12) Respuesta del G.P.M. a José Bordes García

Finalmente, respecto de la intervención del señor José Bordes en este debate, simplemente decir que, en general, nuestros argumentos coinciden con su línea de pensamiento sobre la cuestión.
Ciertamente, no sólo se trata de dirimir teóricamente la problemática de la tendencia al derrumbe del capitalismo, sino también de explicar todas las mediaciones contradictorias por las que discurre y se verifica en la realidad actual. En tal sentido, es cierto que, por un lado, el intercambio con los países menos desarrollados de su periferia capitalista, contribuye a amortiguar o enlentecer el descenso de la tasa de ganancia en los países de la cadena imperialista.
Pero, por otro lado, también es cierto que el acelerado proceso de acumulación en esa parte del Mundo más desarrollado, llega inevitablemente a un punto en que la tasa de ganancia no alcanza a compensar todo el capital disponible para invertirlo productivamente a los fines de capitalizar más plusvalor, determinando así que un excedente de ese capital adicional expulsado del aparato productivo, en parte emigre hacia los países de desarrollo dependiente que explotan trabajo ajeno con salarios más bajos y una tasa de ganancia mayor. [4] Este es uno de los fenómenos que, junto con la cartelización de la economía y la fusión entre el capital bancario y el capital industrial, caracteriza la etapa imperialista del capitalismo también llamada capitalismo tardío:
<<Lo que caracterizaba al viejo capitalismo ( en su etapa infantil), en el cual dominaba plenamente la libre competencia, era la exportación de mercancías. Lo que caracteriza al capitalismo moderno, en el que impera el monopolio, es la exportación de capital>> V.I. Lenin: "El imperialismo fase superior del capitalismo" Cap. IV)
De esta lógica del capital resulta que una buena porción del plusvalor obtenido por el capital metropolitano en los países de menor desarrollo relativo por medio del comercio y de la inversión directa de plusvalor excedentario, va a engrosar el fondo de consumo de directivos y accionistas propietarios de las respectivas empresas multinacionales, así como a comprar la voluntad política de cierta capa de asalariados y dirigentes sindicales que pasan así a integrar lo que Lenin llamó “aristocracia obrera”:
<<La exportación de capital da ingresos que se elevan a ocho o diez mil millones de francos anuales, de acuerdo con los precios de antes de la guerra y según las estadísticas burguesas de entonces. Naturalmente, ahora eso representa mucho más.
    Es evidente que una superganancia tan gigantesca (ya que los capitalistas se apropian de ella, además de la que exprimen a los obreros de su "propio" país) permite corromper a los dirigentes obreros y a la capa superior de la aristocracia obrera. Los capitalistas de los países "avanzados" los corrompen, y lo hacen de mil maneras, directas e indirectas, abiertas y ocultas.
    Esta capa de obreros aburguesados o de "aristocracia obrera", completamente pequeños burgueses en cuanto a su manera de vivir (sociológicamente hablando), por la cuantía de sus emolumentos y por toda su mentalidad, es el apoyo principal de la Segunda Internacional, y, hoy día, el principal apoyo social (no militar) de la burguesía. Pues éstos son los verdaderos agentes de la burguesía en el seno del movimiento obrero, los lugartenientes obreros de la clase capitalista (labour lieutenants of the capitalist class), los verdaderos portadores del reformismo y del chovinismo. En la guerra civil entre el proletariado y la burguesía se ponen inevitablemente, en número no despreciable, al lado de la burguesía, al lado de los "versalleses" contra los "comuneros".>> (V.I. Lenin: El Imperialismo, fase superior del capitalismo”  Prólogo a las ediciones francesa y alemana. Octubre de 1921)
Pero el resto de esa masa de plusvalor obtenido por las empresas multinacionales en los suburbios del capitalismo mundial, se queda en esos mismos países anfitriones para ampliar la escala de la producción de plusvalor en sus empresas filiales; Y dado que la acumulación no se halla directamente determinada por la tasa de plusvalía —que es mayor en los países de más alta productividad— sino por la tasa de ganancia (proporción entre el plusvalor obtenido y el capital invertido en un determinado período), el caso es que, aun cuando la masa de capital comprometido es naturalmente mucho más pequeña en las filiales, sin embargo, dada la mayor tasa de ganancia con que operan en los países de menor desarrollo relativo, pueden obtener allí una masa bruta de ganancia relativamente mayor por unidad de capital empleado que en sus “empresas madre”, de lo cual resulta que el proceso de acumulación es allí más acelerado:
<<Dada la suma de capital (empleado), el gross amount of profit (importe bruto de la ganancia) dependerá de la tasa de ganancia.
Por consiguiente, un pequeño capital con una tasa de ganancia elevada, puede rendir un gross profit (ganancia bruta) mayor que un capital mayor con una tasa de ganancia baja.>>(K. Marx: “Teorías sobre la plusvalía” Cap. XVII – 15)
Esto es así, porque en los países capitalistas más añejos, la tasa de ganancia desciende más rápidamente que el aumento del capital en funciones.[5] ¿Por qué? Pues, porque, allí, la composición orgánica del capital crece más rápido que el capital acumulado, en tanto y cuanto que el crecimiento de la acumulación depende del plusvalor obtenido en cada rotación, y éste de la tasa de plusvalor multiplicada por el número de obreros empleados. Entonces, si en los países de la cadena imperialista el incremento del capital adicional empleado en salarios disminuye más de lo que aumenta la parte proporcional invertida en capital constante, la tendencia es a que el plusvalor se incremente menos de lo que aumenta el capital invertido. Y dado que la tasa de ganancia es la relación porcentual entre el plusvalor y el capital invertido, en semejantes condiciones deberá descender.  
Cierto que, aumentando la productividad, esto es, el grado de explotación de cada trabajador, el capital puede compensar y hasta sobrepujar el descenso en el incremento del plusvalor por efecto de un menor empleo en capital variable o salarios. Pero esto solo es posible hasta cierto punto, dado que el grado de explotación de una misma fuerza de trabajo tiene límites infranqueables muy férreamente marcados por la naturaleza. En efecto:
<<…Dos obreros que trabajan 12 horas diarias no pueden producir la misma masa de plusvalor que 24 obreros que solo trabajan 2 horas cada cual, inclusive si pudiesen vivir del aire, por lo cual, no tendrían que trabajar en absoluto para sí mismos. Por eso, en este aspecto, la compensación de la mengua en el número de obreros mediante el incremento en el grado de explotación del trabajo, encuentra ciertos límites insuperables; por lo tanto, puede ciertamente obstaculizar la baja de la tasa de ganancia, pero no anularla.
  Por consiguiente, con el desarrollo del modo capitalista de producción disminuye la tasa de ganancia, mientras que su masa aumenta al aumentar la masa del capital empleado.>>  [K. Marx: “El Capital” Libro III Cap. XV – II)]
El resultado de esto es que, según avanza la acumulación en los países capitalistas más viejos, sus tasas nacionales de ganancia disminuirán paulatinamente dado que el capital adicional correspondiente se incrementa o amplía en progresión descendente respecto del capital invertido. Y aun cuando la masa de plusvalor producido en las metrópolis siga siendo mayor que la producida por sus filiales en el exterior menos desarrollado, en general la ampliación proporcional de capital tenderá históricamente a ser más acelerada en los países capitalistas periféricos que en los centrales.
Esto es así, porque una parte cada vez mayor de la masa de plusvalor o ganancia bruta producida en los países más desarrollados —que no es compensada por sus respectivas tasas de ganancia en descenso— va a engrosar el capital productivo de los países capitalistas menos desarrollados del sistema, dotándoles sin remedio con los más modernos medios y métodos de producción según recrudece la competencia mundial por la conquista de estos mercados de inversión productiva.
Esta es la natural consecuencia de la lógica del capital que Marx pudo comprobar en vida como un fenómeno todavía episódico, pero que previó como una “causa contrarrestante” típica en un futuro generalizada y permanente, frente a la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Esa generalización futura insinuó hacerse presente en la década de los años veinte, hasta el punto de que en 1928 pudo ser prevista por teóricos de la economía política nada sospechosos de marxistas, como Bernhard Harms, cuando advirtió que los EE.UU. se acercaban al límite absoluto de la acumulación sin poder evitarlo, y que muy pronto este gran país se sumaría a la vieja Europa como un serio competidor en la provisión de capital productivo a los países capitalistas menos desarrollados del Mundo:
<<Se debe calcular que no está lejos el momento en que los Estados Unidos de Norteamérica se presenten como proveedores de medios de producción en gran escala. Las conocidas investigaciones del Informe Balfour y las discusiones en la última “Imperial Conference”, aportaron un instructivo material para esta suposición>> (Bernhard Harms: “Wandlungen in der welthwirchtschaflischen Stellung Europas” (Cambios en la situación político-económica de Europa) Citado por Henryk Grossmann: “La Ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista”. Cap. 3 B III d)
Como es sabido, este proceso fue interrumpido por la crisis de 1929 y acabó siendo sepultado bajo los escombros y la sangre derramada de 30 millones de seres humanos durante la Segunda Guerra Mundial.
Pero tras la formidable expansión que siguió al período de recuperación de la inmediata post guerra, esta tendencia a la sobresaturación de capital volvió a confirmarse empíricamente a escala planetaria desde que la Reserva Federal de los EE.UU. debió decretar en 1971 la inconvertibilidad del dólar, haciéndose espectacularmente notoria en las elevadas tasas de crecimiento sostenido registradas desde la década de los años ochenta por los países de sudeste asiático, más China y la India.
La tendencia al derrumbe, que ha venido atravesando el proceso de acumulación capitalista desde su etapa más temprana, sigue ahora palpitando bajo la nueva evidencia histórica de la internacionalización del capital imperialista llamada “globalización”, que ha acabado arrojando al basurero de la historia todas las teorías del antiimperialismo pequeño burgués, sustentadas en la presunta propensión del capital imperialista, a perpetuar el subdesarrollo relativo en su periferia.
Esto es lo que pareció confirmarse por el capitalismo de los países centrales, cuyo proceso de acumulación no había alcanzado aun el punto de sobresaturación. Una realidad transitoria que las resoluciones del VIº Congreso de la Internacional stalinista presentaron —precisamente a fines de 1928— como permanente. Estas resoluciones se fundaron en dos premisas: la primera, que el capitalismo imperialista había formado un bloque estratégico de poder con las oligarquías terratenientes y las burguesías compradoras de los países económicamente dependientes, que impedían el necesario desarrollo económico en esta parte del Mundo; la segunda, que como consecuencia de ese atraso económico del capitalismo, el proletariado tampoco se podía desarrollar socialmente, y en tanto seguía supuestamente siendo una minoría social, no estaba en condiciones de constituirse en clase dominante como garantía de estabilidad del cambio revolucionario.  
Había que pasar, pues, por una etapa previa de liberación nacional formando una alianza  “táctica” con la pequeña y mediana burguesías “progresistas”, con arreglo a la posterior estrategia de lucha por la liberación social del proletariado, sólo cuando la burguesía progresista hubiera completado la necesaria etapa de desarrollo económico que pusiera al proletariado de esos países en condiciones de proceder a su liberación social implantando la sociedad de transición al socialismo.
Todos los representantes “neomarxistas” que impulsan la “corriente radical de la teoría de la  dependencia” —y que proliferaron entre las décadas de los cincuenta y noventa— abonaron y siguen abonando de una manera u otra estas tesis del VIº Congreso stalinista, desde Paul Baran en “La economía política del crecimiento” (1957), hasta Samir Amin en: “El fracaso del desarrollo en África y en el tercer mundo: un análisis político” (1994), pasando por Ernest Mandel: “Tratado de Economía Marxista” (1962), André Gunder Frank en: “Capitalismo y subdesarrollo en América Latina” (1965), Arghiri Emmanuel: “Imperialismo y comercio internacional: el intercambio desigual” (1971), Inmanuel Wallerstein: “El Moderno sistema-Mundo” (1974) Maurice Dobb: “Capitalismo, Crecimiento Económico y Subdesarrollo” (1975), por no citar más que a los más relevantes, casi todos ellos asiduos colaboradores de la “Monthly Review Press” creada y financiada por Paul M. Sweezy a fines de los cuarenta.
De entre estos teóricos hay quienes sostienen que la multinacionalidad del capital es tan vieja como la empresa de la Indias Orientales creada en 1602, a la que no diferencian de cualquier filial que opera hoy por cuenta de su correspondiente empresa matriz en Europa, EE.UU., Japón o Korea del Sur, pero al mismo tiempo afirman que el atraso secular del capitalismo periférico está inducido por el capitalismo imperialista del centro, como si ambos capitalismos fueran dos cosas distintas, uno malo y el otro bueno, tal como trataba Proudhon a la propiedad privada de su tiempo y a las categorías económicas en general.
En realidad, es al revés, el capital imperialista y el capital dependiente son partes esencialmente constitutivas de una misma totalidad orgánica, aunque el metabolismo del capital imperialista —determinado por el desarrollo de la fuerza social productiva— en su fase tardía, se haya vuelto mucho más rápido y la masa de su capital acumulado enormemente mayor que en su fase temprana, lo cual permite distinguir perfectamente entre los efectos funcionales de una empresa comercial como Las Indias Orientales Holandesas en el siglo XVII y una filial cualquiera del capital financiero imperialista operando quinientos años después sobre el trabajo explotado en los suburbios del sistema capitalista globalizado.
Citando la obra de Sartorius Von Walterhausen: “Das Wolkswirtschaftiche”, Henryk Grossmann reporta que, a mediados del siglo XVII Holanda había evolucionado desde su etapa medieval con economía agraria y pesquera, hacia un capitalismo incipiente manufacturero y comercial de primer rango: Contando con una importante industria astillera y una próspera manufactura de lino y lana fundada en una técnica perfeccionada, en aquella estructura económica jugaba un papel importante el molino de viento, que serraba la madera, molía el grano exprimía la aceituna, molía el tabaco y producía el papel. Tejedores de lana, lino y seda, fabricantes de papel y de sombreros se establecían en Leiden, Haarlem y Dordrecht. Tal fue la plataforma sobre la que se lanzó al Mundo “La empresa holandesa de las Indias Orientales”.
Pero los Países Bajos abarcaban un territorio pequeño con una base poblacional explotable también reducida como para poder emplear productivamente todo el capital acumulado. Así fue como el capital productivo excedentario y una tasa de interés nacional a la baja por exceso de capital prestable, indujo a que buena parte de la burguesía holandesa empezara a vivir de las rentas dinerarias y la especulación con fondos líquidos invertidos en otros países de Europa:
<<Una gran riqueza heredada (…) crecientes dificultades para hacer funcionar en el propio país a los capitales disponibles (por falta de base poblacional explotable). En los años florecientes de Holanda allí era la regla depositar el capital dinerario sólo en las empresas locales. Pero así este capital quedaba sin rendir frutos en el mercado, reduciendo la tasa de interés, hasta que fue recogido por los extranjeros.>> (Sartorius Von Walterhausen: Op. cit. Lo entre paréntesis nuestro)
<<Ya a comienzos del siglo XVIII las manufacturas holandesas fueron ampliamente sobrepujadas y el país dejó de ser la nación industrial y comercial dominante. Uno de sus negocios principales, entre 1701 y 1776, fue el préstamo de enormes capitales, especialmente a su poderosa competidora, Inglaterra.>> (K. Marx: “El Capital” Libro I Cap. XXIV Aptdo. 6)
Por otra parte, dado el lento desarrollo de las fuerzas productivas con una tasa de ganancia que no parecía poner límites a la acumulación, el capital de la industria urbana en aquella época, crecía más en extensión que en intensidad, es decir, que la composición orgánica del capital aumentaba muy lentamente con una técnica casi invariable, mientras que en el agro permanecía como en la edad media tardía, al tiempo que la oferta de capital necesario para ampliar la escala de la producción, encontraba su demanda efectiva en la expansión de unas relaciones sociales capitalistas que todavía no se habían apoderado de toda la población explotable. En tales condiciones, el capital adicional que empresas como la de las Indias Orientales Holandesas o la de las Indias Occidentales Inglesas empleaban en las plantaciones de sus colonias, no sólo fijaban el atraso de las fuerzas productivas que allí explotaban, sino que para ello se valían de relaciones de producción precapitalistas cuyo trabajo excedente capitalizaban bajo la forma de plusvalor en las metrópolis.
Hoy día el capitalismo no ha cambiado un ápice de naturaleza social. Pero el proceso de acumulación a caballo del enorme avance experimentado por las fuerzas sociales productivas en incesante desarrollo, ha provocado la sobresaturación permanente de capital en todas las metrópolis imperialistas. Este excedente de capital adicional que presiona la tasa de ganancia media a la baja, es la causa del lento crecimiento capitalista en la parte más desarrollada del Planeta. De hecho, los aparatos productivos de EE.UU. y Europa operan actualmente al 60-70% de su capacidad instalada, y esto induce a que su sector económico productor de medios de producción tienda a satisfacer la demanda de esos medios de trabajo por parte de países capitalistas “emergentes” y de desarrollo medio en el Mundo.
Tal es la base material o económica del más moderno fenómeno de la transnacionalidad del capital imperialista, caracterizado por el recrudecimiento de la competencia entre los oligopolios mundiales para la exportación de capital fijo a través del establecimiento de sus respectivas filiales en los países económicamente dependientes, que así deviene en capital de alta tecnología. Y lo que este proceso ha podido verificar, es que prácticamente no quedan empresas de capitales medios autóctonos en cualquier sector económico de los países relativamente menos desarrollados, que no hayan acabado fusionándose con las distintas filiales del capital imperialista operantes allí, o convertidas en subsidiarias cautivas suyas, como sucede en numerosos países dependientes con la industria de las “autopartes”. 
Este razonamiento presidido por la Ley de la tendencia objetiva al derrumbe del sistema de vida burgués —confirmado por la “realidad actual” del capitalismo— permite distinguir perfectamente entre la transnacionalidad del capital en su etapa temprana o infantil, y la transnacionalidad de ese mismo capital en su etapa tardía o postrera del proceso de acumulación, es decir como distinción formal de una idéntica realidad esencial, como una metamorfosis del capital producto de un cambio cualitativo en su estado físico u organización, cuando éste alcanza determinada masa ya acumulada, inducido a ello por la fuerza productiva del trabajo social una vez alcanzado cierto grado de desarrollo.
Ni más ni menos que como la física distingue entre los estados sólido, líquido y gaseoso de ciertas sustancias químicas, entendidos como cambios cualitativos, es decir, cambios en su forma de manifestación según el grado de temperatura al que son sometidas, sin que por ello cambie su naturaleza constitutiva que sigue siendo la misma.
Este razonamiento científico borra la falsa dicotomía de naturaleza entre burguesía expoliadora “mala” y burguesía  expoliada “buena”, demostrando que ambas categorías sociales se basan en el mismo principio activo explotador de trabajo ajeno para los fines de la acumulación; y que más allá de haber contribuido en condiciones históricas excepcionales a completar la formación de sus respectivos mercados capitalistas nacionales periféricos, el pretendido proyecto político antiimperialista pequeñoburgués de desarrollo autosostenido del capital autóctono en esos países dependientes, carece por completo de base económica de sustentación y, por tanto, no puede sino acabar siendo arrojado al basurero de la historia por sus explotados, en alianza estratégica con los explotados por la gran burguesía imperialista.     

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[4] A este asunto ya nos hemos referido más arriba con un ejemplo del propio Marx.
[5] Por ejemplo, un capital de 500 a una tasa de ganancia del 10% rinde una masa de ganancia de 50. Pero si este capital se multiplica por seis mientras su tasa de ganancia se divide por diez reduciéndose al 1%, el nuevo capital de 3.000 rendirá una ganancia bruta de sólo 30.