La moral y los comunistas

INDICE:

1.       Carta que da origen al documento

2.       Fundamento y condiciones de toda moral comunista positiva

3.       La moral es un concepto y una práctica social de validez histórica relativa

4.       Condiciones históricas para el cambio de un tipo de moral a otro

5.       Implicancias morales y políticas del doble carácter del trabajo contenido en la mercancía

6.       El despliegue de la lógica moral del capital contenida en el doble carácter del trabajo como mercancía

7.       La respuesta de los asalariados como fuerza de trabajo genérica a la lógica específica del capital

8.       Génesis de la moral social alternativa en el pasaje de un período histórico a otro

9.       De la división social del trabajo a su socialización objetiva

10.    La socialización objetiva del trabajo en el capitalismo supone la asignación irracional de los recursos

11.    Mercado y planificación respecto de la asignación racional de recursos y el desarrollo humano

12.    La moral de los revolucionarios

13.    La importancia política de la propaganda revolucionaria contra la intelectualidad burguesa de izquierda. Proletarios espontáneos vanguardia amplia y comunistas

14.    La moral del socialismo de mercado, el campesino parcelario y la pequeñoburguesía urbana

15.    Moral positiva y lucha política de clases

 

 

 

Carta que da origen al documento:                                   

 

11 de Mayo del 2003
Grupo de Propaganda Marxista:
Como primera cuestión, quiero saludarles y agradecerles por el tiempo invertido en ésta excelente empresa, de la cual he aprendido bastante.
Para que sepan quién les escribe, les contaré algo de mí:
Soy chileno, estudiante de secundaria, y estoy tremendamente interesado en la Filosofía, y sobre todoen el Marxismo o "Filosofía de la praxis", como Antonio Gramsci diría.
Milité activamente en las Juventudes Comunistas, pero en menos de seis meses, y por motivos de un "vacío ideológico" (el cual no tenía caso intentar resolver allí, en las dogmáticas "escuelas de formación de cuadros"), me retiré, para intentar volverme autodidacta, es decir, abocarme "sin filtros" al estudio de las obras marxianas, exclusivamente, de Marx y Engels (Cosa que por cierto, a resultado como un arduo camino, ya que he tenido que remontarme a Feuerbach y Hegel, cuando no a Schelling, Fichte Kant, o incluso más atrás).
De hace algún tiempo, algo que me preocupa y mantiene en dubitativa actitud, es la cuestión de la "concepción marxista del hombre", y en especial, "el papel y la importancia del trabajo en el desarrollo y la realización del individuo".
Hasta donde entiendo, es allí donde radica la genealogía del fundamento ético y/o moral marxista, que impulsa a dejar el estadio mera y pasivamente contemplativo, y abocarse ya a la transformación del mundo", la cual según Marx, es parte esencial, cuando no la esencia misma del individuo.
El tema de la ética y moral marxista, son temas, que en primera instancia parecieran no tener la suficiente relevancia, por su atingencia a la actualidad, como para "gastar" tiempo y recursos en aquello, pero les aseguro que gran numero de personas que conozco, que se precian y jactan de "marxistas", desconocen el tema en detalle, como para en una discusión, presentar el tema moral como argumento.
Es más, gran cantidad de personas que conozco, al verse incapaces de resolver el tema, o han dejado de militar (haciendo abstracción de donde), o en su defecto, no se han integrado a algún movimiento o partido "revolucionario".
Pues, como su lema es "estamos dispuestos trabajar con quienes teman más que todo, al vacío ideológico", es que me atrevo a pedirles, cuando no a "exigirles", que realicen una breve exposición sobre el tema referido, y por favor, que ésta integre el establecimiento de una dicotomía entre los conceptos, ética y moral.
Sin otro particular, y esperando que me respondan pronto, sea cualesquiera el mensaje remitido, se despide afectuosamente.   Ramiro

 

 

 

 

Estimado Ramiro:

 

Tu preocupación por la importancia y trascendencia política que atribuyes a “la concepción marxista del hombre” esto es, del trabajo socialmente emancipado como fundamento del ser humano genérico y de la futura moral universal, nos complace porque es compartida por nosotros y nos ponemos una vez más en ello, aunque no ya de modo incidental.

En esta tarea -y ya estamos en tema- una cosa es la ética y la moral positivas[1] enraizadas en el “sentido común” y el comportamiento de una sociedad de clases estructurada y estable según los intereses de su correspondiente clase dominante históricamente determinada, y otra cosa es la moral crítica, cuyo fundamento es la conciencia negativa de la moral positiva, que ya supone los cimientos de una futura moral positiva dialécticamente superadora.

 

Fundamento y condiciones de toda moral comunista positiva

El evolucionismo burgués, naturalmente, no puede estar de acuerdo con esta relación que acabamos de establecer entre la moral positiva burguesa y la moral crítica comunista, porque los capitalistas no reconocen otro umbral histórico posterior al que ellos pisaron con la Revolución Francesa, de modo que, para ellos, hasta ahí hubo historia y tipos de moral, desde entonces ya no puede haber historia ni otra moral que no sea la suya. Esto quiere decir, que la ética y la moral son funciones ideológicas o variables históricas dependientes de la lucha de clases y, por tanto, de los resultados de la política como ciencia de las relaciones de poder entre las clases. A partir de ahora, vamos a desplegar nuestro discurso, según este criterio materialista histórico, de modo que la ética y la moral, aparecerán muchas veces subsumidas en sus formas ideológicas, jurídicas y/o políticas correspondientes, derivadas, a su vez, de categorías económicas objetivas, como el intercambio, y su presupuesto: el concepto jurídico de propiedad capitalista, fundamento de toda la ética y moral burguesas, lo cual no debe interpretarse que nuestro discurso pierde el hilo de su objeto, sino al contrario.

Entrando en tema, si tal como parece, coincidimos en la necesidad de una moral marxista, proletaria o comunista, la tarea inmediata para instaurarla como moral dominante o positiva en todos los aspectos de la vida social, no es otra, según el criterio materialista histórico, que empezar por sus cimientos, esto es, por conocer la base material de la sociedad caduca burguesa, en la cual está contenida y emana su ética social, ciencia de la conducta o fundamento teórico de la moral pública o del comportamiento social. Porque si el fundamento material de toda moral dominante está en determinadas relaciones sociales establecidas, impuestas en virtud de la superioridad de fuerzas de la clase llamada en esa relación de producción emergente, a ejercer el dominio sobre las demás y a encarnar la ley del desarrollo económico-social objetivo contenido en esas relaciones de producción, entonces, la moralidad comunista empieza por aquí. Porque antes de imponerla políticamente, es necesario que esa moral tenga ya elaborados sus fundamentos económicos, políticos, jurídicos y filosóficos preliminares que legitimen su existencia como moral crítica alternativa. Esta moralidad, nacida del vientre del capitalismo como tantos hijos no deseados, fue arrojada en los suburbios del sistema y allí sobrevivió, en el sufrimiento de la marginalidad social, como la de los viñateros del Mosela y los ladrones furtivos de leña, o en la lucha de los comuneros de París, para alumbrar la conciencia de individuos como Marx, Engels, Lenin o Trotsky, que con su aporte militante político y teórico demostraron la importancia del individuo en la historia, cuidando y desarrollando en ellos mismos esa criatura de la moral comunista, aportando su ejemplar compromiso y aporte militante teórico y político, mientras otros individuos, como Proudhon, James Mill o Nietzsche, se desentendían de la historia para masturbar su intelecto en los jardines de la burguesía.   

Y si hay que ser breve -como así lo has “exigido”-, no es posible serlo más diciendo que la condición necesaria para el desarrollo de la moral comunista, desde su condición primera o necesaria como moral crítica del capitalismo, hasta devenir en moral dominante en la futura sociedad comunista, es el conocimiento pericial de la moderna ciencia social: el materialismo histórico, que permite hacer inteligible el movimiento real de la sociedad burguesa y el lugar que en ella ocupa el proletariado, para que tome conciencia de sí, de lo que él es, en realidad,como clase, de que tiene una concepción del mundo y una moral propia humanamente superior a la de la burguesía;y, si quisiera, también podría ya disponer de los medios materiales y humanos para imponerla, porque ella es la clase absolutamente mayoritaria en el mundo y la principal fuerza productiva existente que produce esos mediosmateriales. La condición suficiente, para el desarrollo de la moral comunista, es el compromiso político permanente e inclaudicable de la mayor cantidad posible de asalariados, con esa ciencia, con la teoría revolucionaria, con el fin de difundirla entre el resto de lo asalariados, y. sobre todo, aplicarla políticamente demostrando que el conjunto de esta clase dependiente tiene la capacidad de construir su propia moral y, con ella, emanciparse emancipando también humanamente a la burguesía de esta condición del capitalismo que nos impide a todos alcanzar una ética y moral plenas y libres de toda necesidad material. Pero esta síntesis merece una explicación.

 

La moral es un concepto y una práctica social de validez histórica relativa

Ensu último escrito económico, las “Glosas a Wagner”, Marx comienza diciendo: “Yo no parto del hombre, sino de un periodo social dado”. Con esto estaba significando que, según lo ha venido demostrado la historia como criterio de verdad en cuando a las distintas concepciones y formas del comportamiento humano, la éticano es una categoría social cuyos contenidos normativos sean de validez práctica (moral) absoluta, universal y eterna, como ha pretendido Kant con su imperativo categórico, sino que esos contenidos están sujetos al relativismo histórico de los distintos sistemas de vida que los seres humanos divididos en clases fueron adoptando en distintos períodos de su existencia como especie, desde que superaron la barbarie. Así, para Marx, hay una moral y un tipo de ser humano correspondiente a cada período de la historia, en tanto prehistoria del ser humano genérico liberado de toda necesidad exterior, natural o social, que es lo que se está gestando en la moral de los comunistas.

Tal como sucede en la base o estructura material de la sociedad, donde los distintos modos de producción configuran sus respectivas formaciones sociales que hasta ahora han correspondido a otras tantas etapas o periodos del desarrollo de las fuerzas productivas, asimismo, las distintas superestructuras éticas, morales, jurídicas, ideológicas y políticas, fueron la expresión periódicamente cambiante de los intereses de las distintas clases dominantes al interior de cada una de las formaciones sociales que han venido configurando la progresiva periodización característica en lo económico-social, político, moral y cultural de los seres humanos a través de su prehistoria.

Según este razonamiento:

1)       Cada período histórico de la sociedad de clases tuvo su tipo de ser humano colectivamente organizado para la vida económica, social, política, moral, artística, etc., valores todos ellos conformados o adecuados a los intereses de las clases dominantes.

2)       Todas estas formas periódicas históricamente transitorias de vida social (relaciones de producción) estuvieron determinadas por el correspondiente grado de desarrollo de sus fuerzas productivas. Por ejemplo, es incontrovertible que toda la vida social en la Grecia clásica, su política, su arte y hasta su moral positiva, todos estos valores estuvieron hondamente enraizados en la mitología, en el pensamiento mágico, producto del atraso relativo de sus fuerzas sociales productivas. El mito ha sido eso, el intento de dominar las fuerzas de la naturaleza con la imaginación a falta de recursos científicos y técnicos materializados para ello. En tal sentido Marx comparó aquellas formas mitológicas del trabajo enajenado que impregnaron los valores éticos, artísticos y políticos, con el relativo progreso superador materializado en las formas científico-técnicas del trabajo enajenado bajo el capitalismo. Y así describía la diferencia para demostrar el signo de progreso desplegado por la dialéctica contenida en cada período de la historia humana, comparando la mitología como medio imaginario de dominio de la naturaleza en la sociedad esclavista, con el dominio efectivo hecho posible por el capitalismo:

<<La idea de la naturaleza y de las relaciones sociales que alimenta la imaginación griega y, por tanto, la (mitología griega), ¿es acaso compatible con las máquinas automáticas de hilar, las locomotoras o el telégrafo eléctrico?; ¿A qué queda reducido Vulcano al lado de la Compañía minera Roberts & Co, Júpiter cerca del pararrayos y Hermes frente al Credit Mobilier? Toda mitología somete, domina, moldea las fuerzas de la naturaleza en la imaginación y por la imaginación; y desaparece, por tanto, cuando esas fuerzas resultan realmente dominadas. (...) El arte griego no podía surgir en ningún caso en una sociedad que se desarrolla excluyendo toda relación mitológica con la naturaleza, toda referencia mitologizante a ella; y que requiera, por tanto, del artista, una imaginación independiente de la mitología.

Por otra parte: ¿sería posible Aquiles con la pólvora y el plomo?. O, en general, ¿es posible “La Ilíada” con la prensa, con la máquina de imprimir?. Los cantos y las leyendas, las Musas, ¿no desaparecen necesariamente ante la regleta del tipógrafo? No se desvanecen las condiciones necesarias para la poesía épica? (K.Marx:Crítica de la economía políticaPto. 3)

Pero la dificultad -advierte Marx- no consiste tanto en comprender que el arte griego y la epopeya estén ligados a ciertas formas de desarrollo social históricamente subdesarrolladas respecto del período siguiente. La dificultad consiste en que más de 2.000 años después de desaparecidas aquellas formas esclavistas de subdesarrollo social en que floreció, el arte griego continúe siendo todavía hoy un paradigma de belleza y nos siga proporcionando goce artístico. Este retardo de la superestructura estética ante los cambios en la base material de la sociedad, también vale para la moralidad. Así, la moral del "yo te doy según lo que tu me des a cambio" subsistirá muchos tiempo después de haber desparecido las bases materiales del intercambio, hasta tanto el desarrollo de las fuerzas productivas haga desaparecer la penuria relativa y la democracia de los productores libres asociados, revolucione el concepto de necesidad acondicionada por el capital a las necesidades de valorización del trabajo excedente.    

Ahora bien: ¿Quién o quiénes inventaron las específicas relaciones de producción que dieron pábulo a los distintos períodos históricos de la humanidad dentro de la línea evolutiva típica de la civilización occidental? Nadie; han sido el producto histórico-natural, espontáneo, inconsciente e involuntario que las fuerzas sociales productivas de la humanidad se dieron para sí en ciertos estadios de su desarrollo. En tal sentido, así como el arado de hierro, el alfabeto y la moneda, superaron los condicionamientos del atraso técnico que dio sentido a la moral y cultura general de sociedad esclavista, la generalización de la energía hidráulica, la imprenta y la brújula, trascendieron los condicionamientos de la moral y la cultura típica de la sociedad feudal hacia las relaciones de producción capitalistas, con sus respectivas formas mercantiles dinerarias que acuñaron su moral y de su cultura general; del mismo modo, ahora mismo, la tendencia irresistible de las fuerzas productivas a la generalización de la robótica, la revolución en las telecomunicaciones y la biotecnología, ya han dejado las relaciones sociales e interpersonales capitalistas sin razón de ser, aunque, por inercia, sigamos todavía condicionados por ellas y sus formas éticas y morales correspondientes.

Para ilustrar brevemente acerca de estos cambios , decir, por ejemplo, que en los tiempos de la aristocracia esclavista clásica y en la sociedad feudal -hasta las postrimerías de la temprana edad media- basados en relaciones sociales de dependencia directa y pequeñas economías autosuficientes con existencia de intercambio mercantil simple, predominó la moral fundada primordialmente en la ética del honor y la lealtad, como virtudes personales inalienables de cada individuo respecto de su inserción en el grupo social respectivo que era su referente ético y moral que juzgaba su conducta pública y privada. Tales conceptos éticos, en estas sociedades precapitalistas dentro de la línea de desarrollo típica de la sociedad Occidental, casan con el concepto de magnanimidad. ¿Y dónde radicaba la honorabilidad o dignidad personales? Fundamentalmente en la concordancia entre el contenido de la palabra dada o juramento que cerraba los pactos o acuerdos y la conducta respectiva, entre el dicho y el hecho. Así, por ejemplo, en las postrimerías de la temprana o alta edad media europea, las Decretales del Papa Gregorio IX (1234) prescribían la obligatoriedad moral de respetar los pactos cuando se adoptaran mediante juramento. Según estas decretales del derecho canónico -el único existente por entonces-, los pactos se debían cumplir, no por una fuerza material policíaca dimanante de una autoridad jurídica exterior al sujeto comprometido, sino por el deshonor del oprobio social que su incumplimiento suponía. La fuerza que normalmentegarantizaba el cumplimiento de cada compromiso formalizado de palabra o por juramento, no era material sino ética y moral. De ella manaba el auténtico vínculo jurídico, como condición de la honorabilidad. De esto dependía, en gran parte, la dignidad personal, la honorabilidad, y magnanimidad de los sujetos sociales.

Según Aristóteles, la magnanimidad es la virtud que consiste en desear grandes honores y en ser digno de ellos. Por supuesto que sólo podían ser magnánimos los miembros de las clases dominantes, aunque, naturalmente, no todos la alcanzaban, conformándose muchos de ellos con ser honorablemente moderados y no pocos indignos siquiera de eso:

<<El que es digno de cosas pequeñas y se considera digno de ellas, será moderado, pero no magnánimo; la magnanimidad es imprescindible en la grandeza de espíritu como en la belleza física...>> Aristóteles: "Ética nicomáquea" Cap. IV, 3, 1123b 7)

En la sociedad feudal, esta virtud se trasladaba a las clases subalternas, aunque, obviamente, no pudieran ser magnánimas, debiendo conformarse con el límite objetivo de una honorabilidad tan paupérrima como su condición social y material, una honorabilidad que, en última instancia, era una variable dependiente del temor de Dios, que normalmente les inducía eficazmente al cumplimiento de las obligaciones que le ligaban y religaban a sus superiores jerárquicos representantes del Dios cristiano en la Tierra.

Esta moral fundada en la ética del honor y la lealtad personal, se fue disolviendo en las relaciones capitalistas dinerarias del valor de cambio, hasta convertirse en rarezas humanas para aprovechamiento de los listos que se las encuentran, y las virtudes morales predominantes pasaron a ser la libertad (de que cada cual disponga de lo que es suyo), y la igualdad (de todas las personas ante la ley, donde, jurídicamente, el concepto de persona va indisolublemente ligado al concepto de patrimonio, esto es, en última instancia, de propiedad). El compendio de estas "virtudes morales", consagran la división del trabajo asalariado, el intercambio por medio del dinero para la realización del plusvalor y la competencia generalizada para la centralización de los capitales a expensas de la pequeñoburguesía, donde una explotación genocida en muchísimos casos comparable con los regímenes esclavistas del pasado, despojan al conjunto de los asalariados de toda dignidad personal, gran parte de ellos gente madura con una rica experiencia de años acrisolada en un mismo puesto de trabajo, arrojados al paro sin esperanzas de conseguir otro en el resto de su vida activa, compartiendo la misma suerte con cientos de millones de jóvenes en el mundo impedidos de ingresar al mercado laboral, y cuando lo consiguen muchos de ellos se ven obligados a aceptar salarios muy por debajo de sus costes de preparación universitaria, a cambio de condiciones laborales en no pocos casos tan duras como simples, que nada tienen que ver con su verdadera capacidad profesional, conseguida después de enormes sacrificios personales, todos ellos así educados en la ética jamás escrita del "sálvese quien pueda" como única moral practicable para sobrevivir vendiendo su alma cada vez más barato para que el dinero[2], esto es, la libertad -del poder sobre gentes y cosas- para el que lo tiene y puede comprarla, se cotice cada vez más al alza en este sistema cosificado de vida. Ya observaban Marx en su tercer "Manuscrito económico filosófico de 1844":

<<Lo que mediante el dinero es para mi, lo que puedo pagar, es decir, lo que el dinero puede comprar, eso soy yo, el poseedor del dinero mismo. Mi fuerza es tan grande como lo sea la fuerza del dinero. Las cualidades del dinero son mis —de su poseedor— cualidades y fuerzas esenciales. Lo que soy y lo que puedo no están determinados en modo alguno por mi individualidad. Soy feo, pero puedo comprarme la mujer más bella. Luego no soy feo, pues el efecto de la fealdad, su fuerza ahuyentadora, es aniquilada por el dinero. Según mi individualidad soy tullido, pero el dinero me procura veinticuatro pies, luego no soy tullido; soy un hombre malo y sin honor, sin conciencia y sin ingenio, pero se honra al dinero, luego también a su poseedor. El dinero es el bien supremo, luego es bueno su poseedor; el dinero me evita, además, la molestia de ser deshonesto, luego se presume que soy honesto; soy estúpido, pero el dinero es el verdadero espíritu de todas las cosas, ¿cómo podría carecer de ingenio su poseedor? El puede, por lo demás, comprarse gentes ingeniosas, ¿y no es quien tiene poder sobre las personas inteligentes más talentoso que el talentoso? ¿Es que no poseo yo, que mediante el dinero puedo todo lo que el corazón humano ansia, todos los poderes humanos? ¿Acaso no transforma mi dinero todas mis carencias en su contrario? (Op. Cit)

Y cuatro años después junto a Engels en el "Manifiesto Comunista", sintetizando el compendio de la moral positiva correspondiente al período de la sociedad dominado por la burguesía como categoría social correspondiente a las relaciones de producción capitalistas:  

<<Donde quiera que ha conquistado el poder, la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas (se refieren al idilio con la religión católica, como único vínculo ético y moral entre los seres humanos de ese período). Las abigarradas ligaduras feudales que ataban el ser humano a sus "superiores naturales" las ha desgarrado sin piedad para no dejar subsistir más que el frío interés, el cruel "pago al contado". Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del pequeñoburgués en las heladas aguas del cálculo egoísta. Ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio (según lo impuesto por la dictaduradel mercado). Ha sustituido, las numerosas libertades escrituradas y adquiridas por la única y desalmada libertad de comercio. En una palabra, en lugar de la explotación velada por ilusiones religiosas y políticas, ha establecido una explotación abierta, descarada, directa y brutal.

La burguesía ha despojado a todas las profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurisconsulto, al poeta, al hombre de ciencia, los ha convertido en sus servidores asalariados

La burguesía ha desgarrado el velo de emocionante sentimentalismo que encubría las relaciones familiares, reduciéndolas a simples relaciones de dinero...>> (Op.cit. Lo entre paréntesis es nuestro)

Desde hace mucho, pero hoy día aun más, en el capitalismo no sólo es que no vale la palabra, sino que hoy día ni siquiera valen los títulos universitarios a los simples fines del trabajo asalariado; tampoco los compromisos firmados entre los propios burgueses. La vorágine de una competencia que se agudiza ante un capital adicional a repartir que se reduce cada vez más en relación al capital ya acumulado en poder de cada vez menos agentes burgueses, y el progreso técnico que, en esta sociedad, se traduce en paro estructural masivo, convierte a los títulos universitarios en papel mojado y a sus titulares -que ya habían perdido la aureola de dignidad y libertad personal de que gozaron en la tardía edad media-en asalariados supernumerarios obligados a trabajar de cualquier cosa. En cuanto a los compromisos burgueses, las prácticas cada vez más frecuentes del cohecho, los juegos de bolsa donde los grandes capitales despojan a los pequeños inversores bursátiles, las quiebras fraudulentas en su momento jurídica o políticamente encubiertas, y demás hábitos considerados legítimos por una moral que consagra al más listo en el deporte "del engaño y el pillaje mutuo", igual que se glorifica al que supera la marca mundial de los cien metros lisos completa el cuadro donde la única libertad, es la del dinero que circula y sobrevive al cúmulo de pasiones y desgracias entre quienes consumen su vida peleándose por ese fetiche de la enajenación general, que es donde la sociedad capitalista y nadie en particular, ha decidido que resida la "libertad" personal. Todas estas "virtudes morales" que Marx y Engels observaban en la todavía incipiente sociedad burguesa de su tiempo, no han hecho desde entonces más que acentuar su efecto moral cancerígeno en progresión o grado exponencial metastásica sobre valores ya residuales como el honor o la lealtad.   

Que el capitalismo es ya un simple existente histórico innecesario, lo demuestran multitud de indicadores sociales, entre ellos, el paro estructural masivo, la creciente pérdida del poder adquisitivo de los salarios relativos ante los enormes progresos en la productividad del trabajo, la tendencia irresistible al colapso del sistema público de pensiones, etc., actualizando aquello que también anticiparon Marx y Engels en el “Manifiesto comunista”:

<<Es, pues, evidente, que la burguesía ya noes capaz de seguir desempeñando el papel de clase dominante de la sociedad ni de imponer a ésta, como ley reguladora, las condiciones de existencia de su clase. No es capaz de dominar, porque no es capaz de asegurar a su esclavo la existencia ni siquiera dentro del marco de su propia esclavitud, porque se ve obligada a dejarle decaer hasta el punto de tener que mantenerle, en lugar de ser mantenida por él. La sociedad ya no puede vivir bajo su dominación; lo que equivale a decir que la existencia de la burguesía es, en lo sucesivo, incompatible con la de la sociedad.>> (Op. Cit.)

Dicho esto, si se acepta, como parece evidente, que, en general, no es la conciencia de los sujetos sociales la que determina su existencia sino que es la existencia social en que viven, la que determina su conciencia. La ética y la moral, el derecho, la literatura y el arte, la filosofía y la política, constituyen distintas formas de esa conciencia social que los sujetos sociales espontáneos, esto es, conformados a las relaciones sociales de producción vigentes, adquieren experimentando su propia realidad, como reflejo de esas relaciones sociales que asumen para la reproducción de su vida. Marx lo ha dicho así:

<<...en la producción social de su existencia, los seres humanos contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se eleva un edificio (urbeau) jurídico y político y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material determina (bedingen) el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia de los seres humanos la que determina su ser, sino por el contrario, es su ser social el que determina su conciencia.>> (K.Marx: “Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política”

Esto es todo lo más significativo que nosotros pensamos puede decirse lo más brevemente posible, acerca de los fundamentos científicos de la ética y de la moral -privada y pública- vigente en los distintos períodos históricos de la humanidad en el mundo Occidental.

 

Condiciones históricas para el cambio de un tipo de moral a otro

De lo argumentado hasta aquí se infiere que, dadas las distintas fases o períodos históricos del desarrollo de las fuerzas productivas que determinan sus correspondientes relaciones sociales de producción en la historia de la humanidad, la conciencia inmediata que involuntariamente los actores del proceso adquieren de las relaciones sociales que contraen y ejercitan diariamente, depende del lugar que cada parte o clase ocupe en esas relaciones de producción y en la producción misma. Las relaciones de producción constituyen la condición de existencia para las clases que las contraen. Pero la conciencia de esa existencia no es algo automático.

Para explicar esta cuestión fundamental, hay que empezar por decir que en la relación capitalista moderna, en general no puede haber trabajo sin capital ni capital sin trabajo. Esta necesidad mutua, es lo que, precisamente, da sentido a la relación social. Pero si consideramos esta relación en su esencia, vemos que, salvo casos muy excepcionales, la norma es que la existencia del trabajador como asalariado, dependa del arbitrio de los patrones que le contratan. En efecto, mientras cobra su salario y, sobre todo, experimentando el paro, al asalariado se le mete muy rápido y hondo en su alma que no es nada sin que exista para él un capital, el de su patrón. Y a fuerza de cumplir con su parte contractual como propietario privado de su fuerza de trabajo que decide “libremente” enajenarla y disciplinarse al mando del patrón a cambio de una paga, su conciencia y su moral quedan marcadas por el sentimiento y la "idea" de su dependencia respecto del capital a instancias de su patrón particular. Después, el ejercicio de su responsabilidad fiscal y jurídica frente a su patrón general, que es el Estado burgués, forja su moral dependiente del conjunto de la burguesía; O sea, responsabilidad laboral, en tanto explotado al servicio de su patrón capitalista particular; fiscal en tanto súbdito de y contribuyente a, la existencia del Estado burgués, que le obliga a pagar sus impuestos a cambio de protección y de ciertos servicios públicos esenciales; mercantil-monetaria en tanto comprador que gasta su salario en el mercado comprando a la burguesía lo que necesita para reproducir su fuerza de trabajo -que vendió previamente- satisfaciendo sus necesidades, incluyendo las cultural-recreativas. Por esta misma regla de tres, la contraparte de los asalariados: sus patrones, adquieren conciencia moral de su superioridad social. Esto implica que, del mismo modo que no es el obrero quien, al trabajar, emplea los medios de trabajo, sino que, esos medios propiedad del patrón son los que le emplean a él, tampoco es cierto que el obrero compre los medios de subsistencia,sino que esos medios de subsistencia son los que le compran a él. Así, mediante esta práctica reiterada y recurrente de su enajenación personal integral a la burguesía, el proletariado espontáneo se conforma moral, cultural y políticamente a su relación de dependencia con el capital, con sus patronos; incluso cuando periódicamente se rebela y lucha contra él y ellos por mejoras en sus condiciones de vida y de trabajo. Nosotros llamamos "proletariado espontáneo", a la parte de los asalariados que, en sí y por sí mismos, son incapaces de convertir la lucha reivindicativa para sobrevivir en mejores condiciones dentro de la relación, en una lucha para romper esa relación con un proyecto de relación alternativa superadora en términos políticos, que suponga unas nuevas relaciones sociales de producción donde desaparezca la dependencia económica, social, política y moral de unos seres humanos sobre otros, haciendo desaparecer las condiciones históricas o relaciones de producción basadas en la propiedad privada sobre los medios de producción que posibilita la explotación del trabajo ajeno, condiciones que están en la base de la desigualdad y sujeción reales de unos seres humanos respecto de otros.   

Bajo semejantes condiciones históricas de sujeción y desigualdad real de la libertad -las capitalistas normales que acabamos de describir- insistimos que es imposible -y está probado históricamente- que los asalariados espontáneos, esto es, sin una dirección política revolucionaria portadora de la ciencia social capaz de comprender y hacer comprender la realidad de la sujeción y la desigualdad encubiertas por un discurso formal acerca de la "libertad" y la "igualdad"- esos asalariados puedan traducir su experiencia de lucha espontánea contra el capital en términos políticos de autoconciencia o conciencia de clase, para iniciar la tarea de desarrollar una moral y una cultura propia que trascienda los valores éticos y culturales del capitalismo. La enajenación real del proleta­riado al capital, el dominio objetivo que la burguesía ejerce sobre ellos, supone a la vez una enajena­ción y supedita­ción de su modo de pensar y de proceder que le es asignada por sus patrones, dentro y fuera del trabajo; así se gesta espontáneamente una identificación con valores ajenos a su condición social. A través de su relación objetiva de supedita­ción al capital, el trabaja­dor tiende a ver el mundo desde la perspecti­va de la burguesía. Esta idea, que aparece ya en los “Manuscri­tos Económi­co-Filosóficos” de 1844, se precisa todavía más en el capítulo VI (Inédito) de “El Capi­tal”, donde Marx presenta la producción capitalista como repro­ducción de la relación capitalista misma, tanto en la realidad material, como en la mente del explotado o "dependiente":

<<La producción capitalista no es sólo reproduc­ción de la relación; en su repro­ducción en una escala siempre creciente, y en la misma medida en que, con el modo de producción capitalista, se desarrolla la fuerza productiva social del trabajo, crece también frente al obrero la riqueza acumu­lada, como riqueza que lo domina, como capital, se extien­de frente a él el mundo de la riqueza como un mundo ajeno que lo domina, y en la misma proporción se desen­vuelve, por oposi­ción, su pobreza, indigen­cia y sujeción subje­tivas.>> (K. Marx: Op. cit. Punto II Subrayado nuestro)

            Sólo tras el momento de la derrota definitiva de la burguesía a escala internacional, pues, podrá decirse que el proletariado está en camino de construir existencialmente una ética y moral propias, la ética y la moral de los productores libres asociados.

 

Implicancias morales y políticas del doble carácter del trabajo contenido en la mercancía

Ahora bien, que por ser una criatura del capital el proletariado tienda espontáneamente a concebir el mundo del revés respecto de cómo en realidad es, y a comportarse en él según la óptica invertida que de sí mismo y de todo lo que le rodea le ofrece e introyecta la burguesía -que también sufre el mismo efecto enajenante, solo que estaenajenación "le hace sentir bien"- eso no quiere decir que no pueda llegar a ver las cosas como son y a proceder según sus intereses de clase. No sólo puede hacerlo a través del partido -como hemos dicho ya- sino que hacia allí le empujan inexorablemente las contradicciones materiales del sistema burgués [3], obligándole a tomar conciencia de su misión, lo quiera o no ¿Por qué?

En primer lugar, porque, los asalariados son parte constitutiva de las fuerzas sociales productivas, que habiendo alcanzado cierto grado de desarrollo, alumbran y determinan las relaciones de producción capitalistas acordes con ese grado de desarrollo. Desde este punto de vista científico, afirmar que los asalariados son un producto genuino de capitalismo, es indiscutible. Pero no es menos cierto que ese producto, esa categoría social específica, es la transmutación histórico-social del componente humano genérico y técnico llamado "fuerza de trabajo" (FT) de las fuerzas productivas. El otro componente de las fuerzas productivas son los medios de producción (MP) o condiciones técnico-materiales del trabajo social (máquinas, herramientas, edificios, materias primas y auxiliares). Definidos sus componentes, la fuerza productiva del trabajo se define como la relación entre la fuerza de trabajo (FT) y los medios de producción (MP) o viceversa, o sea: FT/MP o MP/FT, transitoriamente conformadas socialmente a unas relaciones de producción técnicamente adecuadas a su desarrollo. Bajo el capitalismo, estas categorías sociales genéricas de las fuerzas productivas, se convierten en categorías sociales específicas de valor. Así la fuerza de trabajo (FT) se convierte en salario medido en una cierta cantidad de dinero o capital variable Cv, y el valor de los medios de producción (MP) pasan a ser capital constante Cc. La relación entre estos componentes sociales de valor Cc./Cv, constituye lo que Marx ha denominado "composición orgánica del capital" o proporción en que se distribuye el capital global invertido en salarios y medios de producción.

En segundo lugar, si como es cierto que las distintas formaciones sociales periódicas o relaciones de producción, han sido determinaciones históricas conceptuales sólo hasta cierto punto flexibles en las que se comprenden o contienen transitoriamente las fuerzas productivas en otros tantos estadios de su desarrollo incesante,es inevitable que el pasaje de un periodo histórico a otro se explique porque las relaciones de producción existentes no pueden ya comprender admitir o contener a las fuerzas productivas en cierta fase de su desenvolvimiento -igual que al niño que crece no le cabe ya la ropa que lleva puesta-y que, en este punto, la inadecuación de las relaciones de producción al progreso de las fuerzas productivas, en lo inmediato genere un conflicto entre el proceso de trabajo y el proceso de valorización, entre FT/ MP y Cv/Cc

En efecto, según le dice Marx a Engels en carta del 24 de agosto de 1867,

<<...Lo que hay de mejor” en mi libro (“El capital”) es: 1 [y es sobre ello que “descansa TODA la lucidez de los facts (hechos)] poner de relieve desde el primer capítulo el DOBLE CARÁCTER DEL TRABAJO (contenido en la mercancía), según se expresa en valor de uso o en valor de cambio...>> (Op. Cit. Lo entre paréntesis es nuestro)

 

Como valor de uso, la fuerza de trabajo (FT) es una simple relación productiva natural entre el ser humano y la materia natural sobre la que actúa con fines precisos de satisfacer una necesidad para la vida:

El ser humano se enfrenta a la materia natural misma como un poder natural. Pone en movimiento las fuerzas naturales que pertenecen a su corporeidad, brazos y piernas, cerebro y manos, a fin de apoderarse de los materiales de la naturaleza bajo una forma útil para su propia vida. Al operar por medio de ese movimiento sobre la naturaleza exterior a él y transformarla, transforma, a la vez su propia naturaleza. Desarrolla las potencias que dormitaban en ella y sujeta a su señorío el juego de fuerzas de la misma. (...) Los elementos simples del proceso laboral son la actividad orientada a un fin (útil o necesario para la vida) -o sea el trabajo mismo- su objeto (materias naturales) y sus medios (herramientas, maquinarias). (K.Marx: “El Capital” Libro I Cap. V. El subrayado y lo entre paréntesis es nuestro)

Tal es la definición dada por Marx del concepto de fuerza productiva del trabajo. En la relación entre (FT) y (MP) está contenido su desarrollo que se define por la mayor cantidad de medios de producción (MP) que una unidad de (FT) u operario es capaz de poner simultáneamente en movimiento, de modo que, cuanto mayor es el cociente de la relación MP/FT, más alto es el grado de desarrollo de la fuerza productiva.

Pero la mercancía no sólo es un producto del trabajo como fuerza humana concreta del que resulta un producto natural, un valor de uso, sino que es, al mismo tiempo, un producto de la fuerza humana indistinta o abstracta, puesta en acción por una específica relación social de producción, en nuestro caso el contrato de trabajo típicamente capitalista, de lo cual resulta un producto de valor, un valor de cambio. Pero un valor de cambio de magnitud superior a la suma de los valores respectivos de las mercancías (factores de la producción: (MP+FT) cuyo equivalente en dinero el capitalista debió “adelantar” para su producción. Es decir, el capitalista no solo quiere producir un producto natural útil, un valor de uso, sino un valor, y no sólo un valor sino, además un plusvalor. Por lo tanto, así como la mercancía es una unidad contradictoria de valor de uso y valor, el trabajo encarnado en todo asalariado resulta ser la unidad contradictoria de un proceso laboral genérico común a todos los períodos históricos, creador de valores de uso y expresión pura de las fuerzas sociales productivas (FT), por un lado, y, por otro, un proceso laboral específico del período histórico capitalista, consistente en la formación de valor (CV) y creación de plusvalor (Pl.) para los fines de la acumulación, donde las fuerzas sociales productivas productoras de riqueza social, permanecen supeditadas al proceso de valorización capitalista.

Por lo tanto, es tan lícito decir que el proletariado es una criatura de la burguesía, como que el capitalismo es una forma social específica creada por la fuerza de trabajo genérica (FT) subsumida en la forma histórico-social-burguesa del proletariado bajo la forma de valor llamado salario. El proletariado no es, pues, una categoría social de constitución unilateral burguesa, porque junto a ese componente especifico del trabajo asalariado: (CV) o salario, interactúa dialécticamente con él, el componente de la fuerza de trabajo genérica (FT), que es la que, en última instancia preside el movimiento que da sentido a la periodización de la historia, al tránsito entre un período y otro.

Así, ese doble carácter del trabajo contenido en una mercancía cualquiera, determina la contradicción entre lo genérico y lo específico al interior de la mercancía fuerza de trabajo; en nuestro caso, entre las fuerzas sociales productivas y las relaciones capitalistas de producción, entre el proceso genérico de trabajo y el específico proceso de valorización contenido en la mercancía fuerza de trabajo. Así, esta contradicción entre el ser social incondicionado del trabajador como fuerza productiva genérica y su ser condicionado por la específica relación capitalista, se traslada al espíritu, a la conciencia del asalariado, que así aparece en todo momento dividida y tironeada entre el polo contrarrevolucionario del proceso histórico específico de valorización del capital que le da el carácter de fuerza de trabajo condicionada por -o conformada a- la relación de producción capitalista, y el polo revolucionario del proceso histórico genérico de trabajo, que le da el carácter de fuerza social históricamente incondicionada como componente humano de (FT/MP) -y, por tanto, potencialmente decisivo- de las fuerzas sociales productivas, que son las que hacen la historia a instancias de las distintas relaciones de producción en que cobran forma social transitoria, para superarlas.

¿Por qué el componente humano de la fuerza productiva genérica resulta decisivo? Porque en el contexto de las relaciones de producción capitalistas, ese progreso de las fuerzas productivas genéricas, se vuelve contra el componente humano (FT) de la relación técnica de producción o fuerza social productiva (FT/MP). Por ejemplo, cuando, a instancias de la competencia intercapitalista se generaliza la aplicación de la informática a los procesos mecánicos en los distintos medios de trabajo, esto supone el paro y una mayor intensificación del trabajo de los empleados por un menor salario relativo que siempre va por delante del reclamo por una compensación salarial por el mayor gasto de trabajo por unidad de tiempo, reclamo que recién empieza se empieza a operar tras las noxas sociales derivadas de esta superexplotación.

Dicho de otro modo más abarcador y definido, desde el punto de vista del proceso de trabajo, de cada innovación tecnológica es lógico que resulte un sensible aumento de la fuerza productiva del trabajo en todas los sectores básicos y en las distintas ramas de la producción, esto supone que durante un menor tiempo de trabajo global, más tiempo libre y un mayor poder adquisitivo de los salarios. En suma, una más alta calidad de vida para el componente humano de las fuerzas productivas y una más alta racionalización en la producción y empleo de los medios de producción (MP). Pero dado que bajo el capitalismo el proceso de trabajo está subsumido en el proceso de valorización, resulta que este progreso de las fuerzas productivas se traduce inmediatamente en un aumento del paro y en jornadas de trabajo más largas e intensas a cambio de salarios por debajo de su valor.

Esta contradicción fundamental del capitalismo, a través de las noxas sociales sobre la (FT), da pábulo a la categoría conocida por “instinto de clase”, a medio camino entre la conciencia moral burguesa del asalariado, proclive a aceptar las condiciones de explotación a que se le somete, y la autoconciencia del asalariado revolucionario organizado, que lucha contra el capital en su condición política de fuerza de trabajo genérica. Como hemos dicho ya, este es un trayecto que el proletariado espontáneo no puede transitar por el sólo ejercicio de su “instinto de clase”, de susola lucha reivindicativa por mejores condiciones de vida y de trabajo, sin la necesaria e imprescindible ayuda teórica políticamente expresada del proletariado autoconciente o revolucionario organizado para tales menesteres. Este es un tema teórico de gran importancia política que desarrollamos más ampliamente en nuestra polémica con el BIPR acerca del proceso abierto en Argentina a raíz de los sucesos del 20/12/01. Ver en nuestro website: http://wwwnodo50org/gpm/1argbpri2.htm y http://wwwnodo50.org/gpm/1birp08.htm. También: http://wwwnodo50.org/gpm/1bipr16.htm

 

El despliegue de la lógica moral del capital contenida en el doble carácter del trabajo como mercancía

Veamos ahora la explicación de esto. En tiempos normales del proceso de acumulación en que el crecientepoder adquisitivo de los salarios es compatible con la cuota de ganancia al alza, permitiendo mantener y mejorar la situación de los asalariados, o inmediatamente después de que la burguesía consigue que el proletariado acepte condiciones más duras impuestas por las crisis y el paro masivo que divide y debilita al movimiento, el instinto de clase permanece casi por completo subyugado a la conciencia y mando político patronal burgués. En el primer caso porque se integra consensualmente a él, en el segundo por que se ve sometido sin alternativa. No obstante, incluso en el contexto de esos mismos procesos de retroceso ideológico y político, inducidos alternativamente por el bienestar o la penuria, el proletariado puede llegar a protagonizar rebeliones puntuales a caballo de las cuales rebrota el “instinto de clase relativamente autónomo”, como se verificó recientemente en Argentina, e inmediatamente antes en Ecuador y Albania, cuya más alta expresión combatiente puede llegar a configurar lo que Lenin llamó “situación revolucionaria”. Pero sin la necesaria mediación de un partido revolucionario con influencia de masas, capaz de fundir políticamente la teoría revolucionaria con el proletariado espontáneo, como se acaba de ratificar históricamente, estos procesos se agotan en sí mismos.  

Vamos a intentar extendernos un poco sobre esta cuestión por que, estimamos, es de la mayor importancia política desde el punto de vista de la evolución de la moral del proletariado dentro del capitalismo. Empecemos por analizar las luchas elementales de la clase obrera, la lucha por las condiciones de vida y trabajo. En nuestra opinión, el resultado de estas luchas económicas o inmediatas de la clase obrera, suele ser distinto según las condiciones objetivas en que la ley del valor determina el máximo y el mínimo de la tasa o grado de explotación de los trabajadores, lo cual, a su vez determina el máximo y el mínimo del salario relativo. En condiciones normales, el resultado de las luchas obreras se ubica entre estos dos límites. El máximo de la tasa de plusvalía o mínimo salarial, está dado por los límites físicos soportables por el asalariado en cuanto a carencia de medios de vida para reponer el desgaste de la fuerza de trabajo, más allá de los cuales resulta imposible la explotación del trabajo sin menoscabo para la ganancia capitalista. El límite mínimo de la ganancia o máximo salarial está fijado por el nivel de la ganancia por debajo de la cual el negocio del burgués deja de ser rentable. Si esto lo vemos desde el punto de vista del asalariado la cosa se explica así: el incremento de los salarios reales encuentra su límite máximo en el mínimo plusvalor compatible con la rentabilidad del capital vigente en el mercado, mientras que el mínimo salario relativo está determinado por el costo laboral compatible con el mayor rendimiento del trabajo. Entre estos dos límites queda fijado el campo de la lucha por la participación en la productividad del trabajo dentro del sistema capitalista.

En una situación con tendencia sostenida al alza en la tasa de ganancia, la inversión en capital fijo y circulante aumenta, el paro remite ante la consecuente mayor oferta de empleo y el capital está -aunque no predispuesto- sí en condiciones económicas de conceder mejoras a los trabajadores. En tales circunstancias, esas mejoras se vuelven realmente posibles dentro del sistema. Aun cuando no de modo automático o mecánico, esta situación objetiva acaba por trasladarse al plano subjetivo, en las empresas y en los sindicatos; los asalariados se ven estimulados a luchar por mejorar su salario relativo y sus demandas se traducen así necesariamente en conquistas: El salario relativo de los trabajadores aumenta históricamente (por encima de los niveles anteriores, porque el desarrollo de la fuerza productiva lo permite) aun cuando lógicamente menos que la ganancia del capital.

En el punto más alto de la fase expansiva, e inmediatamente después de la crisis, cuando la economía capitalista entra en la onda de crecimiento lento y buena parte del capital adicional comienza a ser expulsado de la producción porque la tasa de ganancia no compensa su inversión, el paro aumenta en la misma proporción en que el crecimiento de la inversión se retrae. Es el momento en que la patronal inicia su ofensiva sobre las condiciones de vida y de trabajo de los asalariados, que así ven peligrar las conquistas logradas con sus luchas durante la fase anterior de crecimiento acelerado.

Dado que la masa de capital acumulado que desemboca en cada onda larga depresiva es sucesivamente mayor, las dificultades de la burguesía para superar semejantes situaciones son también cada vez mayores, y sus ataques contra las condiciones de vida y de trabajo de los asalariados más profundos. Esto quiere decir que para recuperar la tasa de ganancia según se pasa de la fase depresiva de un ciclo a la del siguiente, el precio de la fuerza de trabajo debe descender cada vez más por debajo de los niveles históricos de su valor, con tendencia a alcanzar el mínimo de subsistencia. Dicho de otro modo, entre el nivel salarial alcanzado en el punto más alto de la cada fase expansiva y el nivel más bajo que corresponde a la fase depresiva inmediatamente antes de iniciada la recuperación, esa diferencia en pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores debe ser sucesivamente creciente según se pasa de una fase depresiva a la del ciclo siguiente.

En síntesis, según avanza el proceso histórico de la acumulación, para salir de cada depresión los ataques del capital sobre el trabajo deben ser cada vez más formidables: el salario relativo, esto es, la parte de la jornada de labor en que cada trabajador produce para sí mismo respecto de la parte que trabaja para el patrón, resulta ser cada vez menor, al tiempo que mayor la intensidad y eventualmente la extensión del tiempo a que se le somete en el trabajo. La prueba está en que durante los últimos treinta años, las condiciones de vida y de trabajo del proletariado mundial no han hecho más que deteriorarse; sin embargo la burguesía internacional no ha logrado salir de la onda larga depresiva en que entró tras la inconvertibilidad del dólar en 1968.

<<Al llegar a una determinada fase de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones de producción se convierten en trabas suyas. Se abre así una época de revolución social.>> (Op. Cit.)

A este momento se llega fatalmente, cuando, a instancias de la competencia intercapitalista, aumentan las fuerzas productivas del trabajo hasta extremos en que una mínima cantidad relativa de asalariados puede poner en movimiento un mayor número de más eficientes y costosos medios de producción). Esta enorme productividad del trabajo determina un cambio en la composición de las inversiones en los factores de la producción. Se incrementa en medios de producción (MP) [maquinas, materias primas y auxiliares], mucho más que proporcionalmente respecto de la inversión en salarios o fuerza de trabajo (FT). Así el empleo en cantidad de explotados crece, pero progresivamente menos que los disponibles según el incremento de la tasa de natalidad. Resultado: el paro aumenta secularmente en términos absolutos; consecuentemente, la masa de plusvalor se incrementa cada vez menos y la tasa de ganancia disminuye. Al mismo tiempo, en medio de una vorágine de mejoras técnicas, el mayor coste creciente del capital fijo (maquinarias), obliga a su funcionamiento continuado y más intenso -el “perpetum mobile” de que hablaba Marx- evitando su desvalorización y retiro prematuros por obsolescencia, antes de ser totalmente amortizado. Resultado: sobreaumento en la Composición Orgánica del Capital por un mayor metabolismo del capital circulante (materias primas), una extensión hasta el límite de la jornada de labor colectiva que abarque las 24 horas de cada día, al tiempo que se intensifican también al límite los ritmos de explotación del trabajo vivo.  

En el capítulo XV del libro III que trata de las contradicciones de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, Marx señala precisamente el déficit de Ricardo al concebir la tasa de plusvalor sobre el supuesto de que la jornada de labor “es, en intensidad y extensión, una magnitud constante”.[4] Marx dice expresamente que el fenómeno típicamente capitalista de la intensificación del trabajo adquiere “importancia decisiva”. En un doble aspecto: porque impugna la “ley de bronce del salario”, y porque demuestra el carácter revolucionario fundamental de la clase obrera.

La intensificación del trabajo supone “un mayor gasto de trabajo en el mismo tiempo, una tensión acrecentada de la fuerza de trabajo, un taponamiento más denso de los poros que se producen en el tiempo de trabajo”. Esto quiere decir que “La hora, más intensiva de la jornada laboral de diez horas contiene ahora tanto o más trabajo, esto es fuerza de trabajo gastada, que la hora, más porosa, de la jornada laboral de 12 horas. (subrayado del autor)[5]

De aquí se infiere que, en cierto estadio de la acumulación capitalista, las condiciones objetivas de la valorización del capital exigen que el salario real tenga que aumentar necesariamente. La lucha obrera por el salario, ese factor “histórico-moral” que Mandel deja flotando en el aire[6], en realidad se asienta en la base material del sistema; la fuerza moral que asiste a los trabajadores en sus luchas, reside en los contenidos y resultados de la ley del valor. Los “excesos” o “usurpaciones” del capital contra los que Marx exhorta a la clase obrera a luchar, deben entenderse como excesos de la ley del valor respecto de las propias condiciones de valorización del capital, una contradicción insoluble del capitalismo que justifica plenamente la lucha revolucionaria del proletariado.

Y esto es así no sólo en cuanto a los fundamentos sino también en cuanto al tiempo. En efecto, de hecho, toda acción de los trabajadores, obedece a movimientos previos determinados por la ley del valor en un momento dado del progreso de la acumulación. “la lucha por la subida de salarios -dice Marx en “Salario, Precio y Ganancia”- sigue siempre a cambios anteriores y es el resultado de los cambios previos operados en el volumen de producción, las fuerzas productivas del trabajo, el valor de éste, el valor del dinero, la extensión e intensidad del trabajo arrancado, las fluctuaciones de los precios del mercado, que dependen de las fluctuaciones de la oferta y la demanda y se producen con arreglo a las diversas fases del ciclo industrial; en una palabra: es la reacción de los obreros contra la acción anterior del capital.(subrayado del autor)[7]

Al abordar el problema de la intensificación de la fuerza laboral, entramos en el capítulo del salario relativo. Al investigar la categoría fuerza de trabajo en su doble carácter, Marx descubre que “Ni el salario nominal, es decir, la suma de dinero a cambio de la cual el obrero se vende al capitalista, ni el salario real, es decir, la suma de mercancías que puede comprar a cambio de ese dinero, agotan las relaciones contenidas en el salario. Ante todo, el salario aún está determinado por su relación con la ganancia, con el beneficio del capitalista; es un salario relativo. El salario real expresa el precio del trabajo en relación con el precio de las restantes mercancías (que es lo que determina su nivel de vida), mientras que el salario relativo expresa la participación del trabajo -en el nuevo valor creado por él- en relación con la participación que en él cabe al trabajo acumulado, al capital. [8]

Marx observa que el progreso secular en la acumulación capitalista va acompañado de un aumento también a largo plazo en la composición orgánica del capital social global, esto es, el crecimiento más rápido del capital destinado a maquinaria y materias primas, respecto de la parte destinada al pago de salarios. Observa también que un menor empleo relativo de trabajo vivo, supone una productividad mayor, con lo cual, dada la jornada de labor simultánea. [9]los trabajadores reproducen en un tiempo cada vez menor la parte de capital adelantada en salario, aumentando así el tiempo que dedican a trabajar para los capitalistas. Queda claro, pues, que la lucha obrera jamás podrá evitar la tendencia histórica hacia el descenso relativo del salario. Esto debe ser necesariamente así, porque, de lo contrario, la reproducción ampliada se torna materialmente imposible.

En los “Manuscritos de 1861/63", Marx llega a la conclusión de que en un punto determinado de la acumulación -y a este punto se llega con el “Fordismo” y el Taylorismo”- se establece una relación inversa entre la intensidad y la extensión de la jornada de labor. Y esto -dice Marx- “no es un asunto especulativo. Cuando el hecho se manifiesta hay un medio muy experimental de demostrar esta relación: cuando, por ejemplo, aparece como físicamente imposible para el obrero proporcionar durante doce horas la misma masa de trabajo que efectúa ahora durante diez o diez horas y media. Aquí, la reducción necesaria de la jornada normal o total de trabajo resulta de una mayor condensación del trabajo, que incluye una mayor intensidad, una mayor tensión nerviosa, pero al mismo tiempo un mayor esfuerzo físico. Con el aumento de los dos factores -velocidad y amplitud (masa) de las máquinas- se llega necesariamente a una encrucijada, en la que la intensidad y la extensión del trabajo ya no pueden crecer simultáneamente, en el que el aumento de una excluye necesariamente el de la otra...” [10]

Comprobaciones empíricas contemporáneas permiten confirmar este aserto. Mediante un estudio riguroso de las estadísticas comparadas de mortalidad en los EE.UU., Eyers y Sterling, han demostrado que “...después de la adolescencia, la mortalidad está más relacionada con la organización capitalista que con la organización médica....Una conclusión general, es que un gran componente de la patología física y muerte del adulto, no deben ser considerados actos de Dios ni de nuestros genes, sino una medida de la tragedia causada por nuestra organización económica y social...” Estos autores consideran al “stress” como el eslabón entre las “noxas” (daños) sociales y el deterioro biológico (catabolismo). Eyers y Sterling definen el “stress” como “...los cambios que ocurren en un sujeto llamado a responder a una situación externa, para enfrentar la cual el no tiene capacidad o está dudoso de tenerla...Ello produce un estado de alerta psicológica y física que se inicia en la conciencia, en el cerebro y pone en tensión el cuerpo..”[11]

Las estadísticas de mortalidad reconocen al “stress” en el suicidio, el homicidio y los accidentes, así como en enfermedades crónicas como el infarto, la cirrosis, el cáncer de pulmón y la hipertensión. [12] Según un informe de CC.OO., los accidentes laborales en España aumentaron un 46% en l988, o sea, 326.308 accidentes más que el año anterior. A pesar de la gravedad de los datos, la situación de la salud laboral en España puede ser todavía más trágica: al menos un 30% de los trabajadores de este país, escapan a las estadísticas oficiales sobre siniestralidad, ya que se trata de trabajos marginales o a tiempo parcial. Según CC.OO., “...los que tienen contrato temporal, se accidentan dos veces más que el personal fijo...” [13]

En otras palabras, la tendencia del capital a aumentar la plusvalía relativa, es decir, el desarrollo de las fuerzas productivas “objetivas” expresado en las máquinas, los sistemas mecánicos, los sistemas semiautomatizados, la automatización en gran escala, los robots, tiene efectos contradictorios sobre el trabajo. Reduce la cualificación, suprime empleos, presiona a la baja sobre los salarios por el aumento del ejército de reserva. Pero simultáneamente, la extensión de la mecanización tiende a aumentar la intensidad del esfuerzo en el trabajo (a la vez físico y psíquico, o al menos uno de los dos), y ejerce, pues, una presión objetiva hacia la reducción de la jornada de trabajo. Pero ya vimos que según progresa la productividad del trabajo, el empleo de trabajo vivo es cada vez menor respecto de la inversión cada vez más onerosa en capital constante. El resultado es que el plusvalor desciende históricamente respecto del trabajo necesario ya convertido en capital,hasta que a la burguesía no le queda otra salida que reducir los salarios reales, el nivel de vida de los trabajadores. Esta es la lógica del capital. Veamos ahora la historia presidida por esa lógica incluyendo la respuesta moral-política del conjunto del proletariado, esto es, del proletariado espontáneo y su vanguardia revolucionaria.

 

La respuesta de los asalariados como fuerza de trabajo genérica a la lógica específica del capital

Las formas de lucha con que el proletariado ha venido desbaratando la “organización científica del trabajo”, responden a todas estas “noxas” sociales. Entre estas formas está el absentismo, el sabotaje tipificado como “faltas de cuidado”, “defectos”, “porcentajes crecientes de desperdicios”; actitudes que Benjamín Coriat ve como “una resistencia a entrar en la fábrica” y que pueden ser actos voluntarios o resultantes de una fatiga excesiva. [14]

En suma, la Ley de la Caída Tendencial del Salario Relativo es el contexto en el que Marx encuadra todas las luchas de la clase obrera moderna por la reducción de la jornada de trabajo. Luchas en el seno del capital, a menudo sordas y aparentemente intrascendentes, pero históricamente revolucionarias. Refiriéndose a ellas en un pasaje de “Salario Precio y Ganancia”, Marx dice que “Si en sus conflictos diarios con el capital (los trabajadores) cediesen cobardemente, se descalificarían para emprender movimientos de mayor envergadura”. [15]

En esta línea de razonamiento, parece quedar recusado el presunto carácter integrador absoluto del capitalismo. Pero, además, en este contexto se revela plenamente a la conciencia esa clase revolucionaria objetiva que muchos consideran imposible descubrir teóricamente. En efecto, si la tendencia siempre operante a reducir el tiempo de trabajo necesario por debajo del promedio social es condición de existencia de la acumulación en el capitalismo tardío, debemos concluir que la lucha por el salario relativo -que sólo compete a la clase trabajadora como tal- supone, lógicamente, la revelación del proletariado como clase revolucionaria fundamental.

Ahora bien, los ataques de la burguesía en la fase depresiva no se producen de forma brusca y brutal sino paulatina; las vueltas de tuerca que la patronal ejecuta sobre la tasa de explotación se extienden en el tiempo según se reconstruye el ejército industrial de reserva que regula el nivel de los salarios; así, hasta que el salario relativo desciende -según aumenta el paro- hasta alcanzar la medida que provoca el cambio cualitativo -o salto de la cantidad en cualidad que explica la dialéctica social elemental entre las dos clases universales históricamente antagónicas e irreconciliables- pasan algunos años.

Esa medida se evidencia cuando los trabajadores se niegan a seguir aceptando recortes en las condiciones de vida y de trabajo, y la patronal no puede evitar imponerlas, porque el nivel de la tasa de ganancia le obliga a ello. En tales circunstancias, esas luchas económicas defensivas se trasladan inmediatamente del terreno económico al terreno político, en tanto esa disputa por el salario relativo -como bien decía Rosa Luxemburgo- constituye objetivamente un “asalto subversivo al carácter mercantil de la fuerza de trabajo”. En tales circunstancias, estas luchas configuran una situación revolucionaria. Esto es lo que estuvo a la orden del día en numerosos países imperialistas y dependientes durante la década de los setenta y ochenta, tras el comienzo en 1968 de la onda larga depresiva que siguió a la expansión de postguerra, y que la burguesía no acaba de superar todavía.

Varios son los testimonios de esta tendencia que la lucha de clases ha dado en este período. En Inglaterra la gran huelga minera durante el gobierno Thacher; en España desde la muerte de Franco hasta los Pactos de la Moncloa; en Grecia inmediatamente antes de la “revolución de los coroneles”; en Portugal durante la llamada “revolución de los claveles”; en Chile durante el gobierno socialdemócrata de Allende; en Argentina desde mayo de 1969 hasta agosto de 1975; en Bolivia desde el gobierno de Torres hasta el golpe de Ovando; en Perú previo y posterior al gobierno de Velasco Alvarado; en México inmediatamente antes de la matanza de Tlatelolco.

La condición suficiente para que esta situación revolucionaria se resuelva en lucha abierta por el poder con posibilidad real de un cambio efectivamente subversivo de las relaciones de poder entre la burguesía y el proletariado, está dada por la presencia de un partido obrero revolucionario. La crisis revolucionaria se presenta ante la imposibilidad de disciplinar a los explotados y se caracteriza por un gran desbarajuste en el aparato productivo de la sociedad en medio de huelgas salvajes reiteradas y estallidos sociales, donde las direcciones sindicales estatizadas y los partidos reformistas dentro y fuera de las instituciones políticas del sistema se ven por completo desbordados.

En semejantes condiciones, la prolongación de la lucha contra lo que no se quiere aceptar sin saber lo que se quiere conseguir más allá de la imposible reivindicación inmediata o económica que el capital no está en condiciones de soportar, desgasta la moral de los explotados ante la falta de perspectiva política. Y está claro que esa perspectiva sólo puede ser esgrimida con eficacia política por un partido obrero con un programa y una práctica revolucionarias, capaz de agrupar a la vanguardia amplia y trasladar el sentido subversivo de ese programa a las luchas de las más amplias masas de asalariados.

Ante la ausencia de una dirección revolucionaria con una propuesta política alternativa al dominio de la burguesía y una táctica que la situación misma demanda, todo el tiempo en que el proletariado sigue fundando su lucha en la confianza de que el sistema capitalista puede concederle lo que pide -tal como en las épocas de bonanza- la patronal se prepara a ejecutar la solución más adecuada a sus intereses y a la preservación del sistema de explotación en su conjunto, dado que la base material sobre la que se erige su poder político de clase no puede tolerar el marasmo por demasiado tiempo. En ese lapso de tiempo -según determinadas circunstancias históricas de la lucha de clases- la burguesía adoptará una de las dos formas políticas alternativas de gobierno más adecuadas a la solución -sólo transitoria- acorde con sus intereses; esas formas políticas alternativas son: la contrarrevolución violenta y la contrarrevolución democrática; la primera se produce cuando las luchas obreras sobrepasan a las instituciones “democráticas”, la segunda cuando el desborde se produce por la izquierda de las dictaduras político-militares.

Desde la época del fascismo en la Europa de la segunda preguerra, las dictaduras chilena y argentina son los ejemplos históricos más recientes y conocidos de la solución burguesa violenta a las situaciones prerrevolucionarias, mientras que la experiencia del postfranquismo en España es el más logrado paradigma de contrarrevolución democrática. Una articula -en diverso grado de participación relativa- el accionar de las FF.AA. con formaciones pequeñoburguesas paramilitares, como Patria y Libertad en Chile o la triple A en Argentina; la otra combina la acción política en el parlamento estatal con los partidos reformistas y los frentes populares en la sociedad civil.

Cuando la contrarrevolución se consuma exitosamente y el proletariado acepta las nuevas condiciones de explotación, la burguesía consigue imponer el sello ideológico acorde con sus intereses de clase. En ese caso, las condiciones subjetivas para un nuevo proceso de acumulación de fuerzas políticas con vistas a una nueva situación prerrevolucionaria se alejan por relativo largo tiempo en el horizonte de la historia, y el necesario resultado histórico de la ley que preside el desarrollo de la sociedad según la dialéctica material entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción se posterga o retarda.

Con esto queremos decir que, entre la lógica material u objetiva que preside el movimiento de la sociedad un período determinado y su resultado histórico, no hay una relación mecánica, inmediata y directa de causa-efecto. Es un proceso histórico-social motorizado por la lucha de clases. Pero si el movimiento histórico no es mecánico sino dialéctico, donde la causa (ley económica) produce un efecto (lucha de clases) que, a su vez, influye sobre el curso natural de la ley económica, condicionándola históricamente, ¿por qué razón Marx y Engels han afirmado que la lucha de clases es el motor de la historia, lo cual parece reducirla a un proceso mecánico? Esta aparente contradicción nunca fue suficientemente explicada y difundida al interior del movimiento político del proletariado.

En primer lugar, sin el referente de la contradicción fundamental, básica o económica entre las fuerzas sociales productivas y las relaciones de producción, la lucha de clases no existiría, del mismo modo que sin la dialéctica entre la energía calórica y el volumen de los gases no sería posible la mecánica del motor a explosión. La base material del sistema capitalista constituye, pues, el contenido general que da sentido histórico a la lucha de clases como expresión o forma de su desarrollo.

Pero esta forma: la lucha de clases, no es el simple reflejo de lo que ocurre en la base material del sistema; a su vez actúa sobre ella acelerando o retardando el cumplimiento de la ley o tendencia objetiva dimanante de la contradicción dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Para facilitar que podamos acordar en esto con Marx y Engels aclarando la aparente contradicción de sus palabras, hagamos una comparación que nos parece pertinente: Así como el ensamblaje de las piezas de un motor a explosión constituye la forma mecánica cuyo funcionamiento verifica las leyes físicas de la termodinámica que se resuelven en el movimiento, la lucha de clases es la forma social a través de la cual se verifica la ley general de la acumulación capitalista que -según la previsión científica- se resuelve necesariamente en el comunismo.

Pero aquí es necesario destacar una diferencia sustancial: Las formas mecánicas de un motor, aunque son relaciones entre distintas partes o piezas que difieren por su forma según su función específica, todas ellas se encuentran, no obstante, en una dialéctica de complementariedad respecto de una sola fuerza y su resultado: el puro movimiento; aquí, entre la ley y su forma de realización no hay solución de continuidad procesal. No ocurre lo propio respecto de la lucha de clases, dado que en la sociedad humana no se trata ya de relaciones entre piezas mecánicas sino entre voluntades con fines e intereses contrapuestos.

Por lo tanto, a diferencia de lo que ocurre con la mecánica en relación con la ley física, entre la ley económico-social y su realización no puede haber una línea de sentido procesal progresivo y continuo; dicho de otro modo, los distintos resultados de la lucha de clases o dialéctica social entre el proletariado y la burguesía a lo largo del proceso histórico que atraviesa la sociedad capitalista, no tienen por qué coincidir en todo momento con el sentido de la ley que preside la dialéctica material o económica entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Aun cuando no pueden anular la ley de la tendencia económica general, sus resultados pueden acelerar o retardar el proceso determinado por ella.

Esto explica las marchas y contramarchas de la historia y, por tanto, la importancia decisiva de la lucha política de los comunistas por evitar esas contramarchas o retardos del proceso de acumulación que maduran las condiciones objetivas que favorecen la lucha por el socialismo, al mismo tiempo que intentan crear las condiciones subjetivas o ideológico-políticas propicias para acabar con él. Y la creación de esas condiciones subjetivas pasa por la lucha inclaudicable contra las fuerzas políticas pequeñoburguesas como el proudhonismo o el lassallenismo en tiempos de Marx o el populismo en tiempos de Lenin, y ahora contra los intelectuales estilo Antony Guidens o Jeremy Rifkin, en los que se inspiran todos los políticos de la izquierda burguesa que, como Mijailovsky, se resisten a la necesidad histórica con proyectos y propuestas que pretenden retrotraer el capitalismo a su etapa temprana.  

Ahora bien, la fuerza o la lucha comprendida en una relación dialéctica, es producto de la relación misma. Si no hay relación no hay fuerza, decía Hegel. Cfr: http://wwwnodo50.org/gpm/1dialectica9.htm. Pero esta relación dialéctica puede ser complementaria, que confirma la relación, o antagónica, que tiende a superarla o a trascenderla. La fuerza o lucha que confirma una relación, es producto de una dialéctica no antagónica o complementaria, porque discurre entre contrarios de idéntica naturaleza social. Por ejemplo, cuando el asalariado lucha por una mejora en sus condiciones de vida dentro del capitalismo, compatible con la tasa de ganancia en funciones, esto es, asumible por la burguesía, esta es una lucha entre contrarios que se complementan, dado que confirman o reafirman la relación, donde el proletariado se asume como parte del capital, como capital variable reconocido en su mejora que, a su vez, reconoce al contrario que le concede la mejora. Lo mismo puede decirse de intelectuales y políticos pequeñoburgueses que la burguesía se encarga de promocionar en tiempos de crisis, porque sus propuestas en apariencia anticapitalistas, en tanto y cuanto consiguen encerrar a buena parte del proletariado en ellas, dividen y debilitan al conjunto, al movimiento, contribuyendo a evitar que los comunistas consigan sus propósitos revolucionarios. Esto es lo que ha venido haciendo la pequeñoburguesía en el movimiento obrero toda la vida.

Tienen a su favor la función social contradictoria de los asalariados, a quienes les toca vivir una doble vida. Por un lado, no pudiendo existir -en virtud de su condición de propietario privado de su fuerza de trabajo- sin la práctica consuetudinaria de venderla para que su comprador la gaste a cambio de un salario con el que compra lo necesario para reproducirla, la relación capitalista de producción modela su conciencia y su lucha a la relación misma, al fundamento mercantil y monetario de la moral burguesa, con la única diferencia de que el burgués propietario de su capital-dinero lo vende y entrega al asalariado a cambio de su fuerza de trabajo, para convertir ese dinero en más dinero, en capital incrementado o acumulado.

Su interacción como propietarios privados con los burgueses al interior de la sociedad civil de la que resulta la acumulación simultanea con el gasto de la fuerza de trabajo que el salario reproduce, convierte objetivamente a los asalariados, en sentido funcional y sociológico, esto es como productores -e incluso como consumidores- en burgueses. En los “Manuscritos” de 1844 Marx se refiere a la envidia como la forma escamoteada de la “sana” codicia burguesa por parte de los propietarios privados más pobres y que esta relación es parte constitutiva de la competencia en tanto moralidad dominante como elemento de cohesión de las clases antagónicas a instancias del egoísmo personal y la tendencia al mimetismo formal con los de arriba. No pocos asalariados, hasta donde pueden, copian detalles de las pautas de consumo de la burguesía en general como "deseo de nivelación", en especial, la vestimenta que observan en sus propios patrones:

<<La envidia general y constituida en poder, no es sino la forma escondida en que la codicia se establece y, simplemente, se satisface de otra manera. La idea de toda propiedad privada en cuanto tal se vuelve, por lo menos contra la propiedad privada más rica como envidia, deseo de nivelación, de manera que estas pasiones integran el ser de la competencia>> (K.MarxOp. Cit Primer manuscrito)

A fuerza de venderse como propietarios trasmutando su fuerza de trabajo en capital variable, comprando en el mercado lo que necesitan para reproducir su mercancía a fin de seguir produciendo capital, los asalariados moldean su subconciencia según esa moral mercantil de la que sacan la conclusión que ellos son lo que son, en tanto exista para ellos un capital, conciencia que se refuerza cuando los mandan al paro, algo que por periódico y recurrente, les parece lo mas natural del mundo, no pudiendo ni en sueños imaginar que pueda existir otro modo de producción y forma social de producir y vivir, donde la propiedad privada que genera el antagonismo social preñado de pasiones malsanas, deba y pueda ser sustituido por otro basado en la colaboración entre los productores libres asociados, donde el paro forzoso llegue a ser tan inmoral e inconcebible, como para la burguesía lo es la ausencia de ganancia.

El modo de existencia burgués genera en los asalariados la conciencia y moral individualista -exacerbada en tiempos de crisis- que tiende a inhibir la necesaria unidad de acción frente a los abusos patronales que dificulta enormemente y ha hecho fracasar más de un momento contestatario. Más aun ante la eventual circunstancia del paro, donde la presión que desde fuera de cada empresa en conflicto hacen los desempleados, se traslada a los de dentro, induciéndoles a que defiendan su empleo aceptando las condiciones de sus patrones y se predispongan a trabajar más por menos.

Pero esta dialéctica complementaria o antagónica conciliable como una cadena de conflictos que acaban reforzando los vínculos entre el capital y el trabajo, está comprendida en la dialéctica antagónica históricamente irreconciliable entre las fuerzas productivas y las relaciones capitalistas de producción. La primera se manifiesta con relativa frecuencia resolviéndose invariablemente al interior del capital, de las mismas relaciones capitalistas de producción; en cambio, la segunda, solo sucede una vez en muchos años, cuando las masas dan la espalda a las engañosas propuestas burguesas de todo pelaje y van al encuentro de la revolución que tiende a resolverse en una relación de producción de otra naturaleza social distinta, superadora del capitalismo: el socialismo.

En medio de esta dinámica de existencia, como hemos dicho contradictoria, la lucha política tendencialmente revolucionaria se hace presente muy esporádicamente, entre largos períodos de normalidad burguesa, y es necesariamente interrumpida, jalonada de cortas marchas y largas contramarchas, de avances y retrocesos. En todo este proceso, los asalariados revolucionarios acreditan su condición de tales porque en los momentos de retroceso ideológico y parálisis de las luchas políticas, mantienen siempre vivo su compromiso moralcon los principios políticos revolucionarios, y en los momentos de alza se ponen al frente del movimiento para tratar de hacerse reconocer entre los mejores y más consecuentes portadores de la moral crítica en lucha por crear las condiciones que la eleven a moral positiva.

En suma, que los asalariados comunistas son la continuidad de la moral revolucionaria dentro de la necesaria discontinuidad de la practica política del proletariado, asumiendo una u otra forma de lucha según las condiciones o correlación de fuerzas entre las dos clases universales antagónicas. Y naturalmente que eso supone una ruptura radical y completa con la ética burguesa, aunque sólo parcial con su moral; tanto más parcial, cuanto más débiles y escasos sean los vínculos políticos entre sujetos existentes de su misma condición y, por tanto, más reducidos los ámbitos donde poder cultivar la moral revolucionaria alternativa a la mercantil-monetaria del capitalismo, cuya mayor amplitud y profundidad se alcanza en los momentos de alza revolucionaria de masas, allí donde es posible que cristalice un partido con capacidad de difundir el materialismo histórico entre la vanguardia natural del proletariado, constituyéndose en el precursor y garante de la futura moral comunista positiva tras años de ejercicio estable del poder revolucionario.

 

Génesis de la moral social alternativa en el pasaje de un período histórico a otro

Finalmente, cuando esta tendencia superadora se cumple políticamente mediante la toma del poder por el proletariado bajo la dirección del partido, como no puede ser de otra manera la superación de la moral capitalista comienza por su base, por la despótica -y al mismo tiempo democrática- “expropiación de los expropiadores”, de las minorías sociales burguesas detentadoras hasta ese hipotético momento de los medios materiales de producción, por parte de las mayorías asalariadas, eliminando así, por tanto, el carácter mercantil monetario de la mayor parte[16] de la riqueza social constituida por el capital fijo (CF) (maquinarias, herramientas, campos, edificios, etc.) y el capital circulante (Ccr), (materias primas y auxiliares), todas ellas de consumo social productivo que integran el capital constante Cc, base objetiva de la producción de plusvalor y de la acumulación de capital, que, una vez expropiados sin indemnización, pasan a ser propiedad colectiva no ya como valores mercantiles en forma de capital para la creación de más valor para los fines de la acumulación, sino como simples valores de uso de propiedad colectiva, para la creación de riqueza con arreglo a la satisfacción de las necesidades sociales de los productores asociados.

Al quedar constitucionalmente prohibido el trabajo por cuenta ajena, desaparece la figura social del capitalista y la competencia interburguesa pierde así gran parte de su base de sustentación, condenada a languidecer hasta su desaparición definitiva, entre la pequeña e ineficiente producción mercantil familiar y las grandes empresas colectivas basadas en la cooperación planificada a escala de las distintas ramas de la producción. Así, el individualismo, la consagrada idea del “himself made man”, paradigma moral sustento de la psicología y sus derivados -“ciencia” que no casualmente nace con el capitalismo- se va diluyendo en la práctica de un nuevo concepto de individuo que tiene por condición de existencia a la comunidad, hecho a la moral de la solidaridad basada el“trabajo libre asociado”, superador de la limosna que consolida la desigualdad social de patrimonios basada en la explotación del trabajo ajeno como condición de la riqueza de algunos y la pobreza de muchos. En todo caso se trata de un individualismo basado en trabajo propio mancomunado con el de otros como condición de vida de todos.

Condición de vida individual y colectiva que, en tanto las fuerzas sociales productivas no superen la penuria relativa heredada del capitalismo, y tarde en revolucionarse el concepto reminiscente de necesidad creada para el consumo superfluo de necesidades creadas como exclusiva fuente adicional de plusvalor para la acumulación, así como formas de diferenciación sociológica o de “status” social al interior de las clases subalternas con fines maquiavélicos de embrutecimiento y consecuente control social sin necesidad de aplicar la violencia, seguirán pesando como elementos de división e insolidaridad en el movimiento.

               Estas necesidades reminiscentes de la sociedad de clases bajo el capitalismo cercenado por su base, aunque no del todo superado en pautas morales que no se pueden eliminar por decreto, tienden a desvanecerse una vez adoptada la decisión democrática de prohibir la explotación del trabajo ajeno que ha venido dando pábulo a las enormes diferencias patrimoniales entre capitalistas y asalariados en general, así como entre el trabajo asalariado más cualificado respecto de las tareas más rudimentarias que no exigen especial preparación. Así, según aumenta la disponibilidad colectiva de recursos productivos y trabajo excedente -antes en manos privadas bajo la forma capitalista de plusvalor para fines ajenos al desarrollo social- es posible emplear esta enorme parte del trabajo social materializado en recursos materiales, a socializar o extender rápidamente el progreso científico técnico entre la población a costes sociales de formación perfectamente asumibles por el nuevo sistema, de modo que la brecha abierta por el capitalismo entre la remuneración del trabajo simple y del trabajo complejo tiende a estrecharse y a desaparecer la cosificación como medio de diferenciación social entre los productores según la mayor capacidad adquisitiva de su salario. Finalmente, en la medida en que los medios de producción dejan de ser mercancías para pasar a ser objetos de uso productivo en régimen de cooperación planificada, la competencia como medio de asignación de recursos productivos y riqueza desaparece y, con él, se debilita la diferenciación social de los ingresos y las pasiones fetichistas asociadas a la propiedad compulsiva, como la codicia y la envidia, correas de transmisión del individualismo cerril, temeroso, agresivo y muy a menudo frustrado, en cuyas entrañas laten muchas degeneraciones de la psiquis y el comportamiento, que en no pocos casos se abren paso hacia el suicidio y/ o el asesinato.

 

De la división social del trabajo a su socialización objetiva

                La división social del trabajo nace de la propiedad privada del productor individual respecto de sus medios de producción y, naturalmente, de su producto. Este modo de producción general dio pábulo a la sociedad de clases y al mercado. Se trata, en primer lugar, de una interdependencia social creciente entre los distintos procesos de trabajo para la producción de otros tantos diversos productos en un principio aislados los unos de los otros por diversos productores privados que se relacionan a instancias del intercambio de sus mercancías en el mercado. Aquí no hay socialización del trabajo sino de sus productos en la esfera de la circulación.

En la etapa del llamado capitalismo tardío, desde principios del siglo inmediato pasado, estas formas de producción individual y distribución por medio de la compra-venta de valores contenidos en sus respectivos productos, comienzan a volverse cada vez menos frecuentes y más escasos, para dar lugar a grandes complejos industriales, comerciales y bancarios de propiedad multipersonal y anónima. La competencia no desaparece, pero pasa a operar entre estos pocos y grandes conglomerados económicos, dando nacimiento a lo que se conoce por competencia oligopólica. ¿Qué pasa? Que la propiedad de los capitales -antes individuales y dispersos- se concentra en cada vez menos agentes del capital; consecuentemente, las decisiones de inversión productiva se centralizan, y lo mismo sucede con los productores directos y la cantidad de los productos resultantes. En el siglo XIV, esta interdependencia afectaba a unos cientos de personas de la población media en un país de Europa o Asia, mientras que hoy compromete a millones de personas.

El caso es que según aumenta el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo y la industrialización progresa bajo el capitalismo, el mercado deja de determinar la producción de parcelas crecientes del proceso global de trabajo en la sociedad, que así pasan cada vez más a estar en función de la organización planificada de la producción predominante en un número creciente de grandes empresas que mandan sobre la disciplina laboral de una masa creciente de asalariados para la producción de diversas mercancías. Así la división social del trabajo (entre empresas) a través del mercado, es paulatinamente reemplazada por una división técnica del trabajo al interior de una misma empresa. Es la socialización de la producción. Con el aumento de la masa de capital en funciones en cada empresa, mayor es el numero de asalariados en régimen de cooperación técnica, por tanto, mayor también la escala y el volumen de la producción de diversos productos resultante de la planificación en el seno de una sola empresa. Con la aparición del capitalismo monopolista, el plan se extiende de fabricas que producen distintas mercancías a la empresa propietaria ("grupo") que centraliza las decisiones de inversión en cada una de esas fábricas, así como la cantidad y calidad de los productos a fabricar en cada una de ellas según un plan de producción global para la empresa. En la época de las sociedades multinacionales, el plan se hace internacional y afecta en el terreno jurídico a numerosas y diversas empresas de distintas ramas de la producción social. La moral positiva que prescribe lo que está bien o mal en la vida de relación, no cambia un ápice a causa de esta transformación, pero en ella está el principio activo que anticipa ese cambio moral radical.

La consecuencia a largo plazo de este proceso en el capitalismo tardío, es una reducción drástica del trabajo social y recursos productivos asignados por el mercado capitalista en relación a la creciente asignación directa por las grandes empresas. La causa de este cambio radica, como acabamos de explicar, en la lógica interna del capitalismo, en su dinámica propia de acumulación, competencia y aceleración de la unidad y centralización de los capitales incluso a escala internacional. Por ejemplo: cuando la Empresa multinacional Renault produce las piezas sueltas de sus camiones en una de sus factorías A, en otra B procede a unir mecánicamente esas piezas de las que resultan las autopartes, y, finalmente, en otra C se realiza el montaje. El hecho de que el ordenador que calcula los costes parciales de forma minuciosa elabore seudofacturas que acompañan respectivamente al transporte de las piezas sueltas de A a B, y de ésta última los dos componentes ensamblados C, esto no quiere decir que la fábrica A venda las piezas sueltas a B y ésta las dos autopartes a C. Aquí no hay intercambio sino simple traslado, donde no es el mercado -sino el objetivo planificado de la producción de camiones dentro de la Renault- lo que determina la asignación de factores o recursos productivos para el número de piezas sueltas y autopartes que deben ser fabricadas con arreglo a ese plan. Estas factorías A y B no pueden "quebrar" porque "suministren" demasiados productos parciales a la factoría C que los monta.

Obviamente, grandes empresas multinacionales, que, independientemente las unas de las otras planifican su producción en gran escala, fabrican y compiten entre sí para vender sus productos terminados a consumidores finales, como la Renault, la General Motors o la Volkswagen, Lo mismo ocurre con otras tantas empresas en otras muy diversas ramas de la industria; cada una con un plan de producción particular decidido por una pequeña elite de directivos. Cuanto mayor es la masa de productos resultantes de esta socialización objetiva del trabajo en un mayor número de grandes empresas, aunque concentrada en relativamente menores puntos de compra-venta la anarquía de la producción persiste y se vuelve potencialmente más explosiva, por esto y porque la fusión del gran capital con el Estado determina en muchos casos que el volumen de la producción de estas empresas no dependa del mercado sino de decisiones políticas. De este modo, el divorcio entre producción y consumo sigue regimentando el proceso global del trabajo social, dado que la socialización objetiva del trabajo en las grandes empresas, se limita a planificar la producción de bienes intermedios que no llegan al consumidor final sino como partes de un todo, que no son objeto de la división social del trabajo entre empresas, lo cual supone tantos intercambios en el mercado como piezas fabricadas por cada empresa. Ahora, en virtud de la centralización del capital que supone una ampliación de la división técnica del trabajo al interior de un solo conglomerado empresarial, la planificación de la producciónreduce los intercambios mercantiles con tendencia a dejar sin sentido el mercado. Esto, obviamente no puede ocurrir, porque el mercado es el hábitat social del capital, del mismo modo que el agua es el hábitat natural de los peces y mamíferos marinos. Pero esa fuerza productiva contenida en tales consorcios económicos que tiende a planificar la producción en escala ampliada, resta más y más puntos de intercambio en el mercado acentuando así su tendencia a reducir ese hábitat social del capital. Así, del mismo modo que las sociedades anónimas socializan el capital y constituyen un anticipo del socialismo al interior del capitalismo, la creciente división técnica del trabajo al interior de cada vez menos grandes empresas,