MISCELANEA SOBRE MATERIALISMO HISTÓRICO 1. Carta de Enrique 2. Nuestra respuesta 2.1. ¿Por qué el Materialismo Histórico fue deportado por los partidos obreros hacia las universidades del sistema capitalista? 2.2. Materialismo histórico y lucha de clases 2.3. La conciencia revolucionaria y el "mayo francés" 2.4. Memoria histórica y lucha política de clases 2.5. Marxismo y freudismo 2.6. ANEXO: ¿Qué hay de cómún entre los neomarxistas alemanes y americanos? De: “Enrique Valdés Castresana” Para: > (K. Marx: "El Capital" Prólogo a la primera edición 25/07/867. Lo entre corchetes es nuestro) Queda claro que para determinar el movimiento económico de la sociedad capitalista, la práctica teórica científica exige apartar del análisis, entre otros elementos de la realidad, todo conflicto social o político y la correspondiente experiencia personal o colectiva. Sin embargo, aunque parezca paradójico, la comprensión de la ley económica que preside el movimiento del capital, es la guía fundamental y condición básica de toda acción política efectivamente revolucionaria, porque los actos políticos están presididos por intereses económicos, y por la simple razón de que nada que se desconozca puede ser transformado según la necesidad de su desarrollo. Dado que el socialismo nace del vientre del capitalismo, el arte de hacer la revolución consiste en: 1) Estudiar y comprender esta ley general expuesta por Marx en "El Capital"; 2) Conocer las condiciones económicas y sociales en que esta ley se manifiesta allí donde nos toque actuar, y, 3) Comprometerse con la lucha que vaya siempre en el sentido histórico resolutorio del desarrollo del ser previsto por esa ley, asumida como guía para la acción política junto con la Memoria Histórica del movimiento revolucionario, todo ello con la finalidad de acelerar y mitigar en lo posible los dolores del parto socialista. Según este razonamiento, el desarrollo de la teoría revolucionaria en lo que atañe a la base material o económica del sistema capitalista, no depende en absoluto de la lucha de clases ni es necesaria la experiencia personal o colectiva en este terreno de la práctica social, para el resultado científico exacto de las investigaciones. Al contrario, la ciencia económica aplicada a la realidad permite determinar el carácter de la revolución -que depende de la correlación fundamental de fuerzas sociales , dependiente, a su vez, del progreso en la acumulación del capital - y es necesaria también para la consecuente articulación entre táctica y estrategia políticas que dependen también de las situaciones de coyuntura, vinculadas instrumentalmente con la teoría de las crisis económicas. Otra cosa es el desarrollo de la teoría revolucionaria en el terreno estrictamente político. Aquí ya no estamos en presencia de un objeto de estudio que está frente a nosotros con legalidad propia, que se desenvuelve independientemente del sujeto investigador, como es el caso de la formación de valor, los precios (incluido el salario), el interés, la ganancia o la renta, donde el sujeto científico debe limitarse a reproducir esa realidad reglada objetivamente en su intelecto. Para ejercitar el pensamiento político no sólo hace falta conocer el movimiento económico de la sociedad capitalista en todo momento, considerando esa realidad actual como una condición objetiva y así poder saber cuando está madura para aplicar sobre ella la acción revolucionaria que resuelva ese movimiento en una realidad efectiva superadora. Es necesario pensar tomando como objeto la acción revolucionaria misma. En este momento, el de la acción política, sólo está en condiciones de investigar para prever con posibilidades de éxito, quien actúa políticamente y forma él mismo parte del objeto investigado. Porque no se trata ya de la acción del intelecto sobre un objeto histórico-natural exterior al sujeto que investiga, como es el modo de producción capitalista, sino de clases sociales en pugna, voluntades políticas colectivas enfrentadas que inciden unas sobre otras. En este plano del pensamiento de un sujeto que, al mismo tiempo actúa políticamente, la experiencia personal, de las distintas organizaciones políticas y, sobre todo, del movimiento asalariado revolucionario en su conjunto, pasada por el filtro de la crítica y la autocrítica de lo actuado constituye el contenido de la memoria histórica, poderoso auxiliar indispensable de la acción revolucionaria convertida así en praxis. Por ejemplo, cuando entre octubre de 1905 y 1907 debieron decidir sobre si participar o no en cada una de las tres Dumas (parlamentos consultivos) habilitadas por la burocracia zarista durante ese período, Lenin y los bolcheviques sabían que la aristocracia rusa en el poder estaba reeditando la maniobra que la nobleza alemana había ensayado cincuenta y siete años antes. Sobre todo, sabía Lenin por qué y con qué intenciones el aparato zarista ruso "otorgaba" un remedo de constitución liberal a sus súbditos rusos. Sabía que, como en octubre de 1848 en Alemania, lo hacía para atraerse a la burguesía rusa y, a instancias de ella, al sector más atrasado del movimiento proletario, clavando en la oposición la cuña divisionista de las "ilusiones constitucionalistas". Y no es que Lenin supiera todo esto porque era un ser autosuficiente y omnisapiente desde la cuna, o porque tenía informantes inflitrados, sino porque ese hombre fue, en aquél momento, memoria histórica viva, porque antes se había apropiado de ella leyendo a Marx y Engels relatar sus propias experiencias y análisis en aquellos momentos pretéritos decisivos que lo fueron para el curso histórico europeo. Esperamos haber llegado con usted hasta este punto para estar en condiciones de acordar en que, el arte de conducir la revolución eficazmente, pasa por articular con inteligencia creadora dos conocimientos periciales previos: el de las leyes del capitalismo y el de la história política del movimiento obrero. Ambos conocimientos asumidos como guía para la acción política aplicada a las condiciones de la lucha de clases en cada momento, constituyen la teoría revolucionaria. En el ámbito de la sociedad, la experiencia sin ciencia es ciega, y la ciencia sin experiencia es vacía. La conciencia revolucionaria y el "mayo francés" Evoca usted lo que todavía le parece que fue el "florecimiento de la conciencia política en la década de los 60, que dio lugar al mayo del 68" y el recuerdo de "miles de estudiantes parisinos portando enormes retratos de Marx, Lenin y Mao, y dando vivas a la dictadura del proletariado". Después de tantos años de retroceso político, aquellos recuerdos no le dejan de impresionar. Y por lo que dice y cómo lo dice, parece haber experimentado vivencias comunes con alguno de nosotros. Ya no somos jóvenes. Eso favorece la coincidencia en la razón revolucionaria. Pero una vez más esa misma razón nos obliga a vapulear la manifiesta simpatia de usted hacia nosotros, porque seguimos sin coincidir y le advertimos que, con lo que sigue, no contribuiremos a mantenerle en la ilusión de todo aquél pasado que a usted todavía le parece glorioso. Y no sentimos por ello remordimiento alguno, sino al contrario. Cuanto antes se salga de los sueños políticos embrutecedores del pasado, mejor. Las revoluciones son procesos necesariamente interrumpidos, con marchas y contramarchas. Esto vale todavía más para las revolucion socialista, dado que, antes de hacerla, el proletariado no tiene poder económico ya conquistado en el que sustentar su poder político. Por eso es que ante cada derrota, debe comenzarlo todo desde el principio. El único soporte de la revolución proletaria, es la conciencia de clase. Y el caso es que, bajo semejantes condiciones, sin memoria histórica, sin aprendizaje por conocimiento veraz de los propios herrores del movimiento, la conciencia de clase es algo inalcanzable. De ahí la importancia de la crítica y de la autocrítica revolucionaria. Cuanto más cruel y despiadada respecto del pasado, más segura la afirmación del espíritu revolucionario para encarar el presente de lucha de modo que el futuro sea nuestro, sin necesidad de seguir sufriendo derrota tras derrota y aguantar lo que venga, hasta que la burguesía nos ponga ante una situación tan insoportable que ya no permita volverse atrás: <<...las revoluciones proletarias, (...) se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen contínuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo desde el principio, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de los primeros intentos; parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas; retroceden constantemente aterradas ante la ilimitada inmensidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y la circunstancias mismas gritan: ¡Demuestra lo que eres capaz de hacer! (K. Marx: El 18 Brumario de Luis Bonaparte" I) Vamos, pues, a jercer la crítica y la autocrítica. Lo que floreció en la Europa de la década de los sesenta no fue nada parecido a la conciencia revolucionaria. Hubo un ascenso de las luchas obreras y estudiantiles en contestación a los excesos de la burguesía en el punto de inflexión de la la onda larga exopansiva de post guerra. Pero sin alternativa de poder. Y cuando este requisito falta, no cabe hablar de conciencia revolucionaria. Haciendo palanca sobre la seguridad del pleno empleo, con salarios bloqueados desde 1963, aumento de la jornada laboral (en Francia 46 horas semanales) y de los ritmos de trabajo, baja productividad y tasa de ganancia en descenso, los asalariados franceses hicieron el mayo del 68 esperanzados en conseguir mayores ingresos para el pleno usufructo de un mayor tiempo libre organizado por el sistema. En realidad, no querían más que eso. Cierto, durante las múltiples manifestaciones entre mayo y julio de aquél año, se vieron muchas pancartas alusivas a Marx, Lenin, Mao, el Che y Ho Chi Ming. También espectaculares enfrentamientos que se saldaron con diez muertos y más de 2.000 heridos. Pero las enormes masas asalariadas y estudiantiles movilizadas, que en un primer momento desbordaron a sus direcciones sindicales y políticas burocráticas, a la postre no consiguieron suplantarlas por carencia de alternativa. Aunque el gobierno debió declarar el Estado de sitio en los primeros días de mayo, no hubo crisis de Estado ni vacío de poder burgués en ningún momento. El carácter y alcance de los enfrentamientos puso en evidencia que aquello no fue una insurrección, sino la protesta airada del proletariado a la crisis del sistema dentro de la propia crisis ideológica y política del movimiento. En las calles y fábricas el problema del poder político estuvo completamente ausente, extraño como permaneció a la conciencia de las masas simplemente descontentas, firmemente integradas al sistema capitalista. Quienes en ese momento ocuparon la extrema izquierda en la sociedad europea, como el eurodiputado Daniel Cohn Bendit, el ministro de RR.EE. alemán Joschka Fisher, o su colega español, Joseph Piqué, estaban familiarizados con la retórica marxista pasada por el filtro del "pensamiento crítico" burgués de la izquierda postmoderna liderada por Herbert Marcuse y Cía. Ayuno de contenidos políticos vinculados con una práxis revolucionaria efectiva -lo cual supone que la teoría revolucionaria está en la calle y en las fábricas-, en ese pensamiento de crítica sociológica y filosófica cuestiones tales como, el carácter de la revolución, la táctica de construcción del partido, la política sindical, o el concepto de crisis revolucionaria, no tuvieron cabida porque no podían tenerla. El tinglado no estaba organizado para eso. Esto explica consignas de lucha tan socialmente irrresponsables y políticamente inconsistentes e inocuas como: "no sé lo que quiero pero lo quiero ya", "prohibido prohibir" o "la imaginación al poder", todavía tan celebradas como paradigma juvenil de un ingenio político creador insuperable, estilo que inspiró posteriores campañas publicitarias como "la chispa de la vida", de Coca Cola. La pinza entre el stalinismo y los aparatos ideológicos de la burguesía había funcionado de maravilla. Memoria histórica y lucha política de clases Estamos plenamente de acuerdo con usted en "la primacía del ser sobre la conciencia" como premisa de cualquier planteamiento teórico y de cualquier presupuesto de lucha política. Es el ser social el que presupone y determina históricamente la concicncia y no al revés, como proponía Hegel. Esto significa que toda acción que no vaya en el sentido y dirección por la que tiende el desarrollo del ser social o de la sociedad, es contrarrevolucionaria. Normalmente, la conciencia que los sujetos tienen de la sociedad en que viven, difiere de lo que esa sociedad en realidad es y va siendo en cada momento. Ahora bien, a la larga, por medio de la experiencia, ese abismo entre lo que va siendo y lo que aparenta, tiende a desaparecer. La función de la ciencia tiene por cometido ayudar a la experiencia previendo lo que tiende a ser necesariamente, a fín de acortar el camino y las vicisitudes hacia la toma de conciencia de esa necesidad. Tal es el concepto de libertad. Si las cosas en general no suelen ser como parecen, tratándose del objeto social esta dificultad se multiplica por dos, porque a la natural opacidad con que se presenta toda cosa a simple vista, se le agrega la acción distorsionadora deliberada de las clases dominantes, lo que Marx llamaba las "furias del interés privado" . En el caso de un objeto o ser social históricamente determinado -en nuestro caso, la sociedad capitalista- la importancia de la función científica para la acción política, se infiere de su capacidad para reproducir en el pensamiento las leyes básicas o económicas que presiden su movimiento, a fin de hacer posible que el proletariado actúe no según lo que le parece a su conciencia inmediata o "ser en sí" lo que hay que hacer en cada momento de la lucha de clases, sino según lo que exige el movimiento real del ser social previsto por la ciencia. Por ejemplo, los socialistas utópicos como Weitling, querían implantar el comunismo en la sociedad Alemana, donde todavía predominaban las relaciones de producción feudales, con un proceso de acumulación de capital todavía incipiente y un proletariado irrisorio. Marx y Engels les decían: ante todo, quien tiene que tomar el poder político es la burguesía; se trata de eliminar las trabas sociales y políticas que impiden el desarrollo del ser social capitalista nacido de las entrañas de la sociedad feudal decadente, porque sólo el libre desarrollo del capital puede dar lugar a un proletariado suficientemente numeroso y consciente, como para aspirar con serias posibilidades de éxito a una transformación revolucionaria del capitalismo. Esta premisa de la revolución socialista expresada en términos filosóficos generales fue anunciada "La Ideología alemana" (1845): <> (K.Marx- F.Engels: Op.cit.5) Y tres años después aplicada políticamente a Alemania en el "Manifiesto" publicado en febrero de 1848: <> (K.Marx- F.Engels: Op cit. IV) Pero entre marzo y diciembre de ese año, tras observar cómo el triunfo revolucionario de febrero se sublimaba en las ilusiones democráticas que las masas depositaron en la "constitución otorgada" y el pacto de la burguesía con la nobleza, Marx y Engels concluyeron que una burguesía débil es incapaz de llevar adelante su propia revolución por el camino más corto, prefiriendo pasar por la alianza con el poder político de la nobleza contra el pueblo al que teme, y que, en semejantes condiciones, un intento revolucionario como el iniciado en febrero de 1848 en Alemania descartaba la monarquía copnstitucional co hegemonía burguesa y sólo podía resolverse siguiendo dos cursos alternativos: consumarse progresando hacia el republicanismo burgués o regresando al absolutismo feudal: <> K. Marx: La Burguesía y la Contrarrevolución. Escrito entre el 10 y el 29 de diciembre de 1848) Y esta alternativa dependía del comportamiento del proletariado. En tales circunstancias, la condición para que el proceso revolucionario discurriera por el camino más directo, estaba en la constitución de la clase revolucionaria fundamental en partido político independiente, capaz de arrastrar tras sus postulados de clase al campesinado pobre. Así es como en diciembre de 1849, la Liga de los Comunistas decidió retirar a sus militantes de las asociaciones democráticas de la pequeñoburguesía, para reforzar y pasar a dirigir la Asociaciones Obreras el auge espontáneo, con la intención de unificarlas en torno a un programa revolucionario burgués. ¿Por qué los autores del "Manifiesto" no revisaron su texto ajustando sus previsiones teóricas a las enseñanzas de la lucha de clases en el período comprendido entre marzo y diciembre de 1848? Para que se comprenda el valor de la Memoria Histórica, la importancia del aprendizaje por vía de la prueba y el error en la construcción de la teoría política revolucionaria. Lamentablemente, el producto de esta necesidad didáctica fue aprovechado por los oportunistas del movimiento político del proletariado, siempre dispuestos a dejarse llevar por la propia inercia de lo real para escamotear esta enseñanza decisiva de la práctica revolucionaria de Marx, Engels y sus compañeros de fracción dentro de la "Liga de los Comunistas". Esto fue, precisamente, lo que Carrillo y la dirección del PCE hicieron durante la década de los 30 en contubernio con la camarilla stanilista: ponerse de espaldas a la Memoria Histórica haciendo pasar la letra inmodificada del "Manifiesto", como doctrina oficial del marxismo. Para eso, primero procedieron a expulsar del partido a la fracción "sectaria" de Bullejos que planteaba la dictadura del proletariado, y luego falsificaron la realidad social del país sosteniendo el infundio de que, en esa época, la estructura económico-social de España era predominantemente feudal , para embretar a los casi cinco millones de asalariados en la lucha por la república burguesa. Por último, como consecuencia lógica de esta operación de ocultamiento histórico y tergiversación del estado de cosas en la España prerrevolucionaria, tal como Marx y Engels recomendaron hacer en la Alemania feudal de 1848, los popes del PCE hicieron en la España capitalista de 1931, procediendo a neutralizar la acción política independiente del proletariado, diluyendo la táctica del Partido Comunista Español en la estrategia burguesa al interior del frente popular con el PSOE y demás fuerzas regionales del mismo signo social y político procapitalista. Fue, pues, en estos trágicos años y no en la década de los setenta cuando Carrillo abdicó políticamente del marxismo y renunció a ser vanguardia del proletariado. Su contribución a la tarea contrarrevolucionaria de convertir al PCE en comparsa de la burguesía, no comenzó cuando se hizo monárquico y rompió sus vínculos con la burocracia de la URSS, sino mucho antes, al anteponer su conciencia burguesa abortiva, a la necesidad histórica del ser revolucionario socialista nonato. Marxismo y freudismo Finalmente, nos pide usted opinión acerca de la relación entre Marx y Freud, un tema por el que dice sentirse "enormemente" interesado pero no encuentra bibliografía. Los responsables de haber relacionado a Marx con Freud son unos intelectuales burgueses ideológicamente cuasimarxistas, pero no militantes de ningún partido, insatisfechos con el "determinismo económico" marxista de la estructura económica sobre la superestructura política y cultural. Hicieron escuela en la ciudad alemana de Frankfurt, como "Instituto de Investigación social" (Instituto für Sozial Forschung). Esta escuela tuvo sus orígenes en la década de los años veinte, una organización "independiente", en principio financiada por un burgués alemán llamado Hermann Weil, pero muy pronto adscrita como instituto oficial de la Universidad de Frankfurt. Creado por un grupo de intelectuales burgueses ideológicamente autodenominados marxistas pero sin voluntad política militante, con la llegada al poder de los nazis en la década de los años treinta, sus principales figuras emigraron de Frankfurt a Nueva York para establecerse en un instituto asociado a la Universidad de Columbia. En la década de los 50 volvieron a reestablecerse en Europa. Como lógica consecuencia de su rechazo a que el movimiento real que anula el estado de cosas actual está presidido por las contradicciones de su base económica, los neomarsistas de la escuela de Frankfurt negaron también la posiblidad del positivismo marxista alternativo al capitalismo, cuyas premisas fueron anunciadas por Marx en su "Crítica del Programa de Gotha". Su línea de investigación, de tal modo apartada del marxismo, discurrió por los carriles de una "teoría crítica" de la sociedad capitalista. En el fondo, el abandono del referente económico se explica por la certeza compartida en que la dominación capitalista en esta esfera de la vida social era tan históricamente definitivo e irreversible como en la fábrica, de modo que, tanto respecto del mercado como de la explotación del trabajo con fines de acumulación de capital, eran asuntos que estaban fuera de la historia. La propensión antieconómica en que coincidían los correligionarios de la Escuela de Frankfurt, resultaba de coincidir en dos realidades inconmovibles combinadas: la dominación tecnológica en la producción y la planeación capitalista en el mercado. En un principio, bajo la dirección de Karl Grünberg, el instituto se orientó hacia la historia del movimiento socialista, combinado con el interés de contribuir al desarrollo del marxismo en lo que respecta a la superesructura cultutal, partiendo de los aportes realizados por Georg Lukács y Karl Korsch. Pero, cinco o seis años después, bajo la dirección de Horkheimer -que sucedió a Grünberg en la dirección- el "Instituto de Investigación Social", que desde el principio desestimó la parte económica del marxismo para dar prioridad a los aspectos supetrestructurales, a partir de 1932 lastró también lo relativo a la Memoria Histórica del movimiento obrero, que constituye el acervo teórico- político del marxismo como disciplina científica al servicio de una voluntad de poder revolucionaria. A cambio de eso, esta escuela forjó su carácter en el crisol intelectual en el estudio de las diversas formas culturales de la dominación capitalista, especialmente observables en la sociología y en la psicología, investigadas desde el punto de vista "crítico-dialéctico" de lo existente frente a lo que "debería ser" según una supuesta "razón histórico-universal" de tipo hegeliano con reminiscencias kantianas, que, al carecer de una propuesta de síntesis superadora de la sustancia material que mueve a esta realidad cultural actual, parece sustentarse sobre la pura negación teórica o ideológica de tal existencia al interior de la misma base económica. Un perfecto aufheben hegelianio, donde las formas superestructurales de dominio burgués objeto de la "teoría crítica", se superan, aunque la base económica explotadora de trabajo ajeno se preserva. De ahí que una especie de síntesis entre Marxismo y freudismo atraviese esta teoría crítica de la dominación sociológica y psicológica del capital monopólico, por parte del freudismo, el predominio del principio de la realidad social sobre el principio del placer extramuros de la producción; por parte del marxismo, la dominación del principio mercantil y de la de la rentabilidad sobre el principio de la razón universal. Ciertamente, desde los tiempos del fordismo y del taylorismo que precedieron a la Escuela de Frankfurt, la "teoría Crítica", llevada de la mano por Kant, Hegel y Freud parece haber hecho progresos enormes a instancias de los partidos reformistas de izquierda que, de inmediato, la hicieron completamente suya, hasta que convencieron a los partidos de centro derecha. La lucha por la libertad sexual desde el mayo frances a esta parte, parece deberle mucho a la "teoría crítica". La liberación del sexo respecto de la tutela política que sobre las legislaciones estatales ejercían las distintas religiones en cuanto a su presencia en la vida pública cotidiana, es un éxito rotundo. Pero la verdad es que la Escuela de Frankfurt y las luchas que ha impusado, han fungido aquí respecto de las verdaderas causas de la liberación sexual, como los precios a instancias de la competencia fungen con respecto de la ley económica del valor. Como Marx decía a Bauer que pasaba con la religión en un Estado laico , la "teoría crítica" contribuyó a que el sexo de libere completamente de su cepo religioso y político, pero pasó a ser más esclavo que nunca del capital en todas sus vertientes culturales. La lucha por la liberación del sexo respecto del principio autoritario y prejuicioso de la sociedad, ha sido, en origen, la posibilidad de una necesidad, el medio a instancias del cual, la ley de la acumulación ha podido conseguir que la venta del sexo trascienda la prostitución, liberándolo de la tutela religiosa en numerosas formas sociales de expresión que le puso al servicio de las necesidades de la acumulación capitalista, poniendo en movimiento productivo a buena parte de la masa de capital sobrante típica del capitalismo tardío. Fue esa lucha la que permitió o posibilitó que la ley del valor convirtiera el sexo en valor de uso y soporte material del valor de cambio de numerosas mercancías que ocupan gran parte de los espacios cinematográficos y televisivos en el mundo, también a la publicidad multinacional y otras actividades del capital medio y grande asociado permanentemente a casi todos sus productos. En cuanto a la "liberación" la mujer respecto de la sociedad "machista", también ha cabalgado sobre ese mismo capital sobreacumulado, necesitado de emancipar a las "amas de casa" del trabajo doméstico para someterlas plenamente al trabajo asalariado, a la vez que convirtiendo en mercancías los productos de ese otrora "trabajo oculto" aun residual, como el lavado, el planchado, la comida y, hasta parcialmente, la crianza de los niños y de los animales de compañía. Otro tanto puede decirse del movimiento gay, en torno al cual se ha creado toda una parafernalia mercantil capitalista mundial, que permite capitalizar billones de unidades monetarias en trabajo excedente. Esto prueba que la "teoría crítica" de la Escuela de Frankfurt y la parte que compete a Freud en su relación parcial con Marx, ha sido y sigue siendo perfectamente funcional a los fines de la acumulación capitalista, lo cual explica por qué los ideólogos de esta escuela se han negado a considerar el positivismo marxista subversivo del actual sistema de vida. El "fundamento" de semejante desconsideración ha sido puramente empírico, impresionista y anticientífico; lo encontraron en la parálisis política del proletariado internacional tras su derrota a manos del fascismo, y en el contraste entre los resultados del llamado "socialismo real" y el Estado keynesiano del bienestar. La única critica teórica de cierta enjundia intelectual por parte de los neomarxistas a la necesidad objetiva del socialismo, no provino de la Escuela de Frankfurt sino de sus colegas norteamericanos de la Universidad de Harvard, liderados por Paul Baran y Paul Sweezy. Adjuntamos archivo de nuestra crítica inédita a la impugnación de la tendencia histórica al derrumbe económico del sistema capitalista por parte de Baran y Sweezy. Hemos hecho esta incursión en la Escuela de Francfort, para que usted sepa por qué no vamos a emplear un solo intante de nuestro tiempo libre para incentivar en su espíritu ese "enorme interés" que manifiesta por la relación entre Freud y Marx. Este asunto puede tener un interés académico y de cultura general, pero sobra a los efectos del prioritario y perentorio desarrollo de la cultura política revolucionaria del proletriado. Y nosotros estamos en esto, no en hacerle la más mínima concesión a los representantes de la "teoría crítica" en la cabeza de ningún asalariado como usted. La sinceridad es el mejor tributo que una persona puede rendir al respeto por otra y así es como nosotros tenemos por costumbre proceder con todos nuestros interlocutores. Más aun con quien, aunque no tengamos plenas razones fundadas para ello, sentimos cercano a los fines revolucionarios que perseguimos. Un saludo: GPM Está dado según los intereses de la clase que la dirige. Esta expresión, en sentido marxista, alude al peso social relativo entre el bloque de las clases dominantes y el bloque de las clases subalternas objetivamente revolucionarias. En la Rusia zarista prerrevolucionaria, el bloque de las clases dominantes socialmente minoritarias, estaba constituido por la nobleza terrateniente, la burguesía y los campesinos medios, respecto de las clases subalternas objetivamente revolucionarias, constituidas por el proletariado y el campesinado pobre. Según la concepción de Lenin en línea con la de Marx tras el fracaso de la revolución de 1848, la correlación de fuerzas fundamentales en Rusia determinaban el carácter socialista de la revolución democrática por dos razones: Porque el bloque entre el proletariado y los campesinos pobres agrupaba a la mayoría absoluta de la población con intereses históricos coincidentes, y porque el proletariado era suficientemente numeroso y decidido, como para poder dirigir a los campesinos pobres en el tránsito de la sociedad burguesa a la sociedad socialista. Todo esto a instancias del partido revolucionario independiente de los asalariados, conditio sine qua non para ese tránsito efectivo. A medida que la masa de capital en funciones aumenta y se centraliza por efecto del desarrollo de la fuerza social productiva del trabajo, el campesinado y la pequeñoburguesía en general pierden peso social relativo, la burguesía propiamente dicha disminuye y el proletariado crece más que proporcionalmente hasta convertirse en mayoría absoluta de la población activa. Esta situación refuerza el carácter proletario de la revolución y afecta a la táctica que el partido debe adoptar con los sectores medios de la sociedad. En este caso, la táctica leninista de entregar la tierra a los campesinos pierde sentido político. Cfr. K. Marx: "El Capital" Prólogo a la primera edición. De los once milllones de españoles que constituian la población activa en 1931, 1.500.000 eran asalariados agrícolas; 2.300.000 asalariados urbanos (industriales, mineros, de los servicios y estatales; 3.000.000 trabajadores rurales independientes (pequeños propietarios, arrendatarios y aparceros); 800.000 entre artesanos, pequeños empresarios industriales y de la construcción, grandes y medianos fabricantes; 1.500.000 de grandes medianos y pequeños propietarios del comercio; 900.000 asalariados de los servicios (transportes, comunicaciones, del Estado, etc.); 1.000.000 de altos y medios funcionarios, sacerdotes, policías, militares, intelectuales, grandes propietarios rurales y de las finanzas. En cuanto al peso social de la nobleza, en 1931 había en España 118 duques, 995 marqueses, 794 condes, 114 vizcondes y 139 barones. En cuanto a los siervos, para ese entonces carecían casi en absoluto de significación social. Fuentes: Miguel Martínez Cuadrado: "La Burguesía Conservadora"; P. Broué y E. Témime: "La revolución y la guerra de España". Georges Soria: "Guerra y Revolución en España 1936-1939" K. Marx: "La cuestión Judía" Agosto 2002 miscelánea sobre materialismo hitórico http://www.nodo50.org/gpm gpm@nodo50.org apdo 2027 Madrid