2. Las posiciones económicas de Bernstein y los revisionistas

Las ideas económicas del romanticismo tuvieron una extraordinaria influencia sobre el movimiento obrero en el siglo XIX porque subrayaron la miseria que el capitalismo engendraba entre las masas trabajadoras, sus aspectos más censurables. Del romanticismo derivan todos los principios utopistas de comienzos del siglo XIX, así como los de Proudhon en Francia y Rodbertus en Alemania. El revisionismo recogerá toda esta herencia, ampliamente arraigada en la conciencia de las masas obreras, para combatir al marxismo, esta vez desde el mismo interior de sus filas.

Este fenómeno se dio en el seno de la socialdemocracia alemana, que hacia finales de siglo constituía la parte más importante e influyente del movimiento obrero internacional. Su contacto permanente con Engels y su enorme peso electoral, recubrió a sus jefes de una enorme autoridad ideológica y política ante las demás organizaciones obreras europeas Uno de éstos, Eduardo Bernstein, que había colaborado estrechamente con Engels, inició a la muerte de éste el desarrollo de nuevas concepciones ideológicas, políticas y económicas, supuestamente fundadas en el marxismo, que él mismo calificó de "revisionistas". Su obra más importante, "Las premisas del socialismo y la tarea de la socialdemocracia" (28), apareció en 1899 con el propósito explícito de criticar y cambiar determinadas concepciones de Marx y Engels. Pero Bernstein no fue el único: además de él, toda una serie de dirigentes socialdemócratas que habían mantenido relaciones con Engels se pusieron a la tarea de "revisar" el marxismo e implantar nuevos principios, Entre ellos cabe destacar a Conrad Schmidt, Otto Bauer, Rudolf Hilferding, Mijail Tugan-Baranovski, además de Carlos Kautsky. No se trataba sólo de escritores e intelectuales sino también de economistas prácticos que ocuparon altos cargos en diversos gobiernos burgueses. Sin embargo, la obra de estos autores, excepto la de Kautsky, pasó casi desapercibida, por lo que sus escritos económicos siguieron teniendo un peso importante dentro del legado intelectual del movimiento obrero.

Cuando después de la guerra franco-prusiana, la socialdemocracia alemana tomó la dirección del del movimiento obrero europeo, gracias al impulso de Marx y Engels, aún coexistían con el marxismo importantes lacras ideológicas en su interior. En su obra "Contribución a la cuestión de la vivienda", escrita en 1872, Engels se enfrentó contra quienes pretendían introducir a Proudhon en el movimiento obrero alemán. Dirigentes obreros como Lassalle, uno de los fundadores de la socialdemocracia alemana, se basarán en el romanticismo para exponer ideas económicas tan erróneas pero tan impactantes como la llamada ley de bronce de los salarios (29). Contra los lasalleanos escribiría Marx en 1875 uno de los textos más importantes sobre la dictadura del proletariado, la "Crítica del programa de Gotha", en donde la raíz de la ley de bronce de los salarios se identificaba con los principios de Malthus acerca de la población (30). Aún se desarrollarían corrientes, como el "socialismo de cátedra", representado por economistas como Wagner y Sombart, muy influyentes en Alemania durante la década de los setenta y los ochenta del siglo XIX y cuyas ideas extendieron en Rusia los "marxistas legales". Finalmente, en 1878, Engels tuvo que salir al paso de la ideología que trataba de introducir Dühring entre la socialdemocracia alemana.

El "Ant-Dühring" de Engels tuvo una extraordinaria influencia en la socialdemocracia alemana y, en general, en todo el movimiento obrero europeo. Marca un punto de inflexión: a partir de entonces el marxismo será la ideología dominante del proletariado europeo, lo que permite culminar en 1889 en París los trabajos para la reconstrucción de la nueva Internacional. Desde entonces los enemigos de la clase obrera comenzaron a hurgar desde su mismo interior, como si fueran marxistas. Bernstein, por ejemplo, iniciador del movimiento revisionista, había sido el más importante valedor de las teorías de Dühring dentro de la socialdemocracia alemana antes de hacerse pasar por marxista. Con él nace el revisionismo, que no es otra cosa sino la continuación de la misma política pequeñoburguesa de tratar de aprovechar la pujanza del movimiento obrero en beneficio propio. En expresión de Lukacs, los revisionistas eran "proudhonistas con terminología marxista" (31).

Por tanto, a la muerte de Engels el marxismo ya se había convertido en la ideología dominante en el seno del movimiento obrero, y sin embargo, e! peor enemigo del marxismo pasó a integrarse en sus propias filas. El triunfo del marxismo supuso que todo tipo de errores se deslizaran por su interior bajo la apariencia de una acérrima defensa de los principios expuestos por Marx y Engels: "La dialéctica de la historia es tal -decía Lenin- que el triunfo teórico del marxismo obliga a sus enemigos a disfrazarse de marxistas" (32).Los revisionistas se apoyaron en las erróneas tradiciones del movimiento obrero para combatir al marxismo desde su mismo anterior.

El capitalismo no es ya para los revisionistas aquel modo de producción dominado por la anarquía de que hablaba Marx, sino que está "organizado", es decir, es capaz de regular mecánicamente su funcionamiento para reducir al máximo los colapsos. Anarquía era sinónimo de competencia: desaparecida la competencia con los monopolios, desaparecía igualmente la anarquía. La idea de que el capitalismo era un modo de producción anárquico estaba muy arraigada en el movimiento obrero y se identificaba esa anarquía con la competencia, con el capitalismo premonopolista. Cuando los socialdemócratas comienzan a referirse a los monopolios, es para demostrar que el capitalismo ha introducido racionalidad en la anarquía, que es capaz de planificar eficazmente la producción, la distribución, la acumulación y el consumo, de manera que puede evitar distorsiones importantes: los monopolios, escribió Hilferding, "están en condiciones de suprimir por completo las crisis, ya que pueden regular la producción y adaptar en todo momento la oferta a la demanda" (33).El capitalismo competitivo llevaba a la anarquía y a las crisis, pero el capitalismo monopolista regula y amortigua las crisis. En la nueva etapa del capitalismo, no hay ningún límite a la monopolización creciente de la economía, de manera que si Kautsky habló de "ultraimperialismo, Hilferding expondrá también su teoría del "cartel general", una instancia suprema que está en condiciones de regular conscientemente todas las esferas de la economía: desaparece la división del trabajo, cesa la especulación, se elimina el dinero y, en suma, el capitalismo deja de ser capitalismo.

Ahora bien, hay que remarcar que anarquía no significa caos, porque la competencia capitalista está regida por leyes económicas que son ajenas a la voluntad de los propios capitalistas. Cuando los revisionistas hablan de control y regulación del capitalismo se refieren, naturalmente, a la posibilidad de que el Estado intervenga en el funcionamiento del mercado. Enlazan con dos precedentes: fue Sismondi el primero en reclamar ese intervencionismo del Estado contra el liberalismo de Smith; y fue Lassalle quien otorgaba al Estado unos poderes demiúrgicos, por encima de las clases (34). Los revisionistas alemanes, por tanto, empalman el intervencionismo económico de Sismondi con algo más próximo para ellos: el concepto de Estado en Lassalle como ente hegeliano, portador de una racionalidad universal, que debe elevar el nivel de vida de las masas cambiando la distribución y frenando las crisis de superproducción. El Estado es capaz de planificar porque no es parte del sistema económico, sino que está por encima, es ajeno a él: la cuestión de quién planifique y regule, decía Hilferding, es una cuestión de poder; pero por sí mismo el capital financiero "significa la creación del control social sobre la producción", lo que facilita mucho "la superación del capitalismo. Tan pronto como el capital financiero haya puesto bajo su control las ramas más importantes de la producción, basta que la sociedad se apodere del capital financiero a través de su órgano consciente de ejecución, el Estado, conquistado por el proletariado, para poder disponer inmediatamente de las ramas más importantes de la producción" (35).

Pero ni el Estado capitalista ni los monopolios pueden modificar las leyes de funcionamiento del sistema económico porque ambos son parte integrante de esas mismas leyes. Son las leyes de la competencia las que conducen indefectiblemente a su negación al monopolio; éste, a su vez, también está regido por leyes económicas. Por tanto, son estas leyes las que se imponen a la competencia lo mismo que al monopolio, por lo que la idea de un capitalismo regulado y planificado es absurda. Como expondrá claramente Lenin, el monopolio no puede controlar el funcionamiento de la economía capitalista, lo mismo que tampoco lo podía controlar su precedente, la competencia; no solamente no puede sobreponerse a las leyes objetivas, sino que está sometido a esas mismas leyes El capitalismo no deja de ser capitalismo porque llegue a su fase monopolista, de modo que bajo esta nueva fase siguen vigentes las mismas leyes económicas que en la fase competitiva. Por contra, el revisionismo siempre, antes como ahora, ha pretendido aparentar que con posterioridad a la muerte de Marx y Engels aparecieron "nuevos" fenómenos económicos que aquéllos no pudieron tomar en consideración y que alteran sustancialmente la naturaleza del capitalismo. Aparentemente el monopolismo les daba motivos para todo ese tipo de planteamientos. Los revisionistas pretendieron divulgar que bajo el monopolismo imperan leyes distintas que en la etapa del capitalismo competitivo. El monopolismo sería una fase nueva y distinta, con sus propias características, de todo punto diferentes de la anterior. El monopolismo sería la antesala del socialismo que demostraría que e! capitalismo no se hundía sino que daba lugar a una etapa diferente, casi socialista, que permitiría una aproximación de ambos modos de producción y el tránsito pacífico (democrático) de uno a otro. El capitalismo no camina hacia el derrumbe sino hacia el socialismo. El monopolismo sería una especie de socialismo con propiedad privada: bastaba eliminar ésta para encontrarnos, sin más, con el socialismo. Además, añaden los revisionistas, Marx no conoció esa nueva fase y, por tanto, no pudo describir el funcionamiento de la economía contemporánea, en la que los monopolios han acabado con la competencia.

Nada más falso. El monopolio ya fue descrito por Marx y Engels, al analizar cómo la competencia capitalista surge dialécticamente de la destrucción de los monopolios feudales y cómo, en un nuevo nivel de desarrollo, el monopolio reaparece de la competencia capitalista: "La competencia ha sido engendrada por el monopolio feudal. Así, primitivamente, la competencia ha sido lo contrario del monopolio y no el monopolio lo contrario de la competencia. Luego el monopolio moderno no constituye una simple antítesis; es, por el contrario, la verdadera síntesis". Esta síntesis, añade Marx, es dinámica, es movimiento y contradicción: "El monopolio produce la competencia, la competencia produce el monopolio. Los monopolistas se hacen la competencia, los competidores devienen monopolistas (...) La síntesis resulta tal que el monopolio no puede sostenerse más que pasando continuamente por la lucha de la competencia" (36).

Apenas puede ofrecerse una descripción mejor, más clara y más exacta de qué son los monopolios y cuál es su relación con la competencia capitalista. El monopolismo no es una fase nueva ni distinta del capitalismo competitivo sino solamente una fase superior dentro del mismo capitalismo. En consecuencia, ninguna de las leyes del capitalismo se modifica en esta nueva etapa. Como manifestaba el Programa de la Internacional Comunista, los monopolios agudizan e intensifican la competencia (37). Cuando el monopolismo está más extendido es cuando más se habla de competencia y competitividad y cuando la competencia es más aguda.

Marx relacionó el resurgimiento de los monopolios bajo el capitalismo con la centralización del capital, que es un modo de reforzar su acumulación. Si ésta concentra masas de capital cada vez mayores en unas mismas manos, la centralización es una especie de expropiación de capitales dispersos para formar grandes volúmenes de capital bajo una misma dirección. La acumulación de capital origina un proceso de dispersión de los capitales: al crecer la masa de capital crece también el número de capitalistas, "enfrentados como productores de mercancías independientes los unos de los otros y en competencia mutua. Los nuevos capitales crean, por tanto, nuevos capitalistas independientes; pero frente a este fenómeno de dispersión, surge el opuesto de atracción: los capitales ya existentes se concentran en unas mismas manos, unos capitalistas expropian a otros, los grandes capitales devoran a los pequeños sin que necesariamente se cree nuevo capital. Marx destacó cómo la centralización de capital es un instrumento mucho más poderoso comparado con la acumulación y que sus mecanismos más importantes son el crédito y las sociedades por acciones. La centralización consiste en una redistribución del capital ya existente y no exige acumulación, sino que basta la reproducción simple. Sin embargo, la centralización permite ampliar la escala de las operaciones, constituir poderosos consorcios económicos, lo que es imprescindible a medida que el capital constante crece y se expande, en que crece cada vez más el volumen mínimo necesario para explotar una empresa.

La centralización del capital es consecuencia de la concurrencia, en la que los capitales más débiles sucumben y son absorbidos por los más fuertes. Los capitales se desplazan unos a otros. Muchos se arruinan y los pocos supervivientes ven muy fortalecida su situación. "Esto equivale -decía Marx- a la supresión del régimen de producción capitalista dentro del propio régimen de producción capitalista y, por tanto, a una cantradicción que se anula a sí misma", hasta el punto que la aparición de los monopolios obliga al Estado a intervenir en el funcionamiento económico (38).

Para los revisionistas bastaba abandonar el liberalismo económico e intervenir en el sistema económico para que el capitalismo no se derrumbara. El intervencionismo, el control y la regulación demostraban que se trataba de un modo de producción eterno, "natural" e inmutable. Los revisionistas, en definitiva, mantienen una visión estática del capitalismo, donde las contradicciones y los desequilibrios no tienen cabida. Mientras Engels subrayaba frente a Dühring la naturaleza esencialmente histórica de la Economía Política (39), los revisionistas, como todos los burgueses, conciben las leyes económicas por las que se rige el capitalismo como "independientes de la influencia del tiempo. Son leyes eternas que deben regir siempre la sociedad. Por tanto, ha existido la historia pero ya no la hay. Existió la historia, puesto que existieron instituciones feudales, y en estas instituciones feudales se hallan relaciones de producción completamente diferentes de las de la sociedad burguesa, las cuales quieren los economistas hacer pasar por naturales y, por tanto, eternas" (40). Lo mismo que Fukuyama hoy, Bernstein defendía hace cien años "el fin de la historia": el capitalismo es imperecedero. Rota la perspectiva del final del capitalismo, los revisionistas llegaban a su fórmula mágica: los objetivos no son nada, el movimiento es todo. "Por lo tanto -escribirá Bernstein- la socialdemocracia no tiene que esperar ni desear el pronto derrumbe del actual sistema económico, si éste es concebido como el producto de una gran y devastadora crisis económica. Lo que debe hacer -y lo que deberá hacer aún por largo tiempo- es organizar políticamente a la clase obrera y prepararla para la democracia, así como luchar por todas las reformas del Estado que sean adecuadas para elevar el nivel de la clase obrera y transformar la naturaleza de aquel en el sentido de la democracia" (41).

Hay que apuntar, además, toda una serie de planteamientos que Bernstein comienza a exponer y que se han mantenido sustancialmente desde entonces en todas las argumentaciones revisionistas. El primero de ellos es la desaparición de las crisis que, aunque Bernstein sigue reconociendo su posibilidad, considera que en el futuro se irán amortiguando hasta desaparecer, gracias al control de las fluctuaciones económicas. El segundo es otro factor que, supuestamente, Marx no tomó en consideración: las nuevas clases medias, el creciente protagonismo que, según él, tiene la pequeña producción en el capitalismo, gracias al crédito y a las sociedades anónimas que "democratizan" el capitalismo y hacen partícipe de sus beneficios a toda la población. En este punto, Bernstein ni siquiera está de acuerdo con Hilferding y sus teorías acerca del capital financiero, negándose a reconocer el nuevo papel que empezaban a desempeñar los grandes monopolios, destacando por el contrario una supuesta tendencia al reparto de la propiedad. Por otro lado, estrechamente ligado con lo anterior, está la mejora en las condiciones de vida de la clase obrera que demuestra el "error" de Marx cuando afirmaba que, por el contrario, el proletariado experimentaría un proceso de pauperización creciente. Finalmente, de ahí pasa a la idea de que la sociedad camina hacia una progresiva democratización. que hay que profundizar, incluyendo no sólo el ámbito político, sino el económico, aspecto éste en el que los revisionistas modernos tampoco han innovado nada (42).

Pero sobre todo, los revisionistas se empeñaron en dos batallas económicas fundamentales: trasladar las causas de la crisis desde la producción en que las situó Marx a la circulación, aludiendo a crisis de realización, de subconsumo y de desproporción, y también enfrentarse contra lo que entonces se llamaba la "zusammenbruchstheorie", la teoría del derrumbe (43) que constituyó el núcleo central de la polémica con los revisionistas hasta la Primera Guerra Mundial. En suma, trataban de acabar con la idea de que el capitalismo no tenía viabilidad como sistema de producción y valorización y que sus propias contradicciones internas le llevarían al colapso. Según los revisionistas, como el capitalismo no se desplomaba, no había que sustituirlo por el socialismo sino dirigirlo, controlarlo, regularlo a discreción: el papel de la socialdemocracia consistiría precisamente en gestionar el capital, ganar las elecciones y sentarse en los consejos de administración de los monopolios.

La trascendencia del debate sobre el colapso radicaba en las consecuencias políticas que de ahí se desprendían para el movimiento obrero y, en particular, para la unidad de lo objetivo y lo subjetivo en el proceso revolucionario. La ley del derrumbe colocaba el proceso revolucionario hacia el socialismo sobre un fundamento objetivo, el desmoronamiento del capitalismo, mientras los revisionistas pretendían fundamentarlo sobre factores puramente subjetivos. Los revisionistas sustituyeron a Marx por Kant: la revolución no era ya una necesidad sino una posibilidad, no se basaba en leyes inexorables sino en la voluntad y en la ética: la revolución socialista era un "imperativo categórico". El capitalismo no se hunde, pero lo vamos a reconducir. Según Bernstein, las injusticias del capital acrecentarían la conciencia y organización del proletariado: para edulcorar el capitalismo hay que "repartir la riqueza" y apoyar la pequeña producción.

Los revisionistas conciben el subconsumo no como una consecuencia de la crisis sino como su causa y, por tanto, no encuentran contradicciones entre los procesos de producción y valorización, por lo que el capitalismo es un modo de producción inagotable. Si tiene crisis y espasmos, serán externos, fuera de la producción, y en ningún caso conducirán al derrumbe. El revisionismo sólo admite el subconsumo, que a su vez tiene su remedio en las recetas keynesianas de la demanda efectiva y el despilfarro. El prototipo más sencillo de este tipo de concepciones fue el libro del yerno de Marx, Paul Lafargue, "El derecho a la pereza", publicado 1863 (44), el mismo año de la muerte de su suegro, donde el subconsumo es el eje central de las reflexiones económicas. Estos errores básicos conducen a otros: la pequeña burguesía como sector social en crecimiento que puede evitar la contracción de los mercados con su enriquecimiento, la imposibilidad de realizar la plusvalía dentro de las fronteras y la necesidad de buscar salidas al exterior, etc.

Marx sólo utiliza de pasada la expresión "derrumbe" en su "Historia crítica de la teoría de la plusvalía" pero fue aceptada por todos los que intervinieron en el debate, en el sentido de una inviabilidad del modo de producción capitalista para reproducirse indefinidamente, hasta el punto de que se incluyó en un apartado del Programa de la Internacional Comunista, como sello distintivo frente a la socialdemocracia (45). Pero la idea de la naturaleza esencialmente transitoria del capitalismo aparece repetidas veces en las obras de Marx y Engels y, en concreto, en "El capital": "Conforme disminuye progresivamente el número de magnates capitalistas que usurpan y monopolizan este proceso de transformación -escribía Marx-, crece la masa de la miseria, de la opresión, del esclavizamiento, de la degeneración, de la explotación; pero crece también la rebeldía de la clase obrera, cada vez más numerosa y más disciplinada, más unida y más organizada por el mecanismo del mismo proceso capitalista de producción. El monopolio del capital se convierte en grillete del régimen de producción que ha crecido con él y bajo él. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a un punto en que se hacen incompatibles con su envoltura capitalista. Esta salta hecha añicos. Ha sonado la hora final de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados" (46).

"El régimen de producción capitalista tropieza en el desarrollo de las fuerzas productivas con un obstáculo que no guarda la menor relación con la producción de la riqueza en cuanto tal. Este peculiar obstáculo acredita precisamente la limitación y el carácter meramente histórico, transitorio, del régimen capitalista de producción: atestigua que no se trata de un régimen absoluto de producción de riqueza, sino que, lejos de ello, choca al llegar a cierta etapa con su propio desarrollo ulterior" (47).

"El verdadero límite de la producción capitalista es el mismo capital, es el hecho de que en ella son el capital y su propia valorización lo que constituye el punto de partida y la meta, el motivo y el fin de la producción; el hecho de que aquí la producción sólo es producción para el capital y no a la inversa, los medios de producción simples medios para ampliar cada vez más la estructura del proceso de vida de la sociedad de los productores. De aquí que los límites dentro de los cuales tiene que moverse la conservación y valorización del valor capital, la cual descansa en la expropiación y depauperación de las grandes masas de los productores, choquen constantemente con los métodos de producción que el capital se ve obligado a emplear para conseguir sus fines y que tienden al aumento ilimitado de la producción, a la producción por la producción misma, al desarrollo incondicional de las fuerzas sociales productivas del trabajo. El medio empleado -desarrollo incondicional de las fuerzas sociales productivas- choca constantemente con el fin perseguido, que es un fin limitado: la valorización del capital existente. Por consiguiente, si el régimen capitalista de producción constituye un medio histórico para desarrollar la capacidad productiva material y crear el mercado mundial correspondiente, envuelve al propio tiempo una contradicción constante entre esta misión histórica y las condiciones sociales de producción propias de este régimen" (48).

"El punto de vista que sólo considera como históricas las relaciones de distribución, pero no las de producción es, de una parte, el punto de vista de la crítica ya iniciada pero todavía rudimentaria, de la economía burguesa. De otra parte, tiene su base en la confusión e identificación del proceso social de la producción con el proceso simple de trabajo tal como podría ejecutarlo un individuo anormalmente aislado, sin ayuda ninguna de la sociedad. Cuando el proceso de trabajo no es más que un simple proceso entre el hombre y la naturaleza, sus elementos simples son comunes a todas las formas sociales de desarrollo del mismo. Pero cada forma histórica concreta de este proceso sigue desarrollando las bases materiales y las formas sociales de él. Al alcanzar una cierta fase de madurez, la forma histórica concreta es abandonada y deja el puesto a otra más alta. La llegada del momento de la crisis se anuncia al presentarse y ganar extensión y profundidad la contradicción y el antagonismo entre las relaciones de distribución y, por tanto, la forma histórica concreta de las relaciones de producción correspondientes a ellas, de una parte, y de otra, las fuerzas productivas, la capacidad de producción y el desarrollo de sus agentes. Estalla entonces un conflicto entre el desarrollo material de la producción y su forma social" (49) .

Estos párrafos sintetizan el término del capitalismo como modo de producción, su naturaleza histórica transitoria. Bernstein calificó este análisis de Marx como "teoría del derrumbe" y lo consideró mecanicista y fatalista. Pretendía dar a entender que Marx únicamente tomaba en consideración el factor objetivo de la revolución, el desplome del capitalismo, algo que conociendo mínimamente la naturaleza dialéctica de todo el pensamiento marxista, no se puede sostener con un mínimo de seriedad. Criticando el colapso, Bernstein trataba de desplazar la concepción del proceso revolucionario hacia una vertiente puramente subjetiva y, por sí mismo, este giro significaba un regreso al socialismo utópico, situar la revolución en un futuro indefinido e incierto. Por eso Bernstein criticó lo que consideraba una forma de "determinismo" en Marx, que para él estaba asociado a la dialéctica y a las contradicciones; el socialismo no era una necesidad sino una posibilidad, no dependía de circunstancias objetivas sino subjetivas. La tarea de Bernstein era doble: por un lado, romper la unidad dialéctica de lo objetivo y lo subjetivo en el proceso revolucionario, pretextando que Marx sólo tuvo en cuenta el aspecto objetivo del problema, es decir, que era un "catastrofista", un mecanicista vulgar y corriente; segundo, rota esa unidad y aislados sus dos aspectos, Bernstein se preocupó de poner el acento en el aspecto subjetivo, ético, de la lucha de clases. Pero Marx tenía bien claro este proceso: "De todos los instrumentos de producción, el mayor poder productivo es la misma clase revolucionaria. La organización de los elementos revolucionarios como clase supone la existencia de todas las fuerzas productivas que puedan engendrarse en el seno de la vieja sociedad" (50).

Todas las demás tergiversaciones revisionistas derivan de esa ruptura de la unidad de lo objetivo y lo subjetivo en el proceso revolucionario. Si la revolución es un problema ético, en ella deben intervenir no sólo ni principalmente el proletariado, sino "todos" aquellos que son conscientes de las desigualdades del capitalismo. La lucha de clases se esfuma y trasladamos el eje de la crítica desde la explotación hacia una distribución calificada de "injusta". Por el contrario, para Marx "la forma de cambio de los productos corresponde a la forma de producción. Cambiad la última y la primera se modificará en consecuencia. También observamos en la historia de la sociedad cómo se regula el modo de cambiar los productos según el modo de producirlos. El cambio individual corresponde también a un modo de producción determinado,el cual a su vez, responde al antagonismo de clases. Así pues, no existe cambio individual sin antagonismo de clases" (51).

No es de extrañar que los revisionistas hicieran de la dialéctica y de la contradicción el eje de sus ataques, para sustituir a Marx por Kant y Malthus, del mismo modo que los economistas de hoy (Sweezy,Baran, Dobb) sustituyen a la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, por las modernas versiones keynesianas de la demanda solvente. Al tiempo, el derrumbe se sustituye por la optimista creencia en la posibilidad de un crecimiento continuo e ilimitado de las fuerzas productivas en donde los sobresaltos serán cada vez menores ante una capacidad de control y regulación cada vez mayores. No hay más que un paso desde aquí a afirmar que si el capitalismo es viable, lo que es inviable es el socialismo.

notas:

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  1. En castellano se ha titulado El socialismo evolucionista, Fontamara, Barcelona, 1978. Su titulado original en alemán era Die Voraußetzungen des Sozialismus un die Aufgaben der Sozialdemocratie.
  2. "Es preciso purificar la atmósfera y limpiar el Partido de toda esta hediondez lassalleana que queda", le escribía en 1865 Marx a Engels en una carta (Marx-Engels: Correspondencia, Cultura Popular, México, 1977, pg.239).
  3. Marx-Engels, Obras Escogidas, cit., tomo II, pg. 21. Ver también la carta de Engels a Bebel de 18-28 de marzo de 1875. Otra de las críticas expuestas por Marx en su "Crítica del programa de Gotha" estaba dirigida contra la reivindicación del derecho a percibir "el fruto íntegro del trabajo" (pg.10).
  4. Historia y consciencia de clase, Grijalbo, Barcelona, 1975, pg. 40.
  5. "Vicisitudes históricas de la doctrina de Carlos Marx", en Obras completas, tomo XXIII, pgs. 1-4.
  6. E1 capital financiero, cit., pg. 324.
  7. Engels calificó a Lassalle de "demócrata vulgar, específicamente prusiano con marcadas inclinaciones bonapartistas" (Carta a Kautsky. 23 de febrero de I891, Obras escogidas, cit., tomo II, pg..39).
  8. El capital financiero, cit., pgs. 326 y 410-411.
  9. Miseria de la Filosofía, cit., pgs.. 227-229.
  10. VI Congreso de la Internacional Comunista, Primera Parte, Cuadernos de Pasado y Presente, México, 1977, pg. .253.
  11. El capital, III-27, pg. 417.
  12. Anti-Dühring, cit., pg. 166.
  13. Miseria de la Filosofía, cit., pg. 189.
  14. Horst Heimann: Textos sobre el revisionismo. La actualidad de Eduard Bernstein, Nueva Imagen, México, 1982, pg. l27
  15. Así por ejemplo, en nuestro país, vid. Un futuro para España: la democracia económica y política, prólogo de Santiago Carrillo, París, 1968.
  16. Del alemán zusanmenbruchstheorie se viene traduciendo a1 castellano como teoría o ley del derrumbe, que Lenin tradujo al ruso como teoría de la bancarrota y que también suele aparecer como colapso, e incluso como catástrofe o hundimiento.
  17. En castellano en la Editorial Fundamentos, Madrid, 5 Ed., 1991
  18. VI Congreso. Primera parte, cit., pg. 256.
  19. El capital, I-24, pgs. 648-649.
  20. E1 capital, III-l5, pg. 241.
  21. E1 capital, III-15, pg. 248.
  22. El capital, III-51, pgs. 815-816.
  23. Miseria de la Filosofía, cit., pg. 258.
  24. Miseria de la Filosofía, cit., pg. 131.

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