Fundamentos teóricos e históricos para la lucha por los “Estados Obreros Unidos de Europa” Introducción Los argumentos centrales del presente documento, son parte de otro texto polémico publicado por el GPM en marzo de 2004 bajo el título: “Contestación al CIS de Argentina”, que ahora hemos adaptado para fijar posición frente al engañosamente llamado “referéndum” por la constitución europea, celebrado en España el día 20 de febrero de 2005. Trataremos seguidamente de fundamentar la necesidad cada vez más acuciante, de que el proletariado europeo se unifique políticamente para luchar por la alternativa de los Estados Unidos Obreros de Europa. Queremos empezar por decir que, como su palabra indica, la voluntad política expresada en un referéndum es vinculante y esta consulta no lo es, aunque el actual presidente español, Rodríguez Zapatero, haya insinuado lo contrario. No es el caso aquí de que los pueblos participen ni decidan; en realidad, los pueblos del Estado español hemos sido llamados simplemente a opinar sobre lo que han decidido los respectivos gobiernos de los distintos Estados concernidos, porque así lo exige la masa de capital comprometido en esta parte del Planeta. Nada más que por esto. Se ha tratado, por tanto, de un plebiscito para conocer la opinión de los electores españoles sobre una decisión política irreversible que la burguesía europea ha adoptado hace ya mucho, condicionada por la necesidad del sistema en orden a que la competencia entre los capitales a escala internacional, tenga su correspondiente expresión política en una estructura mundial de bloques de poder perfectamente definidos. Todo lo demás acerca de los “derechos sociales de los pueblos europeos” y demás cháchara jurídico-política, es puro cuento. En realidad, los derechos sociales —que sólo se enumeran en las dos primeras partes de este tratado— yacen enterrados a priori entre la escombrera histórica de los requerimientos económicos que la decadente burguesía europea considera impostergables, y que han elaborado a la medida del traje político que quieren estrenar cuanto antes ante la pasarela de la comunidad internacional, pisando las alfombras de los despachos ministeriales y demás foros de la diplomacia secreta, que es la forma política de asumir la competencia económica por otros medios entre grandes bloques económicos de poder bien definidos, antesala de las grandes guerras cuando no pueden resolver sus grandes crisis de manera pacífica, y tal parece que vamos por ahí. Para llegar a esta conclusión, es necesario prever los acontecimientos, desarrollando con el pensamiento la lógica que encierra la sociedad en que impera el modo de producción capitalista, y que se nos aparece como un inmenso escaparate de bienes y servicios. Lo primero que salta a la vista, es que cada uno de estos productos del trabajo responde a necesidades específicas diversas que se manifiestan en otra multiplicidad de gustos. ¿Quién determina las oferta de productos y sus característicos modos de satisfacer una misma necesidad? Los consumidores, que constituyen la demanda del mercado, responde la burguesía. Falso. Bajo el capitalismo, la demanda efectiva jamás ha determinado la oferta, sino al revés. Y en su etapa tardía, quién impone el consumo de los productos —asociados a determinados gustos que definen la demanda en función de determinadas marcas—, es el capital a través de la publicidad sobre esos productos contratada por los grandes oligopolios.[1] La libertad del consumidor es un mito, día que pasa más evidente, un tópico o lugar común conquistado por el capitalismo en la conciencia de la sociedad; no sólo en la de los explotados; los burgueses son los primeros en sentir la necesidad de creer en sus propios mitos como si fueran realidades. Esa creencia que hace a la mística de su poder de clase, es la contraparte espiritual que les confirma y justifica en el ejercicio de su función como clase dominante históricamente insustituible o eterna en éste mundo, que así se pueden ver reflejados en él como el mejor de los mundos posibles. Pero el caso es que, los gustos asociados a nuevos productos que crean nuevas necesidades, tanto como los más refinados que pueden experimentarse con productos tradicionales de la más alta calidad, hay que pagarlos. Dependen de lo que cuestan. Esta razón remite nuestro pensamiento a las distintas y múltiples restricciones presupuestarias que condicionan socialmente esa demanda y le ponen límites más o menos estrechos según las distintas categorías de ingresos. Y aquí es donde, —a la hora de satisfacer las necesidades, cada una con su respectiva jerarquía de gustos más o menos onerosos según su refinamiento—, se puede observar cómo las supuestas “libertades” abstractas del consumidor, se desvanecen por completo, demostrando que el concepto jurídico formal burgués de “libertad” universal, a la hora de la verdad tiene muy poco que ver con la libertad real; ni siquiera tiene que ver con la tan mentada “igualdad de oportunidades”; de modo que, así como hay una jerarquía de necesidades y de gustos, esa jerarquía no está al alcance de todos los individuos, ni siquiera de sus sueños, sino que tiene un profundo trasfondo social, de clase. Dada la oferta de productos y servicios, la jerarquía de necesidades y gustos supone y está condicionada por una jerarquía social y una “libertad” muy desigual a la hora de que la sociedad pueda decidir democráticamente sobre su demanda de consumo. Aquí lo que manda, es la tiranía del capital bajo la forma del fondo de consumo en dinero de quienes encarnan esa categoría social, sobre la penuria relativa cada vez más acentuada, de quienes se ven necesariamente forzados a trabajar para ellos. Pero si, como hemos dicho —y así se ha demostrado científicamente— la demanda está determinada por la oferta, esto quiere decir que tanto el consumo global, como los distintos productos —que satisfacen sus respectivas demandas de consumo, con su jerarquía de gustos— dependen de la producción, de la libertad de decidir qué se produce, cuanto y cómo, lo cual, indudablemente se vincula inmediatamente con la distribución de lo producido y, en última instancia, con los distintos grados de libertad, no con la “libertad” —con la libertad abstracta de que nos hablan los burgueses— sino con la libertad real de satisfacer la demanda y “darse los gustos” con el consumo. Y aquí es donde hasta la “democracia formal” desaparece, porque la facultad de decidir qué se hace con los factores de la producción, depende despóticamente de los respectivos propietarios de esos medios, de quienes ejecutivamente deciden. Con las decisiones políticas “democráticas” en los distintos Estados Nacionales ha venido pasando y pasa exactamente lo mismo. Los asalariados votan no para decidir qué hacer, sino para decidir que fracción de la burguesía, de los propietarios del capital, representada por los diversos partidos políticos oficialmente reconocidos, decidirá por ellos cada X periodo de tiempo. En la UE no podía ser de otro modo. Ya se sabe que en el capitalismo esto no es así, que los ciudadanos “no deliberan ni gobiernas más que a través de sus representantes políticos”. La ciudadanía “participa” y “decide” por mediación de sus representantes encarnados en las distintas fuerzas políticas reconocidas, requisito que, en este caso, ni siquiera se ha cumplido, porque quienes han decidido en este caso, ni siquiera fueron los parlamentarios europeos sino los respectivos gobiernos nacionales. En efecto, el “Tratado de la Unión”, que se quiere hacer pasar por “constitución europea”, ha sido el producto de las “Conferencias Intergubernamentales”, de los distintos poderes ejecutivos eventualmente en funciones. El concepto de Conferencia Intergubernamental (CIG), designa una negociación no entre los representantes parlamentarios del llamado “poder popular”, sino entre los Gobiernos de los Estados miembros, entre los respectivos Poderes Ejecutivos, negociación que tiene lugar, por tanto fuera del marco y de los procedimientos institucionales “democráticos” de la Unión, cuyos resultados permiten modificar los Tratados. Hasta ahora, los cambios en la estructura institucional y jurídica de la UE —o, más simplemente, en el contenido de sus tratados— siempre fueron fruto de conferencias intergubernamentales; por ejemplo: el “Acta Única Europea y el Tratado de la Unión Europea. Con esto, nosotros no queremos hacer profesión de fe consagratoria de la democracia burguesa, que, pesamos, se hace necesario superar, en tanto es, esencialmente, la democracia de la burguesía, de os explotadores. Lo que queremos significar aludiendo a la denuncia formulada en este mismo sentido por la izquierda institucional de la burguesía española —en nuestro caso el PCE y su mascaron de proa: IU— es que la presente constitución o “tratado de la Unión” es la expresión más descarnada de la dictadura política del capital, que no puede siquiera respetar su propia legalidad “democrática” sin ver peligrar el dominio que ejerce sobre sus clases subalternas, en especial, sobre la mayoría absoluta de la población europea, que son los asalariados. Esta dictadura política, es el correlato superestructural de la dictadura social del capital todavía más descarnada en la estructura económica de esta sociedad decadente, donde la “democracia” se detiene en los umbrales de los distintos centros de trabajo; porque allí —insistimos— las decisiones sobre qué, como y cuanto se produce, recaen sobre la discrecionalidad despótica de sus propietarios. La Unión política de Europa: ¿unidad para los derechos sociales y la paz, o para la superexplotación del trabajo social y la guerra? 1) Las verdaderas causas de la Unión Europea La “realidad actual”[2] del capitalismo decadente en Europa, se manifiesta en la necesidad de eliminar las fronteras nacionales a fin de crear un mercado único ampliado de capitales, mercancías y salarios, que permita mayores rendimientos (plusvalor) por unidad de capital invertido, lo cual plantea la necesidad histórica de crear los mecanismos para una mayor centralización de los capitales, no ya a escala nacional sino a escala internacional europea. En efecto, cuanto mayor es el espacio económico en el que operan libremente los capitales, mayores tienden a ser las unidades empresariales que operan en ese espacio y menores los costes de producción; tanto más intensa se torna, también, la especialización de las empresas, esto es, que resulta más fácil la deslocalización y el traslado de las industrias a los lugares donde existen las condiciones naturales y salariales más favorables y donde, por tanto, la productividad del trabajo (producción de plusvalor por unidad de tiempo de trabajo empleado) sea relativamente mayor.[3] Ahora bien, cuanto mayor es el aumento de la productividad determinada por un menor tiempo empleado en producir una determinada masa de productos diversos, mayor es la masa de ellos que salen de la producción y entran en la esfera de la circulación (mercado) para su realización o venta. Esto tiende a aumentar el tiempo en que el capital mercantil permanece en la circulación; esta tardanza en vender el capital mercantil para reconvertirlo en capital dinerario, impide reanudar el proceso productivo. Si los productos constantemente incrementados en la esfera de la producción no tienen como contrapartida un menor tiempo de permanencia en la esfera de la circulación, el aparato productivo se embota y colapsa por causa de la no realización o venta. Esto exige un correlativo aumento de la productividad del trabajo en la circulación de mercancías y servicios. Y los medios principales para reducir el tiempo de circulación son los transportes y las comunicaciones, así como las técnicas de almacenaje que permitan disminuir lo más posible los gastos de mantenimiento disminuyendo las existencias en los almacenes. En el libro III de “El Capital”, Marx destaca el enorme progreso alcanzado en esta esfera de la actividad económica durante el siglo XIX, con la generalización del barco de vapor, los ferrocarriles y la construcción de canales, así como el adelanto que supuso la aplicación del telégrafo a las comunicaciones. A estos progresos, el siglo XX aportó el invento y expansión de la automoción por carretera, la aviación, la refrigeración, la radio y la televisión. Ahora estamos en el cenit de las telecomunicaciones por internet y la telefonía móvil, progresos que han ido acompañados por el ferrocarril de alta velocidad y un boom en la ampliación espectacular de la red de autopistas nacionales e internacionales. Pero, tal como ha sido demostrado hace más de 150 años, con estos progresos el capitalismo se pone a sí mismo un límite al incremento o acumulación de su propio capital mediante trabajo no pagado derivado del incremento en su productividad. Y ese límite no es el consumo restringido de los trabajadores —que es ajeno al principio activo del sistema— sino la tasa media de ganancia como relación entre una masa de plusvalor que aumenta cada vez menos, y un capital ya acumulado que aumenta cada vez más.[4] De este modo —mediante el creciente acortamiento del tiempo de producción, así como del tiempo de circulación— el sistema permite que la burguesía disponga de un capital adicional para la ampliación de su producción; pero dado el límite absoluto de la jornada laboral colectiva —que teóricamente no puede exceder las 24 hs por obrero empleado— el porcentaje de incremento que tras cada rotación del capital se calcula sobre un resto de jornada colectiva por capitalizar cada vez más corta, ese incremento de capital adicional resulta ser cada vez menor. Crece, pero sucesivamente menos que la parte ya acumulada sobre la cual se calcula la tasa de ganancia; hasta que el proceso de acumulación llega a un punto en el que el capital incrementado rinde una masa de plusvalor más pequeña que antes de su incremento. En este punto, se interrumpe la función del aumento de la productividad como fundamento de la producción de plusvalor relativo como incentivo de la acumulación sin menoscabo del nivel de vida obrero, haciendo cada vez más necesario apelar al plusvalor absoluto[5], a la disminución de los salarios reales, al deterioro progresivo de las condiciones de vida y de trabajo de los asalariados, como único medio de evitar que se desvanezca el fuego animado de la producción capitalista. Esta situación de desgracia para los asalariados, es la que se empezó a dibujar una vez más sobre el horizonte del sistema capitalista, desde que el gobierno norteamericano decretó unilateralmente la inconvertibilidad del dólar[6] como divisa patrón de los cambios internacionales; con esa medida, la burguesía internacional intentó ganar tiempo a la crisis “independizando” el dinero y el crédito respecto de su base económica real, para prolongar la acumulación del capital más allá de los límites fijados por la tasa de ganancia; dicho de otro modo se trató de prolongar artificialmente la producción y capitalización de plusvalor, ante las presiones desaceleradoras de la inversión productiva, como consecuencia de la sobreacumulación del capital global después de los veinticinco años de bonanza económica inducida por la recuperación de la ganancia, como consecuencia de la enorme destrucción de capital físico y vidas humanas que ocasionó la Segunda Guerra mundial.[7] 2) El caso español: de la dictadura franquista a los Pactos de la Moncloa La manifestación de esta crisis —agravada por la subida espectacular en los precios del petróleo—, se hizo presente de forma explosiva en la sociedad española durante 1977, dos años después de la muerte de Franco. Ese año, la situación económica del país se vuelve políticamente explosiva; a la crisis de sobreacumulación se le sumó la crisis de abastecimiento del petróleo; en esos doce meses, el barril de crudo pasó de 1,63 a 14 dólares. Dado que España es un país no productor de petróleo, el valor de las exportaciones sólo alcanzó a cubrir el 45% de las necesidades de importación, lo cual le ocasionó una perdida en divisas de 100 millones diarios, y una deuda exterior acumulada de 14.000 millones de dólares, superior al triple de las reservas de oro y divisas en poder del Banco de España. La inflación trepó por encima del 20% en 1976, llegando al 44% a mediados de 1977, frente al 10% de promedio existente en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico Europeo (OCDE) El endeudamiento de las empresas ascendió a centenares de miles de millones de pesetas, y el desempleo se situó en 900.000 personas —de las cuales sólo 300.000 recibían subsidio deparo— que siguió subiendo hasta alcanzar la cifra de 2.000.000 en 1998. Fue en tales circunstancias cuando, parafraseando a un político republicano de 1932, Enrique Fuentes Quintana, autor del documento base cuyo contenido inspiró los “pactos de la Moncloa”, llegó a decir: “O los demócratas acaban con la crisis, o la crisis acaba con la democracia” Durante todo el mes de agosto, el Gobierno provisional monocolor de la “Unión de Centro Democrático” —formación política ad hoc constituida por la fracción reformista del franquismo— presidido por el ex falangista Adolfo Suárez, se estuvo reuniendo con los sindicatos UGT (del PCE) y UGT (del PSOE) para urgirles que convenzan a los trabajadores de que acepten la política de moderación salarial, a fin de acabar con la inflación, salvar a la Corona y a la oligarquía política y sindical de la que ellos formaban parte.[8] En setiembre de ese mismo mes de 1977, Fuentes Quintana discutió su documento base con el Gobierno; en octubre se redactó el texto final conjuntamente con los demás partidos políticos en distintas comisiones. Finalmente, el 25 de octubre, los representantes de los principales partidos políticos —incluidos Santiago Carrillo y Manuel Fraga (este último, sin embargo, declinó firmar lo referente a las cuestiones jurídicas y políticas)— se firmaron los Pactos de la Moncloa, antecedente inmediato de la futura Constitución. Dos días después, el 27 de octubre, dichos pactos fueron aprobados por el Parlamento en plena actividad “constituyente” En este contexto, el Comité de Catalunya de la CNT tomó la iniciativa de proponer a los Comités de Catalunya de UGT y CC.OO., que se formara una mesa de análisis y discusión crítica conjunta del “Pacto de la Moncloa”. De estas jornadas que las delegaciones de los tres sindicatos catalanes desarrollaron durante el mes de septiembre y octubre de 1977, surgió el acuerdo de convocar a una manifestación en contra del Pacto de la Moncloa, que tuvo lugar en Barcelona durante el mes de octubre, y en la cual participaron 400.000 trabajadores. Fue este el primer y último acto unitario del Movimiento Obrero durante toda la Transición a la “democracia”, dirigido contra las decisiones dictadas al Gobierno de Suárez por la Trilateral capitalista mundial, como requisito indispensable para el futuro ingreso de España a la UE.[9] No se trataba aquí de ningún conflicto parcial, como el de las huelgas a fines de 1976, en Roca Radiadores, de Gavá (provincia de Barcelona), que duró tres meses a barricada diaria, con decenas de huelguistas encarcelados; tampoco de la huelga de gasolineras, convocada meses después por la CNT en Catalunya, donde los “grises” de la Policía Nacional sustituyeron a los distribuidores de gasolina, provocando varios incendios durante cuatro o cinco días; todo esto desató la represión y el acoso policial contra la CNT. No se trataba de esto. De lo que se trataba con la manifestación contra el Pacto de La Moncloa, era de desbaratar el pacto entre el Estado y el conjunto de la burguesía, para “poner en cintura” al conjunto del movimiento obrero español, disciplinarle al plan de estabilidad, esto es, que se resignara a perder todo lo conquistado en la lucha contra el franquismo para recomponer las condiciones de la explotación de trabajo ajeno. La burguesía sabía que sin este consentimiento del movimiento obrero, la transición al “chollo” de la “democracia” era imposible. Y la gravedad del asunto no estribaba en el propio radicalismo de la CNT. Dado su insignificante peso social relativo, lo que esta organización pudiera hacer por sí misma no suponía ningún peligro político para el proyecto de la burguesía representada por el gobierno provisional de Suárez. Pero el caso era que la CNT había conseguido que su razón política necesaria gravitara sobre las secciones catalanas de UGT y CC.OO, haciendo posible que esa cualidad reivindicativa suya se trocara en cantidad superando las limitaciones ideológicas y organizativas del movimiento en esa parte de España. Y ante la manifestación de 400.000 personas recorriendo las calles de Barcelona el 15 de enero de 1978, saltó la alarma entre la patronal de que lo ocurrido en Catalunya se extendiera por el resto del país como una mancha de aceite. Fue cuando la partidocracia burguesa de derecha e izquierda se puso a temblar, decidiendo cortar esta movida a sangre y fuego, utilizando todos los medios, incluidos los ilegales, para evitar que el Movimiento Obrero a escala nacional se alzara unido contra el proyecto de la burguesía y del Gobierno. Así fue cómo lo primero que acordaron hacer los “demócratas” cerrando filas en torno al gobierno postfranquista, fue aislar a la CNT para conseguir que las disidentes cúpulas catalanas de UGT y CC.OO. volvieran al redil de la transición pactada. Lo segundo, destruir a esa organización disidente lanzando contra ella a la Unidad Móvil de las Brigadas Político-sociales (BPS)[10]. Para ello se utilizó la infiltración de un confidente en un grupo de la FAI, en Murcia —Joaquín Gambín—, quien había vendido a dicho grupo dos maletas de armas y explosivos, que, evidentemente, fueron descubiertas por la policía; este hecho fue vinculado a las 54 detenciones realizadas en Barcelona el 30 de enero, con lo cual la reunión de la FAI pudo ser juzgada como una conspiración terrorista. En ocasión de la manifestación, la Unidad Móvil de las BPS utilizó el mismo confidente, Joaquín Gambín, quien llegó a Barcelona 3 días antes de la manifestación que tuvo lugar el día 15 de enero de 1978, durante la cual se procedió a incendiar la sala de fiestas “SCALA”, situada en la esquina de la calle Consejo de Ciento y Paseo de San Juan, acción en la que Gambín embarcó a cuatro jóvenes (tres de ellos menores de edad), afiliados a la CNT. En ese atentado murieron cuatro personas que trabajaban en el local: Ramón Egea, Juan López, Diego Montoro y Bernabé Bravo. Al fiscal del caso le pareció del todo normal que un delincuente común de cincuenta años, en busca y captura por varios juzgados, hubiera sentido de repente una irresistible atracción por las ideologías libertarias. Además, Gambín colaboró —siempre presuntamente— con los responsables directos del atentado, llevándoles por Barcelona en su coche y enseñándoles cómo fabricar cócteles molotov, dirigiéndoles de manera experimentada. Según declaraciones del mismo fiscal, a las pocas horas del incendio la policía de Madrid ya sabían los nombres y demás señas de identidad de los autores, procediendo a comunicarlo a sus colegas de Barcelona, curiosamente omitiendo cualquier referencia al tal Gambín, más conocido en turbios ambientes como “El Grillo”. El entonces ministro de Gobernación (ahora se llama Interior) Rodolfo Martín Villa, presentó ante los medios de comunicación, la detención del grupo anarcosindicalista (en poco más de 24 horas) como un verdadero triunfo de las fuerzas del orden contra la barbarie anarquista. Sin embargo, dirigentes confederales estaban seguros de que este apestoso asunto había sido un complot para acabar con la central sindical libertaria, que iba tomando fuerza ante el monopolio sindical de CCOO y UGT pactado entre el gobierno de la UCD y los partidos socialista y comunista. Según reporta Matías J. Ross: http://www.vistazoalaprensa.com/firmas_art.asp?Id=1408, los condenados: José Cuevas, Javier Cañadas y Arturo Pa, en ningún momento aceptaron su participación directa en los hechos, aunque sí la preparación de los cócteles Molotov. Se han sentido manipulados y dirigidos por el confidente policial infiltrado entre ellos. El juicio oral, celebrado en diciembre de 1980, no pudo contar con el testimonio de Rodolfo Martín Villa —solicitado por las defensas de los acusados—, ni con la presencia de Joaquín Gambín, quien logró fugarse de la prisión de Elche en extrañas circunstancias.[11] A pesar de que tenía varias órdenes judiciales de busca y captura, la policía no pudo dar con el paradero de El Grillo, aunque sí lograron entrevistarlo —previo pago— varios periodistas, que localizaron al confidente en Rincón de Seca (Murcia). En el reportaje que apareció en una revista muy leída por entonces —entre otras cosas— dijo Gambín que el comisario Escudero era su jefe directo. Escudero era un policía subordinado del comisario Roberto Conesa, por entonces mano derecha de Martín Villa.[12] Dijo que por sus trabajos de infiltración en la Confederación Nacional del Trabajo y/o por constituir el Ejército Revolucionario de Ayuda al Trabajador (ERAT), cobraba 45.000 pesetas mensuales. Este grupo dio varios atracos antes de caer en otra “extraordinariamente brillante” operación policial, cuando ya no se le necesitó. Por la delación del asunto de La Escala, cobró 100.000 pesetas de las de entonces. En diciembre de 1981, el Grillo fue detenido en Valencia tras un tiroteo. Declaró que se entregó harto de que la Brigada de Información de la Policía Nacional le hubiera abandonado a su triste suerte. La segunda vista por el caso La Escala se celebró en Barcelona en diciembre de 1983, con un solo acusado: Joaquín Gambín. La prensa llegó a decir que era la primera vez que se juzgaba en España a un confidente policial. Fue condenado a siete años por ir a una manifestación con armas y por preparar explosivos. La presión mediática sobre las fuerzas policiales subió de tono a raíz del juicio y de las alegaciones del indignado fiscal Del Toro, que fue incluso acusado de simpatizar con los anarquistas. Del Toro se defendió y llegó a escribir que, ante el escándalo judicial que representaba una vista pública sin el Grillo y sin Martín Villa, su problema fundamental estribaba en no cubrir de ridículo su carrera. Todo estaba cojo en este caso y por lo tanto era propicio a las más desaforadas imaginaciones. El periodista Luis Andrés Eldo, de quien hemos recogido parte de lo que hasta aquí hemos dicho sobre este oscuro episodio de la transición a la “democracia” en España, agrega lo siguiente: <> (Luis Andrés Edo: http://loslunesalsol.net/node.php?id=201.) De “ingenuos” nada, compañero Luis Andrés ¿O usted ignora que, para ese entonces, Santiago Carrillo ya había aceptado las condiciones que le impuso el Rey en 1975, para que el PCE pasara a formar parte del “staff” político partidocrático que pasó a ser el rostro de la “democracia” desde que con el SÍ en referéndum se instauró la Monarquía Constitucional española en 1978? Hablando de ingenuidades. Señora Pilar Manjón, ¿no le sugiere nada esta herencia política de la que usted es depositaria —muy probablemente sin saberlo— como miembro del PCE y de la ejecutiva de CC.OO.? ¿No ve usted ningún vínculo entre la memoria de los muertos en el incendio de “La Escala”, y el recuerdo de su hijo vilmente masacrado el 11 de marzo del año pasado? ¿O su deseo es que pongamos le pongamos en la misma fosa común del olvido en que yacen aquellos cuatro compañeros abrasados por el fósforo que allí pusieron “los malditos”, con fines políticos tan precisos como las bombas en los trenes de cercanías, que el 11M se llevaron por delante la vida de 192 trabajadores malogrando la de otros 2.000 más? “Los Malditos”, esta es la expresión que usted utilizó en el programa televisivo “59 segundos”, pocos días después de su comparecencia ante la Comisión “investigadora” como portavoz de la “Asociación de víctimas del 11M”. Tan probable es que, después de todo, continúe usted ignorando el “Caso La Escala”, como que siga compartiendo la falsa idea de que “los malditos” del 11M son los que convienen a los intereses de su formación política, que gracias a ese atentado hoy cogobierna en minoría los próximos destinos de este país. ¿Es maldito el Partido Popular por haber querido enrolar a España en la guerra de Irak?; ¿son maditos los delincuentes comunes que pusieron las bombas en los trenes aquél fatídico día?; ¿lo son quienes con pleno conocimiento de la trama delictiva, hicieron la vista gorda dejando que las cosas sucedan para poder cambiar “democráticamente” el rumbo de la política exterior de España? Maldito es este decadente, explotador, encubiertamente dictatorial y cada vez más opresivo y genocida sistema de relaciones sociales todavía existente, señora, aunque no sea ya real, en tanto se ha vuelto por completo irracional, tanto más contrario a los valores que pregona cuanto más insiste en invocarlos. Y si a una mayoría social le sigue pareciendo que este orden de cosas es el único o el mejor de los posibles, no es más que por la costumbre de haberse adaptado a él durante generaciones enteras, a unas formas elementales de vida que alguna vez tuvieron sentido, pero que ya resultan cada vez más insoportables. Los burgueses nos machacan la sesera insistiendo en que esto de comprar y vender, es decir, el mercado, es la mejor forma de asignar recursos productivos y de repartir medios de vida en condiciones de progreso ininterrumpido. Está demostrado que en la actual etapa tardía del capitalismo esta realidad, día que pasa esta dejando de ser así a marcha forzada.[13] En cualquier caso, ¿de qué nos vale este bonito enunciado a los trabajadores asalariados, si resulta que esa forma de vida fundamentalista y furiosamente mercantil, es para nosotros cada vez más precaria, porque, cuanto más progresa la fuerza social del trabajo, somos más los necesitados de vendernos para trabajar, que los capitalistas dispuestos a comprar nuestra fuerza de trabajo, y porque al progreso ya sólo le vemos el trasero corriendo siempre delante y cada vez más distante de nuestras posibilidades de ingreso?; ¿que forma de vida es ésta que para poder comprar lo mismo que ayer, debo aceptar hoy venderme en condiciones de trabajar cada vez más por menos? Los capitalistas contestan, arrogantes: “esto es lo que hay” y no puede ser esencialmente de otra manera. ¡Hay que ser tolerantes!.[14] Pues bien, nosotros nos contamos entre quienes piensan que este sistema de relaciones mercantiles no conduce sino a un creciente empobrecimiento relativo de esa mayoría absoluta de la sociedad que realmente crea la riqueza, los asalariados, para que el progreso de esas fuerzas productivas lo usufructúen quienes ni siquiera trabajan para controlar a los que de verdad lo hacen. Y esto se tiene que acabar, porque la sociedad ya está preparada para que la conciencia social suplante a la irracionalidad del mercado capitalista y al decadente derecho burgués como fundamento de una vida de relación alternativa, más plena, libre y realmente solidaria, que empiece por recuperar la dignidad humana como algo que no se compra ni se vende. Los que viven del trabajo enajenado, desde el momento en que a eso le llaman “libertad” necesitan invertir el sentido íntegro de su pensamiento respecto de las cosas y, por tanto, de las palabras que pronuncian para designarlas. Así, mientras hablan de “solidaridad” acentúan la división de la sociedad entre explotadores y explotados; mientras hablan de “democracia” fortalecen su dictadura de clase; mientras hablan de “justicia”, profundizan el reparto desigual que encierra todo contrato de trabajo; mientras hablan de tolerancia imponen el “trágala” si es necesario a sangre y fuego; y, en fin, mientras hablan de “paz”, ahora mismo, compiten por la venta de armas en el mundo, promueven guerras mediante la diplomacia secreta y se preparan para otro holocausto bélico mundial. Somos perfectamente conscientes de que una respuesta puramente teórica y propagandística como la que nosotros esgrimimos desde aquí no es suficientemente convincente. Mientras no exista en la realidad un modelo de sociedad de transición al socialismo que se sustraiga de manera definitiva a las arbitrariedades y crímenes políticos urdidos desde el poder, a los abusos, despilfarros, desigualdades y opresiones que se dieron también durante la vigencia del llamado "socialismo real", respuestas como la nuestra no convencerán a todo el mundo del trabajo. Pero hoy no se trata de esto. De lo que se trata es de ir creando opinión pública, conectando con todas aquellas minorías que hoy se muestran honesta y desprejuiciadamente preocupadas por saber lo que realmente está pasando en el mundo, con el sincero deseo de contribuir a revolucionarlo, que es la única manera de mejorarlo. Este es el requisito previo para proyectarse hacia las mayorías contribuyendo a la concienciación de la necesidad de participar masiva y comprometidamente en la construcción del futuro de la humanidad. Ésta es, para nosotros, no la única, pero sí la tarea más importante que están exigiendo las presentes circunstancias de la lucha de clases en el mundo. Ir limpiando la ciencia social, el marxismo, de toda la porquería ideológica que se le ha vuelto a echar encima, esgrimiendo su arsenal científico y las mejores tradiciones del materialismo histórico, tendentes a recrear una intelectualidad revolucionaria orgánica capaz de asumir las responsabilidades políticas presentes con eficacia, para construir un futuro socialista que supere con plena certidumbre teórica y firmeza política los errores del pasado. Lo que queremos significar cuando hablamos de la necesidad de crear opinión pública basada en la ciencia social, para una actitud colectiva general comprometida con la transformación radical de la sociedad en que vivimos, es que la economía y la sociedad se han tornado demasiado complejas y llevan consigo demasiados riesgos de catástrofes como para ser gestionadas no importa por qué clase de empresarios privados, de burócratas "expertos" ni de políticos profesionales —que por esa misma condición social de propietarios privados o burócratas corruptos, son cada vez menos competentes—, ni por cualquier tipo de élites minoritarias. Del mismo modo, nosotros creemos que esta crisis mundial es demasiado grave como para ser dejada a merced de "leyes objetivas del mercado" que se realizan a espaldas de la humanidad. Esta crisis sólo será resuelta de manera que sea la última, si por lo menos una mayoría de trabajadores toman en sus manos la gestión de sus propios asuntos, de la economía, del Estado, de la Sociedad. Para eso, es necesario contribuir, de momento, a que la vanguardia amplia de la clase obrera se sacuda multitud de prejuicios introducidos en su movimiento por el enemigo de clase, y no tenga reparos en decidirse de una vez por todas a comprender y aplicar a la a realidad que vive, los principios de la ciencia social moderna, el materialismo histórico. La alternativa revolucionaria 1) Carácter de la revolución y estrategia de poder Seguidamente nos abocamos a bosquejar una alternativa de sociedad en base a los progresos de la ciencia social aplicada y a los aportes de la memoria histórica encarnada en el —hasta hoy— más grandioso emprendimiento de transformación social de la humanidad bajo el capitalismo, que fue la Revolución Rusa. Hay que empezar por decir que una revolución no implica sólo luchar contra el poder establecido, sino esencialmente luchar por un poder alternativo, por tanto, con una determinada estrategia de poder alternativa. Pero, en nuestro caso, antes de delinear la estrategia de poder del proletariado, es necesario definir el carácter de la revolución. Y esto depende de factores económicos, sociales y políticos objetivados y objetivables, factores materiales, que es necesario estudiar, para transformar políticamente mediante la acción de los explotados a instancias de su vanguardia política. Acción que no tiene por qué tener siempre el carácter de enfrentamiento directo y físico con sus enemigos visibles, algo que a la mayoría de los militantes prácticos tradicionales, muchos de ellos autoproclamados antistalinistas —que ignoran haber sido formados en el espíritu del más puro stalinismo— no les cabe en la cabeza. Estos factores son los siguientes: *         la llamada "correlación fundamental de fuerzas sociales" o magnitud social comparada entre las dos clases universales estratégica y tácticamente antagónicas: hoy día, la burguesía (grande y media) por un lado, y el proletariado por otro; *         la magnitud social correspondiente a los explotadores de trabajo ajeno en pequeña escala, *         el grado de socialización del trabajo,  *         el carácter de clase del Estado, y, *         sus formas de gobierno. El carácter de la revolución determinado por las condiciones económicas y políticas objetivas, determina, a su vez, la estrategia de poder, sujeta a cambios según evolucionan las condiciones objetivas. Por ejemplo, en la Alemania de 1848, tanto como en Rusia a principios del siglo pasado, la correlación fundamental de fuerzas sociales era totalmente desfavorable al proletariado urbano relativamente minoritario dado el lento desarrollo de una burguesía incipiente. Países ambos de mayoría pequeñoburguesa aplastante, un campesinado pobre sujeto a relaciones semifeudales y la sociedad toda bajo el dominio político de la nobleza en un Estado teocrático y despótico, semejantes condiciones económicas, sociales y políticas objetivas, dieron a la revolución allí un carácter democrático burgués. Por tanto, la estrategia de poder del proletariado, limitada a los objetivos sociales de la burguesía —en conjunto mayoritaria— no podía pasar de la lucha contra los privilegios de los distintos estamentos feudales y  por la conquista de la democracia formal capitalista. 2) De Marx y Engels a Lenin en materia de estrategia de poder. La experiencia de la revolución rusa ¿Qué hicieron los bolcheviques hasta octubre de 1917 en materia de estrategia de poder?. Pues, antes que nada, aprender de lo experimentado por la "Liga de los Comunistas" a instancias del liderazgo político y legado teórico de Marx y Engels, actuando como aconsejaron ellos después de sufrir por primera vez la intrínseca cobardía política de la burguesía internacional en las condiciones históricas de 1848, y que, como se ha vuelto a demostrar, repitió durante todo el período revolucionario en Rusia. ¿Y cómo hubieran actuado Marx y Engels de haber triunfado la revolución de 1848? Lo dejaron dicho en enero de ese mismo año, dos meses antes de la insurrección en Berlín, cuando presentaron al mundo el primer programa de transición al comunismo en toda la historia del movimiento político del proletariado, que delineó su estrategia de poder para el período revolucionario determinado por el carácter democrático-burgués de la revolución en Alemania; fue un programa similar al elaborado por Lenin antes de la toma del poder en Rusia, y que los bolcheviques no pudieron llevar a término porque cambiaron radicalmente las condiciones al desatarse el hambre en las ciudades por causa de la semiparálisis del aparato productivo ante el caos producido por el imprevisto apoderamiento de las tierras por parte de los campesinos pobres, la falta de transportes y la interrupción de los suministros industriales provocado por el bloqueo de las potencias enemigas, obligando a adoptar el programa del llamado "comunismo de guerra". Si nos tomamos el trabajo de leer el programa que Lenin expuso a consideración del partido en abril de 1917, publicado en septiembre bajo el título: "Las tareas del proletariado en nuestra revolución", y comparamos lo que allí aparece con lo que Marx y Engels propusieron en el programa que incluyeron en el "Manifiesto comunista", veremos que ambos se inclinaron por el mismo presunto "evolucionismo" que algunos reprochan a los bolcheviques ¿De qué modo presentaron su programa los creadores del Materialismo Histórico? Diciendo lo siguiente: <> (K.Marx-F.Engels: "Manifiesto del Partido Comunista" Cap. II)   Y se podrá, además, comprobar, que Marx y Engels parece que fueron bastante más "evolucionistas" que los Bolcheviques, porque sólo se plantearon allí "expropiar la propiedad territorial y emplear la renta agraria para financiar los gastos del Estado". O sea, que ni siquiera hablan ahí de confiscar directamente y sin compensación a la burguesía industrial, sólo a los emigrados y los "rebeldes contra la mayoría del pueblo". Dos meses antes, en noviembre de 1847, el propio Engels, en sus "Principios del comunismo" había sido programáticamente más explícito y ajustado a la literalidad del "Manifiesto", proponiendo: <> (Op.cit. Principio XVIII)     ¿En qué ha fundamentado Engels este gradualismo supuestamente asimilado por los practicistas revolucionarios al reformismo de la IIª Internacional? Esta pregunta se la formula a sí mismo y contesta Engels en el "principio" Nº XVII de la obra que acabamos de citar: <<¿Será posible suprimir de golpe la propiedad privada? No, no será posible, del mismo modo que no se pueden aumentar de golpe las fuerzas productivas existentes en la medida necesaria para crear una economía colectiva. Por eso, la revolución del proletariado, que se avecina todos los indicios, sólo podrá transformar paulatinamente la sociedad actual. Y acabará con la propiedad privada únicamente cuando haya creado la necesaria cantidad de medios de producción>> (F. Engels: Op.cit.) ¿Cómo es posible concebir que el respeto siquiera parcial por la ley del valor y la propiedad privada capitalista sea un principio comunista? Porque, científicamente, nada se puede crear de la nada. Sólo los utopistas pudieron llegar a creer que la sociedad comunista podría construirse desde la imaginación de unos cuantos bienintencionados reformadores sociales. La imaginación sólo puede aportar a la construcción del comunismo, si ya se sabe de qué y cómo está hecho y funciona el capitalismo, si se conocen sus leyes de desarrollo. Y las leyes del capitalismo determinan que no se puede socializar una estructura productiva que no esté suficientemente desarrollada, porque lógicamente no se pueden saltar etapas de desarrollo de las fuerzas productivas por decreto. Esto no obsta para que se empiecen a socializar las estructuras productivas o unidades empresariales capitalistas de mayor desarrollo que, bajo las nuevas relaciones de producción comunistas más eficientes, a través mismo de la ley del valor y la competencia, vayan dejando sin sentido económico a las empresas capitalistas de menor desarrollo relativo y puedan así ser absorbidas por las respectivas empresas estatales, sin los traumas sociales derivados del paro. Marx decía que a la naturaleza, cuando no se sabe cómo transformarla para un fin determinado y se la quiere expulsar por la puerta de la sociedad, se vuelve a colar por la ventana: (Gaceta alemana de Bruselas, artículo recogido bajo el título: “Crítica moralizante y moral critizante”11/11/1847). Y en este sentido, no se puede olvidar que el modo de producción capitalista es un organismo "histórico-natural" vivo, donde el mercado es el que determina la composición técnica y orgánica del capital en funciones, esto es, la proporción de medios de producción afectados al trabajo de cada asalariado, lo cual determina el grado de desarrollo de la fuerza social productiva en cada unidad empresarial, a la que el mercado también le asigna una ganancia y unos determinados costes y precios de producción —o de venta (si se trata de una empresa comercial o de servicios). Y esto no se puede alterar a voluntad sin consecuencias para la productividad media de la sociedad y, por tanto, para la vida de los seres humanos que viven en ella. En tales condiciones, para hacer valer la superioridad del sistema socialista en la sociedad de transición del capitalismo al comunismo —donde, en buena parte de la sociedad sigue rigiendo la ley del valor pero ya bajo el principio de la obligación de trabajar, legitimando democráticamente la consigna de que "quien no trabaja no come"—, la nueva organización social adquiere ipso facto la responsabilidad de posibilitar trabajo y salario histórico a todo el mundo según su capacidad.[15] ¿Cómo hacer esto si no se dispone de medios de producción y materias primas adicionales, porque el capitalismo legó esta situación de penuria relativa general y paro masivo? Los comunistas de izquierda responden inmediatamente: "reduciendo la jornada de labor", repartiendo las horas de trabajo totales de cada unidad de trabajo entre los obreros disponibles. Esto se puede llegar a realizar y está teóricamente previsto que se realice. Pero, ¿hasta dónde es posible al principio? Todo depende del grado de desarrollo de las fuerzas productivas alcanzado por el capitalismo antes de la toma del poder. Para  que esta proposición se justifique económicamente, el aumento de la producción adicional,  deberá ser equivalente a los salarios adicionales de los nuevos trabajadores incorporados a esa empresa, más la parte proporcional del fondo de amortización necesario para reemplazar en su momento los medios de producción gastados, ahora en un tiempo sensiblemente menor que antes, a raíz de la introducción de un turno o dos más de trabajo. ¿Será posible esto sin un aumento en la productividad del trabajo mediante la incorporación de mejores y, por tanto más costosos medios de trabajo? Un poco más adelante volveremos sobre este asunto. Todos estos son factores cuyo análisis corresponde al diseño de la táctica política de los revolucionarios, de las tareas coyunturales o históricas para alcanzar los objetivos estratégicos. 3) Período transitorio, evolucionismo reformista y gradualismo revolucionario El hecho de que un Estado nacional sea burgués, y que el proletariado haya alcanzado a ser mayoría social absoluta, no quiere decir que la revolución social deba ser inmediatamente proletaria pura, esto es, comunista. Todo depende de la estructuración social de las clases y sectores de clase minoritarios, especialmente de la magnitud económica y social de la pequeñoburguesía y del semiproletariado que alterna su condición de parado, con actividades temporales en relación de dependencia y como cuentapropista o trabajador autónomo en régimen de producción o cambio mercantil simple. En primer lugar, el error es considerar a la pequeñoburguesía, como parte políticamente inseparable del capital en todo momento y bajo cualquier circunstancia. Como si los pequeños patronos constituyeran entre todos ellos una sola masa reaccionaria permanente. Marx descalificó por esto a Lassalle en su "Crítica del Programa de Gotha". Y, en efecto, es un error, en primer lugar, porque estos sectores, aunque capitalicen plusvalor, no se rigen por la tasa media de ganancia; sólo dependen de ella por los efectos que provoca sobre ellos la evolución económica a instancias de la escala de la producción y la estructura de costes y precios de las grandes y medianas empresas reflejados en el mercado, cambios que repercuten sobre su masa, determinando, en parte, el aumento o disminución en el ejército industrial de reserva, según se explicará un poco más adelante. En segundo lugar, porque siendo un sector de clase burguesa intermedio entre la burguesía propiamente dicha y el proletariado, la pequeñoburguesía fluctúa históricamente entre la burguesía y el proletariado según los cambios en la correlación política de fuerzas entre las dos clases universales antagónicas. En una situación de doble poder favorable al proletariado, la pequeñoburguesía tiende a orientar su voluntad política hacia las posiciones del proletariado según las perspectivas de supervivencia qué, de momento, les ofrece el programa revolucionario.  Si con la crítica al supuesto "evolucionismo" de Lenin los críticos de la revolución rusa están proponiendo que no sólo hay que expropiar a los terratenientes, a la gran burguesía y a la burguesía media —como hicieron los Bolcheviques— sino también a la pequeñoburguesía que explota a un número irrisorio de asalariados, como sostenían los "comunistas de izquierda" en la URSS, con esta cuestión estratégica o programática no estamos de acuerdo, por la misma razón que cuestionamos la voluntad política de disminuir la jornada laboral sin saber si las condiciones objetivas legadas por el capitalismo lo permiten.  En este sentido, el proceso iniciado en octubre de 1917 en modo alguno fue "evolucionista" o, si se quiere, reformista evolutivo, sino de revolución social permanente, en proceso de ruptura radical con la propiedad privada capitalista y, por tanto, con las concepciones meramente reformistas de la socialdemocracia. Esta confusión de los comunistas de izquierda, es la consecuencia lógica del reduccionismo permanente de la lucha de clases, a su forma política cruenta entre dos enemigos declarados en un conflicto abierto, con las trincheras perfectamente delimitadas y visibles. Para el militantismo practicista tradicional —por lo general sin vocación de poder alguno, incapaz de concebir otra lucha que la meramente contestataria contra el poder ajeno establecido, anclada en la conciencia puramente negativa que se adquiere luchando contra lo que no se quiere, sin saber exactamente lo que se quiere— esta concepción de la lucha de clases es la única válida y posible. Al no concebir que pueda haber otra forma de lucha que no sea ésta, los practicistas se niegan para sí mismos, la necesidad y posibilidad de trascender su condición de clase subalterna para asumirse como clase dominante. Los practicistas revolucionarios no comprenden que la lucha de clases pueda en determinado momento no estar planteada en términos de confrontación social física, de unos frente a otros por objetivos explícitos, más o menos evidentes, como en la guerra; no comprenden lo que pueda ser una lucha sorda, soterrada, no manifiesta, tenaz y encarnizada aunque al mismo tiempo incruenta, aparentemente inexistente e intrascendente y, sin embargo, tan decisiva como cualquiera otra, dependiendo siempre de las condiciones a transformar y de la capacidad de las fuerzas disponibles en cada bando sin trincheras visibles. Los practicistas revolucionarios jamás se atienen a las condiciones de la lucha. Para ellos, la lucha proletaria es primordial y exclusivamente una cuestión de principios y de voluntad política; dicho llanamente, de algo que se hace "por huevos", como proponía el "Che" Guevara. De este modo, a los practicistas revolucionarios la lucha siempre les sorprende, no piensan ni creen que se puede y se debe prever la necesidad de esa lucha, tanto como sus formas, medios y métodos a emplear en ella. Y menos aún se les puede pasar por la cabeza ni la imaginación, plantearse luchar contra alguien a través de una alianza con él, como hicieron magistralmente los bolcheviques desde el poder en la Rusia soviética con la burguesía alemana durante la Primera Guerra Mundial, o con la pequeñoburguesía durante la N.E.P. Cfr: http://www.nodo50.org/gpm/revpermanente/05.htmy http://www.nodo50.org/gpm /revpermanente/06.htm Como si la lucha económica por el control y el registro en las empresas confiscadas contra el sabotaje del individualismo pequeñoburgués residual en el grueso de la clase obrera —lucha que se impone desde el día siguiente a la toma del poder— no fuera una lucha política estratégicamente decisiva; como si al principio de la construcción del socialismo, el necesario desarrollo de las fuerzas sociales productivas no descansara casi exclusivamente en el esfuerzo de su componente subjetivo fundamental: el factor humano en términos de conciencia, esfuerzo, organización y disciplina en el trabajo. Frente a este concepto materialista histórico de la revolución socialista, la historia del movimiento obrero ha registrado este otro: <> (Friedrich Ebert. Enero de 1918) Semejante evolucionismo capitalista de la IIª Internacional, está en las antípodas políticas del “gradualismo” bolchevique ruso entre octubre de 1917 y enero de 1924, basado en la ruptura política del proletariado con la burguesía, como condición para llevar adelante el proceso de socialización del capital desde el Estado obrero. Ya hemos explicado sumariamente más arriba, en qué consistió la táctica de los bolcheviques con la pequeñoburguesía. Nosotros estamos de acuerdo con esa táctica. ¿Por qué razón está hoy día "desfasada" esta táctica, porque el proletariado se ha convertido en mayoría absoluta de la población en casi todo el mundo? Esta es sólo la condición necesaria que justifica y posibilita la lucha exitosa del proletariado para constituirse en clase dominante. Pero la construcción del socialismo no consiste en eso, sino en el comportamiento del proletariado antes, durante y después de la toma del poder, según las condiciones económico-sociales heredadas del pasado inmediato, lo cual depende, decisivamente, de la cantidad y calidad de los miembros del partido para garantizar que ese comportamiento discurra por los cauces efectivamente revolucionarios, determinantes del “hombre nuevo” con el que soñó el “Che”. 4) Correlación actual de fuerzas sociales fundamentales en Europa, y táctica para el período de transición: ¿Socialización gradual o expropiación generalizada? Acerquémonos más tangiblemente al problema. Actualmente, las pequeñas empresas constituyen el 99% del tejido empresarial europeo, empleando al 53% de los explotados (65 millones). Las "muy pequeñas empresas", que no explotan trabajo asalariado, ascienden a 7.848.000; las que explotan entre 1 y 9 asalariados son 6.783.000. Finalmente, las "pequeñas empresas" que explotan entre 10 y 49 asalariados no exceden del millón llegando a las 971.000. O sea, que 7.754.000 empresas productoras de plusvalor en pequeña escala, emplean a más de la mitad de los asalariados europeos. Como puede apreciarse en el siguiente cuadro elaborado en base a datos de "Eurostat" para 1996:    Muy pequeñas empresas Pequeñas Empresas Medianas Empresas Grandes Empresas   Número de Empleados 0 1 - 9 10 - 49 50 - 249 > 250 TOTAL Número de Empresas (en miles) 7.848 6.783 971 146 31 15.777 Fuente: Eurostat, Empresas en Europa, sexto informe. Cifras clave para 1996, 2001. ¿Qué hacer con estos explotadores en pequeña escala, expropiarlos? Analicemos esta proposición. Suponiendo una media de 2 patrones por empresa entre las dos categorías de pequeños explotadores, si la dictadura del proletariado procediera a expropiarles despóticamente, tendría ipso facto 15.508.000 enemigos con sus respectivas familias repartidos entre el interior y el exterior de las fronteras de la UE. ¿Cuál ha sido y sigue siendo la doctrina marxista al respecto? Transformar la sociedad democrático-social burguesa en socialista, expropiando lo efectivamente socializable según las condiciones objetivas específicas al momento de la toma del poder.  En este asunto, lo único que ha cambiado respecto de la sociedad Rusa en 1917, es que el proletariado se ha constituido en la clase absolutamente mayoritaria de la población, y, en virtud de ese hecho consumado, su dictadura política deviene automáticamente en una democracia.  Ahora bien, si lo que se quiere —como debiera ser— es demostrar de entrada la superioridad social y política de las nuevas relaciones de producción de tipo comunista, para consolidar la revolución habrá que priorizar inmediatamente el desarrollo de las fuerzas productivas a partir de la estructura económico-social heredada del capitalismo, asignándole el índice histórico = 100. Siguiendo el modelo soviético, la primera medida consistirá en estatizar mediante expropiación sin compensación, toda la grande y mediana burguesía industrial, agraria, comercial, y de servicios -incluidos los transportes-, más todo el sistema bancario. Dado el grado de desarrollo de las fuerzas productivas contenido en estos sectores, pueden ser efectivamente socializados bajo las nuevas relaciones de producción de tipo comunista al margen de la propiedad privada capitalista. Para esto, el papel dirigente del partido deberá ser reconocido por las masas asalariadas y semiasalariadas (trabajadores autónomos), con suficiente extensión y alcance sobre ellos como para ejercer esa función hegemónica, no simplemente dominante, a fin de garantizar que la gestión del control obrero no derive en simple autogestión empresarial privada. De lo contrario, el proceso se complica, como sucedió en la URSS.[16] El ejercicio del poder en los primeros momentos, sin duda contribuye a que el proletariado siegue a cada paso que da en esta dirección la maleza de los prejuicios de clase que, durante años y años, vino cultivando la burguesía en su conciencia colectiva, especialmente el prejuicio del mercado como única alternativa para la distribución racional de recursos productivos y riqueza; pero esto sólo es válido para el proletariado de las grandes empresas. Teniendo en cuenta, además, que, ante cualquier dificultad o error de previsión en la consecución de los objetivos revolucionarios propuestos —cuyas consecuencias se trasladan inmediatamente del bolsillo y el estómago a la conciencia del proletariado sin partido, esa misma conciencia ve crecer muy pronto la misma maraña ideológica donde habían empezado a brotar los retoños de la racionalidad comunista. Como los revolucionarios rusos han podido experimentar en muchos frentes, el desarrollo ideológico y político desigual del movimiento, determina que la burguesía, aun habiendo desaparecido físicamente de las nuevas relaciones de producción, su fantasma, el espíritu objetivo de su concepción del mundo sigue allí, en la realidad de la sociedad de transición, en el mercado, para continuar ejerciendo un doble poder en la conciencia de muchos asalariados que apoyaron a la revolución y que pasaron a defenderla, pero que, una vez en el poder, se aprovechan de ella como reminiscentes pequeños propietarios, una reminiscencia que no deja de hegemonizar el espíritu de sus sectores más atrasados, amenazando con cobrar nueva fuerza material contrarrevolucionaria a instancias de ellos, de sus vacilaciones, y hasta de su rebelión encubierta. Durante el discurso que pronunció el 29 de abril de 1918 en el "Comité Ejecutivo Central del Partido Comunista Bolchevique", Lenin alertaba contra la insuficiencia de la disciplina y las ideas pequeñoburguesas de una mayoría de asalariados no comunistas todavía en condiciones de penuria, al tiempo que criticaba las ideas de los "Comunistas de izquierda", que creían posible desembarazarse de la burguesía por el sólo hecho de derrotarla y expropiarla, sin haber reemplazado en la conciencia de muchos asalariados la picaresca burguesa por la disciplina revolucionaria, observando que la tarea más difícil en semejantes circunstancias no consiste en derrocar a la burguesía quitándole su base material de sustentación, sino arrancar su espíritu rapiñoso de la conciencia de muchos asalariados, asegurando "el orden, la disciplina, la productividad del trabajo, la contabilidad y el control" de la producción con esos medios expropiados. Así habló seis días antes frente a los diputados de los soviets: <> (V.I. Lenin: "Discurso ante soviet de diputados, obreros, campesinos y del Ejército Rojo de Moscú. Lo entre paréntesis es nuestro)   La segunda medida del proletariado revolucionario tras la toma del poder, debe consistir en decidir utilizar la parte del plustrabajo confiscado que los burgueses destinaban a su fondo de consumo, según el siguiente orden de prioridad: 1)       para ampliar de inmediato la escala de la producción en todo lo que la herencia de parados exceda las posibilidades de empleo que brinda la capacidad instalada ociosa de las empresas capitalistas, expropiadas o no; Al contrario, la capacidad instalada ociosa que excediera la herencia de parados, debería servir para disminuir porcentualmente la jornada de labor entre el total de los asalariados existentes. 2)       para acercar los salarios reales al salario histórico correspondiente al desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas de la sociedad anterior. 3)       para poner inmediatamente en funciones, los resultados de la más alta investigación tecnológica aplicada al sector I (producción de medios de producción), que el capitalismo retarda, a la espera de que el coste de su incorporación al aparato productivo de la sociedad, sea inferior al coste de la mano de obra que reemplaza, esto es, al tiempo de trabajo necesario de la jornada de labor correspondiente al valor de los salarios de esa mano de obra que la mejora tecnológica permite reemplazar; un problema que no tiene el sistema basado en las relaciones de producción comunistas, donde el coste social del trabajo empleado comprende la jornada de labor entera, lo cual acelera la aplicación de las innovaciones tecnológicas al aparato productivo. 4)       Para ayudar crediticiamente a la pequeñoburguesía en la puesta al día de los salarios históricos según el criterio expuesto más adelante, bajo la condición garantizada por el control obrero, de que el bajo coste de la tasa de interés no se traslade al precio de los productos. La propensión planificada al aumento de las fuerzas productivas, consiste en dedicar más recursos a la ampliación del fondo de acumulación técnica en el sector I, esto es, en medios de producción de las empresas productoras de medios de producción -al nivel tecnológico más alto correspondiente a las grandes empresas que emplean más de 250 asalariados- a expensas de las empresas del sector II, productoras de bienes de consumo. Esta prioridad en el desarrollo de las fuerzas productivas en la nueva sociedad salta a la vista, porque es la premisa necesaria para cohesionar al conjunto de la sociedad en torno a las nuevas relaciones de producción dominantes. En efecto, dado que la composición técnica en cada una de las empresas socializadas determina la masa de trabajo vivo a emplear en cada jornada, cuanto mayor es el coeficiente tecnológico de los medios de producción menor será el contingente necesario de asalariados a emplear, mayor el numero de turnos de cada jornada, menor el número de horas de cada turno, mayor la productividad y la producción global, menores sus costes unitarios en términos de tiempo de trabajo y mayor el poder adquisitivo de los salarios. Por el contrario, si las fuerzas productivas de la sociedad socialista no crecen y el empleo en ella —que naturalmente aumenta según el crecimiento vegetativo de la población— lo hace por encima de lo que exige la composición técnica media anterior a la revolución, la productividad del trabajo remite o desciende por debajo del índice 100 inmediatamente anterior a la primera fase socialista.  Bajo tales condiciones, la sociedad de transición comienza a perder justificación histórica, hasta que, una vez agotados los fondos burgueses de consumo destinados al aumento del nivel de vida asalariado, los resultados adversos del descenso en la productividad sobre el nivel de vida de una sociedad de pleno empleo, comienzan a pesar sobre la conciencia socialista de sus productores hasta quedar aplastada por la cada vez más impaciente añoranza en el capitalismo, sentida muy especialmente por los asalariados de mayor cualificación relativa, de cuyo nivel de conciencia política depende en gran medida el fortalecimiento del capitalismo de Estado proletario y del control obrero sobre el capitalismo privado en pequeña escala, condición para dar el siguiente paso hacia la primera fase del comunismo. Ante un continuado retroceso en la productividad y la consecuente menor participación creciente de los asalariados en el producto de su trabajo, llega un momento no muy lejano, en que el proceso de contrarrevolución interna se pone a la orden del día. Volviendo al ejemplo de la UE, los empleados en la actualidad son 122.641.509. El paro durante el primer semestre de 2002 ascendió al 8,5%, o sea 10.424.528 desempleados. Ahora bien, en realidad, a estos parados oficialmente reconocidos hay que agregar el 53% del total de los empleados, que por entonces era de 65.000.000, que trabajaban a tiempo parcial. De estos, sólo sabemos que la cuarta parte, o sea 16.250.000 correspondían a contratos de menos de 25 horas por semana, esto es, menos de cien horas por mes, cuando los contratos normales a mes entero de ocho horas diarias llegaban a las 160 horas mensuales. Suponiendo que los 65.000.000 trabajaran un parcial medio de 80 hs. mensuales (20 por semana), a los 10.424.528 parados hay que sumar el 50% de 65.000.000, o sea, 32.500.000, de modo que, en este supuesto (muy optimista para la burguesía), el total de parados asciende a 10.424.528 + 32.500.000 = 42.924.528 una tasa del 35,00%. Y los empleados trabajando 8 hs descenderían en 32.500.000 o sea: 122.641.509 ? 32.500.000 = 90.141.509. Así, la tasa real de paro sube al 47,62% A estos parados, teóricamente habría que agregar los correspondientes a la expropiación de la burguesía media y gran burguesía, esto es: 971.000 + 31.000 = 1.002.000, de lo que resulta un paro total teórico de 43.926.000. Decimos teórico y lo despreciamos, porque muchos de esta parte minoritaria de la población no son quienes gestionan sus empresas; y aun cuando las gestionaran, a diferencia de lo que pasó en la URSS, en este caso muy bien se les podría reemplazar por asalariados en paro especializados en esa tarea, de modo que, desde el punto de vista económico su incidencia es nula y no es necesario mantenerles en sus puestos; desde el punto de vista político tampoco tendría sentido incluirles en la estadística del paro, porque su exilio es más que seguro.        Ahora bien, para emplear a los 90.141.509 asalariados, la burguesía europea utiliza hoy día entre el 60/70% -digamos 65%- de su capacidad industrial instalada. Esta capacidad viene directamente determinada por la composición técnica media del trabajo social, que, bajo el capitalismo, es una variable dependiente del llamado "break even point" (punto de producción y de precios regulados por la tasa media de beneficio), y que, en el caso de la UE, no permite emplear más que entre el 60 y el 70% de la capacidad industrial instalada. Esto quiere decir que el paro actual en la UE = 42.924.528, puede ser totalmente absorbido por el 35% de su capacidad ociosa, con un potencial de empleo igual a 48.537.735 asalariados. Dado que esta capacidad ociosa excede en un 11,56% a la absorción de los 42.924.528 asalariados actualmente en paro, la producción puede aumentar en un 47,62% sin menoscabo de la productividad, quedando un remanente de capacidad ociosa del 11,56%. ¿Qué pasaría de optarse por la alternativa ultraizquierdista de expropiar a las dos categorías de la pequeñoburguesía que emplean entre 1 y 49 asalariados? Que estos 15.508.000 trabajadores que explotan trabajo ajeno en pequeña escala, se volverían contra la revolución, soterradamente unos, y más o menos abiertamente otros. Esta situación, sin duda agrega un sensible grado de dificultad a los fines de la estabilidad política del nuevo sistema de vida. Sin el consenso o la neutralidad de esa minoría de la población activa, más una parte indeterminada pero nada desdeñable de asalariados que, al principio, no dejarían de seguir pensando con la cabeza de sus antiguos patrones, la revolución comenzaría su andadura con algunas piedras más en el camino.   En tal sentido, esta política de expropiar, rompe con la doctrina sentada por el hilo teórico conductor entre Marx y Lenin, en cuanto a la política de los revolucionarios con la pequeñoburguesía tras la toma del poder en cualquier sitio. ¿En qué consiste esta doctrina? En noviembre de 1850, Marx decía con plena razón: <> (K. Marx: "Las luchas de clases en Francia, de 1848 a 1850". Punto I) Desde la experiencia de la revolución Rusa hasta hoy, aunque naturalmente no con tanta fuerza, pensamos que este principio sigue todavía vigente. El mismo que siguió Lenin al frente de los Bolcheviques, en cuanto a que el proletariado no puede empezar una nueva andadura revolucionaria efectiva tras la toma del poder, sin contar con la pequeñoburguesía urbana y rural en cualquier país, hasta que la revolución se extienda y se logre acabar con la gran burguesía internacional. Después, la integración de estos sectores al socialismo será más una cuestión económica que política propiamente dicha. En lo inmediato, además de la ayuda crediticia a bajo interés para pagar el plus que suponga actualizar el salario histórico, o para renovar el capital fijo, subvencionado con parte del fondo de consumo confiscado a la gran burguesía expropiada, el control obrero sobre estos sectores debe ejercerse: 1)       para  autorizar la ampliación en la escala de su producción sólo en caso de que la oferta de trabajo de los jóvenes asalariados que se incorporan por primera vez al trabajo social, no sobrepase la demanda de empleo en las empresas del Estado; 2)       para supervisar la contabilidad de esas empresas; acordar el calendario laboral con arreglo al límite máximo de horas anuales de trabajo fijado por ley; cuidar que cumplan las directivas del poder soviético en cuanto a la seguridad en el trabajo, a la duración de la jornada de labor y de los ritmos de producción autorizados, así como a la preservación del medio ambiente, al pago regular del impuesto a la renta diferencial respecto del salario medio interprofesional vigente (impuesto que deberá ser proporcionalmente menor al actual impuesto de sociedades según cada categoría de empresa en función de la plantilla de personal entre 1 y 49 asalariados), además de su contribución a la seguridad social.    Como ya hemos visto, coherente con el principio anunciado en 1850, en 1875 Marx se opuso a Lassalle en eso de que, frente a la clase obrera todas las otras clases y sectores de clase constituyen "una sola masa reaccionaria". Lassalle hizo aquí un corte político radical de izquierdas entre trabajadores proletarios y no proletarios, en el único pasaje ultraizquierdista que contenía su proyecto de programa de cara al Congreso de Gotha. Un corte político bajo el supuesto de que la toma del poder ponía al proletariado a las puertas de la primera fase del transito al comunismo, demostrando que no había hecho el estudio pertinente de las condiciones históricas específicas a transformar antes de pisar esos umbrales; Lassalle no se había puesto a pensar un solo instante acerca de las dificultades del proceso de construcción comunista en tales condiciones. Por tanto, ignoró también la diferencia en cuanto a génesis y concepto entre las categorías de pequeñoburguesía y burguesía propiamente dicha. Fue Marx quien se tomó el trabajo de fundamentar estas diferencias en el primer Libro de "El Capital". Fundamento que Lenin tuvo muy en cuenta a la hora de formular el programa y las tareas inmediatas del poder soviético inmediatamente después de la toma del poder. Según su investigación, son capitalistas propiamente dichos sólo los que individualmente disponen de una masa de capital mínimo en funciones que les permite independizarse de la producción directa: <> (K. Marx: "El Capital" Libro I Cap. IX) Para resumir, siguiendo a Marx, digamos que pequeñoburgués es el capitalista que no cuenta con la masa de capital mínimo que le permita liberarse de la producción directa y que, por tanto, comparte el trabajo con sus asalariados. Esto en cuanto a su estructuración tal como persiste en la sociedad actual. En cuanto a su génesis, estos actuales pequeños explotadores de trabajo ajeno son la adaptación al capitalismo de los originarios productores mercantiles simples, los campesinos y artesanos libres, dos categorías sociales precapitalistas encarnadas en los siervos de la gleba, quienes en gran parte serían expropiados, los campesinos por los propios señores feudales, convertidos en simples terratenientes una vez que las distintas guerras dinásticas disolvieron los vínculos de vasallaje que les ataban a las viejas noblezas; los artesanos por los "burgos", así llamados originariamente en alusión a las ciudades pequeñas de los distintos feudos que ellos se dedicaban a vincular comercialmente. Ambas categorías irían a dar origen al moderno proletariado y su correspondiente dialéctica con la burguesía. Así describió Marx a los "productores libres propietarios de sus condiciones materiales de trabajo, base social cuya expropiación dio origen a los modernos conceptos de "libertad" e "igualdad", a instancias de la relación entre las nuevas categorías del "capitalista" (propietario "libre" de los medios de producción expropiados a campesinos y artesanos) y de los asalariados (propietarios "libres" de su fuerza de trabajo):  <<¿En qué se resuelve la acumulación originaria del capital, esto es, su génesis histórica? En tanto no es transformación directa de esclavos y siervos de la gleba en asalariados, o sea, mero cambio de forma, no significa más que la expropiación del productor directo, esto es, la disolución de la propiedad privada fundada en el trabajo propio. La propiedad privada del trabajador sobre sus medios de producción es el fundamento de la pequeña industria, y la pequeña industria es una condición necesaria para el desarrollo de la producción social y de la libre individualidad del trabajador mismo. Ciertamente, este modo de producción existió también dentro de la esclavitud, de la servidumbre de la gleba y de otras dependencias. Pero sólo florece, sólo libera toda su energía, allí donde el trabajador es libre propietario privado de sus condiciones de trabajo, manejadas por él mismo: el campesino, de la tierra que cultiva, el artesano, del instrumento que manipula como un virtuoso (desarrollando él mismo todas las etapas de la producción de un mismo artículo). Este modo de producción supone el parcelamiento del suelo y de los demás medios de producción. Excluye su centralización (bajo el mando de distintos pero únicos y pocos propietarios capitalistas) y, también, la división del trabajo dentro de los mismos procesos de producción, el control y la regulación sociales de la naturaleza, el desarrollo libre de las fuerzas productivas sociales. Sólo es compatible con limites estrechos (los de cada feudo y de cada artesano o campesino parcelario), espontáneos, naturales, de la producción y de la sociedad. Al alcanzar cierto grado de su desarrollo, (la sociedad) genera los medios materiales de su propia destrucción (la ampliación del comercio a instancias de los burgos). A partir de ese instante, en las entrañas de la sociedad se agitan fuerzas y pasiones que se sienten trabadas por ese modo de producción (ya definitiva y totalmente anacrónico). Su aniquilamiento, la transformación de los medios de producción individuales y dispersos en socialmente concentrados, y, por consiguiente, la propiedad raquítica de muchos en propiedad masiva de unos pocos, y, por tanto, la expropiación que despoja de la tierra y de los medios de subsistencia e instrumentos de trabajo a la gran masa del pueblo, esa expropiación terrible y dificultosa de las masas populares, constituye la prehistoria del capital....>> (K. Marx: "El Capital" Libro I Cap. XXIV punto 7. Lo entre paréntesis es nuestro) Tal es el fundamento científico que explica la transformación más o menos violenta de los explotadores de trabajo ajeno en pequeña escala en productores libres asociados en el Estado obrero, fundamento que los bolcheviques tuvieron en cuenta al adoptar la política respecto de la pequeñoburguesía, de los capitalistas que trabajan, en tanto adaptación histórica al capitalismo, de las categorías residuales del modo de producción precapitalista basado en los "trabajadores libres propietarios de sus condiciones de producción". Una negación que, bajo el capitalismo no es definitiva, dado que con el aumento del ejército industrial de reserva durante las recesiones cíclicas, buena parte de los asalariados en paro se transforman en trabajadores autónomos o propietarios libres de sus condiciones de producción, y, de ellos, una minoría, suben un peldaño en la jerarquía social del capitalismo, convertidos en pequeños explotadores de trabajo ajeno que, a su vez, trabajan. Pero durante los períodos de expansión que acompañan el alza general de la tasa de ganancia, el consecuente aumento progresivo en la escala de la producción, incrementa la demanda de fuerza de trabajo y, por tanto, los salarios, al tiempo que la mayor productividad del gran capital baja los precios de los productos dejando sin sentido económico a numerosos trabajadores autónomos y pequeñas empresas ineficientes de menos de diez asalariados, cuyos mayores costes relativos deprimen sus ganancias por debajo de los salarios reales corrientes, por lo que, muchos de estos trabajadores y "empresarios" eventuales, la mayoría, son reconvertidos a la condición asalariada. Según el Departamento de Industria y Comercio del Reino Unido (DTI), de las pequeñas y medianas empresas nacidas entre 1976 y 1978, en 1986 sólo habían sobrevivido el 37,3% y el 49,2% respectivamente. Las estadísticas de la States of Small Business (SBA), como también otros estudios, muestran que en los años 80 se operó una redistribución del empleo hacia las unidades más pequeñas, revirtiéndose así la tendencia del período de posguerra, cuando el empleo se volcó hacia las unidades más grandes. En efecto, el censo manufacturero de los Estados Unidos de 1977 muestra que la participación relativa en el valor agregado de las 200 compañías más grandes de los Estados Unidos, había crecido continuamente desde 1947. Berney y Owens, analizan el período 1963-1977, y muestran que la participación de las PYME en el PBI de los Estados Unidos se redujo en este lapso desde el 43,1% en 1963, al 39,9% en 1972 y al 38,6% en 1977. [17] La reversión de la tendencia en los años 80 fue muy clara a nivel de establecimientos, y se debió a que la participación en el empleo de los establecimientos con 250 o más empleados cayó en favor de los establecimientos con menos de 100 empleados. Pero cuando se toma en cuenta a las empresas, la participación de las grandes continuó creciendo en detrimento de las pequeñas hasta 1982. Desde entonces, esta tendencia también se revirtió. Este fenómeno, en parte obedeció a una mayor descentralización organizativa de las empresas con más de 250 empleados entre un mayor número de establecimientos: <<...La lucha de la industria media con el gran capital no debe considerarse como una batalla formal en que las tropas de la parte más débil quedan diezmadas cada vez más, sino como una siega periódica de los pequeños capitales, que no cesan de brotar para ser de nuevo seccionados por la guadaña de la gran industria>> (Rosa Luxemburgo: "Reforma o revolución"  Cap. II)   5) La táctica bolchevique en la estrategia de construcción del socialismo soviético entre 1917 y 1924 Fue Lenin al frente del PC(b) de la URSS y de la dirección colectiva soviética —a cuyo cargo estuvo la tarea de gestionar la economía del primer período de transición en la historia moderna— quien, dadas las formas económicas y sociales específicas, nacionales de Rusia, debió asociar por primera vez la palabra "socialismo" o "socialista", a las estructuras económico-sociales o modos de producción específicos entre el capitalismo y la primera fase del comunismo. En su importante trabajo: "Infantilismo `de izquierda´ y la mentalidad pequeñoburguesa" (mayo de 1918), así como en "El impuesto en especie" (abril de 1921) Lenin describió las cinco estructuras económico-sociales que coexistían entrelazadas en el territorio soviético, a saber: 1.       Patriarcal o economía campesina en régimen de subsistencia. 2.       Economía en régimen de producción mercantil simple. (en esta categoría eran mayoría los pequeños campesinos que vendían sus excedentes. 3.       Capitalismo privado. 4.       Capitalismo de estado. 5.       Socialismo. E inmediatamente se preguntó cuáles eran -en términos de clase- las categorías que predominaban en este complejo entramado económico-social heredado de la Rusia prerrevolucionaria. Y encontró la respuesta en el censo de noviembre de 1917, a saber: los campesinos pobres y los estratos más bajos de la pequeñoburguesía, esto es, la categoría 2) y los restos de la categoría 3), por un lado. Por otro lado, habida cuenta de que el capitalismo privado explotador de trabajo ajeno en grande y mediana escala -junto con sus medios de producción- habían sido estatalizados, pasaron a conformar la quinta y última categoría descrita: el socialismo (en el concepto de Marx y Engels, primera etapa del comunismo). Quedaba el capitalismo de Estado; lo que Lenin llamaba "su envoltura exterior" (monopolio de los cereales, empresarios y comerciantes explotadores de mano de obra en pequeña escala, y cooperativistas), estaba "desgarrada en una u otra parte por los especuladores" y el principal objeto de esa especulación eran los cereales. Solventado el primer interrogante de la estructura de clases salida de la Revolución, Lenin formuló el otro interrogante, esto es, de las anteriores condiciones descritas a transformar, ¿cuáles deben serlo en lo inmediato desde el punto de vista de la estrategia comunista? Dicho más claramente, ¿entre qué categorías estaba planteada la lucha de los revolucionarios comunistas, entre la cuarta y la quinta categorías enumeradas? Y Lenin contestaba: <> (V.I. Lenin: "El impuesto en especie" 21/04/921. Lo entre corchetes es nuestro.) Pero una semana después, durante la reunión del Comité Ejecutivo Central de los soviets de toda Rusia, Lenin introdujo una matización importantísima sobre el comportamiento de la pequeñoburguesía respecto del Capitalismo de Estado bajo la dictadura del proletariado. Después de insistir en que el enemigo principal del proceso de transición tras la toma del poder no es el capitalismo de Estado sino la pequeñoburguesía mayoritaria en el país, Lenin señaló que, la pequeñoburguesía tiene un comportamiento contradictorio respecto del capitalismo de Estado proletario; por un lado se apoya en él para acabar con el gran capital, pero, por otro, una vez realizada esa tarea pretende congelar la lucha de clases en esa instancia institucional del tránsito al socialismo, porque no quiere ir con el proceso más que hasta ahí. Ésta misma es también la estrategia de poder pequeñoburguesa con su instrumento policlasista: el frentepopulismo, en su lucha contra el imperialismo en el contexto del capitalismo. Pero una cosa es practicar el frentepopulismo para luchar contra el gran capital, con la burguesía en el poder, al interior de un Estado capitalista, y otra muy distinta condición es el frentepopulismo para la lucha conjunta contra la gran burguesía, pero en el marco político del poder proletario dominante, y al interior de un Estado obrero. Porque dentro del capitalismo, el frente popular que sintetiza en el capitalismo de Estado burgués sólo puede estar dirigido por la pequeñoburguesía, por su programa, en tanto que bajo la dictadura del proletariado, el Capitalismo de Estado está presidido por la estrategia de poder socialista y por los métodos en proceso de ruptura completa con la ley del valor, con el capitalismo. Por lo tanto, el pequeñoburgués tiene también un comportamiento contradictorio con el capitalismo de Estado proletario. Dentro de la sociedad capitalista se apoya en la gran burguesía en tanto ve en ella la plena garantía de subsistencia de la propiedad privada capitalista, de la explotación de trabajo ajeno; pero, al mismo tiempo, teme ser expropiado por ella y ser socialmente degradado a la condición del asalariado en paro; de ahí que luche para evitarlo buscando el apoyo del proletariado y el cobijo político del capitalismo de Estado nacionalista burgués.[18] Dentro de la sociedad de transición al socialismo, el pequeñoburgués se apoya en el capitalismo de Estado proletario para luchar contra la gran burguesía y al mismo tiempo se resiste al control obrero, pero lo acepta porque sabe que el poder soviético se lo impone por la fuerza de la mayoría social, pero que no le va a expropiar por la fuerza ni le degradará económicamente dejándole en la ruina, como hace la burguesía con su ley selvática del mercado; porque ve que tiene ante los ojos la alternativa del trabajo cooperativo. Y cuando en medio de esta experiencia compruebe que los costes de sus productos se ponen por encima de los precios en los grandes almacenes del Estado, y que su ganancia no supera el salario medio de sus propios obreros ante la demanda creciente en las grandes factorías del Estado, operando en condiciones de expansión de sus medios de producción, entonces, ese pequeñoburgués sabrá qué hacer con su pequeño capital productivo. ¿Qué fue, pues, para Lenin, el socialismo como modo de producción transitorio entre el capitalismo y la primera fase del comunismo en las condiciones específicas de la Rusia de 1917? El paso siguiente después del monopolio capitalista de Estado proletario; el paso desde la instauración del monopolio capitalista de Estado proletario -tras la expropiación de la grande y mediana burguesía industrial y agraria- hasta la instauración del monopolio socialista de Estado; después de convertir la pequeñoburguesía a la condición asalariada, empezando a abandonar este monopolio socialista de Estado, para pisar los umbrales del modo de producción comunista y entrar en su primera fase. Ahora bien, la condición necesaria para completar la transición socialista entre el capitalismo monopolista de Estado y la primera fase del comunismo, es el Estado democrático soviético; su condición suficiente, la teoría revolucionaria y la memoria histórica del proletariado encarnadas en el partido bolchevique, aplicadas creativamente a la realidad en curso. De este razonamiento se desprende, en primer lugar, que la diferencia entre el marxismo bolchevique y el "marxismo" reformista, consiste en que estos últimos pugnan por congelar la lucha de clases y el desarrollo de las fuerzas productivas, en la etapa del capitalismo de Estado al servicio de la explotación del trabajo en pequeña y mediana escala, tratando de contrarrestar tanto la tendencia hacia el capitalismo monopolista de Estado burgués, como las luchas del proletariado por la socialización de todos los medios de producción, por el socialismo, por entrar en la primera etapa de transición al comunismo. En este sentido, puede decirse con total certidumbre que las condiciones históricas que propiciaron la experiencia de los bolcheviques en su intento frustrado de que la humanidad abandonara el capitalismo para entrar en la primera etapa de transición evolutiva hacia el comunismo, les permitieron sin embargo aportar a la memoria histórica del proletariado llenando de contenido teórico económico, social y político, lo que Marx y Engels sólo pudieron enunciar genéricamente como una posibilidad abstracta; precisamente porque el fracaso de la revolución Europea de 1848 y el fracaso de la Comuna de París, le negaron toda posibilidad real de teorizar e implantar la realidad del capitalismo de Estado proletario, categoría que los bolcheviques han alumbrado como necesaria para pasar a la primera fase del comunismo llamado socialismo. Categoría tanto más necesaria cuanto mayor es el atraso relativo de la revolución en un país dado. Y para que quede clara la diferencia entre los reformistas pequeñoburgueses y los revolucionarios comunistas, Lenin dice que entre el capitalismo monopolista de Estado burgués y el capitalismo de Estado monopolista proletario, no hay una fase intermedia. No existe el capitalismo monopolista de Estado pequeñoburgués, al estilo Yugoslavo Iaquí, Sirio o Libio. Y los modos de producción entre uno y otro son distintos; no sólo porque cambia el sentido de clase de las relaciones de producción dominantes, sino porque cambian también las normas de reparto entre la pequeñoburguesía remanente y el proletariado, determinadas por el control obrero de la producción; aun cuando, en lo que respecta a la clase obrera, el reparto o salario relativo entre las distintas categorías de asalariados, siga en esencia, determinado por la ley del valor, sintetizada en la consigna burguesa: "De cada cual según su capacidad y a cada cual según su trabajo", esto es, según su mayor o menor cualificación y condición objetiva de consumo. En otras palabras, para iniciar el tránsito evolutivo al modo de producción comunista, los bolcheviques sostuvieron, con toda razón, que es imposible partir del capital monopólico, tal como han venido pretextando los reformistas, los socialdemócratas de la IIª Internacional, tesis a la que se adscribió el stalinismo; es necesario romper con él violentamente para instaurar la dictadura del proletariado, esto es, el Estado democrático revolucionario; aunque la premisa material más favorable para iniciar ese tránsito sea el capitalismo monopolista de Estado proletario: <<...el capitalismo monopolista de Estado (proletario) es la preparación material más completa para el socialismo, su antesala, un peldaño de la escalera histórica entre el cual y el peldaño llamado socialismo no hay ningún peldaño intermedio>> (V.I. Lenin: "La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla" 10-14/09/917. Lo entre paréntesis es nuestro) ¿Por qué Lenin dice que la condición objetiva más madura para el socialismo es el capitalismo monopolista de Estado? Pues, porque es el modo capitalista de producción técnicamente más desarrollado; porque produce con los medios de producción más eficaces, con los rendimientos a escala mayores, la menor penuria relativa y el mayor nivel de vida posibles dentro de ese sistema de reparto. Pero, además de delimitar precisamente entre reformistas y revolucionarios, el estudio de la transición del capitalismo hasta la primera fase del comunismo permite aclarar si se trata de un solo modo de producción o de varios combinados o entrelazados al interior de la misma sociedad. En este sentido, cuando invita a meditar sobre la institución del "trabajo general obligatorio" -inmediatamente después de la toma del poder- Lenin dice que, aun cuando ya no estaríamos en el modo de producción capitalista típico, el capitalismo de Estado proletario recién impuesto tampoco alcanzaría a ser socialista: <> (Op.cit.) ¿Qué faltaría para ello? En ese momento Lenin ya tenía claro que al modo de producción basado en las relaciones de producción correspondientes al capitalismo de Estado soviético, le faltaba desarrollarse hasta igualar a los principales países burgueses donde predominaba el capitalismo monopolista de Estado, desarrollo que Lenin asociaba a la generalización de la electricidad aplicada a la producción, especialmente a la producción rural, único modo, entendía él -como insuperado maestro del Materialismo histórico que sigue siendo después de Marx y Engels en el tiempo- para ganar la batalla contra las estructuras 2 (producción mercantil simple) y 3 (capitalismo privado en pequeña escala) que coexistían con la estructura 4 (capitalismo de Estado proletario) en la flamante sociedad soviética: <> ( V.I. Lenin: "El impuesto en especie" 21/04/921) Y esta concepción enlaza con la idea expuesta por Marx en el capital, respecto de que, el socialismo no se impone, sino que se construye; no sobre la base del capitalismo sino sobre las nuevas relaciones de producción que la base del capitalismo más desarrollado permite expropiar, que son las grandes empresas oligopólicas: <> (K. Marx: “El Capital” Prólogo a la primera edición) Está claro, pues, que entre el período correspondiente al capitalismo de Estado proletario —que los “comunistas de izquierda llaman "propiedad estatal"— y el "socialismo" o primera fase del comunismo, median distintos modos de producción combinados y dos modos de reparto. En el primer período de la transición correspondiente al monopolio capitalista de Estado proletario, el modo de producción "socialista" de la "propiedad estatal" se entrelaza con los modos de producción basados respectivamente en la producción mercantil simple y en el capitalismo privado, período en el que, naturalmente los conflictos de clase subsisten y se agudizan. Aquí prevalece la norma de reparto según la ley del valor. En el segundo período, donde el capitalismo privado en pequeña escala desaparece y, con él los conflictos de clase, las relaciones de producción devienen puramente comunistas aun cuando continúan prevaleciendo las normas de reparto burguesas según el principio: "De cada cual según su trabajo y a cada cual según sus obras". Sólo en la segunda y última fase del modo de producción comunista, una vez desaparecida la penuria relativa que justifica la diferenciación de ingresos entre trabajo simple y complejo, será posible homogeneizar la remuneración del trabajo según el modo de reparto o de distribución comunista definido por la consigna: "De cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades" Está claro también que -dada la estructura económico social predominante hoy día en la mayoría de países del Planeta, incluidos los de mayor desarrollo relativo, en el supuesto de iniciarse -al menos- dentro de los próximos veinte años, el futuro proceso revolucionario mundial no se libraría de pasar por la misma dificultad del modo de producción combinado entre las relaciones de producción precapitalistas de la producción mercantil simple (trabajadores autónomos), las relaciones de producción del capitalismo privado (explotación del trabajo asalariado en pequeña escala), y las relaciones de producción socialistas, coexistiendo en el seno de una misma sociedad, aunque bajo las nuevas condiciones, el peso de los sectores económicos privados tengan menor peso social relativo que en los primeros tiempos de la Rusia soviética, hace ya casi noventa años. Y esta realidad determinaría durante ese próximo período el programa revolucionario. Sabemos que la proposición de cuño leninista que acabamos de fundamentar, será recusada calificándola como "desviación bolchevique de derechas", incluso condenarla moralmente con los peores calificativos, como pasó con Lenin cuando, a pesar de ello, consiguió llevarla adelante: <> (K.Marx: "El Capital" Libro III Cap. XXXVII) Esto quiere decir que, con el progreso técnico aplicado al trabajo sobre la tierra, los pequeños campesinos explotadores de trabajo ajeno están condenados a desaparecer antes que los pequeñoburgueses urbanos. Porque su existencia se agota con la puesta en explotación del trabajo ajeno sobre los límites absolutos de la frontera agropecuaria, mientras que el aumento o disminución de los pequeños explotadores de trabajo ajeno en la industria dependen de los ciclos del capital; se reproducen o menguan en relación inversa al sentido en que varía la tasa de ganancia. De ahí que ya en el programa revolucionario debe quedar muy clara la política del futuro poder soviético con estos dos sectores. En primer lugar, que aun en el conocimiento de la previsión científica en cuanto a la inevitable desaparición de los pequeñoburgueses campesinos, no debe ser el proletariado revolucionario quien contribuya a acelerarla, pero tampoco a convertir su preservación en una bandera de lucha:     <> (F.Engels: "El problema campesino en Francia y Alemania". Noviembre de 1894) ¿Y respecto de los pequeños explotadores rurales y urbanos de trabajo ajeno?. Engels denostaba a los socialistas franceses que, por razones electorales, habían incluido en su programa la defensa de los intereses reclamados por los pequeños explotadores de trabajo ajeno, en su lucha contra el expolio de que eran objeto por parte de los usureros, de los gobiernos recaudadores de impuestos y de los especuladores de cereales y ganado. Aun con la cautela de quien no está ante las condiciones históricas que señalan al científico revolucionario con más claridad el camino a tomar, en esta misma obra Engels también fue un precursor de Lenin, prediciendo lo que "probablemente" habría que hacer posible con esos trabajadores capitalistas una vez que los obreros hubieran conquistado el poder: <<...Es probable que también aquí tendremos que prescindir de una expropiación violenta, contando, por lo demás, con que la evolución económica se encargue de hacer también entrar en razón a estas cabezas más obstinadas>> (F. Engels: Op.cit. Punto II) Fue Lenin quien llevó a la práctica lo que Marx y Engels sólo pudieron sugerir. En este sentido, apelando a la memoria histórica de lo actuado por la "Liga de los Comunistas" durante la revolución europea de 1848, Lenin hizo suyos los resultados de esa experiencia legada en los escritos de Marx y Engels, proponiendo proceder de acuerdo con ellos en cuanto a que, antes de la toma del poder, el proletariado revolucionario debe rechazar cualquier alianza estratégica con la pequeñoburguesía, porque en tales condiciones, teniendo por referente al Estado burgués en funciones, es imposible conseguir que, por sí mismos, estos sectores trasciendan los límites económicos y políticos del capitalismo; el proletariado revolucionario debe arrastrarlos hacia sus posiciones poniéndose al frente de la lucha por ese objetivo; de ahí la importancia estratégica de la independencia política y organizativa del proletariado; pero, al mismo tiempo, el partido revolucionario debe dotarse de una política propagandística para con la pequeñoburguesía; y si es eventualmente necesario, llegar a acuerdos tácticos con ella; tanto más, cuanto más subdesarrollado sea un país y mayor peso social supongan estos sectores. Una vez constituido como clase dominante en el Estado soviético, aprovechando el factor político y psicológico que confiere el ejercicio efectivo del poder, en esas nuevas condiciones políticas y con el apoyo de los campesinos pobres, el proletariado debe tratar de establecer inmediatamente una alianza política de clases con la pequeñoburguesía urbana y los campesinos medios, alianza que se mantendrá según la actitud de estos sectores para con el poder soviético en la lucha contra el gran capital en las ciudades y los terratenientes en el campo; se trata de que se sumen a esta lucha, o al menos impedir que se echen en brazos de la reacción. Pero, al mismo tiempo, esa alianza política táctica basada en la lucha contra la resistencia del gran capital y los terratenientes, debe ir encaminada estratégicamente a conseguir la negación de la negación de su originaria condición de propietarios libres de sus condiciones de trabajo. ¿Cómo? En primer lugar, apoyándose en el proletariado para sacudirse definitivamente el dominio del gran capital expoliador; en segundo lugar, acompañar el progreso de las fuerzas productivas impulsado por la economía en manos del Estado soviético, para recuperar su libertad perdida como propietarios de su medios de producción, mas esta vez no ya como propietarios privados fragmentados, aislados unos de otros, sino como propietarios individuales (obreros) libremente asociados a la propiedad colectiva dentro del Estado soviético. Un proceso que, hoy día, necesariamente deberá ser más corto que el previsto por los bolcheviques, dado el progreso de las fuerzas productivas alcanzado desde entonces, verificándose así la dialéctica histórico-social —que determina el cambio de esencia en la sociedad humana— prevista científicamente por Marx: <> (V.I. Lenin: “Las valiosas declaraciones de Pitirim Sorokin”(20/11/918) Y en un documento de junio de 1919: "Prólogo a la edición del discurso sobre el engaño al pueblo con consignas de libertad e igualdad" —en esencia las mismas que ahora esgrimen los partidos políticos burgueses a propósito del pasado referéndum en España sobre la Constitución europea— tras explicar que la democracia formal burguesa favorece y preserva el poder del capital y la explotación del obrero y la "opresión del trabajo sobre el capital", esto es, de los trabajadores autónomos y pequeños explotadores de trabajo ajeno que también trabajan, Lenin se refiere implícitamente a la necesidad de forjar una alianza entre el "pueblo" integrado por este conglomerado de "trabajadores" no proletarios, para fortalecer el Capitalismo de Estado proletario dirigido por el partido revolucionario en la lucha contra la gran burguesía y los terratenientes, porque esos sectores intermedios vacilan entre plegarse a uno u otro de esos dos "campos", afirmando que "éste es el abece del socialismo" en la nueva sociedad soviética rusa. En este contexto de la lucha contra la resistencia del gran capital y los terratenientes en el nuevo Estado soviético, Lenin propuso dar simultáneamente comienzo a la lucha contra las estructuras 1) y 2), pero no poniendo al Estado proletario frente a ellas, sino tratando de atraerlas al campo de la revolución, para que dejaran de desconfiar en las fuerzas del proletariado y se volvieran conjuntamente contra la gran burguesía y los terratenientes. Y en esta tarea de ganarse la confianza de estos sectores, el triunfo del proletariado contra la reacción gran burguesa y terrateniente y el verse protegidos dentro del flamante Estado soviético que, en la práctica respetaba sus propiedades —aunque bajo control obrero— en principio fue una baza o partida ganada por los revolucionarios rusos en esa tarea. Tal fue la "nueva forma" de lucha —que los practicistas revolucionarios llaman "evolucionismo"— y que consistió en forjar la alianza entre los trabajadores proletarios y no proletarios de la Rusia soviética, para eliminar definitivamente la amenaza de involución capitalista, con base económico-social en la estructura 2). Para eso Lenin remitía a los numerosos pasajes de "El Capital", donde Marx se refiere al carácter de clase vacilante de la pequeñoburguesía y a sus antecedentes históricos que le vinculan estratégicamente al proletariado por medio del trabajo directo, vínculo que sólo puede restablecer en sentido histórico progresivo un Estado proletario, en lucha efectiva por la emancipación humana universal, como lo fue el Estado soviético hasta 1924, dejando meridianamente claro que, dado el rol decisivo de estos sectores en el futuro de la revolución, la dictadura del proletariado en esta parte crucial de la transición, es "esta forma especial de alianza de clases": <> (V.I. Lenin: Op. Cit. 23/06/919 Lo entre corchetes es nuestro) No se trata, pues, de la alianza entre el proletariado y la pequeñoburguesía que el P.C.E. impulsó bajo las condiciones políticas de 1931 en España, con la burguesía en el poder y la alianza dirigida por la pequeñoburguesía; se trata de la misma alianza impulsada por el partido bolchevique ruso bajo las condiciones políticas de 1917, con el proletariado en el poder y la alianza dirigida por el proletariado; no se trata del frente popular que se formó dentro del Estado burgués vigente por iniciativa de la pequeñoburguesía y que se limitó a proclamar la república burguesa como máximo objetivo de su lucha dentro de los límites del capitalismo; se trata del frente popular que se formalizó dentro del Estado Obrero por iniciativa del proletariado, y después de adoptar medidas que trascendieron el Estado capitalista ruso y pusieron a Rusia —que pasó a ser la Unión de Repúblicas Socialistas soviéticas— en el camino de tránsito del capitalismo al comunismo. Si algo de común comparten los practicistas obreros utópico-revolucionarios con los practicistas pequeñoburgueses pragmático-reformistas, es que a ninguno de ellos le interesa ni considera necesario atender a las condiciones de la lucha de clases, ni como objeto de análisis ni a la hora de actuar sobre ellas. Los primeros, porque las desprecian, pensando que el objetivo de toda lucha depende exclusivamente de la pura voluntad política; los segundos porque, habiendo renunciado por intereses creados a toda acción revolucionaria, se someten a las condiciones dadas; y al carecer de toda voluntad política para revolucionarlas, tampoco tienen interés en analizarlas. Análisis significa separación, delimitación precisa de significados. Los intelectuales pragmático-reformistas de la pequeñoburguesía, que, como sus maestros —los filósofos burgueses— huyen de la verdad histórica porque les condena, lejos de analizar sintetizan, mezclándolo todo y confundiéndolo todo. Lo mismo hacen en sus alianzas políticas, en las que tratan confundir, de identificar los intereses de la pequeñoburguesía con los intereses del proletariado, diluyendo políticamente a estos últimos en aquellos. El abuso que hacen de palabras como “ciudadano” y “pueblo”, tan de su gusto, caracterizan el método de su discurso y la táctica embaucadora de su praxis, propia de los partidos “democráticos” de la burguesía de izquierda —que quieren el capitalismo pero no sus necesarias consecuencias— con su inveterada e irresistible propensión sistemática a convertir a todo interlocutor asalariado en cliente político permanente, para mantenerlo con los pies dentro del tiesto capitalista. Para eso se les paga y de eso viven aunque intenten disfrazarlo.