<<En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana.>> (F.W.Nietzsche: “Sobre Verdad y Mentira en Sentido Extramoral” [1]

INTRODUCCIÓN

Para despejar la incógnita encerrada en el movimiento social del capitalismo tardío eufemísticamente llamado “postmoderno”, al contrario de sus teóricos nosotros no vamos a partir de la subjetividad humana, esto es, de lo que la generalidad de los individuos se imaginan o creen y se comportan según circunstancias que desconocen y a las que se ven sometidos por el sistema de vida predominante. Nosotros vamos a indagar sobre tales circunstancias históricas, es decir, sobre lo que objetivamente condiciona el pensamiento y la acción del ser humano postmoderno en general, una mayoría de ellos creyéndose actualmente ser “libres” y haber alcanzado la felicidad según todas las encuestas, al menos en los países del capitalismo opulento.

En su último escrito económico, titulado “Glosas a Wagner”, Marx comienza diciendo: “Yo no parto del ser humano, sino de un periodo histórico social dado (El subrayado nuestro). El período que Marx tomó como objeto de estudio para elaborar su teoría de la historia, es el último y más reciente, llamado capitalismo. ¿Por qué Marx procedió de tal modo? Lo dice en el punto 3 de su “Introducción General a la Crítica de la Economía Política”, donde propone el método científico para estudiar los fenómenos sociales:

<<La sociedad burguesa es la organización histórica de la producción más desarrollada y más diferenciada. Las categorías que expresan sus condiciones y la comprensión de sus estructuras, permiten al mismo tiempo comprender la estructura y las relaciones de producción de todos los tipos de sociedades desaparecidas, sobre cuyas ruinas y elementos se halla edificada y cuyos vestigios, aun no superados, continúa arrastrando, mientras que aquello que estaba apenas insinuado se ha desarrollado plenamente, etc. La anatomía del hombre es una clave para la anatomía del mono. Aquello que en las especies animales inferiores insinúa una forma superior, no puede, por el contrario, ser comprendido sino cuando se conoce la forma superior. La economía burguesa suministra así la clave de la economía antigua, etc. Pero no ciertamente al modo de los economistas (antropólogos, historiadores, políticos profesionales, literatos, y hasta cineastas vulgares), que cancelan todas las diferencias históricas y ven la forma burguesa en todas las formas de sociedad>> (K. Marx: Op. Cit.. Lo entre paréntesis nuestro)

Y respecto del concepto de individuo, sostenía que sus funciones esenciales de la vida en sociedad estuvieron y están férreamente determinadas por las específicas relaciones de producción imperantes en su contexto social, que cada individuo adopta independientemente de su voluntad, y respecto de las cuales no pudo ni puede ser sino su producto o resultado específico:

<<No pinto del color de rosa, por cierto, las figuras del capitalista y el terrateniente. . Pero aquí solo se trata de personas en la medida en que son la personificación de categorías económicas, portadoras de determinadas relaciones e intereses de clase. Mi punto de vista con arreglo al cual concibo como proceso de historia natural el desarrollo de la formación económico-social (capitalista), menos que ningún otro podría responsabilizar al individuo por relaciones de las cuales él sigue siendo socialmente una creatura, por más que subjetivamente pueda elevarse sobre las mismas.>> (K.Marx: “El Capital” Prólogo a la primera edición. Lo entre paréntesis nuestro)

Un ejemplo significativo para demostrar categóricamente que el modo de producción social más reciente y desarrollado permite comprender al más antiguo —y no al contrario— lo encontramos en esta misma obra, donde Marx se remonta a la sociedad griega clásica y explica por qué Aristóteles no pudo desentrañar el concepto de valor contenido en las mercancías. En el Libro V Capítulo V de su “Ética a Nicómaco”, el Estagirita observaba que cinco camas se cambiaban por una casa, y de este hecho sacaba la certera conclusión de que las operaciones mercantiles no pueden concretarse sin que las mercancías objeto de cualquier intercambio contengan algo igual conmensurable o medible que permita equipararlas.

Sabía que ese algo igual era el valor, pero no pudo llegar a descubrir su concepto, la sustancia creadora de los valores económicos contenidos en las distintas mercancías. Y no pudiendo concebir que trabajos cualitativamente tan distintos pudieran contener el mismo valor económico como condición de su intercambio, creyó ver la virtud de la equiparación en el dinero, categoría que, en realidad, nunca tuvo por función propia crear valor sino simplemente designarlo o manifestarlo cuantificándolo en unidades convencionales de medida:

<<En verdad, pues, es imposible que cosas (productos de trabajos cualitativamente) tan heterogéneas puedan ser conmensurables. Pero, por la necesidad (de intercambiar), sucede que una cosa particular baste, y esto por el consentimiento que las gentes tienen dado en ello. Y por esto el dinero se llama en griego nomisma, que casi quiere decir regla, porque todas las cosas reduce a proporción, pues todas las cosas se reglan con el dinero>>. (Aristóteles: Op. Cit. Lo entre paréntesis nuestro)

Recién en la moderna sociedad capitalista se dieron las condiciones que permitieron descubrir esa sustancia creadora de los valores económicos: el trabajo humano. Pero no el trabajo concreto o cualitativo de carpinteros o herreros fabricantes de camas, ni el de los arquitectos o albañiles constructores de casas, sino el trabajo en general o trabajo abstracto, en tanto que simple gasto de energía muscular, nerviosa y cerebral voluntaria aplicada a la creación de distintos objetos útiles para la vida humana durante un determinado lapso medido en unidades convencionales de tiempo: días, horas, minutos o segundos. Trabajo social indistinto creador de una igual magnitud de valor, contenida en mercancías de distinto valor de uso; tal es la condición de existencia del intercambio.

Y este trabajo igual o indistinto como condición para el intercambio mercantil, solo fue posible cuando la igualdad jurídica entre los seres humanos y la consecuente irrupción del concepto de persona jurídica —como alma propietaria de todo lo exterior a sí misma que legítimamente le pertenezca, incluido su relativo cuerpo— permitiera que la fuerza de trabajo, por primera vez en la historia, pasara a convertirse en una mercancía entre las demás, y su uso por parte de los compradores, calcularse según el tiempo de la jornada de labor para los efectos de la determinación de su coste y el cálculo del valor del producto terminado, con independencia de sus precios en el mercado:

<<Pero que bajo la forma de los valores mercantiles todos los trabajos se expresan como trabajo humano igual y, por tanto, como equivalentes, era un resultado que no podía alcanzar (a comprender) Aristóteles partiendo de la forma misma de valor, porque la sociedad griega se fundaba en el trabajo esclavo y por consiguiente, su base natural era la desigualdad (jurídica) de los seres humanos y de su fuerza de trabajo. El secreto de la expresión de valor, la igualdad y la validez igual de todos los trabajos por ser trabajo humano en general (indistinto o abstracto), y en la medida en que lo son, solo podía ser descifrado cuando el concepto de la igualdad humana poseyera ya la firmeza de un prejuicio popular. Mas esto sólo es posible en una sociedad donde la forma de mercancía es la forma general que adopta el producto del trabajo, y donde, por consiguiente, la relación entre unos y otros seres humanos como poseedores de mercancías (incluida la fuerza de trabajo), se ha convertido, asimismo, en la relación social dominante. El genio de Aristóteles brilla precisamente por descubrir en la expresión del valor de las mercancías una relación de igualdad. Solo la limitación histórica de la sociedad en que vivía le impidió averiguar en que consistía, “en verdad”, esa relación de igualdad.>> (Op. Cit. Libro I Cap. Lo entre paréntesis nuestro)

Dicho esto, dentro de su línea típica de desarrollo, la sociedad humana Occidental ha conocido cuatro períodos históricos: El comunismo primitivo, la esclavitud, el feudalismo y el capitalismo, cuyas específicas y distintivas relaciones de producción, dieron pábulo a sus correspondientes tipos de seres humanos específicos.

No vamos a detenernos aquí en explicar el distinto carácter de las específicas relaciones de producción correspondientes a cada uno de estos períodos, remitiendo, para ello, a la obra de Engels más sistemática sobre este tema, titulada: “Los Orígenes de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado”. Pero sí será necesario distinguir entre el tipo de homo sapiens típico de las sociedades precapitalistas, respecto del que produjo la moderna sociedad burguesa, dado que ésta es una de las razones objeto del presente trabajo.

¿Cuál es el factor determinante que ha estado en la raíz del consecuente cambio económico-social y político revolucionario (esencial) entre un período social y otro hasta llegar donde estamos hoy los seres humanos en la historia? Ésta es la pregunta frente a la cual, todos los teóricos del subjetivismo moderno y postmoderno enmudecen mirando para otro lado, porque, para ellos, hablar de este asunto es como mentar la soga en casa del ahorcado.

¿Quién o quiénes inventaron las específicas relaciones de producción —comunistas primitivas, esclavistas, feudales y capitalistas— que dieron hasta hoy pábulo a los distintos períodos históricos de la humanidad dentro de la línea evolutiva típica de la civilización Occidental? Nadie; han sido el producto histórico-natural, espontáneo, inconsciente e involuntario —objetivo— que las fuerzas sociales productivas de la humanidad se dieron para sí en cada período de su desarrollo, con total independencia de la voluntad de los sujetos comprometidos en ellas. En tal sentido, así como el hacha y la azada de piedra complementados por la técnica de la alfarería y la domesticación de animales permitieron a los seres humanos del paleolítico superar la etapa de la simple recolección nómada o itinerante para inaugurar la economía del tiempo de trabajo en régimen sedentario de subsistencia bajo la sociedad del comunismo primitivo, asimismo el arado de hierro, el alfabeto y la moneda, superaron los condicionamientos del atraso técnico relativo que dio sentido a la cultura general de la sociedad esclavista; del mismo modo, el progreso de la fuerza productiva del trabajo que supuso la generalización de la energía hidráulica, la imprenta y la brújula, trascendieron los condicionamientos de la cultura típica de la sociedad feudal, implantando las modernas relaciones de producción capitalistas, con sus respectivas formas mercantiles dinerarias que acuñaron su cultura general.

Finalmente, ahora mismo la tendencia irresistible de las fuerzas productivas a la generalización de la robótica, la revolución en las telecomunicaciones y la biotecnología, ya han dejado a las relaciones sociales e interpersonales capitalistas sin razón de ser, dado que su esencia consiste en explotar trabajo ajeno, y el progreso en la producción va dejando sin sentido esa forma de vida día que pasa.

Aunque también es cierto que, como sucediera en las sociedades esclavista y feudal, la gravitación fetichista de lo todavía subsistente sobre la conciencia de los explotados modernos, reforzada por el accionar ideológico de las clases dominantes desde los “mass media”, combinado con la industria editorial y los aparatos ideológicos del Estado, la humanidad continúe aprisionada en el cepo de las ya caducas relaciones de producción burguesas y sus correspondientes valores jurídicos, éticos, estéticos y morales, por completo anacrónicos, debatiéndose en una agonía que se prolonga tanto o más que como ha sucedido en el pasado, precisamente por aplicación de la tecnología a los aparatos ideológicos del sistema.

En tal sentido es altamente ilustrativo el pasaje de la obra de Federico Engels, donde nos remite al aforismo de Hegel en su “Ciencia de la Lógica” que dice: “Todo lo racional es real y todo lo real es racional”, habida cuenta de que, para él, algo que existe deja de ser real si pierde su esencia o razón de ser, es decir, que deja de ser socialmente necesario porque pierde la esencia que da sentido a su existencia, con lo cual nosotros estamos totalmente de acuerdo. Y a propósito de esto, refiriéndose a la nobleza feudal y su aparato político de poder, Engels dice:

<<En 1789, la monarquía francesa se había hecho tan irreal, es decir, tan despojada de toda necesidad, tan irracional, que hubo de ser barrida por la Gran Revolución, de la que Hegel hablaba siempre con el mayor entusiasmo. Como vemos, aquí lo irreal era la monarquía y lo real la revolución. (Aunque todavía no pasara de ser una realidad virtual o abstracta. En España, lo irreal eran las “fuerzas realistas” —que Hegel llamaba “realidad actual”— de la época en que las cortes de Cádiz representaban la nueva realidad efectiva, en luicha contra la realidad actual encarnada aún en la monarquía absoluta de Fernando VII.) Y así, en el curso del desarrollo, todo lo que un día fue real se torna irreal, pierde su necesidad, su razón de ser, su carácter racional, y el puesto de lo real que agoniza es ocupado por una realidad nueva y viable; pacíficamente si lo viejo es lo bastante razonable para resignarse a morir sin lucha; por la fuerza, si se opone a esta necesidad. De este modo, la tesis de Hegel se torna, por la propia dialéctica hegeliana, en su reverso: todo lo que es real dentro de los dominios de la historia humana, se convierte con el tiempo en irracional; lo es ya, de consiguiente, por su destino, lleva en sí de antemano el germen de lo irracional; y todo lo que es racional en la cabeza del ser humano se halla destinado a ser un día real, por mucho que hoy choque con la aparente realidad existente. La tesis de que todo lo real es racional, se resuelve, siguiendo todas las reglas del método discursivo hegeliano, en esta otra: todo lo que existe merece perecer>>. (F. Engels: “Ludwig Feüerbach y el fin de la filosofía clásica alemana” I. Lo entre paréntesis es nuestro)>>

 

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