LAICIDAD -
IGLESIA – SOCIEDAD
1. ¿Cuál es el tema? ¿De qué hablamos?
Es lo primero, saber de qué tratamos, para evitar la dispersión y la mezcla de temas. Hemos de aludir todos a un mismo tema, y aún así, nos costará aclararnos porque una misma palabra puede tener varios significados o cada uno puede darle un significado distinto.
La confusión es lo que impera, a veces por falta de lógica y a veces por falta de querer emplear esa lógica. Intereses ocultos aconsejan muchas veces huir de la lógica.
2. El tema es la laicidad
Pues bien. Nosotros nos vamos a ocupar de la laicidad, en relación con la sociedad y la Iglesia, pues es en ellas donde sólo existe. Laicidad no es lo mismo que laicismo, como no es lo mismo secularidad que secularización o que secularismo.
Definición de laicidad
Para ir centrándonos un poco en el tema, daría de entrada esta definición: “Laicidad es la condición de laico; y laico proviene de laos que significa pueblo, miembro por tanto de un pueblo, sea éste aldea, villa o ciudad; habitante de un lugar y, en consecuencia, miembro de la comunidad en que vive ”.
Simplificando: la palabra laicidad se aplica a quien es miembro de una comunidad, que puede vivir en un lugar o en otro, el lugar puede cambiar, pero en todos es miembro, socio comunitario, que desarrolla su vida con otros. Por lo mismo, la laicidad es intrínseca a toda persona, pues le acompaña como atributo que le hace apta para relacionarse y convivir comunitariamente. A través de la laicidad yo me revelo, y los demás se me revelan a mí, en mi condición de persona.
Esta coparticipación de sujetos en una misma
naturaleza personal es lo que nos da, además de identidad individual
intransferible, identidad colectiva solidaria. Nuestra común dignidad, nuestros
comunes derechos humanos, es la unión de la dignidad y derechos de cada uno.
Todos en uno.
El diagnóstico que hoy se hace
la laicidad
Aclaradas las palabras, veamos cómo se ve hoy y analiza el tema.
. Desde la
perspectiva eclesiástica dominante.
Sintéticamente se dice lo siguiente:
- Hay un
intento de marginar a la religión y a la Iglesia, de privarle de derechos que
le son propios, de desprestigiarla. Hay incluso un intento de desterrar a Dios
de
- Este intento tiene su origen y cobra fuerza en el revisionismo producido en nuestro país después del concilio y de la transición democrática. Fuerzas teológicas progresistas, críticas y secularizantes, se unieron a otras fuerzas políticas de izquierda, que se apoyaron y favorecieron mutuamente. Estos cristianos progresistas se equivocaron confundiendo el verdadero progreso con una Iglesia colonizada y sometida a tendencias revisionistas políticas. Todo lo cual ha provocado un debilitamiento de los valores cristianos y un abandono progresivo de las prácticas y de los principios morales.
- Ciñéndonos más al momento presente, podemos
leer este análisis concreto: “Se da una crítica y manipulación de los hechos de
la Iglesia, un cerco inflexible y
permanente por medio de los medios de comunicación, no estamos dando respuesta
a la dureza y exigencias de
¿Qué piensan y expresan hoy los socialistas?
Las religiones monoteístas son incompatibles con la democracia, la convivencia democrática debe edificarse sobre principios éticos comunes sin ninguna referencia religiosa, la base de la democracia no tienen ninguna ley moral objetiva vinculante, la moral debe ser consesuada. Por todos o la mayor parte.
Me inclino a pensar que la ideología vigente del PSOE y equipo del Gobierno es un laicismo romántico y radical, que históricamente se elabora a partir del antifranquismo, se quieren ahora recuperar las clasificaciones de antaño, las derechas son franquistas y solo las instituciones y las personas izquierdas son verdaderamente democráticas, Como no podía ser menos , se desconcoe la contribución histórica de la Iglesia al advenimiento de la democracia, se la presenta como aliada del franquismo , fuente de sentimientos autoritarios y en consecuencia incompatible con una verdadera democracia. No nos dejemos engañar. Lo que hoy está en juego no es un rechazo del integrismo o del fundamentalismo religioso, no son unas determinadas cuestiones morales discutibles. Lo que estamos viviendo , quizás sin darnos cuenta de ello, es un rechazo de la religión en cuanto tal, y más en concreto de la Iglesia católica y del mismo cristianismo” (Mons. Fernando Sebastián, Situación actual de la Iglesia: algunas orientaciones prácticas, Madrid, ITVR, 29 –III- 2007).
3. Laicidad y religión, un nuevo
planteamiento: del conflicto a la convergencia.
El tema de la
laicidad, hoy tan controvertido, viene como es obvio de lejos. Proyectado sobre
un escenario, tiene un pasado, un
presente y un futuro.
Proclamación de hace 40 años, y que pertenece al mundo presente, y es vista como natural.
Pero veamos
las proclamaciones de tiempos pasados respecto a este punto. Papas como Pio VI
en su encíclica Quod aliquantum,
en 1791; Gregorio XVI en su encíclica Mirari vos en 1832; Pio IX
en el Syllabus en
1864; León XIII en su encíclica Libertas en 1888; y
el Pio X en su encíclica Vehementer
en 1906; afirman de una u otra manera que “los hombres no son iguales y libres”, que la
“libertad de conciencia” es un error venenosisímo, que
Los actores de un momento y otro son los mismos, pertenecientes a la Iglesia católica, pero las proclamaciones son totalmente distintas.
Esta contraposición no surge al azar. Tiene su explicación, es decir, unas causas que la sustentan.
Han
pasado más 40 años del concilio. Todo
parecía prever una progresiva asimilación de la doctrina conciliar. Pero, no; la asimilación se paró y comenzó
más bien
2. Factores
explicativos de esta situación
Este
fenómeno parece demostrar lo que muchos hace años sospecharon: la gesta del Vaticano
II había sido proyectada por peritos y, ciertamente, por un fuerte impulso interior eclesial.
Pero, las mayorías de nuestros cristianos -el llamado Pueblo de Dios- estaba
troquelado por la teología de Trento. Lo
que estamos viendo ahora demuestra hasta
qué punto los presupuestos de Trento estaban en la raíz y los del Vaticano II
se quedaron en
Tres serían los factores que , a mi modo de ver, han dificultado sino cerrado el camino hacia la laicidad en la Iglesia católica española .
. La ideología del
nacionalcatolicismo
(1938-1978)
Muchas de las polémicas actuales se resuelven en el acto si analizamos el contexto histórico del que derivan.
Durante 40 años ha sido predominante entre nosotros la ideología del nacional catolicismo. Tal ideología se ha caracterizado por su alianza con el poder político. Iglesia y Estado convergían y se apoyaban mutuamente para hacer real un proyecto que asegurase la unanimidad cultural y religiosa. Era una alianza de ambos, como vencedores y excluyentes, con el poder de determinar qué otras ideologías o cosmovisiones no eran compatibles con lo “nacional” y lo “católico”. Surgía , entonces, la represión cultural, política y religiosa.
Debido a esta alianza, la Religión católica tuvo en toda la situación del régimen de cristiandad y más cerca en la nuestra del nacionalcatolicismo una primacía casi absoluta en la vida pública: determinaba en gran parte la regulación ética, jurídica y política de la sociedad.
. La hegemonía de una Iglesia clerical
La Cristiandad se había articulado
teniendo como eje de configuración el clero. El clero era el sujeto activo y
dominante, dotado de una superioridad incuestionable, que le confería una
misión espiritual universal sobre la sociedad, el mundo y los Estados. Fue en
el siglo IV cuando la Iglesia católica, convertida en religión oficial del
imperio por obra de Constantino, dio un giro espectacular.
Esta figura de Iglesia no surgió
del Evangelio, era una institución más bien imperialista, que justificaba la
desigualdad y, al ser cuestionada por las nuevas ideas, se atrincheraba en sí
misma para defender su superioridad y privilegios. Esta mentalidad fue
cuestionada y renovada por el Vaticano II. Pero, no ha sido ni mucho menos
superada.. Son seguramente muchos los católicos que sostienen que la salvación
está sólo dentro de la Iglesia católica, que el monopolio del saber espiritual
y moral está en exclusiva en la Iglesia
católica y que los valores del mundo no
sirven para nada si no llevan la marca religiosa.
. Recaída en la
dicotomía de lo profano-sagrado
En este sentido, creo importante
señalar cómo en lugar de avanzar hacia una visión unitaria de la vida cristina,
hemos recaído en la vieja visión dualista. Arrastramos una teología que construye la salvación al margen del hombre,
como si ella le viniese de fuera.
Pero, no. La salvación viene de
dentro, tan de dentro que es el hombre su protagonista primordial y quien
muestra una idoneidad fundamental para realizarla y colaborar con Dios, el cual
la ha depositado en él. Porque el hombre
es y está salvado por el Dios Creador
quien, además, se ha interesado en potenciar y asegurar esa salvación, mediante
el envío de su Hijo, sólo que ese
hombre, ha sido constituido en prototipo
de la salvación humana y, por lo tanto, en camino para quienes quieran
seguirle.
Conviene conjurar a este respecto dos peligros: uno, el de creer que la salvación es extraña al
hombre ; y dos, el de creer que reside
en otros lugares, medios o personas que
Establecido este punto de vista,
no es difícil ver cómo las religiones organizan su aparato de salvación,
poniendo a disposición de quienes la buscan lugares, personas, medios y demás
condiciones. Esta supuesta incapacidad personal para autosalvarse se colma
transfiriendo poder y eficacia a los mediadores: ellos son sagrados, sagrados
son los lugares donde actúan, sagrados son los medios que utilizan, sagrado es
todo lo que ellos tocan y, como
consecuencia, profano es todo lo demás,
que queda fuera, desprovisto de
poder para salvar.
El mensaje de Jesús es, a este
respecto, innovador: el poder salvador no está en el templo, ni en los
sacrificios, ni en la ley, ni en los ritos. La salvación está en la persona, es
ella el lugar sagrado por excelencia y
es en su total orientación hacia el
amor, la justicia y la verdad, donde se forja la salvación y consigue la unión
con Dios.
Los llamados “mediadores” lo son en
otro sentido, en el de compartir desde abajo, con actitud de igualdad, amor y servicio una búsqueda que
es, sin duda, comunitaria.
La división entre lo profano y lo
sagrado, entre vida secular diaria y
vida sacra religiosa es artificial. No es así
La visión del Vaticano II es
acorde con esta unidad: el Dios de Jesús no es Dios enemigo o distinto del Dios creador; la realización humana no tiene otro ámbito de
actuación que el propio de sí misma,
desplegado históricamente en todos los
ámbitos del quehacer humano; todos, sin
excluir ninguno; y desde dentro, a modo
de fermento, iluminados y poseídos por el espíritu de Jesús.
La visión dualista da preeminencia
a lo ritual y no a lo personal; a lo cultual y no a lo civil y secular; a lo
individual y no a lo social; a lo
externo e impuesto y no a lo interior y libre.
Yo creo que el enfoque está en superar un pertinaz dualismo, impropio del Evangelio, que nos ha llevado a plantear antagónicamente lo humano y lo cristiano. Lo humano estaría en el arrabal de lo perdido y lo cristiano en el cenit de lo valioso, con oferta de caminos y medios para lograr la plena salvación: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”, sería el lema. Planteamiento dicotómico que transpira desconfianza hacia lo humano y enaltecimiento de lo cristiano.
Yo invito a ponderar el significado de este planteamiento que, ciertamente, fue superado en el concilio Vaticano II, y que nunca debiera haberse dado de haber seguido las pistas del Evangelio. Pero estoy tan convencido de su enorme influjo que me resulta difícil no descubrirlo en unas u otras dimensiones de la vida cristiana. El menosprecio del mundo, la fuga de la ciudad secular, la devaluación de los valores terrenos, la anulación de la persona, la subestima y desconfianza extrema en sí mismo, el ensalzamiento del autoritarismo y de la obediencia ciega, el repudio de la política y de la historia como lugar para la siembra y crecimiento del Reino de Dios, era una invitación a dimitir de esta vida, a desposeerse de sí mismo y entregar el asunto de la propia salvación en manos de instancias externas, depositarias de esa salvación otorgada por Dios.
Si la Iglesia era la administradora, en exclusiva, de esa salvación, quedaba asegurada triplemente una cosa: la veneración de ella como transmisora de la salvación divina, la dependencia de ella y el apartamiento desconfiado de la realidad secular, como lugar del peligro y del pecado. En el fondo, una teología herética, nada católica, que negaba la bondad original de la obra de Dios, -del Dios Creador- como si nada tuviera que ver con la obra plenificadora del Dios histórico, revelada en Jesús: “No he venido, diría Jesús, a abolir la Ley y los Profetas, sino a darles cumplimiento (Mt, 5,17).
Sería instructivo analizar toda
una tarea de formación ascética,
espiritual y teológica donde se plasmaba este dualismo, y que reforzaba como
consecuencia la sacralización del clero como mediador de la salvación y fomentaba un estilo de vida cristiano que se
exilaba de los compromisos de la tierra y
Han pasado 40 años después del concilio, pero las raíces viejas no se han cambiado ni se han visto sustituidas por la energía y savia de otras nuevas.
Esta es precisamente la reyerta que hoy, paradójicamente, asoma y lanza sus últimas embestidas frente a un mundo adulto que demanda una Iglesia renovada, sin abdicar jamás de la dignidad, libertad y ética naturales.
4. ¿Qué es una sociedad laica?
Laico, hemos dicho, viene de laos, que significa pueblo; laico,
miembro del pueblo, o diríamos hoy ciudadano. Laico: sujeto que ostenta
capacidad y cualidades para vivir en comunidad, merced precisamente a que, en
su naturaleza racional se reconoce idéntico a otros muchos. Ese sujeto es
La condición de persona es sustantiva a todo ser humano, es universal y es anterior y superior a cualquier otra denominación particular. Todo sujeto blanco o negro, asiático o europeo, creyente o ateo, son laicos, ciudadanos, pero no todos los ciudadanos son blancos o negros, asiáticos o europeos, creyentes o ateos. Lo común a todos ellos es su condición humana, su naturaleza, que les permite reconocerse idénticos, comunicarse y establecer fundamentos y normas universales para una convivencia humana, compartida y ratificada por todos.
La condición laica es propia de la ciudad humana , que está hecha de ciudadanos, con proyección y vocación universal, porque la ciudadanía es un propio de la persona y la persona es universal.
El hecho de ser laico hace que toda persona, en cualquier parte del mundo, pueda hacer valer su laicidad, su condición de ser humano, como sujeto de valores y derechos universales. La laicidad es tan universal como lo es la persona misma. Y esta no se circunscribe a ningún lugar, raza, ideología, territorio o religión. La laicidad, como derivada de la persona, es la patria universal de todo ser humano. Nadie, por tanto, en virtud de una ideología, raza o religión, puede ser desatendido, postergado o discriminado. La dignidad de cada ser humano es singular y común, es decir, individual y universal en cuanto compartida por todos.
La palabra laicismo es ya una manera
concreta de interpretar
La laicidad no niega el hecho religioso en cuanto tal, no lo excluye, pero sí excluye que se lo pueda interpretar e imponer unilateral y coactivamente. En una convivencia laica, ciudadana, hay derechos que deben ser respetados por todos. Y el derecho a obrar conforme a la propia conciencia, manifestándose creyente o ateo, es uno de esos derechos que deben ser reconocidos a todos y por todos. Un creyente o un ateo no tienen por qué impedir una justa y pacífica convivencia. La impedirán un mal creyente o un mal ateo.
5. Creyentes y ateos
unidos en una fe común
La experiencia moderna nos ha mostrado que, referente a la religión,
creyentes y ateos, debemos dejar a un lado los prejuicios y dogmatismos. La
crítica moderna a la religión ha ayudado seguramente a emancipar al
hombre, a liberar a la teología de una
lenguaje precientífico y mitológico, a recuperar la dignidad de la persona
humana, a no legitimar nunca más, en
nombre de Dios, la humillación y esclavitud del
hombre.
Pero, a su vez, una tendencia cientifista moderna ha
pretendido suplantar el puesto de la religión por la sola razón. So pretexto
de excluir determinadas alienaciones
religiosas históricas, ha incurrido en la alienación metafísica de negar la religiosidad del hombre, de
volverlo ateo a la fuerza y de hacer del ateísmo una praxis confesional y política.
Son muchos todavía
los ateos que consideran que su condición es incompatible con el
cristianismo y muchos los cristianos que consideran que su fe es incompatible con el socialismo, no
así con el capitalismo.
Desde una visión antropológica
estructural, creo que no se puede sostener que la religión es una realidad extrañamente autónoma, sin conexión con las
otras dimensiones de la vida o que es un simple reflejo de los factores económicos.
La religión puede ser opio o puede ser
dynamis transformadora, dependiendo de si se la vive como
elemento utópico y subversivo o como elemento conformista y legitimador del
orden establecido.
La
fe cristiana es la que hace que este mundo sea tal sin la
“hipótesis de Dios”. Dios no es una
especie de seguro contra todas las calamidades e impotencias del hombre. Ese Dios es al que se aferra una cierta
religiosidad , impidiendo que el hombre afronte sus propios riesgos e impulse
su propia maduración. Ese Dios es el que ha intervenido constantemente como
rival y opositor del crecimiento del hombre.
Reducir la presencia de Dios a
los “espacios de miseria” es falsear
Nosotros no creemos en un
Dios que necesita de la debilidad humana
como medio para afirmarse a sí
mismo. El Dios verdadero sólo se afirma en la afirmación del hombre.
6. Rebelión y llegada
de la modernidad
Se
ha dicho, y creo que con razón, que la laicidad es una consecuencia de
En nombre de Dios, de la Religión,
de la Patria, se han cometido enormes atropellos de
Esta visión imperialista de la
religión es la que hace que estalle en la conciencia moderna la reivindicación
de la laicidad, negándose a que lo
mundano y humano sea postergado y desvirtuado a expensas de lo cristiano.
“Cristiano y humano escribía T. De Chardin, tienden a no coincidir; he aquí el
gran cisma que amenaza a la Iglesia”. Y
el teólogo protestante J. Moltman escribía: “Si la modernidad ha convertido al
hombre en palabra iconoclasta contra Dios, es porque el Dios auténtico se ha
convertido en palabra iconoclasta contra el hombre”.
Arrastramos, por tanto, desde Trento hasta el Vaticano
II, una mentalidad eclesiástica antimoderna, contraria a la laicidad.
7.
La entrada en un mundo adulto
Con la llegada de la modernidad
se inicia la entrada en un mundo adulto.
Mundo adulto significa aquí que
la humanidad traspone el umbral de la infancia y adolescencia para encaminarse
hacia la mayoría de edad. Paradójicamente, la jerarquía católica viene ejerciendo todavía una función
de paternalismo paralizante en este
proceso.
El cambio histórico de la
modernidad, aplicado a la Iglesia, requiere una nueva relación de convivencia
basada en la igualdad y que se expresa en
La modernidad exige también una nueva relación con Dios, el
cual en lugar de afirmarse a base de explotar los límites de la debilidad e
impotencia humanas, aparece sustentando toda la talla del ser humano, dejándole
actuar en todo lo que es, por sí y ante sí. El concilio reconoce que la
religión, demasiadas veces, se ha convertido en opio al impedir la realización del ser humano y
ocultar el rostro genuino de Dios.
Hacer profesión de ateísmo o, lo
que es lo mismo, expulsar tantos dioses
falsos, es condición saludable para preservar la fe y la madurez humana: “Son
muchos los que imaginan un Dios que nada tiene que ver con el Dios de Jesús”
(GS, 19).
Las características mayores de la modernidad son el paso
de una concepción mítica del mundo a otra científica, de una sociedad desigual a otro igual, y de una sociedad sacralmente tutelada a otra
civilmente autónoma.
En ese mundo emerge la laicidad
como reclamo de independencia frente
a las sociedades teocráticas, donde
la condición de ciudadano va unida a la de religioso y la de lo civil
a lo religioso. La laicidad surge como polo de afirmación frente a
sociedades sacralizadas o muy tuteladas
por el poder religioso.
8. Laicidad, Bien Común
y Poder político
La laicidad, resulta así ser base, ámbito y referente
de la apolítica de todo Estado, que se precie ser gestor del Bien Común, pues
el Bien Común es la coordinación del bien de todas las personas, en uno u otro
lugar , de una u otra parte, de una
religión u otra, se t<rate de
ciudadanos creyentes o ateos. Los ciudadanos incluyen, como personas, una ética
natural, que se enuncia válida para todos y
que los Estados deben manejar sensatamente para articular la convivencia.
Las religiones podrán enunciar
creencias, principios, promesas, programas de futuro y felicidad que, a lo
mejor, no figuran en el programa básico de la
ética civil. Podrán inculcarlo a sus seguidores y ofrecerlo a cuantos lo
deseen conocer, pero jamás imponerlo y mucho menos hacerlo valer contraviniendo
la dignidad y derechos de
Desde esta perspectiva, resulta
anacrónica toda posición que pretenda
basarse en un imperialismo religioso
( sumisión del poder temporal al
religioso) o sobre un fundamentalismo de Estado, que no respete el hecho
religioso, tal como aparece en cada una de las religiones.
A quien se apoye en el pensamiento y espíritu del
Vaticano II, le resultará fácil proponer que es tarea del Estado establecer una
legislación sobre la enseñanza de la
religión en la escuela, la ayuda económica estatal a la Iglesia católica, el
aborto, el divorcio, las convivencias homosexuales,
la investigación sobre las células madre embrionarias, y otras cuestiones, a
la escucha de lo que la experiencia, la
ciencia, la filosofía y la ética consideren más conforme y respetuoso con esas
realidades.
De ahí brotan precisamente unas
normas que pueden resultar válidas y vinculantes para todos, porque tratan de
recoger y expresar la dignidad, los valores, los derechos y deberes de todos. Es la
experiencia humana común, la ciencia
común, la ética común, la sabiduría
común, la ley común, la que todos
podemos profesar resultándonos inteligible, congruente y coherente con nuestro
modo de ser. Una ética común, de consenso universal y de obligatoriedad
universal. Tal comunidad de experiencia, de valores y de ética,
dimana de la persona humana. La persona es el pilar de la laicidad.
La persona es el referente
básico para el estudio, la comprensión y
la legislación de todo poder público. El Estado no tiene más misión que
promover, respetar y asegurar los bienes
de la persona, sus derechos y dignidad. Y personas somos todos. Y personas
somos los que constituimos las
comunidades políticas.
Pero no todos somos creyentes,
o no lo somos según un único credo. Las religiones también nacen de la persona,
y como todas las cosas humanas pueden ser buenas o malas, servir para humanizar
o degradar, liberar o reprimir, alienar
o transformar. Pero la religiosidad no es expresión única ni unívoca en
el mundo de las personas, ni lo es en el mundo de las comunidades civiles.
Y, además, todas las religiones,
para ser verdaderas, deben comenzar por
hacer profesión de fe en la dignidad humana y sus derechos, y comprometerse a
no apartarse de esa fe, común a todos. El Estado, que atiende al Bien Común, no
puede legislar para todos guiándose por la perspectiva particular y
diferenciada de cada una de las religiones, sino que debe guiarse por la
perspectiva universal de la dignidad de
Entonces, una convivencia justa,
basada en el respeto, igualdad y libertad de todos, tienen que regularse por un
Ordenamiento Jurídico que sea fiel a esa dignidad y derechos de la persona.
¿Cómo llevar a cabo el respeto por esa dignidad y cómo lograr una solución
satisfactoria para cuantas situaciones
plantea la persona en la convivencia?
Pienso que es éste el desafío que la
laicidad plantea a todo poder político.
Por supuesto, las Iglesias tienen
derecho a aportar su experiencia y sabiduría, sus luces y propuestas, pues al
fin y al cabo también ellas beben del pozo profundo de
9. La laicidad es
profundamente cristiana
Quiero ahora referirme críticamente
a dos aspectos comentados en nuestros
días.
Primero: “La perspectiva principal del problema está
en que los católicos deben marcar su diferencia, es decir, hacer valer su identidad frente a creyentes de otras religiones, pues el peligro está en
la mezcla e indiferenciación”.
El concilio Vaticano II dio un giro de 90 grados en lo
referente a la relación de la Iglesia con el mundo. Se trataba de aproximar,
comprender, dialogar, colaborar, reconocer que,
por encima de los rasgos que nos diferencian, hay una realidad humana
que nos identifica y constituye en lazos
de universal unidad y comunión.
La Iglesia no es una
comunidad aparte, una sociedad
perfecta, que detenta en exclusividad el monopolio de los
valores humanos (justicia, libertad,
igualdad, solidaridad, responsabilidad, ética natural...) y los caminos y
medios que llevan a la perfección y salvación del ser humano. Las instituciones
humanas, creadas por el hombre, son
beneméritas, proceden en última instancia (para los que creemos) de Dios, aun
cuando la mayor parte de ellas no tenga asiento explícito en el Evangelio. El
Dios de Jesús es el Dios creador, sin antagonismos. Por eso, yo, creyente
cristiano, incluyo en mi fe como artículo fundamental, la fe en el hombre, en
su dignidad y derechos. Mi ser cristiano comienza por ser persona. Y en mi ser
cristiano mi ser persona subsiste y permanece en toda extensión y radicalidad.
Una fe al margen o en contra de la persona es falsa. Los valores de la persona
son valores intrínsecos del cristiano, aun cuando en el seguimiento de Jesús se
alargue su visión y compromiso a otros horizontes.
Estoy, pues, no por la
acentuación de lo que nos diferencia sino por lo que nos identifica y une. Las diferencias, con ser importantes, pasan a
un segundo plano cuando todos (creyentes y ateos) podemos y debemos unirnos en
las grandes causas de la justicia, de la liberación y de
Mi fe cristiana no hace sino
asumir esa responsabilidad histórica, realzarla, potenciarla y estimularla con nuevas motivaciones. Pero, nunca disminuirla o
anularla. También nosotros somos promotores del hombre y nos sentimos a gusto
en la humanidad, en la laicidad, compartiendo con todos unas tareas, un desarrollo y un futuro
que nos incumbe a todos. En todo caso, conviene señalar que, por debajo de ese
intento de subrayar la diferencia, hay un empeño por recuperar una hegemonía de
otros tiempos, afortunadamente perdida.
La laicidad, aplicada a todos los seres humanos, es lo más
revolucionario, una revolución universal, que es la que ahora necesitamos, si
queremos que este planeta no naufrague. Y con el mismo gozo que afirmo mi
condición de ser humano , viajero con todos los ciudadanos del mundo, mantengo
mi fe en el Evangelio de Jesús que, para mí, representa una oferta de realización humana, gratuita y
libre, que abre nuevos horizontes para la plenitud humana.
Segundo: La obra primaria de la
Creación es la persona y nadie en este
mundo está por encima de ella en el sentido de que pueda proceder contra su
dignidad o derechos. El respeto a la persona y la promoción de sus derechos es
el principio que debe guiar la actuación de todos los Estados, también del
Estado del Vaticano. Y las comunidades
civiles o políticas son comunidades de personas, a cuyo bien se subordina la
misión de los Estados. Ningún Estado está por encima de la comunidad de
personas o puede entenderse al margen de ellas.
10. Recomponer la
unidad escindida: concilio Vaticano II
Precisamente los católicos debemos
recordar que el Vaticano II, y no la desentonada voz de algún que otro obispo,
ofrece pautas que sirven para resolver
este contencioso histórico. El concilio inauguró un nuevo talante, que pasaba de la arrogancia y
anatema, al diálogo y colaboración. Enseñó que el Reino de Dios –que es
universal- no se identifica con la Iglesia católica, sino que opera en todo
tiempo y en toda cultura, y que pueden
encontrarse gérmenes , signos y
realizaciones del mismo en todo lugar donde se encuentra la vida del hombre.
Por otra parte, no hay ya dos
vidas o dos historias paralelas: una profana y otra sagrada. Ese es un ardid de
toda institución religiosa para justificar y hacer valer su poder, en el
terreno más íntimo de las conciencias,
en nombre precisamente de Dios.
Hay un nuevo pensamiento católico que nos hace rechazar
perspectivas, actitudes y procedimientos de católicos que no concuerdan con las
aspiraciones de nuestra época ni con el
Evangelio.
Yo me atengo al espíritu del Vaticano II que reclama que
la Iglesia católica “no ponga su
esperanza en privilegios concedidos por
el poder civil, renunciando incluso al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto como
conste que su uso puede empañar la
pureza de su testimonio o las nuevas
condiciones de vida exijan otra
disposición” (GS, 76).
Teniendo en cuenta todo lo que he
dicho, es fácil deducir los elementos que deben configurar la actuación de un
católico en una sociedad laica.
La conducta de la persona se guía
por principios, criterios y opciones en situaciones concretas. Siempre al
decidir precede el percibir, el analizar y el valorar los elementos de una cuestión. Si yo decido ahora actuar de una
determinada manera en una sociedad
laica, y no de otra, es porque estoy
imbuido por una determinada visión de
Desde los presupuestos desarrollados,
yo me atrevería a formular los siguientes criterios como propios de una actuación cristiana en una sociedad laica:
1. No se puede seguir manteniendo una división antagónica
entre el mundo creado y el mundo revelado, el mundo de la razón y el mundo de
la fe, la historia humana y la historia de
2. Se tenga o no fe, la realidad humana es portadora de
dignidad, significación y sentido humano. Tal significado y sentido es
consistente, con fundamentación en Dios
para los que creemos. Pero no se
necesita fe explícita en Dios para que ese significado sea real, inviolable y
merezca todo reconocimiento. Ninguna fe, so pretexto de defender a Dios, puede
impugnar esa dignidad humana, rebajarla, o anularla. Más, toda fe tiene
obligación de incluir en su credo la proclamación de la dignidad humana y sus
derechos. La unitariedad del proyecto salvífico hace que Dios y el hombre, la
razón y la fe se den la mano y caminen estrechamente unidos, sin negarse nunca.
La negación ocurrirá cuando la fe es
falsa o es falsa la razón.
3. La tarea evangelizadora del cristiano comenzará por
anunciar y defender aquello que es lo más importante y lo más importante es lo que es común a todos. Nos hemos
dedicado por mucho tiempo a anunciar y construir sobre nuestras diferencias y
no a construir sobre lo que nos es común. Construyendo sobre lo común es como
únicamente edificaremos sólidamente la convivencia, pues ella reposará sobre
los pilares seguros de la dignidad humana y derechos humanos universales.
4. El progreso vendrá, primero de todo, de este acuerdo,
esfuerzo y lucha común. Y ese acuerdo
común arranca de la justicia, la libertad, la democracia, los derechos humanos,
el amor y la paz como obra de todos, y
también como obra de todas y de cada una de las religiones. Primero alcanzar
eso: la igualdad, el respeto, la
justicia, la cooperación que hagan
posible un nivel de vida digno para todos.
5. Las religiones renunciarán a todo monopolio ético,
como si sólo ellas fueran depositarias de la salvación y únicas intérpretes de lo verdaderamente humano. Podrán ofrecer,
anunciar y defender la especificidad de
sus propuestas, como un plus para la perfección y felicidad humanas,
pero si n negar o infravalorar la valía de las propuestas
humanas.
6. El actuar del cristiano se mostrará tal en la medida
en que se afane por preparar, inspirar,
impulsar y configurar las realidades
humanas de acuerdo con los valores básicos de la dignidad humana y los más
directos y específicos del Evangelio. Trabajará como el primero para que la ciudad humana, la convivencia,
sea un reflejo de los postulados de la
ética, de la razón y del derecho, sabiendo que en esa baza se construye también
el Reino de Dios y es por donde hay que avanzar hasta lograr la plenitud humana. El Evangelio será creíble
en tanto en cuanto humanice al hombre, lo dignifique, lo libere y se muestre
insobornable con la dignidad y derechos que le son inalienables.
En el Vaticano II hay un retorno al Evangelio, la conciencia eclesial trató de sacudirse todo polvo imperial, presentando a la Iglesia como Pueblo de Dios –todos hermanos e iguales- y a la jerarquía enteramente al servicio de ese Pueblo.
Pero, los cambios no sobrevienen rápidamente, por más que hayan pasado 40 años. Surgen ahora, otra vez, voces que reclaman ese puesto central que la Iglesia ha ocupado en la historia, confiriéndole hegemonía y autoridad en asuntos importantes como el divorcio, aborto, modelos de familia, etc., un nuevo imperialismo que les llevaría a hablar “en nombre de Dios”.
Afortunadamente, el concilio Vaticano II está ahí marcando un nuevo humanismo, un nuevo estilo y unas nuevas pautas como consecuencia de un nuevo magisterio.
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El programa electoral del PSOE dice
literalmente:
1.“Nuestro
programa comprende el compromiso con la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, el
reforzamiento de los instrumentos multilaterales de promoción y defensa de los
derechos humanos, pues estos son el fundamento del sistema de libertades sobre
el que descansa nuestro orden constitucional. Los derechos humanos deben
conformar toda la actuación de los poderes públicos” – “La garantía efectiva de
los principios de libertad e igualdad,
que forman parte de los fundamentos de
2. “ En el ejercicio
de su libertad un número creciente de ciudadanos viene organizando su vida
personal y familiar conforme a fórmulas
y con aspiraciones que merecen reconocimiento jurídico y protección suficiente
para asegurar la igualdad de todos los españoles que la Constitución garantiza”
– “Trataremos de asegurar iguales derechos e iguales oportunidades para
todos. Esto significa ayudar y favorecer
los que más lo necesitan”
3. “El socialismo ha sido y
es una lucha contra
.
4.Elaboraremos una nueva ley integral sobre
violencia de género.- Una nueva ley
sobre reproducción asistida.-Modificaremos el código civil a fin de posibilitar
el matrimonio entre personas del mismo sexo y el ejercicio de cuantos derechos
conlleva, en igualdad de condiciones con otras formas de matrimonio , para
asegurar la plena equiparación legal y social de lesbianas y
gays.-Presentaremos una regulación que sirva de marco legal a las parejas que quieran formalizar su
convivencia por la via del Registro de
Parejas de Hecho. Reformaremos
Tenemos pues que el Gobierno habla de incorporar a nuestro ordenamiento
jurídico una serie de realidades que no están contempladas todavía en nuestro
ordenamiento jurídico, merecen un estudio, hecho en el seno de la ciudadanía y
del ámbito social y político. Alguna de esas leyes ha sido ya aprobadas y otras
están en proceso de elaboración conforme
a las reglas de un Estado de Derecho. Ni en la ley aprobada ni en las otras
sometidas a estudio, encuentro que se den aspectos
que contengan muestras de ofensa, marginación o persecución de
Las
cuestiones referentes a la enseñanza de la Religión en la Escuela , el Gobierno
las revisa y suspende
Benjamín