2.
PRIMERA CUESTIÓN PLANTEADA
2.3.
Necesidad
y posibilidad abstracta en Aristóteles y en Marx
2.4.
Necesidad
histórica y posibilismo reformista del capitalismo
2.5. Fundamento científico de la necesidad histórica del socialismo
2.5.a.
Premisas y método
2.5.b.
Los
límites objetivos a la inversión en capital constante
2.5.c.
Incidencia
desigual de la fuerza productiva en el desarrollo de los sectores económicos
2.5.d.
Fundamento
de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia
2.5.e.
Ley
y tendencia
2.5.f.
Ley
de la acumulación y jornada colectiva de labor
2.5.g.
Productividad
del trabajo, COC y Tasa de ganancia
2.5.h.
Formación
de la tasa de ganancia media y aumento en la COC
2.5.j.
Verificación
de la tendencia al descenso en la tasa de ganancia.
2.6.
Posibilismo
real del proletariado ante la necesidad histórica del socialismo
2.6.a.
De
la anarquía capitalista de la producción a la planificación socialista
2.6.b.
Centralización
de los capitales y socialización objetiva del trabajo
2.6.c.
¿Qué
es y en qué consiste la socialización objetiva del trabajo?
2.6.d.
La
socialización objetiva del trabajo supone la asignación irracional de los
recursos
2.6.e.
Necesidades
ilimitadas Vs. jerarquía y autolimitación de las necesidades.
2.6.f.
¿Quién
crea las necesidades bajo el capitalismo?
2.6.g.
Libertad
del consumidor Vs. tiranía de la producción capitalista
2.6.h.
Mercado y
planificación respecto de la asignación racional de recursos y del desarrollo
humano.
3.
SEGUNDA CUESTIÓN PLANTEADA
3.1.
Acerca del presunto derrumbe automático del capitalismo
4.
TERCERA CUESTIÓN PLANTEADA
4.1.
La solución al problema subjetivo de hacer posible lo necesario, está
comprendida históricamente en la necesidad objetiva cada vez más evidente y
acuciante de esa posibilidad
4.2. Los asalariados,
clase revolucionaria fundamental. Premisa lógica
4.3.
Los asalariados, clase revolucionaria fundamental. Premisa material
4.4.
Sin Partido Revolucionario no hay probabilidad de hacer posible la
necesidad histórica del socialismo
5.
CUARTA CUESTIÓN PLANTEADA
5.1.
Voluntad de la burguesía y determinación objetiva de la lucha de clases
5.2.
Del mito kantiano de “la paz perpetua” a la realidad
del “complejo militar industrial” y la guerra permanente
CARTA QUE DA ORIGEN AL DOCUMENTO
From: "ana garcia
To: <gpm@nodo50.org>
Sent: Monday, January 13, 2003 3:58
PM
Subject: La necesidad histórica del comunismo en el pensamiento marxista
LA NECESIDAD HISTÓRICA DEL COMUNISMO
Estimados GPM:
Soy una estudiante de filosofía, que descubrió hace unos meses vuestra web.
No he leído la totalidad de vuestros trabajos, pero creo que sí los suficientes
como para tener una idea clara de vuestras posiciones filosóficas y políticas,
que creo que se resumen en la polémica que
mantuvisteis con Rafael Plá y el posterior trabajo titulado "Hegel,
Marx y la dialéctica", así como en el trabajo dedicado al estudio de las
crisis capitalistas.
No soy marxista, aunque soy militante de las juventudes socialistas de España, y por ello estoy interesada en el
estudio del pensamiento socialista.
El motivo de mi e-mail es preguntaros vuestra opinión acerca de lo que siempre
he considerado el punto débil de la filosofía marxista, que es la tesis de la
necesidad histórica del comunismo.
No soy en absoluto una experta en marxismo, pero en la medida de lo que lo
conozco, a mi entender, el marxismo propone la superación del capitalismo y la
instauración del socialismo y luego del comunismo, como un acto político del
proletariado y sus aliados, cuando se da un determinado grado del
desarrollo de las fuerzas productivas, es decir, que la revolución proletaria
es un acontecimiento que requiere del concurso de un factor subjetivo que sería
la organización política del proletariado, y un factor
objetivo que sería un determinado desarrollo de las fuerzas productivas, así
como una situación de crisis que sirviera para que el proletariado ya no
confiase en el capitalismo y por ello luchase para su superación.
Dadas estas suposiciones, que no sé si consideraréis correctas dentro del
marxismo mis preguntas serían:
> 1. Si es imprescindible un acto político revolucionario subjetivo para
instaurar la sociedad socialista y comunista, ¿Cómo se puede afirmar la
necesidad histórica objetiva del comunismo, si éste es sólo puede ser el
resultado de un acto subjetivo?
> 2. En la medida en que comprendo el trabajo sobre las crisis, me parece
que mantenéis que el capitalismo llegará inevitablemente a su derrumbe fruto de
sus contradicciones internas, en el momento en que les sea imposible a los
capitalistas producir mercancías sin obtener plusvalía, pero ¿excluís la
posibilidad de que el capitalismo encuentre siempre mecanismos para sobrevivir?
A ese respecto me parece muy aleccionadora la lección de la crisis financiera
en Argentina, dado que en ese caso, las grandes empresas han salido del
atolladero de la falta de beneficios haciéndoselos pagar a los pequeños
ahorradores, lo que a mi juicio significa que no puede haber una crisis
"definitiva" del capitalismo, que siempre encuentra una salida a la
ausencia de beneficios.
> 3. Deduzco de vuestros razonamientos que suponéis que llegará un momento
en que la situación de crisis será tan agobiante que los asalariados se
verán forzados a organizarse para
derribar el sistema capitalista, pero ¿puede
mantenerse que esto sucederá necesariamente si la organización política
de
> un grupo social es por definición subjetiva, es decir no necesaria?
> 4. Si la respuesta a la anterior pregunta es no: ¿adónde pensáis que el
capitalismo conduce si se abandona a sí mismo? ¿a una nueva guerra mundial,
como he deducido de alguno de vuestros trabajos? ¿no es posible que las
potencias imperialistas puedan llegar a acuerdos que eviten la guerra?
Aunque, como he dicho, no soy marxista,
sí que me interesan, como militante socialista, la historia del pensamiento
socialista, y como estudiante de filosofía, la corriente filosófica que marcó
el siglo XX, por ello espero vuestra respuesta, sea en vuestra página ó en mi
correo
PD. no tengo inconveniente en que publiquéis
mi e-mail
Gracias y saludos
“No hay fuerza más irresistible que la
de una idea cuando le llega su hora”
Víctor Hugo.
Estimada Ana:
Deseamos sepa usted disculpar la demora en responder a su inquietud respecto del concepto de "necesidad histórico-objetiva del comunismo". Somos un grupo muy pequeño de asalariados autodidactas que, además, adolecemos de un acentuado desarrollo teórico desigual entre nosotros, condición que, la verdad sea dicha, no hacemos todo lo que pudiéramos por superar. Desde setiembre del año pasado, esto es, tres meses y doce días antes de que recibir su e-mail, estábamos en la elaboración de un documento como parte del debate que venimos sosteniendo con el "Buró Internacional por la Construcción del Partido Revolucionario" (BIPR), acerca de la situación abierta en Argentina desde el 20 de diciembre de 2001 (a fines de febrero de este año, debimos suspender esa tarea para ponernos a explicar la reciente intervención de la coalición británico-norteamericana en Irak, que acabamos de publicar). Ahora mismo, una vez redactada, estamos en pasar al website la contrarréplica que ya remitimos al BIPR.
“Si es imprescindible un acto político
revolucionario subjetivo para instaurar la sociedad socialista y comunista,
¿Cómo se puede afirmar la necesidad
histórica objetiva del comunismo, si éste es (y) sólo puede ser el resultado de
un acto subjetivo?”
Usted nos pone ante una cuestión que vulnera el principio aristotélico de no-contradicción, en el sentido de que “nada puede ser y no ser simultáneamente” (“Metafísica” III, 2, 996b 30). Por lo tanto, lo que es, es necesario y no tiene posibilidad de ser otra cosa, del mismo modo que, lo que no es, resulta imposible. Esta es una de las nociones más uniformes y sólidamente establecidas en la tradición filosófica predominante. Ahora bien, para Aristóteles, lo que hace que las cosas sean lo que son, es la sustancia. Y esta sustancia, es inmutable, permanece igual a sí misma. Es la esencia necesaria.
Ahora bien, si la esencia es el carácter de las cosas, lo que las distingue a unas de otras, su sustancia, es el demiurgo, el sujeto que hace posible la esencia de las cosas, su necesidad. Aristóteles, contra Platón, inauguró así la lógica ontológica, donde el objeto es al mismo tiempo sujeto, aunque, coincide con el idealismo platónico en que este sujeto es pura actividad del espíritu divino, supraterrenal: SUJETO. Y no podía ser de otra manera, condicionados como estaban ambos por una sociedad atrasada, donde la naturaleza no podía ser dominada más que a través de la imaginación y cuyas relaciones de producción fijaron la idea y el sentimiento de desprecio por toda actividad práctico sensible reservada a los esclavos. “Dios –decía Aristóteles- es la inteligencia de la inteligencia, el pensamiento del pensamiento” (Op. Cit.: XII, 9 1074b 30 ss.). Por lo tanto, la sustancia es lo absoluto e intemporal que permanece eternamente idéntico a sí mismo.
De esta concatenación de pensamientos se desprende que el principio de no-contradicción está originariamente informado por el concepto de identidad de la Sustancia absoluta, u objetividad, con el SUJETO absoluto y por la dualidad platónica entre esta Sustancia absoluta o divina, esto es, el SUJETO por excelencia, y las sustancias objetivadas por él en el mundo humano. Según esta interpretación, lo necesario –y, por tanto, racional, objetivo y verdadero- emana del SUJETO, de la divinidad o Sustancia primera idéntica a sí misma, que no puede ser imposible. Todo lo demás, producto de la pura subjetividad humana, no puede ser racional-necesario ni objetivo, sino contingente y aparente.
Kant, con su absoluta oposición e irreductibilidad de la sustancia absoluta –a la que denominó “noumeno”- respecto de los productos de la razón humana o “fenómenos”, restauró la dualidad platónica en la relación profana sujeto-objeto, de modo que, si la subjetividad no puede crear más que apariencias o fenómenos, no puede ser necesaria, ni real, ni, por tanto, verdadera. Y en estas estamos.
Fue Hegel quien intentó superar esta dualidad del pensamiento entre lo divino y lo humano, entre la objetividad divina sustancial y la subjetividad humana insustancial. En la “Enciclopedia” § 115, decía que este principio de “no-contradicción” vale para la lógica del entendimiento de las cosas estáticas, abstraídas de su movimiento y, por tanto de su temporalidad. De ahí que, le opusiera la lógica de la “razón especulativa”, según la cual, “toda cosa se contradice en sí misma”. Está lógica sería el principio activo de todo movimiento y de toda vida, el fundamento de la lógica dialéctica. Pero por ser producto de una actividad del pensamiento que no tuvo por objeto la realidad, sino las distintas interpretaciones de la realidad que antes de él habían sido, la lógica dialéctica hegeliana fue una dialéctica especulativa, reflejo de reflejos que no pudo emanciparse del principio de la identidad de la sustancia divina de Aristóteles.
La única diferencia está en que Aristóteles parte de un SUJETO ya constituido en la esfera supranatural y suprahistórica, mientras que, para Hegel, ese SUJETO es una constitución histórica. Hegel historiza la sustancia divina, la vuelve inmanente al desarrollo del pensamiento y de la realidad mundana. Para eso la ha debido concebir como una unidad contradictoria, deduciendo que la más originaria es la contradicción entre el ser genérico, universal o indeterminado, lo que simplemente ES, sin ser algo concreto, y la pura nada, relación que contiene la fuerza de la cual surge lógicamente el devenir, el movimiento de esa sustancia contenida en aquella contradicción, la más originaria. El “Big Bang” de Hegel es, pues, el momento del estallido del pensamiento sustancial indeterminado que, pugnando históricamente por determinarse acaba por romper el huevo de su unidad con la nada para ir progresando en sucesivas determinaciones discontinuas, primero como “ser ahí” –el de la etapa de la recolección- que no tiene aun puesta su esencia (el pensamiento en Hegel; trabajo en Marx); luego deviene dialécticamente como “ser en sí”, que tiene puesta su esencia pero aun no puede reconocerse en ella; más tarde como primera forma del “ser para sí”, que alcanza el reconocimiento de su esencia, pero como un reflejo en otro esencialmente afín, igual o equivalente a él; finalmente, de esta relación esencial, surge el “concepto”, que es el ser del pensamiento que ya no es según otro, que no se reconoce o refleja en otro de su misma esencia, que no necesita de nadie para ser sí mismo, porque ha pasado a ser autónomo, autosuficiente, a determinarse objetivamente por sí mismo, deviniendo ya totalidad de sujeto-objeto, sustancia consciente de lo que es y hace: ser y representación.
<<El concepto es lo libre, en tanto poder sustancial que-está-siendo-para él mismo, y es totalidad
en la que cada uno de los
momentos es el todo (sujeto y
predicado; ser y representación del ser por el pensamiento) que el
concepto es y [cada momento] (del pensar) está puesto como inseparada unidad con él (ser); de este modo, el concepto es, en su identidad consigo, lo
autodeterminado>> G.W.F. Hegel: “Enciclopedia”
§ 160. Lo entre paréntesis es
nuestro)
En el concepto, pues, el sujeto, la subjetividad, el pensamiento, el trabajo, está en relación biunívoca de sustancia con su objeto, con su objetividad (según Hegel), con la realidad (según Marx). En esta relación conceptual, no hay ya contradicción sino identidad de contenidos. De lo contrario, no podría haber autoconciencia de nada y el ser humano regresaría a la condición de “ser ahí” natural en que permanece el resto de los seres no humanos. Tal es la génesis y el fundamento de la ciencia.
Esta secuencia dialéctica resumidamente expuesta aquí, nos indica que, cuando cualquier ser tiene puesta su esencia necesaria, ya tiene la posibilidad de autodeterminarse según ella; pero, mientras no se den las condiciones necesarias para ello, ésta será una posibilidad meramente abstracta; cuando estas condiciones se hacen presentes, la posibilidad abstracta se convierte en posibilidad real, antesala de su autodeterminación necesaria que convierte a ese ser en una realidad efectiva autoconsciente.
El oro amonedado es, evidentemente, la autodeterminación universal del valor, el valor que se expresa por su sustancia materializada en el oro. La cosa que, en sí y por sí, es valor. Pero desde que el ser del oro permaneció soterrado, hasta que el trabajo socialmente necesario le puso su esencia social por primera vez; y desde ese momento hasta que asumió la representación universal del valor de ultima instancia, han pasado más de dos mil años. Sin embargo, hubo de pasar mucho tiempo como ser en sí, como simple valor de uso para quienes lo extrajeron por primera vez y empezaron a manufacturar, no importa como, donde ni cuando. Pero desde esas operaciones más originarias, el ser del trabajo sobre el oro ya confirió a este metal la posibilidad de llegar a ser la autodeterminación concreta y universal de la sustancia social: el trabajo enajenado, contenida en todas las mercancías. Esto ocurrió cuando ese universo de mercancías delegó en la sustancia natural del oro, la representación de la sustancia social: el tiempo de trabajo, contenida en todas las demás mercancías.
Esa posibilidad abstracta se convirtió en real, cuando se dieron las condiciones objetivas para ello, esto es, cuando el desarrollo de las fuerzas productivas dejó atrás la economía de subsistencia y generalizó los intercambios internacionales, eligiendo al oro para esa representación o signo universal del valor, precisamente por ser el metal incorruptible y de relativamente poco peso específico, capaz de contener la más grande magnitud de valor (de trabajo social incorporado) en la menor masa de materia. Se disipa así, dialécticamente, la aparente contradicción eleática entre lo subjetivo y lo objetivo que sugiere el principio aristotélico de “no-contradicción” entre el ser y el no ser en la sociedad de clases, que es motivo de su preocupación.
Lo que pasa es que, esta inquietud suya, obliga a meditar y juzgar no sólo sobre un solo concepto: el de necesidad -intrínseco al de verdad, dado que es axiomático que lo objetivamente necesario sea verdadero- sino sobre dos en relación: el de necesidad y el de posibilidad, que, a su vez remite a la relación entre realidad aparente y realidad esencial. Esto se explica porque no se trata de conceptos relativos a la naturaleza, -donde todo lo que es, ocurre por ciega necesidad, es verdadero y resulta inmediatamente posible- sino de conceptos relativos a la sociedad. Y aquí, está claro que lo no necesario, lo falso, también tiene posibilidad de ser, de adquirir patente de verdad. Esto ha sido así desde el mismo momento en que el advenimiento de la propiedad privada esclavista coincidió con la familia monogámica, las clases sociales y el Estado, dando pábulo a los sofistas, mercenarios del lenguaje dedicados a presentar lo falso como verdadero. En la sociedad capitalista, la sofistería reside en los parlamentos y en la retórica de los políticos institucionalizados. Como en tiempos de la Grecia clásica, el fetichismo de la mercancía determina la posibilidad real de que los vendedores consigan el falso extremo de que las cosas no “valgan” tanto por lo que son, como por lo que los potenciales clientes crean que son. Y a fuerza de hacer que lo verosímil reemplace a lo verdadero, el culto a la “imagen” -principio activo que hace a la industria auxiliar de la publicidad- se apodera de todas las relaciones sociales derivadas de las fundamentales entre patronos y obreros, incluidas las relaciones de poder entre los candidatos de distintos colores políticos en disputa por el voto de los electores, convertidos así en ocasionales clientes que alternan la venta de su voluntad política a cambio de las renovadas ilusiones de unos u otros.
Marx hablaba de esta posibilidad real y existencia de lo falso o no necesario, a propósito de la práctica teórica:
<<En el dominio de la economía política, la investigación científica libre no sólo enfrenta al mismo enemigo que en los demás campos[1]. La naturaleza peculiar de su objeto convoca a la lid contra ella a las más violentas, mezquinas y aborrecibles pasiones del corazón humano: las furias del interés privado.>> (K.Marx: “El Capital” Prólogo a la primera edición alemana.)
El
origen de la cultura del trabajo coincidió con la cooperación como
relación social de producción basada en la propiedad colectiva de los medios de
producción, que configuró la etapa histórica del "comunismo
primitivo". En este período, la producción estaba directamente determinada
por las necesidades colectivas, y entre el acto esencial de la creación y lo
creado no había ninguna mediación social y, por tanto, ninguna ruptura
epistemológica. Para captar la esencia de las cosas, quienes vivieron durante
aquella etapa histórica no tuvieron necesidad de pasar por los vericuetos de la
metafísica tradicional ni por la dialéctica hegeliana; para aquellas gentes, la
contradicción dialéctica entre el ser "puesto" que "parece"
y al mismo tiempo se oculta y "brilla" en el "parecer"
carecía por completo de sentido, porque la esencia o razón de ser puesta por el
trabajo social en cada ser producido, era directa e inmediatamente percibida
como una unidad de concepto y sustancia que Hegel atribuye a la Idea. Esto era
así porque los distintos actos de la producción colectiva eran actividades directa
y conscientemente decididas por quienes las ejecutaban:
<<Los
diversos trabajos en que son generados esos productos -cultivar la tierra,
criar ganado, hilar, tejer, confeccionar prendas- en su forma natural son
funciones sociales, ya que son funciones de la familia y ésta practica su
propia división natural del trabajo (...) Pero aquí el gasto de fuerzas
individuales de trabajo, medido por la duración, se pone de manifiesto desde un
primer momento como determinación social de los trabajos mismos, puesto que las
fuerzas individuales del trabajo sólo actúan, desde su origen, como órganos de
la fuerza de trabajo colectivo de la familia.>> (K.Marx: "El Capital" Libro I Cap. I
punto 4)
La tarea del pensamiento tendente a superar la
determinación de la sensibilidad mediante la determinación abstracta de la
esencia "puesta" al interior del "ser inmediatamente
determinado", como tránsito hacia la determinación del concepto, se
presentó a la conciencia universal como problemática filosófica, cuando el
desarrollo de la fuerza productiva del trabajo social pudo crear excedentes de
magnitud suficiente para dejar sin sentido social a la economía de
subsistencia, dando pábulo a la propiedad privada, a las clases sociales y al
Estado. Pero en este momento, el trabajo social, la esencia social de las
cosas, pasó a adoptar cada vez más el carácter de trabajo enajenado. Mal podía,
por tanto, expresarse por sí mismo, alcanzar la categoría hegeliana del
concepto, como relación de identidad entre el pensamiento y el ser, reflejo de
la relación entre el trabajo y su producto.
Y es que la determinación histórica inmediata de la
propiedad privada fue la mercancía y el mercado; como consecuencia de la
generalización del comercio, la relación de identidad conceptual entre
producción y consumo típica de las sociedades primitivas autosuficientes, dejó
de ser inmediata y directa para pasar a ser mediada por el
mercado o esfera de la circulación. El mercado hizo que los distintos trabajos
de cultivar, hilar, tejer, etc. dejaran de ser actos directamente
decididos en cuanto a quienes los ejecutan, cómo y por cuanto tiempo según las
necesidades colectivas. La economía del tiempo de trabajo dejó de ser algo
consciente para los productores directos expropiados de las condiciones
objetivas de su trabajo.
La propiedad privada y su consecuencia inmediata, el
mercado, desestructuraron aquella relación social originaria, directa y
consciente entre los distintos productores comunitarios. Al pasar a mediar o intermediar
la relación social entre los productores y entre producción y consumo, la
mercancía determinó que los distintos trabajos dejen de ser directa e inmediatamente sociales en
tanto quienes los ejecutan quedan convertidos en agentes de la producción independientes
los unos de los otros, solamente relacionados entre sí a través del intercambio
de sus productos en el mercado. De este modo: 1) quiénes producen, 2) qué tipo
o clase de bienes, 3) durante cuanto tiempo, 4) cómo y 5) qué cantidad, es una
realidad que pasa a ser determinada no por los productores directos sino por el
mercado, a través del intercambio o la confrontación de sus productos, donde
las relaciones sociales entre las personas se cosifican y las cosas se
relacionan como personas...
¿Por qué pasa esto? Porque “quienes”
deciden sobre el curso de la sociedad de clases no son los productores
directos; ni siquiera quienes “mandan” sobre el trabajo colectivo, sino las
cosas que ellos fabrican u ordenan fabricar. En la sociedad de clases, el
mercado determina que sean las cosas las que pasan a relacionarse como
personas. No es el sujeto propietario el que lleva su mercancía al mercado,
sino que la mercancía es la que le lleva a él. El sujeto –sea amo o esclavo,
señor o siervo, capitalista o asalariado- ya no tiene voluntad propia. Ahí son
las mercancías las que se relacionan como personas, y las personas como cosas;
hay una inversión total del mundo real. Pero es una inversión real, no es una
locura psicológica sino social, no es una enajenación mental sino real. La
locura individual de índole psicológica, es un subproducto necesario de la
enajenación real social generalizada. Hasta tal punto de que la realidad social
y hasta física de los propietarios del producto, depende de que su mercancía se
realice, esto es se venda, adquiera reconocimiento social en el mercado:
<<En
otras palabras: de hecho, los trabajos privados no alcanzan realidad
como partes del trabajo social en su conjunto, sino por medio de las relaciones
que el intercambio establece entre los productos del trabajo y, a través de los
mismos, entre los productores. A éstos, por ende, las relaciones sociales entre
sus trabajos privados se les ponen de
manifiesto como lo que son, vale decir, no como relaciones directamente
sociales trabadas entre las personas mismas, en sus trabajos, sino por
el contrario, como relaciones propias de
cosas entre las personas y relaciones
sociales entre cosas>> (Ibíd.
Lo subrayado es nuestro)
Si los productos del trabajo no son reales -o, para
decirlo en términos hegelianos- no son "realidades efectivas"-
desde el momento mismo de su producción, sino que adquieren realidad recién
cuando se "exponen" en el mercado, su valor, esencia o razón de
ser ("se vende: razón aquí") tampoco puede surgir directamente
del carácter cualitativo, concreto y útil del trabajo social ni de la
correspondiente materia igualmente cualitativa de su producto. Tal como en el
ser inmediato de la lógica idealista, la razón o valor económico de un producto
del trabajo, está completamente ausente en la cualidad de su ser útil a la
sociedad. Por lo que sirve, por su valor de uso, no se puede inferir lo que vale;
es decir, no se puede determinar su esencia social; del mismo modo que, lo que
vale, no encierra un solo átomo de utilidad, de valor de uso; por lo que vale
un producto del trabajo no se infiere la cualidad de su ser útil inmediato. La
inmediatez de la sensibilidad y la esencia son dos seres distintos.
Desde el punto de vista mercantil, pues, en la materia
o cualidad de la mercancía no hay ni pizca de esencia social o valor económico;
el valor de uso sólo funge como soporte material de su valor de cambio o
"esencia" social. Es el ser inmediato de la etapa premercantil, que
la mercancía ha superado pero todavía conserva aun cuando ya como inesencial;
por su parte, el valor o "valor de cambio" es lo esencial de
la mercancía; es valor en tanto tiempo de trabajo abstracto, que
no contiene ni un sólo átomo de materia ni de utilidad social. En este sentido,
lo esencial: el valor y lo inesencial: el valor de uso
de la mercancía, son dos seres existentes extrínsecos al interior de una misma
unidad mercantil. El reflejo en el pensamiento abstracto de esta relación
social enajenada, se traduce en este discurso filosófico:
<<...el
ser en contraposición con la esencia, es lo inesencial. Frente a la esencia tiene la determinación de lo
superado. Sin embargo, por cuanto se comporta, frente a la esencia, sólo como
un otro en general, la esencia no es propiamente esencia, sino sólo otra
existencia determinada, es decir, lo esencial (...) De este modo la esfera de la
existencia se halla puesta como base ("soporte material" del
valor: Marx).....>> (G.W.F. Hegel: "Ciencia de la lógica" Libro II Cap. 1. Lo entre paréntesis es
nuestro) Cfr: http://www.nodo50.org/gpm/1dialéctica8.htm
Necesidad y posibilidad abstracta en Aristóteles y en Marx
Aristóteles distinguía entre dos definiciones de lo posible. La definición negativa y la definición positiva. Lo posible es de naturaleza lógica negativa cuando se refiere a lo necesariamente falso o innecesario. Lo posible es de naturaleza lógica positiva, cuando se refiere a lo necesariamente verdadero o necesario. Cuando lo posible se funda en una necesidad, se convierte en potencial, virtual o abstracto.
Dentro de la definición de “naturaleza lógica positiva”, Aristóteles formuló dos teoremas fundamentales propios de esta noción de lo posible: 1) la reducción de lo posible a lo no imposible y 2) la determinación de lo posible por lo necesario, en el sentido de que lo necesario debe ser lógicamente posible. Aristóteles presentó estos dos teoremas en “De Interpretatione”:
<<Lo necesario debe ser
posible, porque, si no fuese posible, sería imposible, lo que resulta
contradictorio>> (Op. Cit.
13, 22b 28 ss.)
Y en “Metafísica” Aristóteles volvió sobre este mismo teorema de reducir lo posible a lo imposible en la siguiente forma:
<<No puede ser cierto que algo es posible pero no será, ya que en tal caso no existirían imposibilidades>> (Op.cit:
Como decíamos antes, en el orden natural, lo posible, está subsumido en lo necesario. Dicho de otro, modo: lo necesario es objetivamente posible por sí mismo, sin mediación de ninguna subjetividad. La necesidad de que los cuerpos graviten unos sobre otros según su masa respectiva, se hace inmediatamente posible. ¿Qué posibilidad tiene un cerdo o un burgués de hacer algo que no sea lo mismo y objetivamente necesario a su esencia como especie consumada? Ninguna. El cerdo hace inmediatamente posible la finalidad de su vida comiendo todo lo que le dan o pilla por ahí, mientras el burgués, hace inmediatamente posible el hecho consustancial a su clase, de engordar socialmente metabolizando trabajo ajeno. La única diferencia entre un cerdo y cualquier burgués, radica en que, a su necesidad objetiva de ser necesariamente como es, la burguesía le da un carácter jurídico: el derecho natural, que pretende consagrarla como universal y eterna (en el que se comprenden los llamados "DD.HH."), y un carácter político: el Estado "democrático" de derecho”.
Según este razonamiento, los burgueses, como los cerdos, no tienen posibilidad alguna de ser más que lo que han llegado a ser por necesidad "histórico-natural", con cuyo proceso vital -según la ley anunciada por Hegel, de que "todo lo que nace merece perecer"- acaba la prehistoria de la humanidad, donde el trabajo, como categoría social-natural, sujeto a necesidades (el proletariado a las comprendidas en su salario histórico, la burguesía a las de la acumulación bajo la forma de valor-capital) es superado por el trabajo social libre.
La relación esencial entre necesidad y posibilidad, pues, deviene así un problema que sólo tenemos los seres humanos objetivamente condicionados y, al mismo tiempo, potencialmente libres, lo cual incluye la posibilidad real de llegar a serlo. Y toda potencialidad objetiva e históricamente condicionada -como la del trabajo por esa cosa-fetiche llamada capital- encierra necesariamente una contradicción, en este caso, entre la necesidad histórica presente o actual de la especie humana -condicionada por el capital (incluidos los burgueses)- y la posibilidad -aun abstracta[2]- de realizarse como tal especie objetivamente incondicionada. Y los únicos seres humanos singulares cuya esencia contiene la potencialidad de hacer realmente posible lo necesario a la especie humana universal, somos los asalariados, el componente humano de las fuerzas sociales productivas.
Lo dicho hasta aquí no es un presupuesto filosófico, sino el corolario de una investigación científica, cual es, el de que la potencialidad humana de los asalariados para cumplir la tarea de emancipar a la humanidad de sus condicionamientos histórico-naturales, está en la contradicción entre la tendencia hacia la incondicionalidad histórico-objetiva de las fuerzas sociales productivas, y sus propios condicionamientos históricos, el último de los cuales es el capitalismo[3]. De este modo, así, como el arado de hierro, el alfabeto y la moneda, superaron el condicionamiento de la sociedad esclavista, la generalización de la energía hidráulica, la imprenta y la brújula, trascendieron los condicionamientos de la sociedad feudal hacia el capitalismo; del mismo modo, la tendencia irresistible de las fuerzas productivas a la generalización de la robótica, la revolución en las telecomunicaciones y la biotecnología, ya han dejado el condicionamiento capitalista del trabajo sin razón de ser. En sentido hegeliano, el capitalismo, de “realidad efectiva”, ha pasado a ser, una “realidad actual”, un simple existente, porque, al perder su razón de ser, ya no depende de sí mismo, sino de lo que el proletariado esté dispuesto a hacer con él, de su tardanza en tomar conciencia de la necesidad de trascenderle históricamente hacia el socialismo. De ahí que este sistema de vida sólo subsista; al haber perdido toda racionalidad histórica, ha dejado de ser por sí mismo, ya no es una “realidad efectiva” pasando a ser algo innecesario, contingente, que puede seguir sobreviviéndose a sí mismo o dejar de ser y existir en cualquier momento. Esta es la posibilidad de lo necesario vista desde el polo conservador de la relación dialéctica, es decir, desde la perspectiva del capitalismo: Cfr.: http://www.nodo50.org/gpm/1dialectica91.htm. El curso de esa investigación científica ha sido descrito por Marx en el momento en que se aprestaba a realizar su exposición:
<<En Bruselas, a donde me trasladé en virtud de una orden de destierro dictada por el señor Guizot [ministro del interior francés], hube de proseguir mis estudios de economía política, comenzados en París. El resultado general a que llegué y que, una vez obtenido, sirvió de hilo conductor a mis estudios, puede reducirse así: en la producción social de su existencia [correspondiente a un determinado estadio en el desarrollo de las fuerzas sociales productivas], los seres humanos contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad,[4] relaciones de producción que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones forma la estructura económica de la sociedad, la base real, sobre la que se eleva un edificio jurídico y político y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material determina (bendingen) el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del ser humano la que determina su ser, sino, por el contrario, es el ser social [de su época] el que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad, chocan con las relaciones de producción existentes, o -lo que no es más que la expresión jurídica de esto- con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas [el capitalismo hasta su etapa imperialista], estas relaciones se convierten en trabas suyas. Se abre así una época de revolución social. (...)>> (K.Marx: “Contribución a la crítica de la economía política”. Prólogo. Enero de 1859. Lo entre corchetes es nuestro)
La necesidad de esta revolución social, pues, viene determinada por el “choque” entre las fuerzas productivas de la sociedad que pugnan por desarrollarse, y las relaciones de producción capitalistas dominantes que constituyen una traba a ese desarrollo. La evidencia más sangrante de esta traba al desarrollo de las fuerzas productivas dentro del capitalismo, es el paro estructural masivo, contrapartida social de la ingente masa de capital sobrante[5] o improductivo en manos de las fracciones burguesas más poderosas, en pugna hoy día con el empleado por las fracciones nacionales medias. La tendencia histórica del gran capital va en el sentido de apoderarse de los capitales medios residuales para darles empleo productivo (de producción de plusvalor)[6] en condiciones técnicas de mayor desarrollo relativo.
Necesidad histórica y posibilismo reformista del capitalismo
Esto explica la invasión en Santo Domingo (1963) y los golpes de Estado en Brasil (1964), en Indonesia (1965), en Chile (1973), en Argentina (1976), en Bolivia (1981), así como la desintegración política por medios bélicos (léase guerra fría) de la ex URSS y sus satélites en Europa del Este (1989/91), seguida, mas recientemente, de la intervención armada y desintegración política de la antigua Yugoslavia, y ahora de Irak. Todo ello dentro de la tendencia universal a las privatizaciones de las empresas estatales en países con “modelos” de acumulación preconizados por la IIª Internacional, que hizo suyos el stalinismo desde los años 30 del siglo pasado, y que florecieron en el occidente capitalista durante la onda larga expansiva del capitalismo, desde la segunda post guerra mundial hasta 1971.
Durante todo este período, esa corriente política de la pequeñoburguesía en el movimiento obrero, fue la que preparó a un ejército de teóricos y expertos económicos formados en las universidades del sistema, que, montados sobre una tasa de ganancia al alza sostenida, y al influjo de la “Teoría general... de Keynes”, se empeñaron a fondo en la tarea de desacreditar las investigaciones y los resultados científicos de Marx. Estos apologetas del “capitalismo con rostro humano” le objetaban haber basado sus estudios en el capitalismo liberal del siglo XIX, cuando parecía que la tesis de la anarquía capitalista centralizadora del capital presidida por la ciega ley del valor -que Marx entendió de ineluctable cumplimiento- había sido definitivamente superada por los logros del “Estado capitalista empresario del bienestar”, con sus políticas económicas “redistributivas” y sus “empresas mixtas”, cuyos paradigmas en Alemania, Francia y Suecia, fueron el caballo de batalla de formaciones políticas “comunistas” y socialdemócratas en el mundo entero, con experiencias de gobierno en numerosos países del llamado “tercer mundo”, como Egipto, Indonesia, Argelia, Libia, Irak, Siria, Yemen, Angola, Méjico, Argentina, Chile, Perú, Bolivia, Paraguay, etc., las últimas en Guatemala y El Salvador, simultáneas al recrudecimiento de la guerrilla colombiana intentando reincidir en el mismo sentido.
En realidad, la presunta “iustitia distributiva” dentro del capitalismo consagrada por los reformistas, no fue un “milagro” de la política económica implementada por los Estados empresarios, sino producto de la necesidad histórica del capitalismo presidida por la ley de la acumulación, en condiciones de aumento más que proporcional de la demanda de trabajo respecto de los medios de producción (Maquinaria, edificios, materias primas y auxiliares) empleados durante la reconstrucción europea y Japón, en el contexto de la conversión a la economía de paz de la economía de guerra. Estas condiciones del licenciamiento de los soldados y su reincorporación al trabajo con un acervo de capital constante y variable[7] esquilmados por los destrozos de la guerra, están comprendidas en el supuesto que Marx desarrolla en el punto 1, capítulo XXIII, Libro I de “El Capital”: “Demanda creciente de fuerza de trabajo, con la acumulación, manteniéndose igual la composición orgánica del capital”:
<<Bajo las condiciones de
la acumulación supuestas hasta aquí –las más favorables a los obreros-, su relación de dependencia con respecto al capital reviste formas
tolerables, o, como dice Eden, “aliviadas y liberales”. En vez de volverse más
intensa a medida que se acrecienta el capital, esa relación de dependencia sólo
aumenta en extensión; es decir, la esfera de explotación y dominación del
capital se limita a expandirse junto a las dimensiones de éste y el número de sus súbditos. Del propio plusproducto creciente de éstos, crecientemente
transformado en pluscapital (acumulado y reinvertido), fluye hacia ellos una parte mayor bajo la forma de medios de pago (salarios), de manera que pueden ampliar el círculo
de sus disfrutes, dotar mejor su fondo de consumo, de vestimenta, mobiliario,
etc. y formar un pequeño fondo de reserva en dinero. (...) El aumento en el
precio del trabajo, debido a la acumulación del capital (en semejantes
condiciones), solo denota, en realidad,
que el volumen y el peso de las cadenas de oro que el asalariado se ha forjado
ya para sí mismo, permiten tenerlas menos tirantes.>> (Op. Cit.)
Cosas como ésta no son motivo de preocupación para los “socialistas democráticos” europeos. Sería como hablar de la soga en casa del ahorcado. Si usted se va a la calle Ferráz donde se levanta el edificio de ese partido, y rasca un poco en su fachada, verá que sale sangre. Es la de los “mártires” de la guerra civil y los muertos de la Segunda Guerra Mundial. La socialdemocracia europea rompió las líneas políticas conservadoras para acceder a los respectivos gobiernos en sus países después de la guerra, como los alemanes rompieron la “Línea Maginot” para ocupar Francia durante la guerra: pasando por encima de los cadáveres que cubrían esas líneas. Esta es la verdad histórica. Esta es la verdad histórica sobre la génesis de los “Estados del bienestar”.
Pero una vez reiniciado el proceso de acumulación, con el paulatino aumento de la masa de capital en funciones, al que, por efecto de la competencia se le fueron incorporando los adelantos tecnológicos aplicados a los armamentos, el consecuente aumento en la composición orgánica del capital fue acercando el horizonte de una nueva crisis de superproducción absoluta de capital, que se puso de manifiesto en 1971, inmediatamente después de la inconvertibilidad del dólar. Ante la acelerada disminución del plusvalor global producido respecto del creciente capital invertido (como resultado de la cada vez más alta composición orgánica del capital en funciones, determinada por la fuerza productiva del trabajo aplicada sobre medios de producción más eficaces y costosos), la disminución en el aumento de la oferta en el mercado de medios de producción (máquinas, edificios, materias primas y auxiliares) determinó mecánicamente la disminución relativa de la demanda de salarios en el mercado de trabajo, que comenzó a crecer menos que el aumento del capital constante y de la población asalariada; así la creciente formación de un capital ocioso, fue la contrapartida del ejército laboral de reserva, ahora bajo la forma inaudita o inédita de paro estructural masivo.
Esta evidencia empírica no hizo más que poner a cada cual en su sito, demostrando que el posibilismo estatal reformista, presentado como un determinismo histórico hegeliano del Estado sobre la sociedad civil y de la política económica sobre la economía política, no fue más que un relativismo histórico transitorio comprendido en el desarrollo espasmódico periódicamente interrumpido de la acumulación, bajo el principio activo del capitalismo –consistente en apoderarse de la mayor cantidad posible de trabajo necesario, para convertirlo en excedente- que dio pleno sentido científico a la “ley general de la acumulación capitalista” que Marx enunció y demostró en “El Capital”. (Ver: Libro I Cap. XXIII). Insistimos, el posibilismo reformista desde los años 50 se inscribe en la barbarie de la Segunda Guerra mundial, comprendida en la necesidad histórica objetiva del capital, dadas las condiciones particulares de la post guerra. No fue un producto de la política económica de los reformistas, sino de la economía política del capitalismo.
Así, mientras los socialdemócratas tipo PSOE lastraban definitivamente el marxismo y toda política revolucionaria, a la vista de un sistema de vida que parecía colmar para siempre los sueños económicos de obreros y patronos, mientras ellos cabalgaban alegremente por la superficie de la sociedad a la grupa del Estado burgués, la Ley general de la acumulación capitalista “trabajaba” en el subsuelo de la sociedad para alumbrar la necesidad histórica de la centralización y unidad internacional de los capitales anunciada por Lenin en 1914. Esta es la diferencia entre el “socialismo democrático” y el socialismo revolucionario, entre la política como arte de lo posible y como arte de hacer posible lo objetivamente necesario.
De ahí que, hechos -por su pragmatismo- al curso de lo necesario, se encargaron de cogestionar todas las consecuencias de la nueva realidad: paro masivo permanente con tendencia secular al crecimiento incesante y aumento criminal en los ritmos de trabajo, con sus secuelas de estrés asociado al aumento espectacular de los accidentes de trabajo y a la sociología de las drogas como válvula de escape hacia la muerte prematura de buena parte de la juventud, previamente condenada a la destrucción de su voluntad y de su inteligencia, además de exponerles a pasar simultáneamente por el infierno de enfermedades como la cirrosis, el delirium tremens, la arteriosclerosis, diversos tipos de cáncer, SIDA y accidentes de tránsito, entre otras noxas sociales determinadas por la exigencia de que los empleados suplan el lucro cesante de los que han sido arrojados al paro, trabajando más horas, con mayor celeridad y por el más bajo salario que sea posible. Para hacer artísticamente posible esta realidad de “progreso” saltando sobre el límite de la capacidad física y mental de los explotados, fueron “necesarias” sucesivas reformas laborales que los “socialistas democráticos” se encargaron de legislar y cogestionar en todo el mundo. ¿Se ha preguntado usted de qué naturaleza es la “necesidad” histórica de esta realidad y qué razón asiste a nadie para contribuir a que sea posible? No descartamos la probabilidad de, que, haciéndose esta pregunta, haya llegado usted a gente como nosotros. En estos tiempos y viniendo de donde viene, si fuera producto de una inquietud genuina, esta iniciativa suya sería casi un milagro y una honra para su persona.
Fundamento científico de la necesidad histórica del socialismo
Como usted habrá podido observar en: http://www.nodo50org/1crisis1.htm nuestra exposición sobre “La teoría marxista de las crisis capitalistas”, se basa en la “Ley de la tendencia decreciente de la tasa media general de ganancia.” A continuación, abundamos sobre los fundamentos de esa teoría y algunas observaciones empíricas actuales que la confirman, repitiéndonos en lo que ya hemos elaborado y publicado en una conversación con el compañero Alberto en torno a la misma problemática. Cfr.: http://nodo50org/gpm/1ff_pp_tasa_ganancia.htm
a) Premisas y método
Sobre el tema que nos plantea, empezamos por decir que nosotros partimos de la premisa real en cuanto a que la magnitud de plusvalor no puede exceder la extensión de la jornada laboral media. En tal sentido tomamos el ejemplo que Marx expuso en el capítulo XV del libro III apdº 2 de "El Capital", respecto de que, aun cuando pudiera trabajar las 24 horas del día sin hacer otra cosa, un obrero no produciría en ese tiempo límite absoluto más plusvalor que 12 compañeros suyos trabajando sólo dos horas. Marx presentó este ejemplo para ilustrar que la tasa de plusvalía tiene unos límites físicos infranqueables, puesto que la jornada de trabajo individual no puede extenderse más allá de las 24 horas. En realidad, no puede ir más allá del tiempo en que el obrero medio sea capaz de desplegar su fuerza física y mental sin merma ni menoscabo para lo que produce, teniendo en cuenta el grado de intensidad en el esfuerzo al que se le somete.
Otra premisa de la que es preciso partir, se refiere a que el salario está en relación inversamente proporcional a la ganancia, es decir, que al aumentar uno disminuye la otra y viceversa, y que el límite mínimo que el capitalista debe invertir en salarios, está determinado por el mínimo histórico que el obrero necesita para la reproducción de su fuerza de trabajo en condiciones de uso para un rendimiento óptimo (necesidades que varían en cada momento y lugar). El límite máximo está también objetivamente determinado, ya que todo aumento del salario sólo es posible en tanto no disminuya la masa de plusvalor que haga descender la tasa de ganancia hasta un punto en que el capitalista entre en perdidas e inicie el proceso de desinversión. Teniendo en cuenta estos elementos, comprobaremos que la jornada de trabajo, el valor de la fuerza de trabajo y la ganancia, fluctúan dentro de unos márgenes estrictamente acotados. Si nos salimos de ellos, en cualquier supuesto con visos de realidad, estaremos violando las leyes del propio capital y los resultados a que lleguemos serán engañosos y totalmente faltos de veracidad científica.
En "El Capital", Marx utilizó el método explicativo de las aproximaciones sucesivas, partiendo de la categoría más simple –la mercancía- para ir haciendo posible la comprensión de las categorías más complejas en el conjunto del sistema capitalista en funcionamiento, de ahí que, cuando explica la ley de la tasa de ganancia y su tendencia decreciente -incluidos los dos capítulos que hablan de las causas que contrarrestan la ley y el desarrollo de sus contradicciones- no se pueda dar el tema por zanjado, ya que a continuación de esos capítulos sigue incorporando conceptos, como la ganancia comercial, el crédito, la renta territorial etc, como si fueran piezas de un puzzle que van aproximando y verificando los conceptos más simples, como el de "valor de uso", "valor de cambio", "valor", "dinero", "división del trabajo", etc., en la medida en que se las va encajando hasta conformar la idea de totalidad.
Ahora bien, para determinar el carácter científico de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, es necesario considerar cuestiones fundamentales como las siguientes:
b) Los límites objetivos a
la inversión en capital constante
Por supuesto que toda nueva inversión en una mejora tecnológica tendrá por condición la garantía de un rédito proporcionalmente mayor a la inversión realizada. Pero, juntamente con eso, cada capitalista debe decidir no sólo en función de sus posibilidades reales de inversión, es decir, si la acumulación se lo permite, sino según el carácter específico de cada proceso de producción. Así como sucede con el salario y el plusvalor, la tasa de acumulación también está férreamente determinada. En tal sentido, cada capitalista sólo incrementará su inversión en trabajo muerto [Capital constante (Cc)], cuando el monto de esa inversión sea inferior, no ya al valor del trabajo vivo que va a desplazar o reemplazar [representado en la suma de Capital variable (Cv) + Plusvalor (P) = producto de valor contenido en la jornada de labor entera], sino al valor de la fuerza de trabajo contenido en la parte de la jornada de labor en que lo gasta y reproduce, representado en el Capital variable (Cv), es decir, a los salarios, independientemente del valor añadido o mayor cantidad de productos a obtener con el nuevo proceso de trabajo más productivo[8].
Decíamos que para introducir una mejora técnica, al mismo tiempo que considera los aspectos que acabamos de mencionar, cada capitalista relativiza esas potencialidades productivas a las características técnicas del proceso de producción según las determinaciones del mercado. No es lo mismo producir rosquillas que relojes de oro, y la capacidad de un productor medio es de magnitud inferior a la de un oligopolio. Todo esto entra a la hora de hacer concordar el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo con la composición orgánica del capital social global en cada momento preciso del proceso de acumulación. Para correlacionar estas dos categorías fundamentales no se puede simplemente suponer según el "sentido común".
c) Incidencia desigual de la
fuerza productiva en el desarrollo de los sectores económicos
Otra cuestión de importancia no menor. El aumento de la productividad del trabajo afecta más al sector I productor de las máquinas-herramientas, que al sector II productor de bienes de consumo final. Por lo tanto, esa desvalorización de las mercancías, afecta sobre todo a las de consumo productivo, es decir, al Capital Constante (Cc), por lo que, el costo en máquinas, materias primas y auxiliares, también desciende -y más que proporcionalmente- con el aumento en la productividad del trabajo social. Esta es una de las causas que contrarrestan la tendencia histórica al descenso en la tasa de ganancia. Y esto viene a cuento de que, desde los tiempos de Marx, la parte de la composición del valor del producto global que corresponde a los elementos del capital constante (Cc), es notoriamente mayor respecto del correspondiente al trabajo vivo:
<<La sociedad capitalista emplea una parte más considerable de su trabajo anual disponible en producir medios de producción (ergo, en producir capital constante), los cuales no se pueden resolver en rédito ni bajo la forma del salario ni bajo la del plusvalor, sino que pueden únicamente funcionar como capital>> (K. Marx: "El Capital " Libro II Cap. XX)
d) Fundamento de la ley de
la tendencia decreciente de la tasa de ganancia
Teniendo en cuenta, además, que la tendencia al aumento en la composición orgánica del capital se expresa en que el capital variable crece históricamente en términos absolutos, pero disminuye tendencialmente respecto del incremento en el valor del capital constante empleado, el hecho de que el menor valor relativo de lo producido en mercancías de consumo final descienda más que proporcionalmente respecto del contenido en las mercancías que componen el consumo productivo o capital constante, la reproducción del capital global se torna cada vez más improbable, dado que a medida que la productividad del trabajo va abatiendo o disminuyendo la parte de la jornada de trabajo necesario disponible, la posibilidad de seguir avanzando en la misma línea se hace cada vez más dificultosa, porque el capital acumulado crece más rápidamente que el plusvalor.
Para explicar esto último, supongamos una jornada de trabajo de diez horas diarias y una tasa de plusvalía del 100%, la parte de trabajo necesario o salario equivale a 5 horas y otras 5 al plusvalor o trabajo excedente. Es decir, que el obrero trabaja media jornada de labor (50%) para él y la otra media (50%) para el capitalista:
1/2 + 1/2 = 2/2 = 100%
A partir de estas condiciones, supongamos que la productividad del trabajo se duplica. Ahora, para reproducir su fuerza de trabajo, para vivir un día completo, el asalariado deberá trabajar 1/4 de jornada, la mitad que antes; y eso es lo que le pagará el capitalista. Pero le seguirá haciendo trabajar las mismas horas convenidas en el contrato de trabajo:
<<Por ende, la economización de trabajo mediante el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, en la economía capitalista de ningún modo tiene por objeto reducir la jornada laboral. Se propone, tan sólo, reducir el tiempo de trabajo necesario para la producción de determinada cantidad de mercancías. El hecho de que el obrero, habiéndose acrecentado la fuerza productiva de su trabajo, produzca, por ejemplo, en una hora, 10 veces más mercancías que antes, o sea, que para fabricar cada pieza de mercancía necesite 10 veces menos tiempo de trabajo que antes, en modo alguno impide que se le haga trabajar doce horas, como siempre, y que en las doce horas deba producir 1.200 piezas en vez de las 120 de antes>> (K. Marx: "El Capital" Libro I Secc. Cuarta Cap. X)
La diferencia entre 1/2 y 1/4 = 1/4, corresponde a la transformación de trabajo necesario en excedente a raíz del incremento en la fuerza productiva del trabajo.
En este punto del proceso, el capitalista se habrá apropiado 1/4 de jornada más respecto del plusvalor de origen que era de media jornada = 2/4 y que ahora pasa a ser de 2/4 + 1/4 = 3/4. Ahora, para vivir un día, el asalariado debe trabajar 3/4 de jornada para el patrón y sólo 1/4 para él.
Si observamos esto más detenidamente, veremos que la fuerza productiva del trabajo se ha duplicado, pero el plusvalor sólo se ha incrementado en 1/4 de la jornada laboral, sólo ha reducido el remanente de trabajo necesario en esa fracción. Esto es así, porque la proporción en que la fuerza productiva del trabajo incrementa el valor del capital, depende de la relación originaria entre trabajo necesario y trabajo excedente:
<<El trabajo objetivado que está contenido en el precio de la fuerza de trabajo, es siempre igual a una fracción del día completo, está siempre expresado aritméticamente en la forma de un quebrado, es siempre una proporción numérica, nunca un número simple>> (K. Marx: "Grundrisse" III)
¿Por qué debe ser así? Porque, como sucede con toda proporción, la magnitud en que puede variar el tiempo de trabajo excedente respecto del trabajo necesario, está condicionada o limitada por la magnitud total de la jornada laboral, el 100%.
Si sobre la primera consideramos una segunda duplicación de la fuerza productiva del trabajo, el salario, que se había reducido ya a 1/4, disminuirá ahora a la mitad, a 1/8 de la jornada laboral, mientras que el plusvalor ascenderá de 3/4 ó 6/8 a 7/8 = 0,25, esto es, menos que antes, que era de 1/4 a 3/4 = 0,50.
En el límite, si el salario o trabajo necesario se hubiera reducido ya a 1/1.000 = 0,001, la plusvalía total sería 999/1.000 = 0,999. Es decir, que para aumentar el plusvalor en menos de una milésima de tiempo, el capital debería aumentar la productividad del trabajo mil veces más.
Y si sobre esta progresión la fuerza productiva se multiplicara por 1000, el trabajo necesario descendería a 1/1.000.000 del día de trabajo, mientras que el plusvalor aumentaría en 1/1.000 - 1/1.000.000 o sea 0,001 - 0,000001 = 0,0000999 ó 999/1.000.000. En este caso, para aumentar el plusvalor en 0,0000999 de tiempo, la productividad del trabajo debería multiplicarse un millón de veces.
De esto se desprende que, cuanto mayor sea al plusvalor ya capitalizado y, por tanto, menor la fracción de la jornada de trabajo necesario o salario del obrero que resta capitalizar, tanto menor será el incremento del plusvalor que el capital obtendrá del progreso de la fuerza productiva del trabajo. El plusvalor aumenta, pero en proporción crecientemente menor al desarrollo de la fuerza productiva del trabajo:
<<Es decir, que cuanto más desarrollado está ya el capital, cuanto más plustrabajo ha creado ya, tanto más formidablemente tiene que desarrollar la fuerza productiva, para autovalorizarse en una pequeña proporción, es decir, para aumentar la plusvalía, ya que su límite continúa siendo siempre la relación entre la fracción del día de trabajo que expresa el trabajo necesario y el día de trabajo completo>>. (K. Marx: Op. Cit.)
Tal es la situación siempre bajo el supuesto de una jornada de labor constante. Pero el caso es que, con el aumento en la composición orgánica del capital, esto es, con la utilización de más y mejores máquinas, el trabajo físico y mental por unidad de tiempo aumenta su ritmo y se intensifica, porque así lo exige la máquina. En general, la producción de plusvalor relativo consiste en poner al asalariado en condiciones de producir más plusvalor con el mismo gasto de energía vital en el mismo tiempo. La intensificación del trabajo consiste en producir más con un mayor gasto de fuerza de trabajo por unidad de tiempo. Por lo tanto, intensidad y extensión del trabajo se contradicen lógicamente dando pábulo a la ley según la cual la eficiencia de la fuerza de trabajo está en razón inversa al tiempo en que opera, pero esta ley no se resuelve como en la física, sino históricamente, a instancias de la lucha de clases:
<<Con todo, se comprende fácilmente que en el caso de un trabajo que no se desenvuelve en medio de paroxismos pasajeros, sino de una uniformidad regular, reiterada día tras día, ha de alcanzarse un punto nodal en que la extensión de la jornada laboral y la intensidad del trabajo se excluyan recíprocamente, de tal modo que la prolongación de la jornada sólo sea compatible con un menor grado de intensidad en el trabajo, y, a la inversa, un grado mayor de intensidad sólo pueda conciliarse con la reducción de la jornada laboral. (K.Marx: "El Capital" Libro I Sección cuarta Cap. XIII)
La síntesis o resolución dialéctica de esta contradicción entre intensidad y extensión del tiempo de trabajo, se está todavía procesando a través de la lucha de clases, donde cada aumento en los ritmos de trabajo determinados por el desarrollo tecnológico, para arrancar al asalariado más plusvalor en el mismo tiempo mediante la combinación de la velocidad de procesamiento de las maquinas y del mayor número de máquinas que debe atender cada operario, es negado por el estrés, bajo la forma de costes insostenibles en enfermedades causadas indirectamente por él, como el tabaquismo y las drogas asociadas a enfisemas y cáncer de pulmón, arteriosclerosis, episodios cardiovasculares, cirrosis, delirium tremens, etc., aumento espectacular en los accidentes de trabajo, pérdidas por errores en la actividad laboral, sabotajes a la producción, ausentismo y huelgas. Según reporta el diario "El País" en su edición del 26/11/02, el coste del estrés en Europa asciende a 21.000 millones de Euros, aunque no aclara que tipos de daños personales y materiales comprende.
Ante semejante dinámica, esta contradicción presidida por el polo dialéctico burgués de la intensidad, determinó que, junto a la medida de tiempo de trabajo como "magnitud de extensión", apareciera la medida del "grado de condensación" como magnitud de la intensidad, marcando la tendencia a un aumento del trabajo necesario remunerado en el sentido de que:
<<La hora más intensiva de la jornada laboral de 10 horas, contiene ahora tanto o más trabajo, esto es, fuerza de trabajo gastada, que la hora más porosa de la jornada laboral de 12 horas. Por consiguiente, su producto tiene tanto o más valor que el de 14 horas de esta última jornada, más porosa>> (K.Marx. Op.cit.)
La demanda efectiva o satisfecha por aumento de salarios determinada por la ley del valor para la jornada de trabajo más intensiva, para cada patrón no supuso una causa contrarrestante a la lógica objetiva del capital tendente a convertir todo el trabajo necesario posible en excedente a los fines de la acumulación, pero sí para el conjunto de la burguesía, porque el número alarmante de accidentes de trabajo amenazó con esquilmar la fuerza de trabajo con el consiguiente perjuicio económico para la burguesía en su conjunto, lo cual indujo en Marx a anunciar la siguiente previsión:
<<No cabe la mínima duda de que la tendencia del capital -no bien la ley le veda de una vez para siempre la prolongación de la jornada laboral-, a resarcirse mediante la elevación sistemática del grado de intensidad del trabajo y a convertir todo perfeccionamiento de la maquinaria en medio para un mayor succionamiento de la fuerza de trabajo, pronto hará que se llegue a un punto crítico en el que se volverá inevitable una nueva reducción de las horas de trabajo. Entre los obreros fabriles de Lancashire, ha comenzado en estos momentos (1867) la agitación por las ocho horas>> (K. Marx: Ibid.)
Dado que la lucha económica entre obreros y patronos está presidida por la ley general de la acumulación capitalista, respecto de la cual a los asalariados sólo les cabe la función contestataria o defensiva frente a la permanente ofensiva e iniciativa explotadora de la burguesía, lo que hace a la postre esta contradicción entre extensión e intensidad del trabajo, es acelerar la tendencia al derrumbe del sistema capitalista, porque la violenta aceleración de los ritmos para producir más plusvalor por unidad de tiempo, ha ido siempre por delante de las noxas sociales y la no menos violenta respuesta de los asalariados.
Según esta lógica objetiva, en el hipotético caso -para muchos hoy día inimaginable- de que el tiempo durante el cual se reproduce el valor de la fuerza de trabajo en la sociedad se redujera a un segundo, esto supondría la práctica generalización de la robótica al proceso productivo, donde la relación de intercambio entre capital y trabajo desaparecería como fundamento absoluto de la producción capitalista en casi todas las ramas de la industria, junto con el valor, los precios de las respectivas mercancías, el dinero y las categorías sociales mismas de burguesía y proletariado, que así quedarían carentes por completo de sentido económico, social y cultural. Pero a semejante realidad sólo pueden llegar los asalariados negándose a sí mismos para convertirse en productores libres asociados, si es que mucho antes de esto no demuestran como asalariados conscientes ser capaces de echar a los burgueses del poder político y administrar la transición hacia la nueva sociedad sin clases de ese futuro científicamente previsto.
e) Ley y tendencia
Mientras tanto, a una creciente valorización capitalista del trabajo necesario, corresponde, por un lado, una creciente concentración de los Medios de Producción en pocas manos; por otro lado, el menor número absoluto y relativo de explotadores -cuyo fondo de consumo tiende necesariamente a reducirse a medida que progresa la acumulación y el trabajo necesario remanente se hace más y más pequeño-, deben disputarse el cada vez más irrisorio plusvalor relativo producido por una aristocracia obrera cada vez más exigua, respecto de un mayor numero de asalariados en paro que la burguesía no puede explotar por falta de capital disponible y que por la misma carencia de trabajo excedente debe mantener en condiciones cada vez más paupérrimas[9], ratificando así, hasta el extremo de negarse a sí misma como clase explotadora, que no es capaz ni merecedora de dirigir la sociedad, tal como lo anunciaron Marx y Engels en 1848:
<<No es capaz de dominar, porque no es capaz de asegurar a sus esclavos la existencia ni siquiera en el marco de su propia esclavitud, porque se ve obligada a dejarles decaer hasta el punto de tener que mantenerles, en lugar de ser mantenida por ellos. La sociedad ya no puede vivir bajo su dominación; lo que equivale a decir que la existencia de la burguesía es, en lo sucesivo, incompatible con la de la sociedad.>> (K.Marx-F.Engels: "Manifiesto comunista" I)
En el intento de comprobar si lo que hemos dicho hasta aquí es verdad, es necesario considerar una condición fundamental de la producción del plusvalor relativo asociado a la productividad del trabajo, como es el hecho de que es parte proporcional de una jornada laboral que tiene un límite físico absoluto o infranqueable que, teóricamente, no puede sobrepasar las 24 hs. del día.
En segundo lugar, hay que tener en cuenta que la sociedad capitalista sólo está dispuesta a ampliar la escala de la producción, cuando la mejora que introduce en su capital constante, cuesta menos que la mano de obra (tiempo de trabajo necesario) que reemplaza. En este sentido, hay que reparar en que, si se toma como objeto de estudio el comportamiento de la tasa general de ganancia, no se trata de lo que hace o está dispuesto a hacer un capitalista cualquiera sino de lo que puede hacer el capital social global. "La humanidad no se propone nunca nada que no pueda alcanzar". Este aforismo de Marx está inspirado en el principio burgués de que toda mejora tecnológica está condicionada a que su coste sea menor que el trabajo necesario que reemplaza. Si la mejora en productividad cuesta más que los salarios que deja de pagar, no se justifica, no se invierte en ella y no se aplica.
Dadas estas condiciones, cuanto más desarrollado esté el capital y la fuerza productiva del trabajo, cuanto más plusvalor haya capitalizado ya la burguesía, cuanto menos trabajo necesario le deje la jornada de labor para convertir en excedente, y, por tanto, cuanto mayor sea la parte de plusvalor adicional invertido en capital constante respecto de la parte invertida en capital variable, menor deviene el incremento de plusvalor respecto del incremento del capital acumulado. El resultado de esta lógica es que, en la etapa del capitalismo tardío, el capital acumulado crece más rápidamente y en mayor proporción de lo que aumenta la producción de plusvalor, por lo que la tasa de acumulación tiende históricamente a ser más alta que la tasa de plusvalor.
Este fenómeno explica la sobreacumulación de capital, cuyo fundamento absoluto está en el hecho de que la suma absoluta en la que el capital incrementa su valor mediante un aumento determinado de la fuerza productiva del trabajo, depende de la fracción dada del día de trabajo, (jornada cuya duración es el límite absoluto del plusvalor y del capital mismo), de la parte alícuota que representa el trabajo necesario. Por lo tanto, para determinar la variación en la tasa de ganancia, hay que considerar que cuanto mayor sea la fracción de trabajo necesario ya convertida en trabajo excedente, tanto menos trabajo necesario puede la burguesía apropiarse en el futuro desarrollando la fuerza productiva del trabajo; dicho a la inversa, cuanto menor sea ya la fracción de la jornada de labor correspondiente al tiempo de trabajo necesario que queda por capitalizar, tanto más valor en capital constante deberá emplear en desarrollar la fuerza productiva para convertir esa fracción ya reducida del trabajo necesario, en una parte cada vez menor de plusvalor. O sea: dada la proporción en que va disminuyendo el trabajo necesario respecto del excedente ya capitalizado, tanto menos queda por capitalizar y más difícil se vuelve la valorización del capital en esa proporción cada vez más reducida de trabajo necesario.
Si se procede de acuerdo con el principio activo del capital basado en el progreso de la fuerza productiva del trabajo, el plusvalor aumenta en términos absolutos, pero menos que el capital invertido en producirlo. Precisamente porque con cada aumento -por ejemplo, al doble- de la productividad, el plusvalor aumenta sólo en 1/4 de la jornada de labor. Esto quiere decir que por cada aumento porcentual de plusvalor a expensas del trabajo necesario, siempre hace falta un aumento proporcionalmente mayor de la fuerza productiva y, por tanto, de la inversión en capital constante respecto del variable. Por lo tanto, si se supone que el plusvalor aumenta bastante más que proporcionalmente respecto de la Composición Orgánica del Capital (C.O.C.), esta diferencia no debe atribuirse al progreso de las fuerzas productivas, sino a una mayor intensificación del trabajo, lo cual no sólo invalida su resultado, sino el propio planteo del problema que se quiere resolver.
En su investigación sobre la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, Marx incluye seis causas que contrarrestan la ley, pero no dice que sean las únicas, sino las más generales. Existen otras, como por ejemplo el papel que juega la creciente aceleración en el metabolismo del capital, haciendo que un mismo capital rote más veces en una misma unidad de tiempo, consiguiendo que la masa de plusvalía obtenida en un mismo año, sea mayor y por lo tanto mayor la ganancia, incluso, circunstancialmente en algún periodo de tiempo, puede llegar a ser mayor este crecimiento en la ganancia que el descenso como consecuencia de una mayor Composición Orgánica del Capital (C.O.C.) Pero esto no invalida la tesis central de Marx, en cuanto a que la ganancia es directamente proporcional a la tasa de plusvalía o explotación, e inversamente proporcional a la Composición Orgánica del Capital (C.O.C). El hecho de que existan causas contrarrestantes, incluso contradictorias y a veces neutralizantes, no invalida la ley general, "dándole simplemente el carácter de una tendencia". La calificación de tendencia no implica indeterminar el comportamiento de la tasa de ganancia, porque para Marx todas las leyes sociales se desarrollan tendencialmente. Su presentación lineal sólo tiene propósitos ilustrativos en las exposiciones más abstractas.
La caída porcentual del beneficio constituye un ejemplo típico de lo que Marx entendía por una ley: un proceso necesario, determinante y previsible de la acumulación. No representa un acontecimiento contingente, como, por ejemplo, la declinación de las tasas de interés, ni tampoco un episodio coyuntural como la disminución del precio de las acciones. Es un resultado interno del proceso de acumulación, cuya evolución se verifica a largo plazo. Responde a un patrón objetivo de desarrollo que incluye acontecimientos muy visibles como son el aumento de la productividad y la competencia intercapitalista. La caída tendencial del beneficio es predecible porque la secuencia de aumento de la composición del capital y la caída de la tasa de ganancia tiende a repetirse cíclicamente de forma cada vez más acusada según aumenta la fuerza productiva del trabajo y la masa de capital en funciones. En la práctica, y visto a través de largos periodos de tiempo, está tendencia se ha visto confirmada en los dos últimos siglos de capitalismo en el mundo.
Es cierto que el aumento de la productividad del trabajo, deprime el valor de los artículos que forman parte de la canasta básica del obrero, que son los que determinan el valor de su fuerza de trabajo, y, por lo tanto, la jornada necesaria de labor disminuye respecto de la jornada total, pudiendo llegar a ser una parte insignificante de ésta. Cuando hablaba de la depauperación del obrero, Marx se estaba refiriendo implícitamente a esta cuestión, ya que el salario relativo es cada vez menor en comparación al valor total que crea. Pero si partimos del principio de ir introduciendo sucesivos supuestos aproximativo