10) Respuesta del G.P.M. a la segunda intervención
de Susil Gupta
a) ¿Es cierto que el proletariado de los países imperialistas ha degenerado
de modo irreversible?
Esto es todo lo que nos pareció necesario decir acerca de
la primera intervención de Susil Gupta en este debate. Pero seguidamente el
señor Gupta escribió un segundo documento que tituló: “Hacia un nuevo Manifiesto”,
donde viene a decir que, desde 1914, el proletariado en la mayoría de los países
europeos ha ido deviniendo en una clase “reaccionaria y degenerada, (…) enemiga
de la democracia, el socialismo y el
Marxismo y de la clase obrera internacional”. Por esa “razón” el señor Susil
Gupta está “totalmente contra la idea de una nueva internacional” y nos plantea
limitar el internacionalismo revolucionario al proletariado de los países dependientes.
Esto de revisar el Materialismo Histórico en nombre del marxismo
no es nuevo y está suficientemente documentado. Ocurre durante los bruscos virajes
de la historia, cuando la fuerza de gravedad de los acontecimientos desplaza
más o menos violentamente la relación entre las dos clases universales desde
la izquierda hacia la derecha, sorprendiendo a quienes oficiaban de vanguardia
revolucionaria autoproclamada sin tener suficientemente arraigados en su conciencia
los principios políticos basados en la moderna ciencia social.
Y cuando la clase obrera defecciona políticamente por causa
del paro tras una derrota estratégica en su lucha por conservar sus conquistas
sociales anteriores, o después de los sufrimientos de una guerra perdida, una
mayoría de estos elementos de la vanguardia revolucionaria cambian atropelladamente
de chaqueta política o se van a su casa, mientras que de entre la minoría restante
una mayoría se pasa con armas y bagajes a la burguesía —como sucediera a principios
de siglo con Bernstein e inmediatamente con Kautsky— al mismo tiempo que un
reducto abandona la ortodoxia del Materialismo Histórico por la izquierda y
decide huir hacia delante adoptando las típicas posiciones que en “Historia
y Conciencia de Clase”, George Lukács calificó de “voluntarismo utópico”.
Consideramos que lo de Susil Gupta con su propuesta de “un
nuevo manifiesto”, entra en este último tipo de exabruptos o disparates políticos,
una salida por la ultraizquierda contingente, cuyos resultados políticos, a
la postre, no difieren de los que la burguesía consigue con la parálisis contestataria
de las masas que ha conseguido desmoralizar, y contra las que los voluntaristas
arremeten arrojándolas de sus previsiones políticas, tan ciega e irracionalmente
como ellos mismos han sido arrojados fuera de la lucha de clases elemental
no sabiendo encontrar su sitio en las formas y medios que las
nuevas condiciones de la lucha de clases efectiva y real
—aunque no se note en la calle ni en los lugares de trabajo— exigen adoptar.
Ya en 1843 se han podido recoger testimonios de parecidos
disparos al aire, a través de la correspondencia de aquella época entre Marx
y Arnold Ruge, este último desmoralizado por la cobarde pasividad de las clases
subalternas alemanas ante la irracionalidad intolerable a que había llegado
el régimen absolutista de Federico Guillermo IV. Ver:
http://www.nodo50.org/gpm/cis/12.htm
Más adelante en la historia, según reporta Pierre Broué en
su obra: “El partido bolchevique”, inmediatamente después de la derrota
de 1905, el movimiento sindical ruso se debilitó. En 1905 hubo más de 2.750.000
huelguistas. En 1906 un millón menos. En 1907 sólo 750.000. En 1908 174.000.
En 1909 solo 64.000. Y en 1910 no pasaron de 50.000. En todo este período, a
medida que la moral de los obreros se viene abajo, muchos militantes políticos
desertaban. En Moscú, durante 1907 los miembros del Partido Obrero Socialdemócrata
Ruso (POSDR) que abandonaron su actividad, se cuentan por millares. Hacia el
final de 1908 sólo quedan 500 y 150 al final de 1909; en 1910 la organización
en esa ciudad dejó de existir. En el conjunto del país, los efectivos políticos
del partido pasaron de casi 100.000 a menos de 10.000. (Cfr. Op. Cit. Cap.
II). Refiriéndose a este mismo periodo contrarrevolucionario, en su biografía
de Lenin, David Shub dice que dentro de Rusia decaían la fe y el entusiasmo
de los primeros revolucionarios profesionales y de los estudiantes:
<<Intelectuales y obreros, decepcionados, desertaban
de las filas de la subversión para refugiarse en la ciencia, la religión o la
filosofía; otros cambiaron el ascetismo revolucionario por un libertinaje desenfrenado;
no pocos desembocaron en el suicidio. Los círculos revolucionarios, que pocos
años antes habían alcanzado tan brillante notoriedad, degeneraron en "ligas
de suicidas", "clubes de amor" y otras formas de evasión cívica.>>
(D. Schub: "Lenin" I 1870-1917 Cap.6).
Sin embargo, esta misma generación de asalariados que defeccionó
entre 1905 y 1912, fue la que en octubre de 1917 protagonizó el más grandioso,
heroico, rico, trascendente y aleccionador período revolucionario en toda la
historia del movimiento obrero.
Si el señor Susil Gupta piensa que los asalariados de la década
de los ochenta todavía conservaban intacta su esencia revolucionaria, es de
suponer que pensará lo mismo del proletariado europeo de los años sesenta, que
protagonizó el movimiento iniciado durante los sucesos conocidos por “El mayo
francés”. Sin embargo, en ese momento la vanguardia política de tal movimiento
ya estaba inficionada por los teóricos contrarrevolucionarios neomarxistas de
la escuela de Harvard, como Paúl Baran y Paúl Sweezy, y sus colegas de la escuela
de Frankfurt. El resultado sincrético de ambas escuelas de pensamiento burguesas
de izquierda, sintetizó políticamente en el filósofo alemán Erbert Marcuse,
verdadero líder espiritual de toda esa movida, que acabó acondicionándose al
sistema, convenientemente distribuida desde la década de los ochenta entre las
instituciones de los diversos aparatos de Estado —tanto al interior de la UE
como de los USA— con su cohorte de distintos movimientos de ecologistas, feministas,
barriales, de DD.HH. y del voluntariado de las ONG’s creados todos ellos a iniciativa
de aquellos líderes “had oc” con cargo a los presupuestos estatales, todos ellos
inducidos por la teoría de la “larga marcha al interior de la instituciones
burguesas legada por esas dos principales escuelas de pensamiento en la persona
del tan célebre como glorificado filósofo “revolucionario” alemán —discípulo
directo de Friedrich Pollock— llamado Herbert Marcuse, quien tras el fracaso
de aquél experimento que el impulsó presidido por la consigna de su propio cuño:
“la imaginación al poder” pasó a proponer una larga marcha por las instituciones
burguesas: Ver:
http://www.nodo50.org/gpm/miscelanea/todoanexo.doc
Pero, es que, además, el grado de conciencia y compromiso
político de clase del proletariado internacional, está todavía fuertemente condicionado
por el desarrollo internacional desigual del capitalismo, del que se deriva
un intercambio también desigual en el mercado mundial entre países de mayor
y menor desarrollo relativo, donde los primeros —con tasas de ganancia relativamente
inferiores—, cambian con los segundos menos trabajo por más, es decir, que no
se intercambian equivalentes. Y este intercambio desigual del trabajo productor
de plusvalor en favor de los países más desarrollados, viene determinado por
la misma tendencia que provoca transferencias de plusvalor al interior de los
distintos espacios nacionales, desde las ramas de la producción menos desarrolladas
hacia las más desarrolladas, a fin de que la ganancia se reparta no según la
magnitud relativa del trabajo explotado, sino según la magnitud de los respectivos
capitales comprometidos en la producción objeto de intercambio. Del comercio
en condiciones de desarrollo internacional desigual resulta inmediatamente que
la tasa de ganancia de los países relativamente más desarrollados tiende a compensar
en parte —y en ciertas circunstancias momentáneamente a neutralizar y hasta
sobrepujar— su tendencia natural al descenso. Así lo dice Marx:
<<Los capitales (de los países relativamente más
desarrollados) invertidos en el comercio exterior, pueden arrojar una tasa
de ganancia superior porque, en primer lugar, en este caso se compite con mercancías
producidas por otros países con menores facilidades de producción, de modo que
el país más avanzado vende sus mercancías (a precios de producción) por
encima de su valor, aunque más baratas
que los países competidores. En la medida en que aquí el trabajo del país más
adelantado se valoriza como trabajo de mayor peso específico, aumenta
la tasa de ganancia al venderse como cualitativamente superior el trabajo (más
productivo e intenso) que no ha sido pagado como tal.>> (“El
Capital” Libro III Cap. XIV)
En el capítulo VIII del mismo Libro III, Marx pone el ejemplo
de las condiciones de intercambio entre dos capitales de magnitud equivalente
= 100, uno localizado en un país europeo desarrollado A) y otro. B), en un país
asiático de menor desarrollo relativo. En el primero, dado su mayor grado de
desarrollo —determinado por una más alta composición orgánica y técnica del
capital— Marx ha supuesto que la tasa de plusvalor es allí del 100%, o sea,
que los obreros de la empresa europea trabajan media jornada para sí mismos
y la otra media para sus patronos, mientras que la tasa de plusvalor en la empresa
del país asiático de menor desarrollo relativo, es del 25%, de modo que allí
los obreros trabajan las 4/5 parte de la jornada laboral para sí mismo y el
1/5 restante para sus empleadores capitalistas. Sobre estas condiciones, el
cálculo resultante es el siguiente:
Valor del producto
según la estructura productiva del capital A) en el país más desarrollado:
84Cc.
+ 16Cv. + 16pvl. = 116
Tasa de ganancia
P1 = 16Pvl. / 84Cc. + 16Cv. = 16%
Valor del producto
según la estructura productiva del capital B) en el país menos desarrollado:
16Cc.
+ 84Cv. + 21Pvl. = 121
Tasa de ganancia
P2 = 21Pvl.. / 16Cc. + 84Cv. = 21%
Por lo tanto, a pesar de que la tasa de plusvalor del capital
B) es cuatro veces menor que la obtenida por el capital A), su tasa de ganancia
es más de un 25% mayor (31,5%) que la de éste.
Pero así como en los distintos espacios nacionales de formación
de valor existe la tendencia a la formación de una tasa media de ganancia, en
el mercado internacional sucede otro tanto. Y esto es así, porque todo intercambio
bajo el capitalismo no consiste en intercambiar un valor de uso por otro, sino
en obtener el mayor volumen posible de plustrabajo con una masa de capital dada.
Y esto no supone que el intercambio de equivalentes sea la norma sino al contrario,
que los respectivos precios en dinero según los cuales se realiza
el intercambio de una mercancía por otra, normalmente difieran
del valor contenido en cada una de ellas.
Y lo que la tasa media de ganancia determina es, precisamente,
esa diferencia. Y tal diferencia determina, a su vez, la masa de plusvalor —comprometida
en cada intercambio— que cada parte se apropia según la masa de capital con
que participa en el total del plusvalor producido. Y a este resultado se encarga
de llegar la competencia, en este caso, en el mercado internacional.
En el ejemplo de Marx, el plusvalor total puesto en juego
por el intercambio internacional entre los capitales A) y B) es de 37 y la masa
de capital comprometido en el intercambio es = 200. Y dado que A) y B) participan
con la misma magnitud de capital, luego el valor del producto de estos dos capitales
= 237, habrá que dividirlo por 2, lo cual arroja un resultado de 118,5 que es
el precio de producción correspondiente a la tasa media de ganancia internacional
= 18,5% fijada por la competencia, y al que deberán ajustarse ambos capitales,
de modo que la nueva estructura de producción del capital A) pasará a ser:
84Cc.
+ 16Cv. + 18,5pvl. = 118,5.
Y la estructura de
producción del capital B):
16Cc.
+ 84Cv. + 18,5Pvl. = 118,5.
De acuerdo con estas nuevas estructuras determinadas por la
competencia en la esfera de la circulación internacional de mercancías y servicios,
el precio de producción que resulta de la tasa de ganancia media aplicada a
la estructura productiva del capital individual en el país particular más desarrollado
A), resulta ser 2,5 puntos mayor que el valor de lo producido por ella, en tanto
que este mismo precio de producción aplicado a la estructura productiva del
capital individual en el país particular menos productivo B), resulta ser 2,5
puntos menor respecto el valor de su producción. Mediante el intercambio a la
tasa de ganancia media, se produce, pues, una transferencia de plusvalor desde
el país de menor desarrollo relativo, hacia el país relativamente más desarrollado.
Esto es así, dado que la competencia intercapitalista se encarga
de que el reparto del plusvalor en el mercado mundial —tanto como en los mercados
nacionales— no se realice según la cantidad de asalariados ocupados por cada
fracción del capital global en funciones, sino según la masa de capital con
que cada empresa capitalista productora de plusvalor interviene en el común
negocio de explotar trabajo ajeno.
Para simplificar el análisis, Marx supuso que los capitales
A) y B) son de la misma magnitud. Pero en la realidad esto no es así, porque
la magnitud de los capitales que operan con una más alta composición orgánica,
resulta ser significativamente mayor que la magnitud de los capitales con una
más baja composición orgánica y técnica. Por tanto la transferencia de plusvalor
desde los países menos desarrollados hacia los de la cadena imperialista, será
significativamente mayor que la del ejemplo presentado por Marx en el capítulo
VIII del Tercer Libro.
Y esta transferencia, al mismo tiempo que contrarresta —aunque
no neutraliza— la tendencia al derrumbe en los países más desarrollados, contribuye
a mantener y hasta ensanchar la brecha entre el desarrollo y el subdesarrollo
relativos en el Mundo, permitiendo que, en virtud de la mayor
productividad del trabajo y de una parte de estas transferencias de plusvalor
desde los países menos desarrollados, la burguesía imperialista pueda hasta
cierto punto integrar consensualmente a sus asalariados, haciéndoles participar
con el “chocolate del loro” de esta parte alícuota de plusvalor sustraído a
la burguesía de los países capitalistas dependientes.
Ésta es una determinación objetiva del desarrollo desigual
del capital internacional, como parte de las condiciones que los
revolucionarios deben considerar a la hora de elaborar su táctica política
en el país particular donde la lucha de clases les sorprenda.
Pero esto, en absoluto tiene nada que ver con la naturaleza de clase
de los asalariados en una u otra parte del mundo, que ha sido y sigue siendo
esencialmente la misma a los fines de formular la estrategia de poder
en el terreno internacional o general de la lucha de clases, que
debe ser la misma en todas las partes del Mundo. Tal es, a nuestro juicio,
la base económica sobre la que debe erigirse el internacionalismo
político proletario, que sigue siendo la misma desde los
tiempos del “Manifiesto Comunista” de 1848 y que, por tanto, carece por
completo de sentido ponerse a elaborar uno nuevo que enmiende al anterior en
cuanto al fundamento por el cual Marx y Engels han definido al proletariado
internacional como clase revolucionaria fundamental, independientemente de su
distinto comportamiento sociológico y grado de conciencia política en cada país
y momento de la historia.
Esta es la demostración más cabal, por el absurdo, de que
para descubrir la naturaleza de las clases en cada período de la historia, el
Materialismo Histórico no se rige por la historia, es decir, por la correlación
política de fuerzas sociales en cada determinado momento y lugar de la confrontación,
según el comportamiento sociológico, valores ideológicos asumidos, estado de
ánimo, etc., etc., de una determinada clase social. ¡No! Para eso, el Materialismo
Histórico en tanto concepción del mundo y metodología para la práctica teórica
y política revolucionarias, sólo se basa en la naturaleza económica de
un período social dado o formación social históricamente determinada.
Y la clase de los asalariados en la formación social capitalista
es lo que es no por lo que ella piense de sí misma
y de su clase universal antagónica, ni de lo que esté dispuesta a hacer en determinado
momento del proceso histórico, sino por el lugar que ocupa en la producción
dentro de este sistema, con independencia del país particular en que le toque
ser explotada.
Al proletariado como producto del capitalismo, encarnación
social de la fuerza productiva y polo histórico dominante de su contradicción
con el capital, no se le debe definir por lo que piensa y hace en determinado
momento de esa contradicción, sino por lo que está llamado a pensar y hacer
empujado a ello por la ley general de la acumulación, es decir, por la tendencia
al derrumbe del capitalismo. Lo que el proletariado piensa y hace en un determinado
momento del proceso de acumulación, es un problema táctico que debe contribuir
a resolver la vanguardia revolucionaria en sentido estratégico, es decir, según
lo que el proletariado debe llegar a pensar y hacer, lo quiera o no en cada
momento de ese proceso.
El comportamiento sociológico del proletariado según pautas
predominantes, tanto como su pensamiento ideológico, estado de ánimo, etc.,
etc. pueden llegar a ser lo más proburgueses o reaccionarios que se pueda uno
imaginar, según el mayor o menor grado de desarrollo económico desigual en del
Mundo y según los bruscos virajes que la lucha de clases suele dar en la historia
—y ya nos hemos referido más arriba a la fuerte incidencia contrarrevolucionaria
que, sobre el actual curso de la lucha de clases ha tenido la debacle del llamado
“socialismo real” en el Mundo. Pero en tanto persiste la tendencia objetiva
al derrumbe del capitalismo, tampoco cambia la naturaleza social de los asalariados,
ni el carácter político estratégico de su comportamiento como clase revolucionaria
fundamental. Como decía Marx en la carta a Ruge ya citada y luego cumplió estrictamente
este programa máximo:
<<Nosotros no decimos al Mundo: “deja de luchar, toda
tu lucha no vale nada; nosotros le damos la verdadera consigna de lucha. Sólo
mostramos al Mundo por qué lucha realmente (o por qué debiera luchar): pero
la conciencia es una cosa que el Mundo debe adquirir, quiéralo
o no>>
Y en este punto de nuestra controversia es donde la teoría
del derrumbe se revela en toda su gravitación revolucionaria decisiva.
Por tanto, la contrarrevolución que Susil Gupta ha visto apoderarse
de la conciencia política de los asalariados en los países capitalistas desarrollados,
no supone una mutación social como clase revolucionaria fundamental, sino un
simple cambio en la forma de manifestación ideológica y política
de su materia social sometida a determinadas condiciones estructurales
y superestructurales no permanentes o momentáneas.
Sin embargo, dada la corta existencia de cada generación social
de individuos respecto de la historia colectiva que naturalmente les trasciende,
y lo saben, siempre ocurre que, cuando la presión de los condicionamientos históricos
coyunturales contrarrevolucionarios se prolonga, una parte socialmente significativa
de honestos militantes de vanguardia en situación de resaca política, que quieren
sinceramente hacer historia, la urgencia consejera de la impaciencia les induce
a pensar que esos condicionamientos y, por tanto sus efectos ideológicos
y políticos reaccionarios se han vuelto irreversibles en la conciencia de los
explotados, cuando lo que en realidad ocurre, es que tales efectos ideológicos
y políticos reaccionarios han hecho también mella en su propia conciencia.
Esto ha venido siendo así para quienes —como nosotros hasta
hace bien poco— no habiendo entrado en la historia por nosotros mismos sino
arrastrados a ella por influjo exclusivo de los movimientos de masas de magnitud,
militamos de espaldas al conocimiento de la necesidad económica de la
historia como requisito de la libertad política
verdaderamente revolucionaria.
Es así como una generación de militantes tras otra que entregamos
nuestras vidas al sueño de la revolución, no pudimos evitar la derrota del proletariado
una y otra vez. Y durante los subsecuentes momentos de reflujo, si una y otra
vez el conocimiento de las leyes económicas del capitalismo sigue divorciado
de la acción política en la conciencia de estos mismos elementos de vanguardia,
entonces es cuando este divorcio se ahonda y proyecta hacia al exterior de las
conciencias dividiendo al movimiento político revolucionario mismo.
Así se verifica que mientras la mayoría defecciona dejándose
deslizar por la pendiente del empirismo oportunista hacia las
expresiones más rastreras del: “comamos y bebamos que mañana moriremos”, tan
caro al epicureismo político, otros pocos emprenden una huida hacia delante
por el atajo del idealismo voluntarista utópico hacia la extrema
izquierda del sistema, el de la mística revolucionaria. Los primeros sometidos
prácticamente por completo a la necesidad exterior del capitalismo
triunfante en sus conciencias, los segundos corriendo tras una libertad
interior o abstracta en tanto vacía de los contenidos que sólo puede
brindar el conocimiento de la necesidad interna del capitalismo,
única guía para la acción política capaz de contribuir subjetivamente a que
“el movimiento real anule y supere el estado de cosas actual” en dirección al
socialismo y el comunismo.
¿Y donde está el fundamento de la necesidad interna
del capitalismo sino en la tendencia histórica objetiva al derrumbe del capitalismo
como totalidad económico- social? Siguiendo este razonamiento
cabe responder a un segundo interrogante: ¿por qué causa se puede explicar un
pensamiento tal que divide al proletariado mundial entre ideológicamente degenerado
y auténtico, si no es porque ese pensamiento ha sacado la conclusión de que
los condicionamientos históricos determinados por el desarrollo
desigual del capitalismo en los países imperialistas no son transitorios sino
permanentes, tal como se desprende de la dicotomía o división ideológica y política
que intenta formular y poner en practicada entre los asalariados del Mundo el
señor Susil Gupta?
En “El 18 Brumario de Luis Bonaparte” Marx dice que
los seres humanos hacemos nuestra propia historia pero no la hacemos “arbitrariamente,
bajo circunstancias elegidas” por nosotros mismos, sino “bajo circunstancias
directamente dadas y heredadas directamente del pasado”. Según este razonamiento
—que compartimos plenamente—, para hacer la historia los seres humanos hemos
debido cambiar las circunstancias o condicionamientos dados en cada etapa histórica
de la humanidad.
Si ahora seguimos de la mano al señor Susil Gupta en su pensamiento
y llegamos a la conclusión de que la clase obrera de los países imperialistas
ha degenerado, porque los condicionamientos del desarrollo internacional desigual
del capitalismo en esa parte del Mundo le han convertido en una clase “enemiga
de la democracia, el socialismo y el Marxismo y de la clase obrera internacional”,
esto quiere decir que los condicionamientos del capitalismo en los países desarrollados,
solo podrán ser cambiados en sentido revolucionario por el proletariado “auténtico”
de los países capitalistas dependientes, en lucha contra el bloque estratégico
de poder burgués imperialista —supuestamente irrompible— constituido por la
alianza estratégica entre la burguesía imperialista y sus asalariados. Tal parece
ser el fundamento de la propuesta para la elaboración de un nuevo “Manifiesto
Comunista” que nos ha formulado el señor Susil Gupta.
Pero el fundamento, esto es la causa material
eficiente de que la ley general de la acumulación capitalista brinde
a la burguesía imperialista la posibilidad real de comprar la voluntad política
de sus explotados indefinidamente, en el contexto de la obra de Marx no se ve
por ninguna parte. Y el caso es que, según progresa la fuerza productiva del
trabajo determinada por el aumento histórico de la composición orgánica del
capital, es inevitable que a partir de cierto momento del proceso de acumulación,
deba formarse un ejército de asalariados supernumerarios. Y de esto se infiere
no menos inevitablemente que debe reducirse de modo creciente su participación
en el producto de su trabajo, es decir en el progreso material derivado del
creciente desarrollo de la fuerza productiva de la sociedad. No sólo disminuye
su salario relativo sino también su salario real.
Dada la creciente intensificación del trabajo que acompaña
al desarrollo de la fuerza productiva incorporada al capital fijo de la sociedad,
para reproducir la fuerza de trabajo en condiciones de plena eficiencia de utilización
durante el proceso de trabajo, se hace necesaria una masa creciente de medios
de vida. Pero el paro determina que el crecimiento de los salarios vaya cada
vez más a la zaga de esta necesidad, de modo que bajo semejantes condiciones,
el proceso de acumulación se traduce en una creciente pauperización relativa
de los asalariados en esta parte del mundo. Los salarios nominales aumentan,
pero menos de lo que supone el progreso material de la sociedad y el esfuerzo
que se exige a los explotados para ello. Ni qué decir tiene que el grado más
extremo de esta tendencia prevista por la teoría salarial de Marx, se ha venido
verificando siempre en los países de la cadena imperialista. Y desde luego que
esta tendencia no puede ser neutralizada por la transferencia de plusvalor desde
los países en desarrollo.
Por tanto, según el fundamento materialista histórico de la
realidad actual del capitalismo, más temprano que tarde los asalariados de los
países desarrollados han de demostrar, una vez más, que su naturaleza social,
ideológica y política, no difiere de los asalariados de los países de menor
desarrollo relativo, y que todos por igual constituyen la clase revolucionaria
fundamental, cuya misión política está objetivamente determinada. Respecto de
la actual situación económico-social de la clase obrera en España, consultar
en
la Página de Diego Guerrero: “Depauperación en los países ricos; el caso
español” (En esa página pinchar en “artículos”)[2]
Aquí Guerrero demuestra empíricamente el empobrecimiento o depauperación
relativa del proletariado español. No estudia la evolución del
salario real, sino su evolución respecto del plusvalor. Es decir, que no considera
la evolución del nivel de vida de los asalariados, sino la relación entre ese
nivel de vida y el capital adicional para el fondo de consumo y ampliación de
la escala de la producción por parte de la patronal. Y allí demuestra que la
participación de los asalariados en el producto de su trabajo se ha ido reduciendo
desde la época del régimen franquista hasta la actual etapa de “consolidación
de la democracia”. Tal es el secreto mejor guardado por la burguesía, que permite
explicar el fenómeno de la tan sacralizada transición a la monarquía parlamentaria
operada en la superestructura del sistema.
Durante su intervención en este debate, Susil Gupta nos ha
remitido al último capítulo de la obra de Henrik Grossmann: “La ley de la
acumulación y del derrumbe del sistema capitalista”. En esta parte de su
obra, Grossmann señala que lo allí dicho está en las antípodas de la peregrina
concepción puramente economicista del derrumbe automático, lo cual es cierto.
Pero si nuestro interlocutor hubiera leído el mencionado pasaje con suficiente
atención, no habría podido caer en el dislate de juzgar a la clase obrera de
los países más desarrollados desde una posición política que pretendidamente
escapa a las necesarias consecuencias de la teoría económica del derrumbe, esto
es, a la dialéctica del movimiento del proletariado entre el “ser para sí” de
sus luchas económicas defensivas, y la necesidad objetiva que le empuja a alcanzar
su autoconciencia de clase, cuya posibilidad real descansa en sus luchas políticas
ofensivas objetivamente determinadas por la
Ley del Valor.
Porque si efectivamente observamos el estado de cosas actual
del Mundo desde la perspectiva de la tendencia al derrumbe del sistema capitalista,
no podemos al mismo tiempo afirmar que los asalariados de su parte más desarrollada
han degenerado como clase revolucionaria fundamental, porque es como decir que
la burguesía imperialista tendrá con qué seguir comprando sus favores políticos
indefinidamente, y esto nos desplaza hacia una perspectiva desde la cual, el
capitalismo no es superado por el desarrollo de las fuerzas productivas y que,
por tanto, no es un sistema de vida históricamente transitorio sino eterno.
En ese caso, la revolución no puede ser teóricamente concebida
ni políticamente alcanzada por determinación histórica objetiva del progreso
material de la humanidad —cautivo de la burguesía como así queda este concepto
revolucionario— sino por su atraso relativo. Tal es el resultado del subjetivismo
abstracto que ha operado inconscientemente en el pensamiento de Susil Gupta,
al romper la unidad o totalidad dialéctica del movimiento proletario internacional
entre la manifestación de su “ser para sí” en la lucha por sus reivindicaciones
inmediatas y su autoconciencia necesaria sólo alcanzable por mediación de luchas
políticas ofensivas interrumpidas.
Susil Gupta ve o percibe un movimiento proletario internacional
quebrado por efecto del desarrollo desigual del capitalismo, tal como se percibe
un palo por efecto de la refracción de la luz cuando se lo introduce en el agua.
Le saca una foto y nos muestra esta evidencia empírica como prueba. Pero el
movimiento de lo real sigue su curso determinado por las contradicciones entre
las fuerzas productivas y las relaciones de producción del capitalismo o, lo
que es lo mismo, por la tendencia objetiva al derrumbe del sistema. ¿Y qué ha
podido llegar a ver Grossmann a la luz de esta tendencia histórica irresistible?
Que en las luchas meramente defensivas del proletariado, palpita la posibilidad
real de alcanzar su autoconciencia de clase a caballo de sus futuras luchas
políticas ofensivas. ¿Por qué? Pues, porque la lógica de la explotación de trabajo
ajeno por mediación del plusvalor relativo, llega a un punto, en que la burguesía
imperialista no puede seguir comprando la voluntad política de sus asalariados
por ese método. Y esto emerge necesariamente desde la base económica del sistema
hasta su superestructura, lo cual empuja en dirección a transformar la conciencia
y el comportamiento sociológico y político del proletariado a escala universal
en sentido revolucionario. Así lo dice Grossmann en las “Consideraciones
finales” de su obra ya citada:
<<La pauperización
(absoluta) es el punto conclusivo necesario del desarrollo
al cual tiende la acumulación capitalista de cuyo curso no puede ser apartada
por ninguna reacción sindical por poderosa que esta sea. Aquí se encuentra
fijado el límite objetivo de la acción sindical. A partir de un cierto
punto de la acumulación, el plusvalor (relativo) disponible no resulta
suficiente para proseguir con la acumulación con salarios fijos. O
el nivel de los salarios es deprimido por debajo del anteriormente existente,
o la acumulación se estanca, es decir, sobreviene el derrumbe del mecanismo
capitalista. De esta manera el desarrollo conduce a desplegar y agudizar las
contradicciones internas entre el capital y el trabajo a un punto tal que la
solución solo puede ser encontrada a través de la lucha entre
estos dos momentos.>> (Op. cit.)
Pero la tendencia a la depauperación absoluta no hay que considerarla
como un proceso lineal creciente o progresivo en dirección al derrumbe, sino
como una tendencia que palpita y se activa inmediatamente después de cada crisis
para interrumpirse por períodos cada vez más breves durante las fases de recuperación
de la tasa de ganancia, dado que la aceleración en el metabolismo del capital
determina que esta tendencia se active cada vez con más frecuencia, y que sus
efectos sobre el nivel de vida de los asalariados duren tanto más, cuanto mayor
es la masa de capital en funciones que debe desvalorizarse —incluido el capital
variable— a fin de reiniciar cada nueva fase de recuperación. Cualquiera que
consulte las sucesivas reformas laborales del postfranquismo en España, desde
1977 hasta hoy, comprobará que todas ellas han provocado no sólo la depauperación
relativa demostrada por Diego Guerrero, sino también el absoluto deterioro del
grueso de los asalariados en sus condiciones de vida y de trabajo. Es decir,
los salarios no sólo han visto reducida su participación en el aumento de la
renta nacional, sino que, desde la muerte de Franco, las políticas de renta
de los sucesivos gobiernos de la “democracia” pactadas con los sindicatos mayoritarios,
desde los famosos “pactos de la
Moncloa” hasta hoy, han determinado que los salarios nominales crezcan sistemáticamente
por debajo de la inflación. Sólo entre 1998 y 2000, el descenso del salario
real en España fue de 2 puntos porcentuales. Este mismo proceso durante el mismo
período y en distinto grado de deterioro social, no ha hecho más que confirmarse
a escala planetaria.
He aquí la importancia de la predicción científica
como fundamento de la firme convicción política revolucionaria, antes de que
su confirmación empírica se apodere de la sociedad, lo cual evita la caída en
equívocos inducidos por engañosos fenómenos coyunturales, como el que —a nuestro
juicio— ha planteado Susil Gupta. La convicción teórica científica de la tendencia
objetiva al derrumbe capitalista, es el baluarte más poderoso para mantener
el rumbo estratégico de los principios revolucionarios en medio de los bruscos
virajes de la lucha política de clases en la historia. Esta premisa subjetiva
es lo que permite acercar el horizonte del desenlace político definitivo para
todo un período histórico (en este caso del capitalismo), mucho antes de que
la humanidad pase por las dolorosas consecuencias de esa tendencia en el tránsito
hacia su colapso económico práctico teóricamente previsto.
En su trabajo citado, Diego Guerrero llega a decir que:
<<Por supuesto, no puede haber ciencia sin contrastación
empírica de las tesis teóricas.>> (Op. cit. Cap. II)
Esto es cierto para las ciencias experimentales, pero no lo
es para la ciencias formales o exactas de la naturaleza ni para la economía
política, cuyo objeto de estudio está constituido por relaciones objetivas,
constantes al observador en tanto permanecen las condiciones histórico-epocales
de “un período social dado” que les da razón de ser y existir, y cuya determinación
en el pensamiento puede obtenerse con el rigor y “la exactitud propia de la
ciencias naturales”, expresión de Marx en el “Prólogo” a su
“Contribución
a la crítica de la economía Política” (enero de 1859). Allí nos propone
distinguir entre los “cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas
de producción” y reproducción de la vida social, y los cambios en la formas
jurídicas, políticas, religiosas, artísticas y filosóficas, a través de las
cuales los explotados “adquieren conciencia del conflicto” o dialéctica entre
esas condiciones económicas de producción y las fuerzas productivas epocalmente
condicionadas dentro de aquellas. Respecto de esta distinción a los fines metodológicos
de jerarquizar la práctica teórica aplicada a las condiciones económicas de
producción, respecto de las otras condiciones imperantes en la superestructura,
ideológica y política de la sociedad capitalista, remitimos a nuestra página
en:
Hegel, Marx y la dialéctica.-20
capitulo 3 8 el desprecio de la teoría por el militante práctico tradicional.
Con esto queremos decir que:
a) El ser para sí de la clase obrera, que todavía
no llega a ser autoconciencia de clase, es el ser de los asalariados
como capital variable en lucha por sus reivindicaciones inmediatas. En esta
instancia del desarrollo de su conciencia, los asalariados sólo se distinguen
como clase y se reconocen como tales, a través de su lucha contra sus
patronos, quienes de este modo siguen siendo considerados como “suyos” en tanto
no se proponen romper con la relación, aun cuando
esta lucha alcance las más altas cotas de violencia. Y es que el grado de violencia
sufrido e implementado en su lucha por los asalariados, en sí y por sí no determina
su autoconciencia de clase.
b) Que la autoconciencia de los explotados en cualquier parte
donde se manifieste, supone largos períodos previos de lucha como “ser para
sí”, hasta que, en determinado momento, se produce la ruptura política de su
relación con la burguesía.
[3]
c) Esta ruptura política es el resultado de procesos históricos
anteriores, con marchas y contramarchas, producto directo, además, como condición
suficiente, de circunstancias históricas excepcionales, íntimamente vinculadas
a la existencia previa de organizaciones revolucionarias con cierta raigambre
en el movimiento sindical y político del proletariado.
d) Que todo este movimiento de avances y retrocesos, está
presidido por la tendencia objetiva al derrumbe del capitalismo que le atraviesa.
En tal sentido, y teniendo en cuenta los acontecimientos de
la transición de la sociedad en España a la “democracia” desde la muerte de
Franco, pensamos que es completamente equivocado decir con Susil Gupta, que:
<<...hace 20 años la
clase obrera española era una clase obrera auténtica capaz de ejecutar su misión
histórica (y hoy, en cambio, junto al resto de asalariados de los países
desarrollados, esa misma clase ha pasado a ser) una clase reaccionaria degenerada.>>
(Lo entre paréntesis nuestro)
Hace veinte años la clase obrera española era políticamente
tan filistea y proburguesa, al mismo tiempo que tan estratégicamente revolucionaria
como lo es hoy, porque hace veinte años, cuando luchaba contra la llamada reconversión
industrial, se sentía igual de conforme en su condición de clase subalterna
de la burguesía, que hoy. No sintió entonces —y sigue sin sentir ahora— ninguna
necesidad de un cambio revolucionario. Aunque bien es cierto que hoy todavía
menos y más esporádicamente. Esto, en parte ha sido en virtud de los cambios
en la superestructura ideológica y política operados por la burguesía tras la
muerte de Franco, es decir, en virtud de la “democracia”, después de no saber
nada de este embeleco burgués durante más de cuarenta años. Pero la losa que
más aplastó el ser para sí del proletariado en general, fue la debacle a partir
de 1989, de lo que la burocracia soviética contrarrevolucionaria hizo pasar
por socialismo en la conciencia obrera mundial durante mucho antes y durante
ese mismo período. Para la distinción entre los momentos del “ser para sí” y
la autoconciencia de clase, Ver:
http://www.nodo50.org/gpm/bipr/08.htm
Ciertamente, en 1986 un sector de la vanguardia natural de
los asalariados españoles aleccionados por el eurococéntrico-burgués-de-izquierdas
“Partido Comunista de España” (PCE), que como los cerdos había digerido
toda la mierda que le dio a comer la intelectualidad filosófica, sociológica
y económica de las escuelas de Harvard y de Frankfurt, todavía podía soñar con
un socialismo como el de la URSS, pero con un sistema político al estilo partidocrático
actual, que la burguesía postfranquista había podido conseguir introyectar en
el alma del movimiento durante la transición española a la “democracia”, y que
las masas explotadas de este país “diverso” aprobaron de muy buen grado. Pero
ahora ni siquiera pueden soñar con eso y un peligroso hastío se está apoderando
todavía imperceptiblemente poco a poco de esta sociedad.
¿Se puede decir que esta generación de proletarios españoles
no entró por si misma en la historia tras la muerte de Franco, sino conducida
por el brete que la burguesía preparó para ella desde los Pactos de la Moncloa?
Sin duda. Como que políticamente permaneció todo ese tiempo —y allí sigue todavía—
cada vez más jodida pero tan igualmente contenta como con Franco en la década
de los 60, ahora bajo la tutela ideológica y política de la Monarquía Parlamentaria.
Sin embargo, a esto ha llamado Susil Gupta “clase auténtica capaz de ejecutar
su misión histórica”, mientras que hoy, esos mismos asalariados —que tampoco
hicieron historia política— para él son una clase degenerada. Desde luego que
nuestro interlocutor ha hecho un análisis muy desprolijo de los cambios en las
condiciones ideológicas y políticas del movimiento asalariado en la sociedad
española de los últimos veinte o treinta años.
Un asalariado no degenera como clase por el hecho de pensar
y actuar políticamente más o menos de acuerdo con la burguesía, o por llegar
a partirse la cara y otras partes de su anatomía, dando incluso con sus huesos
en la cárcel durante un tiempo por enfrentarse a la policía o al ejército del
sistema. Un asalariado degenera solo cuando cambia su esencia porque se convierte
en capitalista pasando a explotar trabajo ajeno, situación excepcional socialmente
irrisoria que no cambia la correlación fundamental de fuerzas sociales entre
burguesía y proletariado, ni, por tanto, la condición de proletario propia de
cualquier asalariado como clase revolucionaria fundamental absolutamente mayoritaria
de la sociedad. Y esto es así, sencillamente porque sin trabajo asalariado —cada
vez más numeroso en términos sociales absolutos y relativos— no puede haber
capital.
La autenticidad del proletariado como clase revolucionaria
y su “capacidad para ejecutar su misión histórica”, no está determinada, pues,
por lo que piense y haga o deje de pensar y hacer parte de él o una masa de
ellos más o menos significativa en un determinado momento y lugar, sino por
lo que está llamado a pensar y hacer por determinación histórica inevitable
del capital. O sea:
a)por su lugar en la producción como clase explotada y,
b)por su número.
El lugar que el proletariado ocupa en la producción
social, le impulsa objetivamente, más temprano que tarde, a comportarse políticamente
contra el sistema, según el grado alcanzado por sus contradicciones sociales
con el capital y su confrontación ideológica y política de fuerzas favorable
o desfavorable con la burguesía.
El número de proletarios o condición de clase
absolutamente mayoritaria de la población activa hoy día en el Mundo, es algo
históricamente decisivo, tanto a la hora de la lucha por el poder como, para
convertir su dictadura social de clase en una democracia, tan verdadera y auténtica,
como que el proletariado es la única clase revolucionaria absolutamente mayoritaria
de la sociedad moderna.
Esto quiere decir —y está probado— que históricamente, es
decir, a largo plazo, entre la agudización de las contradicciones materiales
del capitalismo —o sea, entre la tendencia al derrumbe— y la propensión del
proletariado a una praxis revolucionaria, hay una correlación muy alta. Pero
insistimos en que sólo se manifiesta y verifica políticamente bajo determinadas
condiciones excepcionales que se presentan entre largos espacios de tiempo.
Trotsky decía que “sólo a la larga va la revolución al encuentro con las masas,
sólo a la larga”.
Mientras tanto se suceden numerosas coyunturas, aquí y allá,
en que la periódica agudización manifiesta de las contradicciones que laten
al interior de la base material del sistema capitalista, no suelen cuajar en
serias desestabilizaciones políticas del Estado burgués, porque el proletariado
no da las respuestas políticas adecuadas que cabría esperar de él.
Esto suele suceder al comienzo de cada crisis periódica, cuando
la burguesía no puede seguir garantizando el empleo ni el nivel de vida de sus
trabajadores, estos se rebelan y van a la lucha contra el sistema, pero desde
el punto de vista de una conciencia negativa, es decir, que en ningún momento
se plantean romper políticamente con él, con su condición de clase subalterna;
y esta indecisión determina que en un momento dado del combate cunda la desmoralización
y se vuelven atrás. ¿Por qué? Por que todavía no comprenden su necesidad política
como clase: la necesidad objetiva que les impele a acabar con el capitalismo,
y porque no saben ni se imaginan qué hacer al día siguiente de la toma del poder.
Por eso es que ven ese salto que deben dar en la historia como un salto en el
vacío. Y es ahí donde el adversario capitalista se yergue ante ellos como si
fuera un gigante indestructible: ¿Dónde vais si no sabéis por donde ni cómo?
Así describía Marx este tipo de situaciones imaginándolas repitiéndose una y
otra vez en un futuro que él no viviría para contarlo, gastando por ello el
suyo en mostrar al proletariado por donde hay que ir y cómo: el camino de la
revolución ya descubierto por la práctica teórica de su pensamiento, abriéndose
paso entre la enmarañada opacidad natural de los sentidos y la social que añaden
las “furias del interés privado”:
<<Las revoluciones proletarias, como las del siglo XIX,
se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia
marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo desde
el principio, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los
lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban
a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse
más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la ilimitada
inmensidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite
volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: demuestra lo que eres capaz
de hacer.>> (K. Marx: “El 18 Brumario de Luis Bonaparte” Primavera
de 1852)
¿Quién puede poner en duda, con sólido fundamento, que en
esa situación histórica decisiva “que no permite volverse atrás”, estará presente
la convicción teórica colectiva de la tendencia al derrumbe o, en última instancia,
la más dolorosa certeza empírica de que se está cumpliendo? Es de suponer que
el proletariado no retrocederá ante sucesivas circunstancias esperando llegar
al extremo de comprobar empíricamente el derrumbe “en tiempo real”, porque,
en tal caso, habiendo dado la espalda a la racionalidad revolucionaria hasta
dejarla sin sentido como guía para la acción, esta clase social se degradaría
a la condición de cualquier otra especie animal que sólo busca la supervivencia
individual o, a lo sumo, la de los que considera suyos. Así lo da a entender
Marx en carta del 30 de abril de 1867, para explicarle a Siegfred Meyer la causa
de haber tardado en responder a la suya. Distingue allí entre “práctica” y
PRÁCTICA, entre el criterio práctico individual-animal y el criterio PRÁCTICO
social-racional del comportamiento humano, justificando su tardanza en haberse
dedicado afanosamente a terminar su obra ante el temor de morir sin haber demostrado
ser PRÁCTICO, es decir, sin dar a conocer el resultado de su teoría científica,
dada la trascendencia práctico-política que su conciencia revolucionaria le
atribuía.
<<Entonces, ¿por qué no le he contestado? Es que durante
todo este período tenía ya un pie en la tumba. Por consiguiente me era preciso
aprovechar CADA instante que me era posible trabajar para terminar mi obra,
a la cual he sacrificado salud, felicidad y familia. Espero no tener que añadir
nada a esta explicación. Me río de la gente que se dice “práctica” y de su sabiduría.
Si quisiera uno comportarse como una bestia, podría evidentemente volver la
espalda a los tormentos de la humanidad y no ocuparse sino de su propio pellejo.
Pero me habría considerado realmente como NO PRÁCTICO si hubiera muerto sin
haber terminado mi libro, o por lo menos mi manuscrito>> (Op. cit.)
[2] Por “depauperación” hay que entender aquí el empobrecimiento
relativo y no absoluto (descenso del nivel de vida) del proletariado.
Es decir, que Guerrero considera la relación social entre el salario real
y el plusvalor, relación que expresa la participación de los asalariados en
el producto del trabajo social.
[3] Esta ruptura, que coadyuva
a la toma del poder, no tiene por qué ser sin embargo irreversible. Y es que
una cosa es la lucha del proletariado revolucionario por la toma del poder
y otra la lucha por la realización del socialismo. Y en el curso de esta lucha,
en tanto y cuanto la clase enemiga sigue subsistiendo, incluso en la conciencia
retardada de masas significativas del proletariado no revolucionario, la burguesía
tiene, todavía, la posibilidad real de dar vuelta a la situación.