El deterioro del Estado del bienestar y los nacionalismos

  1. Introducción     
  2. Primer mensaje de Ismael (16-08-05)
  3. 1º respuesta del GPM(16-08-05)
  4. Segundo mensaje de Ismael (17-08-05)
  5. Tercer mensaje de Ismael (17-08-05)
  6. 2ª Respuesta del GPM (19-09-05 )
  7. Cuarto mensaje de Ismael (20-09-05)
    1. Artículo de Ismael publicado el miércoles 14 de septiembre de 2005
    2. Artículo de Ismael publicado el viernes 16 de septiembre de 2005
  8. Tercera respuesta del GPM (11-10-05)
  9. Campaña de Ismael para el envío de cartas a diputados del PSOE
  10. Finalización del debate por parte del GPM (28-10-05)

 

Introducción

En el presente trabajo se expone la polémica mantenida entre el GPM e Ismael, persona que inmediatamente después de recibir un aviso anunciando los cambios habidos en nuestra página web como consecuencia de la publicación de un nuevo documento, nos recrimina, sin venir al caso, que no le dediquemos atención al “desmantelamiento de la forma clásica del Estado en España”.

Le pedimos que nos aclarara qué es, para él, el “desmantelamiento de la forma clásica del Estado en España”.  Su respuesta fue que este “desmantelamiento” consiste en la desvertebración política del Estado central y la paulatina desaparición del llamado eufemísticamente “Estado de bienestar” a raíz de la ofensiva política de los “nacionalismos periféricos”, en este caso, las comunidades autónomas de Catalunya y Euskadi, en demanda de determinadas competencias hoy exclusivas del Estado Central.

Para nosotros, y pensamos que también para el conjunto de la clase obrera de este Estado, la transferencia de competencias a dichas comunidades o naciones, no es la causa del desmantelamiento del “estado del bienestar” y, por tanto, no suponen ninguna preocupación prioritaria. Muy al contrario, pensamos que lo que se consigue procediendo como Ismael es ocultar las verdaderas causas del deterioro en las condiciones del llamado “Estado del Bienestar”, desviando la atención hacia contingencias de la “pequeña política”, o política burguesa de “andar por casa”, dejando de lado las cuestiones que hacen a la “gran política” o lucha entre las dos clases universales históricamente antagónicas: burguesía y proletariado.  

Como decimos, los enfrentamientos que se derivan de ese proceso, están inscritos en la rivalidad que mantienen las distintas fracciones de la burguesía: la burguesía nacional española y el resto de burguesías nacionalistas periféricas. Al mismo tiempo y de igual manera, existen contradicciones entre la burguesía española en su conjunto y sus homólogas representadas en  la Unión Europea. Los distintos conflictos que surgen de estas contradicciones o rivalidades intercapitalistas son fenómenos derivados de la propia ley del valor que rige toda la vida del organismo capitalista cuyo metabolismo intrínseco provoca un aumento tal de acumulación de capital que deja obsoleta la antigua configuración de los Estados nacionales. De esta lógica se deriva la tendencia actual a las burguesías nacionales a través de sus propias burocracias políticas, transfieran determinadas competencias hacia la burocracia central de la Unión Europea.

Así, las contradicciones entre los distintos sectores de la burguesía dentro del Estado español, tanto como las que existen dentro de la Unión Europea, son de naturaleza eminentemente intercapitalista y, a pesar de que estos fenómenos deben de ser seguidos con el necesario interés por parte de la vanguardia revolucionaria, los asalariados no debemos caer en el error de dejarnos arrastrar al interior de esos conflictos, tomando partido por alguna de las fracciones burguesas en pugna.

De otra naturaleza muy distinta es el conflicto político larvado entre patronos y obreros, que supone el inusitado ataque del capital a las condiciones de vida y de trabajo que los asalariados estamos sufriendo hoy día. Embestidas sobre el salario real precarizando el empleo y manipulando el IPC o disminuyendo el valor de salarios diferidos (pensiones, subsidios de paro) y salarios indirectos  (salud, educación y demás gastos sociales, en parte a cargo de los presupuestos estatales).

El hecho de que en Europa se implementen políticas de descentralización administrativa de los Estados nacionales, transfiriendo algunas competencias hacia determinadas comunidades autónomas al mismo tiempo que  esos mismos Estados centrales nacionales aceptan transferir algunas suyas hacia la UE, todo eso merece ser estudiado para determinar en qué grado cada uno de estos dos movimientos afecta al tercero: la actual tendencia a la desaparición del Estado del bienestar. 

Hasta aquí, tratamos de tres movimientos:

  1. El movimiento derivado de la relación entre cada burguesía centralista nacional y sus burguesías periféricas.
  2. el movimiento derivado de la relación entre las distintas burguesías nacionales y la burguesía europea en su conjunto
  3. el movimiento derivado de la relación entre la patronal burguesa y el proletariado sin distinción de nacionalidades.

Para nosotros, el segundo y tercer movimiento responden a la lógica interna del capitalismo. El segundo, porque amplía el espacio económico y político único que favorece la acumulación y la centralización de los capitales; el tercero, porque hace a la esencia del sistema  capitalista: la explotación del trabajo ajeno para los fines de la acumulación. 

El primero es un movimiento contradictorio que enfrenta tácticamente a determinadas fracciones burguesas y a sus correspondientes burocracias políticas al interior de ciertos Estados nacionales, en función de intereses particulares que no hacen a la lógica interna esencial del modo de producción capitalista, esto es, a la explotación de los asalariados, sino al reparto de su producto. Por tanto, este movimiento nada tiene que ver con los intereses del proletariado en su conjunto, ni con su lucha contra el conjunto de la burguesía, que a eso tienden objetiva e irresistiblemente las relaciones capitalistas de producción, la lógica del capital.

Y dado que buena parte de los asalariados se encuentra comprometida en esta falsa dialéctica que nada tiene que ver con los intereses tácticos y estratégicos de la clase obrera en su conjunto, su compromiso sólo contribuye dividir políticamente al proletariado, y a retardar esa tendencia objetiva irresistible hacia su unidad política. Por lo tanto, la tarea de los explotados conscientes en Europa pasa por contribuir a acelerar el necesario proceso de unidad política entre todos los explotados por el objetivo común de acabar con la explotación del hombre por el hombre en el Planeta. Y para eso es no menos necesario explicar pacientemente a esos compañeros “nacionalistas” —sean periféricos o centralistas—, por qué no es la suya una opción política que se corresponda con su condición de clase explotada, y esto es lo que hemos tratado de hacer a lo largo de esta polémica.

Primer mensaje de Ismael, 16-08-05

Estimados compañeros:

Es curioso que estemos asistiendo al desmantelamiento de la forma clásica del Estado en España y no hayáis comentado ni una sola coma. Entiendo que el análisis de la situación es condición para orientarse, al menos eso aprendí cuando era joven y no veo ningún motivo para pensar otra cosa. ¿Tenéis algo que decir al respecto o sólo os dedicáis a transmitir lo que nos enseñaron hace tiempo los clásicos?.

1º respuesta del GPM, 16-08-05

   Compañero Ismael:

No hace ni una hora que le hemos enviado el mensaje de aviso de la publicación de un documento que trata sobre el discurso revolucionario y usted, casi con toda seguridad, sin haber leído el documento que presentamos, salvo apenas el anuncio, saca en conclusión que sólo nos dedicamos a transmitir lo que nos enseñaron hace ya tiempo los clásicos.

Vaya por delante que tan sola pretensión, ya de por sí, es algo que hoy en día es más necesaria que nunca, porque en contra de lo que usted dice, lo que los clásicos del materialismo histórico se esforzaron en enseñar no caló lo suficiente. A la vista está el nivel de desorientación ideológica y política de la vanguardia amplia de la clase obrera.

Para criticar el anuncio que le hemos remitido usted saca a colación el desmantelamiento de la forma clásica del Estado en España, usted nos la manda cambiada Señor Ismael, es decir, nos sale por peteneras. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?.

Y a propósito, ¿a qué se refiere usted con el desmantelamiento de la forma clásica del Estado español? Porque, que sepamos nosotros, el Estado en España no ha cambiado de esencia a lo largo de los últimos 150 años. Las diferentes formas son accesorias a los cambios operados en la base material del sistema.

Pero vayamos por partes y hablemos de lo que le planteamos en el anterior email, que sobre lo otro, somos de los primeros que estamos interesados en cambiar la naturaleza de este Estado y del conjunto de Estados capitalistas, llámesele Unión Europea o conjunto de microestados nacionales.

Un saludo. GPM.


Segundo mensaje de Ismael, 17-08-05

Estimados compañeros: 

Como más abajo puede leerse, no hago una crítica del escrito que enviáis y por consiguiente no he salido por peteneras de nada. Me he limitado a observar que en este y otros artículos que habéis mandado no se contempla para nada la "lucha de clases" que se observa en España desde la transición, lucha por los puestos remunerados del aparato estatal y también en los posibles blindajes "históricos" que las castas autonómicas ya tienen conseguidas y esperan hacerlo "legalmente". Si el marxismo es algo,  es analizar las relaciones de fuerzas reales en cada lugar y momento con el fin de entender la tesitura y poderle hincar el diente a favor de las nuestras. En mi opinión, tanto la historia de España como el contexto mundial, posibilitan en nuestro país un proceso de desmantelamiento del Estado en la forma habitual que la burguesía ha instrumentalizado. Dicho de otra forma, los aspectos coincidentes con los intereses ciudadanos que el Estado burgués hasta ahora venía propiciando, en nuestro país se están desmontando a favor de una tendencia cuyos motores de encuentran en las autonomías con los intereses de sus castas, viéndose "facilitado" tal proceso e incluso ayudado por la ausencia de fuerzas que tiendan a mantener lo conquistado desde la transición, cuales son los derechos democráticos, la igualdad o la configuración del mercado nacional y las redes nacionales de educación, sanidad, etc. La burguesía española, llegada tarde y mal a su trabajo histórico, ya no tiene interés  ni necesidad en conservar un marco "nacional" para defender sus intereses. Que esto no es una visión "espontánea" se demuestra mediante el tiempo que hemos estado sin entender adecuadamente este proceso y sólo en los últimos años hemos acabado de perfilarlo. Así pues, si sobre esto no tenéis nada que decir pues lo siento mucho. Esta era y es mi intención, si habéis pensado, observado, intuido o nombrado todo este tema que me parece de primera división, pues nos tocará a nosotros, los ciudadanos o "la clase obrera" quienes nos tendremos de hacer cargo y abanderar la lucha por impedir el desmantelamiento social que se está produciendo ante nuestras narices. 

Un saludo

Ismael

Tercer mensaje de Ismael, 17-08-05

He leído el documento y como no podía ser menos, estoy de acuerdo con su fondo y reconozco en él una notable labor de concepción y redacción. Esto no obvia el mío anterior. 

Un cordial saludo. Ismael 


2ª Respuesta del GPM, 19-09-05

Estimado compañero Ismael.

Este mensaje tiene como finalidad poner en claro algún malentendido mutuo a lo largo de nuestra corta correspondencia.

Empecemos por el principio. En su primera carta nos dice usted que el análisis de la situación es condición para orientarse y en su segunda carta profundiza algo más afirmando que:

<<Si el marxismo es algo,  es analizar las relaciones de fuerzas reales en cada lugar y momento con el fin de entender la tesitura y poderle hincar el diente a favor de las nuestras.>>

Tiene razón, pero sólo en parte, porque el hecho de analizar una situación antes de actuar en consecuencia no es privativo del marxismo. Lo que distingue al marxismo de los demás análisis es el uso del método dialéctico materialista que consiste en estudiar el objeto en su contexto y en su movimiento, partiendo de las condiciones materiales para entender sus particularidades subjetivas o superestructurales ¿De qué “situación” estamos hablando, de la coyuntura económica o de la correlación política de fuerza entre las clases? En el primer caso, es imposible poder analizar cualquier situación en la sociedad actual, sin el conocimiento científico previo, de las leyes económicas generales que determinan el movimiento objetivo del capital; en el segundo, sin apelar a la memoria histórica del proletariado, esto es, a la experiencia de sus luchas contra la burguesía.  

Siguiendo este método de análisis, llegamos a la conclusión de que la clase asalariada —en tanto que componente subjetivo de las fuerzas sociales productivas— tiene un futuro cada vez más negro dentro de este sistema, dado que según aumenta el progreso técnico y la capacidad productiva de riqueza, disminuye más que proporcionalmente su participación en ella, esto es, mayor resulta su penuria relativa, cualquiera sea el reparto del plustrabajo en forma de fondo de consumo privado que se apropian y reparten las distintas fracciones de la burguesía, e independientemente de la mayor o menor descentralización de las competencias estatales o, en su caso, del mayor o menor desmembramiento de los Estados burgueses nacionales, condenados, no menos inevitablemente, a delegar cada vez más funciones esenciales en cada vez más pocos Estados supranacionales.

En este contexto, incluso, a la propia burguesía le esperan vicisitudes traumáticas cada vez más difíciles de superar —y de las que no ha podido ni podrá escapar— naturalmente a expensas de graves sufrimientos para la humanidad, tanto más dolorosos cuanto mayor es el progreso técnico que inducen sus leyes y mayor, por tanto, la masa de capital acumulado que debe necesariamente pasar por su necesaria desvalorización en cada inevitable crisis de superproducción que la burguesía ve desvalorizar.

Estas vicisitudes han acabado por hacer realidad desde hace ya casi medio siglo —precisamente desde la inconvertibilidad del dólar que acabó con la onda larga expansiva propiciada por el genocidio de la Segunda Guerra Mundial— lo que Marx y Engels previeron en el “Manifiesto Comunista” para la sociedad de su tiempo, en cuanto a que el capitalismo no está en condiciones de regir los destinos de la humanidad como clase dominante de la sociedad:

<<Es pues, evidente, que la burguesía no es capaz de seguir desempeñando el papel de clase dominante de la sociedad ni de imponer a ésta, como ley reguladora (las leyes objetivas del capital), las condiciones de existencia de su clase. No es capaz de dominar, porque no es capaz de asegurar a su esclavo la existencia ni siquiera en el marco de la esclavitud, porque se ve obligada a dejarle decaer hasta el punto de tener que mantenerle (con subsidios de paro) en lugar de ser mantenida por él. La sociedad ya no puede vivir bajo su dominación, lo que equivale a decir que la existencia de la burguesía es, en lo sucesivo, incompatible con la de la sociedad.>> (Op. Cit. Cap. I)

Este pronóstico, que en el capitalismo tardío se cumple para períodos cada vez más prolongados con carácter de evidencia empírica, no ha sido producto de una toma subjetiva de partido por el proletariado; no fue la perspectiva ad hoc de quien pretendió tumbar la sociedad capitalista sin otro fundamento de su compromiso revolucionario que no sea esa pura voluntad política. Semejante semblanza de Marx sólo han podido y pueden sostenerla quienes creyeron  y creen, como el ladrón, que todos son de su condición; y porque no han conocido ni conocen la revolución que el pensamiento científico ha operado en el espíritu de este hombre antes de entregar por entero el resto de su vida a revolucionar la conciencia de los demás.  

Hasta tal punto esto es así, que, a la hora de emprender sus investigaciones, lo primero que hizo es liberar por completo su pensamiento de toda influencia perturbadora que pudiera obstaculizar el descubrimiento de las leyes económicas del capitalismo, como es el caso de la lucha de clases. Tal fue la advertencia que hizo a los lectores de su obra fundamental:

<<En sí, y para sí, no se trata aquí del mayor o menor grado alcanzado, en su desarrollo, por los antagonismos sociales que resultan de las leyes naturales de la producción capitalista. Se trata de estas leyes mismas, de esas tendencias que operan y se imponen cono férrea necesidad.>> (K. Marx: “El Capital” Prólogo a la primera edición)

Hecha esta necesaria precisión metodológica, pasamos inmediatamente al asunto que motivó su comunicación con nosotros. Usted nos hace la observación de que en nuestros trabajos no contemplamos “para nada la ‘lucha de clases’ que se observa en España desde la transición”. Esto es cierto relativamente. ¿Por qué ha sido éste nuestro comportamiento? En parte, justamente debido a la precisión que acabamos de hacer a su observación, advirtiéndole sobre los requisitos teóricos generales como condición de todo análisis sobre la realidad social de nuestro tiempo. Esto explica algo que usted no ha podido saber cuando decidió comunicar con nosotros, y es que nuestra constitución como grupo (de estudio) ha debido preceder y ha precedido aproximadamente en cuatro años a nuestra aparición como GPM. Luego nos pareció previamente necesario que, como grupo de propaganda, expresáramos esos principios generales. Esto es lo que hicimos durante dos años, con trabajos como: “Las crisis capitalistas” (Octubre 1998); “El plusvalor y los trabajadores del sector servicios, una contribución al concepto de proletariado” (Julio 1999), “La lucha de clases y su presunta determinación de la historia” (setiembre 1999); ”La teoría del valor y el método en la ciencia social” (Julio 2000);  “Hegel, Marx y la Dialéctica” (Octubre 2000)

Hasta aquí, su observación es cierta: la lucha de clases en España estuvo ausente de nuestra página. Pero no lo estuvo la actualidad de la lucha de clases en Yugoslavia ni en Chile. ¿Por qué no publicamos casi nada sobre la lucha de clases en España? En primer lugar, porque aquí no pasó nada que mereciera la pena analizar desde el punto de vista de la lucha específicamente proletaria. En segundo lugar, porque, si usted hace un recorrido por nuestro sitio en la Web, podrá comprobar que, casi todo lo publicado allí que no sean temas estrictamente teóricos, ha sido producto de inquietudes que nos han sido planteadas por nuestros lectores. Y el caso es que, de entre todos nuestros interlocutores al día de hoy —después de siete años de existencia como GPM— según hemos podido comprobar los residentes en España constituyen una irrisoria minoría, índice elocuente de que la llamada intelectualidad española de “izquierdas”, en general ha sido de tal modo comprada por la burguesía española tras la debacle del llamado “socialismo real”, que pasa completamente de todo compromiso por construir una alternativa verdaderamente revolucionaria.  

En octubre de 2000, ante una petición expresa de unos compañeros valencianos de la “Corriente Comunista Internacional” (CCI), fijamos nuestra posición argumentada sobre el llamado “problema vasco” en: “El MLNV y la teoría marxista-leninista de la autodeterminación nacional”. [1]  

A principios de este año (2005), advertimos este déficit que ahora usted nos señala —observación que le agradecemos— y decidimos compensar este injustificable vacío elaborando un documento sobre el 23F y el 11M titulado: “Elementos para un juicio popular revolucionario al Estado ‘democrático’ español” y lo haremos próximamente, aunque, dada su extensión, se publicará en dos entregas sucesivas bajo el mismo título.  

Finalmente, arribamos al asunto central de nuestra comunicación. Nos trasmite su —al parecer— honda preocupación ante lo que usted piensa que estamos asistiendo en España: “el desmantelamiento de la forma clásica del Estado”. Luego, en su segunda carta, nos habla de la “forma habitual”. Nosotros entendemos como forma clásica del Estado —no sólo en España, sino en cualquier parte del Mundo actual— lo que los clásicos del pensamiento sobre el Estado moderno, como  Montesquieu, Hobbes, Locke o Rousseau. Ellos no contemplaron los llamados “derechos nacionales” o “derechos de los pueblos”, sino como el derecho de los ciudadanos en tanto individuos que viven en el territorio de una Nación.

En tal sentido, el Estado clásico no se define por los derechos nacionales, sino, fundamentalmente, por el derecho a la “libertad” individual, fundada en el derecho a la propiedad, principio burgués irrenunciable del cual se deduce que la libertad es, para la burguesía, el derecho a que cada cual disponga de lo que es suyo. Y dado que el alma propietaria del proletariado sólo dispone de su relativo cuerpo (J. Locke), tal es el fundamento y justificación de la explotación del trabajo asalariado por el capital. El Estado capitalista clásico, pues, antes que un Estado nacional es un Estado de clase. Y este Estado sólo se disuelve —que no autodisuelve— si se le quita este componente social esencial o de clase, es decir, se le revoluciona; y no precisamente por vía de las urnas, sino de las armas, como lo ha venido probando hasta la saciedad.

Lo que sí puede estar en proceso de autodisolución es el “Estado de las autonomías” o su contrario: el llamado “Estado centralista nacional” tal y como fue legado por el franquismo, lo cual, en modo alguno supone la autodisolución del Estado capitalista en esos territorios hoy autonómicos, del mismo modo que la disolución del Estado yugoslavo no supuso la disolución del Estado burgués en la antigua federación, sino la conformación de nuevos Estados Nacionales, dejando al antiguo Estado yugoslavo reducido al actual Estado de Serbia y Montenegro con sus respectivas áreas territoriales bajo la soberanía restringida de esas dos burguesías nacionales de tal modo coaligadas, lo cual desde el punto de vista de los explotados serbios y montenegrinos, no tiene nada que ver con la autodisolución del Estado. Por tanto, hablar de la “autodisolución del Estado habitual”, desde el punto de vista de la clase asalariada, es una contradicción política en sus propios términos. Porque los asalariados, cualquiera sea su adscripción ideológica y política, siguen teniendo el mismo status social de clase explotada, independientemente de la burguesía nacional para la que trabaje.

Usted podrá objetar que, si un Estado nacional deja de ejercer su soberanía sobre países cuyos aparatos productivos ostentan los más altos índices de productividad relativa y la mayor participación de su trabajo social en el producto bruto conjunto —como es el caso de Catalunya y Euskadi— es obvio que, en lo inmediato, merme la masa de valor y riqueza a repartir entre el resto, lo cual es muy cierto y su temor es comprensible.

Pero usted olvida que el mismo despojo se produjo en sentido contrario, cuando en Navarra, los burgueses liberales españoles —aliados con la reina Isabel de Castilla—, decidieron unificar España acabando con los fueros en aquel reino —y en otras— sometiendo por la fuerza a esos pueblos desde 1833, y que lo mismo sucedió en Catalunya desde setiembre de 1714, cuando las tropas del duque de Berwick —general francés impuesto por Luis XIV a su nieto Felipe V— cercaron Barcelona, derrotaron al pueblo catalán y abolieron la Generalidad imponiéndoles el absolutismo centralista del reino de Castilla. Olvida, también, que Franco no hizo más que consolidar esta situación tras el intervalo de la II República desbaratada en 1936. Y tal parece que usted aboga porque así sigan las cosas, todo por temor a perder las conquistas del actual Estado del Bienestar en España, sin importarle demasiado que sea herencia de toda aquella rapiña histórica que continúa en el presente, con lo cual reconoce implícitamente que sin el aporte forzoso en contra de la voluntad política de Vascos y Catalanes, todo ese tinglado se tambalea.

También se le escapa que el más alto nivel de vida relativo alcanzado por el conjunto de los asalariados españoles durante los últimos treinta años, responde a la misma lógica determinada por el desarrollo desigual del capitalismo, pero a escala internacional. Y por dos causas:

  1. porque los capitalistas de países con mayor desarrollo económico relativo que comercian con los capitalistas de los países subdesarrollados, de hecho cambian menos cantidad de trabajo, o sea, valor, por más (el contenido en los productos provenientes de estos últimos), obteniendo así un plus por encima del valor que obtienen en sus países según la tasa de ganancia media vigente. Una superganancia de la que, en mínima parte, participan los asalariados de esos países, de tal modo en mejores condiciones para presionar a sus respectivos patronos con esa finalidad. Para compensar este lucro cesante producto de la competencia, los capitalistas de los países subdesarrollados, demandan trabajo a un menor precio, es decir, por debajo de su valor, y esto explica el menor poder adquisitivo de los salarios y, por tanto, en una tasa de explotación y de ganancia relativamente mayor en estos países. Tal es el límite objetivo que el capitalismo impone al internacionalismo proletario.  
  2. Otro tanto sucede con los capitales excedentarios —o sobrantes— de los países más desarrollados, que acuden a explotar asalariados disponibles en los países económicamente dependientes de la periferia capitalista, naturalmente a un menor coste salarial relativo, obteniendo así una superganancia adicional derivada de la misma causa: el desarrollo económico desigual, aunque no ya a través del intercambio de productos entre capitalistas de distintos países, sino a instancias del intercambio entre capitalistas de un país desarrollado —que compran fuerza de trabajo en otro de menor desarrollo—, y los asalariados de ese otro país subdesarrollado que la venden a menor precio.

Pongamos un ejemplo comparando las condiciones en que —según la lógica del capitalismo— opera la estructura de producción un país sudamericano, como Perú, respecto de las que imperan en otra estructura homóloga más desarrollada, como España. Cualquier estructura de producción se determina por la relación entre el valor promedio de inversión en capital constante (Cc.), o sea,  maquinaria, materias primas y auxiliares, y el valor promedio invertido en capital variable o salarios (Cv.), donde el mayor atraso relativo se expresa en un empleo relativamente mayor de trabajadores y, por tanto, en una participación mayor de la inversión en salarios respecto de los componentes del capital constante. Esta relación determina lo que Marx dio en llamar “Composición Orgánica del Capital” (COC), donde, lógicamente un más alto desarrollo técnico relativo incorporado al “capital fijo” (maquinaria) se expresa en una COC del capital mayor. Finalmente, la suma de estos dos componentes de cada estructura sumados al plusvalor (Pv.) o trabajo no pagado obtenido por cada una de ellas, determina el valor de la producción o precio particular de producción  correspondiente a cada estructura productiva.

Así, en el país capitalista sudamericano: 16Cc. + 84Cv. + 21Pv.= 121 

En el país capitalista europeo…………: 84Cc. + 16Cv.+ 16 Pv.= 116

La diferencia de obreros resulta ser de 84 –16= 68

Lo que pasa es que, dado el atraso relativo de la fuerza productiva en Perú –suponiendo la misma extensión de la jornada laboral de ocho horas tanto en un país como en otro, como es el caso del ejemplo- la tasa de explotación resultará ser allí del 25%, mientras que en España es del 100%. Esto quiere decir que, aun cuando el número de asalariados dedicados en Perú a la producción exportable sería algo más de cinco veces (525%) superior a la empleada en España, estos insumirían las tres cuartas partes (75%) de su jornada laboral a reponer el valor de su fuerza de trabajo.

La burguesía española, en cambio, utilizaría sólo el 19,05% de los obreros empleados en Perú, pero dado el mayor desarrollo relativo de sus fuerzas productivas, estos obreros tan sólo necesitarían trabajar la mitad de su jornada laboral para reponer el valor del desgaste en su fuerza de trabajo. Por tanto, la tasa de explotación en este país sería del 100%, superior, en definitiva, en un 67% a la de Perú. 

Ahora bien, la tasa de ganancia surge de la relación entre el plusvalor (Pv.) obtenido en cada estructura y la masa de valor invertida en los distintos factores de la producción, es decir: (CC. + Cv.)

En nuestro ejemplo:

Tasa de Ganancia en Perú… 21/(16+84)  = 21%

Tasa de ganancia en España  16/(84+16)  = 16%

Esto significa que aun cuando los productores de estos dos países han invertido la misma cantidad de capital, produjeron distintas masas de plusvalor; el país sudamericano —menos desarrollado— ha producido cinco unidades más de plusvalor que el país europeo, porque para valorizar esa misma masa de capital ha empleado 68 obreros más y, por tanto de tiempo. Y dado que la competencia determina que la suma de plusvalor obtenida por las dos estructuras productivas se reparta no según la cantidad de obreros empleados sino según la masa de capital invertido con que cada una de ellas ha participado en el común negocio de explotar trabajo ajeno, la suma total del plusvalor producido comprometido en el intercambio, deberá dividirse por dos: (21 + 16)/2 = 37/2 = 18,5 proporción de 37 en torno a la cual se efectivizará el intercambio. De este modo resulta que el productor o empresario sudamericano menos productivo deberá vender su producto en torno a dos puntos y medio por debajo de su valor, mientras que el productor europeo más desarrollado venderá el suyo alrededor de dos punto y medio por encima del suyo. A este resultado se llega a través del juego de la oferta y la demanda. Por ejemplo, si algún productor europeo de la misma mercancía ofertara por menos de 18,5, aumentaría su demanda en Perú y al contrario si ofertara por más de este promedio. Otro tanto sucedería con la oferta del producto peruano por menos de ese promedio. Pero este promedio no está predeterminado como en nuestro ejemplo; a él se llega por el desequilibrio entre oferta y demanda. Por eso decimos que el valor promedio al que se realiza el intercambio gira en torno a ese promedio, tiende a él, aunque nunca se estabiliza en él:

 <<De hecho, la oferta y la demanda jamás coinciden, o si lo hacen en alguna ocasión esa coincidencia es casual.>> (K. Marx: “El Capital” Libro III Cap. X)

Así, las distintas condiciones iniciales de producción han sido modificadas como resultado del desarrollo económico desigual que se impone por efecto de la competencia en el momento de la transacción, según la masa de capital invertido por cada una de las partes, ponderada por sus respectivos índices nacionales de productividad relativa. De este modo, aquellas distintas condiciones de producción se convierten en determinadas condiciones de intercambio, que reflejan exactamente esa desigualdad económica, como no puede ser de otra manera. De lo contrario, el “fuego fatuo” que anima la producción capitalista —basada en el acicate del desarrollo desigual y la competencia como principio activo del progreso técnico—, se desvanecería por completo y el capitalismo entraría en la inercia. Dadas las distintas condiciones de producción en cada uno de los dos países, la competencia intercapitalista convierte los valores producidos por cada estructura productiva,  en un precio de producción = 18,5 unidades monetarias de valor al cual se efectiviza el intercambio entre países de desarrollo desigual, que se traduce, pues, en que el país de menor desarrollo relativo se ve precisado a vender sus productos a un precio por debajo de su valor, mientras que el país de mayor desarrollo relativo puede vender los suyos a un precio por encima de su valor, que corresponde a la ganancia media obtenida dentro de su propio país, obteniendo así una superganancia. El país más favorecido recibe más trabajo a cambio de menos trabajo. Los dos países salen ganando: el de mayor desarrollo porque vende sus productos por encima de su valor en origen. El de menor desarrollo relativo porque, si tuviera que fabricarlos, sería a costes superiores al precio pagado por ellos al país europeo.

Así funcionan estas cosas bajo el capitalismo. La realidad es que, dado el desarrollo económico desigual internacional, el intercambio de productos entre empresas capitalistas de distintos países no se puede realizar según sus valores respectivos, porque es esa desigualdad económica la que, a instancias de la competencia, acaba inevitablemente por reflejarse en los términos del intercambio, según la masa de capital con que cada parte interviene en el común negocio de explotar trabajo ajeno, ponderada por el distinto índice de productividad relativa en cada estructura productiva representada en los diferentes valores de producción particulares: 121 y 116 que, por tanto, a los fines del intercambio deberán promediarse. Y esto, como vimos, es lo que no sólo explica el subdesarrollo de numerosos países como el concernido en nuestro ejemplo, sino también el consecuente menor nivel de vida de sus asalariados, como en Perú, quienes jamás supieron lo que es eso que en el mundo desarrollado alguna vez se conoció como “Estado del bienestar”: http://www.nodo50.org/gpm/prdcaliforniano/02.htm.

Si usted viera las cosas desde esta perspectiva científica totalizadora de la realidad social actual, si dejara de pensar las relaciones interburguesas en España con el bolsillo o los intereses de una de las partes en conflicto, si se arrancara usted el velo de la propiedad privada capitalista que condiciona su pensamiento, entonces su impresión al entrar en nuestro sitio Web hubiera sido otra. Usted se queja porque la fibra más sensible de su ser: la cartera, le previene dramáticamente de lo que pasará con el “Estado del Bienestar” en España si la burocracia política vasca y catalana consiguen finalmente sustraer al dominio del Estado español la población explotable y demás recursos económicos asentados en esos territorios de mayor desarrollo relativo en la península; y es de suponer que, con ese mismo estrecho y pragmático criterio burgués suyo, no debió parecerle a usted nada mal que, en su momento, la burguesía española —representada por empresas como ENDESA, Telefónica, Construcciones y Contratas, Maphre, BBVA, Repsol, BSCH, etc., desde fines de la década de los setenta del siglo pasado, se dedicaran a reducir el dominio o soberanía de diversos Estados nacionales latinoamericanos sobre la mayor parte de sus empresas públicas y recursos naturales. 

Y lo curioso del asunto, es que, cuando en esos países sucedieron cataclismos bursátiles y financieros de consecuencias sociales catastróficas, como fue el caso de Méjico (1994), Brasil (1999) o Argentina (2001), que sumieron súbitamente en la miseria extrema y la desesperación a grandes sectores de la población en esas latitudes, la opinión pública española, adecuadamente instruida por las usinas ideológicas del sistema, acudió hipócritamente al recurso de echarle la culpa de semejantes desastres a los “gobiernos corruptos” en esos países, como si la corrupción política no necesitara de dos partes, la dispuesta a corromperse y la que corrompe; dicho más claramente, el político gobernante nacional de turno que se vende —enajenando el patrimonio estatal eventualmente a cargo de su administración— y el propietario privado y/o gobernante extranjero, que se hace con ese activo nacional a bajo precio por completo de espaldas al pueblo del país impunemente despojado. Como si la rapiña que fueron a perpetrar las empresas del INI desde 1976 con sus homólogas de diversos Estados nacionales latinoamericanos —que compró la ambición de sus gobernantes de turno— mereciera el mismo juicio bíblico que condenó a Adán dejando impune al Dios omnisapiente que le tentó a sabiendas de que iba a pecar, precisamente por ser  Dios. 

Y cuando se producen este tipo de despojos en el “patrimonio nacional” de unos países para provecho de otros, los actos por los cuales se ejecutan y legitiman estos verdaderos pillajes, se rigen por el taimado imperio de la igualdad jurídica o formal burguesa entre naciones realmente desiguales, reflejo en el terreno de las relaciones internacionales de la no menos engañosa doctrina de la igualdad formal entre personas realmente desiguales fundada en el principio de que cada cual pueda disponer libremente de lo que es suyo, con que se legaliza y legitima el pillaje que supone todo contrato entre explotadores y explotados, entre propietarios de los medios de producción y simples propietarios de su nuda fuerza de trabajo, entre patronos que —una vez firmado el contrato— pasan a mandar y asalariados que obedecen trabajando más por menos, lo cual restituye el signo de esa desigualdad.

Como lógica consecuencia práctica de esta certeza teórica con carácter de evidencia empírica, el 5 de junio de 1920 Lenin presentó su "Primer esbozo de tesis sobre los problemas nacional y colonial" de cara al segundo congreso de la Internacional Comunista, sintetizando en cuatro puntos la línea política que deben seguir los comunistas respecto del problema nacional. En el segundo punto decía lo siguiente:

<<2. De acuerdo con su tarea fundamental de luchar contra la democracia burguesa y de desenmascarar la falsedad y la hipocresía de la misma, los partidos comunistas, intérpretes conscientes de la lucha del proletariado por el derrocamiento del yugo de la burguesía, deben, en lo referente al problema nacional, centrar también su atención, no en los principios abstractos o formales (del derecho burgués que deja intangibles las desigualdades reales entre individuos, pueblos y Estados), sino:

  1. en apreciar con toda exactitud la situación histórica concreta y, ante todo, la situación económica (de las partes que se relacionan);
  2. diferenciar con toda nitidez los intereses de las clases oprimidas, de los trabajadores, de los explotados y el concepto general (burgués) de los intereses de toda la nación en su conjunto, que no es más que la expresión de los intereses de la clase dominante.

Asimismo dividir netamente las naciones en: naciones oprimidas, dependientes, sin igualdad de derechos, y naciones opresoras, explotadoras, soberanas, por oposición a la mentira democrático-burguesa, la cual encubre la esclavización colonial y financiera —cosa inherente a la época del capital financiero y del imperialismo— de la enorme mayoría de la población de la tierra por una insignificante minoría de países capitalistas riquísimos y avanzados.>> (Op. Cit. Lo entre paréntesis nuestro)

Este principio comunista fundado en las relaciones sociales bajo el capitalismo según su esencia, fundamento de la verdadera democracia que sólo reconoce las desigualdades reales como una condición histórica a transformar y que, por tanto, alienta la lucha por hacer cada vez más posible la necesidad de aplicar un derecho desigual a individuos, pueblos y naciones desiguales, ya había sido enunciado por Marx en su “Crítica del programa de Gotha”, algo que a la burguesía no le cabe en la cabeza y ni siquiera se lo puede imaginar —tildándolo por eso de utópico— porque sólo está en su naturaleza social y en la psicología de los individuos que la encarnan, la tendencia irresistible a ver las cosas del revés, para fijar las desigualdades reales entre clases, naciones y Estados mediante el abstracto y arbitrario recurso ad hoc, de convertirlas en igualdades formales consagradas por su ordenamiento jurídico.

Así, el único derecho desigual que reconocen los burgueses —y sus “favoritos cortesanos” aunque no sean propiamente burgueses, pero que tienen “razones” para pensar como si lo fueran, sea porque  todavía les va bien en esta feria o porque su estupidez política sólo puede ser superada por su propia estupidez política— es el derecho exclusivo suyo a practicar la limosna con lo que les sobra —sea dinero o tiempo, que es lo mismo— y a eso le llaman solidaridad. El millón largo de individuos que hoy componen el “voluntariado” en España, entran en esta categoría. Los “bon vivant” de tercer orden que utilizan a estas gentes en las ONG que dirigen, son otra cosa; sin llegar a serlo aunque aspiran a ello, rozan la condición de los “bon vivant” de segundo orden que son los burócratas políticos y sindicales, como que sin el roce habitual con ellos no podrían llegar a ser esa “otra cosa”. [2]       

Por todo lo dicho hasta aquí, debemos decirle que el “Estado del bienestar”, ese ilustre pasado del mundo capitalista opulento ya casi desconocido, no es nuestro problema, porque no es algo que el proletariado pueda y deba resolver en este sistema de vida; ése es un problema históricamente insoluble que eventualmente esgrimen determinadas fracciones de la burguesía —da igual en qué parte del territorio bajo soberanía de un Estado capitalista— en disputa por el voto de sus potenciales clientelas políticas, pero que nada tiene que ver con las reales tendencias objetivas del sistema y menos aun con los intereses históricos del proletariado.

Sobre semejante eventualidad, nosotros tenemos muy claro:

  1. que el Estado nacional español “habitual” —como tantos otros— se forjó históricamente sobre el aplastamiento, explotación, opresión y dominio político de otras nacionalidades, y
  2. que, dada la mayoría social absoluta del proletariado a escala planetaria en el mundo actual, la emancipación de las nacionalidades oprimidas sólo será real y universalmente posible, mediante la lucha por la emancipación social del proletariado como clase oprimida y explotada por excelencia.  

En tal sentido, le advertimos que, como asalariados con autoconciencia de clase, no nos interesa ni tiene por qué interesarnos en absoluto la preservación del “Estado capitalista habitual” en España ni en cualquier otro sitio, sea centralista, autonómico o independiente, por entender que este problema forma parte de viejas y anacrónicas luchas entre distintas fracciones burguesas decadentes asociadas a sus respectivas burocracias políticas, por parcelas de poder económico y político pretextando derechos históricos que, para ellas, en realidad, constituyen un mero pretexto. Lo único que nos interesa a este respecto es destruir ese “Estado habitual” en que el usted parece estar tan aquerenciado, como si no existiera ninguna otra alternativa suficientemente fundada, a pesar de que la necesidad de su realización sacude cada vez con más fuerza la conciencia universal para que despierte del largo sueño embrutecedor al que le ha venido sometiendo la burguesía. 

Consecuentemente, lo que sí nos preocupa, es que el proletariado siga dividido, abrazado al mástil de esta o aquella bandera nacional burguesa —centralista o independentista— enfrentándose entre sí por intereses que nada tienen que ver con los de su propia clase, reivindicando fronteras y formas de vida que les dividen, debilitan y distraen de su verdadera lucha unitaria por emanciparse como clase y decidirse a tomar las riendas de la sociedad.

Nosotros proponemos superar históricamente todo lo “habitual”, el anacronismo y la desgracia general que supone a las mayorías sociales asalariadas seguir aferradas al ya injustificable hábito de tolerar y consentir la explotación del trabajo ajeno, la barbarie hacia donde periódica y cada vez más frecuentemente conduce el progreso técnico aplicado a la economía de armamentos, en un mundo cuya complejidad exige pasar de la competencia y la guerra entre Estados, a la colaboración y la paz universal entre comunidades emancipadas del capital y los capitalistas; de la gestión política burocrática cada vez más despótica y opresora entrelazada con minorías sociales cada vez más minoritarias del gran capital oligopólico, a la gestión democrática de las mayorías absolutas asalariadas cada vez más mayoritarias.

Pero esta propuesta política es imposible sin revolucionar la base económica de la sociedad, pasando de la propiedad privada sobre los medios de producción como fundamento de la explotación de las mayorías sociales por minorías cada vez más minoritarias, a la propiedad colectiva democráticamente gestionada por la mayoría de asalariados, convertidos así, de explotados en “productores libres asociados”, fundamento económico-social sustituto de la competencia intercapitalista por la colaboración entre trabajadores emancipados del capital que producen no ya con arreglo al fin de la ganancia, sino de satisfacer las necesidades humanas, según el principio transicional socialista condicionado por la inevitable reminiscencia capitalista inmediatamente no superada, de exigir de cada cual según su capacidad y a cada cual según su trabajo.

Ésta es la organización económica, social y política alternativa, que la necesidad histórica del capitalismo exige desde hace ya tiempo se haga posible, y que es la única capaz de garantizar inmediatamente el libre y pacífico derecho democrático a la autodeterminación de las nacionalidades, así como a conseguir históricamente hacer realidad el Estado del Progresivo Bienestar Universal. [3]  

No hay duda de que en España estamos asistiendo al desmantelamiento de lo que se conoce como el Estado del bienestar, y que en términos de lucha de clases se traduce como un ataque en profundidad y extensión sobre las condiciones de vida y de trabajo de los asalariados en su conjunto. Hoy se está generalizando la privatización de servicios que antes asumía el Estado; el paro estructural masivo ha inducido a la precariedad laboral, al descenso del salario real y a la intensificación inaudita de los ritmos de trabajo, con su secuela de stress asociada a innumerables enfermedades psicosomáticas, profesionales y al espectacular incremento de los accidentes laborales.

Conquistas salariales y laborales que hace cuarenta años parecían asentadas están desapareciendo ante nuestros ojos mediante sucesivas leyes de reforma en el mercado laboral. Esta realidad forma parte de la dinámica general objetiva del capitalismo a escala universal; que en el Estado español esta tendencia se solape con la tendencia política a transformar los actuales territorios autonómicos en Estados nacionales independientes, esto en modo alguno autoriza a pensar que ésta última sea la causa —ni formal ni eficiente— de la amenaza que pesa sobre lo que hoy todavía se entiende eufemísticamente por el Estado del bienestar. La amenaza al Estado del bienestar no es de carácter subjetivo (político-nacionalista), sino exclusivamente objetivo (económico-internacional), es decir,  irreversiblemente globalizador, lo cual determina por primera vez en la historia, la tendencia objetiva al internacionalismo proletario.   

Lo contradictorio de su preocupación, es que ésta es la tendencia que, con carácter general, se está registrando ahora mismo sobre todo en Europa. Nos referimos al proceso de desmantelamiento o disolución de los Estados Nacionales clásicos en poderes políticos supranacionales —formalmente tan “clásicos” como los nacionales— tal como es el caso de la UE, que utiliza la moneda común como acelerador de esa política deliberada —aunque objetivamente inducida—, que tiende a reducir los distintos Estados nacionales de este continente a la simple condición de maquinaria represiva, es decir al Estado policial.

Lo que está ocurriendo realmente es que, como consecuencia de una  cada vez mayor masa de capital acumulado en relación con tasas de ganancia nacionales que no se recuperan porque sus mercados se han quedado estrechos, se necesita un espacio económico más amplio que borre las antiguas fronteras políticas nacionales con legislación y ordenanzas comunes para todos los capitalistas, cualquiera sea el Estado nacional en que operen. Por sobre todas las cosas, se trata de conseguir así, la igualación al alza de la tasa media de explotación de mano de obra asalariada, de modo que la única diferencia en cuanto a la formación de la tasa media de ganancia que determina el reparto de los beneficios en el común negocio burgués de explotar trabajo ajeno, quede determinado por las distintas composiciones orgánicas del capital en las distintas ramas de la producción de bienes y servicios, es decir, por el mayor o menor progreso técnico relativo incorporado a la inversión en capital fijo de las distintas empresas. Tal parece que, a usted, este proceso histórico de desmantelamiento del Estado nacional clásico parece traerle al pairo. Pero, si no es ahora, en algún momento le importará saber que ésta es precisamente la cuestión. Porque el “Estado del Bienestar”, que en su momento ha sido un privilegio de la aristocracia obrera en los países capitalistas opulentos, tiende a desaparecer bajo la presión cada vez más irresistible del capital acumulado sobrante sobre los remanentes del empleo público en áreas asistenciales y de educación que pasará irremisiblemente a ser una fuente adicional de plusvalor en manos capitalistas privadas, dinámica objetiva totalmente independiente de la lucha política interburguesa por determinadas competencias territoriales.  

Fíjese usted a qué paradoja estamos asistiendo: por un lado gentes como usted se alarman ante la pérdida de bienestar que supondría para ellos la descentralización política de la población y demás recursos  tradicionalmente dependientes del Estado español, como Catalunya y Euskadi, al mismo tiempo que miles de obreros de empresas como Opel, Volkswagen o Electrolux, ven peligrar sus puestos de trabajo y el futuro de su bienestar, precisamente por lo contrario, porque esas empresas se aprovechan de la centralización política ya consumada —de países otrora independientes ahora bajo jurisdicción del nuevo “Estado clásico habitual” de la UE— para chantajearles con que se van a esos otros espacios económicos políticamente integrados, como en Polonia, Chequia o Hungría, donde sus obreros están dispuestos a trabajar por salarios mucho más bajos. ¿Qué nos dice usted de esto? ¿Y que tiene que decir de ese otro efecto del desarrollo internacional desigual del capitalismo, que provoca la masiva inmigración de asalariados en España provenientes de países como Perú y Ecuador o Rumanía, donde las burguesía de allí les expulsa por efecto de la penuria relativa más aguda, descomprimiendo políticamente esas zonas de riesgo en Europa, para presionar aun más a la baja de los salarios en España? ¿A que tienden todos estos fenómenos inducidos por la ley capitalista del valor —a la que tan de buen grado se disciplinan los burgueses europeos y sus burocracias políticas de todos los colores— sino a deteriorar el Estado del Bienestar en España, atacando su base económica fundamental: los salarios reales? ¿Se da cuenta, compañero Ismael, en qué confusión de pensamiento le han metido los políticos centralistas españoles con semejantes anteojeras de caballo percherón que le han puesto porque usted lo ha querido?

 Sobre esta cuestión, puede usted ver nuestra posición en trabajos como: “La Unión Europea y  la tendencia a la internacionalización del capital” (junio 2001) y Fundamentos teóricos e históricos para la lucha por los Estados Obreros Unidos de Europa” (marzo de 2005)

Ante todas estas ya previstas agresiones a la clase obrera por parte del capital internacional —como condición de su propia existencia económica y política— se deberán enfrentar en el mediano plazo los asalariados europeos. ¿Qué tiene que ver semejante perspectiva social y política con su preocupación acerca de lo que ha de pasar con el Estado español a cargo del gobierno del PSOE? Si usted, como nosotros, vive exclusivamente de su trabajo, debiera pensar seriamente sobre aquello por lo que un asalariado debiera empezar a preocuparse. Pero la nueva perspectiva de las masas obreras no deberá tener por resultado la vieja y resignada actitud de resistencia —como generalmente ha venido sucediendo hasta ahora, sino que debe prepararse una lucha ofensiva, con un programa político superador de todas esas contradicciones insolubles del capitalismo, es decir, con un programa revolucionario por el socialismo. De ahí que, ante el panorama que nos pinta el sistema, no entendamos qué quiere decir usted cuando nos pregunta si serán “los ciudadanos o la clase obrera entre comillas” quienes lideren las próximas luchas. ¿Qué quiere usted significar con la expresión “entre comillas” y a quiénes incluye dentro de la categoría de “ciudadanos” para enfrentarse con eficacia a la tendencia objetiva inherente al capitalismo?.

Esperando su respuesta le enviamos un saludo.

Grupo de Propaganda Marxista.

Cuarto mensaje de Ismael, 20-09-05

Compañero:

No quiero interferir en sus decisiones, pero se podría haber ahorrado la mayor parte del escrito, porque en casi todo su planteamiento estoy de acuerdo, dicho de otra forma, ha predicado a un convencido que forma parte del irrisorio número de intelectuales de izquierda españoles que tienen como método de análisis el marxismo. Mi familiaridad con el Capital y con los clásicos marxistas son precisamente los que me llevan a mis conclusiones, no saco mis ideas de ninguna otra fuente.

Y naturalmente que nuestra misión no es el apuntalamiento del Estado, justamente es destruirlo y erigir en su lugar la dictadura proletaria, pero Ud. sabe que eso no es piadoso deseo, sino el desprendimiento de la lógica capitalista que llevará a un suficiente número de personas a tomar conciencia de la situación. Más esta toma de conciencia no se hará de manera lineal, sino exponiendo a la luz los aconteceres cotidianos inmersos en las contradicciones que el capitalismo introduce en la vida social. Y he aquí que en nuestro país, tanto por su peculiar historia como por la tendencia capitalista internacional, se han citado esos planos en cuya arista el aparato del Estado, pretende dejar sin los aspectos del bienestar, dice Ud., que venía proporcionando, pero yo digo más, no sólo el Estado del Bienestar sino los aspectos organizativos de la sociedad que el Estado burgués había creado como fórmula viable de funcionamiento, cuales son las redes de educación, sanidad, fiscalidad, etc., es decir, la mismísima esencia de la sociedad, las necesarias redes de su operatividad.

Mi criterio “burgués” se opone a su criterio “científico” y pretende Ud. que yo defiendo al aparato coercitivo del capital sin percatarme de ello, nada más lejos de mi opinión y de la realidad que contemplo. Lo que yo pretendo, sin dedicar tanta vida según dice como Ud., es contribuir al esclarecimiento del proceso revolucionario, lo que ocurre es que, en mi opinión, tal cosa pasa por comprender que al capital en su actual tesitura, ya no le interesa sostener marcos en los que concomitaban intereses generales de la sociedad en nuestro país, pretende prescindir de ellos como método para la introducción de las privatizaciones y con la excusa de los nacionalismos hispanos. Le dejo más abajo unos extractos de textos de los debates que se producen en http://nacionalismo.blogs.com/byebyespain/ en los que naturalmente deberá prescindir de los tramos fuera de contexto, se trata de un debate, añadiendo la obligada generalización que sustrae del texto la precisión necesaria.

No es suficiente su explicación de que hasta ahora no se han percatado de este proceso, lo achaco al despiste generalizado que a la izquierda ha cogido por sorpresa en los últimos decenios y debe saber que en nuestro país están despojados millones de personas de sus derechos democráticos, caso inédito en países civilizados, y que sólo pueden explicarse bajo la hipótesis más arriba apuntada, llevamos muchos años liados con el asunto y sólo hace poco que hemos podido perfilar esa explicación de la que hemos estado in albis tanto tiempo los irrisorios y los serios.

Saludos de Ismael

Artículo de Ismael publicado el miércoles 14 de septiembre de 2005

“Esto de mirarse el ombligo todo el día tiene sus ventajas, nunca acaba uno de enterarse de lo que ocurre en el mundo, se ignora el desarrollo científico, la ciencia práctica, y se consigue esa virginal persistencia , siempre tan reforzadora de injusticias como pueril en general, y encima con ínfulas de sabiduría, cuando todas esas banalidades son lo más pedestre desde el punto de vista intelectual que venimos oyendo desde hace decenios. Es como si para rebatir asuntos religiosos hinduístas, tuviera uno que tragarse los Vedas, sabiendo de antemano que esa teología aplicada, como todas, es un tema proveniente tanto de la ignorancia social, como de especialistas en cuentos divinos que hacen de su oficio un modus vivendi. Ezequiel no se entera que no nos hace perder el tiempo, cuando nos interesa contestamos y cuando vemos que lo que dice es improductivo y no da pie a una contestación pretendidamente didáctica, lo ignoramos por falta de provecho. Hace tiempo que dió de sí todo lo que encierra, que por supuesto no es nada creativo.

Todos los nacionalismos periféricos son “peculiares”, todos son “diferentes” entre sí, aunque todos acusan a sus detractores del mismo pecado, centralismo, franquismo o fascismo, en eso son idénticos y en los demás ¾ de lo mismo. Pretender escribir en una página de un cierto nivel académico, “evolucionado”- que para eso BBS se lo ha currado, donde la gente que escribe, en general, tiene conocimientos de la Historia y de la política universales-, sin haber pasado por el jardín de infancia y además enarbolando “textos locales”, historietas familiares de abuelos, tradiciones de terruño, miradas al paisaje o teorías exóticas paridas por los espabilados de la cultura aborigen, es muy poco bagaje para enfrentarse al reto y una temeridad digna de mejor causa; pero si encima se repite cual eco la doctrina que surge desde todos los rincones hispanos, aunque teñido del cercano color, es que se añade a la esterilidad del empeño, la poca originalidad, que es decir una vulgar fotocopia hispánica.

Para entender la historia humana debe uno remontarse al origen de sus problemas, al núcleo de la discusión y operar con los métodos y las disciplinas adecuadas, esas que nos han proporcionado los sabios impulsores de la ciencia, ese dispositivo con capacidad de comprobación que certifique su vigencia y validez para que nos oriente en el laberinto de nuestras relaciones con la naturaleza y con la sociedad, y si no se hace así, se puede decir lo que se quiera, pero estaremos en el terreno de la especulación, del mito, de la religión o del acertijo y habría que derribar los edificios universitarios.

Equiparar la industrialización actual de un país con su grado de desarrollo es no tener idea de la naturaleza diferente de ambos procesos, aunque ese sea un esquema válido en los albores del capitalismo. En África hay muchos países que tienen grandes industrias extractivas de materias primas y sin embargo su grado de desarrollo es casi nulo. La industrialización de Suecia no completa la explicación de su altísimo grado de desarrollo, se hace porque su producción suministra aviones, dinamita, coches, teléfonos, electrodomésticos o diamantes a todo el mundo, para cuya fabricación utilizan, como se hace ya en todas partes, materias primas, mano de obra e industrias de otros países. Eso entre países, pero dentro de ellos, existen zonas industrializadas o no, que sin embargo por su estructura política nacional permite al conjunto social un mismo nivel de desarrollo. El desarrollo no es sólo crecimiento, son cosas distintas, para el último basta el P.I.B, mientras que el primero necesita su acumulación, el bienestar social proporcionado por sanidad, educación, comunicaciones, infraestructuras, etc., lo que nombramos como grado de desarrollo o en sentido lato, civilización. Un sencillito ejemplo lo tenemos en China, su crecimiento es descomunal, pero su desarrollo general no nos alcanza, aunque se estima en 400 millones el número de personas con nivel adquisitivo de la media europea. .

Y todo este asunto nos lleva al núcleo de la cuestión que es el modo productivo, ese objetivo buscado en todo tiempo y lugar por el hombre para satisfacer las necesidades de su población y garantizarse el desarrollo. El último modo productivo, el capitalista, ha sido decisivo, ha supuesto una de las mayores revoluciones en la historia humana. Ha empujado al mayor número de personas al mayor nivel de bienestar jamás alcanzado, con independencia de otros aspectos no económicos. ¿De qué trata este modo en esencia? Al margen de conceptos más precisos, el modo productivo del capitalismo se basa en un avance histórico sin precedentes de dos cosas: la aplicación sistemática de la ciencia y la tecnología modernas a la producción de mercancías y el aprovechamiento más “racional” de los recursos generales de TODO el planeta, añadiendo la búsqueda constante del abaratamiento de costes por la división internacional de los procesos laborales dado el nivel de comunicaciones mundial. Se puede decir con toda propiedad que el globo terráqueo es hoy en día una gran fábrica donde cada nación contiene un departamento que contribuye a la producción total. Naturalmente que todavía hay países y zonas interiores de los mismos donde existe economía “natural”, es decir donde no predominan los efectos del capitalismo, pero no son determinantes para el curso de los acontecimientos económicos y dada la tendencia son y serán penetrados paulatinamente.

Y una vez entendido esto, sacar para la discusión la autosuficiencia, la no interdependencia económica, “la vida económica en las diferentes naciones”, etc. es, no tanto como hablar chino, pero hablar desde el siglo XVIII, justamente de donde salen las doctrinas nacionalistas hispanas. Y no hace falta para entenderlo pasar por la universidad, simplemente mirar la vida de cualquier gallego por ejemplo, y ver dónde están fabricados los objetos que usa, que come, que toca, que viste o cuantos gallegos se han ido a causa de esta evolución económica que no política y cuantas empresas de Galicia venden sus productos en el mercado mundial. Y así, en todas partes de la península y parte del extranjero.
Pretender a estas alturas de la película económica desarrollar proyectos locales, es no sólo reaccionario, sino reclamar en el presente un pasado sin futuro, es decir mentir desde el punto de vista del conocimiento humano, aún quien lo diga, no lo haga queriendo. El destino de la especie es superar los obstáculos desde la posición actual y no puede desde ningún punto de vista volver a fórmulas y situaciones superadas, evolucionadas. Otro tanto ocurre con el pensar.
Dado que las consecuencias políticas de estas concepciones están suficientemente tratadas, aquí paramos.

Ahora, los Ezequieles de turno sacan de la lógica interna de este escrito unas pocas líneas y pretenden que discutamos sobre palabritas y frasecitas, como hacen en sus guarderías científicas y como acostumbran ante la falta de algo mejor que decir y hacer, añadiendo de paso alguna gracia para los aplausos de sus compañeros de juego. Pero nosotros mañana tenemos el primer mitin para acabar con la insoportable situación política española.

Ismael

miércoles 14 de septiembre de 2005

Artículo de Ismael publicado el viernes 16 de septiembre de 2005

 “Para qué tengo yo que defender el capitalismo y cuando lo he hecho, es una buena pregunta que deberías hacerte, porque de ella sacarás consecuencias. El capitalismo se defiende sólo, es un modo productivo real y mundial, es un hecho no es ninguna teoría, es una práctica en la que tú y todo el mundo está inmerso. Es una categoría económica y como tal debe tratársela con sus leyes y sus métodos. Y una vez comprendido esto, entonces podemos ir a otra disciplina, como la historia o la política y claro que están relacionadas, también lo está la anatomía forense con la biología molecular en las ciencias naturales y a nadie se le ocurre hacer la autopsia a un antibiótico. Así es la ciencia y los seres humanos han estado procurando separarlas, especializarlas, para abordar lo mejor posible, o sea, para comprender la realidad adecuadamente, a sabiendas que todo tiene que ver con todo. Pronto comprendieron que debían separarse para entenderlas, pero es a partir de la edad media cuando tal separación se produjo de manera imparable, justamente cuando los conocimientos fueron suficientes y profundos para urgir la consecución de esa necesidad.

La política trata de ordenar la vida social a la gente, pero lógicamente se hace bajo las condiciones impuestas por el modo productivo imperante en cada momento, lo mismo que se hace también teniendo en cuenta tanto la historia de un país concreto, como la cultura popular y otras cosas como el clima incluso, observando también y principalmente los designios de los mandamases de turno. Y estos hoy son los capitalistas, o la burguesía o los propietarios de los medios de producción. Son ellos y sus reuniones, corporaciones, trusts y todos esos organismos que sabemos, los que aplican recetas, métodos y políticas, tratando de llevar el agua a su molino de intereses. Intermedian a modo de interfaz, una pléyade de políticos y especialistas de todo tipo, para realizar a través de las instituciones políticas, aquellos intereses. Una ley en la historia política es que siempre tienen muy en cuenta que sus intereses no desentonen con los de la sociedad, no son tan estúpidos como para echarse piedras en su propio tejado desde luego, pero fundamentalmente porque la necesidad historica los ha hecho coincidir e incluso en general, intereses comunes son los habituales, es decir, coinciden dentro de la lógica separación de rangos. En resumen, los gestores de los medios productivos están obligados históricamente a satisfacer también las necesidades sociales, pero como es lógico no siempre lo consiguen y entonces vienen otros a continuar la labor. Esto es un capítulo de la lucha de clases que merece mención aparte.

Mi tesis junto con muchos otros, -y ya que estamos en faena me mojo otra vez-, es la que sigue. El Estado es un gran invento histórico pero es un producto versátil, responde perfectamente a la necesidad política del momento. La vida del Estado desde que nació en Babilonia, nos muestra una doble función, por un lado su labor represiva de dos caras, evitar que la gente se mate, robe, etc., o sea, mantener el orden social, y actuar de defensor de los intereses dominantes. Pero por otro lado es un organizador social, un creador y mantenedor de estructuras que hacen posible la existencia de la sociedad y aquí es donde interviene también para regular el modo productivo vigente y limar asperezas y filos que puedan lesionar los intereses generales, una especie de asistente para emergencias impidiendo que los excesos de los que mandan pongan en peligro al conjunto de los dominadores e incluso su existencia como tales. El Keynesianismo, ilustraría esto a la perfección, como también la socialdemocracia.

Desde la caída del muro, por razones que no podemos extendernos, la humanidad conoce una nueva etapa política. De hecho, el debate que nos ocupa se produjo a principios del siglo XX, pero la Revolución Rusa lo interrumpió hasta hace poco. También razones económicas capitalistas que encuentran más libertad internacional para su libre desarrrollo. Todo junto hace que para el capitalismo el segundo aspecto de la función estatal deje de tener sentido en la actualidad, dejando a la resistencia social “civil” el papel de garantes de esa función. Dicho de otra forma, los aspectos sociales fundamentales del Estado, tendrán que defenderlo la sociedad huérfana de los tutores tradicionales. El liberalismo y la socialdemocrácia más no tienen futuro y están en sendas graves crisis de desaparición. La izquierda y la derecha tradicionales, no nos sirven como referentes para la actuación política. El objetivo político, aquello de proyectos y modelos sociales, se ha transformado en objetivos de procedimientos, que es un eufemismo de los especialistas para nombrar una cosa muy prosaica, dejar hacer, ver como reacciona la gente, hasta que punto soporta las privatizaciones que nos esperan, etc. Un ejemplo doméstico es el “talante” de ZP, aunque también antes la conducta del PP. En resumen, la penetración de las privatizaciones de toda actividad social y humana está a la orden del día. Cada país aplicará el “método” a su manera, pero ejemplos los hay por todos sitios, tampoco son ya ninguna teoría. En los EE.UU. las cárceles son privadas, así como numerosos ejércitos que estamos viendo estos días con motivo del Katrina. Ya hay 800 escuelas privatizadas en Suecia de la red del Estado, etc. Y el problema que esto introduce en nuestras vidas es enorme. No sólo se trata de la contradicción que supone el que cosas transcendentales estén en manos de unos pocos sin control público, es que van a llevar al paroxismo los conflictos por todas partes. Todo esto es un proceso, pero estamos de lleno en él. Y qué paradoja, defender ahora los progresistas posiciones que fueron banderas de la burguesía en sus comienzos, porque entonces si que les interesaba. En esto, el discurso de Rajoy en el Congreso cuando el plan Ibarretxe lo firmo, así como mi acuerdo con Vidal Quadras. Aunque como es natural, con otras cosas de ellos no estoy de acuerdo. Me seco y sigo.

Si antes hablábamos más de política es porque así se ha terciado, pero esta página nos obliga a volver al tema y situarnos en nuestro país. El camino de las privatizaciones pasa por la descomposición de nuestra estructura estatal en el sentido más arriba expresado, y son los nacionalismos y la arquitectura autonómica el modelo adecuado, y si bien en algunos de ellos hay flecos, ecos y lenguas que pudiera considerarse lejanamente como problema nacional, en absoluto explica que Aragón, Andalucía u otras, seguidoras del rumbo trazado, responda a esa lógica. Aquí lo que pasa es que esas “naciones” se han adentrado las primeras en el proceso general aludido. No hay más remedio que llegar a la conclusión de que luchar por mantener la estructura de la red nacional es progresista, es evitar la descomposición de nuestra vida social y es impedir que las privatizaciones, el desconcierto y las debilidades sociales prosperen. Y no digo que las autonomías tengan las mas amplias atribuciones, las descentralizaciones que hagan falta, el respeto a todas las peculiaridades que quieran, todo eso de hecho ya lo disfrutan. Lo que no se puede es tomar gato por liebre. Y es por esto que todos los progresistas deben entender lo que está en juego y no dejarse encandilar por palabras, personas o cantos de sirena. Y tampoco pretender que ante el desastre que se barrunta, el susto les lleve a considerar una vuelta a la autarquía o a la solución casera, eso no tiene sentido en el mundo en que vivimos. Ni Galicia ni nadie va a vivir mejor con esas cosas y yo creo que la gente lo sabe perfectamente, lo huele, lo intuye, lo ve en su vida. El modo productivo no tiene marcha atrás en ningún rincón peninsular, hasta el más alejado campesino está conectado a la realidad mundial y tiene en casa un tornillo made in Korea. Y si de los 6.000 millones de personas sólo 1.000 viven bien, la humanidad deberá encontrar la forma de hacer justicia, pero seguro que la solución no está en volver al feudalismo.

Publicado por: Ismael
viernes 16 de septiembre de 2005

Tercera respuesta del GPM, 11-10-05

Señor Ismael:

Dice usted ser:

<<…un convencido que forma parte del irrisorio número de intelectuales de izquierda españoles que tienen como método de análisis el marxismo. Mi familiaridad con el Capital y con los clásicos marxistas son precisamente los que me llevan a mis conclusiones, no saco mis ideas de ninguna otra fuente.>> (De Ismael a GPM: 20/09/05)

Y para probar que está bien encarrilado sobre las vías de ese convencimiento, afirma seguidamente que:

<<…nuestra misión no es el apuntalamiento del Estado, justamente es destruirlo y erigir en su lugar la dictadura proletaria…>> (Op. Cit.)

Acordamos con usted en que semejante tarea pasa por un largo y discontinuo proceso de desarrollo en la conciencia colectiva de la clase revolucionaria fundamental: el proletariado, mediante una ardua tarea de acercar a las bases de la sociedad el conocimiento de las leyes que presiden el movimiento de la sociedad burguesa…

¿<<…exponiendo a la luz los aconteceres cotidianos inmersos  en las contradicciones que el capitalismo introduce en la vida social>>? (Ibíd. Subrayado nuestro)

Aquí ya tenemos que hacerle una nueva precisión, señor Ismael. Para el materialismo Histórico, para el marxismo, el capitalismo es una forma históricamente determinada de vida social, basada en la explotación del trabajo asalariado para los fines de la acumulación de plusvalor.

En Tal sentido, la vida social bajo el capitalismo, la sociedad burguesa, no resulta de un conjunto de agregados políticos ad hoc como sucede con la preparación de cualquier producto culinario. Por tanto, el capitalismo que alumbro la sociedad moderna, tal como ha llegado a ser cuando los burgos consiguieron convertir en proletarios a los artesanos y a buena parte de los campesinos sujetos a la antigua gleba feudal tardía, no  “introduce” nada en la vida social. Es lo que es según sus leyes objetivas, es decir, naturales de funcionamiento.

Tampoco es cierto que “los aconteceres cotidianos" estén “inmersos” en las contradicciones del capitalismo”, como usted impropiamente afirma. La vida social actual con sus “aconteceres cotidianos” ES burguesa, regla que vale, incluso, para los asalariados en tanto se comportan como tales, esto es, como capital variable que producen plusvalor para su respectivo patrón, participando de los mismos valores y del mismo espíritu objetivo determinado por el capital. Por último, esos “aconteceres” sociales y hasta interpersonales, son esencialmente contradictorios, socialmente antagónicos e insolubles para esta forma social históricamente dada, como contradictoria y tendencialmente autotanática es la propia realidad constitutiva del capitalismo. De ahí la necesidad histórica objetiva actual de la lucha por el socialismo. http://www.nodo50.org/gpm/necesidad-comunismo/00.htm

Por tanto:

  1. las contradicciones de la sociedad actual son intrínsecamente capitalistas, idénticas a las de sus más remotos orígenes, y
  2. no hay una sociedad capitalista abstracta o “ideal”, un sistema de relaciones sociales capitalistas puras, buenas o aceptables, en las que un capitalismo malo, indeseable o perverso supuestamente “introduce” contradicciones, como las que usted atribuye a los “nacionalismos estatales periféricos” deletéreos o destructores del Estado del bienestar.

Tal parece que usted expone la solución a la problemática del capitalismo como proponía Proudhon que se debía proceder con las categorías económicas. En este caso, eliminar lo malo o nocivo que supone la incidencia de las contradicciones sociales “introducidas” por el capitalismo internacional globalizado sobre “las redes nacionales de educación, sanidad, fiscalidad, etc.” —que, según su razonamiento, constituyen “la mismísima esencia de la sociedad, las necesarias redes de su operatividad”— para quedarse con lo bueno o deseablemente —a su juicio— necesario del capitalismo: la propiedad privada sobre los medios de producción en políticamente instituidas en Estados nacional centralizados del bienestar, tales como se conocieron tras la Segunda Guerra Mundial hasta la década de los noventa del siglo ya fenecido.

Esto es lo que, en su primera carta, usted ha visto peligrar ante la irrupción de los “nacionalismos periféricos” al interior del estado nacional Español como única causa. Nosotros le hemos respondido en el sentido de que la verdadera causa, o causa formal del actual deterioro en el Estado del bienestar, no era de origen capitalista nacional sino internacional y sistémica; que no estaba en la dialéctica interburguesa al interior de un determinado Estado burgués nacional, sino que residía en la naturaleza económico-social del modo de producción capitalista en su conjunto. Y que lo que procedía, en consecuencia, era articular una política revolucionaria para acabar con este sistema de vida.

Ahora, usted nos empieza diciendo que está de cuerdo con nosotros, que también quiere destruir al Estado capitalista español para implantar la dictadura del proletariado; pero dado que ese proletariado —como categoría política revolucionaria— es algo actualmente inexistente, lo que propone, mientras tanto, es que se comprometa en prevenir a ese Estado capitalista, no ya de los “nacionalismo periféricos” centrífugos y disolventes, sino del Estado burgués liberal salvaje decimonónico redivivo que amenaza lo que queda del estatus social burgués subalterno en el primer mundo; lo que usted pretende principalmente, es prevenir a la sociedad española de la tendencia del capitalismo internacional preconizado por Karl Popper y Friedrich Hayek, el Estado globalizador y globalizante emancipado de toda propiedad pública; lo que usted quiere, a cambio de esto que parece imponerse, es conservar el "Estado Empresario" de Keynes y Galbraith, el de la Segunda Internacional degenerada ya extinta, que consagra y defiende la propiedad privada sobre los medios de producción para la explotación de trabajo ajeno y la acumulación de capital, “ma non tropo”, gracias a la fiscalidad redistributiva y a las “redes de educación y salud” típicas de ese Estado del Bienestar que floreció temporalmente gracias a la enorme sangría de capital y vidas humanas propiciada por la Segunda Guerra Mundial. Esto es lo que usted propone a la minoría del proletariado consciente de hoy día cuando nos dice que la lucha por la destrucción del Estado:

<<…no es piadoso deseo, sino el desprendimiento de la lógica capitalista que llevará a un suficiente número de personas a tomar conciencia de la situación….>> (Ibíd.)

O sea, que tras nuestra primera respuesta, su discurso ha cambiado el eje de su exposición... Ahora propone crear conciencia de la necesidad de destruir al Estado burgués actual. Pero, para eso, propone que los asalariados deben empezar por defenderlo. Es eso, ¿verdad? Defender las “redes públicas” del bienestar dentro del Estado burgués actual:

<<las redes de educación, sanidad, fiscalidad, etc., es decir, la mismísima esencia de la sociedad, las necesarias redes de su operatividad.>> (Ibíd)

Ya se lo hemos dicho e insistimos aquí: la esencia de cualquier cosa es aquello sin lo cual deja de ser lo que es aun cuando en apariencia siga existiendo. Un automóvil carente de motor deja de ser un automóvil aunque a primera vista no lo parezca. Con la sociedad burguesa pasa lo mismo y más, porque sin la posibilidad de convertir fuerza de trabajo en plusvalor para los fines de la acumulación, la burguesía no sólo pierde su razón de ser, sino que hasta deja de existir como clase social, desaparece por completo.

Y el caso es que, en la sociedad capitalista, la existencia de las redes públicas de salud educación y seguridad social estuvo históricamente condicionada por esa función esencial en un momento muy específico, altamente dinámico o acelerado del proceso de acumulación, determinado por el genocidio y la destrucción material que provocó el conflicto bélico, tras el cual, una tasa de ganancia elevada se combinó con una masa de capital acumulado insuficiente para hacerse cargo de las industrias de base y los servicios sociales esenciales de una población explotable en crecimiento con salarios al alza y en condiciones de pleno empleo. Semejante excepcionalidad histórica determinó que el Estado burgués —en tanto que capitalista colectivo— debiera hacerse cargo de esos necesarios emprendimientos económicos y sociales.

Pero dada la propia lógica del capital descubierta por Marx, esta situación pudo preverse como transitoria y así se demostró desde el momento en que la nueva e inaudita plétora de capital, desembocó en la primera manifestación de una nueva gran crisis de superproducción de capital, cuando el Estado norteamericano decretó la inconvertibilidad del dólar en oro, esto es, cuando se vio obligado a confesar que había en el Mundo más representación de riqueza que riqueza propiamente dicha, porque el proceso de acumulación de plusvalor había sido artificialmente prolongado por medios crediticios y monetarios, es decir, porque el sistema había sido impulsado a ir con la explotación del trabajo y la acumulación de capital más allá de sus propios límites materiales.

Y en éstas estamos, ante la demostración empírica de la previsión teórica de Marx en su “Ley General de la acumulación capitalista”, en cuanto a que el llamado Estado del bienestar se reveló tan efímero, transitorio, circunstancial y contingente, como el propio sistema de vida burgués, lo cual ya no debiera ser objeto de polémica. Y si todavía lo es, ello sólo se explica porque la burguesía sigue haciendo inflación con el lenguaje respecto de la realidad en la conciencia de la sociedad; porque todavía puede ir con el dinero del pensamiento más allá de la verdad científica, porque una mayoría de intelectuales de las clases subalternas siguen hipotecando sus propias ideas a esos créditos dinerarios baratos, a esa fe crediticia en el sistema de vida que les concede la burguesía y ellos compran a bajo precio. Hasta que el alza súbita de la tasa de interés ante una realidad cuyo uso exige que se pague por ella lo que realmente vale, es decir, la verdad científica, llegan a dar la hora del ajuste de cuentas.     

  Sin embargo, no son pocos todavía quienes, como usted, siguen cautivos de lo que ya no es más que la reminiscencia ideológica de una contingencia histórica que aun señorea en sus mentes y en su voluntad política habiendo desaparecido ya la base material que la hizo posible y día que pasa se revela con mayor contundencia como un embeleco burgués, al que usted sin embargo prefiere seguir aferrado como a un clavo ardiendo, soñando con volver a esa edad dorada perdida en la parte opulenta del desarrollo desigual, de espaldas a la realidad de esa otra parte del Planeta, donde miles de millones de seres humanos jamás supieron lo que es poder ilusionarse con algo que nunca llegaron a tener. Despierte, señor Ismael, que ya está bien de compartir el sueño embrutecedor de todo cretinismo pequeñoburgués, incapaz de ver más allá de las propias narices. ¿Dónde ha quedado en usted la categoría epistemológica marxista de “totalidad” si es que alguna vez pasó por ahí?:

<<Lo que diferencia decisivamente al marxismo de la ciencia burguesa no es la tesis de un predominio de los hechos económicos en la explicación de la historia, sino el punto de vista de la totalidad. La categoría de totalidad, el dominio omnilateral del todo sobre las partes, es la esencia del método que Marx tomó de Hegel y transformó de manera original para hacer de él el fundamento de una nueva ciencia. La separación capitalista del productor respecto del proceso global de la producción, la fragmentación del proceso del trabajo en partes que no tienen en cuenta la peculiaridad humana del trabajador, la atomización de la sociedad en individuos que producen insensatamente, sin plan ni conexión, etc., todo eso tenía que influir profundamente, también, en el pensamiento, la ciencia y la filosofía del capitalismo. Y el elemento básicamente revolucionario de la ciencia proletaria, no consiste sólo en contraponer a la sociedad burguesa contenidos revolucionarios, sino también y ante todo, en la esencia revolucionaria del método mismo. El dominio de la categoría de totalidad es el portador del Principio revolucionario en la ciencia.>> (George Lukács: Historia y conciencia de clase” Cap. I)

No, señor Ismael, todo eso en lo que usted empeña o hipoteca su pensamiento no tiene nada que ver con el marxismo ni con las tendencias del capitalismo actual. Nada que ver con la verdad histórica. Menos aún con la política conducente a la dictadura del proletariado.

Vamos a hacerle algunas pocas precisiones más a su última comunicación. Dice usted querer contribuir a la política revolucionaria, y entiende que esa tarea pasa         

<<…por comprender que al capital en su actual tesitura, ya no le interesa sostener marcos en los que concomitaban intereses generales de la sociedad en nuestro país, (y que) pretende prescindir de ellos como método para la introducción de las privatizaciones y con la excusa de los nacionalismos hispanos…>> (Ismael: 20/09/05)

En primer lugar, afirmarse en la creencia —sin fundamento racional— de que el capitalismo actual “pretenda” algo, lo que sea, es como atribuir, por ejemplo, a organismos clorofílicos tales como las plantas verdes, la voluntad expresa de convertir energía lumínica en energía química. [4] Y la comparación no es nada baladí, porque el capitalismo también es un organismo vivo de tipo social e histórico-natural, de cuyas leyes objetivas de desarrollo los capitalistas y sus instituciones —económicas, sociales, jurídicas y políticas— no son más que criaturas o agentes involuntarios suyos, y la política burguesa una función social históricamente predeterminada por esas mismas leyes, con arreglo a su cumplimiento para la preservación del sistema:

 <<Dos palabras para evitar posibles equívocos. No pinto del color de rosa, por cierto, las figuras del capitalista y el terrateniente. Pero aquí sólo se trata de personas, en la medida en que son la personificación de categorías económicas, portadores de determinadas relaciones e intereses de clase. Mi punto de vista con arreglo al cual concibo como proceso de historia natural el desarrollo de la formación económico social (capitalista), menos que ningún otro (proceso anterior) podría responsabilizar al individuo por relaciones de las cuales él sigue siendo socialmente una criatura, por más que subjetivamente pueda elevarse sobre las mismas.>> (K. Marx: El Capital” Prólogo a la primera edición. 1867. Lo entre paréntesis nuestro)

Según este razonamiento científico, la causa de que los servicios públicos de sanidad, educación y seguridad social se degraden cada vez más en España, no es superestructural sino sistémica y de base fundamental, económico-social, por tanto, objetiva, no atribuible a voluntad política alguna, ni de los sucesivos gobiernos burgueses, ni de éste u otro partido político institucionalizado o líder político más o menos inteligente, aplicado y carismático; tampoco depende sustancialmente de fuerzas soberanistas centrífugas encarnadas en ciertos “nacionalismos periféricos” estatales, como usted insiste en afirmar.

¡NO!, señor Ismael, está usted profundamente equivocado. No es que al capitalismo “ya no le interese sostener” el Estado del bienestar. Es que no puede, no tiene capacidad funcional para ello, aunque, al mismo tiempo, tiene demasiada capacidad potencial inservible, totalmente desperdiciada desde el punto de vista de las mayorías sociales. La verdadera causa de lo que a usted le preocupa como individuo, no está en otros individuos, sino en la naturaleza del sistema de vida actual, en la lógica económico-social de ese cuerpo orgánico que es el modo de producción capitalista; está en la sobresaturación de capital social global disponible que permanece socialmente improductivo, producto histórico cada vez más recurrente en la etapa tardía o postrera del capitalismo: http://www.nodo50.org/gpm/crisis/todo.htm.

Este fenómeno, a su vez, se produce porque, según progresa la acumulación y por efecto de la competencia interburguesa —incluidas las luchas por aumentos de salarios en la fase expansiva del ciclo— crecientes masas de capital adicional se invierten en capital constante (máquinas, materias primas y auxiliares, a las cuales se incorpora un cada vez mayor progreso técnico) en detrimento de capital variable (salarios, cuyos costos suponen también un mayor progreso técnico bajo la forma de trabajo complejo); en el curso histórico de la acumulación se llega a un punto en que el resultado (cociente) de la relación entre estos dos factores de la producción —llamada composición orgánica del capital—  aumenta más que el plusvalor:

<<En efecto, el descenso tendencial de la tasa de ganancia indica que la masa de capital en funciones se va volviendo excesiva respecto del incremento del plusvalor obtenido en cada período de rotación. Este proceso continúa inexorablemente hasta el punto en que el incremento del plusvalor producido deja de compensar al capital ya acumulado. Este es el momento y las condiciones en que cabe hablar de crisis. Acto seguido, la desinversión consecuente provoca un exceso de oferta, tanto en el mercado de bienes de producción como en el mercado de trabajo. Los precios de la maquinaria y de las materias primas Cc descienden por debajo de su valor, mientras el paro presiona sobre los trabajadores para que acepten trabajar más por menos, con lo que Cv también disminuye. Este es el momento de la depresión. En esta fase del ciclo es donde, a raíz del descenso en las condiciones de vida y de trabajo del proletariado, recién se produce la sobresaturación de bienes de consumo, con todas las catastróficas consecuencias humanas que ello supone. De este modo, la sangría de valor en los elementos del capital constante Cc se combina con el descenso en los salarios Cv y el consecuente incremento del plusvalor Pl para que la tasa de ganancia vuelva al elevarse hasta el porcentaje que permita a los burgueses atravesar otro ciclo con un nuevo relanzamiento de la acumulación.>> (Op. Cit.: http://www.nodo50.org/gpm/crisis/06.htm )

Finalmente, tras sucesivas rotaciones del capital global, semejante dinámica llega a un punto en que los índices de crecimiento en la masa de plusvalor obtenido respecto de la masa de capital invertido —relación que define la tasa de ganancia media— dejan sin sentido económico su reinversión, hasta que, por efecto de la aceleración creciente en el metabolismo del trabajo por el capital, el sistema llega la sobreacumulación se trueca de relativa en absoluta o sobresaturación:

<<El antecedente inmediato de la actual crisis financiera y bursátil fue el crash similar ocurrido en octubre de 1987 que anunció la depresión del período comprendido entre 1989 y 1994. Ambas olas especulativas se explican por el carácter de la onda larga depresiva que viene sufriendo la economía capitalista internacional desde 1974. Durante el período de lento crecimiento que discurrió entre 1982 y 1986, los beneficios capitalistas aumentaron considerablemente, lo cual en parte fue el resultado de los éxitos, limitados, pero reales, conseguidos por la ofensiva de austeridad en perjuicio de los trabajadores. Pero esta masa de beneficios no ha sido invertida en el aparato productivo. Un estudio realizado en la por entonces República Federal Alemana, demostró que la fracción de los beneficios invertida productivamente en el período 1982-86 ha sido solamente del 50% respecto del período análogo de diez años antes. Esto viene a confirmar la teoría de la sobresaturación de capital, situación que, a la luz de esta nueva crisis financiera, la burguesía está todavía bastante lejos de superar.>> (Op. Cit.: http://www.nodo50.org/gpm/crisis/10.htm )

Y esta “realidad actual” presiona todavía más a la baja de la tasa de ganancia impidiendo su recuperación, con sus lógicos efectos inmediatos en todas partes: por un lado, como contrapartida, determina el paro estructural masivo, el trabajo precario, la tendencia a la baja en los salarios reales y al aumento en los ritmos de trabajo; por otro, la disminución relativa en los ingresos del Estado y el consecuente deterioro en los servicios de seguridad social, educación y salud de las mayorías sociales.

Pero esa enorme masa de capital excedentario que no encuentra aplicación productiva —porque las correspondientes tasas de rentabilidad se lo impiden— al mismo tiempo que provoca las noxas sociales derivadas de la reconstitución del ejército industrial de reserva cuyas manifestaciones acabamos de describir, presiona irresistiblemente, a su vez sobre esas “redes” estatales de asistencia social, educación y salud, con la ciega y fatal finalidad de convertir a los asalariados del sector estatal en fuentes adicionales de producción y acumulación de plusvalor. Tal es la causa eficiente de la tendencia objetiva inevitable a la desaparición del llamado Estado del bienestar en la etapa decadente del proceso histórico de acumulación del capital. 

Y no es ésta de la sobresaturación de capital —con sus naturales consecuencias económicas y sociales— una propensión objetiva que afecte sólo ni especialmente a España, sino que compromete más o menos gravemente el futuro de los asalariados y semiproletarios del Mundo entero, según el mayor o menor desarrollo económico relativo de cada país. De esto ya nos hemos ocupado reiteradamente en otras publicaciones del GPM  y volvimos sobre ello en nuestra comunicación anterior, remitiéndole al link: http://www.nodo50.org/gpm/prdcaliforniano/02.htm, que usted, al parecer, ha pasado por alto. Allí ofrecemos un ejemplo histórico del cumplimento de esta tendencia objetiva a la sobresaturación de capital, comprendida lógicamente en la “Ley General de la Acumulación capitalista” expuesta por Marx en el Libro I Cap. XIII y desarrollada por Henryk Grossmann en “La Ley de la acumulación y del derrumbe del sistema Capitalista” Ed. Siglo XXI/79, obra cuya primera edición coincidió con el estallido la gran crisis mundial de 1929.

Pero usted es uno de los tantos sedicentes marxistas convencidos de su “marxismo” ad hoc, lo cual le permite seguir confiando en la posibilidad de seguir viviendo bajo el capitalismo en aquella edad de oro que —a pesar de lo que ha llovido y aun está cayendo— no da por perdida. Pero ante la evidente claudicación de la socialdemocracia, hace descansar esa posibilidad en el empeño de los “progresistas” del mundo por embarcar a la clase obrera en esa lucha “resistente” y así lo acaba de expresar:

El Estado es un gran invento histórico pero es un producto versátil, responde perfectamente a la necesidad política del momento. La vida del Estado desde que nació en Babilonia, nos muestra una doble función, por un lado su labor represiva de dos caras, evitar que la gente se mate, robe, etc., o sea, mantener el orden social, y actuar de defensor de los intereses dominantes. Pero por otro lado es un organizador social, un creador y mantenedor de estructuras que hacen posible la existencia de la sociedad y aquí es donde interviene también para regular el modo productivo vigente y limar asperezas y filos que puedan lesionar los intereses generales, una especie de asistente para emergencias impidiendo que los excesos de los que mandan pongan en peligro al conjunto de los dominadores e incluso su existencia como tales. El Keynesianismo, ilustraría esto a la perfección, como también la socialdemocracia.

Desde la caída del muro, por razones que no podemos extendernos, la humanidad conoce una nueva etapa política. De hecho, el debate que nos ocupa se produjo a principios del siglo XX, pero la Revolución Rusa lo interrumpió hasta hace poco. También razones económicas capitalistas que encuentran más libertad internacional para su libre desarrollo. Todo junto hace que para el capitalismo el segundo aspecto de la función estatal deje de tener sentido en la actualidad, dejando a la resistencia social “civil” el papel de garantes de esa función. Dicho de otra forma, los aspectos sociales fundamentales del Estado, tendrán que defenderlo la sociedad huérfana de los tutores tradicionales. El liberalismo y la socialdemocracia más no tienen futuro y están en sendas graves crisis de desaparición. La izquierda y la derecha tradicionales, no nos sirven como referentes para la actuación política. El objetivo político, aquello de proyectos y modelos sociales, se ha transformado en objetivos de procedimientos, que es un eufemismo de los especialistas para nombrar una cosa muy prosaica, dejar hacer, ver como reacciona la gente, hasta que punto soporta las privatizaciones que nos esperan, etc. Un ejemplo doméstico es el “talante” de ZP, aunque también antes la conducta del PP. En resumen, la penetración de las privatizaciones de toda actividad social y humana está a la orden del día. Cada país aplicará el “método” a su manera, pero ejemplos los hay por todos sitios, tampoco son ya ninguna teoría. En los EE.UU. las cárceles son privadas, así como numerosos ejércitos que estamos viendo estos días con motivo del Katrina. Ya hay 800 escuelas privatizadas en Suecia de la red del Estado, etc. Y el problema que esto introduce en nuestras vidas es enorme. No sólo se trata de la contradicción que supone el que cosas transcendentales estén en manos de unos pocos sin control público, es que van a llevar al paroxismo los conflictos por todas partes. Todo esto es un proceso, pero estamos de lleno en él. Y qué paradoja, defender ahora los progresistas posiciones que fueron banderas de la burguesía en sus comienzos, porque entonces si que les interesaba. En esto, el discurso de Rajoy en el Congreso cuando el plan Ibarretxe lo firmo, así como mi acuerdo con Vidal Quadras. Aunque como es natural, con otras cosas de ellos no estoy de acuerdo. Me seco y sigo.

Si antes hablábamos más de política es porque así se ha terciado, pero esta página nos obliga a volver al tema y situarnos en nuestro país. El camino de las privatizaciones pasa por la descomposición de nuestra estructura estatal en el sentido más arriba expresado, y son los nacionalismos y la arquitectura autonómica el modelo adecuado, y si bien en algunos de ellos hay flecos, ecos y lenguas que pudiera considerarse lejanamente como problema nacional, en absoluto explica que Aragón, Andalucía u otras, seguidoras del rumbo trazado, responda a esa lógica. Aquí lo que pasa es que esas “naciones” se han adentrado las primeras en el proceso general aludido. No hay más remedio que llegar a la conclusión de que luchar por mantener la estructura de la red nacional es progresista, es evitar la descomposición de nuestra vida social y es impedir que las privatizaciones, el desconcierto y las debilidades sociales prosperen. Y no digo que las autonomías tengan las más amplias atribuciones, las descentralizaciones que hagan falta, el respeto a todas las peculiaridades que quieran, todo eso de hecho ya lo disfrutan. Lo que no se puede es tomar gato por liebre. Y es por esto que todos los progresistas deben entender lo que está en juego y no dejarse encandilar por palabras, personas o cantos de sirena. Y tampoco pretender que ante el desastre que se barrunta, el susto les lleve a considerar una vuelta a la autarquía o a la solución casera, eso no tiene sentido en el mundo en que vivimos. Ni Galicia ni nadie va a vivir mejor con esas cosas y yo creo que la gente lo sabe perfectamente, lo huele, lo intuye, lo ve en su vida. El modo productivo no tiene marcha atrás en ningún rincón peninsular, hasta el más alejado campesino está conectado a la realidad mundial y tiene en casa un tornillo made in Korea. Y si de los 6.000 millones de personas sólo 1.000 viven bien, la humanidad deberá encontrar la forma de hacer justicia, pero seguro que la solución no está en volver al feudalismo>> (Ismael: 16/09/05. El subrayado es nuestro)  

  Ahora está definitivamente claro. Para usted, “no hay más remedio” en este momento que ser “progresista”, es decir, reformista, luchando desde ahora mismo para “resistir! el empeño del capitalismo por privatizar las redes públicas de seguridad social, salud y educación, servicios que, en su opinión, constituyen la esencia del Estado como representante de los intereses generales.

Para usted, como “marxista” que dice ser, al parecer resulta que conocer las causas materiales o económicas de que, desde fines de la década de los sesenta la burguesía internacional abandonara el espíritu de Keynes y la socialdemocracia se fuera deslizando por la pendiente del liberalismo, hasta terminar apuntándose a la política globalizadora de las privatizaciones, es lo de menos. ¿Por qué? Porque su “marxismo” ad hoc es el que reemplazó al marxismo de Marx en la conciencia de la joven intelectualidad de post guerra, hecha por un capitalismo en expansión —que parecía no tener fin— a la idea convertida en “sentido común”,  de que "La tasa de explotación de la clase obrera, es una función de la lucha de clases", una creencia en la que no pocos avispados reformistas de la época fueron a encontrar sustento en un error que Marx deslizó en el informe presentado por Marx ante el Consejo General de la “Primera Internacional” en junio de 1865, para combatir las infundadas concepciones teóricas de la época basadas en la llamada “ley de bronce” de los salarios formulada por Lassalle en 1863, según la cual, cualquier aumento en los salarios no podía mejorar la situación económica de la clase obrera, cuya consecuencia política se traducía en una actitud negativa hacia la lucha elemental de los obreros considerando, por tanto, perniciosa la actividad de los sindicatos. En uno de los párrafos de este informe —posteriormente publicado bajo el título: “Salario, Precio y Ganancia”— sostuvo lo siguiente:

<<Por lo que se refiere a la ganancia, no existe ninguna ley que le trace un mínimo. No puede decirse cuál es el límite extremo de su baja. ¿Y por qué no podemos fijar este límite? Porque si podemos fijar el salario mínimo, no podemos, en cambio, fijar el salario máximo. Lo único que podemos decir es que, dados los límites de la jornada de trabajo, el máximo de ganancia corresponde al mínimo físico del salario, y que, partiendo de salarios dados, el máximo de ganancia corresponde a la prolongación de la jornada de trabajo, en la medida en que sea compatible con las fuerzas físicas del obrero. Por tanto, el máximo de ganancia se halla limitado por el mínimo físico del salario y por el máximo físico de la jornada de trabajo. Es evidente que, entre los dos límites de esta cuota de ganancia máxima, cabe una escala inmensa de variantes. La determinación de su grado efectivo se dirime exclusivamente por la lucha incesante entre el capital y el trabajo; el capitalista pugna constantemente por reducir los salarios a su mínimo físico y prolongar la jornada de trabajo hasta su máximo físico, mientras que el obrero presiona constantemente en el sentido contrario.>> (Op. Cit. Cap. XIV)

Es cierto que la lucha de los trabajadores puede hacer bajar la tasa de explotación. Como señala Mandel, esto nos lo revela claramente la historia de la clase obrera en los últimos 150 años. Pero también es cierto que en todos esos años, jamás se ha podido demostrar que las luchas salariales hayan logrado alguna vez un incremento salarial que se torne incompatible con las exigencias de la acumulación en cada etapa de su proceso. Al contrario de lo que afirmó Marx en 1865, en realidad, hay efectivamente una ley que determina el máximo que pueden alcanzar los salarios o, lo que es lo mismo, el mínimo de la ganancia capitalista. Esa ley es la "ley de la acumulación capitalista" —dice Marx en el Libro I de "El Capital"— la cual:

 <<….excluye toda mengua en el grado de explotación a que se halla  sometido el trabajo o toda alza en el precio de éste que pueda amenazar seriamente la reproducción constante de la relación capitalista, su reproducción en una escala constantemente ampliada.>> (K. Marx: "El Capital" Libro I Cap. XXIII Punto1)

La producción de plusvalor, el fabricar un excedente, es la ley absoluta del modo de producción capitalista, de modo que el obrero sólo puede vender su fuerza de trabajo en tanto con ella el capitalista pueda reproducir como capital el salario pagado, conservar como capital los medios de producción, y proporcionar con el trabajo impago una masa de plusvalía fijada estrictamente por el trabajo socialmente necesario, esto es, por la tasa de ganancia media vigente, o sea, no cualquier cuantía. En una nota a la segunda edición de "El Capital", Marx apuntala este argumento con una cita del libro de John Wade, "History of Middle", donde se dice que:

<<Si la tasa del salario aumenta tanto que la ganancia del patrón desciende por debajo de la ganancia media, este deja de ocuparlos o sólo los ocupa a condición de que acepten una reducción de los salarios>> (K. Marx: Op. Cit.)

Ante esta circunstancia en la que recurrentemente la burguesía pone a la humanidad en distintas latitudes del Planeta, el proletariado tiene dos únicas alternativas posibles: o da el salto hacia la toma del poder político rompiendo la baraja de la acumulación del capital, o la ley del valor termina imponiendo sus condiciones de cualquier modo.

 En "Génesis y Estructura de ‘El Capital’", Román Rosdolsky se limita a decir que:

<<el pasaje citado no debe entenderse como que económicamente no existiría en absoluto un límite máximo (...) del aumento de salarios. Tal límite existe, y por cierto que está muy estrechamente trazado>> [5]

Ernest Mandel, que dedica su "Capitalismo Tardío" a Roman Rosdolsky, y que le cita expresamente para combatir, con razón, la leyenda que condena a la clase obrera a niveles de vida cada vez más bajos, sugestivamente omite la referencia que aquí hacemos nosotros de este autor.

Cierto es que pocas líneas más abajo del pasaje de la página 41 en la obra citada, Mandel parece darse cuenta de la inconsistencia de su argumento y rectifica pasando a considerar "la lucha de clases como un "factor determinante" de que "la tasa de plusvalía se desarrolle como una variable (sólo) en parte independiente de la tasa de acumulación"(el subrayado y lo entre paréntesis es nuestro). [6] Curiosamente, ninguno de los testimonios de Marx a los que Mandel apela, avalan su tesis.

Nos apabulla allí con una serie de ejemplos y datos numéricos correspondientes a diferentes situaciones históricas en diversos países, pretendiendo demostrar la relación directa entre las luchas sociales y la evolución de los salarios. En realidad, lo único que demuestran los datos son hechos, pero son los hechos los que necesitan ser explicados. Mandel trae a colación, entre otros, el caso del fascismo en Alemania, y procede poniendo en conexión directa dos datos empíricos de la realidad en una relación de causa-efecto, en este caso el hecho político de la derrota del proletariado en ese país y el hecho económico del abrupto descenso en los salarios reales. Pero, ¿puede demostrar Mandel que el Fascismo tuvo otro origen que no esté en la necesidad de la burguesía alemana de incrementar el grado de explotación, y que esta necesidad no tuvo su raíz en la exigencia de la ley del valor? Para fundamentar su teoría de las "ondas largas del capitalismo", Mandel señala que el signo económico del período  1914-1939 fue la depresión y que la tasa de ganancia decreció fuertemente.

Uno de los efectos inmediatos de toda depresión es la desvalorización generalizada del capital social global. Pero el salario es capital adelantado. [7] ¿Puede la lucha de la clase obrera en tal circunstancia doblegar esta tendencia objetiva? De hecho, según el cuadro significativo que Mandel presenta para ilustrar el período que considera, salvo el capital fijo -que se mantiene estable- todos los demás componentes del capital se desvalorizan y la tasa de explotación aume