En torno a la categoría de juventud
1.Carta de Miguel.
Apreciados camaradas:
Soy un admirador de GPM, que se distingue de los otros sitios de "izquierdas" por su irrenunciable compromiso científico con el materialismo histórico, la aplicación intelectualmente honesta del pensamiento marxista, y el rigor conceptual y revolucionario(lo que debería diferenciar a los partidos comunistas). La publicación de sus debates me han sido fundamentales para ir puliendo mi formación en la teoría revolucionaria, así como para despojarme de posiciones idealistas y pequeño burguesas, aunque todavía, como se darán cuenta. me hace falta bastante.
El motivo de mi comunicación, además de felicitarles y agradecerles, es consultar su opinión acerca de las llamadas políticas sociales de identidad, y más específicamente sobre las denominadas políticas públicas de juventud, más allá de su evidente utilización por el Estado burgués en favor del mantenimiento de la ley de valor y la acumulación capitalista.
A lo que me refiero es que en América Latina han surgido desde hace unos diez años un interés especial alrededor de la situación de los y las jóvenes, particularmente vinculado a problemáticas que parecen afectarles de manera particular, como el desempleo, el consumo de drogas y la violencia. Así, han surgido técnicos e instituciones para proponer y defender una "perspectiva generacional" en las políticas sociales así como académicos ligados a los estudios culturales que ven en los jóvenes una subjetividad emancipatoria ligada a múltiples y heterogéneas (sub) culturas juveniles, que se definen por su consumo cultural, y de acuerdo con conceptos como clase de generación (Pierre Bourdieu).
Según Toni Negri, que está muy lejano a la posición científica del GPM, la lucha por el salario se ha desplazado, por causa del cambio estructural en la forma de la relación salarial y su tendencia a la baja, hacia la lucha por el Gasto Público Social no ligado al salario, necesario para la reproducción del proletariado, que el Capital, dice Negri, habrá de ser forzado a pagar. Esto justificaría, según él, el carácter de asedio al Estado burgués que tienen los nuevos actores sociales y, digo yo, la proliferación de políticas de identidad (que por otro lado, distraen y fragmentan la necesaria unidad del proletariado).
En esa "reproducción" aparece el espacio de la llamada "vida privada" cada vez como más mercantilizado y, por tanto, dispuesto para el surgimiento de "nuevos actores sociales" potencialmente "anti-capitalistas", como las mujeres y los jóvenes, por fuera del lugar de la producción (la fábrica) hacia la calle y el propio hogar.
Dice Negri: "la decisión anti-capitalista deviene eficaz sólo allí donde la subjetividad es más fuerte”. En estas "subjetividades fuertes", los jóvenes tendrían un lugar (esto lo decía yo, no Negri). Bien; esta discusión se suma a las que están revisando el concepto de clase y plantean la necesidad de incluir a nuevos actores sociales ("multitud") no asociadas a clases diferenciadas por la apropiación y la creación de valor... (jóvenes, mujeres, indígenas, etc.). En fin, conocerán ustedes a Negri más que yo, y sus críticas será sin duda más profundas y acertadas, pero lo cito porque, en forma muy resumida, así me he acercado hasta ahora a este problema, de esto hace ya unos años, aunque me gustaría deshacerme de toda esta palabrería y confusión. Al momento tengo sólo fugaces intuiciones, pero uno podría decir que las diferencias generacionales son un tipo de conflicto propio del modo de producción capitalista generado por las crisis del capitalismo que conllevan a que una generación no pueda reproducirse en las condiciones de la generación anterior y, por tanto, ponga en cuestionamiento las creencias y valores de aquella?
Necesito ayuda,
dado que mi pensamiento, conocimiento y conciencia revolucionaria es todavía
insuficiente: qué posición tiene ustedes con relación a
Saludos, Miguel.
2.Precisiones previas.
Compañero Miguel:
Usted recaba nuestro juicio acerca de las:
<<...políticas sociales de identidad, y más específicamente sobre las denominadas políticas públicas de juventud, más allá de su evidente utilización por el Estado burgués en favor del mantenimiento de la ley de valor y la acumulación capitalista.>>
Más allá de estos objetivos que compartimos, entendemos que el Estado capitalista —en tanto instrumento político de clase dominante— no tiene capacidad ni voluntad política para trascenderse a sí mismo en tanto superestructura político-institucional de la burguesía. Carece de capacidad, porque el propio modo de producción que esta clase social representa o encarna, se lo impide. De ahí que, de su vicio de explotar trabajo ajeno, los burgueses deban hacer virtud cantando loas al mercado. Y, como consecuencia de ésta, su condición histórica de clase propietaria, tampoco pueden desarrollar una voluntad política que históricamente les trascienda, porque eso significaría su propio suicidio social, extremo que, naturalmente, se niegan a aceptar por las buenas, lo cual explica el papel de la violencia en la historia.
Para aportar las razones de esta proposición, es necesario empezar por definir qué es la política. Para quienes asumimos el Materialismo Histórico como la única disciplina del pensamiento aplicado a la sociedad que merece el calificativo de ciencia, el objeto de la política son las relaciones de poder entre las clases o sectores de una misma clase en cada período histórico de la humanidad.
De aquí se desprende que, teleológicamente[1], es decir, desde el punto de vista de su finalidad, siguiendo a Gramsci cabe decir que hay dos tipos perfectamente definidos de política, a saber: la política que tiene por objeto las relaciones de poder entre clases antagónicas históricamente irreconciliables de una sociedad dada, y la que tiene por objeto las relaciones de poder entre sectores de una misma clase social en el poder. Gramsci define a la primera como “gran política”, porque a través de ella, de sus marchas y contramarchas, triunfos y derrotas, en última instancia se resuelven o sintetizan progresivamente las contradicciones económicas y sociales que permiten a los seres humanos pasar de un modo de producción social dominante a otro superior, entendido este pasaje como el objeto científico que hace a la prehistoria de la humanidad, en la que se engloba o comprehende la política[2].
La “pequeña política”, es la política “de andar por casa”, que no pasa de dirimir las relaciones de poder entre distintas fracciones de una misma clase dominante al interior de una determinada formación social, y que trata de que la política de las clases subalternas se mantenga en ese nivel. Es la política de que se ocupa diariamente el periodismo venal en los “mass media”:
<<Gran política (alta política), pequeña política (política del día, política parlamentaria, de corredores, de intriga). La gran política comprende las cuestiones vinculadas con la función de nuevos Estados, con la lucha por la destrucción, la defensa, la conservación de determinadas estructuras orgánicas económico-sociales [trabajo asalariado, capital, mercado, etc.] La pequeña política comprende las cuestiones parciales y cotidianas [políticas de juventud, por ejemplo] que se plantean en el interior de una estructura ya establecida, debido a las luchas por la preeminencia entre las diversas fracciones de una misma clase política. Es, por lo tanto, una gran política, la tentativa de excluir a la gran política del ámbito interno de la vida estatal y de reducir todo a política pequeña>> (Antonio Gramsci: “Notas sobre Maquiavello, sobre la política y sobre el Estado moderno”. Lo entre corchetes es nuestro)
¿Por qué decimos ―siguiendo a Marx y Engels― que la política está comprendida en la prehistoria de la humanidad y no en su historia? Porque esta es una ciencia que corresponde a los procesos histórico-naturales en curso, como parte del desarrollo humano en la sociedad de clases; es una ciencia que hace a los procesos históricos de la humanidad, porque es la que le permite (a la humanidad) trascender los distintos períodos de su desarrollo histórico como especie animal, la única especie que, propiamente hablando, tiene historia; y es natural, porque las contradicciones económicas de las relaciones de producción que los seres humanos contraen entre sí ―en cada período del desarrollo de sus fuerzas productivas― y sobre las cuales (relaciones sociales) cabalga la lucha política de clases en cada período, son relaciones por completo independientes de todaconciencia y voluntad humana, se imponen como cualquier otra ley de la naturaleza, como la dela gravedad cuando a alguien se le cae un tiesto en la cabeza.[3]
Siendo que el capitalismo es el primer modo de producción y la primera formación social que permitió al ser humano descubrir su naturaleza económico-social y sus propios limites ―por tanto, también la esencia y causa de caducidad de las sociedades pretéritas― y dado el carácter no propietario del proletariado, el comunismo será la única formación social cuya génesis no podrá ser más que el resultado de la negación consciente del capitalismo por parte de los explotados, como premisa de su conciencia política positiva, arquitectónica o constructiva del socialismo en tránsito al comunismo. Sólo cuando la consciencia política del proletariado se ponga a la altura de lo que ya actualmente exige el desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo tardío, e inicie el tránsito del capitalismo al socialismo, recién entonces se podrá decir que la humanidad está en ciernes de superar su prehistoria para pisar los umbrales de su propia historia, la que los seres humanos por sí mismos pueden hacer conscientemente, es decir, sin condicionamientos de tipo histórico-natural (económico, social y político), esto es, de clase.
Sobre el final de este proceso, al desaparecer las clases y aumentar sin precedentes el dominio y control ecológico de las fuerzas productivas sobre la naturaleza, será cuando la religión y la política ―en este orden las más altas expresiones de la enajenación humana universal―, dejarán de existir para siempre, y la dialéctica social o lucha de clases ―como contrapartida de la penuria humana relativa que justifica la existencia de la categoría de propiedad privada―, dejará paso a la pura dialéctica entre los seres humanos como productores asociados y la naturaleza todavía por conocer, dominar y socializar.
Tal es el resultado previsto[4] por la concepción materialista de la historia, como ciencia, que Marx considera sólo válida para su objeto de estudio, esto es, la sociedad de clases y la ejecución del tránsito hacia la sociedad comunista. En este punto, al revolucionarse el sistema de vida determinado por las nuevas relaciones de producción comunitarias, acaba la misión histórica de la economía política como objeto del conocimiento científico y, con ella, la política propiamente dicha.[5] En este aspecto fundamental del concepto de ciencia,Marx entronca con el pensamiento de Einstein, según el cual, las leyes de la física cambian con el cambio de su “sistema de referencia” como objeto de estudio y, por tanto, también varía el método de investigación que permite su descubrimiento. Fue esta coincidencia con Marx en este principio científico general ―y en la irracionalidad manifiesta del sistema capitalista―, lo que convenció al genio creador de la teoría de la relatividad sobre la necesidad histórica del socialismo: Cfr: http://www.marxists.org/espanol/einstein/por_que.htm
3.¿Es la juventud una categoría
social?;
¿es una categoría de la “gran política”?
Hecha esta precisión acerca del vocablo “política”, hay que empezar por decir que la categoría de “juventud” nada tiene que ver con la “alta política”; sí, en cambio, con el hecho de que el capitalismo es la sociedad del engaño y el pillaje mutuo, es decir, con la “baja política”, la pequeña, la de andar por los pasillos del parlamento y las alfombras ministeriales del Estado burgués, propia de los politiqueros que medran dentro del sistema sirviendo a uno u otro sector de la clase dominante con especies como ésta de la “juventud”.
Sobre esta degradación de la política cabe empezar diciendo lo siguiente: dado que todos los asalariados son la clase subalterna fundamental del capitalismo, cualesquiera sean las distintas condiciones derivadas de su contratación ―sea por razones de edad, oficio, rama de la producción, sexo, conocimientos, experiencia, etc.―, en términos políticos es impropio hablar de “sus” especificidades por razones de edad o generación, en tanto que, todas esas supuestas características de los jóvenes asalariados, son el efecto de causas eficientes en sí y por sí ajenas a los jóvenes asalariados; son atributos que el sistema hace recaer sobre ellos a instancias de sus respectivos patronos. Los asalariados son lo que sus patronos les imponen que sean, inducidos ―a su vez― por las ciegas leyes objetivas del capitalismo, de las que ambos ―capitalistas y asalariados― no son más que criaturas suyas.
Marx dice: a los burgueses no se les puede responsabilizar por algo de lo que ellos mismos son una consecuencia. O sea, que las causas eficientes que los patronos encarnan al determinar las distintas formas de ser de los asalariados, no se podrían verificar sin su respectivacausa formal (objetiva, la formación social) que les predetermina a ellos ―a los patronos―, a su conducta económica, social, política y hasta psicológica. Es decir, que toda causa eficiente tiene como condición de existencia una causa formal (la organización de determinada materia, en este caso, social) quela contiene y determina.
Y el caso es que esa causaformal no tiene nada que ver con la edad de los asalariados, sino con la clase a la que pertenecen. La juventud es un dato de la filogénesis humana, de la evolución natural de sus individuos, cualquiera sea la histórica relación de producción dominante, mientras que la causa formal del capitalismo, la que informa a los seres humanos genéricos y determina su especificidad epocal como seres sociales, es esencialmente histórico-económica o histórico-natural, en tanto que las leyes económicas y sus clases emergentes, no son una determinación consciente de los burgueses ni de nadie en particular.
En sus “Glosas a Wagner”, Marx decía: “Yo no parto del ser humano genérico sino de un período histórico determinado”, que es lo que confiere a los sujetos la especificidad social propia de las relaciones dominantes de su época, respecto de las que determinaron la conducta social en otras etapas del desarrollo de la humanidad. Así, hay tantos tipos humanos “genéricos” como períodos sociales el el desarrollo histórico de la humanidad. Que las clases dominantes en cada etapa histórica convierta su típico o específico tipo genérico de ser humano, con sus criterios de valoración económica, social, política y moral ―como hacen especialmente los burgueses norteamericanos cuando se ponen a hacer películas del género histórico― eso nada tiene que ver con el rigor y la objetividad científica, sino con los embelecos ideológicos producto de las pretensiones universalistas y eternas que cada clase dominante se ha venido haciendo de si misma en la historia.
El ser humano moderno, ha sido un producto histórico determinado por la ley del valor bajo la formación social capitalista, cuyo origen y desarrollo fue y sigue siendo independiente de la voluntad de los seres humanos genéricos comprometidos en ella. Es esta ley determinada por las relaciones de producción bajo el dominio de la forma social del capital, la que confiere especificidad a las clases que interactúan en ella, según el lugar que cada cual ocupa en la producción y reproducción de la vida social determinada económica y socialmente por el capital. Es el contenido económico contradictorio de la ley de la acumulación, lo que conforma procesualmente el distinto y opuesto carácter social o especificidad a las dos clases universales antagónicas; dicho de otra forma: es dentro de esta causa formal de la sociedad moderna donde se opera el despliegue histórico de las contradicciones del capitalismo, verdadera causa eficiente del comportamiento tendencialmente antagónico irreconciliable de las dos clases universales. El arte político revolucionario consiste en hacer inteligible la causa eficiente que opera sobre la base económica del sistema en cada uno de los momentos del despliegue de sus contradicciones, para elaborar la táctica de lucha que acerque lo más posible el horizonte de la resolución dialéctica definitiva del conflicto, según la lógica comprendida en la causa formal de la realidad actual, contenida en la “ley general de la acumulación capitalista” (K. Marx:“El Capital” Libro I Cap. XXIII)
En sentido estrictamente social y político científico, pues, no es lícito especular con una supuesta “especificidad” de los obreros jóvenes, como sí lo es hablar de la específica naturaleza de las mariposas o de los lagartos. Los jóvenes no son una especie social, separada de los demás asalariados, como no lo son, humanamente hablando, los hijos respecto de los padres. Esa supuesta especificidad es, en rigor de verdad, una fatal condición ―pendiente de superar― propia del capitalismo en su etapa tardía, que afecta tanto a jóvenes como a adultos, determinada por el hecho de que el capital crece históricamente más rápido que la población obrera, de modo que, según esta lógica económico-social, la acumulación tiene que llegar a un punto en que el sistema genera una población sobrante o ejército industrial de reserva, lo cual explica el fenómeno conocido por la expresión paro estructural masivo. Ese ejército de supernumerarios está constituido por una composición poblacional de todas las edades, sexo, oficio, rama de la producción, etc., aunque bien es cierto que en creciente medida por las sucesivas generaciones en condiciones de pasar a formar parte de la población activa ocupada, en una magnitud que la lógica social del sistema restringe relativamente cada vez más, según se suceden las ondas largas periódicas depresivas en que discurre el común negocio burgués de explotar trabajo ajeno. Según la ley general de la acumulación, la población obrera empleada crece históricamente en términos absolutos, pero cada vez menos respecto de su crecimiento vegetativo[6].
Insistimos en decirlo de otra forma, para que se comprenda mejor el contenido del que se desprende el corolario final de este concreto pensado que es la categoría social de los jóvenes asalariados: el hecho de que se les contrate hoy día en condiciones distintas y más penosas que las del resto de empleados fijos, como hemos dicho no obedece a su condición de jóvenes en edad de incorporarse al trabajo colectivo de la sociedad, sino a la causa formal capitalista, cuyas contradicciones provocan el fenómeno del paro estructural masivo, derivado del desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad bajo el dominio del capital y el consecuente acicate de la competencia encarnada en los distintos capitalistas (individuales y colectivos). El corolario de esto es el siguiente: el dominio o subsunción real del trabajo en el capital, tiende ―entre otras causas eficientes― a que los capitalistas deban convertir la mayor masa posible de trabajo complejo en trabajo simple, o sea: a reducir los costes de formación práctica de los asalariados en condiciones de incorporarse al mercado de trabajo. Esto determina la propensión de los capitalistas, a la renovación generacional de las plantillas, de modo que la momentánea y relativamente mínima pérdida de beneficios (no de una pérdida neta, que es cuando se vende por debajo de los costes de producción) que suponen los costes de formación en contratos de prácticas remuneradas, es compensado con creces en el más corto plazo, por la mayor reducción en los costes salariales globales que resulta de la renovación generacional de las plantillas por vía del paro y las jubilaciones anticipadas; es decir, por un mayor grado de explotación resultante de sustituir el mayor salario relativo de los padres, por el menor salario relativo de sus hijos.
Vistas así las cosas, la “juventud” no representa a ninguna categoría social ni, por tanto, política dentro del capitalismo. En esta sociedad, ni si quiera es lícito hablar de una categoría sociológica propia de la juventud como tal, dado que los gustos que definen sus diversas necesidades, así como la cantidad y calidad de productos y servicios que las satisfacen, están predeterminadas por la burguesía según su extracción de clase. Lo mismo sucede con las mujeres, minorías raciales, ancianos, homosexuales, extranjeros etc. Los problemas a los que se enfrentan los jóvenes de la clase obrera son muy diferentes a los que tienen necesidad de abordar los hijos de la burguesía.
Durante el espacio de tiempo en que los seres humanos bajo el dominio del capital permanecen improductivos: infancia, adolescencia, juventud, jubilación etc., sus opciones de vida no les pertenecen por entero a ellos, sino en gran medida al capital, que condiciona sus pautas de vida, necesidades y preferencias, hasta el punto de que cualquier restricción de esas opciones y pautas de conducta malogran su vida de relación y hasta su “salud” mental[7] El capital ha penetrado en todas las esferas de actividad del ser humano, desde antes de su nacimiento, hasta, incluso, después del fallecimiento: moda “premamá”, para niños, adolescentes, ”moda joven”, lo que “se lleva” en cada temporada, en educación, cultura, ocio, deporte, geriátricos, pompas fúnebres, en el dormitorio, el salón, la cocina, el baño, la calle; por la mañana, por la tarde y por la noche, etc., etc. Todos estos ámbitos son un verdadero campo de batalla en que las distintas fracciones de la burguesía dirimen la marca que debe prevalecer en cada uno de los tramos del poder adquisitivo de los “jóvenes en general”.
En tiempos “normales”, de dominio ideológico y político casi pleno de la burguesía sobre la sociedad―como es el caso de hoy día― la categoría sociológica de los “jóvenes en general” pertenece al capital como ninguna otra; la burguesía determina lo que la “juventud en general” debe ser y cómo. De este modo, creando necesidades “propias” y condicionando sus gustos, la juventud como “fenómeno sociológico” burgués se ha convertido en una fuente de acumulación del capital con un protagonismo creciente. La industria discográfica los tiene como clientes mayoritarios y los grandes almacenes reservan más y más espacio para ofertar “productos para jóvenes” en secciones habilitadas especialmente “para ellos”. Tanto como para que, en todo ese entramado de sensaciones, no quepa la más mínima posibilidad potencialmente revolucionaria, de que algún joven pueda ser él mismo negando todo eso sin crearse un insufrible vacío social en torno suyo. Ni que decir tiene que, a través del dictado de esta sociología de la estupidez en torno a lo superfluo, la burguesía ejerce indirectamente su dictadura sobre las ideas políticas de “los jóvenes en general”.
Pero, así como no es veraz referirse a los jóvenes en general, como si no estuvieran divididos en clases sociales, tampoco lo es hablar de las “especificidades” del joven asalariado. Porque se trata de una precariedad laboral unida a cada puesto de trabajo, cualquiera sea el que lo ocupe, joven o adulto, mujer o varón, nacional o extranjero, etc. La precariedad laboral basada en la plusvalía absoluta (en este caso explotación por reducción del poder de compra del salario) y relativa (intensificación de los ritmos del trabajo), es una realidad que, en mayor o menor grado afecta a todos los asalariados simultáneamente. A los que están en paro porque, carentes de sustento, sufren la miseria material sumada al tormento moral, psicológico y/o psicosomático, provocados por el sentimiento inducido de no servir para nada; a los empleados, porque, día que pasa, deben soportar todo tipo de acoso, abusos de autoridad y vejaciones cuasi feudales por parte de sus patronos. Unos daños sociales que pesan tanto sobre la parte de los jóvenes que se incorporan al mercado de trabajo en condiciones de paro ―a los fines de que cada cual se predisponga a trabajar más por menos―, como sobre el sector de adultos con años de servicio que la patronal despide para que ocupen su lugar el resto de los jóvenes recién incorporados a la vida activa, agradecidos encima por el “privilegio” de trabajar en precario a cambio de un salario que les permite malvivir muy por debajo del valor de su fuerza de trabajo.
Una de las consecuencias de la reducción de masas crecientes de trabajo complejo a trabajo simple, es la exigencia de cada vez mayores conocimientos como requisito para obtener un empleo en condiciones de desempeñar las tareas más sencillas, lo cual determina la masificación de los estudios superiores, creando simultáneamente las categorías del estudiante de extracción asalariada y del asalariado que, a la vez, estudia, sumadas a la categoría delestudiante de extracción burguesa, remanente de la originaria universidad de elites. Además, esta realidad, en condiciones de paro estructural masivo, determina que la patronal pueda darse el lujo de emplear en tareas relativamente simples, a trabajadores con una cualificación superior a aquella para la cual son contratados, como es el caso de ingenieros, médicos, economistas, abogados, etc, empleados como delineantes, auxiliares de enfermería, simples contables, y pasantes o asesores jurídicos.
También aquí, podríamos empezar a elucubrar partiendo de la “especificidad” del estudiante medio y superior, es decir, del estudiante “en general”, compelido a disciplinar su intelecto aplicado a distintos objetos del conocimiento, según determinados planes de estudio dentro de las instituciones educativas del Estado, para los fines de ganarse la vida a cambio de aportar esos conocimientos profesionales en la correspondiente esfera laboral de la sociedad. La gran masa de estudiantes se reconoce espontáneamente en este concepto “culturalista” o “academicista”, estrictamente profesional de su actividad estudiantil, inducido por la necesidad elemental de ganarse la vida, de lo cual se han venido aprovechando los políticos oportunistas profesionales del apoliticismo. Así fue desde siempre, según describía Lenin el fenómeno en septiembre de 1903:
<<Estos culturalistas se encuentran en todas las capas de la sociedad Rusa, y en todas partes, al igual que los estudiantes “academicistas”, se limitan al estrecho círculo de los intereses profesionales, del mejoramiento de determinadas ramas de la economía nacional o de la administración local y estatal; en todas partes se apartan medrosamente de los “políticos”, sin distinguir (...) entre políticos de diferentes tendencias y llamando política a todo lo que guarda relación con....la forma de gobierno. Estos culturalistas han sido siempre y siguen siendo hoy, la ancha base de nuestro liberalismo: en los períodos “pacíficos” (es decir, traducido al “ruso”, en los períodos de reacción política), los conceptos de culturalista y de liberal son casi sinónimos (...) El liberal ruso, inclusive cuando aparece en una publicación extranjera libre protestando de modo directo y franco contra la autocracia, no deja de sentirse, ante todo y sobre todo, un culturalista (partidario de la cultura política vigente), y se distingue, una y otra vez, porque razona como un esclavo, o, si se quiere como un súbdito respetuoso de la ley, leal y obediente (respecto esencialmente de “lo que hay” o está vigente)>> (V.I. Lenin: “Las tareas de la juventud revolucionaria”)
Los culturalistas representaban a la mayoría social entre los estudiantes rusos, junto con los indiferentes y los directamente reaccionarios activos defensores del régimen. Aparte de estos, de derecha a izquierda estaban los socialistas revolucionarios y los socialdemócratas. Tal agrupamiento político de los estudiantes, se correspondía bis a bis con el de la sociedad rusa en su conjunto.
Tomando como referencia primaria esta división política de la sociedad rusa proyectada al interior de los aparatos ideológicos del Estado autocrático,Lenin analizó la distinta perspectiva desde la cual, socialistas revolucionarios y socialdemócratas abordaban la problemática de unificar ideológicamente al estudiantado, para incorporarlo políticamente a la revolución. Y razonaba de este modo:
<<Si el agrupamiento político de los estudiantes corresponde al de la sociedad, ¿no se desprende de ello que, por “lograr la unidad ideológica” del estudiantado sólo puede entenderse una de dos cosas: conquistar la adhesión del mayor número posible de estudiantes a un conjunto perfectamente definido de ideas sociales y políticas, o establecer el acercamiento más estrecho posible entre los estudiantes de un definido grupo político y los miembros de ese grupo que no son estudiantes.>> (V.I. Lenin: Op. Cit.)
Como puede advertirse, la primera de las alternativas era de carácter oportunista, pues, si de lo que, para ellos, se trataba, era de representar a las mayorías, ese “conjunto perfectamente definido de ideas sociales y políticas” no podía sino ser de tipo liberal-culturalista, apologético del sistema vigente; en cualquier caso discrepante en cuestiones académicas y de tipo social derivadas de la organización de la sociedad sin poner en tela de juicio a la sociedad misma. Esta posición era esgrimida por los socialistas revolucionarios en alianza con los burgueses liberales. La otra proposición era la que asumía la socialdemocracia, los miembros no estudiantes, jóvenes y no tan jóvenes obreros que actuaban como “intelectuales orgánicos” del conjunto del proletariado, pertenecientes al POSDR.
Y para ilustrar a sus lectores sobre la posición de los socialistas revolucionarios (populistas) que iban a la rastra de la coalición entre los burgueses liberales y la aristocracia feudal absolutista, Lenin describe la línea de pensamiento expuesta en un artículo programático publicado por la revista “Revoilutsiónnaia Rossía” titulado: “Los estudiantes y la revolución”, donde su autor hace gala del oportunismo político más rastrero, exaltando aquel idealismo juvenil dulzón preñado de estupidez política, al que presentaba como una encomiable virtud intrínseca o específica de los jóvenes “en general” para conferirle a eso un carácter político.
Entonces y ahora, la razón revolucionaria debe seguir combatiendo al mismo enemigo: el etéreo e impoluto idealismo humano genérico, en el que las clases dominantes han venido haciendo flotar en todas partes a los jóvenes culturalistas por encima de las contradicciones de la sociedad real; hoy son decenas de millones los que siguen aferrados a ese idealismo como a un clavo ardiendo bajo la forma del “voluntariado”; algunos porque les sobra tiempo y dinero para eso, otros muchos porque convierten “su” ideal en medio de cambio para salir del paro; todos ellos, en fin, porque sus “sensibles” corazones ―debidamente educados en la escuela burguesa de la hipocresía― día que pasa piden una nueva y magnifiscente mentira que la burguesía se saque de su vieja chistera:
<<El autor de este artículo pone el acento en el “altruismo y la pureza de aspiraciones”, la “fuerza de los motivos idealistas” en la “juventud”. Y busca aquí la explicación a sus deseos de “innovaciones políticas”, y no en las condiciones reales de la vida social de Rusia, que, por una parte, engendran una irreductible contradicción entre la autocracia y capas muy vastas y muy heterogéneas de la población, mientras que, por otra parte, tornan (pronto habrá que decir tornaban) en extremo difícil toda exteriorización de descontento político que no sea la que se produce a través de las universidades.>> (Ibíd)
Desde la más tierna infancia y a través de la experiencia de sus propios padres, los asalariados aprenden a vivir hechos a la sensación de que ellos y su familia existen, mientras exista para ellos un capital, que “esto es lo que hay” y que no puede ser de otra forma. Luego, una vez metidos en el capullo de los aparatos ideológicos del Estado, el gusano de aquel primigenio sentimiento de dependencia respecto del capital, opera su correspondiente metamorfosis hasta cobrar su forma espiritual acabada en las más bellas ideas: “libertad, “igualdad” y “solidaridad” consagradas como paradigma de conducta social y cívica bajo el capitalismo; como si el significado que los padres de la ideología burguesa otorgaron a cada uno de estos términos, no se dieran de patadas entre ellos.
Ya nos hemos referido a este asunto en otro lugar: http://www.nodo50.org/gpm/pinochet/02.htm. Allí, siguiendo a Marx, demostramos que la idea actual de “libertad” reside prácticamente en el concepto de propiedad privada, como el derecho de cada cual a disponer libremente de lo que es suyo, empezando por su propio cuerpo como propiedad de su alma.[8] Esta idea de las “almas propietarias” de su relativo cuerpo ―introducida por John Locke―, es el fundamento de la “libertad” que nos venden los burgueses, idea según la cual, todos ―patronos capitalistas y asalariados―, se “igualan” como propietarios que disponen “libremente” de lo que es suyo. Pues bien, esta universal “libertad igual” es la que consagra y legitima jurídica y moralmente la explotación del trabajo asalariado.
Finalmente, dado que la libertad de los individuos se basa en la propiedad privada de cada cual, de este hecho se infiere lógicamente con toda claridad que el derecho humano a la “libertad” burguesa no descansa sobre la unión, fraternidad o solidaridad entre los seres humanos, sino que, por el contrario, se basa en su separación y potencial confrontación de los individuos y de las clases sociales, que es lo que ha venido sucediendo sistemáticamente a lo largo de toda la historia moderna:
<<El derecho humano a la propiedad privada es, por tanto, el derecho a disfrutar de su patrimonio libre y voluntariamente, sin preocuparse de los demás seres humanos, independientemente de la sociedad; es el derecho del interés personal. Aquello, la libertad individual, y esto, su aplicación, forman el fundamento sobre el que descansa la sociedad burguesa. Sociedad que hace que todo ser humano encuentreen los demás, no la realización, sino, por el contrario, la limitación de su libertad. Y que proclama (de hecho) como superior a todo otro derecho humano>> (K. Marx: “La cuestión judía” Otoño de 1843)
Por tanto, el derecho a la libertad burguesa basada en la propiedad sobre los medios de producción, no tiene nada que ver, ni con la igualdad ni con la fraternité o solidaridad. De ahí que los burgueses necesiten verse reflejados en el disciplinado comportamiento sus subordinados, como en el espejo cóncavo de sus falsos valores, precisamente para poder creer en ellos como verdaderos y universales.
Nietzsche pensaba que, en este mundo, es imposible vivir mirando de frente a la verdad. En general, tenía y sigue teniendo razón. Por eso decía que “a cada acción debe corresponder un olvido”. Según esta proposición, la norma de toda conducta ética, consiste en dejar a un lado el verdadero significado de lo que se hace, cambiándolo por otro esencialmente falso aunque no lo parezca. Ésta, que fue la máxima de la vieja retórica sofista, que sigue hoy vigente, tanto en la calle como en las escuelas, en el discurso de los políticos institucionalizados como en el de los periodistas profesionales y el común de los artistas, proyectándose incluso a la más moderna publicidad, cuyo arte consiste en hacer que las cosas no valgan por lo que son, sino por lo que la gente pueda llegar a creer que son trucando lo verdadero por lo verosímil.
Tales son los mecanismos sociológicos, ideológicos y psicológicos ―convenientemente instrumentados por los “mass media”―, a través de los cuales se refuerza la función enajenante de la economía política, a fin de que la mayoría de los asalariados y demás sectores sociales subalternos se amolden a las formas de la falsa conciencia que sus patronos se fabrican sobre lo que ellos mismos hacen; a las ideas que invierten la noción del mundo real trucando el significado de las palabras. Así es como los burgueses consiguen que la necesidad de vender fuerza de trabajo pase por “libertad” para contratar su venta; que la desigualdad entre el valor de la fuerza de trabajo vendida y el plusvalor resultante de su uso pase por igualdad resultante del “acuerdo” de compra-venta; y que la insolidaridad o desunión efectivamente resultante de la explotación de los vendedores por los compradores, pase por solidaridad o “unión” formal del “acuerdo de partes”, realmente forzada por la necesidad real de los vendedores a formalizar tales “acuerdos”.
Estos son los abalorios que la burguesía consagra de hecho en todas partes como preciosas verdades sociales, que muchos jóvenes ―más o menos beneficiados por el trucaje― se vuelven proclives a aceptar y acaban aceptando porque les conviene y así les han enseñado viendo que tienen validez universal, lo cual es cierto. Y aunque las miserias del mundo no les dejan indiferentes, optan por curar su herida “sensibilidad humana” como quien pretendiera tratar un tumor cerebral con aspirinas. Esto es así por una doble causa que combina sus efectos: porque esos privilegiados alumnos y sus maestros burgueses carecen de voluntad política para elevarse con el pensamiento y la acción por encima de sus propias condiciones de vida, y porque, al mismo tiempo, les resulta imposible vivir aceptando la verdad del capitalismo.
Otro sector de la llamada “juventud”, es el comprendido dentro del fenómeno de la marginación o exclusión social, que carecen de medios para poder integrarse en el sistema a instancias de las llamadas políticas de juventud a que aludimos en el párrafo anterior. A pesar de que este sector no se plantea inmediatamente una alternativa política al sistema, sin embargo, siendo una juventud proletaria sin expectativas de futuro dentro de esta sociedad, resulta ser un problema añadido para la burguesía, potencialmente un problema de “seguridad ciudadana”. Para ello, la burguesía combina la represión directa sobre ese subconjunto social “joven”, con el empleo de un ejercito específico de trabajadores sociales a sueldo y voluntarios de Ongs., todos ellos especializados en reconducir esas conductas de frustración con el sistema―la mayor parte de los casos infructuosamente―. Así, se ponen en práctica programas de “reeducación” para prevenir los efectos potencialmente delictivos de la marginación, se intentan otros tantos canales de una falsa integración a través de la participación de esos jóvenes en organizaciones sociales, culturales, lúdicas o de asistencia social como el voluntariado, el ejército profesional, ongs., etc.
Que hoy existan en el Mundo decenas de millones de jóvenes adscritos a organizaciones paraestatales del llamado “voluntariado social”, abrazados a la odiosa idea cristiana de la limosna disfrazada de solidaridad humana, lo dice todo acerca de la decadente podredumbre moral de este sistema de vida, al que no le queda ya otro sustento histórico que la ficción interesada de unas minorías privilegiadas, y la estupidez política inducida de la inmensa mayoría superexplotada y oprimida.
Conciente de que ya no puede solucionar problemas de exclusión social permanente como el paro, las drogas, la delincuencia o la prostitución, la burguesía recurre cada vez más a medidas paliativas, tales como el aumento del presupuesto para los organismos represivos y de control social, los convocatorias al ejército profesional, las “narcosalas” de venopunción o espacios controlados para la compra-venta de sexo vivo, demostración cabal de su creciente incapacidad para evitar la desintegración y descomposición social de sectores cada vez más numerosos de la población a su tan proclamado sistema vida, actualizando dramáticamente lo que Marx y Engels anunciaban en su “Manifiesto comunista”:
<<Es, pues, evidente, que la burguesía ya no es capaz de seguir desempeñando el papel de clase dominante de la sociedad ni de imponer a esta, como ley reguladora, las condiciones de existencia de su clase. Es incapaz de dominar, porque no es capaz de garantizar a sus esclavos la existencia siquiera dentro del marco de su esclavitud, porque se ve forzada a dejarles decaer hasta el punto en que se ve obligada a mantenerles en lugar de ser mantenida por ellos. La sociedad no puede seguir viviendo bajo su dominación; la vida de la burguesía se ha hecho incompatible con la de la sociedad.>> (Op. Cit. Cap. I Enero de 1848)
Mientras la burguesía lanza continuamente mercancías para el consumo de los jóvenes, el Estado se encarga de homogeneizar ideológica y políticamente bajo ese rótulo sociológico al conjunto, como si, en si y por sí, constituyeran una clase social. Sin embargo, al disputarse, las preferencias del consumo juvenil entre los distintos niveles de vida que separan a los jóvenes en otros tantos hábitos y ámbitos diferentes de vida social ―tanto en el ocio como en el negocio― las diversas fracciones del capital que le tienen por objeto de su acumulación no hacen más que demostrar la efectiva división clasista de los jóvenes, que, a la postre, es lo que se impone.
No obstante, en lo que todas esas fracciones del capital coinciden, es en identificar a la juventud con el inconformismo y el progreso, reduciendo este último concepto a lo novedoso, pero con la condición que los sujetos de lo nuevo no sean los jóvenes sino los burgueses que crean y fabrican “lo que se lleva” para ellos, convertidos así en meros objetos de un consumismo desaforado, de un frenesí por “estar a la última” moda.
4.Los revolucionarios frente a la categoría burguesa de “juventud”.
4a.Reforma o revolución.
La capacidad que tiene la burguesía de integrar en la“ley del valor” cualquier manifestación de cultura autónoma al margen del mercado es absoluta, de modo que todos aquellos reformistas del sistema que proponen cambiar la sociedad por la vía de la cultura o de la sociología “undergrown” ensalzando lo “joven” ligado a las nuevas expresiones artísticas etc. se equivocan, pues la cultura del dinero termina por integrar a esas minorías culturales creadoras nacidas al margen del sistema. Sucedió primero con los “hippys”, después con el “reagge” y la cultura africana trasladada por la inmigración a las metrópolis capitalistas, así como con el movimiento “punky; lo mismo está ya sucediendo ahora con el “graffiti”.
No es ninguna novedad que los reformistas intenten desplazar a la clase obrera como sujeto revolucionario por excelencia, echando mano de una serie de conceptos o categorías, como es el caso de los llamados movimientos sociales que, si bien forman parte de la lucha de clases, en modo alguno pueden reemplazar a las que se operan en el seno de la producción capitalista, a las relaciones directas entre burgueses y asalariados, que es donde se decide el futuro de la sociedad.
Neomarxistas que dieron pábulo a la llamada “nueva izquierda”, como Michael Kalecki, Joan Robinson, Paul Baran, Paul Sweezii, Erbert Marcuse y desde hace unos años, entre otros, Erik Hobswawun y Toni Negri, insisten machaconamente sobre la misma idea de buscar el movimiento revolucionario al exterior de las relaciones de producción directas entre capital y trabajo, entre los grupos de trabajadores no asalariados, como los campesinos del llamado “tercer mundo”, estudiantes descontentos, minorías negras,
desempleados, feministas, ecologistas, “okupas”, etc., pretextando un aparente inmovilismo del mundo laboral.
Los movimientos sociales son una manifestación de las contradicciones sociales, pero al exterior de la producción y reproducción material de la vida. Y sin la incorporación del movimiento obrero ocupado y la intervención de un partido que dirija y coordine esas luchas, los movimientos sociales no pueden trascender la sociedad capitalista que les dio sentido de existencia, tan sólo pueden tener aspiraciones reformistas o asistenciales, como el reclamo por más presupuesto estatal para servicios sociales diversos o recurriendo a la caridad social de las ONGs para paliar los problemas que padecen los más desfavorecidos.
Nosotros no estamos por esa labor; sostenemos que la táctica de comprometer a la “gente joven” en la lucha exclusiva por las reformas, sin abrir su conciencia alhorizonte estratégico de la lucha política por el poder, sólo conduce a prolongar la agonía del capitalismo como modo de vida decadente, cuyas lógicas consecuencias no recaen especialmente sobre los capitalistas, sino sobre las clases subalternas, como se ha venido verificando cada vez de modo más trágico y masivo.
El método oportunista de los políticos reformistas consiste, por un lado, en elaborar un discurso y una propuesta organizativa particular para movilizar a los “jóvenes en general”, sin hacer distinción de clases, otro para las mujeres, otro para los consumidores, otro para los jubilados, para los inmigrantes, para las amas de casa, para las minorías raciales, etc., etc., “en general”. O sea, mientras se limitan en todo lo posible a dividir, a compartimentar la lucha reivindicativa de cada uno de estos movimientos “en general” en el espacio y el tiempo y, por tanto, a debilitar el movimiento reivindicativo en su conjunto para que la burguesía pueda controlarlo mejor, al mismo tiempo tratan de mantenerlo políticamente unido “en general” en torno a ese conjunto de reivindicaciones.
Es decir, lo que hacen es debilitar en tanto dividen organizativamente a los distintos movimientos por reivindicaciones inmediatas, para dispersar sus luchas en vez de coordinarlas para concentrarlas; pero, por otro lado, tienden a unificar política y organizativamente a esos movimientos a nivel de partido estatal institucionalizado, no según su condición de clase, sino según el conjunto de reivindicaciones inmediatas que así ellos pueden dirigir con más facilidad y eficacia, para decidir hasta donde hay que ir con las reformas del sistema capitalista, según su concepto de la política como “arte de los posible”, en modo alguno como “arte de hacer posible lo necesario”.
4b.Un ejercicio de memoria histórica
y
teoría científica en torno a la categoría de juventud.
En este punto se hace necesario volver a nuestro diálogo imaginario más directo con Lenin. En tiempos normales ―es decir, de reacción política― es inevitable que el séquito de la burguesía ―formado por los oportunistas enquistados entre las clases subalternas de las que provienen―, aumente espectacularmente su número. En esos lapsos relativamente largos de retroceso en las luchas de los explotados ―como en la década de los ochenta y noventa del siglo pasado en Rusia―, buena parte de quienes fueron sorprendidos por ese fenómeno ejerciendo como dirigentes y cuadros medios en las organizaciones revolucionarias, lastraron más o menos atropelladamente los principios subversivos en que habían fundado su acción pretérita; mientras la mayoría de los militantes de base abandonaban la vida política, ellos continuaban aun cuando reorganizados en torno a un pensamiento y una práctica política más “prudentes”.
Este “transformismo”[9] que se opera en ellos no es cosa de un día para otro; tampoco aparenta ser notorio; sí lo suficientemente sutil como para que su capitulación ideológica y estratégica sea percibida y explicada por los “transformados” como una adecuación táctica ―a las nuevas condiciones―, de los mismos principios revolucionarios que siguen mencionando en su discurso con la boca pequeña; mas operando sobre ellos una taimada falsificación de su espíritu, como fue el caso de la consigna de “ir a las masas”, que los oportunistas han interpretado el “ir” no en el sentido físico, de estar en contacto con ellas, sino en el sentido ideológico y político, esto es, ir al pie de lo que las masas piensan y de lo que están políticamente dispuestas a hacer; poner el listón de los principios que rigen su acción política, a la altura del principio de la realidad impuesta por el enemigo de clase, que prevalece en el espíritu de las clases subalternas, cuando ese es el principio que los revolucionarios deben combatir en todo momento; porque esas son las condiciones de la lucha de clases que los verdaderos revolucionarios tienen el deber de cambiar históricamente. “Ir a las masas” en sentido revolucionario significa ir a su conciencia , no como se va a la casa de alguien para compadrear y “pasárselo bien” usufructuando su hospitalidad a cambio de no contradecir su concepto de la vida, sino como se va a un campo de batalla para expulsar de allí al enemigo de clase que la usurpa.
Esto es lo que sucedió con los populistas rusos durante los últimos cuarenta años del siglo XIX en aquel país. Desde que, en 1861, el Zar Alejandro II decidió prohibir las relaciones de señorío y servidumbre, convirtiendo, de hecho, las tierras de labor en un bien privado negociable y enajenable. Desde ese momento, la incidencia del mercadeo sobre todas las tierras ―las que tradicionalmente habían sido concedidas periódicamente por el Estado a título de simple posesión hereditaria de las familias según el número de sus miembros, como las que en el futuro distribuyeran― empezaron a convertirse en propiedad enajenable, con lo que la subsistencia de la “comuna rural rusa” tenía los años contados. Se abrió así un proceso paulatino que, a través de la diferenciación del campesinado en términos de productividad y de la usura ―en el marco general de la competencia mercantil―, al cabo de los años, la propiedad de las tierras quedarían en poder de una determinada masa social de campesinos medios y de una minoría de terratenientes, provocando el desarraigo traumático de los campesinos pobres y semiproletarios rurales, de tal modo condenados a emigrar a las ciudades para malvivir convertidos, parte de ellos, en asalariados industriales, pasando el resto a engrosar las filas del paro en el llamado “ejército industrial de reserva”.
Hasta entonces, este partido agrario gozaba de gran predicamento entre la población rural por su particular concepción del socialismo pequeñoburgués, basado en la tradicional comuna rural como despensa al servicio del periódico “reparto negro” de tierras en posesión para usufructo vitalicio de las familias campesinas que lo necesitaran según el número de miembros. Pero desde que la reforma de 1861abolió el régimen de pago en trabajo como condición del usufructo de las tierras en manos de los terratenientes, se vio cómo las previsiones de Marx se iban cumpliendo. Porque esas tierras pasaron a ser bienes de propiedad enajenable, y para disponer de aquellas en que trabajaban ―propiedad de su antiguo señor― los campesinos debían comprarlas pagando su correspondiente “rescate”. Ante esta realidad, los campesinos tenían dos alternativas: la que le ofrecían los populistas y demás socialdemócratas revolucionarios de derecha en alianza oficiosa con los burgueses del Partido Liberal Constitucionalista, y la que proponían los socialdemócratas revolucionarios discípulos de Marx.
Durante los años en que fueron conociendo todos los extremos de la predicción marxista, los populistas se negaron a reconocerse en ella acusando a los miembros de esta corriente política en Rusia ―por entonces incipiente― de ser agentes de la burguesía. A esta acusación, Lenin respondía, en primer lugar, que el principal agente de la burguesía en todo este proceso, había sido y era la autocracia rusa a partir de lo resuelto por el zar Alejandro II; y, en segundo lugar, que el proyecto de la socialdemocracia revolucionaria no podía ni quería evitar sus resultados, pero sí podía y deseaba “acortar y mitigar los dolores” que ese parto capitalista en el campo, provocaría entre los campesinos pobres. Con ese fin social, el POSDR presentó su programa agrario, ofreciendo respetarles la posesión sobre sus tierras, así como de las que en el futuro pudieran necesitar sus respectivas familias. Para ello propuso, expropiar a los terratenientes, junto con sus empresas agrarias y las de los campesinos medios, a fin de convertirlas en propiedad estatal bajo el control de comités de campesinos y semiproletarios que trabajaban en ellas.
Siguiendo la máxima del “Manifiesto comunista” en cuanto a que: “los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos”, los socialdemócratas declararon públicamente que su acción social transformadora no se limitaba a ese programa llamado “mínimo”, y que su estrategia pasaba por la necesidad de eliminar el minifundio, proponiéndoles, de momento, dar el paso intermedio de agruparse en empresas cooperativas de trabajo, previendo que la mayor productividad relativa de las grandes empresas socializadas ―a instancias del mercado― acabaría por persuadirles de que, integrándose en el sistema socialista de la explotación agraria en gran escala como “productores libres asociados”, darían un salto cualitativamente superior hacia la más segura estabilidad en su trabajo, mayor nivel de vida y libertad política para decidir democráticamente qué y cómo hacer las cosas con vistas al futuro de la vida social en el agro.
El programa mínimo de los socialdemócratas revolucionarios, tenía más puntos en común con la tradicional concepción populista que lo que se proponían hacer los burgueses liberales ―aliados contranatura de los terratenientes y de la autocracia―, quienes prometían dejar intacta la estructura de la propiedad territorial, excluyendo cualquier expropiación, para que cada cual siguiera luchando por lo suyo, lo cual, en el mediano plazo significaba acelerar el proceso de concentración de la propiedad territorial, la inevitable disolución de la comuna rural y la completa ruina de los campesinos pobres.
Los teóricos más relevantes del populismo liberal y sus principales dirigentes de fines del siglo pasado, no desconocían el fundamento científico de esta realidad ―ofrecido por Marx en “El Capital”― respecto de la cual, entre 1893 y 1896, Lenin demostró que estaba en vías de culminar su cumplimiento acuciando la necesidad del socialismo. Los populistas veían que el campesinado se arruinaba porque el rescate ―que debía pagar para apropiarse de las tierras de sus antiguos señores― y los impuestos, no le dejaban margen para el fondo de consumo de su familia, ni para adquirir los aperos de trabajo y las semillas necesarias para el cultivo, razón por la que muchos hombres abandonaban el campo para buscar el sustento de los suyos lejos de su comarca, dejando en casa a sus mujeres e hijos para ir a trabajar en los ferrocarriles o como peones en diversas actividades. Tales eran los hechos en que los populistas coincidían con los marxistas. A partir de aquí, a la hora de explicar estos hechos, de señalar sus causas, populistas y marxistas divergían. Los primeros atribuían esos hechos a tres causas: a que había poca tierra disponible respecto de la población campesina que la necesitaba, a los impuestos y a la disminución de los ingresos de los campesinos, es decir, a la política agraria, fiscal e industrial del gobierno.
Respecto de la primera causa, los populistas ocultaban que la disponibilidad de la tierra, dependía de la determinación de vender por parte de los terratenientes propietarios, y del pago a plena satisfacción del vendedor, del “rescate” o precio de venta por parte de los potenciales compradores, es decir de la organización mercantilde la producción en el campo ruso.
Y partir de este hecho básico, estructural, objetivo, de la realidad en el agro, donde a instancias de distintas argucias comerciales de toda clase ―nada que ver con la disponibilidad e idoneidad para el trabajo de unos y otros propietarios de tierras― era inevitable la diferenciación entre una mayoría de campesinos pobres y una minoría relativa de campesinos acomodados. Finalmente, sobre esta diferenciación social entre el estrato medio y bajo de los propietarios de tierras, el mercado acabó expropiando de sus medios de producción a los más pobres, para convertirles en explotados o simples asalariados sólo propietarios de su fuerza de trabajo, a quienes no les quedó alternativa otra que venderla ocasionalmente a los campesinos medios o a los más ricos, convertidos así en explotadores de trabajo ajeno.
Esta doble transformación económica y social del trabajo en el campo ruso, esta conversión histórica de su organización feudal en organización mercantil y, de ésta última, en organización capitalista, ha operado un cambio de idéntica dirección y sentido en los dirigentes políticos orgánicos del movimiento campesino, quienes después de representar ―con el nombre de “Narodnaia Volia” (la voluntad del pueblo)― al conjunto del campesinado frente a la opresión y explotación de que era objeto por parte de los señores feudales hasta la reforma de 1861, han pasado a defender: primero los intereses del pequeño productor mercantil acomodado con el nombre de “Socialistas revolucionarios” y, después, al pequeño explotador capitalista de trabajo ajeno, conocidos ya como “Populistas liberales”, esto es, como apologetas del capitalismo y cómplices políticos del contubernio entre la autocracia zarista y la burguesía (terrateniente e industrial). De ahí la transformación ideológica encubridora del discurso oportunista de cara a los campesinos pobres, y su consecuente odio político contra el Partido obrero socialdemócrata ruso (POSDR), cuyos análisis científicos y su consecuente denuncia política les dejaba en evidencia frente al campesinado pobre:
<<La tierra es poca ―razona el populista― y cada vez es menos (...) Eso es bien cierto; pero ¿por qué se limita a decir que la tierra es poca y no añade que hay poca tierra en venta?Es que no sabe que nuestros campesinos rescatan sus nadiel a los terratenientes? ¿Por qué concentra su atención en que es poca y no en lo que está en venta?
Este mismo hecho de la venta, del rescate, evidencia el dominio de principios (la adquisición por dinero de los medios de producción) que de todos modos dejan a los campesinos [a su mayoría] sin medios de producción [ tierra, instrumentos y materias primas], sean muchos o pocos los que se vendan. Al silenciar este hecho, silencia la existencia del modo capitalista de producción, única base sobre la que pudo surgir esa venta. Y con ellos pasa a defender esa sociedad burguesa y se convierte en un simple politicastro que divaga si debe ponerse en venta mucha o poca tierra. No ve que el hecho mismo del rescate demuestra que el “capital se ha enseñoreado ya por completo” del “alma” de aquellos [la pequeño burguesía agraria] en cuyo beneficio se realizó la “gran” reforma, de aquellos [la autocracia zarista y la burguesía] que la llevaron a cabo>> (V.I. Lenin: “El contenido económico del populismo”. Fines de 1894 y comienzos de 1895. Lo entre corchetes es nuestro)
Durante todo este tiempo, los populistas liberales se encargaron de mistificar la realidad del campesinado pobre, como hizo su más destacado sociólogo, N. K. Mijailovsky[10] y el publicista Krivenko[11], de quienes Lenin se ocupó en las obras escritas durante ese período, como parte de los fundamentos para la formación del futuro partido obrero revolucionario ruso. Esta mistificación consistía en identificar al campesinado pobre y autosuficiente ―cuya referencia es la comuna rural―, que no explota trabajo ajeno, con el campesino capitalista medio y rico, unidos todos ellos por su común defensa de la propiedad privada sobre la tierra, pero que, al mismo tiempo, ocultaban los diversos intereses que dividían y enfrentaban objetivamente a esos tres sectores propietarios en el campo ruso, precisamente en virtud de la misma existencia de la propiedad privada, cuyo resultado lógico previsto, no podía ser otro que la ruina del pequeño productor autosuficiente en beneficio de los productores capitalistas medianos y grandes. Tal era la conclusión a que llegaban los marxistas como resultado lógico de esa realidad contradictoria implícita en la categoría mercantil de la propiedad privada.
Pero el caso es que los políticos populistas no podían aceptar esta verdad científica y menos aun difundirla, porque eso atentaría contra sus propios intereses de casta intelectual y política burocrático-partidaria, dado que amenazaba la unidad del movimiento campesino, ―al que dirigían y usufructuaban― temerosos de exponerse a perder la prebendas derivadas del poder político personal y partidario que ejercían sobre el movimiento socialmente más poderoso del país, como representantes de los arraigados prejuicios burgueses que mantenían a los campesinos ideológicamente cohesionados en torno a lo que realmente les dividía y a la postre esquilmaría socialmente a su sector más numeroso: los pequeños campesinos, cada cual en su parcela abrazado altítulo de propiedad sobre sus tierras, ignorantes de que ese era el pasaporte para su propia ruina, expropiación y desarraigo definitivo de sus tierras, en tránsito inevitable hacia su destino como indigentes urbanos en paro, la otra cara de su futuro como esclavo asalariado.
Esto explica que los populistas hayan centrado el objeto de su crítica teórica y práctica del orden de cosas existente en Rusia, no en la economía política sino en la política económica, fiscal, monetaria, agraria o industrial; no en las leyes económicas objetivas del desarrollo social que “operan y se imponen con total independencia de la voluntad de los seres humanos” (Marx) sino en la acción política de determinados gobiernos, es decir, de sujetos o individuos políticamente agrupados y organizados en función de determinados intereses particulares comunes eventualmente a cargo de los asuntos del Estado dentro de la sociedad vigente:
<<Pero, por la descripción hecha, el lector habrá visto, naturalmente, que el marxista explica estos hechos de modo muy diferente. El populista ve la causa de dichos fenómenos (la ruina de los campesinos pobres) en que “la tierra es poca”, en los elevados impuestos, en la disminución de los “ingresos”, es decir, la ve en las particularidades de la política agraria, fiscal e industrial (de los gobiernos de turno), y no en las particularidades de la organización social de la producción, de la que surge inevitablemente esa política.>> (Lenin: Op. Cit.)
Lenin encontraba la causa eficiente de semejante mistificación de la realidad rusa, en el “método subjetivista de la sociología”, según el cual, el objetivo esencial del sociólogo consiste en estudiar una sociedad dada, para crear en ella “las condiciones sociales que satisfagan a la naturaleza humana”. ¿Cómo? Tomando de esa sociedad lo deseable y tratando de eliminar lo defectuoso o indeseable. Así, por ejemplo, respecto de la propiedad privada en la vida social, lo bueno o deseable de esta categoría económica y jurídica ―sostiene el sociólogo subjetivista― es que ordena el trabajo de los distintos productores (como si no hubiera existido ni pudiera haber otra forma humana de ordenarlo); lo malo de la propiedad privada, es que crea desigualdades sociales. Por tanto, según este razonamiento, el objetivo de la sociología, en este caso, pasa no por eliminar la propiedad privada sino por corregir ese defecto suyo. Para eso están las medidas de política agraria, fiscal, crediticia, etc., aplicando la inteligencia de determinados sujetos al servicio de la “naturaleza humana” en general.
Pero lo que el sociólogo subjetivista omite considerar, es, nada menos, que el relativismo histórico del concepto de “naturaleza humana”, cambiante según la formación social ―predominante en cada etapa histórica del desarrollo de la humanidad― que determina y limita objetivamente los contenidos sociales subjetivos, esto es, el significado de muchas expresiones lingüísticas, en este caso, lo que en cada una de estas etapas se ha entendido por “naturaleza humana”.
Los sociólogos subjetivistas omiten la perogrullada de que el concepto de “naturaleza humana” no es natural y ahistórico o invariable, sino histórico-social. Desde luego, en la etapa histórica del comunismo primitivo, de la comuna rural rusa o de la sociedad gentilicia, a nadie se le hubiera podido ocurrir que la propiedad privada ―que defendían los intelectuales populistas y hoy día todos los reformistas del mundo― albergara un lado bueno para la naturaleza humana; La propiedad privada se tornó históricamente necesaria en una determinada etapa del progreso de las fuerzas productivas de la humanidad, cuando la producción de excedentes respecto del consumo se hizo realmente posible como condición de existencia de los seres humanos, progreso que aun no había sido alcanzado en la etapa del comunismo primitivo. Por tanto, aquellos primitivos habitantes del Planeta no tenían la posibilidad más remota ―aunque sólo fuera de imaginar― lo “deseable” que la propiedad privada alienable sobre cualquier medio de producción pudiera ser para su naturaleza humana de entonces; sencillamente porque esa categoría social no existía; y no existía porque no estaban dadas las condiciones históricas materiales para eso, porque el atraso histórico relativo de las fuerzas sociales productivas en ese período respecto de la naturaleza ―que era necesario transformar para subsistir― imponía integrar o diluir el trabajo individual en el trabajo comunal, aunque dentro de él existiera una división del trabajo, como fue el caso de la unidad familiar patriarcal:
<<Un ejemplo más accesible (y cercano a nosotros) nos lo ofrece la industria patriarcal, rural, de una familia campesina que, para su propia subsistencia, produce cereales, ganado, hilo, lienzos, prendas de vestir, etc. Estas cosas diversas se hacen presentes enfrentándose a la familia en cuanto productos varios de uso familiar, pero no enfrentándose recíprocamente como mercancía (lo cual ya supone la propiedad privada sobre los medios de producción y la división social entre los distintos productores especializados en una mercancía). Los diversos trabajos en que son generados esos diversos productos ―cultivar la tierra, criar ganado, hilar, tejer, confeccionar prendas― en su forma natural (relación entre la organización del trabajo colectivo de individuos de una familia y la naturaleza que transforman) son funciones sociales, ya que son funciones de la familia y esta practica su propia división natural del trabajo, al igual que se hace en la producción de mercancías.>> (K. Marx: “El Capital” Libro I Cap. I Punto 4. Lo entre paréntesis y el subrayado son nuestros)
La diferencia entre la simple producción para la propia subsistencia y la producción de mercancías, consiste en que, bajo esta última, se produce para el mercado, lo cual hace cambiar el carácter de la división del trabajo que, de natural, pasa a ser social, donde los productos resultantes de cada productor individual o familia productora, se confrontan unos con otros como valores mercantiles, dando pábulo a las relaciones sociales entre sus respectivos propietarios. En este caso, estamos ante la forma originaria de propiedad privada sobre los medios de producción, que se corresponde con un determinado desarrollo de las fuerzas productivas conocido como “producción mercantil simple”, antecedente lógico social inmediato de la producción capitalista.
Que los intelectuales populistas con su “método sociológico subjetivista” vieran ―todavía en tiempos de Lenin― una pizca de “naturaleza humana racional” bajo el capitalismo, el lado bueno de la categoría de propiedad privada sobre los medios de producción, ello se debe a que lo observaban interesadamente desde la perspectiva precapitalista del “productor mercantil simple”, del campesino pobre; otra falsificación de la realidad social derivada de la primera: el haber considerado el concepto de “naturaleza humana” como un valor social inmutable.
Pero, dijeran lo que dijeran los oportunistas sobre la supuesta virtud mágica de la “inteligencia”, para crear de la nada las “condiciones” que permitieran satisfacer a esa “naturaleza humana racional” presuntamente encarnada en los campesinos pobres, lo cierto es que esa “naturaleza” había sido ya superada por la historia; todavía existía o, más bien, sobrevivía, pero había dejado de ser una realidad efectiva[12] para pasar a ser “lo indeseable” del sistema, por eso la burguesía, con la ayuda de su Estado, también en Rusia acabó por transformar a la inmensa mayoría de “productores mercantiles simples” en asalariados para la producción y acumulación de plusvalor. Esto de atribuir cosas “deseables” e “indeseables” a las categorías económicas, es otra de las mistificaciones teóricas, verdadero armamento ideológico que los oportunistas utilizaban contra los revolucionarios, arrullando los prejuicios pequeñoburgueses de los campesinos pobres sobre la propiedad privada de la tierra, para que siguieran ilusionándose con ellos, para evitar que conocieran la verdad de su propia situación y el destino que les tenía deparado la ley del valor encarnada en los campesinos medianos y ricos. Siguiendo a Proudhon en su “Filosofía de la miseria”, el sociólogo subjetivista Mijailovsky también dividía, por ejemplo, a la propiedad privada capitalista, en un lado bueno y otro malo, prometiendo que los populistas eliminarían de ella ese lado malo o “Indeseable” de la concentración en pocas manos, para conservar sólo el lado bueno “deseable” del minifundio, revelando que, además de subjetivista, Mijailovsky poseía la valiosa virtud del maniqueísmo:
<<”El objetivo esencial de la sociología ―razona, por ejemplo, el señor Mijailovsky― consiste en el estudio de las condiciones sociales en que tal o cual necesidad de la naturaleza humana es satisfecha”. Como se ve, a este sociólogo sólo le interesa una sociedad que satisfaga a la naturaleza humana, pero en modo alguno le interesan las formaciones sociales que, por añadidura, pueden estar basados en fenómenos tan en pugna con la “naturaleza humana” [de hoy día] como la esclavización de la mayoría por la minoría. Se ve también que, desde el punto de vista de este sociólogo, ni hablar cabe de concebir el desarrollo de la sociedad como un proceso histórico natural. (“Al reconocer algo como deseable o indeseable, el sociólogo debe hallar las condiciones necesarias para realizar lo deseable o para eliminar lo indeseable”, “para realizar tales y cuales ideales” ―razona el mismo señor Mijailovsky).Más aún, ni hablar cabe, siquiera, de un desarrollo, sino de desviaciones de lo “deseable” [la propiedad privada sobre los medios de producción], de “defectos” que se han producido en la historia como consecuencia.....como consecuencia de que los seres humanosno han sido inteligentes, no han sabido comprender bien lo que exige la naturaleza humana, no han sabido hallar las condiciones para realizar estos regímenes racionales. (V.I. Lenin: “Quienes son los amigos del pueblo y cómo luchan contra los socialdemócratas” Parte I. 1894. Lo entre corchetes es nuestro)
Algo así como lo que el profeta Isaías anunciaba en el Antiguo Testamento que el Dios Javeh haría en el reino de los cielos, convirtiendo a las fieras salvajes terrestres en criaturas bucólicas:
<<Habitará el lobo con el cordero y el leopardo se acostará con el cabrito, y comerán juntos el becerro y el León, y un niño pequeño los pastoreará>> (Isaías, 11. 6)
Para intentar probar que este reduccionismo de las cosas a su lado bueno era posible sin tocar la propiedad privada sobre los medios de producción, los populistas rusos hicieron suya una especie ―originaria de los economistas vulgares que habían sucedido en el tiempo a los clásicos― consistente en afirmar que la producción de valores económicos contenidos en la riqueza creada, se regía por leyes "naturales", eternas, independientes de la voluntad de los seres humanos, pero que la distribución de esa riqueza se operaba por medios “artificiales", modificables a posteriori de la producción, ya que en ellas intervienen los seres humanos. Por tanto, la objetividad científica sólo vale para la esfera de la producción de valores, pero que la distribución de esos valores, en última instancia, está en función de la acción política de los gobiernos a cargo del Estado, a través de la supuesta influencia que, sobre ellos, pueden ejercer partidos políticos como el populista, e intelectuales “progresistas” como Miajilovsky, Kárishev o Krivenko. En síntesis, que la distribución es, en última instancia, un producto directo de la subjetividad enfrentada entre los agentes sociales que intervienen en su producción, de la lucha de clases, y que este resultado no tiene por qué afectar para nada a la continuidad de la producción en régimen de propiedad privada.
Este método estuvo inspirado en la concepción romántico-utópica del capitalismo, cuyo máximo exponente fue el economista suizo Sismonde de Sismondi, quien, a su vez se apoyó en las teorías económicas de los fisiócratas. Para los economistas románticos, como Miajilovsky, el capitalismo no es un sistema presidido por la producción de plusvalor para los fines de la acumulación de capital, sino que simplemente consiste en un reparto injusto de la riqueza. Llegan a semejante conclusión afirmándose en el falso supuesto de que la plusvalía no es más que trabajo no retribuido bajo la forma de riqueza, y su corolario: que los capitalistas no consumen toda la plusvalía y acumulan una parte bajo la forma de dinero, equivalente a la parte del plusvalor contenida en la riqueza creada que los obreros dejan de percibir. La conclusión de tal razonamiento, es que, bajo el capitalismo, la oferta de riqueza supera en valor a la demanda efectiva, o sea, que el valor de la producción crece más del contenido en los productos que el consumo destruye. La pauperización de los trabajadores como consecuencia de una superproducción de riqueza bajo la forma de dinero en manos de los capitalistas, está en la base de las tesis románticas y utopistas. Para ellos, por tanto, la distribución de la riqueza no es un problema que deba resolverse en la estructura económica de la sociedad revolucionando las relaciones de producción capitalistas, sino actuando desde la superestructura ética, jurídica y política del mismo sistema. Tal es la tesis central que ha venido identificando a los reformistas políticos burgueses desde principios del siglo XIX hasta hoy, a quienes Marx llamaba con justeza “socialistas vulgares”.
Ya en 1875, Marx se refería a la relación entre los conceptos de producción y distribución en la sociedad capitalista. Lo hizo para salir al paso de los devaneos de Lassalle con el Canciller del imperio alemán Otto Von Bismarck, sutilmente reflejados en el proyecto de programa del partido obrero alemán, que presentó ante el Congreso celebrado ese año en la ciudad de Gotha.
Allí, Marx anticipa lo que diez años después demostraría rigurosa y exhaustivamente en el segundo libro de “El Capital” publicado en 1885. En su crítica al lassallismo, dice Marx que la distribución de los medios de consumo bajo el capitalismo, es el resultado de las condiciones materiales de la distribución de los medios de producción. El despliegue lógico contenido en esta proposición de Marx, es el siguiente: el modo capitalista de producción se basa en el hecho de que los medios de producción le son adjudicados a quienes no viven de su trabajo en forma de propiedad sobre los medios de producción ―incluido el suelo―, mientras que la masa de los asalariados sólo es propietaria de la condición personal de producción: su fuerza de trabajo. Distribuidos de este modo los factores ―objetivo y subjetivo― de la producción, la conclusión lógica es que: la distribución de los medios de consumo es una consecuencia natural, es decir, objetiva, del modo con que se opera previamente la distribución de los medios de producción.
<<Si las condiciones materiales de producción fuesen propiedad colectiva de los propios obreros, esto determinaría, por sí sólo, una distribución de los medios de consumo distinta de la actual. El socialismo vulgar (y por intermedio suyo, una parte de la democracia) ha aprendido de los economistas burgueses a considerar y tratar la distribución como algo independiente del modo de producción, y, por tanto, a exponer el socialismo como una doctrina [utópica] que gira principalmente en torno a la distribución [del consumo]. Una vez que está dilucidada desde hace ya mucho tiempo, la verdadera relación de las cosas, ¿Por qué volver a marchar hacia atrás? (K. Marx: “Crítica del Programa de Gotha” I. Lo entre corchetes y el subrayado son nuestros)
¿Cuál es ―y de qué tipo― la condición bajo la cual se opera la distribución entre los medios de producción y los medios de consumo? Empecemos por lo más obvio. Ciertamente, el modo de producción capitalista es una unidad dialéctica, y, por tanto, contradictoria, entre producción y consumo. Pero es, eminentemente, una unidad dialéctica entre el proceso de trabajo y el proceso de valorización, cuyo polo dominante es el proceso de valorización. Bajo el capitalismo, no se trata de producir riqueza para el consumo sino valor; y no solo valor sino plusvalor. Los capitalistas, como tales, no pueden producir nada que no contenga plusvalor, es decir, trabajo no pagado. Por su parte, los asalariados accederán al consumo necesario para reproducir su fuerza de trabajo, sólo en la medida en que exista, para ellos, un capital que les contrate, y sólo con una condición, a saber: que la masa de plusvalor obtenida alcance para ampliar convenientemente su capital de inversión y su fondo de consumo; y esto es algo que, en última instancia, depende de la tasa de ganancia como promedio o relación positiva entre la masa de plusvalor obtenida y el capital invertido. De lo contrario, o el salario de los empleados se reduce y, por tanto, su consumo, o deja de haber trabajo y consumo para ellos. Así es la dictadura social del capital sobre la que se levanta esa embustera jaula de grillos de la burguesía llamada “democracia”, que jamás traspasa los umbrales de las sedes empresariales donde se produce y administra el plusvalor sustraído a sus empleados bajo secreto comercial. La vulgaridad hasta el extremo de la ramplonería en cuestiones teóricas, es lo que siempre ha caracterizado a los oportunistas. Hablar de la verdad histórica entre ellos es como mentar la soga en casa del ahorcado.
Aunque no sea tan obvio, el proceso de valorización también opera una distribución entre la producción y el consumo en el seno mismo del capital, a saber, entre los dos sectores básicos de la producción de plusvalor: el sector dedicado a acumular capital con la producción y realización de medios de producción (maquinarias, herramientas, materias primas y auxiliares) y el sector interesado en la producción de bienes de consumo. Y el caso es que dada la preeminencia de la producción de plusvalor como condición del aumento del consumo, de aquí se desprende lógicamente que la reproducción ampliada del capital global ―esto es, de todos los sectores y de las distintas ramas dentro de cada sector básico― exige que el sector productor de medios de producción crezca más rápido que el sector productor de medios de consumo y a expensas suya.
Del principio activo de la producción compulsiva de plusvalor, derivado de la organización del trabajo social bajo el capitalismo, Marx extrajo con carácter de ley, el hecho empíricamente verificable de que el sector dedicado a fabricar medios de producción se desarrolle más rápidamente que el productor de medios de consumo. Este último también crece, pero más lentamente al ser tributario de una masa de capital hacia el otro, determinada por la distinta composición orgánica del capital entre los dos sectores, mayor en el sector productor de bienes de producción.
Dicho de otro modo, lo que diferencia a la sociedad capitalista de los anteriores modos de producción, consiste en que la burguesía está compelida a utilizar más del tiempo de trabajo anual disponible, a la producción de medios de producción, es decir, a capital constante (maquinaria, herramientas, materias primas, y auxiliares, que no pueden transformarse en renta bajo la forma de salario ni de plusvalor y que sólo fungen como capital. El capitalismo en su conjunto crece según esta desproporción entre una mayor producción relativa de medios de producción respecto del sector productor de medios de consumo.
En este punto es necesario introducir otro elemento de juicio, y es que al principio, durante su etapa temprana el capitalismo se desarrolla coexistiendo con los modos de producción precapitalistas: el modo de producción natural o de subsistencia[13] correspondiente a la comuna rural rusa o a la familia patriarcal y el modo de producción mercantil simple[14] correspondiente a los pequeños campesinos. El desarrollo del capitalismo[15] avanza históricamente en sucesivos períodos: en un primer momento, la acumulación progresa a expensas de la economía de subsistencia y luego de la economía mercantil, hasta convertir a una mayoría de campesinos que vivían bajo esos dos modos de producción precapitalistas, en trabajadores “libres”, esto es, “liberados” en el sentido de expropiados de sus medios de producción, fuerza de trabajo que se ven obligados a vender en el “mercado de trabajo” como asalariados al servicio de los propietarios de los medios de producción o capitalistas:
<<Por consiguiente, en el desarrollo histórico del capitalismo hay dos momentos importantes: 1) la transformación de la economía natural de los productores directos, en economía mercantil, y 2) la transformación de la economía mercantil en economía capitalista>> (V.I. Lenin: “El llamado problema de los mercados” Otoño de 1893)
Este proceso se opera a través de la competencia, donde cada competidor trata de aumentar la productividad de su trabajo para vender sus productos en mejores condiciones de calidad y precio, del mismo modo en el campo con los campesinos, que en la ciudad con los gremios de artesanos. La consecuencia necesaria de esta nueva realidad vigente, es el inevitable empobrecimiento y ruina de los productores menos eficientes, que así son expropiados de sus medios de producción incluido el suelo sobre el que trabajan los campesinos y los talleres de los artesanos― que así pasan metamorfosearse socialmente en trabajadores “libres”, obligados a vender lo único que les queda como almas propietarias: su fuerza de trabajo. Este empobrecimiento y expropiación de una mayoría de pequeños agricultores y artesanos en virtud de la división del trabajo y la competencia mercantil, fortalecen a una minoría de productores relativamente más competitivos, que pasaron a emplear y explotar en buena parte a los pequeños propietarios expropiados, devenidos en mano de obra disponible a bajo precio. Como consecuencia de su nueva realidad social degradada en términos de ingresos, el nuevo salariado:
<<Ahora tiene que comprar los artículos de consumo necesarios (aunque en menor cantidad y de peor calidad); por otra parte, los medios de producción de los cuales es liberado este campesino (o pequeño industrial), se concentran en manos de una minoría, se convierten en capital, y el producto entra al mercado. Sólo así se explica el fenómeno de que la expropiación en masa de nuestro campesinado en la época que siguió a la reforma, haya sido acompañada, no por la reducción, sino por el aumento de la productividad global del país y el incremento del mercado interno. Es del dominio público el hecho de que la producción de grandes fábricas y establecimiento afines ha aumentado enormemente, que también se han difundido de manera considerable las industrias de kustares[16] (tanto éstas como aquellas que trabajan principalmente para el mercado interno; asimismo aumento la cantidad de cereal que circulaba en los mercados internos (el desarrollo del comercio de cereales en el interior del país.>> (V.I. Lenin: Op. Cit.)
Otra consecuencia derivada de esta transformación económica y social, fue la ampliación de la producción que, naturalmente, no podía efectuarse sin la acumulación (de capital constante): ampliar los talleres, adquirir nuevos medios de trabajo y mucha mayor cantidad de materias primas y auxiliares, para emplear más operarios. Esta ampliación de las distintas unidades productivas disparó la demanda y, por tanto, la producción, de medios de producción (máquinas, herramientas, hierro, madera, carbón, etc.). La concentración de la producción elevó la productividad del trabajo, suplantando parte de la mano de obra por máquinas de nueva tecnología, dejando sin ocupación a numerosos obreros, lo cual incentivó la producción de capital constante a un ritmo más rápido que el crecimiento vegetativo de la producción obrera.
Lenin ofrece un ejemplo donde expone empíricamente el cumplimiento de la ley fundamental del capitalismo ―descubierta por Marx―, según la cual, la tendencia objetiva del capital global a convertir cada vez mayores masas de valor salarial o trabajo pagado, en trabajo impago o plusvalor para los fines de la acumulación o reproducción ampliada del capital, se traduce históricamente en que el crecimiento o acumulación de capital de los sectores industriales que producen medios de producción para la fabricación de medios de producción (máquinas, materias primas y auxiliares) es superior al de los sectores que producen medios de producción aplicados a la producción de medios de consumo y, a la vez, el crecimiento de la acumulación en este último sector, es mayor que el del sector que produce directamente medios de consumo.
Marx expresa esta misma conclusión relacionando el valor de los productos que demandan los asalariados de sus respectivos patronos en todos los sectores productivos de la economía, respecto de la masa de valor contenida en los productos que intercambian los capitalistas de todos los sectores productivos entre sí, y llega a la conclusión de que:
<<Los obreros pueden comprar, incorporarse a la demanda, sólo de las mercancías que entran en su consumo individual (...) Como consumidores, como compradores, [Los trabajadores] no compran [ni consumen] materias primas ni medios de trabajo [para la industria, para consumo productivo]; compran solamente medios de vida (mercancías que entran directamente en el consumo individual). Nada por tanto más ridículo que hablar de identidad entre productores y consumidores [de oferta y demanda según la ley de Say], ya que en una cantidad extraordinariamente grande de negocios [intercambios] ―todos aquellos que no se dedican directamente a los artículos de consumo― la inmensa mayoría de quienes intervienen en la producción [los asalariados] se hallan absolutamente marginados de la compra de lo producido por ellos mismos (para sus respectivos patronos). No son consumidores directos ni compradores de esta gran parte de productos [medios de producción] en cuya producción intervienen como asalariados. (K. Marx: "Teorías sobre la plusvalía" T.II. Cap. XVII -12. Lo entre corchetes y el subrayado son nuestros)
Y en el libro II de “El capital”, donde trata del intercambio entre los distintos sectores productivos de la economía en el supuesto de la “reproducción simple” (cuando el plusvalor obtenido en cada rotación del capital ―una vez deducido el fondo de amortización para reponer el desgaste de los medios de trabajo― se consume) después de ofrecer su demostración, acaba completando el razonamiento científico anterior: