media pastilla “dormidine”?, no, ahora por supuesto que no, antes, tal vez, son las 4´35h., si ahora me tomo una pastilla, mañana no va haber quien me despierte. “¡Haberlo pensado antes!, ahora aguántate, no pienses más en esa mujer, no merece la pena”. ¿Cuál merece la pena?, vaya preguntas me hago, claro que no lo sé, igual ninguna. “¿Estás solo, eh?, ¿cómo se siente uno así?, ahí, todo tirado en una cama tan grande”. Hombre, se puede uno dar mejor la vuelta y tienes la clara ventaja de que no te entra frío por el cogote. ¡Vale, vale!, para ti toda.

     Las 5´10h. . Me estoy poniendo bastante nervioso, mañana voy a estar de muy mal humor. “Claro, si te hubieras dormido ya”.

     Ya sé, debo pensar, concentrarme en algo concreto; Dormir, al cabo, es distraerse del universo. Ahora cierro los ojos, empiezo a ver círculos concéntricos, imagino de todos los colores, espacios cósmicos vacíos, vetas de nieve, figuras geométricas, sólo debo pensar en esto, sombras oblicuas, la modificación del espacio, eléctricos movimientos pausados, el aire los envuelve en el subconsciente del techo, reflejos de luces en la nada, no se oye absolutamente nada. “Tú en medio de la nada, el vacío. No pares, no, sonidos, giros, colores, las esquinas del vacío, álgebra de los sentidos, calidoscopio de sensaciones, el abismo, lo verosímil, lo incierto, el naufragio, no pares, continúa......”.

     A fuerza de fatigar las horas vencidas, Daniel se ha dormido. Las 6´45h. . Empieza a amanecer. El claro día escupe sus sobras en las calles mojadas de la ciudad, los coches de nadie vuelan a través del silencio. Ya es otro nuevo día. En la calle, una mujer, dentro de un abrigo, va a no sé dónde, probablemente a misa –todavía hay gente que va a misa –, ¡qué  le vamos a hacer!

     Las 8´50h. Riiiing, riiiiiiing, riiiiiiiiiiing, rii., Daniel abre un ojo, apaga el despertador, abre el ojo que, aún, permanecía cerrado, se sienta en la cama con desgana, mira a través de la ventana – está lloviendo –, los  perros vagabundos mordisquean las bolsas de basura.

     Daniel tiene que ir al trabajo, pero hoy, al menos hoy, se quiere morir, mañana, tal vez haya cambiado de opinión, pero hoy, definitivamente, quiere morirse.

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DON JULIAN DE A PIE


           Entre truenos, relámpagos, y mil cantares de tantos más pájaros que anunciaban diluvio, despertóse Don Julián, atónitamente sorprendido de este sin par y extraño día de verano. Embotado y vacilante, rápido y sagaz, en descamarse de las sábanas el afable sorprendido, alzó las persianas, corrió el cortinaje. Ensimismado delante de tan tremendo aguacero, dejó de mirarse el ombligo para desayunar tranquilamente  en el salón mientras se bañaba los tímpanos con el rítmico recital que deambulaba por las calles y avenidas de todo el capitolio. No se hubo aún atenuado el día cuando Don Julián gozaba de aquella otrora dulce mañana, degustaba el amargo del café y saciaba el apetito con lo poco que quedaba de pan seco en una amarilleante y no demasiada limpia cocina. Se le ocurrió a este contento y feliz ser una bonita idea para aquel maravilloso y encapotado despertar.

 Así que no tardo mucho en vestirse y lanzarse para las calles para darle bonanza y alegría a aquel aleatorio ciclón que a todos parecía haber cogido por sorpresa. Y entró en una conocida pastelería, y esperó su turno felizmente callado para después romper el silencio.
           -Muy buenos días señor pastelero.
           -Muy buenos días -respondiendo a la sonrisa replicó el dependiente.
           -¿Que va a querer venderme gran cantidad de las más buenas galletas que ha preparado para hoy?
           -Con mucho gusto, mire usted, estas son las que más agradan a los clientes, ¡acabadas de hacer!
           -¡Pues, mire usted, póngamelas todas!, que, porque tal soy yo hombre de recursos, voy a ofrecérselas a todo buenandante que conmigo se cruce, para agradecer este apaciguante día despistado del verano celebrándolo con todo el que quiera y pueda.
           -¡Qué gracioso está tan temprano! -dijo feliz y soltadamente el pastelero¾ ¡Pues mire usted, tantos van y tantos fueron!

Y don Julián salió del establecimiento con un montón de galletas sobre una bandeja de cartón. Rebosaba sus pareceres a manos salvas con todos aquellos a los que alcanzaba su libre albedrío; empezó a caminar con perdido y pautado rumbo por doquier que anduviera un transeúnte, diciéndoles a uno y a otro qué apetecibles eran las galletas y cómo acompañarían esa borrasca insólita que encapotaba de los más lindo el cielo. Ni uno ni otro se detuvo para agradecer el detalle y admirar los cielos, que tan cargados estaban.

Extrañamente aturdido, completamente parado sobre sus pies, con la bandeja intacta sobre las manos, se encontraba en el justo medio de una calle peatonal, cuando dos jóvenes que por ahí andaban cogieron un par de galletas sin reposar su paso.
           -Gracias -dijo uno de ellos.
           -¡Por el tan precioso día! -exclamó contundente Don Julián.

Pero algo más contundentes resultaron ser los argumentos del joven contiguo, que desdeñó la ofrenda en la papelera que un su recto paso se encontraba. No obstante, se percató de la jugada Don Julián, que estalló en carcajadas, más loco aún de lo que aparentaba; por cuando serenándose, se le apareció al lado una anciana sepultada bajo el peso de sus mantas, y le preguntó:
           -¿Á qué se debe tan generoso el caballero esta mañana?
           -¡A que hace un día espléndido! Sírvase señora y contemple cuán diferentes e iguales son cada bulto, cada tonalidad, ¡cada teja del tejado insostenido...!
           -¡Tenga usted mucha suerte! -dijo la anciana, y desapareció de entre la multitud.

Tantos más pasaron sin inmutarse, sin ni siquiera mirarlo, adelantando los pasos y acelerando el tempo de la indiferencia que exhalaban.

A un niño que intentaba seguir las largas zancadas de su madre lo atrajo “la gracia de aquel humilde gracioso hombre de mediana edad que tan graciosamente regala dulces, amontonaditos todos en la bandeja”; la misma bandeja que Don Julián agarraba con tantísimo empero; y se acercó a convidarse a una de aquellas vistosas e irresistibles galletas. Don Julián tomó un par y se las entregó al chiquillo, dando tiempo a la madre, protectora desconfiada,  para venir con esto que las madres regurgitan cuando niegan la oportunidad y la mucha lógica que hay en querer conocer a un desconocido. Al respecto de cuán tanta hipocresía, sonriendo le dijo Don Julián:
           -Señorita, son riquísimas galletas del más honorable pastelero, que me ha dado consentimiento y visto bueno a esta idea mía de regalar dulces en pos de tan bonito e impredecible día. ¡Mire usted el cielo, mire qué lindo!
           -Hijo -la madre sin mirarlo-, devuélvele las galletas al señor. Y usted, despiadado, maldito, loco... ¡ que me cago en tu madre, en el pastelero y en el chaparrón que nos espera!
           -Nunca pensé que una galleta iba a inspirar tanta mierda -sonrió de memoria, como por inercia, y se despidió del niño a escondidas de su madre antes de que también desaparecieran uniéndose a la orquesta-pantomima que, estaba empezando a asimilar Don Julián, parecía marchar por las calles en lenta estampida.

Don Julián quedó rumiando qué hacer con toda aquella bandeja, quería él decir a la gente que hoy se repartían galletas, por tan bonito día, para que ellos respondieran agradecidos y le dedicaran unas palabras al buen tiempo y se saludaran cordialmente. Pero sólo topó con reproches y burlas. Más aún, se sentía ya decepcionado, pero se le apareció en la quijotera la forma más sencilla de repartir las galletas sin tener que intimidar o apelar al sentido de la obligación de nadie: sin detenerse mucho, se acercó a unos jóvenes que tendían la mano con esos periódicos gratuitos que furrulan por las ciudades. Plantándose enfrente, empezó a explicar el plan que había urdido ipso facto: acompañar la letra impresa con galletas, lo de siempre con lo nuevo, lo creíble con lo irreal. Reacios ellos a las peticiones de él, le obligaron a insistir, hasta tal punto que tuvo que dejarles el número del carné identificativo, que es garantía de confianza. Se empeñó muchísimo Don Julián en que al adelantar una galleta dijeran: «¡Tenga!, por el tan agradable día». Los chicos, atónitamente sorprendidos, se resignaron a la misión que encomendaba Don Julián de a pie, hombre de corazón sencillo.

           Observa cómo se reparten las galletas, y cómo la gente las coge de buen grado, regresará a su guarida, omnubilado por el cielo encapotado y por las gotas que resbalan y las hazañas que ha hecho y recibido, en ella rumiará algunas nuevas mirando por la ventana. Cuán graciosa y extraña mañana de verano.

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ECHAME UN VISTAZO


Quien crea en la igualdad del Hombre
es que es de otro planeta
porque no son lo mismo los ojos de mi vecino
que tus cejas de
sorpresa
o de vergüenza, o de sinvergüenza:
porque nadie conoce tus ojos
como tu y yo cuando nos miramos,
ni siquiera dios, que está en los cielos,
y por eso todo lo ve nublado. (Y luego está el Papa
algo sordo,
y al final hasta el pescado es pecado). Ya ves.
Es posible que hoy tengas un buen día
(o que ya lo estés teniendo)
bueno o malo,
porque la alegría nada en la tristeza
y hasta la tristeza navega hacia el abrazo.
Te apuesto lo que quieras a que aún sabes llorar,
incluso te apuesto a que aún sabes llorar
de alegría
con lo cara que se ha puesto la alegría
con la mala cara que le hemos puesto a la sonrisa
con la máscara que le hemos puesto a la sonrisa
con lo baratas que están las risas enlatadas y en conserva;
peces muertos para la cena de un payaso triste.
Y aunque a veces seamos payasos, y muchas más tristes,
te apuesto lo que quieras
a que te sabes reír
y a que te sabes llorar,
y a que el maquillaje se te corre -qué demonios-
de alegría
cuando te miran unos ojos.
Y si pierdo, te prometo mi mirada
de premio de consolación
porque mi primer premio es la tuya ya.
Muchas gracias.

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EL DINOSAURIO


CAPÍTULO I

- Escucha Augusto: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí".
- Es muy bueno, pero no pico. Eso no es tuyo. Eso lo escribió un tal Álvaro Mutis.

CAPÍTULO II

De: amutis@teleline.es
para: Monterroso
asunto: dinosaurio

¡Augusto, por Dios, despierta!

CAPÍTULO III

- ¿Y dices que eso te llegó por internet?

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ELEGÍA A CARLO GIULIANI

 


La vida, tan fugaz a veces
pasó como un susurro delante tuyo
te acarició la frente
viajó por tu espalda y recorrió tu espina dorsal
hasta llegar a tu memoria:
en apenas lo que dura un lirio
te balanceó tu madre en la cuna
tu padre te llevó a hombros
jugaste con otros niños a la pelota
besaste a tu primera chica
te ardió en el corazón un sueño
y mientras lo defendías
amenazaste a un carabinieri con un extintor.
Fue solo un momento
porque la muerte es eso
es cerrar los ojos   sin previo aviso
sin darte cuenta un parpadeo más
un breve momento de oscuridad como otro cualquiera
y sin embargo
ya no volverás a luchar por ese sueño
ni tu madre mecerá a su nieto en la cuna
ni tu padre lo llevará a hombros
no conocerás a la chica a la que dediques
para siempre tus besos...
porque la muerte es eso
una ráfaga de viento que arrastra
sin más
la
vi
da.

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¿ENTONCES PA' QUÉ PREGUNTAS, IMBÉCIL?


¿Me podrías decir, –dijo– algún libro bueno
Para que me lea? Estoy ávido de literatura.
¿Poesía o novela? –le pregunté–
Novela, claro... la poesía me aburre un poco.
–Será que no sabes leerla, pensé–
Pues mira, te puedes leer cualquier libro
De Bukowski o de John Fante...
Pero... Es que...
¿No les has leído? No
¿Entonces? ¿No me has pedido algo bueno?
Pero... Es que...
¿Te has leído 1984? Es que es muy gordo...
Estoy buscando algo fácil de leer.
–Pues más fácil que eso... Yo me lo leí en nada–
“De sobremesa”, de José Asunción Silva.
¿Y quién es ese? –con cara de agonía lo dice–
Mira, déjalo... ¿Qué cojones importa quién sea?
¿No me has pedido algo bueno?
Pero... Es que...
¿Boris Vian? ¿Huxley, “Los escándalos de Chrome”?
Pero es que...
¿”El buscón” de Quevedo? ¿Oscar wilde?
Muy viejos.
–Como tu padre, ¿no te jode? –
Mira, por qué no me dejas en paz...
Y te lees el “Código Da Vinci” o a “Harry Potter”,
O los putos “Pilares de la tierra”.
Es que esos ya me los he leído...
¡Joder, haber empezado por ahí!
Si quieres leer lo que todos leen no me preguntes a mí,
Sino a todos;
Y si lo que quieres es el libro perfecto para ti,
Escríbelo tú, pero no me jodas.
Es que... no sé...
Si no sabes qué coño quieres
Deberías empezar
Por la puta poesía.
¿Qué tal un poco de lo mío?
Pero... Es que...
Pues anda y que te follen, gris.

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ENTRE LA CIUDAD SÍ Y LA CIUDAD NO

                No calles jamás aunque te maten,
porque quien calla otorga compañero,
y es muy triste que otros queden
tendidos en la calle por tu pan.
(Anónimo)

   José Maria Gil Carbonell, se había levantado despacio y se vestía con tranquilidad y silencio. Se había ajustado la faja de planchas de explosivo perfectamente distribuidas, de casi dos kilos de peso, alrededor de su cuerpo. A las once y cinco pasaría al reino de Állah por el camino del martirio. Saludó al sol, se lavó pulcramente y rezó sus oraciones por ultima vez. Hoy 11 de Agosto era su día elegido. Bajó por las escaleras con lentitud ritualistica dejando dormitar al ascensor, quería ser consciente de todos los movimientos de su cuerpo y de su alma y dirigir, por fin, su mirada a Él, al Espíritu, a Állah, el Clemente, el Misericordioso,.... Bendito sea siempre. La conciencia de sus pies fue desapareciendo de su mente y entró en una especie de relajación que le proporcionaba un calorcito agradable invitándole a abandonarse más y más, perdiendo progresivamente la conciencia de sus piernas, su cuerpo y su cabeza. Todo su mundo estaba en paz.

  Había subido al autobús casi sin darse cuenta, ocupado su lugar de forma elegante y altiva, sus ropas limpias y bien planchadas denotaban la actitud de un europeo políticamente correcto. Una niña de ojos azules le miraba con detenimiento, más o menos tendría la edad que ahora tendría su hermanita Nadia, también iba a morir como ella victima de una explosión terrible, que nada tiene que ver con ella ni, seguramente con ninguna persona del autobús. Pero seguramente también sus televidentes padres han visto como todos, mientras cenaban o comían, en los telediarios, cómo desde un Harrier nuestros aliados bombardeaban una nave que albergaba a mas de cien personas cuando la OTAN bombardeaba Yugoslavia, cómo desaparecía un mercado entero en Bagdad o como ametrallaban los sionistas Belén o Ramala, sin pestañear! Cuantas veces cien, cuantas veces doscientos, cuantas trescientos!! Cuantas veces medio millón de muertos y medio millón de desplazados! ¿Cuantas veces Occidente? ¿Cuantas veces América? ¿Cuantas veces Europa? ¡Cuánto nos queda más!

  Ya había contabilizado cinco paradas, faltaban dos y a la siguiente accionaría el dispositivo y se pondría en pie. La inercia de la frenada activaría el mecanismo de alivio de tensión y su cabeza se apagaría para siempre y sería Uno en la visión de Allah. El autobús continuaba firme y confiado a la altura de Cibeles, miró a su alrededor y pudo adivinar la expresión de dolor y sorpresa de los heridos. Por un momento se puso tenso al presentir el inminente frenazo del autobús ante el semáforo cambiante ya. Un sudor frío recorrió su cuerpo, una tremenda tensión interior se apoderó de él y una desgarradora angustia invadió su alma, miles de recuerdos se hacían presentes, juntos e intemporales....

   Despertó sobresaltado, se vio sentado en la cama sudando, detrás de sí adivinó el cuerpo de su mujer, eso lo tranquilizó. ¡Qué horrible pesadilla! Las siete menos cuarto, hoy se levantaría antes.

  Se duchó despacio, puso la radio y recordó que hacía tiempo que sólo veía la televisión y había perdido aquel hábito de estudiante. Hoy se vestiría bien y haría un día especial, un día de nacimiento, había sentido la muerte cercana de alguna manera.

  Llegó desahogadamente hasta la parada del autobús, hoy no compraría el periódico para leer otra vez hechos de destrucción y de guerra, había decidido no utilizar ni siquiera el coche ese día, tomaría el autobús y después caminaría lentamente degustando los diez minutos escasos que le separaban de la oficina. El autobús llegó en punto, un vehículo entrearticulado de dos cuerpos cubrió la parada y los viajeros se movieron hacia dentro y hacia fuera, en escasos treinta segundos inició el movimiento. Una niña de ojos azules le miraba con detenimiento, apenas tendría la edad de su hijita Laura que dormía aún. Una chica que leía nerviosamente cerró el libro y se levantó cediendo el asiento a una señora mayor que se movió con torpeza agradeciendo su acción. De pronto el autobús comenzó a decelerar su marcha y el suave frenazo consecutivo le sacudió y le hizo entrar de pronto en un estado de confusión mental dejando su visión expuesta a una fuerte radiación roja, brillante hasta hacerse blanca, se sintió sumido en un tubo de luz que lo absorbió entregándolo a una sensación de paz infinita y profunda.

   La deflagración había incendiado totalmente el autobús, con estruendo se oyó el ruido de cristales rotos que caían en tropel desde los pisos superiores de los edificios colindantes. El ulular de las sirenas invadió poco a poco las calles limítrofes y a los cinco minutos el lugar se convirtió en la escena obligada y terrible de una historia más de guerra.

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ETERNO


¿ Te acuerdas cuando hablabas con Otros?
¿Cuándo escribías para Otros? ¿Recuerdas lo hermosos que eran algunos de los lenguajes que usabas? ¿Algunos de los que tu mismo diseñaste?
- Isbaniol,  Anguelez, Confederal, Estanadar, Milko...

¿Qué lengua usas ahora? No tengo ni idea. A estas alturas no sé qué forma tienen mis pensamientos. Seguro que, quizá, he regresado a la Lengua Madre, sea la que sea.

¿ Te acuerdas de la desesperación que tenias por conservar las cosas? ¿ Cuándo buscabas complicadas formas para almacenar tus recuerdos?
- discos magnéticos, ópticos, enzimabits, redes metaneurales (joder, ha habido tantas)

Cada mil años cambiabas de soporte, luchando a lo tonto, de forma inútil contra la entropía, la lenta, pero imparable degradación de la materia que te rodea, como si pudieses compartir con Otros la carga de tus recuerdos.

¿Recuerdas los mapas detallados que hacías sobre continentes que hace millones de años que desaparecieron? Los recorrías a pie, por completo, anotando la posición de cada piedra, cada cochino río, cada puta montaña.
- Aún deletreo, como caramelos, sus nombres exóticos -los que les fueron dados o los que yo mismo les puse en los años en que no había nadie que pudiera dárselos: Amírika, Uraisia, Aferika, Titsuulga, Nariondaar... -

¿Por qué coño nadie me avisó que la memoria pesa tanto? Imágenes borrosas de rostros, especies inteligentes, criaturas de todas las formas, de todos los colores, de todos los tamaños. Los delicados bestiarios que dibujé no son mas que polvo perdido, arrastrado por el viento y mezclado con todos los libros que leí, que me aprendí de memoria para nada. (Xéxpiir, Cerevantesh, Tolkien, Ner-Uda, Digolas, Indeele, Betoben (¿o este era de los que hacían armonías? Tanto da. Era todo muy bonito, pero ya no está). Joder, incluso las rocas, los basaltos y los diamantes sobre los que tallaba la cuenta de los siglos que iban pasando (al principio eran los años, así de ingenuo era yo) hace mucho tiempo que se hicieron arena, arena que fue arrastrada al fondo sedimentario de los océanos, fondo que se elevó de nuevo a montañas, convertida otra vez en piedra, en el baile de las placas tectónicas.

¿Te acuerdas de cuando jugabas a Creador, a Guardián? ¿A traer la luz y la inteligencia, pastoreando especies prometedoras de animales, plantas, hongos, minerales.., vigilando día a día su camino en la evolución, cruzando los ejemplares más capaces, seleccionando las razas para transmitirles el legado del arte, del conocimiento, de la tecnología de las miles de civilizaciones que fueron primero, brillaron y nunca más han vuelto? ¿A crear especies absurdas (¿te acuerdas de las babosas-calzón? ¿del urzón de veinte patas?) solo para ver qué pasaba?

-Ya me cansé de ese juego. Me aburrí de verlos crecer, multiplicarse, poblar la tierra, saltar entre las estrellas, colonizar las galaxias, sabiendo que a mis ojos no eran mas que espuma. Espumarajos desaparecidos antes de ser. Recuerdo que me quedaba absorto contemplando sus ascensos y caídas, la forma en que inventaban sus guerras, su comercio, sus religiones (aún no sé por qué casi todos pensaban en lo divino), sus redes de comunicación, sus hábitos procreadores que luego se iban. Lo miraba igual que, al principio (eso lo recuerdo con claridad) miraba el oleaje estrellándose contra las rocas, cada ola igual y totalmente distinta de la anterior. Hacía apuestas conmigo mismo sobre qué montaña sería barrida antes por la erosión. Primero miré el mar. Luego miré las inteligencias. Luego el ir y venir de las montañas y las rocas. Ahora me entretengo contemplando el oleaje de los soles. Los veo crecer y morir, perderse en un cosmos cada vez más grande y más frío. Más apagado. Lleno de ceniza tenue, tan aislada que apenas puede arremolinarse para formar de nuevo una estrella.

¿Te acuerdas de los humanos, tu propia especie, desaparecida en la noche de los tiempos? Me sigo viendo todos los días. Por eso hablo conmigo mismo. Me he convertido en mi única referencia. En lo único que apenas cambia. Sigo teniendo dos ojos. Sigo teniendo pelo. Dos manos. Mi polla sigue levantándose por las noches, desaforada, exigente, llamando a gritos a una hembra de mi especie, a una hembra de cualquier especie, a cualquier sexo de cualquier especie, a cualquier criatura mínimamente consciente que pueda ser una compañía. (¿cuándo dejaste de follar?). Hace mil seiscientos millones de años que dejé de fumar (de hecho, ni siquiera recuerdo qué era exactamente “fumar”). Hace novecientos veintiséis millones de años que, en realidad, no hablo con nadie. Hace seiscientos treinta y dos millones de años que dejé de comer. Hace quinientos sesenta millones de años que dejé de vestirme. Pero aun duermo. Aún sueño por las noches. Aún me caigo de sueño y tengo visiones de cuerpos abrazados, besos, bocas cálidas, caras borrosas que casi recuerdo, orgasmos tristes de los que me despierto empapado, sudoroso y tan triste que quisiera borrarme a mí mismo de la existencia (¡qué imbécil!). He intentado dedicarme únicamente a dormir, pero es absurdo. Mecánicamente, cada ocho horas, despierto de nuevo. Salgo de los sueños que me salvan y estoy otra vez en el mundo real, jugando a bautizar constelaciones (hace cincuenta millones de años que los Artexidales se extinguieron. Ahora es una de esas etapas en las que no hay nadie capaz de poner nombres a las cosas)...
Mejor así.

Apenas me acuerdo de nada más.
Ni siquiera de porqué narices quise ser inmortal.
Ni de cómo cojones lo conseguí.

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FOTOS


           Nada contribuye a ayudarme en tu recuerdo. Volví a la última playa pero no quedaba nada ya de nuestros cuerpos en la arena. El viento, el mar y otras huellas mentían, gritándome que nunca habíamos sido felices en ese lugar, quizá en ninguno, nunca, susurrando que quizá estaba loco y sólo eras un producto de mi imaginación, de mi hambre de escapar a la soledad. Tú y yo sabemos que no es cierto. Lástima que siempre te negaras a salir en las fotos.

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HUIR DE LA NADA

   
Caridad trataba de quitarse el velo de el rostro al salir de la iglesia… Corrió escuchando a lo lejos; los murmullos provocados por las voces de la gente que gritaba su nombre en forma atona; vulgar; simple y llana. Trató de tapar sus oídos con las manos. Trató de ocultar su llanto entre los brazos de una golondrina imaginaria.

   Que tonto se escuchaba: “el día más feliz de mi vida” absurdo… absurdo… absurdo…
Dedicaba la mayoría de su tiempo en dibujar durante horas imágenes que le venían a la mente. Castillos en las nubes, dragones de fantasía, un mundo tan suyo; tan real… casi tan real como Carcosa… Casi tan bello como Sarnath en toda la magnificencia de su apogeo. Imaginaba Tronos y Potestades bailando alrededor de un alma nueva… La tristeza de la madre al ver caer a su hijo. La belleza del reflejo de la luz contra el espejo. La vanidad del vacío… Dibujaba tantas y tantas cosas.

   Pero eso hoy se había terminado. Sólo música falsamente alegre; creada para tratar de ocultar cual un meñique al sol, todas las lágrimas vertidas en las mejillas de Caridad. Su mirada perdida trataba de encontrar un refugio en medio de imágenes de santos que gozaban sus martirios con abnegación. Corrió y corrió tratando de escapar de todo aquello que la perseguía y dañaba. Huyo de todas las fantasías que pueden enturbiar la mente de alguien que sólo cree en sí misma; de alguien que trata de conservar una semilla de inocencia y de esperanza, piedad, ternura, belleza; todos esos sentimientos que resultan inútiles en este mundo vano.

   Era la segunda de tres hermanas, la única sobreviviente de tres hermanas… La mayor murió diezmada por la peste. La tercera ni siquiera tuvo tiempo de respirar… murió junto con su madre el día del parto. Su libertad; la vivió con su padre en medio de una hacienda apenas autosuficiente. Apenas y recibió educación; pero tenia aquella chispa de curiosidad que hace que todos los sueños traten de traspasar los muros de la falsedad. Aprendió a leer con una cocinera solitaria; casi tanto como ella misma, que leía poemas para acompañarse en las tardes de llovizna fría. Buscaba comprender los ciclos vitales que rigen al mundo leyendo cuanto tratado caía en sus manos. Eso se convirtió en su segunda pasión pero sin llegar siquiera a superar aquella por crear imágenes sobre el papel.

   Apenas trataba de dormir y era asaltada por sueños que la volcaban sobre el piso… Besos falsos y tiernos. Labios aferrándose a los suyos. Amantes ojos posándose sobre su cuerpo enhiesto y desnudo. Cuchillas que cortaban su busto por la mitad. Todo era siempre una sucesión de imágenes sin sentido. Intento todo… desde infusiones de yerbas exóticas hasta rezar un rosario antes de dormir… sus dibujos eran un contrapeso a todo lo que existía en medio de su inestable conciencia. Su mirada saltaba algunas veces sin distinguir la realidad de la fantasía. Perdida en el vacio de la nada.

   Eliseo pensó que su hija estaba enferma, o algo así, recurrió a un alópata y a otro. Incluso una vez estuvo a punto de consentir que un sacerdote la exorcizara a causa de unas manos cortadas y atravesadas por un clavo adornando una hoja en blanco hallada dentro de un libro. Falta de atención dijo cierto hombrecillo de mirada fija y vacía. Opinión tras opinión, chocantes algunas, exasperantes las más.

   La abuela había hablado…

   La encontró escribiendo con un punzón, sobre el maltrecho tapiz abigarrado de flores de su recamara una y otra vez; en forma cíclica: LAS LAGRIMAS NO CEDEN NUNCA.

-Mira Eliseo- parpadeo – tu hija esta enamorada –  agregó con tono sarcástico - ¿pero de quien será?-
-Tu hija necesita casarse para quitarse todas esas ideas tontas de la cabeza acerca de sus hadas y sus duendes-
-necesita sentar cabeza.
-tiene que pensar en formar un hogar-
-tiene que…
-tiene que…
-tiene que…

   Había que buscar un hombre ideal. Formal, trabajador, honesto, responsable; y sobre todo serio. El indicado era Don Manuel. Un eminente medico que trabajaba en un pueblo cercano. De conducta irreprochable y lo mejor de todo: apenas le llevaba 23 años de edad a Caridad. Un buen Esposo, un buen Marido, una buena pareja; para alejar todas esas estúpidas ideas pueriles de la cabeza de la niña.

   No hubo platica, no hubo anuncio, no hubo discurso – Don Manuel va a casarse contigo-. Apenas la expresión de desconcierto. Una mirada de extrañeza algo perturbada. Asimilando lentamente que la vida se le iba en una promesa jamás deseada por ella; apenas alzando los hombros. y bajando la cabeza para aceptar.

   Al siguiente día solo fue llevar un vestido, unas zapatillas y un velo… un mes… solo un mes… Y dejaría de ser niña…

  Le llevaron el traje usado por su madre el día de su boda. Apenas lo miró con desprecio. Su abuela gruñó con odio ante el gesto.

Y el hogar se nutrió con los sueños de la hija de Don Eliseo aquella noche.

   La fecha esperada y aborrecida se cumplió en medio de fiestas y celebraciones vacías, sonrisas huecas y bailes enfermos, regalos indeseables y consejos no requeridos. Fiesta, fiesta y más fiesta. La iglesia fue cubierta con rosas rojas, amarillas y blancas. El altar quedo engalanado con terciopelo púrpura. Sobre los que se rezaba en letras de oro: Nadie viene al padre si no es por mí. Desconocidos sonrientes, amigos inesperados, familiares nuevos; todos juntos y a la espera.

   La mitra dorada relumbra con un rayo que penetra por un vitral que representa el sacrificio de un hombre. Te corresponde ser su esclava; por el resto de tus días; parirás a sus hijos con dolor, no tendrás a otros dioses delante del, serás un escalón para que el te aplaste hasta que la muerte los separe. 

-Puede besar a la novia-
El beso no existe.
O quizás lo que no existe es la novia…
Acerca el rostro y muerde los labios hasta arrancarlos…
Escupe la carne vil sobre el piso.
Y escapa.
Rasgándose el vestido y el velo.
Tratando de ocultar su llanto entre las alas de un ave imaginaria.

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INTENTEMOS ACABAR CON ELLOS

 


Al caballo no le llaméis tantra,
No le llaméis tantra al caballo.
Es este estado de  conciencia,
De celo,
De opacidad bruta...
La marca del jinete
son abcesos en las venas,
manchitas en el pulmón,
resumen de una vida
que hizo jirones el resto.

¡Porque yo escupo a los yonkis
y alabo a los suicidas!

Me acuerdo de mis amigos
-si es que se puede ser amigo de un yonki-
y sólo siento haber perdido
a los suicidas.

La pérdida de un yonki es alivio
Pues es cansancio conocerle
Y es desidia hasta mirarle.
Con ellos todo es pérdida:
El cariño, el rencor, la heroína.
Con ellos el mañana es una apuesta
Y el presente sufrimiento.

¡Yo sí, yo escupo a los yonkis
y alabo a los suicidas!
Sin embargo, hace tiempo ya
Que perdí a mis suicidas,
Mientras que los yonkis
Siguen cerca
Husmeando,
Como cerdos en cachera,
el despojo que he de darles.
Extraño a mis amigos.
Están muertos.
El devenir, sólo me ha dejado
Rodeado de estos yonkis 
A los que quiero odiar.

Vale, vivos están.
Hay que asumirlo.
Vivos y dolorosos.
Hay que asumirlos.
Lentos y eternos
Basureros humanos.
Cadencia, regla,
Uniforme, miradas de soslayo.
Armazón de piel
Y escamas...
Hay que asumirlo
para odiarlos.

¡Escupo, escupiré a los yonkis!
¡Acabaré con ellos –llámales flema-¡
son la portada del inconsciente.
La editorial del asco
que repite asco.
Haré un mañana que al yonki
Le resulte insoportable.
Le haré que extrañe sus monos
Como yo extraño a mis muertos.
Le ataré al deseo con aquello
Que él mismo despreció.
¡Serás deseo, siempre deseo,
es tu camino, pesada losa...!
¡Obviarás lo simple
para abrazar lo complejo
y seguir así siendo
deseo!

 

 

 

(Os hecho de menos,
lo digo,
os echo de menos.
Me duele
Pensaros distantes,
Perdidos,
Me duele veros recordados
Y distorsionados.
Te he creado suicida.
Te has creado yonki)

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LA MATRICULA


¡toc, toc, toc! (llaman a la puerta)

LA FUNCIONARIA: Adelante!
ROMUALDO: Buenos días señoras, o señoritas.
F: Buenos días caballero, siéntese ahí  y dígame lo que quería.
R: Pues mire, venia matricularme en el curso de holandés.
F: ¿Me da su nombre?
R: Romualdo Tinienza.
F: ¿Con D de “Derogate” o con T de Taperware?
R: Perdone no entiendo.
F: Pues ya podía ir entendiendo, que esta usted en la Escuela Oficial de Idiomas.
R: Si, si ya se que es oficial, pero a mi me suena con acento de gato.
F: Le digo ¿qué si su nombre se escribe con D de “Derogate” o con T de “Taperware”? vamos ¿qué  si es usted de la familia Tinienza o de la Dinienza?
R: ¡No, no! yo  soy de la Tinienza con la T de la Tapa del “Taperware”.
F: Así que Tinienza ¿eh?
R: Correcto.
F: Vamos a ver que hacemos con el señor o señoriíto Tinienza .  T, I , N, I,… ¡uy, uy, uy! Aquí en el ordenador me sale una cosa muy rarita  ¡uy, uy, uy! ¡mira tu, qué pequeñito me sale el nombrecito de este señoriíto!. ¡Brigitte!, ¡Brigitte! (dirigiéndose a una compañera) ¡Ven corre! Mira lo finito que es el nombre de este señoriíto.
BRIGITTE: ¡Ay, que gracia! es verdad , mira la “n”que finita, son dos palitos de nada, son dos palitos “de rien”, ¡que gracia! que finitos tiene los palitos este senoriiitiito.
F: Si esta lleno de palitos “de rien”, los palitos de este senoriitito no sirven para nada. ¡Que inutilidad! ¡ja, ja!
R: ¿Pero de que me están ustedes hablando? ¡Son ustedes una pareja de falsarias quimeristas!. Déjense las dos de tanto finito y tanto chiquitito y amplíen la fuente del ordenador y lo verán mas grande.
F: ¡Qué no!, ¡qué te calles! Qué ese no es el problema. Mira,  si quieres la pongo al 16 y al 20 y sigue igual, todo lleno de palitos finitos. El problema es que es usted  muy poca cosa. Tan poquita que me temo que no voy a poderle matricular. Lo imprimo ¿y ves lo que sale? Un papelito de fumar. ¡Mira Brigitte! ¡Mira que papelito “de rien” le sale al señoriíto cuando lo imprimo!.
R: Hombre por favor no se rían ustedes así, que no es cosa mía.
F:¡mentiroso! cosa mía será, además lleva usted bigote.
R: Si es ese el problema me lo afeito, me lo quito ahora mismo, mire me arranco los pelos con las manos, así, así, ¿le parece bien?.
F: No, ese no es el único problema , ya le digo que tiene usted un nombre muy pequeñito y es usted así..., en fin poca cosa. Además tiene usted pinta de haber aprovechado muy malamente el bachillerato ¿A que no me equivoco? Yo en estas condiciones no puedo hacer nada, “me lavo las manos” como Copérnico. Sinceramente no creo que pueda usted matricularse en ningún curso de nada que tenga que ver con nada, y menos aun en centros que dependan del estado. Tendrá usted que intentarlo en algún centro privado , pero algo muy, muy, muy privado , algo que tenga al menos cuarto o quinto grado de privacidad.
R: Y donde puedo yo encontrar un tal grado.
F: Pues lejos, muy lejos, desde luego. Tendrá que irse a las afueras de Barcelona, a las montañas. Pasados los túneles de Vallvidrera, por ejemplo, hay una escuela, con un alto grado de privacidad y uno muy bajo de efectividad, destinada precisamente a las gentes petisas de Cataluña que quieren aprender holandés.
R: Y cree usted que allá me aceptarán.
F: Inténtelo
R: Y no podría usted recomendarme
F: ¡No, no! Eso es imposible, hace muchos años  que la Escuela Oficial de Idiomas perdió todo contacto con la Escuela Holandesa de los Túneles de Vallvidrera.
R: Si por lo menos me dijera usted su nombre, quizá  podría ir de su parte.
F:  Brooddeminckhh...
R: ¿Cómo ha dicho?, es que discúlpeme pero habla usted con acento de gato.
F: Bodiiggil.
R: ¿Ha dicho usted Boliche?
F: ¡Si, exacto! ¡esa soy yo! La señora Boliche y ahora salga de este edificio y no diga a nadie que ha estado aquí.
R: ¡Qué así sea! , y muchas gracias  señora Boliche.

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LA TIENDA QUE TENÍA DE TODO

 
          
Yo la conocí, un día estuve en ella, aquella tienda tenía de todo: Cápsulas para la Felicidad, Píldoras para la Esperanza, Infusiones para hacer cumplir los sueños, Dulces para amar, Conservas para el Olvido, Manzanas contra el Odio, Fresas para la Amistad, Cerezas para la Risa, Almíbar contra el Llanto.. . y hasta un Caviar ruso, un poco caro, para conseguir la Paz.

Aquella tienda tenía de todo, estaba en una plaza céntrica de la Ciudad. El dueño era don Ismael, un entrañable anciano de voz dulce y pelo y barba blancos.

Don Ismael sabía que su tienda contaba con un pequeño secreto sin el cual sus productos nunca habrían tenido efecto. La gente iba a ella para charlar, para contar recuerdos, sueños, historias, para comentar libros..., para estar juntos.

La Ciudad tenía una luz especial, nunca hacía frío y nunca hacía demasiado calor.

Me contaron que así vivieron muchos años, hasta que un buen día un grupo de personas cerró la Tienda, primero llegaron unos hombres vestidos con traje, corbata y unos zapatos muy limpios y brillantes, después otro grupo vestidos con uniforme, grandes botas y armados hasta los dientes, tras ellos, y para finalizar, iban dos personas vestidas con hábitos negros.

Venían con una orden judicial. No se pudo hacer nada.

A partir de ese momento todo cambió en la Ciudad, los amigos que siempre se habían llevado bien comenzaron a pelearse, las parejas se separaban, los niños dejaron de jugar, los vecinos no se saludaban, todo el mundo estaba de mal humor. Los cines cerraron porque ya nadie entraba en ellos, los bares y los restaurantes también cerraron, ya nadie quería salir de casa, pero, en ella, las familias no se hablaban, sólo veían la televisión. Una televisión donde solía salir aquel señor con traje y corbata que había estado en la Ciudad para cerrar la Tienda. Hablaba de las mejoras que se estaban realizando en el País, de los grandes avances económicos, de las ventajas que nos traería a todos la nueva guerra que iba a comenzar con el Estado vecino, de los grandes logros conseguidos por el Gobierno. En aquel país existían muchas cadenas de televisión, pero en todas decían y hacían cosas parecidas, en todas aparecía con frecuencia aquel señor de traje diciendo las mismas cosas.

            Los años fueron pasando en la Ciudad y los días eran cada vez más tristes. El tiempo había cambiado, ahora los días eran casi siempre grises y lluviosos. Solía hacer frío.

            La Ciudad ya no tenía ese aspecto agradable que tuvo un día, los parques se habían abandonado, las fachadas de las casas estaban descuidadas, las calles muy sucias.. .Nadie se preocupaba ya por su Ciudad. No significaba nada para ellos. Mientras tanto, continuaban acudiendo a su trabajo de mal humor y, en casa, viendo la tele.

            Hoy he vuelto a ver a don Ismael, estaba muy mayor y muy triste, me dijo que después de cerrar la tienda se habían llevado todos sus productos y que la tienda la habían cerrado porque en aquella ciudad la gente era demasiado Feliz y habla perdido el Miedo. Ya no tenían necesidad de jefes, militares o sacerdotes, era una Ciudad muy peligrosa para el SISTEMA.

            Nunca he vuelto a visitar esa ciudad, porque, como ha dicho don Ismael, se había vuelto amarga y gris, como tantas otras ciudades en las que he estado.

            Lo curioso de esta historia es que la gente nunca supo que los productos de aquella tienda no tenían nada de particular y eran ellos quienes los hacían especiales con sus encuentros y con sus relatos. Don Ismael intentó explicarlo en algunas ocasiones, pero los habitantes de aquella Ciudad no quisieron oírle. Hoy me ha contado que había vivido solo junto al mar durante todos estos años, él tampoco había regresado nunca, no lo hubiera soportado.

            Hemos hablado, nos hemos contado historias, recuerdos, sueños..., nos hemos reído, cosa que don Ismael llevaba años sin hacer y, por fin, cuando nos íbamos a despedir, don Ismael me ha dicho:

-¡Oye!, ¿Por qué no montamos una tienda parecida a aquélla?, si tenemos un poco de cuidado podemos lograr que no nos la cierren, o, con el tiempo, conseguir que ni siquiera se necesiten nuestros productos para que en una ciudad la gente sea feliz.

            La idea me ha parecido magnífica, mañana comenzaremos a buscar el lugar adecuado.

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LLÁMALO TESIS

 

 
           Una tesis por empezar. Como una vida. Y con ella un miedo que empuja a la dispersión. Sensación de incapacidad. Visualización de un futuro que se ve borroso. Momento para hacer balance inconsciente, casi mecánico de los triunfos y fracasos que figuran en nuestro propio expediente irracional, ése que llevamos grabado entre el corazón y el ego, anudado a la garganta, como tarjeta de identificación, de justificación propia.

            Creyendo que dejamos todo esto a un lado, pero sosteniéndolo como base de todo proyecto, nos metemos de lleno en la aventura de descubrir cual es nuestra parte en el reparto del destino, vinculándonos de tal forma que asumimos como propios objetivos, desarrollos y conclusiones venideras.

            Y llega el silencio, y con él nos sorprendemos, paradójicamente, al sentir que nuestra pequeña obra ya está terminada, aceptándolo de manera más instintiva que mental. Una tesis por acabar. Así vuelve el miedo. Pero un miedo diferente del experimentado al comienzo. Éste nuevo, es uno que ensordece, que no escucha a razones, ni propias ni ajenas. El miedo desesperanzado del que se sabe sin futuro, del que se enfrenta a algo que ya no podrá cambiar. Es el miedo que nació para extinguirse, que contrariamente a la mayoría de los procesos, va difuminándose de dentro para fuera, hasta que desaparece, como efecto inexorable de su causa, porque la rueda ha de girar sin cambiar de dinámica, y no hay sitio para dos miedos en un alma.

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LOCOS DE ATAR


¡Saludos hermanos de la locura!

Me llamo Yupai y soy un indio yanomami, de esos que vosotros conocéis por los documentales de “la 2”. La historia que os voy a contar sucedió hace algún tiempo...

Selva Amazónica 9:30 a.m.

Me encontraba practicando uno de mis pasatiempos favoritos, la caza de la araña mona (manjar de dioses para nuestra civilización), cuando de repente sentí un enorme picotazo en el cuello, comencé a perder la visión y, finalmente, caí al suelo perdiendo el sentido.

Cuando desperté no daba crédito a lo que veían mis ojos; unos tipos muy extraños me observaban con una profunda atención. Pasados los primeros momentos de confusión, uno de ellos dirigió hacia mí un curioso aparato que había en el fondo del habitáculo, posó su mano sobre él y un torbellino de colores salió disparado de aquel cachibache de mil demonios. Me sobrepuse del tremendo impacto que significaba aquello para mis neuronas y fijé mis ojos en las imágenes que salían de su interior...¡Me estaba viendo a mí mismo en la selva! Un dardo se clavaba en mi cuello y caía desmayado al suelo; tres personas me recogían, me subían en un grande y misterioso pájaro y éste comenzaba a volar alejándose de la selva.

-“¿Te sorprende lo que ves?”-La voz de uno de ellos, que parecía ser su jefe, resonó en la estancia.

-“Hola, soy el Doctor Moreau. Aprendí tu lengua en una de mis expediciones por el Amazonas. El motivo de que estés con nosotros es un experimento para averiguar cómo un ser primitivo como tú es capaz de comprender, aceptar y adaptarse a la civilización del siglo XXI”

A partir de ese momento, comenzó una carrera frenética para intentar explicarme el por qué de la evolución de la raza humana a través de la historia.

En lo que ellos llamaban una pantalla de televisión me fueron mostrando los diferentes pasos que había seguido la humanidad hasta llegar al momento actual,

¡Joder, qué alucine!...de estar viviendo plácidamente en la selva pasé al estado de confusión más tremendo de mi vida.

Por más que le daba vueltas a mi cabeza, todo carecía de sentido.

¡¿Cómo podéis vivir en un mundo tan cruel, donde no respetáis la naturaleza, principio básico para vivir en libertad?!.

¡Quiero volver a mi mundo!

Podré enyoparme sin necesidad de pagar por ello y sin miedo a que me detengan por cometer un delito o que algún camello sin escrúpulos adultere la droga y me mande al otro barrio.

No quiero fichar en ninguno de esos denigrantes trabajos que ofrecéis en vuestra civilización.

¿De qué vale eso que llamáis “status social”? ¿Qué valores tienen vuestros gobernantes corruptos? ¿Por qué los bancos, que son la usura legal establecida, controlan vuestro ritmo de vida?¿Dónde están esos avances sociales tan cacareados? ¿En las favelas de Río? ¿En Las Barranquillas?

Quiero vivir libre sin crearme necesidades que no vienen a cuento. Sois una sociedad enferma y no quiero estar ni un minuto más en ella. ¡Devolvedme a la selva!.

Al final, y después de unos días en los que continuaron haciendo diferentes estudios, me devolvieron a mi poblado en el Amazonas, de donde nunca deberían haberme sacado. Poco a poco, fui recuperando mi ritmo de vida, eso sí, sin dejar de pensar en esa horrible sociedad que habéis creado en torno al becerro del oro.

Os compadezco urbanitas...estáis locos de atar.

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LO INFLABLE


           Estos bancos de arena que atraen, como un cebo extraño, a presas como tú. Estos micro desiertos, estas fronteras extrañas y al mismo tiempo triviales con el Adriático, estas plantaciones de paraguas y rectángulos de colores, estos testigos de tanto naufragio donde no sobra la sombra.

           Resisto una horas en este reino de lo evidente, este paraíso de lo inflable, porque sé que después existe la noche, y existes tú, y la cama, tu piel aún cálida con restos de arena, tu ombligo salado y tu sed.

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LO TERRIBLE


  
Cuando abrió la ventana el dinosaurio estaba allí todavía. La cerró y corrió al cuarto de baño, donde encontró al elefante en la bañera. Decidió meterse en el agua sólo con el paquidermo, que flotaba tranquilamente, entre las espumas, con  su color azul y su eterna sonrisa.

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MAL PRESENTIMIENTO


         Cuando Frankie Bettegga me llamó, tuve un mal presentimiento.

La mano derecha de Don Vincenzo Battaglia no acostumbraba a realizar personalmente este tipo de gestiones y cualquier excepción a esta regla, implicaba una orden directa del Gran Jefe. Por ello, no me molesté en explicarle que llevaba dos años retirado, pues La Familia Battaglia sólo contempla la jubilación, en caso de invalidez permanente o algo peor.

 Así que sin rechistar, hice el petate y cogí el primer tren con destino a la ciudad.

Dos maromos, grandes como la voluntad de nuestro Señor, me estaban esperando. Me subieron a un coche negro como una noche sin luna y me condujeron a gran velocidad hacia un parque de las afueras. Frankie me recibió con el acostumbrado ceremonial de besos y abrazos, y sin mas preámbulo, me preguntó con su voz aguardentosa: “¿Conoces a Jimmy LaPaglia?”

Podría haber contestado “Claro Frankie, ¿no es ese pedazo de cabrón al que todos llaman “Almorrana”, porque hasta para su tío Don Vincenzo, resulta tan molesto como un grano en pleno ojete?”.

Pero, como hombre prudente que soy, sólo respondí “Vagamente”.

Entonces Frankie soltó la bomba: “El Don quiere que te encargues de él”

Hopa! Eso si que era bueno. Jimmy llevaba años tocándole las pelotas al viejo, pero este sentía debilidad por la madre del aquel botarate, su hermana Luciana y se había jurado no herirla, despachando a nadie que hubiese mamado de sus pechos. Frankie debió leer la sorpresa en mi cara porque continuó diciendo: “Enterramos a la vieja el viernes pasado, Dios la tenga en su Gloria. El Don ha pensado que no es bueno separarlos, teniendo en cuenta lo unidos que estaban”. ¡Qué gran corazón! pensé, mientras Frankie reía a gusto su chiste.

Cuando hubo recuperado el resuello, me explicó la verdadera razón de mi encargo. “Verás, hace unos meses mandamos a Jimmy al Sur, a Robinsonville. Los dos malnacidos que se encargan allí de nuestros asuntos, Vinnie Pippiolo y Gino “El Cantante”, se estaban retrasando en los pagos. El Don quiso darle a Jimmy la oportunidad de redimirse metiéndolos en cintura. El muy cabrón no tardó ni tres semanas en ponerse al frente del tinglado y nosotros seguimos si ver un pavo. Eso no es bueno para el negocio. Podría cundir el ejemplo. Por cierto, los otros dos fulanos también entran en tu lote. ¿Alguna pregunta?”

¡Maldita suerte la mía! Yo retirado y de golpe me caen tres encargos. Contrariado como estaba, me atreví a preguntar: “¿Por qué yo, Frankie?, hace años que no...” “Vamos” me interrumpió, y mirándome con sus ojos fríos como losas del cementerio, añadió: “no irás a decirme que te has jubilado ¿eh?”.

Y con eso, contestó a mi pregunta.

Los dos armarios roperos me llevaron de vuelta a la estación y me facturaron en el primer tren para Robinsonville, no sin antes proporcionarme una maleta que contenía todo lo necesario para mi tarea: varias armas blancas y de fuego, un buen fajo de billetes para los gastos, las llaves de un coche aparcado en mi destino e incluso, explosivos.

Hay que reconocer que los Battaglia hacían las cosas a conciencia.

Don Vincenzo se había cuidado de que su sobrino se mantuviera ignorante sobre su recién adquirida condición de huérfano. Así que me bastó con divulgar, en los foros adecuados, que el Don había enviado un emisario a la ciudad con una propuesta negociadora para Jimmy LaPaglia, para que fuese este quien diera conmigo.  

 Me recibió en uno de sus garitos, tan confiado y pagado de si mismo como siempre. Yo había tomado la precaución de coger del maletín el mayor pistolón que había (una automática del calibre 45, cromada para mas señas) para que quien me cacheara, no tuviera que esmerarse mucho en encontrarla.

Aquellos palurdos se tragaron el anzuelo con caña y todo.

Una vez desarmado, Jimmy me hizo pasar a su despacho, para tratar a solas la cuestión. Todo iba a pedir de boca. Me ofreció una copa y se la acepté. Mientras la preparaba, me dio la espalda sin dejar de parlotear sobre los lazos de sangre que le unían al Don y lo conveniente que sería llegar a un acuerdo satisfactorio para todos.

Cuando se giró, tenía las manos ocupadas con las bebidas y vi el momento de actuar.

Lancé mis noventa kilos contra sus escasos setenta, le tapé la boca con la mano izquierda y con la derecha le hundí entre las costillas la navaja automática de labrada empuñadura, que había escondido en mis calzones.

Me miró sorprendido, soltó los vasos y la mullida moqueta los recibió sin ruido.

Sin aflojar mi abrazo y antes de que expirase, le susurre al oído: “La mala noticia es que tu mamá murió. La buena, que te espera para cenar en el Infierno”

Este tipo de detalles, son los que dan prestigio en mi trabajo

Lo dejé ensartado como a un aperitivo sobre la tupida alfombra, le libré de la artillería  (un 38 mas de mi gusto que el aparatoso 45) y tras recoger su agenda de la mesa, salí por la ventana, bajé al callejón por la escalera de incendios y me alejé de allí, sin prisa pero sin pausa.

Me llegue al coche que había dejado a un par de manzanas. Sabía por mis informes que Vinnie Pippiolo regentaba una casa de juego ilegal a las afueras de la ciudad. Si conseguía reunirlo allí con su socio “El Cantante”, podría liquidarlos a los dos en el mismo viaje y estar de vuelta en casa para la hora del desayuno. La agenda me dio una idea. Busqué el número de Gino y entré en la primera cabina que encontré.

“Gino Bonardi al aparato” contestó una voz de tenor que me hizo comprender el por qué de su alias. “Soy Vinnie. Han liquidado a Jimmy LaPaglia. Reúnete conmigo en mi local”  le dije lo suficientemente rápido como para que no reconociese la voz, y colgué.

Si Gino hubiera devuelto la llamada, mi estrategia se habría ido al garete. Pero si llamaba a Jimmy y le confirmaban que este era un pincho de fiambre, no dudaría y saldría cagando leches para reunirse con Pippiolo.

Todo parece indicar que hizo lo segundo.

Llegue donde Pippiolo antes de que abriese el garito. Sólo dos coches en la entrada y nadie vigilando. Era lógico, puesto que no sabían lo ocurrido y nada tenían que temer.

Dejé mi automóvil discretamente aparcado en una alameda y preparé dos paquetes sorpresa con la dinamita que había en la maleta. Me acerqué sigiloso a aquel tugurio y coloqué los regalos bajo los vehículos, de forma que no fuese difícil acertarles. Busqué un escondite entre unos arbustos y esperé.

El “Cantante” y 5 hombres de su orquesta, llegaron en un Buick color crema a los 20 minutos. Imaginé la sorpresa de Pippiolo cuando Gino le dijera que acudía en respuesta a su llamada.

Tras 10 minutos salieron y subieron a los coches. Estaba claro que se olían la tostada y corrían a atrincherarse con el resto de la banda. Sin dar crédito a mi suerte, Gino y Vinnie montaron en el mismo coche, pero no en el de color crema, que fue el primero en salir escopetado con 6 fulanos a bordo, armados con metralletas Thomson.

Antes de que pudieran seguirles, disparé a los paquetes. Dos explosiones casi simultáneas levantaron por los aires ambos vehículos envueltos en llamas. Salí de mi escondite para comprobar que el encargo estaba hecho. Entre el amasijo de hierros sólo un cuerpo se arrastraba penosamente. Era Gino “El Cantante”, aunque me costó reconocerlo, ya que tenía la cara desfigurada por el fuego.

 No me gusta ver sufrir a la gente, así que me acerqué y le endosé un pildorazo del calibre 38 en la cabeza, a una distancia no superior a un metro. Fue un error. La parte de sus sesos que no se desparramó por los suelos, vino a posarse en mis pantalones de 200 pavos.

Sin tiempo para lamentarme, salí pitando de allí antes de que regresasen los del Buick.

Cuando llegué a la alameda, ya casi había oscurecido. Limpié mis huellas del 38 propiedad del difunto “Almorrana” y lo lancé con fuerza hacia unos setos, para darle que pensar a la pasma.

Una voz aguardentosa sonó tras de mí y la sangre se heló en mis venas:

“Buen trabajo, digno de un profesional como tú. Lástima lo de los pantalones”

Me di la vuelta despacio. Frankie Bettegga me apuntaba con una escopeta de cañones recortados, lo suficientemente cerca como para no errar el tiro aunque Dios lo dejase ciego en ese mismo momento, cosa que no sucedió.

“Don Vincenzo te manda saludos y quiere que sepas que esto no es personal. Simplemente no podemos dejar impune la muerte de su querido sobrino en una disputa entre bandas. Sería malo para el negocio”  Y dicho esto, vació el contenido de la boquinegra sobre mi vientre.

Dicen que la vida pasa ante tus ojos como en una película cuando estas a punto de morir. No es cierto. Yo sólo veo como mis tripas intentan salir de paseo, a través del amplio boquete que Frankie me acaba de practicar. Eso, y todo lo sucedido desde que descolgué el teléfono hace un par de días y tuve ese mal presentimiento. 

Las luces se apagan. Solo espero que Doña Luciana haya preparado suficiente spaghetti. Seremos muchos a cenar esta noche en el Infierno.

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MIENTRAS PENSABA

 


          Mientras se duchaba, buscaba la mejor manera de suicidarse. Su vida era un maldito infierno. Él la maltrataba, su único hijo había fallecido hacía un año en un accidente de tráfico, y ella agonizaba sola. El dolor por el hijo muerto era tan intenso que, a veces, creía no poder respirar, sentía cómo el aire se volvía espeso y seco destrozándole los pulmones. Sin embargo, pese a su sufrimiento, tenía miedo a morir y ese miedo le hacía replantearse el suicidio. En su desesperación, se planteó matar a su marido. Algo rápido y discreto, como una desafortunada caída durante una de sus frecuentes borracheras. No sería difícil, de noche, con poca luz y aún menos equilibrio a causa del exceso de alcohol, un pequeño empujón le haría caer como un saco de carne inerte por las escaleras. Pero, ¿y si no muere?, no querría ni imaginarse las represalias de ese animal. Además, no podría pues, a pesar de todo, ella no era una asesina.

            Tras unos minutos sintiendo cómo el agua mitigaba el dolor de la última paliza, tomó la decisión más importante de su vida: escapar. Sí, escapar lejos, donde nadie la encontrase nunca, donde poder empezar de nuevo. ¿Por qué no?, se acabó la mujer sumisa y aterrorizada, la que siempre calla mientras se ahoga en sus propias lágrimas. Una segunda oportunidad, eso deseaba y eso se merecía. Se iría esa misma mañana, antes de que se hiciera tarde y él regresara a casa borracho como siempre. Dispuesta a huir e ilusionada con su insólito coraje, cerró la ducha. Pero al intentar alcanzar la toalla resbaló y su cabeza golpeó violentamente contra el grifo, salpicando de sangre la bañera.

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MORFEO 2983


         << Una noche soñé que moría. Me desperté con un grito ahogado en la garganta y el cuerpo empapado en sudor. Recordé que si una pesadilla llega a ser tan angustiosa como para desvelarte, lo mejor es levantarse y hacer algo para romper ese ciclo de sueño. Así lo hice. Bebí un vaso de agua, recorrí la casa un par de veces y regrese a la cama. El miedo a que la pesadilla se repitiera me impidió pegar ojo hasta casi el amanecer.

Al día siguiente apenas recordaba nada y no le di mayor importancia.

El sueño se repitió dos noches más. Comencé a preocuparme. Intenté convencerme de que alguna historia percibida de forma inconsciente durante los días pasados, había tocado algún resorte oculto en mi mente y desatado el miedo a la propia muerte que todos llevamos dentro, y que este se manifestaba en forma de pesadilla. Eso me tranquilizó.

Pero tras una semana soñando todas las noches lo mismo, ya no sé que pensar. A fuerza de repetirse, los detalles del sueño son cada vez más nítidos y me asaltan incluso estando despierto.

“Conduzco por una carretera que si bien no identifico, no me resulta del todo desconocida. Transcurre por las inmediaciones de una sierra, por lo que sin ser excesivamente sinuosa, tampoco es recta. En su trazado abundad subidas y bajadas poco pronunciadas.

El día es plomizo y el cielo tiene un tono azul antracita que augura una inminente tormenta, pero todavía no llueve. Los campos son verdes y de hito en hito se ven algunos árboles solitarios de gruesos troncos. Encinas o Robles, no estoy seguro.

De repente, en uno de los muchos cambios de rasante y saliendo de una zona de curvas no demasiado cerradas, me encuentro un coche de frente. Es un todo-terreno verde oliva con defensas metálicas en su frontal y matrícula 2983 MRF. Su conductor, un hombre rubio de unos cuarenta y tantos años, probablemente cansado de ir tras un destartalado furgón que frenaba su marcha, se ha lanzado a adelantarlo entre dos zonas de línea continua. No le da tiempo y se me echa encima.

Intento esquivarlo dando un volantazo, pero al invadir la cuneta pierdo el control de mi vehículo y este sale despedido dando vueltas de campana. El cinturón de seguridad se me clava en el pecho y me mantiene unido al asiento mientras todo a mi alrededor gira y gira. Instintivamente me llevo las manos a la cabeza para protegerme de los golpes. Uno de los solitarios árboles me frena en seco, oigo el crujido de mi cuello al fracturarse y todo se vuelve negro. Estoy muerto.”

Le he contado mi sueño a varias personas cercanas. Como es lógico me han dicho que no me preocupe, que probablemente sea debido al estrés. No obstante también me recomiendan que quizá, para mayor tranquilidad, debería visitar a un especialista.

Lo cierto es que no confío en los loqueros. Son demasiado aficionados a solucionarlo todo con sedantes y narcóticos. Pero es una posibilidad que no descarto.

He de salir de viaje por motivos de trabajo. A un pueblo de la Sierra, precisamente.

Un sueño no va a alterar mi ritmo de vida. Además conozco al dedillo la carretera y aunque hay un par de tramos que se parecen vagamente a los de mi sueño, la semejanza es muy ligera y yo nunca he creído en premoniciones.

Salgo temprano, el sol luce con fuerza y eso me conforta, pero conforme me aproximo a mi destino, las nubes van cubriendo el cielo. Probablemente haya tormenta a causa del calor.

Casi llegando, el indicador de combustible me señala que he de repostar.

Una vez me quedé sin gasolina en plena Autovía y no fue agradable. Además me multaron. Así que decido parar en la primera estación de servicio que encuentro.

Detengo el coche y le pido al encargado de la gasolinera que llene el depósito. El mío está a rebosar, por lo que me dirijo al WC a desaguar. Cuando vuelvo, un todo-terreno verde oliva, con defensas metálicas, está parado junto al surtidor de diesel. El gasolinero habla con un hombre de unos cuarenta y tantos años y el pelo pajizo. Una arcada sube por mi esófago cuando veo la matrícula: 2983 MRF. No me da tiempo a llegar al water y vomito hasta la primera papilla sobre unos romeros. Por suerte nadie me ve.

-         ¿Se encuentra bien?, está usted muy pálido – me pregunta el encargado mientras le pago apresuradamente la gasolina.

-         Si, si. No es nada, creo que algo que comí no me ha sentado bien – le contesto atropelladamente. Lo cierto es que sólo quiero salir cortando de allí.

De nuevo en la carretera, intento sosegarme. “Vamos a ver” – me digo en voz alta – “Ese cabrón iba en dirección contraria, luego ya te lo has cruzado. Será una casualidad y además, tu no eres de los que compran lotería cuando sueñan con números. Lo que tienes que intentar es llegar al pueblo, hacer lo que tienes que hacer y volverte por donde has venido”

Pero una voz en mi interior me dice “No, por donde has venido no. Ese podría hacer el mismo viaje que tu, pero a la inversa, y te lo cruzarías de nuevo a la vuelta.”

Esto es de locos, lo reconozco.

He despachado mis asuntos y el cielo es ahora plomizo, pero aún no llueve. No me gusta un pelo todo esto. Por un momento dudo; podría demorarme un rato y esperar a que caiga la noche. En mi sueño nunca es de noche. Pero entonces podría cogerme la tormenta y sería peor. No, no voy a modificar mis planes por una puta pesadilla. No estoy tan grillado.

Subo al coche. Arranco y enfilo hacia la salida del pueblo, pero voy tan ensimismado en mis pensamientos que al llegar a la primera  encrucijada, no tomo el camino de la derecha, por el que vine, sino que sigo recto en dirección al pueblo vecino. Esto me supondrá hacer 30 Km más por una carretera que no conozco, pero algo en mi interior me impide dar la vuelta.

Me alejo de la Sierra entre verdes campos, salpicados aquí y allá por frondosos árboles solitarios. Son encinas centenarias. No veo a nadie más en la carretera, que sin ser muy sinuosa, tampoco es recta. Cada vez que llego a lo alto de las pequeñas cuestas que se suceden en mi trayecto, el corazón me golpea el pecho como queriendo salirse. “Tranquilo – me digo – es sólo un sueño. En cuanto llegues, llamarás a un profesional y él lo espantará, seguro”.

Súbitamente, a la salida de una curva en pendiente, todo lo que veo me resulta tan familiar como mi imagen en el espejo: el furgón destartalado, las defensas metálicas sobre el fondo verde oliva, el pelo pajizo del conductor, 2983 MRF... ¡¡ Joder, joder !! Volantazo, vueltas y vueltas, arriba es abajo y abajo es arriba, crujir de huesos... Oscuridad.

A veces sueño, que sueño que muero y al final de ese sueño, muero... >>

Bueno señores, ya hemos llegado. Habitación 2983. Sin duda uno de nuestros pacientes estrella. Sufrió un aparatoso accidente de tráfico hace unos meses. Al parecer se quedó dormido al volante y su coche se salió de la carretera. Lo extraordinario del caso es que sus lesiones no eran graves; varias fracturas que se resolvieron sin problema. Sin embargo permanece en coma desde que lo trajo la ambulancia. Por así decirlo, todavía no ha terminado el sueño que inició antes del percance. Hemos consultado con prestigiosos neurólogos al respecto, pero todavía no hemos dado con la fórmula para que despierte, ¿Alguna pregunta?...

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MOSQUITO


   
Entró, con emergencia, un pequeño y mísero (lo digo por su caída de ojos) mosquito por la ventana de mi cuarto, con lo mal considerados que están estos insectos...
   
Empezó a revolotear, intimidador, provocándome, imitando el vuelo de una mosca. Virajes secos, entrecortados, marrones, como si se tratase del extremo de la batuta de un hiperactivo y sobornado director de orquesta.

    Se acercó a mí, yo escudriñaba (o eso me creía yo), me olió, pensó en posarse, me sedujo, guardó las distancias.

    Volvió a su importado vuelo, con sus diminutos ojos apuntándome, era evidente, se fijaba en mi, volaba y me miraba hacia atrás, como un ciclista escapado.

    Ese descuido le costó una magna colisión contra la puerta. Arqueó las cejas, aceleró su marcha y tardó apenas unos segundos en encontrar la ventana abierta por la que había entrado instantes antes cargado de ilusión...Le echo de menos.

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NO EXISTE LA GENTE NORMAL

 


Inés.

   Yo no suelo escribir. Es algo que, la verdad, nunca me ha llamado la atención, pero hoy, hoy me apetece hacerlo.

   Quizás sea por inspiración, quizás sea por que los astros se han alineado, quien sabe…

Escribo por que pienso que es una manera de abrir el corazón, aunque sea solo a un simple folio en blanco, y ¿quien dice que un folio en blanco no puede ser profundo? ¿Lo dices tú? En fin, puede que mañana no este aquí, si, es duro viajar sin parar, sin ninguna meta concreta, si pudiera volver atrás, ¿me preguntarías si quería estar sola? Tú mismo tomaste la decisión, tu te llevaste la única familia que me quedaba, ¿egoísta? ¿Yo?

   Quizás si o quizás no, no es fácil estar sola…. Espero que donde quiera que estés, te llegue esta pequeña carta sin remitente ni dirección, yo continuare con mi viaje, en busca de… Quien sabe, algo nuevo, algo diferente… Hasta siempre Papa.

Inés.

Y sellando la carta la dejo bajo aquel árbol solitario e Inés emprendió su gran viaje en busca de ella misma…

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NOVIOS


           
Caminaban siempre de la mano, ella sonriente, con el pelo rojizo tintado, muy maquillada y un poco regordeta. Él, con traje y muy serio. Ella saludaba a todos los vecinos de la calle con una enorme sonrisa, él, siempre muy formal.

Estaban juntos, después de haberse vuelto a encontrar, desde hacia muy poco tiempo, dos o tres años, como mucho. Para los dos había sido un nuevo comienzo. Se hicieron novios, y, desde entonces, se veían a diario y paseaban de la mano por la ciudad. Nuestra calle, el Parque, el Centro...  Te los podías encontrar en cualquier lugar de esta pequeña localidad.

Cuando llegaba la noche, a eso de las nueve o las diez, le daría un beso en la mejilla y la dejaría en el portal de casa. Después se marcharía a la suya contento de esa nueva felicidad.

Ella, Laura, venía de un matrimonio roto, de años de insultos, vejaciones, palizas. Había llegado a la separación después de más de treinta años de sufrimiento, soledad y tristezas. Sus tres hijos y la presión familiar le habían hecho tolerar más de lo que hubiera debido.

Él, Javier, había tenido un matrimonio tranquilo y se podría decir que feliz. Treinta y cinco años casado y dos hijos. Era un hombre sosegado y en paz.

Se conocían desde la infancia, de la calle, de su calle, los dos vivían en la misma. A Javier le gustaba Laura desde entonces, cuando ella era todavía una niña y él era un joven que pronto se casaría.

Después habían pasado muchas cosas, el trabajo en Barcelona y Francia, los niños, el tiempo...

Cuando volvió a su ciudad, a su calle, Laura estaba allí, seguía viviendo en el mismo lugar. La veía a menudo, con cara triste y una gran palidez.

A los pocos años, ella, agotada y harta, se atrevió a separarse. No fue su marido quien peor se lo tomó. Su familia, la de ella, la acusó de todo. La culparon de esos años de dolor y rabia soportados junto a alguien a quien había llegado a temer.

Laura y Javier se encontraban a menudo y comenzaron a desayunar juntos, a hablar, a comer juntos, a hablar, a pasear juntos, a hablar....

Laura sentía que por primera vez, después de tantos años, alguien la escuchaba y ponía interés en lo que ella contaba.

Comenzó a arreglarse, a maquillarse, y, pronto, le cambió ese gesto de tristeza que había arrastrado durante más de treinta años. No estaba segura, pero aquello era algo parecido a la Felicidad.

Se hicieron novios, pero los hijos y la familia, de ella, no le permitieron que se fuera a vivir con Javier o que se volviera a casar.

A Laura no le importó, saldría con Javier cada día y pasearían de la mano por toda la ciudad. Ella se pondría su mejor ropa y se arreglaría para él. Por la noche se despedirían con una sonrisa y un beso en la mejilla.

Hoy es el cumpleaños de Javier y ella está nerviosa porque no sabe qué regalarle. Cumple setenta y tres, doce más que Laura.

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PISO PILOTO

4
Vaciar el corazón limpiarlo a fondo no vaya a incubar
La misma enfermedad de siempre
Sellar con tiritas las goteras mirar en el botiquín por si queda
Bastante paracetamol

O algunos abrazos de emergencia 
                    
                  Que utilizar como paracaídas

3
El atronador grito de las sirenas
El polvo
                          Que lo cubre todo
Las minas antipersonas
Con que hemos sembrado el pasillo

Tu trinchera: el dormitorio

La mía: la cocina

El salón:
el más cruento campo de batalla

Los dos ejércitos más poderosos
De nuestro pequeño planeta
                                               Enfrentados

Las armas: sentimientos que se clavan
Como estrellas ninja

2
Sentarnos aquí
                               Con las manos atadas
Viendo viajar el tiempo mientras creamos
Tradiciones nuevas
                          Como por ejemplo
Una fiesta el veintiuno de cada mes

Mirar por la ventana
                                       Gritar
Caminar por la casa con una nube de tormenta
Suspendida sobre la cabeza
                                                   Sonreír
Volver a subir a la montaña rusa
Hablar
              Hablar
                               Hablar
Y apostar muy fuerte
Por una combinación
Que quizá
                              No sea
                                                       La ganadora

1
Pones un pie en el primer peldaño
Y ya empiezas a notar en el estómago
Las diez mil mariposas asociadas
A esta caída libre hacia arriba

Demasiado pronto para hacer cualquier cosa
Que no sea
Leer poemas en el sofá de tu casa
Y demasiado tarde
Como para no saber
El precio de cada caricia

Con la intuición de un compromiso
De la ausencia
                                De un seguro a todo riesgo
Viviendo con la sorpresa de encontrar tu nombre
Detrás de la etiqueta
Del agua mineral del DIA

Sin más futuro que la carencia de pasado
Sin más pasado que este presente
Ni más presente que otro peldaño
                                                                 Respiro

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¿POR QUÉ LAS MOSCAS PREFIEREN LA MIERDA AL AMOR?


LA MOSCA Y EL 747

    Hubo una vez una mosca que se enamoró de un Boeing 747. Por supuesto, dentro de su cerebro de mosca no quedaba espacio suficiente para discernir entre lo lejano y lo cercano, ya fuera en materia de magnitudes como de sonidos. Tampoco fue aleccionada dicha mosca en los asuntos del corazón y la imposibilidad de ciertos amores. Sí es cierto que, cuando veía pasar el 747 brillante por el cielo y le temblaban de nervios sus delicadas alitas con el zumbido de aquel extraño moscardón acorazado, muchas otras le advirtieron que aquel ser alado de extraña especie sólo podía acarrearle problemas. Eso, en lugar de asustarla, siendo una mosca adolescente, y por lo tanto rebelde, le dio el coraje suficiente para salir volando al encuentro de su amado. Triste se quedó cuando por más que volaba y volaba hacia él no lograba alcanzarlo. Varias veces al día lo veía pasar y nunca le alcanzaba por muy alto que subiese y por muy fuerte que batiese las alas. “El rey de las moscas debe ser”, se decía, “pues jamás he conocido mosca tan veloz como él”. Y contra más imposible le parecía darle alcance más grande se hacía su obsesión. Hasta que un día, loca de amor, volando a la desesperada, subió y subió y subió tan alto como nunca mosca alguna llegó a subir; subió tan alto que comprendió que ya no tendría fuerzas para emprender la vuelta. No le importó, pues aunque no alcanzaba a ver nada, entre las espesas nubes de que era presa en ese momento escuchó el zumbido de su amado que se acercaba. El zumbido fue creciendo y creciendo y creciendo hasta tal amplitud de decibelios que nuestra aleteante amiga creyó que se encontraba frente al Dios de las moscas. Y así fue.

    –¿Has visto eso? –preguntó el piloto al copiloto– Juraría que acaba de estrellarse una mosca contra el cristal.

    –¿Esa manchita de ahí? Imposible. Ya estaría cuando salimos.

    –¿A qué altura volamos?

    –25000 pies.

LA MOSCA Y SU IMAGEN EN EL CRISTAL

    Las historias de amor entre moscas comunes son algo de lo más común. Si no que se lo pregunten a la mosca que se enamoró de sí misma sin saberlo, como Narciso mirando al lago por primera vez. Aunque lo común de esta historia no tiene su raíz en la belleza de dicho insecto... Todos sabemos, no hay que ser mosca para darse cuenta, que la mosca, cualquier mosca, es un ser carente de belleza y estilo en todo sentido, y que de haber podido elegir su destino habría preferido ser, qué menos, una mariposa o un colibrí. El hecho, rotundo, es que a falta de otra mosca en la misma habitación se quedó absolutamente prendida, más que de su imagen en el cristal, de la correspondencia armoniosamente simétrica que ésta le hacía cariñosamente a cada bosquejo que dibujaba en el aire. ¡Y cómo resplandecía aquella visión al contacto del más leve rayo de luz solar! Pero algo no acababa de funcionar: el rito de apareamiento no llegaba al apareamiento, sino a una especie de barrera invisible que les permitía verse sin verse, tocarse sin tocarse. Algún hechizo infernal había dejado a su amada atrapada en la nada y él era el caballero mosca que debía rescatarla.

    El dueño de la habitación, conocido entre sus allegados por ser una persona incapaz de matar una mosca, llevaba ya largo rato intentando concentrarse en la lectura de algún manuscrito que no viene al caso detallar. El motivo por el cual no conseguía concentrarse era el rugir furioso de la mosca y los continuos golpes que propinaba aquella a la ventana, convencida de que a base de cabezazos podría romper aquel extraño encantamiento. El pobre hombre, que no quería perder su distinción de persona pacífica, abrió la ventana de par en par y, viendo que la mosca no quería largarse por sí misma, trató de expulsarla a base de manotazos al aire, soplidos, incluso intentó convencerla a través de la palabra... es decir, de todos los insultos que conocía. Al final, aquél buen hombre, comprendió que sólo una fuerza tan poderosa como el amor podía transformar un ser vivo en algo tan tozudo y detestable. Observó la mosca besándose a sí misma en el cristal, le entristeció gravemente aquel amor tan irreal e imposible, y en un arranque de compasión y buena fe, utilizó la palabra escrita (ya que la oral no había dado resultado alguno) y bien enrollada para unir, de una vez y para siempre, la mosca a su amante cristalino.

LA MOSCA Y EL BOTE DE CERVEZA

    La mosca que nos concierne era del tipo de las reprimidas, también conocido por quienes no estudiaron la carrera de biología como timidus musca domestica. Dicha mosca estaba perdidamente enamorada de otra mosca llamada Ambrosia, que aunque se diferencia de Ambrosía en un acento, a timidus musca no se lo parecía. Debido a su problema de represión emocional jamás se había atrevido a revolotearle y zumbarle como las moscas de verdad, las que quieren dejar descendencia tras de sí –pues todo ser vivo de verdad nace, se reproduce y muere, y si deja de cumplir alguno de estos requisitos (el primero y último son los más sencillos de llevar a efecto), entonces, no es digno de llevar el apelativo “de verdad” ante sus congéneres–, solían hacer.

    El bote de cerveza que nos concierne era verde y no tenía ningún nombre científico en general, pero sí una marca registrada en particular, que no citaré aquí. Nuestra mosca lo encontró cuando volaba apesadumbrada, sin poder quitarse a Ambrosia de la cabeza, sobre un vagabundo que dormía junto a su colonia, cerca de un contenedor. Atraída cual urraca por el dorado resplandor de la birra sobre los bordes plateados de la lata, se aventuró rápidamente a probarla. A medida que su trompa absorbía el líquido notaba como las cadenas mentales de sus inhibiciones se iban rompiendo. “Esta pócima mágica sólo puede haber sido puesta a mi disposición, por los dioses, para ayudarme en mi cometido”, pensó. Y salió volando, literalmente (¡cómo si no!), en busca de su querida. Mas cuando llegó hasta ella volvieron a fallarle las fuerzas y pasó a su lado, haciéndose el despistado, como si estuviera haciendo un vuelo de reconocimiento. “Eso es que no he bebido suficiente líquido milagroso.” Entonces volvió junto al vagabundo. Libó, libó y libó. A la vuelta se topó con Eulalia, una mosca que llevaba mucho tiempo detrás suya, y se sorprendió a sí mismo por la facilidad que tuvo para entablar zumbidos con ella. “Esto funciona”, se dijo. Pero, de nuevo, al llegar junto a Ambrosia le faltaron fuerzas para interrelacionarse. Esto se repitió durante bastantes viajes, en los cuales, como volaba de lado a lado borracha como una cuba, pudo conocer a base de empujones amistosos y bienintencionados a Jacinta, Marcela, Petra, Rodriga y muchas otras, muchas muchas otras. Cada viaje más: dos veces mas, cuatro veces más, ocho, dieciséis, treinta y dos veces más. Entre tanta mosca moviéndose de aquí, cositas negras flotando como cenizas sobre una hoguera, para allá, ni siquiera era capaz de encontrar a Ambrosia. “No impofta,” se dijo, “mañana sedrá odro día. Lo que necezito ahora ez odro draguito.” Y como pudo volvió a orillas del indigente.

            –¡Quién se ha bebido mi cerveza! –vociferó el vagabundo al despertar y echar mano a su lata. Y  la agitó una y otra vez sobre su boca por si aún podía aprovecharse alguna gota, pero todo lo que salió de ella fue el cadáver de una mosca. Mosca que le pareció muy verdadera y fruto, seguramente, de alguna broma pesada de muy mal gusto.

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PUERTA SIN BISAGRAS


Para Amanda, Tarrío, Carlos y tantos y tantos más.

Eran muy alegres todos los colores de la ropa que exponían para la venta en la sucursal local de la famosa cadena de confección gallega, además habían cientos de modelos de faldas, pantalones, camisetas, blusas y del resto de nombres que sólo saben nombrar los estilistas y la gente que sale en los programas de televisión.

La cosa era sencilla, el típico intercambio de bienes y servicios por cantidades variables de capital, tú pagabas en metálico o con la tarjeta de crédito y te llevabas la cantidad que quisieras. Entonces sucedió algo curioso, la aparición de una tendencia que era hacerte los diseños y la confección de tu propia ropa. Al cabo del tiempo eso siguió manteniéndose porque había llegao a bastante gente y ya era bastante costoso darle colores y cortes distintos a la ropa que me hacía, con lo que opté por hacer un diseño único de falda con chaqueta de color gris claro para toda la ropa que salía de mi pequeño taller.

Lo asimilé como algo natural al comprender lo que cuesta realizar cualquier prenda, y al tenerlo ya interiorizado lo seguí haciendo sin problemas ni disgustos. Supongo que si algún sistema tipo soviético nos hubiera puesto en esta situación se hubiera rechazado con toda seguridad y es que esta mujer tiene una cosa clara...tenemos lo que queremos y lo que nos merecemos.

                                         ----------------------------

Tras haber ido a los conciertos que dio La Polla Records en Tobarra y Almansa en agosto, había llegado el día del histórico concierto en Albacete en la feria 2003, era increíble y no me lo podía creer, por fin algo que me apetecía que pasara. Era fantástico: el entertaiment merecía la pena, Albacete por fin merecía la pena, todo era maravilloso. La vie en rose.

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QUIERO


Quiero
conocer tus inquietudes
y me ciego por tu rostro
por tus manos y tu cuello
que vuelven mi rumbo loco

Quiero
el timón de lo profundo
de las olas y la calma
que sueñas cada segundo.

Y espero
a que el viento acompañe el camino
y la cara se empape de aire
y nacer
como nace un niño.

( Sentaito en la cama
me pregunto si yo he sido
una buena persona o mala
o es que he perdido el camino.)

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ROMANCE QUE PUDO SER... DE UNA NINFA Y UN DONCEL


La Ninfa, de ojos rasgados
El manantial, susurrante
Pétalos de Sol, dorados
adornan enamorados
a la bella flor radiante.
Por la florida campiña
la niña en flor, paseaba
y el mirar se deleitaba
al ver que no era tan niña
cuando bien se la miraba
El Sol, de mañana intrusa
La Flor, sin nada que hacer
se despoja de su blusa
y lo que sea menester
para ser del Sol, su musa.
Un caminante que llega
al manantial a beber
-¡No está muy fresca!- Reniega
Después, saca la talega
y se dispone a comer
Entre tanta flor silvestre
y tan verdes matorrales
los descuidos son normales
y el caminante campestre
no ve a la Ninfa en pañales
La niña si vio al labriego
y olió su buena empanada
y sin sentirse asustada
dejó el vestir para luego
y salió de la enramada
Sobre la piedra que estaba
el labriego pegó un brinco
creyendo ver, que soñaba
-¡No soñáis, tosco doncel!-
exclamó la enamorada
No enamorada de aquel
pero sí, de su empanada
Ya el manantial no cantaba
Más parece que gruñía
Para el poco pan que había
la niña se lo quitaba
y después, se lo comía
El labriego, muy rumboso
preguntóle a la doncella
-¡Después del pan tan sabroso
¿Querréis darle a la botella
de aqueste vino oloroso?­-
-¡Oh no, venturoso hidalgo
mas, que habría de querer!-
-¡Si al terminar de comer
os puedo servir en algo!­-
-¿No veis en mi, una mujer?­-
-¡Perdón, no había reparado!-
­Respondió con sutileza
-¡Con tanta naturaleza
sin comer, y anonadado
el no veros, no es rareza!-
La Flor, lanzó un guiño al viento
y al gañán una mirada
de dulce enamoramiento
Y el gañán, como si nada
disimuló tal evento
El verde reverdecía
en el dorado paisaje
La Ninfa, se lo temía
con tan sutil personaje
sin postre se quedaría
Su cuerpo, rosa temprana
de despertar ardoroso
tendrá que buscar mañana
un doncel más amoroso
pues éste, le salió rana
Y el hidalgo caminante
cortó del tallo, una rosa
y como sería la cosa
que se marchó tan campante
cual alada mariposa
La brisa del altozano
se torna viento al instante
Allá va, el doncel errante
con una rosa en la mano
agitándola bastante.

  Y la Ninfa, desolada
cuando el doncel se perdió
por la campiña dorada
exclamó malhumorada
¡¡La madre, que lo parió!!

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TARDE DE CULEBRONES


Javi: (Escribiendo en su escritorio, junto a la ventana abierta, semidesnudo)

“Era una fría mañana de Noviembre...

  -(Hablando para sí mismo). Joder, este comienzo es demasiado típico. Pensemos en un comienzo más original, a ver...

(Desde el salón)

“María Eugenia, escúchame por favor, nezezito saber quien es el padre del hijo que esperas, nezezito saber si mi hermano es el padre de esa criatura...”

  -(Gritando). ¡ Begoña, cierra la puerta hostias! ¿No ves que estoy intentando escribir un relato corto para un concurso?

Begoña: (Acercándose al umbral de la puerta y sosteniendo el picaporte con una mano. Actitud amenazante).

  -¿Otro concurso? Si nos dieran un euro por cada concurso literario al que te has presentado ya, podríamos poner el aire acondicionado en nuestra casa y a todo el edificio también.

Javi: Ya empezamos con el aire acondicionado de los cojo...

Begoña: (Señalando amenazante con el abanico cerrado y borrando de repente la sonrisa irónica que dibujaba su cara.)

  -Más vale que estuvieras buscando trabajo, que nos quedan sólo dos meses de ayuda familiar. Y deja la puerta abierta (dando un empujón a la puerta para abrirla aún más) que, ya que no tenemos aire acondicionado, que corra el aire chaval.

Javi: (Dejando el bolígrafo y dándose media vuelta malhumorado)

  -Bego, por Dios, si tienes puesta la telenovela con el volumen a toda leche. ¿Cómo quieres que deje la puerta abierta?

Begoña: Bueno Javi, vale, déjame tranquila, prefiero asfixiarme de calor a seguir escuchándote. ¡Plaffl (portazo)

Javi: (Hablando sólo)

  -Anda tira.., a ver tu culebrón, pesada, que eres más pesada.. .Bueno, vamos allá.

“Era una fría mañana de Otoño, Maria observaba plácidamente las tonalidades ocres de las copas de los chopos que saludaban a través de su ventana...

-Joder, esto empieza bien. ¿O queda muy cursi...?

(Desde la televisión de la sala)

“Pedro Alfonso, te digo que el niño que llevo en mis entrañas es tuyo, sólo tuyo mi amorr

(Ahora soltando el bolígrafo con brusquedad)

  -Me cago en... ¡Begooo! ¡Baja la tele, coño! (Abriendo la puerta de nuevo y en un tono más flojo) Baja la tele un poco, tía. Si no por mí por los vecinos. Vas a acabar sorda como tu madre. Además, no entiendo cómo puedes tragarte esa bazofia.

Begoña: (Recostándose en el sofá y abanicándose en actitud indiferente)

  -Que me dejes niño! Sigue escribiendo tonterias y no me des la tarde; yo veo lo que me sale del... Plaff (portazo de la puerta que interrumpe la frase)

Javi: (Soltando el picaporte de la puerta con furia)

  -¡Que te den!

Begoña: (Gritando desde el salón a través de la puerta)

  -Si no te hubieras comprado el puto ordenador ya podríamos tener aire acondicionado y nos ahorraríamos estos problemas.

Javi: (Para sus adentros)

  -Ya empezamos con que la abuela fuma.

(Respondiendo también a través de la puerta, ya sentado sobre su escritorio

  -Sabes de sobra que mi padre me dio ese dinero para el ordenador, que es más importante para mi.

Begoña: Tu padre es igual que tú, un calzonazos y un flipao que le gusta ir de intelectual por la vida.

Javi: (Abriendo la puerta furioso)

  -Bego, no te metas con mi padre que...

Begoña: ¡Que. . .qué! ¿Eh...? ¡Qué! (incorporándose en el sofá y cerrando el abanico violentamente). Gracias a que tu madre se ha pasado media vida trabajando en el hospital, habéis podido salir vosotros adelante, porque si por tu padre fuera...

Javi:  No te soporto esta tarde tía, a veces pareces un loro de feria y...

Los vecinos de abajo: (En el sofá viendo la televisión)

  -Ricardo, Ricardo, baja la tele que los de arriba se están peleando otra vez y es más interesante que esta mierda de telenovela.

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UNA MERIENDA


           Macarena tiene 21 años, unos ojos bonitos y es bastante guapa, aunque ella diría que para guapa su Gisela, que tiene dos añitos. Están ahora en un parque, la niña tirándose por el tobogán mientras su madre se preocupa de que no se haga daño. Dentro de un rato subirán a casa a merendar y ver algún dibujo animado. Una tarde cualquiera para Macarena y Gisela si no fuese porque su tranquila intimidad es hoy de dominio publico por causa de un programa de televisión que esta tarde cuenta su historia, la que yo descubro desde mi cuarto.

Esa historia que puede ser común, que cuenta que viven en un barrio de los que te encuentras esas tiendas pequeñas que venden un poco de todo y donde se discuten los céntimos de euro de los precios, de esos donde los muros de ladrillo se inundan de pintadas. En este escenario Macarena descubrió que con diecinueve años llevaba una vida dentro y que estaba sola, su novio y ella cortaron la relación antes siquiera de sospechar ella que su vida cambiaria tanto. Allí esta, en el parque.

Gisela esta asustada por las cámaras y por descubrir que su casa esta invadida por unos extraños que no hacen mas que llenarla de cables, pero no pasa nada, ahora ya en la cocina su madre le da un petit-suisse y ella se tranquiliza paladeando algo conocido de todas las tardes después del parque. Su madre cuenta a los extraños ahora como es su vida de joven madre soltera, dice que a veces siente envidia de las parejas que ve todos los días, pero sabe que no cambiaria a Gisela por nada del mundo, que esta feliz con su situación y que su ex novio no entra en su vida. Ese ex novio que el tono de la piel de Gisela dice que es moreno y probablemente extranjero.

Seguramente Macarena ya no podrá hacer muchas cosas, y ella lo sabe y lo dice, y cuando lo hace mira a Gisela y su cara es iluminada por una sonrisa, se la ve feliz y fuerte en su cariño, sabedora de que ella dará a Gisela una vida feliz en el parque y la merienda de todos los días, y mas tarde en los suspiros de amor infantil hacia algún cantante de moda, y cuando le diga que le gusta un chico de clase. Su poca diferencia de edad será su cómplice en su entendimiento cuando Gisela crezca y Macarena también, ya que ella no hace muchos años también iba al parque a tirarse del tobogán.

           No pasa nada, los extraños se iran y ellas juntas volverán mañana a repetir sus tardes, y las veras en el parque. Si no las conoces podrás pensar que son hermanas, ellas dos se reirán conocedoras de su unión cuando Macarena le da a Gisela un beso de buenas noches.

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UN DEDO PELIGROSO EN LA FERIA


          En la feria hay muchos peligros y precisamente empecé a ir a la feria 3 días después de su apertura. ¡Un sábado! Era de locos; y más de locos si vas con el coche: una hora para aparcar. Fuimos lo primero a ver a un amigo que tiene un chiringuito, yo me puse a atrapar moscas con un vaso (¡el vaso era gratis, qué chollo!). Volví a la barra de mi campaña contra las moscas sin ningún prisionero (ea), y de repente un dedo asesino fue contra mi ojo (por cierto, el dedo asesino incontrolable era de mi madre, ¡lo que hay que ver!). Me llevaron al hospital, donde me hicieron una sopa en el ojo(no sé si me metieron cien o doscientos líquidos diferentes), salí con el ojo vendado  y todo el mundo me miraba (¿me habrían confundido con la terrible pirata Morgan de la isla de las cabezas cortadas?). Estoy segura de que el dedo peligroso sigue suelto, ¡cuidado! ¿A que eso sólo pasa en la feria?

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YENDO A POR VOLUNTARIO


            Enfilábamos la calle Casablanca, ella andando junto al bordillo, y yo jugando a hacer equilibrios sobre él. Intentaba andar manteniendo los pies, uno tras otro, por la línea del bordillo el máximo tiempo posible sin perder de vista su cabeza, me gustaba
ver que andando así era más alta que ella, y se lo decía -Mira abuela, mira que poco me queda para ser más alta que tú, si me subo al bordillo y ya te saco un tanto así- mientras el tanto así que mi mano mostraba era casi un palmo de mi pequeña mano.

Oscurecía cuando salíamos de la placeta, calle abajo. Íbamos más allá de la gasolinera, en los rastrojos aquellos había dejado el abuelo el mulo, a Voluntario. Y allí lo encontrábamos pastando tranquilo y lento, que así había también que acercársele para que no se asustara. Voluntario era eso, voluntarioso y apacible, huesudo y tripón a la vez, que nunca entendí que se le notara tanto la columna vertebral y que tuviera una tripa tan grande a la vez. Yo ya le conocí mulo viejo, pero ahora que me veo en el tiempo, no lo concebía de otra manera. Tratándose del “caballo” de mi abuelo, tenía que ser tan viejo como mis abuelos, por fuerza.

Cuando le traíamos por el borde de la carretera, de vuelta al pueblo, al corral, había que tener cuidado con los coches, le asustaban las luces y el ruido que hacían al pasar. Mis abuelos siempre estaban pendientes de que no me retrasara y me pusiera detrás de él. Si se asustaba podía dar coces, y eso era muy peligroso si estabas detrás de él.

Había noches en las que íbamos la abuela y yo solas a por Voluntario, otros días íbamos los tres; el abuelo, la abuela y yo. Los menos me iba yo sola con el señor Precioso, y las más se iba él sólo. A mí me gustaba el olor a arena y paja seca de los rastrojos, el olor a verano, y ver cómo se iba haciendo de noche mientras llegábamos a dónde estaba Voluntario y cómo volvíamos para el pueblo ya de noche.

Mientras salíamos preguntaba dónde habían dejado ese día a Voluntario pastando. Cada día el abuelo lo ponía en un sitio. Casi siempre donde os decía antes, pero otras lo dejaba por el “desmonte” cuando allí no había ni merenderos ni corrales. Y cuando ya nos llegábamos al margen de la carretera miraba a lo lejos los rastrojos para contar los mulos que, como el nuestro, habían dejado comiendo paja de rastrojos.

Les dejaban con el arnés sujeto a una cuerda que se ataba a un clavo de hierro muy grande, o a mi me lo parecía entonces, que se clavaba en la tierra a poca distancia de dónde estaba el animal. Así el se podía mover alrededor del clavo, comiendo toda la paja que estuviera a su alcance. Ya se aseguraba el dueño de poner al mulo en un sitio donde hubiera bastante que comer.

Eran los paseos nocturnos que yo aprovechaba para ir midiendo lo que me quedaba para se más alta que la abuela y para no dejar de asombrarme de lo silencioso y serio que podía ser mi abuelo.

Voluntario dejó la cuadra vacía hace tiempo, y mis abuelos dejaron la suya, su casa, también vacía hace unos años.

Yo sigo yendo a por Voluntario, en compañía de mis abuelos, cada vez que me llega el olor a verano.

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15 MICRORELATOS MU CORTOS


---la barra de pan I---

harina.
------------------------------------------------
---cuando de repente alguien en un momento dado va, y llama a tu puerta----
ya vooooooy!!!
-----------------------------------------------
---la barra de pan II---
sal.
------------------------------------------------
---el flechazo---
Iba un chaval andando (chandal azul no me preguntes por qué), cuando de repente...,un flechazo!!!.

Murió desangrado. Pobre.
------------------------------------------------
---la barra de pan III---
agua.
------------------------------------------------
---la banda sonora (original, eh?)---
Niiiiiiiiiaaaaaaaaaaaaaaa noniiiiiiaaaaaaaaaa,
ninonieeeeeeeeeroooooooooo, niiinoniaaaaaaaa.

chiiiin poooooon!!!!.
------------------------------------------------
---la barra de pan (el desenlace)---
Veinte minutos de cocción.
------------------------------------------------
---En un ascensor (el dilema I)---
Me lo tiro.
No me lo tiro.
-------------------------------------------------
---el consejo---
me dijo una vez mi abuelo:
"lo bueno si es breve, es sexo"
y murió de amor.
------------------------------------------------
---Obra de teatro---

CULO: La belleza está en el interior.
NARIZ: 'Pos' estamos 'apañaos'.

(aplause)
------------------------------------------------
---En la primera cita (el dilema II)---

Me la tiro.
No me la tiro.
--------------------------------------------------
---Crónica de un arrastrado---
Lágrimas de cocodrilo de tus ojos de serpiente provocadas por una lagarta.

(lengüetazo al aire)
--------------------------------------------------
---la prima fea (No hay dilema que valga)---

No me la tiro.
---------------------------------------------------
---un chicle en mi zapato---

De qué sabor será?.
-----------------------------------------------------------
---la paella---

'Pos' una cosa te 'via' decir...
hay que tener encanto para estar llena de granos y que lo mismo te coman el conejo que te coman el mejillón.

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SIN TÍTULO


           Hoy hace exactamente seis meses que termine con mi medicación del roacutan y es hoy precisamente, cuando al fin me he decidido a hacer público el deshonroso peregrinaje al que esta droga me condujo.

El roacutan no es ningún estupefaciente, ojalá mi problema hubiera estado relacionado con sustancias altamente adictivas que únicamente hubieran destrozado mis neuronas. El roacutan es un medicamento contra el acne, que bajo la apariencia de una inocente pastillita esconde el más peligroso de los efectos secundarios, la ¡SOBRIEDAD!.

En clave de archivo de texto, van a desfilar ante vuestros ojos un sinfín de despropósitos, la falta total de cualquier tipo de valor y escala moral, en definitiva la destrucción de la sociedad occidental, no exagero ni un ápice. Si yo he tenido agallas para escribir mi pesadilla personal, os pido que no flaqueéis en vuestra voluntad por leer este texto por muy duras y patéticas que puedan resultar estas líneas.

Antes del tratamiento yo era un muchacho normal, bebedor, mal deportista, nunca había destacado en nada, pero todo esto se iba a truncar, los tiempos felices iban a volar y todo por el mil veces maldito roacutan.

Yo era un chaval con granos, un problemilla en una sociedad superficial donde el físico prima,  así por una cuestión más de vanidad que de salud decidí ir al dermatólogo, fue el principio del fin, allí el doctor me hablo de un medicamento en fase experimental, que solo se había probado en monos suizos ( por el chocolate que ingieren) y que por el parecido físico podría valerme. Agradecido no entendía que la firma de esa receta iba a suponer en realidad la firma de mi sentencia de muerte, cuando me disponía a salir de la consulta y justo cuando di la espalda al doctor, este aprovechando el descuido y en un acto de cobardía me disparó a quemarropa con las siguientes palabras ( léanse en cámara lenta para una mayor dramatización) “Nada de alcohol durante el tratamiento”, mis piernas fallaron mi garganta se secó, balbuceé unas palabras “ h`i#j¬o p8u]ta “ y huí.

A partir de ese momento mi vida perdió cualquier tipo de sentido, entré en una vorágine de autodestrucción progresiva, un estado caótico que se adueñaba de mi razón, ya no era yo, era otra persona. Mis padres y mis amigos estaban asustados “¿que te ocurre bonico?” era lo único que alcanzaban a decir, los pobres no podían soportar la idea pero la realidad estaba allí: me había convertido en un hombre amable, tranquilo y cariñoso, mi vida se derrumbaba. Mis amigos intentaban reanimarme, intentaban que volviera a ser ese ser alcohólico, pasional y violento, pero todo estaba perdido, el circulo se cerraba y no conseguía escapar.

Mi enfermedad se agravaba y se desarrollo hasta extremos insospechados, me convertía poco a poco (y lo más triste es que no me daba cuenta) en un hombre sano, y aunque suene duro reconocerlo, en todo un deportista. Mi caída no tenia freno y el punto álgido llego cuando me presenté al campeonato de España de atletismo, en ese momento mi achaque parecía incurable pero ocurrió el milagro, llegue el último por detrás incluso de los minusválidos, no todo estaba perdido y el apellido de mi familia todavía no estaba mancillado.

Poco a poco con el apoyo incondicional de mi familia y las drogas blandas pude ir saliendo del bache, las mujeres dejaron de prestarme atención, la gente dejo de señalarme por la calle y parecía que a nadie ya le importaba mi oscuro pasado.

Así y casi sin darme cuenta termino la medicación. A día de hoy se puede decir que estoy totalmente recuperado ante el alcohol y ante la sociedad, vuelvo a ser ese ser anodino, insulso y vulgar que nunca debí dejar de ser, y todo ello se lo debo al alcohol.

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