DECLARACION SOBRE
Una buena parte de los católicos
tienen hoy la sensación de que
Por ello puede ser bueno
comenzar esta reflexión evocando que la iglesia primitiva supo ir encontrando su
sitio en una sociedad mucho más pagana y en un clima mucho más hostil. Hubo, por
supuesto, posturas muy diversas y a veces enfrentadas, unas más atinadas que
otras. Pero con frecuencia, y al revés que hoy, las posiciones más abiertas
estuvieron representadas por eminentes miembros del episcopado. Y, a pesar de
las polémicas, no ocurrió como hoy que sólo una de esas posturas diese voz a la
Iglesia.
En cualquier caso, estamos
convencidos de que esa tarea es hoy tan posible como lo fue antaño. Y que es
errónea la postura del que piensa que sólo en una sociedad favorable y sumisa
puede
1. SÍNTOMAS DE
INCOMODIDAD
La preocupación
moral
Una de las causas (quizá la más
importante) de esa incomodidad antes aludida, parece ser la que tiene relación
con temas morales y, más en concreto, con algunos asuntos de moral pública. Ahora bien: precisamente en
este punto, creemos que
En la moral clásica, en efecto,
existen tesoros de sabiduría en los llamados "principio del doble efecto", "mal
menor", "epiqueya ante la ley", prudencia pastoral[ii]
y otros que, aunque estaban formulados a niveles de conducta individual, tienen
su campo de aplicación también a niveles sociales. Lo mismo vale de la enseñanza
clásica de Tomás de Aquino sobre la misión del legislador, que no es juzgar de
la moralidad e implantar por ley el orden moral, sino buscar el bien común; y que, en aras de
ese bien común, puede a veces no penalizar conductas inmorales: pues los valores
morales son a veces contrapuestos (y mucho más en niveles colectivos) sin que
sea posible dar plena cabida a todos en el nivel abstracto de la ley. Y eso lo
dice Tomás de Aquino en una sociedad confesional, no en una sociedad laica como
la nuestra.
Aclaremos que la deformación en
este campo nos parece que afecta a otros muchos sectores de nuestra sociedad,
sean creyentes o no. Hay una tendencia a rechazar un principio fundamental para
toda sociedad laica, a saber: que comportamientos inmorales no son exactamente aquellos
que están legalmente penalizados, y
que la no persecución legal de una conducta no significa sin más su ratificación
moral. La confusión entre lo moral y lo legal desborda por tanto las fronteras
de lo eclesiástico. Y un ejemplo de ello lo encontramos a veces en reacciones
airadas que se producen ante determinadas decisiones del poder judicial, al que
se le pide ser una especie de dios "premiador de buenos y castigador de malos",
olvidando que la misión de los jueces es simplemente aplicar el derecho y la
jurisprudencia establecida, y no constituirse en garantes de la moralidad. Este
estado de cosas, por supuesto, puede dar lugar a veces a difíciles conflictos
personales, pero si no somos capaces de asimilarlo nos jugamos la laicidad de
nuestra sociedad y el vernos abocados a cualquier forma de confesionalismo
(cristiano o no) impuesto por decreto.
No pretendemos que la
preocupación moral no sea legítima en
La sexualidad
Una segunda causa del malestar
que tratamos de analizar parece estar en la sensación de que los únicos campos
de aplicación de la moral cristiana son el de la sexualidad, y el del comienzo y
fin de la vida. Creemos que los dirigentes eclesiásticos contribuyen
inconscientemente a difundir esa sensación, tan poco cristiana por otra parte.
Hasta el extremo de que, una "buena nota" en estos campos, ya parece suministrar
un salvoconducto para comportamientos muy discutibles o despreciables, en otros
campos de la moral.
Por poner un único ejemplo: no
tenemos nada que objetar al hecho de que algunos obispos, a nivel personal,
acudan a una manifestación en favor de la concepción clásica de la familia: es un derecho de todo
ciudadano y no cabe acusarles por ello de crear división. Pero nos resulta
profundamente incoherente que esos mismos obispos ni acudieran ni dijeran al
menos una palabra de apoyo, cuando las manifestaciones en contra de aquel crimen
organizado al que se llamó "guerra de Irak": un crimen revestido además de
mentiras tanto en la falsa interpretación de un texto de Naciones Unidas, como
en las causas y en los efectos de la guerra (un año después los agresores
reconocieron que no había armas de destrucción masiva en Irak; y otro año
después se ha reconocido que Irak no está mejor ahora que antes de la
agresión...). Pues bien: la agresión armada a un pueblo es un pecado social
mucho mayor que una distorsión en el concepto de familia.
Se puede comprender que, para un
cristiano, el amor conyugal sea un tema particularmente sagrado, por su
concepción del matrimonio como signo del amor "esponsal" de Dios hacia la
humanidad: una concepción que no tienen otras cosmovisiones. Pero esto no
justifica ni el afán de imponer esa concepción a los no cristianos, ni la
ausencia de voces proféticas de los responsables eclesiásticos ante los grandes
temas de la moral pública: como el espantoso crimen del hambre (en el que son
beneméritas muchas personas e instituciones cristianas, a veces mal comprendidas
por los obispos), o el privilegio cristiano de los pobres, los abusos frecuentes
de los poderosos y la oposición radical ("idolátrica" según Jesús) entre Dios y
Los dos temas citados no son los únicos. Quedan muchos otros como el de
la educación, donde existen posturas sectarias en ambas partes, y que otros
países han resuelto con menos crispación. O el de la financiación de la vida y
de las estructuras de
Pero no son necesarios más ejemplos. Los que hemos comentado son muestras
suficientes de lo que hemos calificado como síntomas de un malestar. Nuestra
reflexión no pretende aportar nada a la solución de esos problemas concretos,
sino proponer el marco creyente en el que pensamos que deberían ser abordados
por la Iglesia.
2. FUNCIÓN DE LA
IGLESIA
No sabemos si en las
distorsiones antes citadas late una falsa concepción de la Iglesia. Ésta no es
una guardiana del orden moral que, por eso, necesitaría del poder para cumplir
su tarea; es una señal viva del amor de Dios a la humanidad: de un amor que,
dado el deterioro de nuestra condición humana, resulta a la vez exigente,
perdonador y liberador[iii].
A su vez, Jesús el Cristo,
Fundamento de
Todo eso, sin duda, no decide
sobre los mil asuntos concretos en los que deben entrar las mediaciones humanas
a la hora de juzgar; pero sí nos indica la actitud con que debemos abordarlos.
Como escribió Juan Pablo II: "el camino de la iglesia es el “ser humano” (RH
14): no al revés como parecen pensar muchos eclesiásticos. Y ello quiere decir
que
Esa reconciliación que
Pero no sólo ahí: la
reconciliación debe ser anunciada también a niveles de relación personal, buscando una
convivencia en la que las diversidades sean respetadas al máximo posible sin que
engendren ni justifiquen desigualdades: pues en eso consiste la verdadera
fraternidad.
Y finalmente, la reconciliación
debe anunciarse en el nivel más difícil que es el de las estructuras sociales y económicas de
cada comunidad que son base de la verdadera igualdad. En este campo la
iglesia católica es hoy muy deficitaria en fidelidad a aquellos profetas que
pueblan
Si no despliega así la riqueza
de su mensaje,
3. ACTITUD DE LA
SOCIEDAD
A su vez, los poderes públicos
no deberían aplicar sus respectivos "rodillos" (evocamos con esta palabra las
acusaciones de "rodillo socialista" que fueron superadas más tarde por el
"rodillo de PP"). Los poderes públicos deberían pensar más en el bien común que
en el de sus propios votantes. Deberían saber que muchas decisiones no son de
hecho compartidas por millones de ciudadanos, creyentes o increyentes, ni todos
miembros de la jerarquía eclesiástica, ni todos miembros de la oposición. Y por
ello deberían buscar fórmulas que sean no plenamente satisfactorias pero sí
suficientemente soportables para todos o la inmensa mayoría. Ese sería el núcleo
no sólo de una sana laicidad sino también de un auténtico cristianismo. Pero de
hecho, estamos asistiendo a la paradoja de que los partidos se comportan
públicamente como iglesias, de las cuales cada cual se considera "la única
verdadera"; y toleran en su interior menos libertad de opinión y expresión de la
que se da en el seno de la misma Iglesia católica.
Todo ciudadano debe saber que la
democracia auténtica no es la imposición inapelable de unas mayorías que muchas
veces son exiguas y de poca calidad numérica. A su vez, nuestra sociedad percibe
que la democracia, hoy en día, es todavía deficiente. Hubo una época en que
(paradójicamente si lo miramos desde hoy),
Pero como la unanimidad es
prácticamente imposible en cualquier sociedad, las democracias deben intentar
cierta integración de las minorías: y esto vale sobre todo del poder legislativo
que es el más permanente en sus decisiones. Ello no significa un derecho de veto
otorgado a las minorías: pues ellas saben que la mayoría es más fuerte y puede
imponerse legalmente (
Sólo de esta manera se evitará
que crezca el actual clima de crispación. Pensamos que la Iglesia debería tener
un enorme cuidado de no contribuir a dicho clima y para ello debería tratar de difundir una cultura del
perdón que no desfigure el hambre de justicia en sed de venganza.
Nada de lo dicho en este
apartado significa que neguemos a la sociedad el derecho a criticar públicamente
a la Iglesia. Al revés: el concilio
Vaticano II reconoció que
4. UNA AMENAZA Y UN
CAMINO
A este respecto, puede ser bueno
recordar que, hace algunos años, se acusaba a un sector de la Iglesia de actuar
como "tontos útiles" de la extrema izquierda: no por los contenidos de sus
posturas de cercanía a los pobres (se decía), sino por la forma en que
pretendían llevarlos a la práctica. Pues bien, sería triste que,
independientemente también de los contenidos que creen necesario defender,
algunos responsables eclesiásticos se convirtieran hoy en "tontos útiles" de
quienes, invocando la religión a veces, sólo pretenden servirse de ellos para
conseguir el poder. Los políticos están tentados de creer que cualquier medio
vale para llegar al poder. Creemos que esta idolatría del voto debe ser
denunciada por ciudadanos y colectivos eclesiásticos o laicos.
Creemos que Iglesia y sociedad
podrían encontrarse más fácilmente si ambas prestaran mucha mayor atención de la
que prestan al gran problema de nuestro mundo: la inmensa cantidad de dolor y sufrimiento
que lo habita y que, a veces, no es fácil combatir porque nos falta voluntad
para ello y porque está estructurado en nuestras leyes y estilos de
convivencia. Si ambos, Iglesia y sociedad, tuvieran el valor de poner todo
ese dolor sobre la mesa, se rebajarían muchas relaciones conflictivas. La
sociedad se haría más humana y la iglesia más cristiana. Si
En lugar de ello, los poderes
eclesiásticos son a veces cómplices (voluntarios o no, y al menos por omisión)
de fuerzas que tratan cada vez más de estructurar la sociedad en torno al "tener
más aunque otros tengan menos", y en torno al desprecio del que piensa distinto.
Y de estructurar la vida económica en torno a una exacerbación del deseo
(necesaria para nuestro consumo incesante) que nos vuelve no más felices, pero
sí más crueles. Hasta el punto de que, hablando en caricatura, podría decirse
que existen entre nosotros tres clases sociales: los oprimidos, los deprimidos y
los inconscientes[v].
Si intentaran encontrarse ahí,
*
*
*
Estas reflexiones son fruto de
un sentimiento de responsabilidad como ciudadanos y como cristianos, y los
colectivos firmantes quisiéramos ser sólo una voz, que merece respeto y atención
en lugar de desautorizaciones rápidas y pasionales. No vivimos una situación
fácil; pero de las circunstancias difíciles han brotado muchas veces las mejores
soluciones.
septiembre 2005.
[i] "... el mandato de escuchar los interrogantes del hombre de hoy como tales y, partiendo de ellos, repensar la teología y, por encima de todo esto, escuchar la realidad, 'la cosa misma' y aceptar sus lecciones" (J. RATZINGER, El nuevo pueblo de Dios, pg. 319).
[ii]
"
[iii] Por eso: "una teología magisterial que naciera del miedo al riesgo de la verdad histórica o al riesgo de la realidad misma, sería cabalmente una teología apocada, una teología de poca fe desde su punto mismo de partida y, en último término, una evasión ante la grandeza de la verdad. Sería una teología conservadora en el mal sentido de la palabra, preocupada sólo del hecho de conservar y no de la realidad" (ibid, p. 322).
[iv]
"Estamos dispuestos para servir a los hombres como tales, no sólo a los
católicos, a defender en primer lugar y ante todos los derechos de la persona
humana y no sólo los de
[v] "El 'sacramento del hermano' aparece aquí como el único camino suficiente de salvación, el prójimo como 'la incógnita de Dios', en que se decide el destino de cada uno. Lo que salva no es que uno conozca el nombre del Señor (Mt 7,21); lo que se le pide es que trate humanamente al Dios que se esconde en el hombre" (J, RATZINGER, op. cit. p. 391).