OTRA VOZ EN LA IGLESIA
Carta abierta a Juan Pablo II a propósito de su visita a Madrid.
Vísperas de elecciones ‘03
Hermano Juan Pablo:
Te escribimos esta carta para ofrecerte nuestra impresión sobre la visita que acabas de realizar a Madrid. No te escribimos "desde fuera" como quien mira lo que está ocurriendo en la plaza desde el burladero. Como cristianos que somos, lo que de ti nos llega no puede dejarnos indiferentes.
Tu reciente visita a Madrid ha sido un verdadero acontecimiento mediático. Importa menos preguntarse si este fenómeno es debido a tu valía personal o a la función que representas. Nosotros hemos admirado tu coraje y tu resistencia personal. Sabemos que la enfermedad que te afecta unida a la edad con que cuentas han sido obstáculos reales a la materialización de esta visita. Conociendo estas limitaciones, nos ha gustado verte reír y disfrutar con los jóvenes en Cuatro Vientos y bromear con las multitudes en Colón. El buen humor que has demostrado contrasta abiertamente con el de nuestros gobernantes que están convirtiendo el ejercicio de gobierno en permanente cátedra de crispación social. Has pronunciado además una frase que nos encanta: "Las ideas no se imponen, se proponen".¡A lo mejor has pretendido ir más allá del inmediatismo político y has querido abrir una brecha a la autocrítica en la propia Iglesia!
Pero también queremos decirte que hay detalles de tu visita que nos han dejado hondamente preocupados. Nos ha sorprendido el maridaje que se ha establecido en la Plaza del Descubrimiento entre "el altar (poder religioso) y el trono (poder político). En un país plural como el nuestro, con una Constitución laica, nos ha resultado fuera de toda lógica lo que estábamos viendo. Era una imagen que nos devolvía al "nacional-catolicismo" que considerábamos ya superado. Una escena que reflejaba la perfecta imagen piramidal de una iglesia tridentina: con el Papa -rodeado de su curia y el cuerpo clerical- en primer plano; con nuestros reyes, gobernantes y financieros en segundo lugar; y, finalmente y en último lugar, la masa, el pueblo. Sabemos que este viejo esquema de cristiandad, que por inercia se prolongó prácticamente inalterado durante cuatro siglos, fue felizmente superado por la eclesiología del Vaticano II. Y, sin embargo, ahora estaba emergiendo nuevamente con un culto a la persona rayano en el ultramontanismo de finales del XIX y una confusión de planos entre lo político y lo religioso más propia de otras épocas de nuestra historia. En vano intentábamos descubrir a los grupos socialmente más vulnerables (inmigrantes y desempleados, ancianos y víctimas de la exclusión, minorías sexuales y prostitutas). No estaban allí, o al menos no estaban en los primeros puestos como exige la buena educación cristiana ("los últimos serán los primeros"). Su ausencia nos hacía sentir más incómodos y avergonzados. ¿Quién ha diseñado este escenario -nos preguntábamos- y en nombre de quién se ha querido ofrecer al mundo este paradigma del catolicismo actual? ¿No va todo esto en dirección contraria al mensaje de Aquel que tuvo que superar en su vida la tentación del poder y el culto a la personalidad?
Nos ha llamado poderosamente la atención, además, la total ausencia de la guerra de Irak de tus palabras y de tus gestos. En este país más del 90% hemos condenado la invasión de Irak y nos hemos manifestado masivamente contra la implicación de nuestro Gobierno en esta guerra innecesaria e injusta, ilegal e inmoral. En esto nos han fortalecido mucho tus palabras calificándola de "aventura sin retorno" y de "fracaso de la humanidad". Esperábamos ahora de ti no sólo el reconocimiento ético de nuestra postura sino también el impulso necesario para seguir denunciando la colonización que sigue a la ocupación militar y las diferentes formas de usura que la acompañan. Como rezaba alguna pancarta que tú mismo pudiste leer de camino hacia la Plaza de Colón, muchos esperábamos que hubieras corregido al Presidente Aznar – que se dice católico- por haber entrado en esta guerra contra la Constitución y la voluntad del pueblo. Esperábamos que ibas a levantar el dedo para recordarle la necesidad de arrepentimiento y de rectificación, como en otra ocasión -y, creemos, con menos motivos- hiciste en Nicaragua. Pero, ante nuestro asombro, no te oímos ni una sola palabra, ni el menor gesto recriminando esta conducta difícilmente cristiana. Es más, lo recibiste solemnemente con toda su saga familiar en la Nunciatura, cosa que no llegaste a repetir con la oposición política. Con todos los respetos, creemos que has perdido, hermano Juan Pablo, una buena ocasión para ejercitar la "corrección fraterna" y la animación pastoral. Porque hay silencios que, por más estética que se les quiera echar encima, no pueden disimular su carencia de ética. Y este silencio tuyo así lo hemos percibido muchos militantes por la paz. Una vez más nos preguntamos, ¿eres tú quien programa estos viajes o vas al dictado de una ideología política que te convierte en rehén de sus intereses partidistas? A nadie se le escapa la relación de esta tu visita a Madrid con las próximas elecciones municipales y autonómicas. Tú mismo sabes que la foto del sucesor de Pedro cae siempre muy bien en el álbum de cualquier político en campaña.
Por otra parte, el perfil de ciudadano español que se desprende de tus discursos – mayoritariamente católico, con raíces cristianas, sin problemas, legitimador de una "cruzada nacional" contra los enemigos de Dios y de la Patria- dista mucho del que nosotros conocemos. Ya el Centro de Investigaciones Sociológicas, en su último informe sobre el momento religioso en España, constataba la pérdida de dos millones de practicantes católicos en los últimos años y simultáneamente la creciente presencia de otras confesiones religiosas. Solamente en la Comunidad de Madrid los musulmanes –según fuentes propias- cuentan con 27 mezquitas.. Y no es precisamente el crecimiento cuantitativo la cuestión más importante. Cada poco tiempo saltan a la opinión pública hechos que -como Gescartera e inversiones en paraísos fiscales, despido de profesores de religión o castigo a teólogos disidentes- escandalizan a muchos y contradicen la validez ética de la imagen que se intenta proyectar de la Iglesia. Otros asuntos de mayor calado -como su posición oficial ante los nacionalismos (que tú has calificado de "exasperados"), ante la enseñanza de la religión en la escuela pública, ante la moral sexual y de reproducción- no por más conocidos dejan de manifestar el permanente conflicto que esta Iglesia española mantiene con la sociedad en la que vive. En este contexto, el sujeto cristiano que nosotros conocemos vive en constante tensión entre la apuesta por la modernidad y el cambio sociocultural y su pertenencia a una Iglesia cada día más incapaz de acompañarlo en este aventura. Este sujeto predispuesto a apoyar tu defensa de los Derechos Humanos en sociedades carentes de libertad, no encuentra motivos suficientes para adherirse a tus propuestas en las sociedades carentes de justicia. Y esta falta de adhesión resulta más llamativa cuando se trata del interior de la propia Iglesia que, por constitución, debería ser igualitaria y libre.
No quisiéramos, finalmente, que los nuevos movimientos eclesiales que te han acompañado durante esta visita te lleven al engaño. Si no podemos dudar de su buena disposición, es evidente la debilidad que muestran para encarnarse en una práctica sociopolítica equitativa y liberadora. Su sumisión y dependencia intraeclasial raya a veces en el fanatismo y la papolatría. Convertirlos, como hemos querido entenderte, en "la nueva reserva espiritual de Europa" y en apóstoles de su "evangelización", nos parece temerario. Es muy justo que tratemos de impedir que, por excesivo horizontalismo, la Europa ilustrada vaya perdiendo su espíritu; pero deberíamos cuidar de que, con las nuevas propuestas, llegue un día a perder su alma.
Permítenos una última palabra. No tenemos nada en contra de los cristianos que has canonizado en la plaza de Colón. Pero creemos que ellos mismos se hubieran sentido más a gusto si a su lado hubieras colocado a otros tantos del otro lado de la contienda. No todos fueron mártires de esa "persecución religiosa" que, según nuestros obispos, fue planificada por la II República y desembocó en la "guerra civil". Nosotros creemos que ellos no necesitaron de esa guerra -que fue un asalto del capitalismo y la derecha intolerante contra la legalidad constituida- para ser buenos testigos de Jesús. Pero su canonización pone una vez más de manifiesto el injusto olvido de la otra heroicidad puesta al servicio de la legalidad y del pueblo. ¿Sabías que hace ya muchos años que los españoles hemos decidido no abrir nuevas heridas con motivo de esa catástrofe? No nos hace nada bien, hermano Juan Pablo, que a estas alturas la Iglesia siga calificando de "cruzada" un golpe militar y no tenga una palabra de arrepentimiento por su implicación oficial en el mismo y en sus consecuencias. Y otra vez nos preguntamos, ¿quién decide las canonizaciones en la Iglesia española? ¿Necesita ahora la Iglesia proclamar estos ejemplos de santidad o son otros los que debería proponer ante los nuevos retos que tiene planteados?
Con respeto
Comunidad Cristiana Universitaria Santo Tomás de Aquino
(19 de mayo de 2003)
Contacto: Evaristo Villar (91 447 23 60)