MISCELANEA SOBRE
MATERIALISMO HISTÓRICO III

  1. Inquietud de Alexander Pinazo Carmona que originó el debate
  2. Respuesta del Grupo de Propaganda Marxista
  3. Intervención de Susil Gupta en contestación al G.P.M.
  4. Intervención de Rolando Astarita
  5. Segunda intervención de Susil Gupta aludiendo a lo dicho por Astarita
  6. Intervención de Leonardo Mir
  7. Intervención de José Bordes García
  8. Respuesta del G.P.M. a Gupta
    1. El pasado que se supera conservado en el presente
    2. La semilla de la ley de la acumulación y el derrumbe del sistema capitalista.
    3. ¿Es cierto que el Materialismo Histórico es un historicismo?
    4. ¿Es verdad que la historia discurre en un desarrollo incesante?
    5. Circunloquio determinado en torno de la tendencia al derrumbe del capitalismo.
    6. ¿Es cierto que el Materialismo Histórico se basa en la historia?
  9. Respuesta del G.P.M a Rolando Astarita
  10. Respuesta del G.P.M. a la segunda intervención de Susil Gupta
    1. ¿Es cierto que el proletariado de los países imperialistas ha degenerado de modo irreversible
    2. ¿Dónde está la racionalidad científica del marxismo “no ortodoxo”?
  11. Respuesta del G.P.M a Leonardo Mir
  12. Respuesta del G.P.M. a José Bordes García
  13. Aclaraciones de Leonardo Mir.

 

1) Inquietud de Alezander Pinazo Carmona que originó el debate
Es muy grato tener conocimiento de ha cerca de la profundización de sus conocimientos destinados al avance científico del proletariado, soy un estudiante de la Facultad de derecho de décimo semestre que recién esta conociendo el campo doctrinario del derecho, a si como la doctrina socialista y con plena ansiedad de descubrir la realidad de los hechos desde su causa eficiente productora y recurro a vuestro conocimiento para tener un criterio científico.
He podido entender que como aspirante a tener una sociedad socialista consecuentemente comunista solo cabe lugar en estos tiempos a la lucha ideológica antes que económica, lucha ideológica que tiene que situarse en un margen subjetivo pero dentro del ámbito científico; por mi parte me he propuesto acotar teorías materialistas dentro de la doctrina jurídica, claro que las existen, pero no es reincidente  su existencia dentro de la doctrina legalista es por ello que como un tema como este (“limitacion de la propiedad privada en la normatividad jurídica” Tesis que me propuse realizarla). Seria un aporte mas al pensamiento materialista histórico, Es un planteamiento que me hice  luego del estudio del plusvalor relativo y el plusvalor absoluto he llegado a la conclusión que la acumulación de capital en sus diferentes manifestaciones origina consecuencias en las necesidades esenciales del ser humano.
Entendiendo que para Karl Marx viene ha ser el Derecho una superestructura de las relaciones de producción. De ello puedo entender que la existencia de la propiedad privada esta respaldada y resguardada por la normatividad jurídica, partiendo de que el ente superior es siempre el poder económico “medios de producción de índole privada” quien subordina al poder político que dentro de ello se sitúa sub poderes como el poder judicial  el poder legislativo, y como último poder para controlar la conducta social antisistema el poder normativo legalista y/o poder ideológico del sistema; aspectos que no lo toman así reconocidos juristas como Hans Kelsen y otros.
La pregunta es; como propone Karl Marx dentro del ordenamiento jurídico en este sistema una teoría revolucionaria que permita un devenir al socialismo, Cual seria el ser de la normatividad jurídica en un periodo socialista, comunista y que aspectos más se hay que tener en cuenta  para una propuesta para el tema de estudio que me propuse.
No quisiera proponer una teoría dentro del marco Jurídico que alargue el proceso intensivo de la necesidad de un socialismo, menos prostituir la ideología socialista o pecar de ingenuo anarquista, por ello recurro a vuestras posiciones previamente.
Agradeceré la recomendación de citas bibliográficas.
Saludos:
Alexander Pinazo Carmona.
2) Respuesta del Grupo de Propaganda Marxista
Todas las proposiciones políticas —implícitas o explícitas— de teóricos burgueses del derecho, como Kelsen, están comprendidas en el sistema de vida capitalista; todas ellas no son más que adecuaciones de la ley jurídica o derecho positivo, a la realidad económica vigente fundada en la propiedad privada sobre los medios de producción.
La proposición política revolucionaria de Marx desde 1845 hasta su muerte, es la consecuencia de su teoría económica científica basada en el descubrimiento de la tendencia objetiva al derrumbe del sistema capitalista. Por tanto, al estar en una relación de antagonismo inconciliable con este sistema, la proposición política del Materialismo Histórico trasciende los límites del ordenamiento jurídico burgués. De lo contrario, tal proposición política sería contrarrevolucionaria. Esta proposición fue enunciada por primera ver en un trabajo conjunto de Marx y Engels titulado: “La ideología alemana” (1845), donde dicen:
<<Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula el estado de cosas actual. Las condiciones de este movimiento se desprenden de la premisa actualmente existente.>> (Op. cit. 5)
Marx y Engels han entendido siempre, es decir, omnicontextualmente por “movimiento real”, a la unidad dialéctica entre estructura económica y superestructura política, o sea, a la relación contradictoria entre el movimiento económico del capital y el movimiento político del proletariado. Respecto del primer movimiento, el de la necesidad económica —que se manifiesta en la tendencia histórica decreciente de la tasa de ganancia— si usted ha comprendido en todo su alcance la teoría del plusvalor relativo no es necesario que nos extendamos aquí en referirnos a la tendencia objetiva al derrumbe económico del capitalismo; en todo caso, acerca del particular puede consultar en nuestra página el trabajo titulado: “Fuerzas productivas y tasa de ganancia. Respecto del segundo movimiento, el de la posibilidad política de realizar la necesidad económica del comunismo, le remitimos a otros dos trabajos nuestros —también publicados en el mismo sitio— titulados: Hegel, Marx y la dialéctica  (especialmente el capítulo 2) y La moral y los comunistas. En ellos encontrará citas con su correspondiente referencia bibliográfica y explicación debidamente contextualizada de su significado, pudiendo usted contar así con buena parte del herramental solicitado, que tal es el cometido de nuestra existencia como Grupo de Propaganda Marxista.
Pero insistimos y ahora queremos ser meridianamente claros en esto: si el cometido de su tesis —según sus propias palabras— consiste en encajar o encuadrar el pensamiento revolucionario de Marx “dentro del ordenamiento jurídico en este sistema”, es decir, si lo que usted pretende es elaborar “una teoría revolucionaria que permita un devenir al socialismo” en el contexto del derecho positivo burgués, debemos decirle que esta tesis jurídica así enunciada, constituye un despropósito político, porque no se afirma en la revolución sino que reincide en el tópico de la reforma, en el camino trillado de un “socialismo” de cuño socialdemócrata decimonónico a la Ledrú Rollín que no se sacude el cepo capitalista y que, por lo demás, desvirtuaría la originalidad que debe tener toda tesis.
Otra cosa es si se nos pregunta, como usted efectiva y contradictoriamente lo ha hecho, ¿“Cual seria el ser de la normatividad jurídica en un periodo socialista”? A esto los revolucionarios respondemos que ese ser jurídico normativo, tiene su esencia puesta en la nueva sociedad por la propiedad colectiva sobre los medios de producción, esto es, por la dictadura del proletariado en y desde el Estado obrero revolucionario. Acerca de este asunto, puede consultar usted nuestro trabajo titulado: Fundamentos teóricos e históricos para la lucha por los Estados Obreros Unidos de
Europa
Un saludo: GPM
3) Intervención de Susil Gupta en contestación al G.P.M.
Ustedes Dicen: Todas las proposiciones políticas —implícitas o explícitas— de teóricos burgueses del derecho, como Kelsen, están comprendidas en el sistema de vida capitalista; todas ellas no son más que adecuaciones de la ley jurídica o derecho positivo, a la realidad económica vigente fundada en la propiedad privada sobre los medios de producción.
La mayoría si, pero no todas. Algunas teorías son vestigios de épocas pre-capitalistas, o de formas capitalistas caducas, o de clases caducas y marginales.  Dado que el capitalismo esta en declive, también hay teorías que representan una una degeneración teórica que no se ajusta al capitalismo y muestran la incapacidad de articulación teórica del la burguesía.
Ustedes Dicen: La proposición política revolucionaria de Marx desde 1845 hasta su muerte, es la consecuencia de su teoría económica científica basada en el descubrimiento de la tendencia objetiva al derrumbe del sistema capitalista.
 No. Muy evidentemente la proposición política revolucionaria de Marx desde 1845 se formulo antes de que Marx hubiera formulada su teoría económica científica y hubiera descubierto el mecanismo de la tendencia objetiva al derrumbe del sistema capitalista.
La proposición revolucionaria del Marxismo se basa en la Historia, que muestra, y no solo a Marxistas, que la sociedad esta en constante desarrollo revolucionario. Marx convierte a la Historia en ciencia. La “tendencia objetiva al derrumbe” es solo un momento de esta ciencia – y además no es de si revolucionaria (léase Henryk Grossmann – Acumulación y Derrumbe – ultimo capitulo).
4) Intervención de Rolando Astarita
Quisiera hacer una breve observación sobre la idea de que Marx habría planteado que existe una "tendencia objetiva al derrumbe del sistema capitalista".
Pienso que la cuestión no es tan sencilla. Por lo menos porque no es fácil encontrar en los textos de Marx una afirmación explícita acerca de una tendencia objetiva al derrumbe.
En principio todo parece indicar que Marx pensaba que la caída del capitalismo sólo se produciría con la intervención política y revolucionaria de la clase trabajadora. Las crisis económicas generarían las condiciones materiales que demostrarían la necesidad de esa intervención; pero en caso de que la clase trabajadora no interviniese, nada parece indicar en la teoría de Marx que se produciría un derrumbe del sistema capitalista.
La cuestión no es menor en lo que atañe a la capacidad de previsión de la teoría marxista. Recuerdo, por poner solo un caso, que un importante dirigente trotskista argentino invitó a la militancia, en 1998, a "asistir al derrumbe del capitalismo en tiempo real", a partir de la crisis asiática y el default de los bonos rusos. Esto porque pensaba que el sistema puede derrumbarse por la sola acción de las fuerzas económicas.
No es ésta, me parece, la tesis de Marx. De hecho Marx se refiere en dos pasajes a la posibilidad de que se dé un límite absoluto al desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo, y ambas como posibilidades abstractas, esto es, muy lejanas. Una cuando contempla (en los Grundrisse) qué sucedería si la automatización fuera completa, ya que se anularía la fuente del plusvalor, el trabajo humano. La otra cuando especula (cap. 15 t. 3 El Capital) con el surgimiento de un único monopolio que acabara con la competencia. Pero cuando analiza las tendencias a la crisis, a partir de la ley de la caída de la tasa de ganancia, lo único que sostiene es que el régimen capitalista no es absoluto. Esto significa que tiene limitaciones, que se manifiestan en las crisis periódicas. Pero no sostiene que la crisis sea sin salida, porque precisamente la crisis es la manera en que el sistema restablece la tasa de ganancia, y por lo tanto las condiciones de acumulación del capital. La desvalorización y destrucción masiva de capitales, el disciplinamiento y desvalorización de la fuerza de trabajo (la crisis genera desocupación), son algunos de los factores claves que permiten este aumento de la tasa de ganancia.
Soy consciente de que la tesis "marxista" del derrumbe automático ha gozado de popularidad. No solo está en Grossman, sino antes había aparecido en los debates sobre el "derrumbe", en la Segunda Internacional, a fines del siglo 19 (Lucio Colletti hizo una magnífica recopilación de trabajos sobre el tema). Gente tan opuesta como Rosa Luxemburgo y Bernstein pensaban que Marx tenía una teoría del derrumbe del capitalismo. También estuvo en el izquierdismo de la Tercera Internacional; en los análisis stalinistas de la crisis del 30; y en Trotski. Pero, insisto, no creo que encuentre mucho apoyo en la teoría de Marx, por lo menos en El Capital.
Por último, sí es cierto que ha habido teóricos burgueses que plantearon la tendencia de largo plazo del capitalismo a apagarse. Ricardo, por el uso de tierras de fertilidad decreciente; Keynes por la caída a largo plazo de la eficiencia marginal del capital y la resistencia de la tasa de interés a bajar. Observemos que Marx reivindica en Ricardo que haya visto la importancia de la caída de la tasa de ganancia, y las limitaciones que representaba para el régimen burgués. Según Marx, esto demostraba que Ricardo comprendía el carácter relativo del régimen capitalista, sus limitaciones. Pero esta comprensión de Ricardo era, dice Marx, puramente económica, es decir, desde el punto de vista burgués" (énfasis añadido; Colletti destaca la importancia de este pasaje, en el cap. 15 t. 3). O sea, Marx toma distancia de la idea de la caída "puramente económica", calificándola de una tesis que corresponde "al punto de vista burgués".
Todo parece indicar entonces que tenía presente la necesidad de la acción revolucionaria de la clase obrera para que se produjera la caída del capitalismo. En definitiva, cuando estallaban las crisis Marx no invitaba a sus lectores a "asistir al derrumbe del capitalismo en tiempo real". Esta última es una idea tardía, tal vez el resultado de una mala mezcla de Marx con Keynes, o con las teorías sobre el dominio del monopolio y el capital financiero.   
Saludos cordiales, Rolando Astarita
5) Segunda intervención de Susil Gupta aludiendo a lo dicho por Astarita
Estimado compañero Rolando Astarita
Es un placer leer algo sobre un asunto complicado del Marxismo y estar prácticamente de acuerdo con su totalidad.  Solo algunas observaciones:
Grossmann no es “automicista” en cuanto al derrumbe del capitalismo. El último capitulo de su obra magna, al que aludí, lo deja claro.
Colleti hace una recopilación valiosísima - pero no resuelve el problema. Al final esta incapacidad tumba a Colleti, y le conduce a abandonar el Marxismo.
A partir del 1914 'el problema' de la relación entre lo que podemos llamar, a modo tosco, el desarrollo económico y la lucha de clases ya no se puede plantear en formal clásica (Marx, Grossmann) y no se puede solucionar por reconversión o renovación filosofica del Marxismo (Grossmann en sus otros
escritos, Lukacs) o voluntarismo (Luxemburg), o el institucionalismo de fundar una nueva Internacional (Trotsky).
¿Porque? El apoyo de la clase obrera Europea al imperialismo y a la Primera Guerra Mundial supone su fracaso total e histórico como clase política —y roba al Marxismo de su constitución social sin el cual no puede haber desarrollo del Marxismo real y viviente (revolucionario). Lo que persiste a partir de 1914, en algún reducto aislado, es un residuo de Marxismo que pronto se vuelve “Marxismo de catecismo”.
La clase obrera de la mayoría de los países avanzados es hoy una clase reaccionaria y degenerada. Es enemiga de la democracia, el socialismo y el Marxismo y de clase obrera internacional. Por esto estoy totalmente contra la idea de una nueva Internacional. Es necesario la demarcación total. Hace 20 años la clase obrera española era una clase obrera autentica, capaz de ejecutar su misión histórica. Hoy, esta en vías avanzadas de convertirse en una clase reaccionaria, imperialista e incorporada totalmente al bloque ideológico y estratégico de la burguesía internacional. La decisión reciente de CCOO y UGT de solicitar medidas al Estado para restringir la inmigración rumana y húngara es sintomático.
Sin ser “tercermundista” —una ideológica que aborrezco— el futuro del Marxismo esta en las clases obreras emergentes: China, India, América Latina. Estas no son las clases obreras de países retrasados —son las clases obreras avanzadas del futuro.
El problema fundamental es la falta de un análisis de los postulados centrales del Marxismo ortodoxo (pre-1914) anclados en la teoría del imperialismo anunciada por Lenin. Diría más: hace falta un nuevo Manifiesto Comunista basado en la realidad post-1914.
Esto es lo que falta en el análisis del GPM. El GPM defiende el Marxismo desde los planteamientos ortodoxos de la época pre-imperialista.  Es una batalla valiente y necesaria en nuestros días de total hostilidad al Marxismo o cualquier materialismo critico. Pero hace falta ir más allá.
Saludos camaradas: Susil Gupta
6) Intervención de Leonardo Mir
Si bien en el centro del método marxista se halla la idea que la caída del capitalismo sólo se produciría con la intervención política y revolucionaria de la clase trabajadora, no es descabellado sostener que la tendencia "objetiva" al derrumbe es igualmente válida, al menos en un sentido. Lo más cuestionable de esta idea sería la caracterización de "derrumbe", pero la desaparición, transformación o como se la quiera llamar del capitalismo, por vías económicas, sería la consecuencia necesaria e inevitable de la desaparición de la plusvalía como consecuencia de la tecnificación total. Es decir, el cambio de sistema se produciría en ese escenario por una superación tecnológica tal que brindaría las bases materiales para un nuevo tipo de sociedad, idea que viene a ratificar la idea marxista de que a tal desarrollo de las fuerzas productivas corresponde un determinado sistema social. Lo que no es posible saber de antemano es si, dado el desarrollo actual de las fuerzas éste ya es suficiente. El laboratorio de la historia hasta ahora pareciera estar demostrando esa insuficiencia. Lo que sucederá, probablemente, es que la cantidad se transformará en cantidad un poco antes del punto de tecnificación absoluta pero no mucho antes. En definitiva, si el capitalismo no es derrumbado por la intervención política y revolucionaria de la clase trabajadora, lo cual es una posibilidad, a la larga desaparecerá de todos modos por razones objetivas -económicas.
Cordiales saludos.
Leonardo Mir
7) Intervención de José Bordes García
Estimados amigos,
A propósito de la discusión de los últimos días sobre la cuestión del derrumbe del capitalismo considero que sería interesante esbozar algunas las reflexiones porque se trata de un problema que está en el centro de cualquier visión estratégica del marxismo revolucionario.
A finales del siglo XIX E. Bernstein inició un debate sobre la denominada "teoría del hundimiento" del Capitalismo. Y mientras K, Kautsky negaba que en la obra de Marx y Engels pudiesen encontrarse referencias específicas, H. Cunow defendía que dicha teoría existía en el pensamiento marxiano. De ese mismo período son las aportaciones de T. Barnaovski.  Más tarde. Grossmann en su libro de finales de la década de 1920 añadía que "...Marx se equivocó solamente en relación al tiempo del desarrollo porque en su época había considerado como dados los mercados de exportación existentes. De hecho, el capitalismo de las últimas décadas busca siempre conquistar nuevos mercados para el capital y la industria y eso afecta de manera mitigante sobre la tendencia al hundimiento del capitalismo...".
Por su parte Lenin señalaba en algunos de sus textos que más que elucubraciones más o menos elaboradas sobre el posible hundimiento de capitalismo "...sería un error creer que la tendencia a la descomposición descarta el rápido incremento del capitalismo: todo lo contrario. En la época del imperialismo las ramas individuales de la industria, los diferentes estratos de la burguesía, los diferentes países muestran, con mayor o menos fuerza, unos u otros, estas tendencias. En general, el capitalismo crece más rapidamente que antes, aunque tal incremento no sólo es cada vez más desigual, sino que se manifiesta de un modo particular en la descomposición de los países donde el capital ocupa las posiciones más firmes".
No existe, por lo tanto, una relación mecánica entre descomposición del imperialismo y su fin en un breve plazo.
Dicha evolución puede implicar un largo período y los revolucionarios deben dotarse de una estrategia adecuada a la larga duración de la descomposición imperialista. No obstante, día tras día, la dialéctica social se manifiesta en la contradicción existente entre una aceleración del desarrollo capitalista en el mundo y una prolongada descomposición de la metrópolis. Unas contradicciones que exasperan los conflictos y pueden provocar una aceleración de las guerras por el reparto mercado mundial puesto que el desarrollo desigual cambia rápidamente las relaciones de fuerza entre las potencias imperialistas.
Sólo en la medida en que es posible analizar la dialéctica conjunta del imperialismo se abre la posibilidad de afrontarla con una estrategia revolucionaria adecuada.
Sólo con la reconstrucción de un partido revolucionario fuerte es posible actuar frente a los retos de la nueva situación mundial.
José Bordes.  
8) Respuesta del G.P.M. a Susil Gupta
a)   El pasado que se supera conservado en el presente
Nosotros somos un pequeño grupo de propaganda cuyo interés consiste en contribuir a la comprensión del Materialismo Histórico aplicado a los distintos aspectos de la lucha de clases sobre los cuales se nos consulta o con quienes eventualmente debatimos.
Uno de nuestros interlocutores en esta ocasión, Alexander Pinazo Carmona, nos ha consultado acerca de lo siguiente:
 <<Como propone Karl Marx dentro del ordenamiento jurídico en este sistema, una teoría revolucionaria que permita un devenir al socialismo>> y,
<<Cual seria el ser de la normatividad jurídica en un periodo socialista, comunista y que aspectos más hay que tener en cuenta  para una propuesta para el tema de estudio que me propuse>> (Op. cit.)
Ciñéndonos estrictamente a esto sobre lo que el compañero nos ha preguntado, y dado que él aludió al teórico neokantiano del derecho, Hans Kelsen, nosotros nos hemos ubicado en el contexto histórico del derecho positivo burgués, para informarle al compañero que, bajo semejantes condiciones, todas las proposiciones políticas formuladas en lenguaje jurídico —cualquiera sea el grado de discrepancia entre ellas— son el producto de la praxis económico-social capitalista, como no puede ser de otra manera, porque este es el sistema o formación social de referencia cuyas relaciones todos estos teóricos se preocuparon y preocupan de normar o regimentar jurídicamente, a fin de que el proceso de acumulación discurra lo más aceitado posible, para que no se detenga o interrumpa por consideraciones ajenas a la lógica del capital mismo, cosa esta última que ni los juristas burgueses ni los técnicos economistas apologetas del sistema pueden evitar que hacia allí tienda este sistema de vida.
¿De que modo al señor Susil Gupta le ha parecido necesario enmendar esto que tratamos de aportarle a nuestro interlocutor? Diciendo que no todas las categorías jurídicas que fungen dentro del sistema capitalista son originarias suyas, porque “algunas son vestigios de épocas precapitalistas o de formas capitalistas caducas, o de clases caducas y marginales”.
Suponemos que por vestigios jurídicos de sociedades anteriores entenderá, por ejemplo, Susil Gupta, a categorías jurídicas originarias del derecho romano; y por “formas capitalistas caducas” a figuras del derecho como adecuaciones al capitalismo imperialista, y más actualmente al del llamado capitalismo tardío “globalizado”. ¿Es eso?
En tal caso hay que decir que la base material y sus categorías económico-sociales sobre las cuales se erigió el derecho en tiempos de los césares romanos, fue el trabajo esclavo, las mercancías y el dinero, en tanto que lo nuevo que introdujo el derecho capitalista desde antes de los tiempos de Marx, se basó en las categorías de trabajo asalariado y capital, conformando la relación social fundamental en la cual se conservan al mismo tiempo que se vieron superadas (aufheben), las antiguas categorías económicas de mercancía y dinero, incluidas otras como el préstamo a interés, la hipoteca, la fiducia y la prenda.
¿Ha cambiado la esencia del sistema capitalista y, por tanto, la esencia del derecho burgués prevaleciente, en la más actual etapa del capitalismo tardío por influjo de teorías “burguesas decadentes”, como el “constructivismo jurídico”, a partir de la irrupción del Estado en la economía, por ejemplo? Nosotros pensamos que no. Por tanto no vemos qué aportan a este respecto  las observaciones de Susil Gupta, sino confusión.
En cualquier caso, desde ya quedamos expectantes para que se nos instruya acerca de quien o quienes —y cómo—, ha o han podido hacer proposiciones políticas que —al margen del Materialismo Histórico— supongan una destrucción y transformación esencial del sistema jurídico normativo capitalista en alguna parte del Mundo, con un sólido fundamento científico que merezca la pena luchar por ellas.  
Lo que nos ha consultado Alexander Pinazo Carmona, no es si el derecho burgués se nutre de resabios jurídicos u otras teorías burguesas actuales decadentes, sino si existen hoy día proposiciones dentro del sistema jurídico burgués, que contribuyan a poner los cimientos jurídicos del futuro sistema socialista, como puede ser la legislación que convierta en simples bienes de uso, los medios de producción. Y esto es imposible que pueda ocurrir bajo el capitalismo por dos razones:
a) Porque para la burguesía esto sería como estar hablando de la soga en casa del ahorcado y,
b) Porque un sistema jurídico diferencial no se puede sino erigir sobre una realidad económica y social distinta ya existente o que acaba de surgir.
Fijémonos que ni siquiera Marx en su “Crítica del programa de Gotha”, fue —porque no pudo— ir más allá de barruntar algunas orientaciones generales en materia de legislación económico-social acerca de la futura sociedad bajo la dictadura del proletariado. El mismo Lenin, pocos días después de la toma del poder en Rusia, señaló que en materia de legislación económica y otras, como puede ser, por ejemplo, el derecho de familia, la revolución lo tenía todo por delante; no podía apelar al pasado porque ya estaba superado, pero esa negación de la negación era todavía virtual.
La experiencia soviética hasta fines de 1923 sí que aportó —y bastante— al desarrollo del derecho positivo en la transición a la futura sociedad comunista, aunque no ha sido suficiente porque la pequeñoburguesía enquistada en el PCUS y el PSD alemán, consiguió abortar el proceso.  
b)   La semilla de la ley de la acumulación y el derrumbe del sistema capitalista.
Sigamos con la intervención de Susil Gupta en este debate. Nosotros le hemos dicho al compañero Alexander que la proposición política revolucionaria de Marx ha sido la consecuencia de su teoría económica del derrumbe capitalista. Frente a esto, usted ha vuelto a querer negarnos la mayor, remitiéndonos nuevamente al pasado en el sentido de que:
1)  <<…Muy evidentemente la proposición política revolucionaria de Marx desde 1845 se formuló antes de que Marx hubiera formulado su teoría económica científica y hubiera descubierto el mecanismo de la tendencia objetiva al derrumbe del sistema capitalista.>>;
2) <<La proposición revolucionaria del Marxismo se basa en la Historia, que muestra, y no solo a Marxistas, que la sociedad esta en constante desarrollo revolucionario.>> y,
3) <<Marx convierte a la Historia en ciencia. La “tendencia objetiva al derrumbe” es solo un momento de esta ciencia —y además no es de si revolucionaria (léase Henryk Grossmann: Acumulación y Derrumbe – ultimo capitulo).>>
Considerando el primer punto de sus observaciones, tal como usted lo ha formulado no es posible saber con precisión lo que ha querido significar en ese párrafo, porque se presta a dos interpretaciones distintas. La primera y más probable, induce a pensar que Marx formuló su propuesta revolucionaria antes de formular su teoría económica científica de la tendencia al derrumbe capitalista; la segunda, que otros hicieron propuestas similares antes que él.
Empezando por esta última interpretación, efectivamente propuestas para revolucionar el capitalismo incipiente antes de que sus padres ataran a Marx un moño al cuello enseñándole a ser un buen judío y mejor ciudadano burgués, existieron no pocas. Pero la única con fundamento rigurosamente científico fue la suya. Esto es lo que importa reconocer o impugnar, estimado Susil Gupta.
Fíjese que nosotros hemos escogido el pasaje de “La Ideología Alemana” donde Marx y Engels dicen expresamente que ellos entienden por comunismo,
<<…al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual>> (Subrayado nuestro)
Y hemos explicado al compañero Alexander el significado de lo que Marx y Engels entendieron —o mejor dicho entienden— porque están más vivos que nunca— por movimiento real, diciendo lo siguiente:
<<Marx y Engels han entendido siempre, es decir, omnicontextualmente por “movimiento real”, a la unidad dialéctica entre estructura económica y superestructura política, o sea, a la relación contradictoria entre el movimiento económico del capital y el movimiento político del proletariado.>>
Dando por sentado que el movimiento político del proletariado es el único que puede actuar desde la superestructura para trascender históricamente las contradicciones al interior de la superestructura económica entre las fuerzas productivas y las relaciones capitalistas de producción.
Desarrollando un poco esto, podemos en general entender por movimiento real al movimiento objetivo del capital dentro de la estructura económica —donde opera la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción—, por un lado, y al movimiento subjetivo al interior de la superestructura ideológica y política, en que opera la contradicción entre la representación ideológica y política de la burguesía en su conjunto, y la representación ideológica y política del proletariado.
Resulta evidente que no es éste el movimiento real que opera hoy día dentro de la sociedad capitalista; entre otras condiciones, porque actualmente el proletariado se deja representar ideológica y políticamente por los distintos partidos burgueses que se disputan periódicamente el acceso al poder dentro del aparato del Estado capitalista, es decir que no existe tal movimiento político revolucionario del proletariado.
Pero este que hemos descrito sí que es el movimiento real previsto por la moderna ciencia social como condición para anular y superar el estado de cosas actual. Y de esta tarea para la actual etapa de la lucha de clases  precisamente se trata aquí: de que en la superestructura política de la sociedad capitalista predomine la fuerza superadora como unidad política orgánica entre el proletariado y la teoría revolucionaria aplicada al movimiento real, de lo contrario, no puede anularse ni superarse nada dentro de la actual sociedad burguesa decadente.
Y en este mismo sentido, sólo la existencia de alguna otra teoría —anterior o posterior a Marx— sustentada en bases científicas igual de rigorosas que el Materialismo Histórico, podría justificar esta parte de su intervención en el debate sin incurrir en irresponsabilidad social e intelectual de su parte. ¿Sabe Usted de alguna? Si lo sabe dígalo, porque sería toda una primicia para la mayoría de los pocos que ahora mismo andamos en esto, para enterarnos en qué consiste esa supuesta “teoría revolucionaria” no marxista, habida cuenta de que, como dijera Lenin con toda razón en su “¿Qué Hacer?” —refiriéndose a la posibilidad de superar el capitalismo— “sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario”. 
Hasta ahora, que nosotros sepamos, para la mayoría de intelectuales marxistas ortodoxos —ultraminoritarios respecto del resto de la intelectualidad vendida a la burguesía, hecha la advertencia de que el número de quienes coinciden en pensar lo mismo no supone ningún criterio de verdad— el primer científico social por excelencia en la moderna sociedad capitalista fue y sigue siendo Karl Marx. No conocemos otro que todavía haya superado su talla; ni el propio Engels, quien sin duda también fue un científico social eminente, aunque no de la misma consistencia lógica, filosófica ni política de Marx, que en virtud de eso le calificamos de científico social por excelencia, es decir, “primus inter pares”, y así también lo estimó públicamente Engels siempre.
Salvo esta excepción, los demás de entre sus coetáneos o inmediatamente anteriores a su generación, quienes no permanecieron toda su vida en la ramplonería teórica o en el oportunismo político más rastrero —como es el caso de Proudhon y Lassalle— no pudieron ni quisieron superar la utopía, como sucedió con Weitling.   
En cuanto a la primera interpretación, lo dicho por usted significa que Marx y Engels adelantaron su proposición revolucionaria —tal como en setiembre de 1845 fue anunciada por ambos— antes que de lo que por primera vez Marx pusiera negro sobre blanco en sus “Grundrisse”, escritos entre 1857 y 1858, que bien pueden entenderse como “líneas fundamentales” de su teoría sistemática de la tendencia al derrumbe económico del capitalismo, en tanto que enlazan lógicamente con “El Capital”.
Como le decimos al compañero que nos hizo la consulta, allí, en la “Ideología alemana”, es donde Marx y Engels aludieron por primera vez a la dialéctica entre relaciones de producción y fuerzas productivas, concluyendo que esa dialéctica objetiva —en la que el polo dinámico trascendente son las fuerzas productivas— es la que, en última instancia, determina el devenir histórico de la humanidad en la sociedad de clases:
<<Resumiendo, obtenemos de la concepción de la historia que dejamos expuesta los siguientes resultados: 1) En el desarrollo de las fuerzas productivas [dentro de determinadas relaciones de producción] se llega a una fase en la que surgen fuerzas productivas y medios de intercambio que, bajo las relaciones existentes, sólo pueden ser fuentes de males, que no son ya tales fuerzas productivas sino más bien fuerzas destructivas (maquinaria y dinero); y a la vez, surge una clase [encarnación social de las fuerzas productivas] condenada a soportar todos los inconvenientes de la sociedad sin gozar de sus ventajas, que se ve expulsada de la sociedad y de la que nace la conciencia de que es necesaria una revolución radical…>> (Op. cit. 6. Lo entre corchetes es nuestro)
Pues bien, ¿puede en conciencia alguien que asuma el Materialismo Histórico,  negar que sea éste y no otro el fundamento más originario, el “hilo conductor” del que habla Marx en su “Prólogo a la crítica de la economía política”, la semilla o primer momento de su teoría del derrumbe capitalista? Si contestáramos negativamente a esta pregunta, estaríamos afirmando que en 1845 Marx y Engels no se distinguieron de quienes confundieron sus fantasías con el conocimiento de la realidad con tal de aparecer “marchando a la vanguardia”. Y no fue así nunca después de que ambos abandonaran sus estudios y escritos anteriores a la “crítica roedora de los ratones”. Y, en efecto, refiriéndose a los debates en la dieta renana sobre los campesinos viñateros que ocupaban ilegalmente tierras comunales en las orillas del río Mosela, Marx alude a una publicación donde se recogían comentarios críticos que traslucían…
<<….un eco del socialismo y del comunismo francés, teñido de un tenue matiz filosófico. Yo me declaré en contra de aquellas chapucerías, pero confesando al mismo tiempo francamente, en una controversia con la “Allgemeine Augsburger Zeitung” (La Gaceta General de Absburgo), que mis estudios hasta entonces no me permitían aventurar ningún juicio acerca del contenido propiamente dicho de las tendencias francesas. Alejado de esto, aproveché ávidamente la ilusión de los gerentes de la “Rheinische Zeitung (Gaceta Renana), quienes creían que suavizando la posición del periódico iban a evitar que se revocase la sentencia de muerte ya decretada contra él, para retirarme de la escena pública a mi cuarto de estudio.>> (K. Marx: Op. cit.)
No hay más que remitirse al texto de las “Líneas fundamentales” de Marx escrito trece años después del ya mencionado trabajo de 1845 en colaboración con Engels, para comprobar que ése fue, efectivamente, el segundo momento en la continuidad lógica del devenir de su pensamiento —como proceso de investigación— hacia la realización del concepto de capital del modo como Marx acabaría presentándolo —como proceso de exposición— en su obra homónima: “El Capital”.
En efecto, dado que la vida semoviente del capital consiste en apoderarse de trabajo necesario para convertirlo en excedente a los fines de su valorización, Marx demostró matemáticamente en los “Grundrisse”, que según progresa la fuerza productiva del trabajo, la valorización del plusvalor se torna tanto más difícil cuanto más porciones de trabajo necesario contenidas en la jornada de labor entera se hayan convertido ya en capital (constante); hasta que llega un teórico momento previsto en que la burguesía se encuentra sin posibilidades materiales de acumular o valorizar trabajo vivo adicional. Tal es la tendencia objetiva al derrumbe o límite absoluto del capital que no deja de operar nunca en la sociedad burguesa, a través de un proceso donde el capital se va poniendo a así mismo límites sobre los que sólo puede saltar periódicamente para ponerse por delante nuevos límites más formidables bajo la forma de crisis de superproducción y guerras cada vez más catastróficas. (Cfr.: Ver: “Líneas Fundamentales” Cap. III: Plusvalía y fuerza productiva.).
El recorrido de esta línea fundamental de pensamiento sobre la tendencia objetiva al límite absoluto del capitalismo en la vida de Marx desde 1845, fue completado sistemáticamente por él en las secciones tercera, cuarta y quinta del primer libro de “El Capital” sobre el plusvalor relativo, y en las secciones primera y segunda del tercer libro, sobre la formación de la tasa de ganancia media, para culminar en la sección tercera con la formulación la ley de la tendencia histórica decreciente a la baja de la tasa de ganancia.
c) ¿Es cierto que el Materialismo Histórico es un historicismo?
Pasando al segundo punto de sus observaciones en cuanto a que Marx “basó sus proposiciones revolucionarias en la historia” y que ésta “se encuentra en constante desarrollo”, respecto de lo primero el señor Gupta debería recordar qué concepto llegó Marx a formarse de su propia obra, cuando en sus “Glosas a Wagner” —el último de sus escritos económicos— empieza diciendo:
<<Yo no parto del hombre (ser humano) genérico (que en la sociedad de clases jamás existió) sino de un período social dado (la sociedad capitalista económicamente estructurada)>> (Op. cit. Lo entre paréntesis nuestro)
Es decir, que el objeto de su pensamiento no fue la evolución o devenir histórico de la humanidad sino un momento preciso de esa evolución, el que corresponde sincrónicamente a la sociedad capitalista. Desde sus “Manuscritos económicos filosóficos” hasta “El Capital”, pasando por los “Grundrisse” y “Teorías sobre la plusvalía”, el objeto de estudio científico de Marx no fue la historia de la humanidad en general sino las relaciones de producción capitalistas. Así lo dejó dicho con meridiana claridad en su “Prólogo a la crítica de la economía política” fechado en enero de 1859:
<<Tanto las relaciones jurídicas como las formas de Estado, no pueden comprenderse por sí mismas ni por la llamada evolución del espíritu humano, sino que radican, por el contrario, en las condiciones materiales de vida (de la sociedad históricamente más desarrollada) cuyo conjunto resume Hegel, siguiendo el precedente de los ingleses y franceses del siglo XVIII, bajo el nombre de “sociedad civil” (burguesa) y que la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla (investigarla y descubrirla) en la economía política (ciencia que no pudo existir antes del capitalismo. Lo más aproximado fue la crematística de Aristóteles, quien, sin embargo, no pudo desentrañar la forma de valor, dado que su sociedad estuvo basada en las relaciones de dependencia personal directa entre amos y esclavos).
En Bruselas, a donde me trasladé en virtud de una orden de destierro dictada por el señor Guizot (ministro del Interior francés a principios de 1845), hube de proseguir mis estudios de economía política, comenzados en París. El resultado general a que llegué y que, una vez obtenido, sirvió de hilo conductor a mis estudios, puede resumirse así: en la producción social de su existencia, los seres humanos contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se eleva un edificio (Uberbau) jurídico y político, y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material (objeto de estudio de la economía política) determina el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia de los seres humanos la que determina su ser, sino, por el contrario, su ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. Se abre así una época de revolución social….>> (K. Marx: Op. cit. Lo entre paréntesis nuestro)
d) ¿Es verdad que la historia discurre en un desarrollo incesante?
En cuanto a la afirmación del señor Susil Gupta de que “la historia está en constante desarrollo”, si entendemos —con Marx en el mismo contexto de la cita anterior— que:
a) a cada modo de producción le corresponden determinas formas de conciencia social;
b) que esa conciencia social esta determinada por —y responde a— los intereses materiales de las clases dominantes en cada período del desarrollo histórico de la humanidad;
c) y sólo se abre una época de revoluciones cuando las fuerzas productivas “chocan” o entran en contradicción con las relaciones de producción y que esta época de la lucha de clases no se caracteriza por ser un proceso revolucionario continuo sino discreto, discontinuo o periódicamente interrumpido, con ascensos revolucionarios y retrocesos contrarrevolucionarios, marchas y contramarchas al interior de un mismo modo de producción, tal como Marx describe las luchas del proletariado desde el siglo XIX en “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”, que la experiencia del siglo XX no ha hecho más que confirmar.
Por tanto, no es verdad que la historia discurra en “constante desarrollo”. Para mayor abundamiento respecto de este asunto, ver: http://www.nodo50.org/gpm/revpermanente/01.htm
e) Circunloquio determinado en torno de la tendencia al derrumbe del capitalismo.
Volviendo al pasaje citado del “Prólogo a la crítica de la economía política”,   ¿no se siente latir en este texto la teoría del derrumbe económico del capitalismo que Marx alumbró en sus “Líneas fundamentales”, y que en La Ideología Alemana” estas líneas ya estaban —aun cuando sólo en sí  contenidas?
Cierto, como muy bien dice Susil Gupta refiriéndose al Materialismo Histórico, la formulación de “la tendencia objetiva al derrumbe es sólo un momento de esta ciencia”. Pero a nuestro modo de ver, le faltó decir que ése ha sido su momento culminante, el momento de la ciencia por cuya mediación Marx concluye alumbrando la necesidad de trascender políticamente al capitalismo. Su conclusión más importante, según lo podremos ver un poco más adelante dicho en sus propias palabras.
Es igualmente cierto lo dicho por Susil Gupta en cuanto a que la ciencia social no es de por sí revolucionaria. Pero también aquí nuestro interlocutor se quedó a medio camino, porque sin esta ciencia no puede haber praxis revolucionaria efectivamente posible. Como dijera Marx en el prólogo a su “Critica de la filosofía hegeliana del derecho estatal” (1843):
<<El arma de la crítica no puede reemplazar a la critica de las armas, pero se hace revolucionaria cuando se apodera de las masas>> (Op. cit.)
Idea sobre la que ha vuelto en el prólogo a la primera edición alemana de “El Capital” para señalar no sólo el carácter político estratégico rector de la teoría del derrumbe respecto de la praxis política del proletariado, en tanto que, sin ella, puede decirse sin ningún género de duda —parafraseando a Rosa Luxemburgo en “La acumulación del capital”—, que el comunismo como sistema de vida social superador del capitalismo, vería desaparecer bajo sus pies “el suelo granítico de la necesidad histórica objetiva”, y al proletariado solo le quedaría hipotecar sus luchas a conceptos jurídicos generales y morales abstractos como los ideales de justicia, igualdad, solidaridad, etc., etc., aferrándose al clavo ardiendo del socialismo utópico premarxista.
Es cierto que Rosa equivocó el principio activo de la tendencia objetiva al derrumbe capitalista, poniéndolo no en el desarrollo de la fuerza productiva que conduce a la imposibilidad para la burguesía de seguir produciendo plusvalor, sino en la presunta imposibilidad de realizarlo. Pero el mérito revolucionario de Rosa consistió en haber comprendido perfectamente el valor político y moral estratégico de esa tendencia autotanática del capitalismo.    
Para nosotros, la teoría del derrumbe es, pues, en primerísimo lugar, lo que alumbra históricamente al interior todavía no manifiesto de la conciencia colectiva en la sociedad capitalista, la necesidad de luchar por el socialismo aun antes de que esa necesidad se haga evidente para las masas y ya no sea necesario seguir insistiendo en ella. En una carta a su amigo Kugelmann del 11 de julio de 1868, Marx decía que cuando a un economista vulgar se le ponía ante las conexiones internas del sistema capitalista, éste creía estar haciendo un gran descubrimiento al ver que las cosas tal como aparecen presentan un aspecto diferente, jactándose de su apego a la apariencia por considerarla como el único y absoluto criterio de verdad. Y Marx acaba esta parte de su carta diciendo:
<<Pero hay en este asunto otra intención. Una vez que se ha visto claro en estas conexiones internas (del sistema), cualquier creencia teórica en la necesidad permanente de las condiciones existentes, se derrumba antes de su colapso práctico. Las clases dominantes, pues, tienen así en este caso un interés absoluto en perpetuar esta confusión y esta vacuidad de ideas. De otro modo ¿por qué razón se les pagaría a estos psicofantes charlatanes, que no tienen más argumento científico que el de afirmar que, en economía política está terminantemente prohibido pensar?>> (Op. cit. Lo entre paréntesis nuestro)
Sin la teoría marxista del derrumbe, está claro que la burguesía no tendría necesidad de negar a sus explotados el ejercicio de lo más distintivo del ser humano respecto de los demás animales.
A fines del siglo XIX, polemizando al interior del PSD alemán con el teórico reformista Eduard Bernstein, Rosa Luxemburgo describe una situación política en el movimiento obrero europeo muy parecida a la actual, aunque la situación económica de hoy día diste de ser la próspera coyuntura que Rosa refleja en “Las Gafas inglesas”, a través de las cuales decía que Bernstein veía promisoriamente el futuro del capitalismo, donde los conflictos con los asalariados por lo general habían dejado de ser cuestiones de fuerza, para convertirse en objeto de negociación y conciliación, de acuerdo y concesiones:
<<La edad de oro de la industria hace que las concesiones a los obreros sean al mismo tiempo necesarias y materialmente fáciles de hacer. Así como durante el primer período la burguesía inglesa estaba representada por los partidarios de la violencia al estilo Strumm, por los partidarios de las más brutales medidas de fuerza, su auténtico portavoz en el nuevo período es aquél empresario que en 1860 declaró: “Considero que las huelgas son a la vez el medio de acción y el resultado inevitable de las negociaciones comerciales para la compra del trabajo”>> Rosa Luxemburgo: Op. Cit. en “Reforma o Revolución”. Apéndices)
Esto había hecho que Bernstein mostrara haber perdido unas convicciones revolucionarias que nuca tuvo, pugnando porque el PSD acabara arrojándose ya sin ningún rubor en brazos de la burguesía alemana, como así lo demostró aun antes de que hiciera fracasar la insurrección obrera en enero de 1818. Para ello, en el curso del debate finisecular en el partido, abandonó la concepción materialista de la historia y toda la teoría económica de Marx, lastrando una tras otra las pocas posiciones teóricas y políticas que todavía mantenían al PSD en la trinchera del proletariado. En el capítulo de “Reforma o Revolución donde compara la teoría del derrumbe con la espada que ha de ayudar a la clase obrera a desgarrar las tinieblas que le impiden la visión de su porvenir histórico, Rosa acusa a Bernstein de:
<<…mellar el arma espiritual con la cual, aun siguiendo sujeto materialmente a su yugo, el obrero (consciente) derrota a la burguesía, puesto que le convence del carácter efímero y temporal de la sociedad actual, de la ineluctabilidad del triunfo proletario, hecha ya la revolución en el reino del espíritu.>> (Rosa Luxemburgo: “Reforma o Revolución” Cap. IV: El Derrumbamiento)       
En síntesis, que la teoría del derrumbe es el fundamento teórico que da sentido histórico y dirección política no sólo a la estrategia para la toma del poder por parte del proletariado revolucionario, sino que sirve a modo de guía para la acción táctica que permite mantener el rumbo estratégico ante cada viraje contrarrevolucionario de la historia en que las luchas de la clase obrera languidecen, la moral de su vanguardia natural se viene abajo, y gran parte de quienes fungieran hasta entonces como vanguardia revolucionaria desertan pasándose al enemigo, tal como sucedió con Bernstein y Kautsky a principios del siglo pasado.
Sin necesidad objetiva comprendida, no puede haber posibilidad política real de nada. Tal es la dialéctica que nosotros hemos introducido atendiendo a la consulta del compañero, y que no parece haber sido digna de mención por quienes han intervenido en este debate.
Después de Marx, Hegel se convirtió en un arcaísmo de la lógica ontológica, en un “vestigio” del pasado —como ha gustado decir Susil Gupta a propósito de algunos teóricos premarxistas del derecho. Pero Hegel sigue vivo en el Materialismo Histórico, superado y a la vez conservado.
¿Dónde está la necesidad del socialismo, de luchar por esa causa formal revolucionaria? ¿Por qué o en virtud de qué es efectivamente revolucionaria esta causa? Tales son las preguntas que exigen respuesta antes de comprometerse en cualquier lucha política contra la realidad actual del capitalismo.  
En el trabajo para responder a la consulta —que originó este debate— nosotros hemos intentado ensayar una respuesta centrándonos brevemente en la dialéctica entre necesidad y posibilidad, e insistimos en que no parece haber merecido atención alguna por parte de los interlocutores que nos sucedieron en el orden de intervención y es la siguiente que ahora volvemos a traer aquí:
<<Marx y Engels han entendido siempre, es decir, omnicontextualmente por “movimiento real”, a la unidad dialéctica entre estructura económica y superestructura política, o sea, a la relación contradictoria entre el movimiento económico del capital y el movimiento político del proletariado. Respecto del primer movimiento, el de la necesidad económica —que se manifiesta en la tendencia histórica decreciente de la tasa de ganancia— si usted ha comprendido en todo su alcance la teoría del plusvalor relativo no es necesario que nos extendamos aquí en referirnos a la tendencia objetiva al derrumbe económico del capitalismo; en todo caso, acerca del particular puede consultar en nuestra página el trabajo titulado: Fuerzas productivas y tasa de ganancia. Respecto del segundo movimiento, el de la posibilidad política de realizar la necesidad económica del comunismo, le remitimos a otros dos trabajos nuestros —también publicados en el mismo sitio— titulados: Hegel, Marx y la dialéctica  (especialmente el capítulo 2) y La moral y los comunistas. En ellos encontrará citas con su correspondiente referencia bibliográfica y explicación debidamente contextualizada de su significado, pudiendo usted contar así con buena parte del herramental solicitado, que tal es el cometido de nuestra existencia como Grupo de Propaganda Marxista>>
Como puede verse, en este contexto de nuestro discurso el concepto de necesidad económica del socialismo aparece lógica e históricamente determinada por la categoría de plusvalor relativo, que tiene su principio activo en el desarrollo de las fuerzas sociales productivas en el cepo del capitalismo, verdadero fundamento de la teoría del derrumbe. Para nosotros, ésta no es una determinación abstracta, sino tan real como que la jornada de labor colectiva no se puede extender a voluntad de los capitalistas, tal como llegaron a sostener Joan Robinson y demás teóricos “neomarxistas” apologetas de la burguesía, como es el caso de Paúl Baran y Paúl Sweezy, quienes sostuvieron que el incremento natural en la producción de plusvalor, sobrepuja la tendencia a su igualmente natural descenso que supone el aumento en la composición orgánica del capital. Ver:  http://www.nodo50.org/gpm/miscelanea/todoanexo.htm
Al contrario de estos embelecos neomarxistas, pues, según avanza el proceso de acumulación basado en el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, el plusvalor relativo aumenta cada vez menos a medida que la parte de la jornada de labor en que los asalariados trabajan para si mismos, se reduce por el aumento incesante de la composición orgánica del capital. Y esta dinámica comprendida en la lógica objetiva del capitalismo, determina que las dificultades para valorizar magnitudes de capital adicional cada vez más reducidas respecto del capital global comprometido cada vez mayor, se tornan progresivamente más formidables y difíciles de superar.
Las crisis y las guerras reducen la masa de capital relativamente excedentario, que así se desvaloriza o destruye, incluido el capital variable que encarnan los asalariados, cuya desgracia en el pozo de la marginación funge como carnaza de las crisis y carne de cañón en las guerras, lo cual supone un dramático retroceso en el desarrollo de las fuerzas sociales productivas que facilita la subsecuente recuperación a instancias de la barbarie, poniendo de manifiesto los límites objetivos del capital respecto de si mismo y de la sociedad  en que medra.
El capital puede superar sucesivas emergencias como éstas en su actual etapa tardía, pero no puede evitar que se sigan produciendo sin la posibilidad cierta de consecuencias políticas ulteriores severas para él, como sucedió tras la Primera Guerra Mundial con la revolución rusa y tras la Segunda Guerra Mundial con la revolución China. 
No obstante, según el pensamiento de Marx, el síntoma más expresivo y dramático de la agonía del capitalismo, no vendría dado por el tiempo cada vez más breve en que se suceden las crisis de sobreacumulación, sino al contrario, por la ausencia de ellas durante largos períodos de crecimiento aletargado. Esta fue su predicción más significativa para caracterizar al capitalismo tardío. Así lo decía en carta a Lavrov el 18 de junio de 1875:
<<…La crisis comercial avanza. Todo depende ahora de las noticias que se reciban de los mercados asiáticos, en particular de los mercados de la India Occidental que se han atascado cada vez más en el curso de una serie de años. La bancarrota definitiva podría ser retardada en ciertas condiciones cuya presencia, por otra parte, no es probable.
La disminución del número de crisis periódicas es realmente asombrosa. Siempre he considerado dicho número no como una magnitud invariable, sino como una magnitud decreciente; pero es particularmente agradable que la misma presente señales tan evidentes de su movimiento descendente; es un mal presagio para la longevidad del mundo capitalista.>> (Op. cit.)
En cualquier caso, es el proceso de acumulación determinado por la tendencia al derrumbe, lo que determina la necesidad objetiva de luchar por el socialismo y hace que esa necesidad vaya cada vez más rápidamente al encuentro de su posibilidad, de la posibilidad subjetiva de que la necesidad de esa lucha conquiste la conciencia del proletariado. Todo ello, a instancias de lo insoportable que a una misma generación de explotados le resulta seguir padeciendo lo que recuerda haber sufrido ya antes. Pero sin la presencia propagandista activa de una vanguardia revolucionaria que alumbre las causas de ese sufrimiento y señale en dirección de su necesaria superación, esa ciega necesidad objetiva del socialismo se queda sin posibilidad política de realización.  
Y es en los duros momentos previos de retroceso ideológico y político de los explotados, cuando se proyecta al futuro en toda su eficacia el trabajo ideológico de la vanguardia revolucionaria, consciente de que su tarea de explicar paciente y tenazmente la necesidad del socialismo en esos precisos momentos, da continuidad a la revolución dentro de la discontinuidad de la lucha política de clases, sin lo cual resulta mucho más difícil por no decir improbable, que durante un nuevo alza en las luchas del proletariado espontáneo el proletariado revolucionario pueda hacer políticamente posible, lo que la historia exige a las amplias masas hacer económica y socialmente necesario.
Sólo cuando la lucha sostenida de los explotados por sus reivindicaciones inmediatas crea fisuras en el edificio ideológico y político del capital, el discurso del Materialismo Histórico aplicado a la lucha elemental del proletariado puede permear en su vanguardia natural. Estos son los momentos excepcionales de la historia, en que el reclamo por el valor de uso de la economía política como guía para la acción efectivamente revolucionaria logra expresarse como valor de cambio y obras fundamentales como “El Capital”, vuelven a ocupar un lugar destacado en los anaqueles de las librerías tras haber desaparecido de ellos durante los largos momentos de reflujo de esas luchas:
<<En la medida en que es burguesa, esto es, en la medida en que se considera el orden capitalista no como fase de desarrollo históricamente transitoria, sino a la inversa, como figura absoluta y definitiva (eterna) de la producción social, la economía política (burguesa) sólo puede seguir siendo una ciencia mientras la lucha de clases se mantenga latente o se manifieste tan solo episódicamente.>> (K. Marx: “El Capital” Prólogo a la segunda edición)       
Por esto mismo es que la teoría revolucionaria aplicada al movimiento real de la sociedad capitalista, constituye la condición necesaria para que ese mismo movimiento “anule y supere el estado de cosas actual”. Y la teoría del derrumbe es el factor de convicción revolucionaria históricamente más importante y decisivo, que se convierte en condición suficiente de la revolución cuando se apodera de los cuadros políticos intermedios del movimiento proletario.
Ciertamente Marx jamás dijo en ningún sitio de modo implícito ni expreso, que el capitalismo caería como una pera madura por determinación exclusiva de esta tendencia objetiva, sino que la posibilidad de realizar la necesidad del socialismo no es cosa de lógica económica sino de lucha política del proletariado, aunque tal posibilidad está objetivamente determinada por la tendencia al derrumbe.
Del mismo modo que no es la competencia el factor que determina los precios en el mercado, sino la ley del valor a través de la competencia; tampoco es cierto que la lucha de clases determine el nivel de los salarios, sino que, al contrario, es la ley del valor la que a través de la lucha de clases determina el nivel que fija el equilibrio de fuerzas entre quienes ofrecen y quienes demandan la mercancía fuerza de trabajo en el mercado laboral.
Por lo tanto,  es igualmente falso afirmar que la lucha de clases en sí y por sí determine el derrumbe del capitalismo, sino que esta determinación viene necesariamente dada por la tendencia objetiva al derrumbe. Solo bajo esta condición necesaria puede la lucha de clases erigirse en condición suficiente del socialismo, cuya posibilidad de realización depende de que la clase obrera internalice —o haga subjetivamente conciente— el concepto de necesidad objetiva del socialismo previamente determinada.   
En tal sentido, fue Lenin —siguiendo a Marx— el primero en dejar constancia de que: “económicamente no hay una situación sin salida para el capitalismo”, De esto tampoco se apartó Henrik Grossmann y es bueno que nos lo haya recordado Susil Gupta; pero tampoco Rosa Luxemburgo y es igualmente necesario hacer justicia con ella incluso en esto, para desmentir a quienes le atribuyeron y aun hoy le endilgan la tesis del derrumbe económico automático:
<<Aquí, como en el resto de la historia, la teoría (del derrumbe) presta un servicio completo mostrándonos el término lógico al que se encamina objetivamente (el capitalismo). Este estado final no podrá ser alcanzado, del mismo modo que ninguno de los períodos anteriores de la evolución histórica (lo objetivamente necesario) pudo realizarse (llegando por sí mismo) hasta sus últimas consecuencias (por el solo efecto mecánico de las contradicciones en su base material). Y menos necesidad tiene de realizarse a medida que la conciencia social, encarnada, esta vez, en el proletariado socialista, intervenga como factor activo en el juego ciego de las fuerzas (económicas). Las sugestiones más fecundas y el mejor acicate para esta conciencia, nos son dadas por la exacta concepción de la teoría marxista.>> (R. Luxemburgo: “La acumulación del capital” Apéndice: Una anticrítica. Lo entre paréntesis es nuestro)
Pero Lenin, también dijo que “Sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario”. Por tanto, la teoría es virtual o potencialmente revolucionaria aun antes de que la política del proletariado autoconsciente la confirme en la práctica, señor Susil Gupta. En este sentido tenía razón Althusser cuando por ahí dijo algo así:
<<No es que la ciencia del Materialismo Histórico tenga hipotecada su verdad a los resultados de la lucha política proletaria, sino que es el proletariado quien está pendiente de levantar su hipoteca con la ciencia del Materialismo Histórico>>
Porque sin teoría económica científica —o desde una teoría económica no científica— la revolución socialista se estanca en la posibilidad política abstracta, si no en una mera contingencia.  Y esto es tan cierto como que en cualquiera de los ordenes de la vida, toda teoría científica está hecha para resolver problemas prácticos de diversa índole, de modo que con teorías no científicas es imposible resolver problemas prácticos ni transformar esencialmente nada concebible o imaginable, cualquiera sea el número de veces que se lo intente o se sueñe con ello.
Y ¿qué es una teoría científica? Es lo concreto pensado o reproducción del ser de un objeto en el pensamiento y a través del pensamiento, según su esencia, o razón de ser necesaria. Por tanto al pensamiento que se apodera de lo concreto, es decir, de un objeto cualquiera según su esencia o razón de ser necesaria, a eso se le llama fundamento o necesidad objetiva de lo que el objeto es esencialmente. O sea, que el fundamento de una cosa, desde el punto de vista subjetivo-teórico, es el descubrimiento de la necesidad esencial de su ser, esto es, de su lógica objetiva interna o constitutiva que le hace ser lo que es y como es, no precisamente según los sentidos.
Y el descubrimiento de la lógica objetiva —en este caso, la del ser capitalista— comprendida en la tendencia al derrumbe del sistema, revela la esencia necesaria de su devenir en otro ser y en otra lógica social o modo de producción: el socialismo. Y esto, mucho antes de que ese devenir del capitalismo decadente, despliegue hasta su máximo extremo toda la barbarie humana teóricamente prevista contenida en su ser histórico-natural. De ahí la importancia decisiva trascendente de la teoría científica como condición sine qua non de la práctica política, conclusión de la cual Marx quiso dejar constancia en su prólogo a la primera edición de “El Capital” con estas certeras palabras:
<<Aunque una sociedad haya descubierto la ley natural que preside su propio movimiento —y el objetivo último de esta obra es, en definitiva, sacar a la luz la ley económica que rige el movimiento de la sociedad modernano puede saltarse fases naturales de desarrollo ni abolirlas por decreto, pero puede abreviar y mitigar los dolores del parto.>> (Op. cit.)  
 Entonces, ¿dónde está el fundamento o necesidad esencial de lo comprendido en y por la teoría revolucionaria de Marx, sino en la tendencia objetiva al derrumbe del sistema? Ver: http://www.nodo50.org/gpm/miscelanea/todoanexo.htm. Esta pregunta sigue en el aire a 150 años vista de que fuera enunciada. Mientras tanto, el capitalismo sigue prolongando los dolores del necesario parto socialista.[1]
f) ¿Es cierto que el Materialismo Histórico se basa en la historia?
Por último, abandonando el tema anterior, acordamos también con el señor Gupta en que Marx convirtió la historia en ciencia, o mejor dicho, que por primera vez el Materialismo Histórico hizo posible la comprensión científica de la historia. Pero se equivoca al pensar que, para ese cometido “el  marxismo se base en la historia”, lo cual supone proponer que la historia se explica por sí misma, es decir, por su propio devenir, lo cual deja sin sentido cualquier teoría de la historia.
Para Marx, la posibilidad de hacer inteligible y poder explicar la historia está fuera de ella o, por mejor decir, no está en el acontecer de la sociedad humana sino en el análisis científico de su base material más actual, cuyo objeto de estudio esta comprendido en la economía política. Y la realidad económico-social más actual de la historia humana es el capitalismo, el modo de producción hasta hoy más complejo y desarrollado. Tal es la esencia del método científico revolucionario de Marx:
<<La sociedad burguesa es la organización histórica de la producción más desarrollada y más diferenciada. Las categorías que expresan sus condiciones y la comprensión de sus estructuras permiten al mismo tiempo comprender la estructura y las relaciones de producción de todos los tipos de sociedad desaparecidos, sobre cuyas ruinas y elementos se halla edificada y cuyos vestigios, aún no superados, continúa arrastrando, mientras que aquello que estaba apenas insinuado se ha desarrollado plenamente, etc. La anatomía del ser humano es una clave para la anatomía del mono. Aquello que en las especies animales inferiores insinúa una forma superior no puede, por el contrario ser comprendido sino cuando se conoce la forma superior. La economía burguesa suministra así la clave de la economía antigua, etc.>> (K. Marx: “Introducción a la crítica de la economía política” Aptdo. 3)  
La categoría dinero, por ejemplo, estaba ya contenida en el trueque ocasional entre las distintas comunidades primitivas basadas en la economía del tiempo de trabajo cooperativo al interior de cada una de ellas. Pero esa categoría sólo pudo aparecer o expresarse por primera vez como categoría dominante de la vida social, recién con la generalización del intercambio en la sociedad clasista determinada por la relación social entre amos y esclavos, del mismo modo que el capital ya estaba contenido en la categoría dinero y salió a la luz para desplegarse como categoría dominante de la sociedad burguesa, cuando el dinero pudo disolver las relaciones de dependencia directa de unos seres humanos sobre otros, hasta convertir el trabajo social en mercancía, dando pábulo a la categoría de capital y a la ley general de la acumulación que Marx desarrolló en el capítulo XXIII del primer libro. 
Ninguna categoría simple puede ser explicada hasta no quedar comprendida en otra más compleja que permita ser explicada y explicar así lo que comprende y subordina en su totalidad compleja. Por esto es que el genio de Aristóteles se acercó más que nadie pudo hacerlo hasta los clásicos de la economía política, sin poder descubrir ni explicar la sustancia del valor contenida en las mercancías. (Ver: K. Marx: El Capital” Libro I Cap. I Aptdo. 3 b).
Y es que en la sociedad esclavista —y feudal— aun cuando el dinero representó y puso en un orden de subordinación social a las mercancías —y esto es lo que han hecho y hacen todos los representantes en la sociedad de clases—, no permitió explicar la naturaleza social del valor ni la relación de igualdad que permite el intercambio mercantil, porque las relaciones de dependencia personal directa de esclavos y siervos respecto de sus respectivas clases dominantes durante estos dos grandes períodos históricos, así como el desprecio que amos y señores demostraron por el trabajo concreto, introyectaron en éstas sociedades el prejuicio de la desigualdad de los seres humanos.
Por tanto, de allí no podía surgir un pensamiento que descubriera la igualdad de los trabajos contenidos en las mercancías objeto de intercambio, en tanto que trabajo indistinto o simple desgaste de energía laboral por unidad de tiempo empleado en producirlas, es decir, trabajo abstracto.
Al emancipar al trabajo social de las relaciones de dependencia directa convirtiéndolo en mercancía, el capitalismo posibilitó por primera vez hacer inteligible la economía del tiempo de trabajo igual, contenido en cada relación de intercambio, a la vez que por mediación de las nuevas categorías de salario y plusvalor, la categoría de capital puso en un orden de subordinación social a las categorías mercancía y dinero en tanto que las comprende como categoría social más compleja y desarrollada.
De este razonamiento se desprende que, en tanto se comprende y explica la economía política más compleja y actual estructurada por el capital, como categoría económica dominante, se pueden comprender las categorías económicas del pasado, pero no al revés:
<<En consecuencia, sería falso e inoportuno alinear las categorías económicas en el orden en que fueron históricamente determinantes. Su orden de sucesión es, por el contrario, determinado por las relaciones que existen entre ellas en la sociedad burguesa moderna, y resulta precisamente el inverso del que parece ser su orden natural o del que correspondería a su orden de sucesión en el curso de la evolución histórica. No se trata de la posición que las relaciones (entre las distintas categorías) económicas ocupen históricamente en la sucesión de los diferentes tipos de sociedades. Aún menos de su orden de sucesión “en la idea” (Proudhon), concepción nebulosa, si la hay, del movimiento histórico. Se trata de su jerarquía y de su conexión orgánica (con las demás categorías subalternas) al interior de la sociedad burguesa moderna.>> (Op. cit. Lo entre paréntesis nuestro)  
Es en este contexto del método materialista histórico, donde se pone de manifiesto el error de superfluidad polémica por parte del señor Susil Gupta, al observarnos que algunas teorizaciones del derecho son “vestigios de épocas precapitalistas”.
Claro que el derecho burgués comprende al derecho romano. Pero su lugar e importancia dentro del derecho moderno, viene dada tanto por lo que el capital ha comprendido y adoptado de aquél orden jurídico clasista pretérito, como por lo que ha rechazado de él, de esa tradición superada y al mismo tiempo conservada, excluyendo, por ejemplo, el “ius utendi et ius abutendi”, es decir, el derecho al uso y abuso de los objetos de propiedad privada —entre ellos los esclavos—, que así se ha extinguido para siempre en virtud del progreso alcanzado por las fuerzas sociales productivas de la humanidad.
Bajo el capitalismo, para seguir acumulando plusvalor la burguesía en cada momento sólo dispone de una parte del tiempo en que sus empleados despliegan la energía laboral que gastan en producir lo necesario para reproducir la que insumen durante la jornada entera. Si además de disponer históricamente de esta energía los burgueses pudieran arbitrar no sólo sobre el gasto de energía de la jornada laboral diaria sino incluso de su tiempo libre, entonces la sociedad capitalista se degradaría a la condición de sociedad esclavista.
Por lo tanto, no es que el materialismo Histórico se base en la historia sino justamente al contrario: es el Materialismo histórico el que permite explicar la historia, en tanto que constituye su fundamento.
9) Respuesta del G.P.M. a Rolando Astarita
Entonces, si con Marx se habla de la necesidad del socialismo, si se acepta que el Materialismo Histórico es la ciencia que desvela esa necesidad y que, por tanto, sin ciencia social aplicada a la lucha de clases no hay posibilidad de socialismo, entonces no se puede acordar con Rolando Astarita, en eso de que “Marx nunca planteó que exista una teoría del derrumbe”.
Aunque no la denominó así como se la llegó a conocer —como teoría del derrumbe— Marx no sólo planteó expresamente esta teoría, sino que existe y funge como la consecuencia mecánica del principio activo desplegado por el capital, consistente en desarrollar la fuerza productiva que le permita apoderarse de la mayor cantidad posible de trabajo necesario, para convertirla en excedente a fin acumular una creciente proporción relativamente mayor en capital constante, en detrimento del capital variable o trabajo vivo, único factor éste productor de plusvalor. La negación de la negación del capitalismo no podría ser una posibilidad real del proletariado, si no existiera como necesidad económica al interior mismo del capital, como una tendencia propia de su proceso de acumulación.
De no ser así sería cuestión de concluir:
a) que Marx escribió el pasaje de sus “Grundrisse” donde expuso esta teoría, por puro divertimento intelectual;
b) que no es un “concreto pensado” y que
c) poco o nada tiene que ver con el devenir histórico real del capitalismo.
   Pero, en ese caso, una de dos, o se niega también la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia y, con ella, la necesidad histórica objetiva del socialismo, o se demuestra que en el fundamento de esta ley no palpita la teoría de la tendencia al derrumbe tal como Marx la dejó expuesta.  
Nosotros afirmamos que la tendencia al derrumbe es un concreto pensado que permite explicar la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia y se verifica en ella como fundamento de la lucha por el socialismo. Y, en efecto, siguiendo el razonamiento desarrollado en el pasaje ya citado de sus “Grundrisse” o “Líneas fundamentales”, Marx llega a la conclusión de que, dada la extensión de la jornada laboral colectiva, cuanto mayor sea el plusvalor relativo ya capitalizado antes de un nuevo aumento de la fuerza productiva, o cuanto menor sea ya la fracción restante de la jornada laboral colectiva que corresponde a la producción de los medios de vida de los asalariados o trabajo necesario, tanto menor será el aumento del plusvalor que el capital obtenga de un nuevo aumento de la fuerza productiva, o tanto mayor deberá ser el desarrollo de la fuerza productiva para transformar una cada vez menor proporción restante de trabajo necesario en excedente para los fines de la acumulación. El plusvalor aumenta, pero en proporción progresivamente decreciente respecto de la mayor eficacia productiva creciente del trabajo (determinada por una también creciente composición orgánica del capital):
<<Es decir, que cuanto más desarrollado está ya el capital, cuanto más plustrabajo ha creado ya (y más plusvalor ha capitalizado), tanto más formidablemente tiene que desarrollar la fuerza productiva, para valorizarse en una pequeña porción, es decir, para aumentar la plusvalía, ya que su límite continúa siendo siempre la relación entre el día de trabajo que expresa el trabajo necesario y el día de trabajo completo. Únicamente dentro de este límite (o posibilidad real de capitalizar plusvalor relativo) puede moverse el capital.>> (K. Marx: “Grundrisse” Op. cit.)     
De aquí se desprende, lógicamente, que: según progresa la fuerza social productiva del trabajo, cuanto menor sea ya la fracción de la jornada de labor —en el numerador de la relación— que corresponde al tiempo en que los asalariados producen sus medios de vida y, por tanto, mayor la parte de esa jornada que los capitalistas ya se han apropiado y acumulado bajo la forma de plusvalor —en el denominador de la relación—, tanto menos puede la burguesía seguir reduciendo sensiblemente el trabajo necesario restante para convertirlo en plusvalor aumentando la fuerza productiva, dado que el denominador ha crecido más que el numerador, por lo que la posibilidad real de que el capital se autovalorice convirtiendo trabajo necesario en excedente, se torna cada vez más difícil según sucesivas porciones de trabajo necesario se convierten en plusvalor o capital adicional valorizado. Y llevada hasta sus últimas consecuencias, la  lógica de esta “abstracción matemática determinada” por la naturaleza del capital, llega a un punto en que:
<<El aumento de las fuerzas productivas se convertiría en algo indiferente para el capital; la valorización misma sería indiferente, ya que sus proporciones (de plusvalor relativo para los fines de la acumulación) han devenido mínimas; de esta forma él habría dejado de ser capital. Si el trabajo necesario (respecto del plusvalor) fuera 1/1.000 y la fuerza productiva se multiplicara por tres, el trabajo necesario descendería 1/3.000 y el plusvalor aumentaría solo 2/3.000. Esto no ocurre porque haya aumentado el salario o la participación del trabajo en el producto, sino porque el salario ha disminuido ya enormemente, considerado en relación con el producto del trabajo o con el día de trabajo vivo.>> (Ibíd)
Y si al capital le resulta indiferente producir plusvalor, es porque ha decidido hacer mutis por el foro para no volver a escena en el teatro de la historia jamás. A continuación de este pasaje Marx aclara que todo lo dicho a este nivel de abstracción sólo tiene valor en cuanto a los efectos del desarrollo de la fuerza productiva del trabajo sobre la relación entre el salario y el plusvalor; y aun cuando en su método de aproximaciones sucesivas a la realidad anticipa la introducción de “nuevas relaciones” que “la modificarán notablemente”, sin embargo sostiene que:
<<…La totalidad (de esta exposición, incluidas las modificaciones) en la medida en que se mantiene a nivel de esta generalidad (determinante), pertenece, en principio a la teoría del beneficio>> (Ibíd. Lo entre paréntesis nuestro)
Henrik Grossmann escribió y dio a conocer su obra sobre la “Ley del derrumbe” en 1929, cuando los “Grundrisse” no habían sido todavía publicados (la primera edición alemana data de 1939). Por eso es que en su capítulo I dice que “la tendencia al derrumbe no fue demostrada por Marx expresis verbis”, lo cual realza el valor político y el mérito de su pensamiento. Porque a la luz de esas “Líneas fundamentales” de Marx,  no resulta difícil comprender el vínculo racional entre la tendencia al derrumbe y la “Ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia”, de la cual el mismo Marx ha dicho en los mismos Grundrisse” que:
  <<Esta ley es, en todo respecto la ley más importante de la moderna economía políti­ca (...) que pese a su simplicidad, hasta ahora nunca ha sido comprendida y, menos aún, explicada (...) Es, desde el punto de vista histórico la ley más importante….>> (K.Marx: "Elementos Fundamentales para la Crítica de la Economía Política" (Grundrisse) l857/l858 Ed.Siglo XXI México /l977 Pp. 634. Subrayado nuestro).  
¿Y qué es lo que explica esta ley o dónde está su fundamento, si no en la tendencia objetiva al derrumbe del capitalismo tal como la acabamos de resumir en palabras del propio Marx? En suma, que la teoría del derrumbe tal como Marx la describió en los “Grundrisse” no se verifica sino a través de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, de la cual es, sin duda, su fundamento.
Si para Marx el motor de la historia es la lucha de clases, y al ponderar esta Ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia —como la más importante de la economía política moderna— lo hace expresamente "desde el punto de vista histórico", está claro que el principio mecánico activo de ese motor, está en la tenden­cia al derrumbe económico del sistema, del mismo modo que el principio activo del motor a explosión está en la segunda ley física de la termodinámica. Más adelante, en el mismo pasaje, anticipa las consecuencias histórico-políticas de esta ley:
<<A partir de cierto momento, el desenvolvimiento de las fuerzas productivas se vuelve un obstáculo para el capital; por tanto, la relación del capital se torna en una barrera para el desarrollo de las fuerzas productivas del traba­jo. El capital, es decir, el trabajo asalariado, llegado a este punto entra en la misma relación con el desarrollo de la  riqueza social y de las fuerzas productivas que el sistema corporativo la servidumbre de la gleba y la esclavitud, y, en su calidad de traba, se la elimina necesariamente ...Las condiciones materiales y espirituales para la negación del trabajo  asalariado  y del capital, las cuales son ya la negación de formas  precedentes de la producción social que no es libre, son a su vez resultados del proceso de producción característico del capital. En agudas contradicciones, crisis, convulsiones, se expresa la cre­ciente  inadecuación del desarrollo productivo de la sociedad a sus relaciones de producción hasta hoy vigentes. La violenta aniquilación del capital, no por circunstancias ajenas al mismo, sino como condición de su autoconservación, es la forma más con­tundente en que se le da el consejo de que se vaya y deje lugar a un estadio  superior  de  producción  social...>> (K.Marx:: Op. Cit. Pp. 635/36. El subrayado nuestro).
Y en "El Capital," vuelve sobre este pronóstico de  derrumbe que entiende como el resultado lógico de las leyes de la acumulación: 
<<La centralización  de los medios de producción y la socialización del trabajo alcanzan un punto en que son incompatibles con su corteza capitalista. Se la hace saltar. Suena la hora postrera de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados (...) la negación de la producción capitalista se produce por si misma, con la necesidad de un  proceso  natural>> (K. Marx: Op. Cit. Libro I Cap. XXIV Punto 7).
Es decir, que la negación económica del capitalismo se produce por determinación de sus leyes económicas inmanentes antes de que las masas explotadas encargadas de hacer posible la negación política de esa negación económica, sean conscientes de su tarea histórica. Pero como señala muy acertadamente Rosa Luxemburgo, el arte de hacer posible lo necesario pasa por quienes encarnen la teoría crítica, o sea la vanguardia revolucionaria, antes de la acción decisiva de las masas que den al traste con el sistema. Antes quiere decir cuando las masas están en otra cosa sin ver más allá de los propios límites del capitalismo a los que la burguesía les tiene familiarizadas. Y la práctica de ese arte político depende de la “exacta concepción” que esos autoproclamados agentes de la revolución, demuestren en su propaganda, así como de su firme, inteligente y tenaz determinación de trasmitirla, sobreponiéndose a todas las presiones sociales y hasta personales de quienes les someten al sutil chantaje en nombre de la amistad amenazándoles con el aislamiento. Por eso es que en el epígrafe de nuestra página nosotros anunciamos que “solo estamos dispuestos a trabajar con quienes sientan más horror al vació teórico en sus conciencias que al vació social en torno suyo”.
10) Respuesta del G.P.M. a la segunda intervención de Susil Gupta
a) ¿Es cierto que el proletariado de los países imperialistas ha degenerado de modo irreversible?
Esto es todo lo que nos pareció necesario decir acerca de la primera intervención de Susil Gupta  en este debate. Pero seguidamente el señor Gupta escribió un segundo documento que tituló: “Hacia un nuevo Manifiesto”, donde viene a decir que, desde 1914, el proletariado en la mayoría de los países europeos ha ido deviniendo en una clase “reaccionaria y degenerada, (…) enemiga de la democracia, el socialismo y el
Marxismo y de la clase obrera internacional”. Por esa “razón” el señor Susil Gupta está  “totalmente contra la idea de una nueva internacional” y nos plantea limitar el internacionalismo revolucionario al proletariado de los países dependientes.
 Esto de revisar el Materialismo Histórico en nombre del marxismo no es nuevo y está suficientemente documentado. Ocurre durante los bruscos virajes de la historia, cuando la fuerza de gravedad de los acontecimientos desplaza más o menos violentamente la relación entre las dos clases universales desde la izquierda hacia la derecha, sorprendiendo a quienes oficiaban de vanguardia revolucionaria autoproclamada sin tener suficientemente arraigados en su conciencia los principios políticos basados en la moderna ciencia social.
Y cuando la clase obrera defecciona políticamente por causa del paro tras una derrota estratégica en su lucha por conservar sus conquistas sociales anteriores, o después de los sufrimientos de una guerra perdida, una mayoría de estos elementos de la vanguardia revolucionaria cambian atropelladamente de chaqueta política o se van a su casa, mientras que de entre la minoría restante una mayoría se pasa con armas y bagajes a la burguesía —como sucediera a principios de siglo con Bernstein e inmediatamente con Kautsky— al mismo tiempo que un reducto abandona la ortodoxia del Materialismo Histórico por la izquierda y decide huir hacia delante adoptando las típicas posiciones que en “Historia y Conciencia de Clase”, George Lukács calificó de “voluntarismo utópico”.
Consideramos que lo de Susil Gupta con su propuesta de “un nuevo manifiesto”, entra en este último tipo de exabruptos o disparates políticos, una salida por la ultraizquierda contingente, cuyos resultados políticos, a la postre, no difieren de los que la burguesía consigue con la parálisis contestataria de las masas que ha conseguido desmoralizar, y contra las que los voluntaristas arremeten arrojándolas de sus previsiones políticas, tan ciega e irracionalmente como ellos mismos han sido arrojados fuera de la lucha de clases elemental no sabiendo encontrar su sitio en las formas y medios que las nuevas condiciones de la lucha de clases efectiva y real —aunque no se note en la calle ni en los lugares de trabajo— exigen adoptar.   
Ya en 1843 se han podido recoger testimonios de parecidos disparos al aire, a través de la correspondencia de aquella época entre Marx y Arnold Ruge, este último desmoralizado por la cobarde pasividad de las clases subalternas alemanas ante la irracionalidad intolerable a que había llegado el régimen absolutista de Federico Guillermo IV. Ver: http://www.nodo50.org/gpm/cis/12.htm
Más adelante en la historia, según reporta Pierre Broué en su obra: “El partido bolchevique”, inmediatamente después de la derrota de 1905, el movimiento sindical ruso se debilitó. En 1905 hubo más de 2.750.000 huelguistas. En 1906 un millón menos. En 1907 sólo 750.000. En 1908  174.000. En 1909 solo 64.000. Y en 1910 no pasaron de 50.000. En todo este período, a medida que la moral de los obreros se viene abajo, muchos militantes políticos desertaban. En Moscú, durante 1907 los miembros del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR) que abandonaron su actividad, se cuentan por millares. Hacia el final de 1908 sólo quedan 500 y 150 al final de 1909; en 1910 la organización en esa ciudad dejó de existir. En el conjunto del país, los efectivos políticos del partido pasaron de casi 100.000 a menos de 10.000. (Cfr. Op. Cit.  Cap. II). Refiriéndose a este mismo periodo contrarrevolucionario, en su biografía de Lenin, David Shub dice que dentro de Rusia decaían la fe y el entusiasmo de los primeros revolucionarios profesionales y de los estudiantes:
 <<Intelectuales y obreros, decepcionados,  desertaban de las filas de la subversión para refugiarse en la ciencia, la religión o la filosofía; otros cambiaron el ascetismo revolucionario por un libertinaje desenfrenado; no pocos desembocaron en el suicidio. Los círculos revolucionarios, que pocos años antes habían alcanzado tan brillante notoriedad, degeneraron en "ligas de suicidas", "clubes de amor" y otras formas de evasión cívica.>> (D. Schub: "Lenin" I 1870-1917 Cap.6).
Sin embargo, esta misma generación de asalariados que defeccionó entre 1905 y 1912, fue la que en octubre de 1917 protagonizó el más grandioso, heroico, rico, trascendente y aleccionador período revolucionario en toda la historia del movimiento obrero.
Si el señor Susil Gupta piensa que los asalariados de la década de los ochenta todavía conservaban intacta su esencia revolucionaria, es de suponer que pensará lo mismo del proletariado europeo de los años sesenta, que protagonizó el movimiento iniciado durante los sucesos conocidos por “El mayo francés”. Sin embargo, en ese momento la vanguardia política de tal movimiento ya estaba inficionada por los teóricos contrarrevolucionarios neomarxistas de la escuela de Harvard, como Paúl Baran y Paúl Sweezy, y sus colegas de la escuela de Frankfurt. El resultado sincrético de ambas escuelas de pensamiento burguesas de izquierda, sintetizó políticamente en el filósofo alemán Erbert Marcuse, verdadero líder espiritual de toda esa movida, que acabó acondicionándose al sistema, convenientemente distribuida desde la década de los ochenta entre las instituciones de los diversos aparatos de Estado —tanto al interior de la UE como de los USA— con su cohorte de distintos movimientos de ecologistas, feministas, barriales, de DD.HH. y del voluntariado de las ONG’s creados todos ellos a iniciativa de aquellos líderes “had oc” con cargo a los presupuestos estatales, todos ellos inducidos por la teoría de la “larga marcha al interior de la instituciones burguesas legada por esas dos principales escuelas de pensamiento en la persona del tan célebre como glorificado filósofo “revolucionario” alemán —discípulo directo de Friedrich Pollock— llamado Herbert Marcuse, quien tras el fracaso de aquél experimento que el impulsó presidido por la consigna de su propio cuño: “la imaginación al poder” pasó a proponer una larga marcha por las instituciones burguesas: Ver:  http://www.nodo50.org/gpm/miscelanea/todoanexo.doc
Pero, es que, además, el grado de conciencia y compromiso político de clase del proletariado internacional, está todavía fuertemente condicionado por el desarrollo internacional desigual del capitalismo, del que se deriva un intercambio también desigual en el mercado mundial entre países de mayor y menor desarrollo relativo, donde los primeros —con tasas de ganancia relativamente inferiores—, cambian con los segundos menos trabajo por más, es decir, que no se intercambian equivalentes. Y este intercambio desigual del trabajo productor de plusvalor en favor de los países más desarrollados, viene determinado por la misma tendencia que provoca transferencias de plusvalor al interior de los distintos espacios nacionales, desde las ramas de la producción menos desarrolladas hacia las más desarrolladas, a fin de que la ganancia se reparta no según la magnitud relativa del trabajo explotado, sino según la magnitud de los respectivos capitales comprometidos en la producción objeto de intercambio. Del comercio en condiciones de desarrollo internacional desigual resulta inmediatamente que la tasa de ganancia de los países relativamente más desarrollados tiende a compensar en parte —y en ciertas circunstancias momentáneamente a neutralizar y hasta sobrepujar— su tendencia natural al descenso. Así lo dice Marx:
<<Los capitales (de los países relativamente más desarrollados) invertidos en el comercio exterior, pueden arrojar una tasa de ganancia superior porque, en primer lugar, en este caso se compite con mercancías producidas por otros países con menores facilidades de producción, de modo que el país más avanzado vende sus mercancías (a precios de producción) por encima de su valor, aunque más baratas que los países competidores. En la medida en que aquí el trabajo del país más adelantado se valoriza como trabajo de mayor peso específico, aumenta la tasa de ganancia al venderse como cualitativamente superior el trabajo (más productivo e intenso) que no ha sido pagado como tal.>> (“El Capital” Libro III Cap. XIV)
En el capítulo VIII del mismo Libro III, Marx pone el ejemplo de las condiciones de intercambio entre dos capitales de magnitud equivalente = 100, uno localizado en un país europeo desarrollado A) y otro. B), en un país asiático de menor desarrollo relativo. En el primero, dado su mayor grado de desarrollo —determinado por una más alta composición orgánica y técnica del capital— Marx ha supuesto que la tasa de plusvalor es allí del 100%, o sea, que los obreros de la empresa europea trabajan media jornada para sí mismos y la otra media para sus patronos, mientras que la tasa de plusvalor en la empresa del país asiático de menor desarrollo relativo, es del 25%, de modo que allí los obreros trabajan las 4/5 parte de la jornada laboral para sí mismo y el 1/5 restante para sus empleadores capitalistas. Sobre estas condiciones, el cálculo resultante es el siguiente:
Valor del producto según la estructura productiva del capital  A) en el país más desarrollado:
84Cc. +  16Cv. + 16pvl. = 116
Tasa de ganancia P1 = 16Pvl. / 84Cc. +  16Cv. = 16%
Valor del producto según la estructura productiva del capital  B) en el país menos desarrollado:
16Cc. + 84Cv.  + 21Pvl.  = 121
Tasa de ganancia P2 = 21Pvl.. / 16Cc. + 84Cv. = 21%
   Por lo tanto, a pesar de que la tasa de plusvalor del capital B) es cuatro veces menor que la obtenida por el capital A), su tasa de ganancia es más de un 25% mayor (31,5%) que la de éste.
   Pero así como en los distintos espacios nacionales de formación de valor existe la tendencia a la formación de una tasa media de ganancia, en el mercado internacional sucede otro tanto. Y esto es así, porque todo intercambio bajo el capitalismo no consiste en intercambiar un valor de uso por otro, sino en obtener el mayor volumen posible de plustrabajo con una masa de capital dada. Y esto no supone que el intercambio de equivalentes sea la norma sino al contrario, que los respectivos precios en dinero según los cuales se realiza el intercambio de una mercancía por otra, normalmente difieran del valor contenido en cada una de ellas.    
   Y lo que la tasa media de ganancia determina es, precisamente, esa diferencia. Y tal diferencia determina, a su vez, la masa de plusvalor —comprometida en cada intercambio— que cada parte se apropia según la masa de capital con que participa en el total del plusvalor producido. Y a este resultado se encarga de llegar la competencia, en este caso, en el mercado internacional.
   En el ejemplo de Marx, el plusvalor total puesto en juego por el intercambio internacional entre los capitales A) y B) es de 37 y la masa de capital comprometido en el intercambio es = 200. Y dado que A) y B) participan con la misma magnitud de capital, luego el valor del producto de estos dos capitales = 237, habrá que dividirlo por 2, lo cual arroja un resultado de 118,5 que es el precio de producción correspondiente a la tasa media de ganancia internacional = 18,5% fijada por la competencia, y al que deberán ajustarse ambos capitales, de modo que la nueva estructura de producción del capital A) pasará a ser:
84Cc. +  16Cv. + 18,5pvl. = 118,5.
Y la estructura de producción del capital B):
16Cc. + 84Cv.  + 18,5Pvl.  = 118,5.
De acuerdo con estas nuevas estructuras determinadas por la competencia en la esfera de la circulación internacional de mercancías y servicios, el precio de producción que resulta de la tasa de ganancia media aplicada a la estructura productiva del capital individual en el país particular más desarrollado A), resulta ser 2,5 puntos mayor que el valor de lo producido por ella, en tanto que este mismo precio de producción aplicado a la estructura productiva del capital individual en el país particular menos productivo B), resulta ser 2,5 puntos menor respecto el valor de su producción. Mediante el intercambio a la tasa de ganancia media, se produce, pues, una transferencia de plusvalor desde el país de menor desarrollo relativo, hacia el país relativamente más desarrollado.    
Esto es así, dado que la competencia intercapitalista se encarga de que el reparto del plusvalor en el mercado mundial —tanto como en los mercados nacionales— no se realice según la cantidad de asalariados ocupados por cada fracción del capital global en funciones, sino según la masa de capital con que cada empresa capitalista productora de plusvalor interviene en el común negocio de explotar trabajo ajeno.
Para simplificar el análisis, Marx supuso que los capitales A) y B) son de la misma magnitud. Pero en la realidad esto no es así, porque la magnitud de los capitales que operan con una más alta composición orgánica, resulta ser significativamente mayor que la magnitud de los capitales con una más baja composición orgánica y técnica. Por tanto la transferencia de plusvalor desde los países menos desarrollados hacia los de la cadena imperialista, será significativamente mayor que la del ejemplo presentado por Marx en el capítulo VIII del Tercer Libro.
Y esta transferencia, al mismo tiempo que contrarresta —aunque no neutraliza— la tendencia al derrumbe en los países más desarrollados, contribuye a mantener y hasta ensanchar la brecha entre el desarrollo y el subdesarrollo relativos en el Mundo, permitiendo que, en virtud de la mayor productividad del trabajo y de una parte de estas transferencias de plusvalor desde los países menos desarrollados, la burguesía imperialista pueda hasta cierto punto integrar consensualmente a sus asalariados, haciéndoles participar con el “chocolate del loro” de esta parte alícuota de plusvalor sustraído a la burguesía de los países capitalistas dependientes.
Ésta es una determinación objetiva del desarrollo desigual del capital internacional, como parte de las condiciones que los revolucionarios deben considerar a la hora de elaborar su táctica política en el país particular donde la lucha de clases les sorprenda. Pero esto, en absoluto tiene nada que ver con la naturaleza de clase de los asalariados en una u otra parte del mundo, que ha sido y sigue siendo esencialmente la misma a los fines de formular la estrategia de poder en el terreno internacional o general de la lucha de clases, que debe ser la misma en todas las partes del Mundo.       Tal es, a nuestro juicio, la base económica sobre la que debe erigirse el internacionalismo político proletario, que sigue siendo la misma desde los tiempos del “Manifiesto Comunista” de 1848 y que, por tanto, carece por completo de sentido ponerse a elaborar uno nuevo que enmiende al anterior en cuanto al fundamento por el cual Marx y Engels han definido al proletariado internacional como clase revolucionaria fundamental, independientemente de su distinto comportamiento sociológico y grado de conciencia política en cada país y momento de la historia.  
Esta es la demostración más cabal, por el absurdo, de que para descubrir la naturaleza de las clases en cada período de la historia, el Materialismo Histórico no se rige por la historia, es decir, por la correlación política de fuerzas sociales en cada determinado momento y lugar de la confrontación, según el comportamiento sociológico, valores ideológicos asumidos, estado de ánimo, etc., etc., de una determinada clase social. ¡No! Para eso, el Materialismo Histórico en tanto concepción del mundo y metodología para la práctica teórica y política revolucionarias, sólo se basa en la naturaleza económica de un período social dado o formación social históricamente determinada.
Y la clase de los asalariados en la formación social capitalista es lo que es no por lo que ella piense de sí misma y de su clase universal antagónica, ni de lo que esté dispuesta a hacer en determinado momento del proceso histórico, sino por el lugar que ocupa en la producción dentro de este sistema, con independencia del país particular en que le toque ser explotada.
Al proletariado como producto del capitalismo, encarnación social de la fuerza productiva y polo histórico dominante de su contradicción con el capital, no se le debe definir por lo que  piensa y hace en determinado momento de esa contradicción, sino por lo que está llamado a pensar y hacer empujado a ello por la ley general de la acumulación, es decir, por la tendencia al derrumbe del capitalismo. Lo que el proletariado piensa y hace en un determinado momento del proceso de acumulación, es un problema táctico que debe contribuir a resolver la vanguardia revolucionaria en sentido estratégico, es decir, según lo que el proletariado debe llegar a pensar y hacer, lo quiera o no en cada momento de ese proceso.
El comportamiento sociológico del proletariado según pautas predominantes, tanto como su pensamiento ideológico, estado de ánimo, etc., etc. pueden llegar a ser lo más proburgueses o reaccionarios que se pueda uno imaginar, según el mayor o menor grado de desarrollo económico desigual en del Mundo y según los bruscos virajes que la lucha de clases suele dar en la historia —y ya nos hemos referido más arriba a la fuerte incidencia contrarrevolucionaria que, sobre el actual curso de la lucha de clases ha tenido la debacle del llamado “socialismo real” en el Mundo.  Pero en tanto persiste la tendencia objetiva al derrumbe del capitalismo, tampoco cambia la naturaleza social de los asalariados, ni el carácter político estratégico de su comportamiento como clase revolucionaria fundamental. Como decía Marx en la carta a Ruge ya citada y luego cumplió estrictamente este programa máximo:
<<Nosotros no decimos al Mundo: “deja de luchar, toda tu lucha no vale nada; nosotros le damos la verdadera consigna de lucha. Sólo mostramos al Mundo por qué lucha realmente (o por qué debiera luchar): pero la conciencia es una cosa que el Mundo debe adquirir, quiéralo o no>>
Y en este punto de nuestra controversia es donde la teoría del derrumbe se revela en toda su gravitación revolucionaria decisiva.         
Por tanto, la contrarrevolución que Susil Gupta ha visto apoderarse de la conciencia política de los asalariados en los países capitalistas desarrollados, no supone una mutación social como clase revolucionaria fundamental, sino un simple cambio en la forma de manifestación ideológica y política de su materia social sometida a determinadas condiciones estructurales y superestructurales no permanentes o momentáneas.
Sin embargo, dada la corta existencia de cada generación social de individuos respecto de la historia colectiva que naturalmente les trasciende, y lo saben, siempre ocurre que, cuando la presión de los condicionamientos históricos coyunturales contrarrevolucionarios se prolonga, una parte socialmente significativa de honestos militantes de vanguardia en situación de resaca política, que quieren sinceramente hacer historia, la urgencia consejera de la impaciencia les induce a pensar que esos condicionamientos y, por tanto sus efectos ideológicos y políticos reaccionarios se han vuelto irreversibles en la conciencia de los explotados, cuando lo que en realidad ocurre, es que tales efectos ideológicos y políticos reaccionarios han hecho también mella en su propia conciencia.
Esto ha venido siendo así para quienes —como nosotros hasta hace bien poco— no habiendo entrado en la historia por nosotros mismos sino arrastrados a ella por influjo exclusivo de los movimientos de masas de magnitud, militamos de espaldas al conocimiento de la necesidad económica de la historia como requisito de la libertad política verdaderamente revolucionaria.
Es así como una generación de militantes tras otra que entregamos nuestras vidas al sueño de la revolución, no pudimos evitar la derrota del proletariado una y otra vez. Y durante los subsecuentes momentos de reflujo, si una y otra vez el conocimiento de las leyes económicas del capitalismo sigue divorciado de la acción política en la conciencia de estos mismos elementos de vanguardia, entonces es cuando este divorcio se ahonda y proyecta hacia al exterior de las conciencias dividiendo al movimiento político revolucionario mismo.
Así se verifica que mientras la mayoría defecciona dejándose deslizar por la pendiente del empirismo oportunista hacia las expresiones más rastreras del: “comamos y bebamos que mañana moriremos”, tan caro al epicureismo político, otros pocos emprenden una huida hacia delante por el atajo del idealismo voluntarista utópico hacia la extrema izquierda del sistema, el de la mística revolucionaria. Los primeros sometidos prácticamente por completo a la necesidad exterior del capitalismo triunfante en sus conciencias, los segundos corriendo tras una libertad interior o abstracta en tanto vacía de los contenidos que sólo puede brindar el conocimiento de la necesidad interna del capitalismo, única guía para la acción política capaz de contribuir subjetivamente a que “el movimiento real anule y supere el estado de cosas actual” en dirección al socialismo y el comunismo.
¿Y donde está el fundamento de la necesidad interna del capitalismo sino en la tendencia histórica objetiva al derrumbe del capitalismo como totalidad económico- social? Siguiendo este razonamiento cabe responder a un segundo interrogante: ¿por qué causa se puede explicar un pensamiento tal que divide al proletariado mundial entre ideológicamente degenerado y auténtico, si no es porque ese pensamiento ha sacado la conclusión de que los condicionamientos históricos determinados por el desarrollo desigual del capitalismo en los países imperialistas no son transitorios sino permanentes, tal como se desprende de la dicotomía o división ideológica y política que intenta formular y poner en practicada entre los asalariados del Mundo el señor Susil Gupta?
En “El 18 Brumario de Luis Bonaparte” Marx dice que los seres humanos hacemos nuestra propia historia pero no la hacemos “arbitrariamente, bajo circunstancias elegidas” por nosotros mismos, sino “bajo circunstancias directamente dadas y heredadas directamente del pasado”. Según este razonamiento —que compartimos plenamente—, para hacer la historia los seres humanos hemos debido cambiar las circunstancias o condicionamientos dados en cada etapa histórica de la humanidad.
Si ahora seguimos de la mano al señor Susil Gupta en su pensamiento y llegamos a la conclusión de que la clase obrera de los países imperialistas ha degenerado, porque los condicionamientos del desarrollo internacional desigual del capitalismo en esa parte del Mundo le han convertido en una clase “enemiga de la democracia, el socialismo y el Marxismo y de la clase obrera internacional”, esto quiere decir que los condicionamientos del capitalismo en los países desarrollados, solo podrán ser cambiados en sentido revolucionario por el proletariado “auténtico” de los países capitalistas dependientes, en lucha contra el bloque estratégico de poder burgués imperialista —supuestamente irrompible— constituido por la alianza estratégica entre la burguesía imperialista y sus asalariados. Tal parece ser el fundamento de la propuesta para la elaboración de un nuevo “Manifiesto Comunista” que nos ha formulado el señor Susil Gupta.
Pero el fundamento, esto es la causa material eficiente de que la ley general de la acumulación capitalista brinde a la burguesía imperialista la posibilidad real de comprar la voluntad política de sus explotados indefinidamente, en el contexto de la obra de Marx no se ve por ninguna parte. Y el caso es que, según progresa la fuerza productiva del trabajo determinada por el aumento histórico de la composición orgánica del capital, es inevitable que a partir de cierto momento del proceso de acumulación, deba formarse un ejército de asalariados supernumerarios. Y de esto se infiere no menos inevitablemente que debe reducirse de modo creciente su participación en el producto de su trabajo, es decir en el progreso material derivado del creciente desarrollo de la fuerza productiva de la sociedad. No sólo disminuye su salario relativo sino también su salario real.
Dada la creciente intensificación del trabajo que acompaña al desarrollo de la fuerza productiva incorporada al capital fijo de la sociedad, para reproducir la fuerza de trabajo en condiciones de plena eficiencia de utilización durante el proceso de trabajo, se hace necesaria una masa creciente de medios de vida. Pero el paro determina que el crecimiento de los salarios vaya cada vez más a la zaga de esta necesidad, de modo que bajo semejantes condiciones, el proceso de acumulación se traduce en una creciente pauperización relativa de los asalariados en esta parte del mundo. Los salarios nominales aumentan, pero menos de lo que supone el progreso material de la sociedad y el esfuerzo que se exige a los explotados para ello. Ni qué decir tiene que el grado más extremo de esta tendencia prevista por la teoría salarial de Marx, se ha venido verificando siempre en los países de la cadena imperialista. Y desde luego que esta tendencia no puede ser neutralizada por la transferencia de plusvalor desde los países en desarrollo.       
Por tanto, según el fundamento materialista histórico de la realidad actual del capitalismo, más temprano que tarde los asalariados de los países desarrollados han de demostrar, una vez más, que su naturaleza social, ideológica y política, no difiere de los asalariados de los países de menor desarrollo relativo, y que todos por igual constituyen la clase revolucionaria fundamental, cuya misión política está objetivamente determinada. Respecto de la actual situación económico-social de la clase obrera en España, consultar en la Página de Diego Guerrero “Depauperación en los países ricos; el caso español”  (En esa página pinchar en “artículos”)[2] Aquí Guerrero demuestra empíricamente el empobrecimiento o depauperación relativa del proletariado español. No estudia la evolución del salario real, sino su evolución respecto del plusvalor. Es decir, que no considera la evolución del nivel de vida de los asalariados, sino la relación entre ese nivel de vida y el capital adicional para el fondo de consumo y ampliación de la escala de la producción por parte de la patronal. Y allí demuestra que la participación de los asalariados en el producto de su trabajo se ha ido reduciendo desde la época del régimen franquista hasta la actual etapa de “consolidación de la democracia”. Tal es el secreto mejor guardado por la burguesía, que permite explicar el fenómeno de la tan sacralizada transición a la monarquía parlamentaria operada en la superestructura del sistema.  
Durante su intervención en este debate, Susil Gupta nos ha remitido al último capítulo de la obra de Henrik Grossmann: “La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista”. En esta parte de su obra, Grossmann señala que lo allí dicho está en las antípodas de la peregrina concepción puramente economicista del derrumbe automático, lo cual es cierto. Pero si nuestro interlocutor hubiera leído el mencionado pasaje con suficiente atención, no habría podido caer en el dislate de juzgar a la clase obrera de los países más desarrollados desde una  posición política que pretendidamente escapa a las necesarias consecuencias de la teoría económica del derrumbe, esto es, a la dialéctica del movimiento del proletariado entre el “ser para sí” de sus luchas económicas defensivas, y la necesidad objetiva que le empuja a alcanzar su autoconciencia de clase, cuya posibilidad real descansa en sus luchas políticas ofensivas objetivamente determinadas por la Ley del Valor.  
Porque si efectivamente observamos el estado de cosas actual del Mundo desde la perspectiva de la tendencia al derrumbe del sistema capitalista, no podemos al mismo tiempo afirmar que los asalariados de su parte más desarrollada han degenerado como clase revolucionaria fundamental, porque es como decir que la burguesía imperialista tendrá con qué seguir comprando sus favores políticos indefinidamente, y esto nos desplaza hacia una perspectiva desde la cual, el capitalismo no es superado por el desarrollo de las fuerzas productivas y que, por tanto, no es un sistema de vida históricamente transitorio sino eterno.  
En ese caso, la revolución no puede ser teóricamente concebida ni políticamente alcanzada por determinación histórica objetiva del progreso material de la humanidad —cautivo de la burguesía como así queda este concepto revolucionario— sino por su atraso relativo. Tal es el resultado del subjetivismo abstracto que ha operado inconscientemente en el pensamiento de Susil Gupta, al romper la unidad o totalidad dialéctica del movimiento proletario internacional entre la manifestación de su “ser para sí” en la lucha por sus reivindicaciones inmediatas y su autoconciencia necesaria sólo alcanzable por mediación de luchas políticas ofensivas interrumpidas.
Susil Gupta ve o percibe un movimiento proletario internacional quebrado por efecto del desarrollo desigual del capitalismo, tal como se percibe un palo por efecto de la refracción de la luz cuando se lo introduce en el agua. Le saca una foto y nos muestra esta evidencia empírica como prueba. Pero el movimiento de lo real sigue su curso   determinado por las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción del capitalismo o, lo que es lo mismo, por la tendencia objetiva al derrumbe del sistema. ¿Y qué ha podido llegar a ver Grossmann a la luz de esta tendencia histórica irresistible? Que en las luchas meramente defensivas del proletariado, palpita la posibilidad real de alcanzar su autoconciencia de clase a caballo de sus futuras luchas políticas ofensivas. ¿Por qué? Pues, porque la lógica de la explotación de trabajo ajeno por mediación del plusvalor relativo, llega a un punto, en que la burguesía imperialista no puede seguir comprando la voluntad política de sus asalariados por ese método. Y esto emerge necesariamente desde la base económica del sistema hasta su superestructura, lo cual empuja en dirección a transformar la conciencia y el comportamiento sociológico y político del proletariado a escala universal  en sentido revolucionario. Así lo dice Grossmann en las “Consideraciones finales” de su obra ya citada:          
  <<La pauperización (absoluta) es el punto conclusivo necesario del desarrollo al cual tiende la acumulación capitalista de cuyo curso no puede ser apartada por ninguna reacción sindical por poderosa que esta sea. Aquí se encuentra fijado el límite objetivo de la acción sindical. A partir de un cierto punto de la acumulación, el plusvalor (relativo) disponible no resulta suficiente para proseguir con la acumulación con salarios fijos. O el nivel de los salarios es deprimido por debajo del anteriormente existente, o la acumulación se estanca, es decir, sobreviene el derrumbe del mecanismo capitalista. De esta manera el desarrollo conduce a desplegar y agudizar las contradicciones internas entre el capital y el trabajo a un punto tal que la solución solo puede ser encontrada a través de la lucha entre estos dos momentos.>> (Op. cit.)
Pero la tendencia a la depauperación absoluta no hay que considerarla como un proceso lineal creciente o progresivo en dirección al derrumbe, sino como una tendencia que palpita y se activa inmediatamente después de cada crisis para interrumpirse por períodos cada vez más breves durante las fases de recuperación de la tasa de ganancia, dado que la aceleración en el metabolismo del capital determina que esta tendencia se active cada vez con más frecuencia, y que sus efectos sobre el nivel de vida de los asalariados duren tanto más, cuanto mayor es la masa de capital en funciones que debe desvalorizarse —incluido el capital variable— a fin de reiniciar cada nueva fase de recuperación. Cualquiera que consulte las sucesivas reformas laborales del postfranquismo en España, desde 1977 hasta hoy, comprobará que todas ellas han provocado no sólo la depauperación relativa demostrada por Diego Guerrero, sino también el absoluto deterioro del grueso de los asalariados en sus condiciones de vida y de trabajo. Es decir, los salarios no sólo han visto reducida su participación en el aumento de la renta nacional, sino que, desde la muerte de Franco, las políticas de renta de los sucesivos gobiernos de la “democracia” pactadas con los sindicatos mayoritarios, desde los famosos “pactos de la Moncloa” hasta hoy, han determinado que los salarios nominales crezcan sistemáticamente por debajo de la inflación. Sólo entre 1998 y 2000, el descenso del salario real en España fue de 2 puntos porcentuales. Este mismo proceso durante el mismo período y en distinto grado de deterioro social, no ha hecho más que confirmarse a escala planetaria.                
He aquí la importancia de la predicción científica como fundamento de la firme convicción política revolucionaria, antes de que su confirmación empírica se apodere de la sociedad, lo cual evita la caída en equívocos inducidos por engañosos fenómenos coyunturales, como el que —a nuestro juicio— ha planteado Susil Gupta. La convicción teórica científica de la tendencia objetiva al derrumbe capitalista, es el baluarte más poderoso para mantener el rumbo estratégico de los principios revolucionarios en medio de los bruscos virajes de la lucha política de clases en la historia. Esta premisa subjetiva es lo que permite acercar el horizonte del desenlace político definitivo para todo un período histórico (en este caso del capitalismo), mucho antes de que la humanidad pase por las dolorosas consecuencias de esa tendencia en el tránsito hacia su colapso económico práctico teóricamente previsto.
En su trabajo citado, Diego Guerrero llega a decir que:
<<Por supuesto, no puede haber ciencia sin contrastación empírica de las tesis teóricas.>> (Op. cit. Cap. II)
Esto es cierto para las ciencias experimentales, pero no lo es para la ciencias formales o exactas de la naturaleza ni para la economía política, cuyo objeto de estudio está constituido por relaciones objetivas, constantes al observador en tanto permanecen las condiciones histórico-epocales de “un período social dado” que les da razón de ser y existir, y cuya determinación en el pensamiento puede obtenerse con el rigor y “la exactitud propia de la ciencias naturales”, expresión de Marx en el “Prólogo” a su “Contribución a la crítica de la economía Política” (enero de 1859). Allí nos propone distinguir entre los “cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción” y reproducción de la vida social, y los cambios en la formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas y filosóficas, a través de las cuales los explotados “adquieren conciencia del conflicto” o dialéctica entre esas condiciones económicas de producción y las fuerzas productivas epocalmente condicionadas dentro de aquellas. Respecto de esta distinción a los fines metodológicos de jerarquizar la práctica teórica aplicada a las condiciones económicas de producción, respecto de las otras condiciones imperantes en la superestructura, ideológica y política de la sociedad capitalista, remitimos a nuestra página en: Hegel, Marx y la dialéctica.-20 capitulo 3 8 el desprecio de la teoría por el militante práctico tradicional.
Con esto queremos decir que:
a) El ser para sí de la clase obrera, que todavía no llega a ser autoconciencia de clase, es el ser de los asalariados como capital variable en lucha por sus reivindicaciones inmediatas. En esta instancia del desarrollo de su conciencia, los asalariados sólo se distinguen como clase y se reconocen como tales, a través de su lucha contra sus patronos, quienes de este modo siguen siendo considerados como “suyos” en tanto no se proponen romper con la relación, aun cuando esta lucha alcance las más altas cotas de violencia. Y es que el grado de violencia sufrido e implementado en su lucha por los asalariados, en sí y por sí no determina su autoconciencia de clase.
b) Que la autoconciencia de los explotados en cualquier parte donde se manifieste, supone largos períodos previos de lucha como “ser para sí”, hasta que, en determinado momento, se produce la ruptura política de su relación con la burguesía.[3]
c) Esta ruptura política es el resultado de procesos históricos anteriores, con marchas y contramarchas, producto directo, además, como condición suficiente, de circunstancias históricas excepcionales, íntimamente vinculadas a la existencia previa de organizaciones revolucionarias con cierta raigambre en el movimiento sindical y político del proletariado.
d) Que todo este movimiento de avances y retrocesos, está presidido por la tendencia objetiva al derrumbe del capitalismo que le atraviesa.
En tal sentido, y teniendo en cuenta los acontecimientos de la transición de la sociedad en España a la “democracia” desde la muerte de Franco, pensamos que es completamente equivocado decir con Susil Gupta, que:
 <<...hace 20 años la clase obrera española era una clase obrera auténtica capaz de ejecutar su misión histórica (y hoy, en cambio, junto al resto de asalariados de los países desarrollados, esa misma clase ha pasado a ser) una clase  reaccionaria degenerada.>> (Lo entre paréntesis nuestro)
Hace veinte años la clase obrera española era políticamente tan filistea y proburguesa, al mismo tiempo que tan estratégicamente revolucionaria como lo es hoy, porque hace veinte años, cuando luchaba contra la llamada reconversión industrial, se sentía igual de conforme en su condición de clase subalterna de la burguesía, que hoy. No sintió entonces —y sigue sin sentir ahora— ninguna necesidad de un cambio revolucionario. Aunque bien es cierto que hoy todavía menos y más esporádicamente. Esto, en parte ha sido en virtud de los cambios en la superestructura ideológica y política operados por la burguesía tras la muerte de Franco, es decir, en virtud de la “democracia”, después de no saber nada de este embeleco burgués durante más de cuarenta años. Pero la losa que más aplastó el ser para sí del proletariado en general, fue la debacle a partir de 1989, de lo que la burocracia soviética contrarrevolucionaria hizo pasar por socialismo en la conciencia obrera mundial durante mucho antes y durante ese mismo período. Para la distinción entre los momentos del “ser para sí” y la autoconciencia de clase, Ver: http://www.nodo50.org/gpm/bipr/08.htm
Ciertamente, en 1986 un sector de la vanguardia natural de los asalariados españoles aleccionados por el eurococéntrico-burgués-de-izquierdas “Partido Comunista de España” (PCE), que como los cerdos había digerido toda la mierda que le dio a comer la intelectualidad filosófica, sociológica y económica de las escuelas de Harvard y de Frankfurt, todavía podía soñar con un socialismo como el de la URSS, pero con un sistema político al estilo partidocrático actual, que la burguesía postfranquista había podido conseguir introyectar en el alma del movimiento durante la transición española a la “democracia”, y que las masas explotadas de este país “diverso” aprobaron de muy buen grado. Pero ahora ni siquiera pueden soñar con eso y un peligroso hastío se está apoderando todavía imperceptiblemente poco a poco de esta sociedad.     
   ¿Se puede decir que esta generación de proletarios españoles no entró por si misma en la historia tras la muerte de Franco, sino conducida por el brete que la burguesía preparó para ella desde los Pactos de la Moncloa? Sin duda. Como que políticamente permaneció todo ese tiempo —y allí sigue todavía— cada vez más jodida pero tan igualmente contenta como con Franco en la década de los 60, ahora bajo la tutela ideológica y política de la Monarquía Parlamentaria. Sin embargo, a esto ha llamado Susil Gupta “clase auténtica capaz de ejecutar su misión histórica”, mientras que hoy, esos mismos asalariados —que tampoco hicieron historia política— para él son una clase degenerada. Desde luego que nuestro interlocutor ha hecho un análisis muy desprolijo de los cambios en las condiciones ideológicas y políticas del movimiento asalariado en la sociedad española de los últimos veinte o treinta años.
Un asalariado no degenera como clase por el hecho de pensar y actuar políticamente más o menos de acuerdo con la burguesía, o por llegar a partirse la cara y otras partes de su anatomía, dando incluso con sus huesos en la cárcel durante un tiempo por enfrentarse a la policía o al ejército del sistema. Un asalariado degenera solo cuando cambia su esencia porque se convierte en capitalista pasando a explotar trabajo ajeno, situación excepcional socialmente irrisoria que no cambia la correlación fundamental de fuerzas sociales entre burguesía y proletariado, ni, por tanto, la condición de proletario propia de cualquier asalariado como clase revolucionaria fundamental absolutamente mayoritaria de la sociedad. Y esto es así, sencillamente porque sin trabajo asalariado —cada vez más numeroso en términos sociales absolutos y relativos— no puede haber capital.
La autenticidad del proletariado como clase revolucionaria y su “capacidad para ejecutar su misión histórica”, no está determinada, pues, por lo que piense y haga o deje de pensar y hacer parte de él o una masa de ellos más o menos significativa en un determinado momento y lugar, sino por lo que está llamado a pensar y hacer por determinación histórica inevitable del capital. O sea:
a)por su lugar en la producción como clase explotada y,
b)por su número.
El lugar que el proletariado ocupa en la producción social, le impulsa objetivamente, más temprano que tarde, a comportarse políticamente contra el sistema, según el grado alcanzado por sus contradicciones sociales con el capital y su confrontación ideológica y política de fuerzas favorable o desfavorable con la burguesía.
El número de proletarios o condición de clase absolutamente mayoritaria de la población activa hoy día en el Mundo, es algo históricamente decisivo, tanto a la hora de la lucha por el poder como, para convertir su dictadura social de clase en una democracia, tan verdadera y auténtica, como que el proletariado es la única clase revolucionaria absolutamente mayoritaria de la sociedad moderna.  
Esto quiere decir —y está probado— que históricamente, es decir, a largo plazo, entre la agudización de las contradicciones materiales del capitalismo —o sea, entre la tendencia al derrumbe— y la propensión del proletariado a una praxis revolucionaria, hay una correlación muy alta. Pero insistimos en que sólo se manifiesta y verifica políticamente bajo determinadas condiciones excepcionales que se presentan entre largos espacios de tiempo. Trotsky decía que “sólo a la larga va la revolución al encuentro con las masas, sólo a la larga”.
Mientras tanto se suceden numerosas coyunturas, aquí y allá, en que la periódica agudización manifiesta de las contradicciones que laten al interior de la base material del sistema capitalista, no suelen cuajar en serias desestabilizaciones políticas del Estado burgués, porque el proletariado no da las respuestas políticas adecuadas que cabría esperar de él.
Esto suele suceder al comienzo de cada crisis periódica, cuando la burguesía no puede seguir garantizando el empleo ni el nivel de vida de sus trabajadores, estos se rebelan y van a la lucha contra el sistema, pero desde el punto de vista de una conciencia negativa, es decir, que en ningún momento se plantean romper políticamente con él, con su condición de clase subalterna; y esta indecisión determina que en un momento dado del combate cunda la desmoralización y se vuelven atrás. ¿Por qué? Por que todavía no comprenden su necesidad política como clase: la necesidad objetiva que les impele a acabar con el capitalismo, y porque no saben ni se imaginan qué hacer al día siguiente de la toma del poder. Por eso es que ven ese salto que deben dar en la historia como un salto en el vacío. Y es ahí donde el adversario capitalista se yergue ante ellos como si fuera un gigante indestructible: ¿Dónde vais si no sabéis por donde ni cómo? Así describía Marx este tipo de situaciones imaginándolas repitiéndose una y otra vez en un futuro que él no viviría para contarlo, gastando por ello el suyo en mostrar al proletariado por donde hay que ir y cómo: el camino de la revolución ya descubierto por la práctica teórica de su pensamiento, abriéndose paso entre la enmarañada opacidad natural de los sentidos y la social que añaden las “furias del interés privado”:  
<<Las revoluciones proletarias, como las del siglo XIX, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo desde el principio, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la ilimitada inmensidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: demuestra lo que eres capaz de hacer.>> (K. Marx: “El 18 Brumario de Luis Bonaparte” Primavera de 1852)
¿Quién puede poner en duda, con sólido fundamento, que en esa situación histórica decisiva “que no permite volverse atrás”, estará presente la convicción teórica colectiva de la tendencia al derrumbe o, en última instancia, la más dolorosa certeza empírica de que se está cumpliendo? Es de suponer que el proletariado no retrocederá ante sucesivas circunstancias esperando llegar al extremo de comprobar empíricamente el derrumbe “en tiempo real”, porque, en tal caso, habiendo dado la espalda a la racionalidad revolucionaria hasta dejarla sin sentido como guía para la acción, esta clase social se degradaría a la condición de cualquier otra especie animal que sólo busca la supervivencia individual o, a lo sumo, la de los que considera suyos. Así lo da a entender Marx en carta del 30 de abril de 1867, para explicarle a Siegfred Meyer la causa de haber tardado en responder a la suya. Distingue allí entre “práctica” y  PRÁCTICA, entre el criterio práctico individual-animal y el criterio PRÁCTICO social-racional del comportamiento humano, justificando su tardanza en haberse dedicado afanosamente a terminar su obra ante el temor de morir sin haber demostrado ser PRÁCTICO, es decir, sin dar a conocer el resultado de su teoría científica, dada la trascendencia práctico-política que su conciencia revolucionaria le atribuía.  
<<Entonces, ¿por qué no le he contestado? Es que durante todo este período tenía ya un pie en la tumba. Por consiguiente me era preciso aprovechar CADA instante que me era posible trabajar para terminar mi obra, a la cual he sacrificado salud, felicidad y familia. Espero no tener que añadir nada a esta explicación. Me río de la gente que se dice “práctica” y de su sabiduría. Si quisiera uno comportarse como una bestia, podría evidentemente volver la espalda a los tormentos de la humanidad y no ocuparse sino de su propio pellejo. Pero me habría considerado realmente como NO PRÁCTICO si hubiera muerto sin haber terminado mi libro, o por lo menos mi manuscrito>> (Op. cit.)
b) ¿Dónde está la racionalidad científica del marxismo “no ortodoxo”?
Susil Gupta acabó su segunda intervención —a propósito de nuestra respuesta a la inquietud de Alexander Pinazo Carmona— diciendo lo siguiente:
<<El problema fundamental es la falta de un análisis de los postulados centrales del Marxismo ortodoxo (pre-1914) anclados en la teoría del imperialismo anunciada por Lenin. Diría más: hace falta un nuevo Manifiesto Comunista basado en la realidad post-1914.
Esto es lo que falta en el análisis del GPM. El GPM defiende el Marxismo desde los planteamientos ortodoxos de la época pre-imperialista.  Es una batalla valiente y necesaria en nuestros días de total hostilidad al Marxismo o cualquier materialismo critico. Pero hace falta ir más allá.>> (Op. cit.)
Lo que aquí nos viene a decir el señor Susil Gupta son dos cosas:
1) que desde 1914, “el marxismo ortodoxo” de Marx permanece “anclado” en la teoría del imperialismo de Lenin, y que,
2) el GPM defiende el marxismo ortodoxo de la época preimperialista.
¿No será al revés, que la teoría del imperialismo de Lenin permanece anclada en el marxismo ortodoxo de Marx? Pero lo importante aquí no es esta transposición de pensamientos, sino que, al parecer, Susil Gupta postula que el Marxismo ortodoxo ha sido superado por la historia y que, por tanto, se necesita un nuevo análisis de sus “postulados centrales”. Es la ya vieja proposición neomarxista de “repensar a Marx”. 
Postular significa pedir o solicitar. En términos teóricos es como obtener un crédito o fiducia para comprar veracidad, es decir, que equivale a suponer. En efecto, un postulado es una proposición que se admite sin pruebas para que pueda servir de base a ulteriores razonamientos:
<<Las premisas de que partimos no son arbitrarias, no son dogmas, sino premisas reales de las que sólo es posible abstraerse mediante la imaginación. Son los individuos reales, su acción y sus condiciones materiales de vida, tanto aquellas con que se han encontrado ya hechas (en su etapa de recolección), como las engendradas por su propia acción (economía del tiempo de trabajo). Estas premisas pueden comprobarse, consiguientemente, por la vía puramente empírica.>> (K.Marx-F.Engels: “La ideología alemana” Cap. I punto 2: Premisas de las que arranca la concepción materialista de la historia)
El Materialismo Histórico no solicita o supone ni postula nada; está en las antípodas de semejante tipo de créditos teóricos como justificación de una determinada manera de ver las cosas. El Materialismo Histórico paga sus conclusiones con la moneda “contante y sonante” de lo “concreto pensado”, no con el dinero fiduciario de ninguna determinación abstracta en el sentido napoleónico del término ideología.
Y el caso es que el señor Susil Gupta postula que el marxismo ortodoxo, es decir el Materialismo Histórico aplicado al capitalismo premonopolista, ha sido superado por la realidad del capital imperialista y que, por tanto, hay que aplicar el “pensamiento crítico” a ese supuesto “más allá” del marxismo ortodoxo. Pero, ¿qué tiene de esencialmente distinto el capital imperialista respecto del que operó en su etapa temprana, como para postular que estamos ante otra cosa de diferente naturaleza económico-social? ¿Ha cambiado su principio activo y la mecánica de la acumulación? No. ¿Entonces, qué revisión del marxismo ortodoxo hay que hacer y que proposiciones políticas estratégicas centrales hay que cambiar, como para ponerse a postular la necesidad de escribir un nuevo “Manifiesto”?
Sin explicar nada, Susil Gupta ha procedido tan arbitrariamente con las categorías económicas y la correlación política entre las clases, como aquél físico imaginario ante la metamorfosis de la evaporación postulando que la sustancia química en cuestión es ya otra cosa.
Pero lo más insólitamente contradictorio de su discurso, no está en que confunda transformación con transubstanciación, sino en que después de pontificar que el capitalismo y buena parte de la clase obrera han cambiado de naturaleza, da a entender que trabajos de grupos como el G.P.M. se han vuelto inútiles porque aplican formas y medios “tradicionales” a una materia prima económica y social que ya no es la misma de antaño, pero acaba diciendo compasivamente que esa labor es tan “valiente” como “necesaria”. Muchas gracias, señor Susil Gupta, pero para salir de nuestra ignorancia nosotros no necesitamos la piedad cristiana de nadie, sino explicaciones con sólidos argumentos. Y usted no los aporta.
A todo esto, tampoco sabemos qué pecado mortal pudo haber cometido Lenin en su teoría sobre el imperialismo, porque nuestro interlocutor también ha procedido en este asunto como en los demás: limitarse a postular exigiendo que se le acrediten sus afirmaciones, sin dejar en prenda ninguna razón valedera de su parte.    
11) Respuesta del G.P.M a Leonardo Mir
El compañero parece estar de acuerdo en la importancia práctica de la teoría del derrumbe cuando dice que:
<<Si bien en el centro del método marxista se halla la idea que la caída del capitalismo sólo se produciría con la intervención política y revolucionaria de la clase trabajadora, no es descabellado sostener que la tendencia "objetiva" al derrumbe es igualmente válida, al menos en un sentido>> (Op. cit.)
¿Cuál es ese “sentido” en el contexto de lo escrito por Leonardo?:
<<…la desaparición de la plusvalía como consecuencia de la tecnificación total.>> (Ibíd)
El error de este razonamiento está en el supuesto de que entre la toma del poder político por el proletariado y la realización del socialismo no hay solución de continuidad. Esto explica que nuestro interlocutor especule acerca de si “el laboratorio de la historia” estaría hoy o no en condiciones de poner a la orden día la necesidad de la revolución, escenario donde parece que el momento en que las fuerzas productivas dejan sin sentido histórico al capitalismo al interior de sus propias relaciones de producción, está en una relación de causa-efecto con la intervención política del proletariado, causa, a su vez, de la consecuente instauración de las nuevas relaciones de producción sin plusvalor; es decir, que “la tecnificación total”, la toma del poder por el proletariado y la realización del socialismo formarían parte del mismo automatismo sincrónico o simultáneo por medio del cual, las fuerzas productivas se darían para sí unas nuevas relaciones de producción de tipo socialista.
Ni la realidad del capitalismo ni el Materialismo Histórico aplicado a esa realidad permiten semejante especulación mecánica entre la economía y la política. Y es que, como hemos dicho más arriba, la tendencia al derrumbe no actúa linealmente sino a través de interrupciones violentas bajo la forma de crisis y guerras, fenómenos a través de los cuales el capital acumulado se desvaloriza o destruye superando así, momentáneamente, los límites histórico-relativos que se pone a sí mismo.
Pero a esta realidad descubierta por el “concreto pensado” de Marx, hay que añadir otra consideración suya complementaria, expuesta en el capítulo XIII del Libro I y XV del Libro III, y es que “la superación tecnológica” de que nos habla Leonardo también encuentra su límite en el capital antes del agotamiento del plusvalor; y esa limitación consiste en que la tecnología punta solo se vuelve operativa a los fines de la acumulación, si lo que cuesta producirla es inferior al coste del trabajo necesario o fuerza de trabajo que reemplaza:
<<Como aquél (el capitalista) no paga el trabajo empleado (la totalidad de la jornada de labor), sino el valor de la fuerza de trabajo empleada (salario o trabajo necesario), para él, el uso de la maquinaria está limitado por la diferencia que existe entre el valor de la misma y el valor de la fuerza de trabajo que reemplaza.>> (K. Marx: “El Capital” Libro I Cap. III Aptdo. 2)
Pero ya hemos visto que, según avanza el proceso de valorización, el trabajo necesario disponible que resta por capitalizar, se reduce progresivamente por efecto del avance tecnológico incorporado al capital fijo. Por tanto, para transformar una masa cada vez más reducida de trabajo necesario en plusvalor, se necesita un desarrollo proporcionalmente mayor de la fuerza productiva. Y cuanto más se reduce el coste de la fuerza de trabajo por efecto del mismo progreso técnico, la posibilidad real de aplicar innovaciones tecnológicas al proceso de acumulación se torna cada vez más dificultosa:
<<Aquí, el modo capitalista de producción cae en una nueva contradicción. Su misión histórica es el desarrollo sin miramientos, impulsado en progresión geométrica, de la productividad del trabajo humano. Pero se torna infiel a esa misión, no bien se opone al desarrollo de la productividad, frenándolo, como sucede en este caso. Con ello demuestra, nuevamente, que se torna decrépito y que, cada vez más, está sobreviviéndose a sí mismo>>(K. Marx: Op cit. Libro III Cap. XV Aptdo II)
Según este razonamiento que consideramos científicamente ajustado a la lógica del capital tanto como a su realidad histórica, la desaparición del sistema de vida basado en la explotación de trabajo asalariado no tiene por premisa material el agotamiento de la plusvalía por efecto de la tecnificación bajo del capitalismo —como parece opinar Leonardo Mir— sino el establecimiento de las nuevas bases materiales o relaciones de producción dominantes al interior de la sociedad en transición al socialismo, bajo la dictadura democrática del proletariado. Tal es la mediación política objetivamente determinada e históricamente necesaria para la desaparición definitiva del capitalismo, que inexplicablemente Leonardo Mir olvidó introducir en su texto. Para el concepto de “sociedad de transición”, ver:
http://www.nodo50.org/gpm/referendumUE/05.htm y http://www.nodo50.org/gpm/revpermanente/08.htm
Porque, de no mediar la acción efectivamente revolucionaria del proletariado para constituirse en clase dominante, la misma lógica objetiva que tiende al derrumbe del sistema, brinda contradictoriamente a la burguesía la posibilidad real de sobrevivirse indefinidamente a sí misma a caballo de la superación de los límites que el capital se pone periódicamente a sí mismo, mediante la barbarie económico-social que supone la desvalorización masiva de capital constante y variable durante las crisis, y/o su destrucción física por medio de la barbarie bélica en las guerras. Para este asunto ver: http://www.nodo50.org/gpm/cis/17.htm
12) Respuesta del G.P.M. a José Bordes García
Finalmente, respecto de la intervención del señor José Bordes en este debate, simplemente decir que, en general, nuestros argumentos coinciden con su línea de pensamiento sobre la cuestión.
Ciertamente, no sólo se trata de dirimir teóricamente la problemática de la tendencia al derrumbe del capitalismo, sino también de explicar todas las mediaciones contradictorias por las que discurre y se verifica en la realidad actual. En tal sentido, es cierto que, por un lado, el intercambio con los países menos desarrollados de su periferia capitalista, contribuye a amortiguar o enlentecer el descenso de la tasa de ganancia en los países de la cadena imperialista.
Pero, por otro lado, también es cierto que el acelerado proceso de acumulación en esa parte del Mundo más desarrollado, llega inevitablemente a un punto en que la tasa de ganancia no alcanza a compensar todo el capital disponible para invertirlo productivamente a los fines de capitalizar más plusvalor, determinando así que un excedente de ese capital adicional expulsado del aparato productivo, en parte emigre hacia los países de desarrollo dependiente que explotan trabajo ajeno con salarios más bajos y una tasa de ganancia mayor. [4] Este es uno de los fenómenos que, junto con la cartelización de la economía y la fusión entre el capital bancario y el capital industrial, caracteriza la etapa imperialista del capitalismo también llamada capitalismo tardío:
<<Lo que caracterizaba al viejo capitalismo ( en su etapa infantil), en el cual dominaba plenamente la libre competencia, era la exportación de mercancías. Lo que caracteriza al capitalismo moderno, en el que impera el monopolio, es la exportación de capital>> V.I. Lenin: "El imperialismo fase superior del capitalismo" Cap. IV)
De esta lógica del capital resulta que una buena porción del plusvalor obtenido por el capital metropolitano en los países de menor desarrollo relativo por medio del comercio y de la inversión directa de plusvalor excedentario, va a engrosar el fondo de consumo de directivos y accionistas propietarios de las respectivas empresas multinacionales, así como a comprar la voluntad política de cierta capa de asalariados y dirigentes sindicales que pasan así a integrar lo que Lenin llamó “aristocracia obrera”:
<<La exportación de capital da ingresos que se elevan a ocho o diez mil millones de francos anuales, de acuerdo con los precios de antes de la guerra y según las estadísticas burguesas de entonces. Naturalmente, ahora eso representa mucho más.
    Es evidente que una superganancia tan gigantesca (ya que los capitalistas se apropian de ella, además de la que exprimen a los obreros de su "propio" país) permite corromper a los dirigentes obreros y a la capa superior de la aristocracia obrera. Los capitalistas de los países "avanzados" los corrompen, y lo hacen de mil maneras, directas e indirectas, abiertas y ocultas.
    Esta capa de obreros aburguesados o de "aristocracia obrera", completamente pequeños burgueses en cuanto a su manera de vivir (sociológicamente hablando), por la cuantía de sus emolumentos y por toda su mentalidad, es el apoyo principal de la Segunda Internacional, y, hoy día, el principal apoyo social (no militar) de la burguesía. Pues éstos son los verdaderos agentes de la burguesía en el seno del movimiento obrero, los lugartenientes obreros de la clase capitalista (labour lieutenants of the capitalist class), los verdaderos portadores del reformismo y del chovinismo. En la guerra civil entre el proletariado y la burguesía se ponen inevitablemente, en número no despreciable, al lado de la burguesía, al lado de los "versalleses" contra los "comuneros".>> (V.I. Lenin: El Imperialismo, fase superior del capitalismo”  Prólogo a las ediciones francesa y alemana. Octubre de 1921)
Pero el resto de esa masa de plusvalor obtenido por las empresas multinacionales en los suburbios del capitalismo mundial, se queda en esos mismos países anfitriones para ampliar la escala de la producción de plusvalor en sus empresas filiales; Y dado que la acumulación no se halla directamente determinada por la tasa de plusvalía —que es mayor en los países de más alta productividad— sino por la tasa de ganancia (proporción entre el plusvalor obtenido y el capital invertido en un determinado período), el caso es que, aun cuando la masa de capital comprometido es naturalmente mucho más pequeña en las filiales, sin embargo, dada la mayor tasa de ganancia con que operan en los países de menor desarrollo relativo, pueden obtener allí una masa bruta de ganancia relativamente mayor por unidad de capital empleado que en sus “empresas madre”, de lo cual resulta que el proceso de acumulación es allí más acelerado:
<<Dada la suma de capital (empleado), el gross amount of profit (importe bruto de la ganancia) dependerá de la tasa de ganancia.
Por consiguiente, un pequeño capital con una tasa de ganancia elevada, puede rendir un gross profit (ganancia bruta) mayor que un capital mayor con una tasa de ganancia baja.>>(K. Marx: “Teorías sobre la plusvalía” Cap. XVII – 15)
Esto es así, porque en los países capitalistas más añejos, la tasa de ganancia desciende más rápidamente que el aumento del capital en funciones.[5] ¿Por qué? Pues, porque, allí, la composición orgánica del capital crece más rápido que el capital acumulado, en tanto y cuanto que el crecimiento de la acumulación depende del plusvalor obtenido en cada rotación, y éste de la tasa de plusvalor multiplicada por el número de obreros empleados. Entonces, si en los países de la cadena imperialista el incremento del capital adicional empleado en salarios disminuye más de lo que aumenta la parte proporcional invertida en capital constante, la tendencia es a que el plusvalor se incremente menos de lo que aumenta el capital invertido. Y dado que la tasa de ganancia es la relación porcentual entre el plusvalor y el capital invertido, en semejantes condiciones deberá descender.  
Cierto que, aumentando la productividad, esto es, el grado de explotación de cada trabajador, el capital puede compensar y hasta sobrepujar el descenso en el incremento del plusvalor por efecto de un menor empleo en capital variable o salarios. Pero esto solo es posible hasta cierto punto, dado que el grado de explotación de una misma fuerza de trabajo tiene límites infranqueables muy férreamente marcados por la naturaleza. En efecto:
<<…Dos obreros que trabajan 12 horas diarias no pueden producir la misma masa de plusvalor que 24 obreros que solo trabajan 2 horas cada cual, inclusive si pudiesen vivir del aire, por lo cual, no tendrían que trabajar en absoluto para sí mismos. Por eso, en este aspecto, la compensación de la mengua en el número de obreros mediante el incremento en el grado de explotación del trabajo, encuentra ciertos límites insuperables; por lo tanto, puede ciertamente obstaculizar la baja de la tasa de ganancia, pero no anularla.
  Por consiguiente, con el desarrollo del modo capitalista de producción disminuye la tasa de ganancia, mientras que su masa aumenta al aumentar la masa del capital empleado.>>  [K. Marx: “El Capital” Libro III Cap. XV – II)]
El resultado de esto es que, según avanza la acumulación en los países capitalistas más viejos, sus tasas nacionales de ganancia disminuirán paulatinamente dado que el capital adicional correspondiente se incrementa o amplía en progresión descendente respecto del capital invertido. Y aun cuando la masa de plusvalor producido en las metrópolis siga siendo mayor que la producida por sus filiales en el exterior menos desarrollado, en general la ampliación proporcional de capital tenderá históricamente a ser más acelerada en los países capitalistas periféricos que en los centrales.
Esto es así, porque una parte cada vez mayor de la masa de plusvalor o ganancia bruta producida en los países más desarrollados —que no es compensada por sus respectivas tasas de ganancia en descenso— va a engrosar el capital productivo de los países capitalistas menos desarrollados del sistema, dotándoles sin remedio con los más modernos medios y métodos de producción según recrudece la competencia mundial por la conquista de estos mercados de inversión productiva.
Esta es la natural consecuencia de la lógica del capital que Marx pudo comprobar en vida como un fenómeno todavía episódico, pero que previó como una “causa contrarrestante” típica en un futuro generalizada y permanente, frente a la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Esa generalización futura insinuó hacerse presente en la década de los años veinte, hasta el punto de que en 1928 pudo ser prevista por teóricos de la economía política nada sospechosos de marxistas, como Bernhard Harms, cuando advirtió que los EE.UU. se acercaban al límite absoluto de la acumulación sin poder evitarlo, y que muy pronto este gran país se sumaría a la vieja Europa como un serio competidor en la provisión de capital productivo a los países capitalistas menos desarrollados del Mundo:
<<Se debe calcular que no está lejos el momento en que los Estados Unidos de Norteamérica se presenten como proveedores de medios de producción en gran escala. Las conocidas investigaciones del Informe Balfour y las discusiones en la última “Imperial Conference”, aportaron un instructivo material para esta suposición>> (Bernhard Harms: “Wandlungen in der welthwirchtschaflischen Stellung Europas” (Cambios en la situación político-económica de Europa) Citado por Henryk Grossmann: “La Ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista”. Cap. 3 B III d)
Como es sabido, este proceso fue interrumpido por la crisis de 1929 y acabó siendo sepultado bajo los escombros y la sangre derramada de 30 millones de seres humanos durante la Segunda Guerra Mundial.
Pero tras la formidable expansión que siguió al período de recuperación de la inmediata post guerra, esta tendencia a la sobresaturación de capital volvió a confirmarse empíricamente a escala planetaria desde que la Reserva Federal de los EE.UU. debió decretar en 1971 la inconvertibilidad del dólar, haciéndose espectacularmente notoria en las elevadas tasas de crecimiento sostenido registradas desde la década de los años ochenta por los países de sudeste asiático, más China y la India.
La tendencia al derrumbe, que ha venido atravesando el proceso de acumulación capitalista desde su etapa más temprana, sigue ahora palpitando bajo la nueva evidencia histórica de la internacionalización del capital imperialista llamada “globalización”, que ha acabado arrojando al basurero de la historia todas las teorías del antiimperialismo pequeño burgués, sustentadas en la presunta propensión del capital imperialista, a perpetuar el subdesarrollo relativo en su periferia.
Esto es lo que pareció confirmarse por el capitalismo de los países centrales, cuyo proceso de acumulación no había alcanzado aun el punto de sobresaturación. Una realidad transitoria que las resoluciones del VIº Congreso de la Internacional stalinista presentaron —precisamente a fines de 1928— como permanente. Estas resoluciones se fundaron en dos premisas: la primera, que el capitalismo imperialista había formado un bloque estratégico de poder con las oligarquías terratenientes y las burguesías compradoras de los países económicamente dependientes, que impedían el necesario desarrollo económico en esta parte del Mundo; la segunda, que como consecuencia de ese atraso económico del capitalismo, el proletariado tampoco se podía desarrollar socialmente, y en tanto seguía supuestamente siendo una minoría social, no estaba en condiciones de constituirse en clase dominante como garantía de estabilidad del cambio revolucionario.  
Había que pasar, pues, por una etapa previa de liberación nacional formando una alianza  “táctica” con la pequeña y mediana burguesías “progresistas”, con arreglo a la posterior estrategia de lucha por la liberación social del proletariado, sólo cuando la burguesía progresista hubiera completado la necesaria etapa de desarrollo económico que pusiera al proletariado de esos países en condiciones de proceder a su liberación social implantando la sociedad de transición al socialismo.
Todos los representantes “neomarxistas” que impulsan la “corriente radical de la teoría de la  dependencia” —y que proliferaron entre las décadas de los cincuenta y noventa— abonaron y siguen abonando de una manera u otra estas tesis del VIº Congreso stalinista, desde Paul Baran en “La economía política del crecimiento” (1957), hasta Samir Amin en: “El fracaso del desarrollo en África y en el tercer mundo: un análisis político” (1994), pasando por Ernest Mandel: “Tratado de Economía Marxista” (1962), André Gunder Frank en: “Capitalismo y subdesarrollo en América Latina” (1965), Arghiri Emmanuel: “Imperialismo y comercio internacional: el intercambio desigual” (1971), Inmanuel Wallerstein: “El Moderno sistema-Mundo” (1974) Maurice Dobb: “Capitalismo, Crecimiento Económico y Subdesarrollo” (1975), por no citar más que a los más relevantes, casi todos ellos asiduos colaboradores de la “Monthly Review Press” creada y financiada por Paul M. Sweezy a fines de los cuarenta.
De entre estos teóricos hay quienes sostienen que la multinacionalidad del capital es tan vieja como la empresa de la Indias Orientales creada en 1602, a la que no diferencian de cualquier filial que opera hoy por cuenta de su correspondiente empresa matriz en Europa, EE.UU., Japón o Korea del Sur, pero al mismo tiempo afirman que el atraso secular del capitalismo periférico está inducido por el capitalismo imperialista del centro, como si ambos capitalismos fueran dos cosas distintas, uno malo y el otro bueno, tal como trataba Proudhon a la propiedad privada de su tiempo y a las categorías económicas en general.
En realidad, es al revés, el capital imperialista y el capital dependiente son partes esencialmente constitutivas de una misma totalidad orgánica, aunque el metabolismo del capital imperialista —determinado por el desarrollo de la fuerza social productiva— en su fase tardía, se haya vuelto mucho más rápido y la masa de su capital acumulado enormemente mayor que en su fase temprana, lo cual permite distinguir perfectamente entre los efectos funcionales de una empresa comercial como Las Indias Orientales Holandesas en el siglo XVII y una filial cualquiera del capital financiero imperialista operando quinientos años después sobre el trabajo explotado en los suburbios del sistema capitalista globalizado.
Citando la obra de Sartorius Von Walterhausen: “Das Wolkswirtschaftiche”, Henryk Grossmann reporta que, a mediados del siglo XVII Holanda había evolucionado desde su etapa medieval con economía agraria y pesquera, hacia un capitalismo incipiente manufacturero y comercial de primer rango: Contando con una importante industria astillera y una próspera manufactura de lino y lana fundada en una técnica perfeccionada, en aquella estructura económica jugaba un papel importante el molino de viento, que serraba la madera, molía el grano exprimía la aceituna, molía el tabaco y producía el papel. Tejedores de lana, lino y seda, fabricantes de papel y de sombreros se establecían en Leiden, Haarlem y Dordrecht. Tal fue la plataforma sobre la que se lanzó al Mundo “La empresa holandesa de las Indias Orientales”.
Pero los Países Bajos abarcaban un territorio pequeño con una base poblacional explotable también reducida como para poder emplear productivamente todo el capital acumulado. Así fue como el capital productivo excedentario y una tasa de interés nacional a la baja por exceso de capital prestable, indujo a que buena parte de la burguesía holandesa empezara a vivir de las rentas dinerarias y la especulación con fondos líquidos invertidos en otros países de Europa:
<<Una gran riqueza heredada (…) crecientes dificultades para hacer funcionar en el propio país a los capitales disponibles (por falta de base poblacional explotable). En los años florecientes de Holanda allí era la regla depositar el capital dinerario sólo en las empresas locales. Pero así este capital quedaba sin rendir frutos en el mercado, reduciendo la tasa de interés, hasta que fue recogido por los extranjeros.>> (Sartorius Von Walterhausen: Op. cit. Lo entre paréntesis nuestro)
<<Ya a comienzos del siglo XVIII las manufacturas holandesas fueron ampliamente sobrepujadas y el país dejó de ser la nación industrial y comercial dominante. Uno de sus negocios principales, entre 1701 y 1776, fue el préstamo de enormes capitales, especialmente a su poderosa competidora, Inglaterra.>> (K. Marx: “El Capital” Libro I Cap. XXIV Aptdo. 6)
Por otra parte, dado el lento desarrollo de las fuerzas productivas con una tasa de ganancia que no parecía poner límites a la acumulación, el capital de la industria urbana en aquella época, crecía más en extensión que en intensidad, es decir, que la composición orgánica del capital aumentaba muy lentamente con una técnica casi invariable, mientras que en el agro permanecía como en la edad media tardía, al tiempo que la oferta de capital necesario para ampliar la escala de la producción, encontraba su demanda efectiva en la expansión de unas relaciones sociales capitalistas que todavía no se habían apoderado de toda la población explotable. En tales condiciones, el capital adicional que empresas como la de las Indias Orientales Holandesas o la de las Indias Occidentales Inglesas empleaban en las plantaciones de sus colonias, no sólo fijaban el atraso de las fuerzas productivas que allí explotaban, sino que para ello se valían de relaciones de producción precapitalistas cuyo trabajo excedente capitalizaban bajo la forma de plusvalor en las metrópolis.
Hoy día el capitalismo no ha cambiado un ápice de naturaleza social. Pero el proceso de acumulación a caballo del enorme avance experimentado por las fuerzas sociales productivas en incesante desarrollo, ha provocado la sobresaturación permanente de capital en todas las metrópolis imperialistas. Este excedente de capital adicional que presiona la tasa de ganancia media a la baja, es la causa del lento crecimiento capitalista en la parte más desarrollada del Planeta. De hecho, los aparatos productivos de EE.UU. y Europa operan actualmente al 60-70% de su capacidad instalada, y esto induce a que su sector económico productor de medios de producción tienda a satisfacer la demanda de esos medios de trabajo por parte de países capitalistas “emergentes” y de desarrollo medio en el Mundo.
Tal es la base material o económica del más moderno fenómeno de la transnacionalidad del capital imperialista, caracterizado por el recrudecimiento de la competencia entre los oligopolios mundiales para la exportación de capital fijo a través del establecimiento de sus respectivas filiales en los países económicamente dependientes, que así deviene en capital de alta tecnología. Y lo que este proceso ha podido verificar, es que prácticamente no quedan empresas de capitales medios autóctonos en cualquier sector económico de los países relativamente menos desarrollados, que no hayan acabado fusionándose con las distintas filiales del capital imperialista operantes allí, o convertidas en subsidiarias cautivas suyas, como sucede en numerosos países dependientes con la industria de las “autopartes”. 
Este razonamiento presidido por la Ley de la tendencia objetiva al derrumbe del sistema de vida burgués —confirmado por la “realidad actual” del capitalismo— permite distinguir perfectamente entre la transnacionalidad del capital en su etapa temprana o infantil, y la transnacionalidad de ese mismo capital en su etapa tardía o postrera del proceso de acumulación, es decir como distinción formal de una idéntica realidad esencial, como una metamorfosis del capital producto de un cambio cualitativo en su estado físico u organización, cuando éste alcanza determinada masa ya acumulada, inducido a ello por la fuerza productiva del trabajo social una vez alcanzado cierto grado de desarrollo.
Ni más ni menos que como la física distingue entre los estados sólido, líquido y gaseoso de ciertas sustancias químicas, entendidos como cambios cualitativos, es decir, cambios en su forma de manifestación según el grado de temperatura al que son sometidas, sin que por ello cambie su naturaleza constitutiva que sigue siendo la misma.

Este razonamiento científico borra la falsa dicotomía de naturaleza entre burguesía expoliadora “mala” y burguesía  expoliada “buena”, demostrando que ambas categorías sociales se basan en el mismo principio activo explotador de trabajo ajeno para los fines de la acumulación; y que más allá de haber contribuido en condiciones históricas excepcionales a completar la formación de sus respectivos mercados capitalistas nacionales periféricos, el pretendido proyecto político antiimperialista pequeñoburgués de desarrollo autosostenido del capital autóctono en esos países dependientes, carece por completo de base económica de sustentación y, por tanto, no puede sino acabar siendo arrojado al basurero de la historia por sus explotados, en alianza estratégica con los explotados por la gran burguesía imperialista.  

14) Aclaraciones de Leonardo Mir

  Compañeros, creo que tal vez mi intervención no haya sido muy afortunada, por lo que intentare ser un poco más claro y explícito esta vez.

Susil Gupta escribió que, “La clase obrera de la mayoría de los países avanzados es hoy una clase reaccionaria y degenerada. Es enemiga de la democracia, el socialismo y el Marxismo y de la clase obrera internacional”. Y por este camino, Susil Gupta se dirigía directamente a cuestionar al “marxismo ortodoxo” -que el GPM tan honrosamente levanta-, proponiendo que “hace falta ir más allá”.

Con mi respuesta a Susil Gupta pretendí desestimar tal cuestionamiento al marxismo -es decir, a la ciencia social-, implícito en su intervención en la que –particularmente- cuestiona a la clase obrera europea, pero –creí yo- apuntando -en general- hacia el marxismo. Y creí oportuno -tal vez por cuestiones de brevedad- hacerlo sin entrar a polemizar punto por punto en su posición, sino desde un punto de vista mucho más general, dejando de lado la cuestión, necesaria, pero secundaria en orden de prelación, de la intervención del sujeto revolucionario.

Lo que intenté decir, es que, -como hipótesis abreviada de trabajo- aún cuando el sujeto revolucionario faltara a la cita (o se retardara sería más exacto decir), el derrumbe económico se habría de producir igual (lo cual reconozco como inexacto) , más tarde o más temprano, y –anexamente- traté de precisar este momento haciéndolo coincidir aproximadamente con aquél en que la plusvalía “tendiera” a desaparecer  (con lo cual introduje  un sesgo mecanicista, lo reconozco).

Como se darán cuenta, esta hipótesis no plantea ni siquiera la cuestión “del interregno entre la toma del poder y la realización del socialismo”, ya que no hay tal toma del poder en esa hipótesis de trabajo. Lo que quiero venir a decir es que más allá de las vicisitudes históricas, el cambio de sistema se ha de producir de todas maneras, considerando que esta es la esencia última de la ciencia social (el marxismo), que el capitalismo no es un sistema que “se sale” del tiempo, constituyéndose en lo más alto como sistema que al hombre le está dado alcanzar, sino que es un mero paso en el camino, y que, sea como sea, aunque no nos sea posible descubrir exactamente de que modo ha de ser superado, irremediablemente demostrará ser lo que es, es decir, un mero producto histórico. Indubitablemente, dentro de ese “exactamente de que modo” ha de inscribirse al factor subjetivo que he dejado ausente (dando lugar a vuestra intervención) en mi apresurada respuesta a Gupta.

De más está decir que, si yo me salteo por completo el interregno entre la toma del poder y el socialismo, mal podría suponerse que yo avale alguna relación causa-efecto mecánica entre la intervención política del proletariado y “el momento en que las fuerzas productivas dejan sin sentido histórico al capitalismo al interior de sus propias relaciones de producción”. No pretendo plantear –aunque vuelvo a reconocer que he dejado esa impresión- ningún “automatismo sincrónico” sino que sencillamente no me adentré en la cuestión de las vicisitudes del cambio, cuestión en la que ustedes son muchísimo más versados que yo y han hecho las aclaraciones necesarias.

“la tendencia al derrumbe no actúa linealmente sino a través de interrupciones violentas bajo la forma de crisis y guerras, fenómenos a través de los cuales el capital acumulado se desvaloriza o destruye superando así, momentáneamente, los límites histórico-relativos que se pone a sí mismo. >> (Op. cit.)

E inmediatamente ustedes también señalan,

Pero a esta realidad descubierta por el “concreto pensado” de Marx, hay que añadir otra consideración suya complementaria, expuesta en el capítulo XIII del Libro I y XV del Libro III, y es que “la superación tecnológica” de que nos habla Leonardo también encuentra su límite en el capital antes del agotamiento del plusvalor; y esa limitación consiste en que la tecnología punta solo se vuelve operativa a los fines de la acumulación, si lo que cuesta producirla es inferior al coste del trabajo necesario o fuerza de trabajo que reemplaza: (Ibíd)

Obsérvese que yo había escrito, “Lo que sucederá, probablemente, es que la cantidad se transformará en cantidad un poco antes del punto de tecnificación absoluta con lo que quise poner de manifiesto, tácitamente, que el proceso no habría de ser puramente mecánico sino que –aunque Susil Gupta y otros criticaran el papel jugado por la clase obrera- mas tarde o mas temprano esta –la clase obrera- estaría “obligada necesariamente” a entrar al juego, por lo cual, y para concluir termino dándoles enteramente la razón cuando señalan,

     Porque, de no mediar la acción efectivamente revolucionaria del proletariado para constituirse en clase dominante, la misma lógica objetiva que tiende al derrumbe del sistema, brinda contradictoriamente a la burguesía la posibilidad real de sobrevivirse indefinidamente a sí misma a caballo de la superación de los límites que el capital se pone periódicamente a sí mismo, mediante la barbarie económico-social que supone la desvalorización masiva de capital constante y variable durante las crisis, y/o su destrucción física por medio de la barbarie bélica en las guerras. (Ibíd).

y también aquí,

la desaparición del sistema de vida basado en la explotación de trabajo asalariado no tiene por premisa material el agotamiento de la plusvalía por efecto de la tecnificación bajo del capitalismo —como parece opinar Leonardo Mir— sino el establecimiento de las nuevas bases materiales o relaciones de producción dominantes al interior de la sociedad en transición al socialismo, bajo la dictadura democrática del proletariado. Tal es la mediación política objetivamente determinada e históricamente necesaria para la desaparición definitiva del capitalismo, que inexplicablemente Leonardo Mir olvidó introducir en su texto. (Ibíd)

Tal vez la fe en la clase obrera que a Susil Gupta la falte, a mi me sobra. Y entiéndase por favor que cuando escribo "fe" no me refiero al concepto corriente de "fe ciega", sino de fe fundamentada en la ciencia social. Espero haber salvado mis olvidos anteriores y haber aclarado mi pensamiento. De no ser así, aguardo vuestras siempre oportunas aclaraciones.

Cordiales saludos.

Leonardo Mir

 

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[1] Cuando el instituto alemán “Marx Engels Werke” acabó de recopilar los textos de Marx correspondientes a la década de los cincuenta del siglo XIX, publicó esta obra bajo el título de “Grundrisse” vocablo alemán que significa “Fundamentos”. Y según los editores de la versión castellana publicada por Grijalbo/77, el MEW así lo hizo porque esta es una de las palabras que Marx utilizó en una de las cartas a Engels de ese período, concretamente la del 8 de diciembre de 1857 (MEW 29, 225) “para definir el contenido del manuscrito principal”. La editora dice que “También pudo haber sido titulado Grundzüge(Rasgos Fundamentales) ya que Marx utiliza esta palabra para definir el contenido de dicho manuscrito en dos ocasiones, cartas a Engels del 18 de diciembre de 1857 y a Lassalle del 21 del mismo mes y año, MEW 29, 232 y 548).
[2] Por “depauperación” hay que entender aquí el empobrecimiento relativo y no absoluto (descenso del nivel de vida) del proletariado. Es decir, que Guerrero considera la relación social entre el salario real y el plusvalor, relación que expresa la participación de los asalariados en el producto del trabajo social.
[3] Esta ruptura, que coadyuva a la toma del poder, no tiene por qué ser sin embargo irreversible. Y es que una cosa es la lucha del proletariado revolucionario por la toma del poder y otra la lucha por la realización del socialismo. Y en el curso de esta lucha, en tanto y cuanto la clase enemiga sigue subsistiendo, incluso en la conciencia retardada de masas significativas del proletariado no revolucionario, la burguesía tiene, todavía, la posibilidad real de dar vuelta a la situación.
[4] A este asunto ya nos hemos referido más arriba con un ejemplo del propio Marx.
[5] Por ejemplo, un capital de 500 a una tasa de ganancia del 10% rinde una masa de ganancia de 50. Pero si este capital se multiplica por seis mientras su tasa de ganancia se divide por diez reduciéndose al 1%, el nuevo capital de 3.000 rendirá una ganancia bruta de sólo 30.